Introducción
¿Qué cualidad poseen ciertos fenómenos políticos y sociales que nos desafían a estudiarlos? ¿Por qué nos sentimos atraídos a estudiar, desde este continente, a ciertos fenómenos que no solo nos tienen como actores y actrices, sino que, al mismo tiempo, son diferentes a fenómenos del mismo campo, pero del extranjero? ¿Qué clase de sortilegio ofrecen algunos fenómenos sociales y políticos que demandan precisiones conceptuales que son imposibles debido no solo a su variabilidad sino a que su imprecisión forma parte de su riqueza?
Los populismos, como veremos, despiertan en nosotros/as, habitantes de esta parte alejada del mundo desarrollado, una fascinación especial ya sea para apoyarlos o para criticarlos. Pero no solo nos sentimos atrapados/as como actores y actrices protagonistas de algunas experiencias populistas, sino que incluso académicos/as de otras latitudes, también encuentran en su estudio, algunas claves para desentrañar los laberintos de los acontecimientos políticos. Como sostiene Pierre Rosanvallón, a quien citaremos en este trabajo, estamos viviendo el “siglo del populismo”.
La propuesta de este trabajo de reflexión y análisis se funda en desentrañar, en la medida de lo posible, el fenómeno, el acontecimiento, el experimento o como se lo quiera definir, que está representado por los populismos.
Como se tendrá oportunidad de leer, los populismos, especialmente los populismos latinoamericanos y el caso argentino en particular que expresa el peronismo, poseen ciertas características que los definen como experiencias y acontecimientos que pueden reclamar, con razón, su singularidad.
Muchos libros y artículos se han escrito sobre ellos; algunos críticos y otros apologéticos lo que nos indica el interés que despierta su estudio para las ciencias sociales.
Definidos como autoritarismos, tipos de discursos, formas de gestión, retóricas demagógicas, radicalización democrática, reacción inclusiva, etc., los populismos, al aceptar tantas caracterizaciones, nos hacen sospechar que su abordaje sea sencillo; por el contrario, a mí me ha interesado en lo particular, no definir a los populismos sino comprenderlos como una respuesta, en este caso latinoamericana, a la modernización capitalista que, en nuestro continente y en nuestro país, ha presentado a lo largo de nuestra historia, un déficit democrático que se expresó en la situación de exclusión y de explotación social de las mayorías populares y que fue posible por la negativa de una élite propietaria y exportadora ligada al capital extranjero, de incluir a los sectores populares a los beneficios de la sociedad moderna. Desde esta aproximación analítica, como tendremos oportunidad de leer, los populismos presentan una respuesta a esta realidad.
En alguna bibliografía, como las citadas al final de este trabajo, se entiende al populismo como un tipo especial de discurso y este sería su rasgo más sobresaliente. Casullo (2019:65 y ss.) lo define como el “mito populista. Cabe decir en este aspecto, que no es posible pensar a la política sin un discurso; dicho de otra manera; la política siempre es, también, un discurso, una narración que apela al mito para fundamentar algunas de sus posiciones, de tal manera que el rasgo característico que se le pretende añadir a los populismos, es un rasgo que le corresponde a toda la política. Discurso y creencias son partes de la política. Las creencias –Wittgenstein (1975) nos dijo que toda creencia es infundada– se expresan siempre bajo una forma discursiva y, a partir de este aserto, sabemos que no es posible comprender la política por fuera del campo del lenguaje de tal manera que, en la apreciación peyorativa sobre que los populismos son discursos, se expresa una tautología.
En este trabajo, no le daremos mayor importancia al discurso populista no porque no sea importante sino porque lo que me interesa indagar es su ontología, es decir, su ser, y conocer cuáles son los rasgos que hacen que los populismos sean lo que son entendiendo que el discurso es uno de ellos.
Los populismos son, en mi criterio, más que un discurso. Son una radicalización de las democracias y emergen como reacción a una forma democrática en particular que es la democracia liberal. Cabe señalar que, para muchos autores/as de la academia europea y norteamericana principalmente, este es el único modo de ejercerla cuestión que los populismos vienen a impugnar y a poner en duda.
Muchos trabajos que se han realizada desde Europa y USA sobre el populismo, así en singular, no puede trascender su dependencia ideológica y fuerzan los modelos heurísticos para tratar de comprender un fenómeno social, cultural, político y económico que no se ajuste a los rígidos marcos de la democracia liberal europea. En este aspecto cabe hacer una aclaración sumamente necesaria.
El término liberal es extremadamente ambiguo porque soporta múltiples significados. Es a partir del Iluminismo que se comienza a plantear la idea clásica del liberalismo.
Autores como John Locke, caracterizado como el liberalismo de la Reforma, está orientado al individualismo sostenido en la necesidad que los individuos se liberen de la tutela eclesiástica y monárquica principalmente; es un liberalismo que aboga por los derechos civiles y políticos. El segundo tipo de liberalismo es el que representa Emmanuel Kant y que es propio del Iluminismo de la Modernidad.
Kant apela a la racionalidad antes que a la tradición con su famoso sapere aude: “atrévete a saber”. Para el autor nacido en Konisgberg, el ser humano es libre para aprender el mundo y usarlo a su favor. Finalmente, el tercer tipo de liberalismo es el de Stuart Mill al que se lo considera como un liberalismo romántico ya que apela al derecho de ser como uno quiere ser. En síntesis: Locke es un liberal que apela a la diversidad como valor liberal fundamental, Kant defiende la autonomía y Mill señala la expresión personal. Estos tres modos del liberalismo no son excluyentes entre sí, sino que conforman una unidad que le da su identidad.
El liberalismo clásico, no puede entenderse sin la apelación que hace la Modernidad a la racionalidad y al individualismo, y es esta misma matriz moderna la que generará su antagonismo que está representada por los socialismos; el utópico y el científico en donde hay que destacar el pensamiento de Carlos Marx.
El problema se plantea en el área económica y política y no filosófica ideológica.
El liberalismo tendrá con Adam Smith y David Ricardo, principalmente, ideólogos que propugnarán un libre mercado como fetiche que sostiene un orden social; va de suyo que el concepto de orden social contradice los principios del libre mercado porque nos está indicando que dicha libertad obedece a un orden lo que llega a configurar un oxímoron. Este es el problema solipsístico que el liberalismo clásico no advierte; para que existe la libertad, debe instaurarse un orden que la garantice y ese orden, dirán los populismos, es excluyente y explotador.
De tal manera que, en este trabajo, cuando se apele al liberalismo, se estará haciendo referencia al liberalismo del libre mercado, al neoliberalismo y a este tipo de entender la actividad social que se ha definido de modo solipsístico garantizando un orden explotador y excluyente.
Los populismos son antiliberales en lo económico, pero comparten los principios liberales de respeto a los derechos humanos, a los derechos civiles y políticos, a la participación social y política, a la libre expresión, a publicar las ideas y, sobre todo, a los principios democráticos. Toda la filosofía política de la modernidad se sustenta, indefectiblemente, en el liberalismo iluminista del siglo XVII y XVIII. Quizás queden exentos de esta afirmación, pensadores como De Bonald y De Maistre y algunos intelectuales cristianos. El materialismo histórico es moderno, incluso el pensamiento de Nietzsche es también moderno.
El aspecto que más combate, son los del libre mercado porque en América Latina y en Argentina en particular, nunca ha existido un libre mercado, sino que se ha pretendido ocultar, bajo este concepto, un orden conservador, excluyente y explotador. Los resultados de la aplicación de políticas liberales en lo económico, solo logro concentración del capital, disminución de la participación del salario en la producción nacional, endeudamiento, desindustrialización, financiarización, inflación, etc. Cuando hablemos del orden liberal, se estará haciendo mención, al orden –nótese la contradicción– que sostiene el libre mercado con las secuelas que ya se han señalado.
Los populismos latinoamericanos, y el peronismo principalmente si podemos considerarlo un populismo, son un modo de implementar la democracia en un continente colonizado por las democracias liberales y han debido construir su propia historia en una lucha por su independencia a diferencia de las democracias liberales europea que han sido las metrópolis colonizadoras; de tal manera, que nuestro proceso de constitución de nación y de estado, difiere sobremanera del proceso europeo no siendo ni teórica ni metodológicamente correcto, entender que el modelo colonialista sea el único modelo a aplicar; por el contrario, la historia de los populismos latinoamericanos pone en cuestión la propia democracia liberal europea ya que esta, debido al proceso colonial, con todo lo que ello implica en términos de sumisión política, explotación de los recursos naturales, intromisión en la política interna sobre todo a través de los golpes de estado propiciados por esas democracias, deuda externa, colocación de los excedentes productivos, inmigración de los excedentes poblaciones, etc., adquieren su realidad actual en virtud de la historia pasada. Las democracias liberales europeas, no han sido autónomas y su derrotero histórico debe reconocer, aunque no lo hace, qué ha sido posible debido a la particular situación colonial que ha devenido de la conquista; Inglaterra no sería Inglaterra sin sus territorios coloniales y lo mismo podríamos decir de España, Portugal, Bélgica, Holanda, etc.; incluso aquellos países que no han poseído colonias, se han beneficiado de esta situación. La historia de América Latina no es la historia de Europa por lo que no es correcto creer que el desarrollo que se da en un continente colonialista debe ser el único modo en que se expresa la historia; por el contrario, como veremos, es bastante diferente debido a lo mencionado.
Para sostener mis planteos y debido a los múltiples ejemplos que pueden citarse sobre los populismos, he preferido ejemplificar mis argumentos, cuando fue necesario, en las experiencias peronistas.
De acuerdo a algunas miradas no siempre correctas, el peronismo conforma algo así como el Tipo Ideal del populismo, pero, como se verá, desde otras miradas, se aleja de ese Tipo Ideal y como mi interés no se centra en explicar o en definir sino en comprender, quedará a criterio de cada lector/a calificar al peronismo con las categorías que se presentarán. Algunas de ellas lo incluyen como un populismo más, pero otras lo excluyen sin que por ello las experiencias peronistas de 1946-1955, 1973-1976, 1989-2000 y 2003-2015 deban considerarse por fuera de las tradiciones democráticas.
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Este es un trabajo de análisis que no tiene pretensión de sentar verdades sino de comprender una parte de nuestra historia política desde una metodología sociológica comprensiva con una perspectiva ideológica que debe ser mencionada en sus inicios; esta perspectiva ideológica a la que adscribo, entiende que el liberalismo económico y su consecuente modo de gestión política, no logra cumplir lo que promete; la historia de nuestro continente es una muestra.
Como se verá en las líneas que siguen, las democracias liberales, sobre todo en un continente colonizado como el nuestro, se han comportado en forma diferente que en los países de origen. En Argentina, Chile, Brasil, México, Venezuela, Bolivia, etc., se han aplicado políticas que, en vez de integrar y democratizar las sociedades, han operado para la preservación de intereses, muchos de ellos heredados de la colonia, lo que ha significado un profundo proceso de exclusión y de explotación social que ha dividido a las sociedades, fenómeno que se observa hoy en día en la mayoría de estos países.
Pero que mi perspectiva ideológica sea crítica del modo en que se aplicaron las ideas liberales en Latinoamérica, sobre todo en relación al libre mercado, a la prosecución de un laissez faire y sus consecuencias políticas, no significa que deba aceptar sin criticar las perspectivas antiliberales como son las que presentan los populismos o desconsiderar algunas desviaciones un poco demagógicas que, utilizando el apelativo de algún partido, han alterado la doctrina. Esta es una posición que puede ser mal comprendida y ser irritante para algunos/as lectores/as; por el contrario, mi idea es la de criticar aquellos aspectos de los populismos y de las experiencias populistas que pueden alejarse de los principios puros de inclusión y de justicia social que algunos de ellos han prometido. Cabe decir en este aspecto, que no se puede exigir perfección a los modos de gestión de las políticas ya que ella no es perfecta y se implementa en contextos problemáticos y, como el Lecho de Procusto, es difícil satisfacer a todos/as, de tal manera que también podrá leerse alguna crítica en sentido constructivo que se le puede hacer a las experiencias populistas; de hecho, los ideales populistas bien entendidos, admiten las críticas que lleven a corregir algunos de sus errores ya que si se estimula la participación política de los/as ciudadanos/as en las cuestiones que les competen, las tensiones sociales encontrarán los cauces por donde se puedan encontrar las soluciones. Los populismos, y el peronismo en particular, considera que existen tensiones sociales y presenta, a su manera, el modo de entenderlas en busca de una solución pacífica.
Este trabajo de análisis y comprensión puede ser entendido como cumpliendo con esta premisa; así, entonces, como consecuencia no buscada, supone un desafío y una puerta al debate sobre nuestras experiencias populistas en la creencia de que, con tolerancia, apertura sin exclusiones de ningún tipo y presentando argumentos, es posible ir fortaleciendo un modo de entender la política, los conflictos sociales, las relaciones entre todos/as, incluso con los demás países, que tengan a la inclusión, la justicia social y la apelación al pueblo como centro legitimante.
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En general, al acercarnos al análisis académico sobre los populismos latinoamericanos, suelen aparecer definiciones y comparaciones que indican un gran desconocimiento.
Abundan las comparaciones fáciles, los análisis peyorativos, la exclusión de particularidades territoriales, étnicas, históricas, etc., que restan densidad conceptual a su estudio, crítica que se le puede hacer a este trabajo de análisis. Trataré de no cometer los mismos errores que menciono, aunque es pertinente señalar que debemos excluir de las ciencias sociales y sus cultores/as la búsqueda de la perfección y contentarnos con las certezas que los ejemplos y los argumentos nos brindan. La sociología comprensiva no busca juzgar ni valorar lo que se estudia sino comprender los hechos sociales y, según el fundador de este modo de encarar la problemática social Max Weber (1969), comprender es “captar la conexión de sentido”
Las miradas más reaccionarias suelen identificarlo con un neofascismo, y las miradas un poco más liberales lo definen de múltiples maneras en donde priman calificaciones del tipo de que el populismo es premoderno, atrasado, infantil, autoritario, antidemocrático, demagógico, etc.
Los/as críticos/as del populismo con un poco más de lectura y de objetividad, tienen a definirlo como un tipo especial de bonapartismo como si ese fenómeno típicamente francés del siglo XIX pudiera trasladarse in toto al caso latinoamericano.
Este modo de analizar la realidad política latinoamericana por parte de un sector de la academia europea pero también latinoamericana, desnuda un etnocentrismo base de una ignorancia de las particularidades de un fenómeno que, en América Latina, adquiere singularidades propias.
La mayoría de nosotros/as nos hemos formado con las categorías de la academia europea que se jacta de su objetividad, su transparencia y de su espíritu crítico, de tal manera que solemos encontrar, incluso en pensadores/as latinoamericanos/as, las mismas fallas de observación y de subjetividad que encontramos en el antiguo continente. No obstante, ha persistido en esta parte del mundo, algunos grupos de pensadores/as que, formados en el pensamiento de la metrópoli, logran adquirir cierta autonomía y analizar nuestra realidad de una manera mucho más original y más pertinente; en este texto se indicarán algunos ejemplos.
Si bien se presentarán críticas sobre todo epistemológicas a este modo de encarar nuestra realidad, por otro lado, se utilizarán esas mismas categorías para poder comprender nuestra historia. El uso de las clásicas categorías de análisis sociopolítico como pueblo, estado, violencia, exclusión, etc., no puede realizarse sin una contextualización que dé cuenta de las particularidades históricas y geográficas y por ello se las resignificará, como se tendrá oportunidad de verificar, para cumplir con el objetivo del trabajo, pero, como honestidad obliga, nada indica que mi resignificación sea adecuada por lo que también deberá ser criticada y completada si así se lo considera.
Obviamente, estos factores han pesado y pesan en el siglo XXI cuando nos decidimos analizar un fenómeno que capta la atención de la academia de los primeros años de este siglo debido a, como dicen, cierta expansión de un modo de entender y de ejercer la acción política que desbordan los límites de la clásica democracia liberal.
Pierre Rosanvallón, no duda en calificar al siglo XXI como el siglo del populismo porque cree encontrar muchos regímenes tanto en Latinoamérica como en Europa y en otras latitudes, que poseen rasgos e identificaciones que él considera populistas. Esta mirada es compartida por Casullo (2019), Moffit (2022) entre otros/as
A partir de estas consideraciones y de experiencias gubernamentales como la de Carlos Saúl Menem, Alberto Fujimori, Collor de Melo entre otros, surgen nuevos conceptos en el debate político como el del neoliberalismo y el de neopopulismo para distinguirlo de los liberalismos clásicos y los populismos de la década de 1930/40. Cabe decir que, tanto desde lo teórico como desde lo metodológico, la apelación al prefijo “neo” no siempre aclara lo que pretende aportando muchas veces más confusión.
Comparar a Menem con Fujimori y con Collor de Melo y definirlos como populistas, neopopulistas es desconsiderar mucho de lo que se dijo sobre los populismos. Lo mismo podemos decir de la definición de populismo de derecha, populismo de izquierda, populismo regional y hasta populismo transnacional (Moffit 2022)
El liberalismo, el socialismo como el populismo poseen rasgos que los definen y, además, son fenómenos dotados de una dinámica que, si bien se modifica con la experiencia histórica, conserva esos rasgos que los delimitan. En este aserto hay, entonces, una crítica a considerar al prefijo “neo” como una diferencia sustancial y prefiero utilizarlo para designar las experiencias más cercanas en el tiempo y no para señalar una diferencia importante.
Con la irrupción de Podemos en España, de Syriza en Grecia y de los “chalecos amarillos” en Francia, entre otras manifestaciones más, también es posible advertir ciertos rasgos populistas que ameritan su estudio y su inclusión dentro de este campo.
Mi posición al respecto dista de calificarlos de populismo, al menos en los casos de Menem, Fujimori y Collor de Melo, ya que han sido regímenes neoliberales que se han apropiado, incluso mintiéndole al electorado como fue el caso de Menem. Estos gobiernos, se han apoderado del poder para hacer lo contrario de lo que indican, en termino de doctrina, los populismos clásicos de Perón, Cárdenas o Getulio Vargas. Cuando veamos los rasgos de los populismos, tendremos la oportunidad de verificar o de negar esta hipótesis.
Si consideramos que los populismos se definen por un tipo específico de retórica o del “mito populista” (Casullo 2019), deberíamos incluir en esta calificación a casi todos los gobiernos conocidos comenzando por el de Roosevelt, el de Churchill, el de Kennedy, el de De Gaulle, etc. Como se dijo previamente, la política requiere del mito y de la retórica incluso de la teatralización. El discurso de Roosevelt en 1941 en ocasión del ataque japonés a Pearl Harbor, el discurso de Churchill en el Parlamento inglés en ocasión de la II Guerra Mundial han apelado a recursos emocionales, nacionalistas-chauvinistas y hasta demagógicos, sin embargo, no se lo considera así porque Inglaterra y USA son las “verdaderas” democracias, aunque una sea parlamentarista y la otra presidencialista. Aquí tenemos, lo desarrollaremos más adelante cuando veamos el tema de los liderazgos, que el concepto liberal de democracia se adapta más a una cuestión ideológica que a una cuestión técnica.
Más allá de estas consideraciones, lo cierto es que los populismos ejercen cierta fascinación en los análisis políticos porque representan “otra cosa” no a la manera del pensamiento marxista o anarquista, sino que, partiendo de los mismos puntos originales del pensamiento clásico de la modernidad –liberalismo, marxismo, anarquismo, socialdemocracia, etc.– logra desbordarlo de una manera original. Si ya Sarmiento y Alberdi se sentían de cierta manera atraídos por la barbarie que representaba Facundo Quiroga, Rosas, el Chacho Peñaloza y los caudillos que se oponían al proyecto modernizador de los civilizados, algo similar ocurrirá con ciertos pensadores/as que se sienten atraídos/as a discernir qué es el populismo porque hay cierta fascinación en lo que representa el pueblo y en las prácticas populares.
Creo encontrar cierto paralelismo entre el proyecto de la democracia liberal burguesa en el modo en que se aplica de acuerdo a su proyecto civilizatorio y la oposición del populismo, que es paralelo, por decir así, al de la barbarie de los caudillos que se opusieron a ese modelo. La historia nos enseña, sobre todo la historia del siglo XX, que ese proyecto modernizador liberal y civilizatorio, no tuvo empacho en masacrar poblaciones originales hasta exterminarlas, reprimir huelgas de trabajadores/as que reclamaban por mejoras laborales y reducción de la jornadas de trabajo, bombardear poblaciones civiles indefensas desde aviones o con tanques, secuestrar mujeres embarazadas y arrojarlas al Río de la Plata desde aviones militares, utilizar los bienes de estas personas como botín de guerra, dejarse sobornar y sobornar a su vez para obtener privilegios personales, endeudar irresponsablemente a los estados y varias exquisiteces más que desmoronan el argumento del proyecto civilizador como racional y eficaz.
El populismo es el modo de la política que se enfrenta, casi con sus mismas armas argumentales, a estos proyectos que se definen solipsísticamente como racionales, modernos, eficaces y civilizatorios mostrándoles el reverso de la misma moneda. Esta característica queda clara al analizar a los populismos y a los liberalismos a partir de sus retóricas y de sus discursos. Si leemos detenidamente los discursos de campaña de líderes que se definen como liberales y los comparamos con los populista, nos llamará muchísimo la atención las similitudes que presentan .
Como hay diferentes experiencias definidas como populistas, he preferido el uso del plural al singular ya que no se puede comparar vis a vis todas ellas. Lo mismo sucede con las democracias liberales; el ejemplo francés dista del inglés como del alemán o el noruego y estos con los de Norteamérica.
Singularizar la diversidad puede ser útil en algún aspecto, pero hay que ser consciente del riesgo de reducir sus sentidos al que pretende el/a autor/a, de tal manera que, para no caer en ese error, he optado por tratar a las democracias liberales como a los populismos en su sentido plural antes que singular; cada lector/a sabrá comprender cuando se use el singular para denotar cierta particularidad propia del contexto temporal y nacional.
Lo primero que se abordará en este texto es una pregunta sobre qué son los populismos. Si bien se ha escrito mucho y de forma diversas sobre este fenómeno, aún no hay una definición que nos satisfaga a todos/as y en este primer capítulo se dará cuenta de esta cuestión. Desde esta aproximación, es posible encontrar la riqueza del término para presentar alternativas al etnocentrismo académico que se viene señalando.
En este aspecto, la comprensión cabal del fenómeno que analizamos, nos indica que, desde la novedad creativa que asume un fenómeno social, desborda lo que se dice de él sencillamente porque la novedad no puede ser apreciada desde modos esclerosados de comprender la realidad social y esto, a la vez, es un indicador del desacierto teórico y metodológico que se está señalando.
El hecho de que no logremos un consenso académico sobre qué son los populismos, nos está indicando, en mi apreciación, que los modelos liberales de comprender los fenómenos sociales, hace décadas que están perimidos y su persistencia y su inadecuación, no responden a las demandas de la misma academia que pretenden sostener, sino que esconden, quizás, otros tipos de intereses algunos de los cuales ya han sido mencionados.
Una vez que podemos enmarcar analíticamente a los populismos, se describirán algunos rasgos que considero que nos ayudarán a comprenderlos. Obviamente, como la mayoría de las descripciones, seguramente estará incompleta por lo que seguramente se podrá completar con otros rasgos que cada lector o cada lectora podrá proponer.
En el capítulo 3, nos acercaremos a lo que he definido como una aproximación analítica. En este capítulo se analizarán a los diversos populismos para ir comprendiéndolos en su diferencialidad, pero también en sus parecidos.
Un tema que es medular en el estudio de los populismos se centra en qué entendemos por pueblo. Si bien este concepto aparece incluso institucionalizado en las diversas constituciones de Latinoamérica, no existe un consenso total sobre qué se entiende por pueblo; sin embargo, más allá de las diferencias que se pueden expresar en las ideas, todos y todas sabemos muy bien a que nos referimos cuando hablamos de pueblo. Para comprender mejor este tema, se inserta un análisis y una descripción de los términos vulgus, plebs y populus como aparece en un autor romano.
Habida cuenta de la importancia que tiene Ernesto Laclau para el tema que nos convoca, se presenta en el capítulo 5, una particular apreciación de su pensamiento enfocado exclusivamente en el tema del populismo.
Así como el tema del pueblo es importante para comprender a los populismos, también he considerado con el mismo énfasis analizar qué es el antipueblo. En el capítulo 6 se dan las razones de esta elección.
Toda política, en su modo de expresión, cuenta con ceremonias y rituales y los populismos latinoamericanos no son la excepción, sino que, por razones culturales y quizás raciales, presentan una riqueza ceremonial y ritual que vale la pena describir y entender. El enfoque del capítulo 7 se centra en estas cuestiones haciendo foco en la experiencia peronista argentina.
Una de las ideas que nos presenta Laclau en su clásico texto La razón populista se ancla en el surgimiento de las demandas populares y como ellas se articulan en una lógica equivalencial. Este es el tema que se desarrolla en el capítulo 8.
Finalmente, en el capítulo 9, se analiza un tema importante que ha dado paso a las críticas más rudas hacia los populismos y es la relación que se establece entre populismos y democracias.
Como corresponde con todo trabajo de estas características, se presentarán las conclusiones de todo lo dicho.
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No he pretendido, como dije al principio, hacer un aporte novedoso sobre el tema de los populismos sino conocer algunos de sus rasgos para poder comprender porque, después de tantos golpes de estado, tantos muertos/as, tanto odio desencadenado por sus críticos/as, los populismos gozan de buena salud y se presentan, quizás con excepción de los populismos europeos mucho más orientados a posiciones xenófobas y racistas, como una alternativa social y política para solucionar, si cabe esta palabra, los desbarates sociales, culturales, económicos y políticos que ha traído aparejado, sobre todo para nuestro continente, la aplicación autoritaria de medidas liberales y neoliberales que insisten en autodefinirse como las únicas políticas que llevan a los estados al desarrollo.
La historia de América Latina es una muestra del error de esa concepción y exhibe, tal como tendremos la oportunidad de leer, un ejemplo de desarrollo autónomo, con respeto a la soberanías nacionales y a las identidades sociales, con un desarrollo de los derechos sociales y modelos de acumulación y distribución económica que considera que la nación aún existe y que está conformada por pueblos soberanos que tienen el derecho de elegir el modo de vida que más le conviene, y por eso votan a los populismos quienes suelen ganar las elecciones con más del cincuenta por cierto de los votos aunque cabe decir que esta mayoría está perdiendo terreno en el campo partidario.
Lo que se está advirtiendo en el mundo, es un corrimiento hacia el centro del espectro político y esto puede ser aprovechado por ciertos discursos que contienen rasgos populistas. Solo basta reconocerlos en las plataformas electorales que hablan de seguridad, protección social, defensa del medio ambiente, etc., pero que una vez en el poder, se desentienden de los que les otorgó legitimidad. Estamos asistiendo a un abandono de ciertas cuestiones clásicas que son reemplazadas por otras más actualizadas, pero el recurso retórico es el mismo.
Si realmente somos democráticos/as, debemos aceptar la decisión de las mayorías; si no lo hacemos, es porque algo falla en ese discurso.
1. ¿Qué son los populismos?
El término populismo posee una particularidad y es su capacidad de escaparse de la mayoría de los envases en donde se lo quiere introducir. Al decir de Rosanvallón (2020:13) posee una “fluctuación semántica” que lo hace apto para que se acomode tanto para la crítica negativa como para la positiva. La mayoría de los textos que pretenden analizarlo, asumen esta característica lo que nos desafía no solo a aceptar si verdaderamente hay populismos sino también pensar y aceptar que, en su fenomenología, está la clave para conocerlos antes que definirlos. La cuestión, como se puede apreciar, es de orden epistemológica y metodológica y que no se trata tanto de definirlos como de comprenderlos.
Los populismos, soportan variadas definiciones (Bueno Romero 2013:114): ideología, régimen político, forma de gobierno, conjunto de prácticas políticas, proyecto anticapitalista, tipo de liderazgo carismático y manipulador, estrategia política, estilo de gobierno, discurso demagógico, política intervencionista y asistencialista, política social con fundamento en la redistribución del ingreso, política neoliberal mediática (¿), forma de democracia directa, mecanismo antidemocrático, movilización política desorganizada, movimiento social, régimen autoritario legitimado por el pueblo, etc.
Todas estas definiciones sobre un mismo fenómeno, algunas de las cuales se contradicen entre sí, indican o bien lo complejo de lo que se pretende conocer o lo errado del planteo teórico, epistemológico y metodológico en su abordaje.
Siguiendo estas definiciones todo puede ser populismo y, por el contrario, nada puede serlo. La pretensión definidora, o bien responde a criterios académicos inservibles para el caso o es una estrategia impugnadora que, en relación a las categorías que pretende definir, las utiliza para cumplir su objetivo. Como se dijo en la introducción, de tantos análisis e investigaciones que se están realizando, la mayoría de los que he consultado, tienen apreciaciones negativas sobre los populismos porque parten de categorías de análisis obsoletas y extremadamente influenciadas por la academia europea; quizás la excepción sean los trabajos de Chantal Mouffe quien propone alternativas mucho más vinculadas con la realidad de nuestro continente.
Las definiciones y análisis que se han hecho sobre los populismos, algunas se verán aquí, se sostienen desde perspectivas ideológicas signadas por lo que se conoce en la literatura especializada como democracia liberal. En este trabajo se utilizará esta denominación para significar el espacio ideológico definido por la economía liberal clásica que sostiene los siguientes postulados:
a. Existencia de un mercado libre que se autorregula.
b. Los individuos son seres inteligente y egoístas que, persiguiendo sus racionales intereses individuales, producen una mejora social al maximizar sus logros y disminuir sus costos.
c. La injerencia de cualquier fuerza en ese mercado libre autorregulado supone conflictos. De entre esas injerencias, la estatal es la que más se debe controlar.
d. La propiedad privada es la fuente del desarrollo social.
Otra forma de definir al liberalismo es a través de siete conceptos políticos: libertad, racionalidad, individualidad, progreso, sociabilidad, interés general, limitación del poder –sobre todo estatal y popular– y rendición de cuentas. Como se puede apreciar, estos siete principios no son exclusivos del liberalismo, sino que se los puede encontrar en otros modos políticos.
Esta democracia liberal es la que ha logrado dominar el orbe a partir de sus consideraciones que, como se verá, no respeta estos principios ya que ella misma ha sido una fuerza que ha colonizado vastos territorios y ha impuesto su doctrina de la mano de los cañones y no de la fortaleza de sus ideas.
El egoísmo que supone natural y fuente del desarrollo, solo es propio de aventureros/as y mercaderes cuyos principios éticos distan de considerar a los/as demás como iguales. La famosa teoría de la competencia que tanto se encargan de divulgar, colisiona con la teoría de la solidaridad que, al menos, cuanta con avales empíricos a partir de la investigación etnográfica. Los trabajos de Bronislaw Malinosky en relación a la institución del kula, es un ejemplo. Lo que se conoce en la tradición antropológica como “retribución generalizada”, se opone a la teoría de la competencia tal como la presenta el liberalismo clásico. Si existe la competencia, no es por productos materiales sino por sitiales de ostentación y de exhibición. No hay competencia, entonces, por ver quien posee la mejor canoa, sino porque quien la utiliza mejor para la pesca y el modo de demostrarlo es compartiendo el producto de la expedición pesquera.
La democracia liberal, asimismo, ha cargado con tintes negativos a los populismos, y el uso que ha hecho del término, al no obedecer a una estricta lógica académica, manifiesta cierto interés ideológico en defender lo propio ante la amenaza de lo extraño que está representado, en este caso, por los ideales populistas.
Para la lógica racional moderna positivista, funcional a la democracia liberal, es posible entender el materialismo histórico porque parten de la misma raíz: la Ilustración del siglo XVIII, pero los populismos, sobre todo el latinoamericano y especialmente el peronismo, les presenta una argumentación que evidencia el fracaso de esa modernidad. La Tercera Posición y el slogan “Ni yanquis ni marxistas ¡peronistas!” indica que este modo populista que expresa el peronismo desde sus origines hasta la actualidad, es la contracara plebeya e irracional que se opone a la cara civilizada de la democracia liberal y por eso, como bien dijo el diputado John William Cooke, el peronismo es “el hecho maldito de la sociedad burguesa” porque logra disputarle con lógica y con argumentos fundados, el supuesto proyecto eficaz de la democracia liberal que se debe enfrentar dialécticamente con la intelectualidad populista. La forma que ha encontrado la academia liberal es la de impugnar el pensamiento intelectual populista desconsiderándolo; antes que aceptar e iniciar la disputa ideológica, decide unilateralmente descartarlo.
El uso del término populista ha sido muy extenso durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI ya que se piensa que fenómenos políticos como Podemos en España, el gobierno de Donald Trump en los EE. UU, incluso el de Bernusconi en Italia en el siglo pasado, pueden ser catalogados de populistas tengan o no tengan puntos en común con proyectos políticos como los de Juan Domingo Perón, Getulio Vargas o Lázaro Cárdenas que son, por decir así, los líderes clásicos del populismo en América Latina. Esta fluctuación y este estiramiento del término, debería hacernos sospechar si realmente podemos atrapar por medio del lenguaje, un concepto tan escurridizo como el de este análisis.
Desde el inicio de este trabajo, entonces, nos enfrentamos a una cuestión clásica en las ciencias sociales y es la del estudio de términos resbaladizos, pantanosos e incluso un poco tramposos que obstaculizan su comprensión. Para poder cumplir con el objetivo que nos planteamos, lo mejor es aplicar una metodología de análisis que capte esta ambigüedad y sea plástica y adaptable a los sentidos que portan los conceptos para poder comprenderlos en su diversidad sígnica.
Quizás la mejor forma para entender los populismos este dada por su fenomenología, el modo en que se expresan. En este aspecto, cabe hacer una reflexión; debido a las múltiples definiciones que hay sobre el populismo, lo mejor, como ya se dijo, será tratarlo en plural porque, hay que decirlo muy claramente; si el fenómeno es complejo y escurridizo, quizás sea mejor comenzar a entenderlo como una pluralidad y no como una singularidad, de tal manera que, más allá de que podamos distinguir algunos rasgos generales al modo de un Tipo Ideal weberiano , cada populismo se definirá en la práctica, y si este argumento es válido, cabe pensar que toda democracia, ya sea liberal, de libre mercado, republicana, parlamentaria, presidencialista, representativa, plebiscitaria, etc., no puede no contener algún rasgo de los llamados populismos porque la raíz etimológica de la palabra democracia es, desde ya, populista ¿podemos pensar un régimen democrático que no apele al pueblo como fundamento de su razón? Y si es así ¿Por qué se denosta al populismo? En la respuesta a estas preguntas, encontraremos algunas claves de la visión negativa que la democracia liberal y la izquierda revolucionaria cargan contra los populismos.
Hay una hipótesis que ha tenido relativamente éxito y que dice que los populismos surgen a posteriori de un proceso de democratización o de politización de los sectores populares excluidos como serían los casos de Bolivia y Ecuador (Mansilla 2010) pero en el caso del peronismo esta hipótesis presenta algunos inconvenientes.
En nuestro país, hay que hacer notar la influencia de las ideas socialistas y anarquistas que trajeron emigrados/as europeos/as y, en la misma medida, la influencia que tuvo la Unión Cívica Radical hacia fines del siglo XIX y principios del XX.
Esta circulación de ideas diferentes a las que prevalecían pudo haber preparado el terreno para el surgimiento del peronismo. Cabe señalar la influencia que tuvo, al menos en los medios periodísticos y algún circuito intelectual, la Fuerza de Orientación Juvenil de la Nueva Argentina (FORJA) de Arturo Jauretche y Homero Manzi entre otros/as que luego se plegaran al movimiento peronista desde una perspectiva crítica. Finalmente, como sabemos, Arturo Jauretche presentará algunas diferencias con Juan Perón.
Esta situación pudo haber provocado la toma de conciencia de una parte de la población vernácula que, cuando llegó el momento, apoyó al nuevo movimiento que se estaba gestando. Esta visibilidad de la existencia de los sectores populares, que hasta ese momento no era considerada como tal, no fue producto del azar ni de la manipulación demagógica de una persona, sino la confluencia armónica y en tensión de diversos factores que colaboraron para ello. Estas circunstancias rara vez son tenidas en cuenta por la mirada liberal que se encierra en sí misma al analizar y querer explicar los populismos.
Otro elemento que hay que considerar es de raíz histórica. Las democracias liberales europeas se han forjado en países que han tenido, monarquías y, en general, colonias con todo lo que ello implica en términos jurídicos, políticos, sociales y económicos. Su régimen político es parlamentario; en cambio, en América Latina, se han dado regímenes coloniales lo que impulso luchas por la independencia política.
El régimen que se instaura en este continente, que no conoció la monarquía, es el presidencialista por lo que hay que atender a estas cuestiones cuando se habla de liderazgos.
Se suele definir a los populismos como dirigidos por líderes carismáticos, autoritarios y hasta demagógicos, pero nunca se aclara que poseemos sistemas presidenciales unipersonales lo que favorece el surgimiento de fuertes líderes lo que no sucede con el parlamentarismo o al menos no se lo ve de igual modo. De la misma manera, las luchas por la independencia, han forjado otra cosmovisión del mundo (weltanschauung) lo que debe ser considerado. No es lo mismo tener colonias de donde extraer materias primas y energía baratas que no disponer de ellas y tener que pagarlas al precio que no valen.
Una de las críticas que se les hace a los populismos, especialmente desde la academia europea, es la ausencia de padres fundadores como sí los tiene el liberalismo y el materialismo histórico lo que, nuevamente, es incorrecto.
Las grandes ideologías de la modernidad surgieron, en esto hay coincidencia, entre los siglos XVIII y XX y estuvieron asociadas a la publicación de textos que analizaron críticamente la sociedad de aquellos años. Ya sea en contra del despotismo y del absolutismo de las coronas como de la explotación de los/as trabajadores/as por las sociedades civilizadas, algunos pensadores/as, se dieron a la tarea de reflexionar sobre su tiempo.
Los principios del liberalismo –lo que se conoce como la economía clásica– fueron enunciados por Adam Smith, David Ricardo, Jean Baptiste Say, Benjamín Constant, John Stuart Mill. La fisiocracia, un derivado desde mi mirada de ese clasicismo, por Françoise Quesnay. El conservadurismo con Burke, Bonald y de Maistre. El socialismo se fundó con las elaboraciones teóricas de Jean Proudhon –este más propiamente anarquista, ácrata o libertario, aunque hoy en día este concepto haya sido apropiado por un modo de entender la libertad de mercado un poco insulsa–, Jean Jaurés, Kautsky y, por supuesto, Karl Marx y Federico Engels. El anarquismo propiamente dicho con Bakunin y Kropotkin, la socialdemocracia con Lord Keynes. El republicanismo moderno por los llamados “padres fundadores” norteamericanos como Jefferson, Franklin, Madison y los franceses con Danton, Robespierre y Marat, pero ¿y el populismo? ¿Puede esgrimir el linaje académico y del pensar de estas corrientes del pensamiento? Una búsqueda en la bibliografía nos indicaría que sí, que los populismos también pueden presentar a sus pensadores/as con el mismo orgullo que los ya citados, pero hay que reconocer que estos populismos, sobre todo los de Latinoamérica, como nos indica toda nuestra historia, han sido tanto intelectuales como dirigentes porque las propias circunstancias históricas que debieron enfrentar, los/as han obligado. Esta es una característica propia de los países que han sido colonizados. Nuestros/as próceres han debido tomar tanto la pluma como la espada. Quizás Sarmiento, Facundo, Mitre, Quiroga, etc., puedan ser comparados con Jefferson, con Robespierre, con Dantón, y otros/as, pero seguramente no con Smith, Quesnay o Mill ya que estos no tuvieron que gestionar los asuntos políticos, económicos y bélicos al mismo tiempo que escribían para las generaciones futuras.
La independencia de las colonias latinoamericanas propició que hubiera intelectuales que tuvieron que tomar las armas: Martí y Belgrano por ejemplo; esto no sucedió en Europa. Allí los intelectuales no abandonaron el gabinete, aquí, en cambio, leían y escribían en las tiendas de campaña.
El pensar populista se concreta desde la gestión propiamente dicha y no desde la asepsia de un escritorio o un gabinete académico.
Los/as pensadores/as populistas, en general, escriben sus textos desde un lugar de gestión y de militancia que los/as separa de aquellos/as autores/as que disponen de tiempo y de tranquilidad para exponer sus ideas. Lo dicho no significa ni una apología ni una crítica, sino que solo indica las condiciones de producción intelectual de cada uno/a de ellos/as. La misma historia a la que hice referencia, condicionó el surgimiento de los populismos y los caracterizó.
El pensar político, principalmente, se diferencia del pensar académico en el sentido de que el primero en general y en Latinoamérica en particular, se desarrolló en medio de procesos independentistas o de gestión de gobiernos jaqueados por las potencias que se definen como democráticas, que les impidió dedicarles el tiempo que sí tuvieron los/as académicos/as. Quizás por ello, no se cuente con obras de envergadura, salvo alguna excepción, y el pensar populista lo encontremos en entrevistas, discursos y epístolas; los textos de Jauretche y de Cooke, son un ejemplo en tanto que la monumental obra de Arturo Sampay sí puede compararse con los académicos. No obstante, la investigación nos enseñará que los diversos populismos latinoamericanos, al contrario de lo que se dice, cuentan con sus intelectuales; algunos de ellos/as, serán revisados/as en este trabajo.
Los populismos, ya lo veremos cuando analicemos el congreso de 1967 en Londres, han sido estudiados en sus inicios, desde miradas ajenas a él.
La teoría política clásica hegemonizada por el liberalismo, el conservadurismo y el materialismo histórico, se posicionaron como las únicas miradas aptas e idóneas para comprender y explicarlos y creyeron que sus categorías eran las únicas válidas para comprender cualquier caso que aconteciera en la política occidental.
Esta mirada “desde arriba” no colaboró para una correcta comprensión de los populismos y propició una mirada peyorativa y despectiva sobre ellos. Cabe decir en este aspecto, que este trabajo, si bien se nutre de las categorías clásicas de la sociología política, las resignifica en el contexto latinoamericano pudiéndose notar que, incluso desde esas mismas categorías, se puede presentan un análisis alternativo que confronte y desafíe esas miradas peyorativas y despectivas.
Quizás el hecho de que América Latina no sea precisamente occidente como lo es Europa, haya hecho pensar a la academia europea, que su experiencia era válida para aplicar en estos territorios. El singular caso de los países anglosajones – EE. UU, Australia, Nueva Zelanda, Canadá– pareció confirmar que este aserto era el correcto, pero también hay que señalar que hubo otras regiones, transformadas en países por las metrópolis y que también fueron colonizadas por Inglaterra especialmente, que no siguieron su modelo; me refiero a países africanos como Uganda, Nigeria e incluso Sudáfrica.
La idea de que desde Europa y desde su racionalidad se puede explicar el orbe, choca con la realidad y es causa de un etnocentrismo académico que, en el caso que nos convoca, no suele producir textos que puedan dar cuenta de nuestra realidad; antes bien, en términos generales, suelen desconocer aspectos centrales de nuestra cultura y de nuestra realidad que terminan afectando sus saberes y como, además, hay ciertos ingredientes racistas y xenófobos, muchos textos que pretenden comprendernos terminan siendo nada más que informaciones deformadas autojustificatorias de una situación de predominio intelectual, política y económico que nos debe hacer sospechar de esa pureza intelectual que tanto se declama. Toda dominación, por el solo hecho de serlo, se sostiene en una justificación, y descalificar con estos argumentos experiencia exitosas que contradicen esos postulados, pueden conformar ciertos riegos que muchos/as no quieren asumir.
Los populismos pueden ser un ejemplo de que el liberalismo no posee toda la verdad y que comete errores que implican una tragedia para poblaciones como las nuestras.
Para comprender a los populismos tal como se viene sosteniendo, y de acuerdo a la metodología que hace hincapié en la fenomenología, se presentarán algunos rasgos que los caracterizan.
2. Rasgos de los populismos
Como se viene diciendo, definir a los populismos, no parece ser un trabajo fácil tal como nos lo demuestra la experiencia. Muchos/as teóricos/as, han dado ya sus definiciones y algunas de ellas se contradicen entre sí por lo que debemos comenzar a pensar si este término es adecuado para comprender, analizar y explicar las experiencias políticas que caen bajo estas definiciones.
Muchos modelos de gestión y muchas ideas han sido definidas como populistas aunque se hayan presentado en diferentes tiempos y en diferentes lugares : los Naródnik rusos de las décadas de 1860,1870 y 1880, el People Party que algunos farmers norteamericanos fundaron en 1882, el más reciente populismo de Viktor Orban en Hungría, Podemos en España, Syrisa en Grecia, etc., son algunos de los varios ejemplos que podemos mencionar sin contar, por ahora, las experiencias latinoamericanas que han sido también definidas como populistas ya sean las de la décadas de 1930 a 1950 o las más recientes de fines del siglo XX y comienzos del XXI, pero estas últimas tituladas como neopopulistas.
Si bien estas experiencias han sido políticas, no debemos olvidar otro tipo de experiencias como el “Manifiesto de la novela populista”, dentro del campo de la literatura, aparecida en Francia en 1929 para designar un campo del arte de escribir que hoy definiríamos como novela popular. Como se puede apreciar, el concepto de populismo es susceptible de varios usos.
Los modos de gestionar los asuntos públicos se van adaptando, dentro de un campo en común, a los propios contextos territoriales, culturales e históricos en donde cada uno de ellos debe desarrollarse.
La experiencia parlamentaria inglesa –el modelo Westminster– dista del modelo suizo y estos de la democracia estadounidense o peruana. Sin embargo, todas las democracias comparten rasgos comunes que son los que Robert Dahl (1993) ha definido como poliarquía. En este aspecto, cabe señalar que la indicación de rasgos comunes obedece, en general, al planteamiento hecho por quien la indica; hay autores/as que consideran algún rasgo común en tanto otros/as lo niegan; debido a ello, es que estos planteamientos deben ser cuidadosamente analizados desde lo metodológico y desde lo teórico porque no siempre se coincide; no obstante, una vez bien planteados, son un recurso para el análisis.
Un tema que merece ser analizado es la relación que se establece entre los populismos y los presidencialismos y que nos puede ayudar a entenderlos.
La misma estructura del poder en una república presidencialista, sobre todo en Latinoamérica, habilita la figura de un/a líder carismático/a antes que autoritario/a. Este es un rasgo que cuesta comprender para los/as autores/as formados en el “sesgo atlántico” que no comprenden la forma de funcionamiento de los presidencialismos, sobre todo, de los presidencialismos latinoamericanos. En este aspecto, cabe señalar algunas ideas presentes en el trabajo de Juan Linz (2013):
Una comparación cuidadosa entre parlamentarismo y presidencialismo en cuanto tales, lleva a la conclusión que, en balance, el primero es más conducente hacia democracias estables que el último… Quizá la mejor manera de resumir las diferencias básicas entre los sistemas presidencialista y parlamentarista, consista en decir que mientras el parlamentarismo imparte flexibilidad al proceso político, el presidencialismo lo vuelve más bien rígido…La flexibilidad frente a situaciones constantemente cambiantes no es precisamente el mayor valor del presidencialismo… no puede evitarse concluir tentativamente que en muchas otras sociedades las probabilidades que el presidencialismo ayude a preservar la democracia son mucho menos favorables…
Como se puede apreciar, es notable el sesgo anti presidencialista presente en este autor que no reconoce ciertas ventajas del presidencialismo como la unificación del poder, federalismo, elección directa, etc. Cabe señalar que, en los sistemas parlamentarios, no solo no hay elecciones pautadas temporalmente que permitan la renovación, sino que muchas veces, debido a los conflictos internos, cuesta mucho “formar gobierno”. Los presidencialismos en América Latina han podido sortear muchas crisis políticas y económicas, la crisis del 2001 en Argentina es un ejemplo, y cabe señalar que han debido soportar golpes de estado lo que no ha sucedido con los parlamentarismos.
El presidencialismo como el semipresidencialismo y el parlamentarismo, no son ni buenos ni malos en sí mismos y toda consideración valorativa responde a intereses alejados de la pureza académica que se requiere para analizarlos.
Cabría pensar si en los populismos podrían darse un sistema parlamentario de la misma manera que en Europa; en principio, cabe decir que sí ya que un primer/a ministro/a, podría ser un/a conductor/a populista y, de hecho, algunos/as autores/as que se mencionan en este trabajo, consideran que en este momento en Europa existen versiones parlamentarias de los populismos; el caso de Podemos en España podría ser un ejemplo; claro que, por ahora, no ha accedido al poder.
Se expondrán brevemente algunos rasgos que la mayoría de los/as autores/as consideran típicos de los populismos advirtiendo que podría haber otros que, o bien los contradicen o los complementan. Veamos:
1. Todo populismo, para que sea considerado como tal debe adoptar una concepción de y del pueblo. Esto es casi central. Cabría pensar si no es el rasgo principal de los populismos ya que la apelación a esta abstracción, ya veremos porqué, se torna fundamental no solo en los objetivos de la política populista sino en su retórica. La apelación al pueblo es también, su fuente de legitimación. Populismo remite a pueblo en una relación directa.
2. Los populismos proponen una refundación no solo del sistema político sino de la patria que los separan tajantemente de un pasado oprobioso, signado por la explotación y la exclusión, de un presente novedoso en donde se alcanzaría la justicia social. No obstante, encuentran en ese pasado, ejemplos y hechos en los que se sienten identificados proponiendo ejes históricos que le permiten concebirse como una continuidad histórica. Este es un rasgo mucho más explotado en los llamados populismos de derecha europeos que los acerca a los nativismos. En nuestro continente, no es pertinente hablar de nativismo sino de indigenismo, aunque no exista, hasta la fecha, análisis que indiquen que hay populismos indigenistas; quizás el caso de Evo Morales y Correa pueden poseer algunos rasgos del indigenismo. A partir de esta consideración, los populismos vienen a remendar lo que un poder hegemónico liberal desvío de un proyecto que estaba presente en el pasado; se inscriben así, en una dinámica que tiene su origen en las luchas de la independencia de donde obtienen no solo legitimidad sino un proyecto de nación. Los populismos se ven a sí mismos, como la continuación de estas luchas populares que se debieron dar debido a las desviaciones oligárquicas. Debido a estas características, algunos líderes populistas suelen ser definidos como líderes mesiánicos. En este aspecto, y solo para los casos europeos, el nativismo es la ideología que se opone a la inmigración musulmana especialmente pretendiendo defender una pureza étnica ante el avance de estas poblaciones foráneas.
3. Todos los populismos poseen una teoría de la democracia que tiene en la integración de los sectores excluidos por la democracia liberal su principal objetivo. Esta integración no es, como se puede pensar, de baja densidad o un planteamiento demagógico, sino que, por el contrario, es una integración plena a los beneficios sociales que el estado puede otorgar. Los populismos alcanzan legitimidad por varios caminos, uno de ellos es la integración social, económica y cultural de las clases subalternas que han sido excluidas de los beneficios integrales que la democracia liberal produce para una élite. La creación del estado social, la promoción de la justicia social y de la equidad social, son las herramientas que los estados populistas ponen en acto para que esa integración se dé lo más plenamente posible. En el caso de los populismos de derecha europeos, en cambio, los derechos sociales proclamados son exclusividad de la población nativa y no para los/as inmigrantes lo que impugna, de alguna manera, la pretensión integradora universal. Desde esta perspectiva, estos tipos de populismos se acercan más a un conservadurismo popular. Relacionado con el punto anterior, los populismos aplican una política y una economía que se contrapone, sobre todo en lo que refiere a la intervención del estado, a las políticas económicas de la democracia liberal. Para los populismos, el libre mercado es una falacia que solo trae consecuencias negativas para la base popular. Descree del libre mercado no en forma dogmática sino porque ha comprobado empíricamente las falencias que ese modo de organizar la economía ha traído para las clases trabajadoras principalmente. El peronismo, por ejemplo, sostiene que el estado debe mediar en el conflicto clásico que se establece entre el trabajo y el capital. Esta postura queda clara en el discurso que diera Juan Domingo Perón el 25 de agosto de 1944 en la Bolsa de Comercio:
Pienso que el problema social se resuelve de una sola manera: obrando conscientemente para buscar una perfecta regulación entre las clases trabajadoras, medias y capitalistas, procurando una armonización perfecta de fuerzas, donde la riqueza no se vea perjudicada, propendiendo por todos los medios a crear un bienestar social, sin el cual la fortuna es un verdadero fenómeno de espejismo que puede romperse de un momento a otro. Una riqueza sin estabilidad social puede ser poderosa, pero será siempre frágil, y ese es el peligro que viéndolo, trata de evitar por todos los medios la Secretaria de Trabajo y Previsión .
4. El populismo, en el modo de peronista de ejercerlo, es un proteccionismo no solo de la industria nacional sino también de sus ciudadanos/as. En consonancia con el rasgo N.º 3, se privilegia lo que se ha denominado “compre nacional” que consiste en privilegiar la producción nacional sobre la extranjera siempre que se pueda. El proteccionismo peronista, a diferencia de lo que algunos autores opinan (Rosanvallón óp. Cit.), no es un proteccionismo xenófobo sino estratégico porque prioriza el proceso de industrialización. De la misma manera, y también encontrando diferencias con los llamados populismos de derecha, especialmente el de Le Pen en Francia, pero también el de Berlusconi en Italia, no requiere de la xenofobia, por el contrario, el peronismo siempre integró a los inmigrantes a la categoría de ciudadanos/as. El plan Patria Grande lanzado por el presidente Néstor Kirchner en el año 2006, es un ejemplo de lo manifestado. Este plan, contemplaba la regularización de los/as inmigrantes que vivían en ese momento en la República Argentina.
5. Hay una apelación a las emociones y sentimientos a partir de una particular retórica expresada por un/a líder que se articula con las pasiones populares. Los diversos populismos no apelan a la supuesta racionalidad que cree poseer el liberalismo, por el contrario, su retórica se sostiene en las tradiciones, en los saberes y en todo aquello que hace que el pueblo sea lo que es. Esta irracionalidad es considerada ignorante e infantil pero su crítica no se sostiene en argumentos sino en otra retórica similar a la que se critica. El odio y el miedo que expresan las élites, no se sustenta en argumentos racionales sino en emociones contradictorias porque, por un lado, el liberalismo sostiene la tolerancia y el respeto hacia los/as otros/as, pero en la práctica se gestiona la diferencia solamente a través de la represión. La famosa grieta de la que se habla en la Argentina, es un indicador de este odio y de este temor. Si estas de un lado de la grieta o sos amigo/a o sos enemigo/a. El liberalismo no es capaz de pensarse a sí mismo como una hegemonía autoritaria y excluyente, y el populismo, que nace de las mismas raíces que el liberalismo, es su contracara más eficaz. Los populismos, por esta misma razón, no son revolucionarios por más que crean serlo. El discurso de la Bolsa de Comercio no es un discurso que plantee un cambio radical de las estructuras sociales y económicas. El peronismo, por ejemplo, nunca planteo una reforma agraria sabiendo que el régimen de propiedad de la tierra en un país agroexportador, es la causa que más potencia explicativa tiene para dar cuenta de la realidad nacional. Los populismos, desde su supuesta irracionalidad y barbarie, interpelan al liberalismo con sus mismos argumentos, y esto atemoriza. Desde este rasgo, podríamos pensar si los populismos no son movimientos románticos tal como lo pensaba la ideología alemana de fines del siglo XVIII. Quizás Goethe y Schiller se hubieran sentido atraídos por la apelación emocional antes que racional y más si hay una apelación a la tierra en donde se nació.
6. Los populismos presentan un rasgo antagónico, esto es, presentan la realidad como una alternativa bipolar; por un lado, estamos nosotros/as, el pueblo excluido y explotado por una oligarquía insensible y, por el otro, están ellos/as que son la antipatria, la oligarquía, el antipueblo, los/as cipayos/as, etc. Esta clara y simple dicotomía, criticada justamente por esa simpleza, pone sobre el tapete de discusión que la lucha de clases clásicas como la veía Carlos Marx y Federico Engels en el siglo XIX, sigue estando vigente. La frase “¿Usted sabe con quién está hablando?” de la que se dará cuenta más adelante, tiene una potencia explicativa que es tan clara como la división definida como maniquea entre ellos/as y nosotros/as.
7. Los populismos prefieren una relación directa entre el estado y la base ciudadana. Descree de algunas instancias intermedias de las democracias liberales que son captables por esos intereses; sin embargo, esto no significa que reniegue de la organización social, por el contrario, en el caso del peronismo, y fiel a la idea de su conductor, el pueblo debe organizarse a través de sus propias instituciones. Lo que sucede es que las instituciones liberales como los parlamentos, los tribunales, la policía, etc., siempre han respondido a los intereses de la clase en el poder –el bloque hegemónico que planteaba Antonio Gramsci (Giglioli 1994)–. Esta es una característica que ha sido sumamente criticada por la academia liberal y por ello suelen tratar a los populismos de autoritarios y de antidemocráticos, pero se olvidan que estos mismos populismos, tienen una visión de la sociedad que es colectiva y que no es individual. La apelación a una organización diferente, no debe ser considerada antidemocrática per se. En estas organizaciones como son los partidos políticos, especialmente el Partido Justicialista, hay elecciones internas, críticas y toda una dinámica institucional que estimula la participación ciudadana, todo lo contrario a lo que sucede en las organizaciones liberales que suelen disponer de obstáculos para ello. El ejemplo de los EE. UU en relación a las elecciones, es un ejemplo. Para que los/as ciudadanos/as de color negro puedan votar, deben inscribirse primero en un padrón y luego, si son aprobados, podrán ejercer su derecho ciudadano. Recordemos que la población afroamericana en los EE. UU solo accedió al voto hacia mediados del siglo XX. Para los populismos, la participación política de sus ciudadanos/as es fundamental y así ordena la sociedad, con sus propias organizaciones de base de tal manera que no hay nada de anti institucional en ellos sino una institucionalidad diferente. En todo caso, lo que hacen los populismos es re institucionalizar lo que la institucionalización liberal ha producido en términos de exclusión y explotación. Los populismos instalan un estado de derecho más igualitario e incluyente que el estado de derecho liberal, y esta re institucionalización populista es fuente de su legitimidad ya que la base electoral se siente más representada por esas instituciones.
8. Existe una tendencia en los populismos a organizar referéndums y plebiscitos para que la ciudadanía pueda expresarse y el gobierno esté en condiciones de tomar decisiones en relación a esos resultados. Conscientes de la adhesión popular que concitan, los populismos fortalecen las instancias electorales y no tienen ningún reparo en presentarse a las elecciones, incluso cuando las pierden, como fue el caso del Kirchnerismo en las elecciones legislativas del año 2009 o las presidenciales del año 2015. A los populismos los conforman este tipo de procedimientos electorales y por eso son tomados como regímenes demagógicos pero lo cierto es que el acto eleccionario universal realizado sin fraude es uno de los rasgos más sobresaliente de cualquier forma de democracia y de poliarquía. Sin el acto eleccionario puro, simple, limpio y universal, difícilmente se pueda calificar a un régimen de democrático. Los populismos pueden ser criticados por esta tendencia ya que se dice que los referéndums son tramposos, que las masas pueden ser manipuladas, que las opciones por el sí o por el no, típica de los plebiscitos, no son racionales y que se deciden en poco tiempo, etc., pero lo cierto es que los populismos optan por las decisiones populares antes que las que toma un pequeño grupo de inspirados/as que suelen privilegiar sus intereses. La crítica a este rasgo de los populismos, nos advierte cierto carácter autoritario e intolerante de parte de aquellos/as que las formulan. Si realmente aceptamos vivir en una democracia plena ¿Cuál es el problema de que elijamos? Se podrá decir que nos enfrentamos a vivir permanentemente en campaña electoral, que se dilapidarán recursos esenciales, que los/as candidatos/as en vez de gobernar se preparan para la contienda electoral, pero nada de esto oscurece la idea de que es el voto de la población en condiciones de ejercerlo, el súmmum de la soberanía. En esta crítica al electoralismo populista, creo encontrar cierto eco de Alexis de Tocqueville (1985:256) cuando se horrorizaba de lo que definió como “la dictadura de las mayorías” en su clásico trabajo sobre la democracia norteamericana. Las democracias liberales descreen de las mayorías porque no las consideran aptas o idóneas para elegir a los/as representantes. Los populismos son, desde esta mirada, radicalizaciones democráticas y no meros democraticismos. Si bien las reelecciones suelen ser criticadas porque, según la mirada que ya se ha señalado, supone rasgos personalistas, lo cierto es que, si un candidato se presenta reiteradamente a elecciones y las gana, no es posible decir que no es democrático. Llamo la atención a lo dicho precedentemente sobre el mandato de los/as primeros/as ministros/as en los regímenes parlamentarios; si bien no hay reelección, su mandato no tiene fecha de caducidad y pueden estar al mando del estado o del gobierno más que dos períodos presidenciales, sin embargo, no son analizados como antidemocráticos. Señalo aquí, entonces, la diferencia de criterios para un tema como la permanencia en el cargo.
9. La economía populista es proteccionista. Su principal objetivo es la de crear trabajo decente, en blanco porque considera que el trabajo es la única actividad humana que produce valor. El estado nacional debe garantizar que la industria, como así también todas las actividades productivas, se desarrollen en el país y permitan crear empleos genuinos. De la misma manera, instaura organizaciones reguladoras para que tercien en el conflicto productivo y garantice, en países agroexportadores como la Argentina, un mínimo de precios al consumo, de productos básicos como la harina, la carne, las verduras, etc. De la misma manera, considera que hay sectores estratégicos como la luz, el agua, el gas, la energía, las comunicaciones, etc., que deben ser o bien de propiedad estatal o controladas por el estado en sus tres niveles –nacional, provincial y local– para garantizar no solo la calidad de esos servicios, sino que su precio sea el adecuado. Obviamente, los populismos no son pro mercado, sino que utilizan la intervención estatal en la economía para evitar que haya abusos por parte de las empresas que pudieran tener un rol dominante debido al monopolio que puedan poseer en un determinado campo, esto puede ser considerado un rasgo no liberal, al menos no libre mercado. Los populismos, como son pro industria y pro trabajo, tratan de contener la especulación financiera y la expansión de ese sector entendiendo que las finanzas deben apoyar a los emprendimientos productivos especialmente el de las pequeñas y medianas empresas. Como se puede apreciar de manera muy clara, los populismos se enfrentan a las premisas clásicas del liberalismo en relación a la economía. La economía, no es simplemente economía, sino que es economía política. Hay una defensa irrestricta de la soberanía en el campo político, en el económico y en el cultural.
10. Los populismos apoyan la soberanía popular que se expresa en mayorías cuya forma de visibilización más clara se da en los actos eleccionarios. Este es un rasgo muy importante de los populismos ya que los relaciona directamente con la democracia entendiéndola como el gobierno del pueblo, es decir, como el gobierno de la mayoría. En el caso de nuestra Constitución, hay una protección al accionar de las minorías, incluso en el quehacer parlamentario y legislativo. Cabe señalar que hay un respeto por el accionar de las minorías mucho más profundo que en los parlamentarismos. La posibilidad de crear bloques unipersonales, tal como indica el artículo 55 del Reglamento de la Cámara de Diputados de la Nación, es un ejemplo. Las minorías políticas y, últimamente de género, encuentran su representación en el campo parlamentario. El peronismo, en su accionar parlamentario, no pone reparo en la participación de las minorías por lo que cabría redefinir la acusación de autoritarismo que se le endilga. Debemos recordar que gobiernos que se autotitulaban democráticos y republicanos, proscribieron electoral y políticamente a la mayor fuerza política de ese momento. Cabe pensar, en consecuencia, si a esos gobiernos sostenidos por las FF. AA, podía caberles la definición de democráticos.
11. Los populismos son esencialmente anti elitistas, pero no por ello son anti intelectual. Si bien en un momento dado de la historia del peronismo se enunció “Alpargatas sí, libros no”, se debió al conflicto entre este movimiento y los/as estudiantes universitarios que veían en el peronismo un autoritarismo. En aquellos años las universidades no eran públicas y la mayoría de los/as estudiantes no formaban parte del pueblo trabajador. Lo que reivindica el peronismo como los populismos en general, es el saber popular metaforizado en las alpargatas por sobre cierto saber fosilizado y doctrinario que se impone “desde arriba” por una élite. Los populismos propondrán una revisión histórica en los respectivos países en su intento refundacional porque todos ellos formularán, por medio de una disputa contrahegemónica, su propia versión de la historia nacional. La versión populista es tanto histórica como antropológica sostenida en una línea nacional que se sostiene, en el caso argentino, en la identidad gaucha, en los caudillos federales, en los próceres de la independencia, en las luchas campesinas y plantean un eje histórico que comienza con mayo de 1810, Tucumán 1816, San Martín, Rosas, Yrigoyen y Perón. El anti elitismo populista es concurrente con su adhesión al pueblo y a lo popular, pero de ninguna manera se debe entender como un enfrentamiento con el saber académico siempre y cuando este saber refleje los saberes del pueblo. El peronismo se caracterizó por el destaque de muchos/as intelectuales, pensadores/as, investigadores/as, muchos/as de los cuales son citados en este trabajo.
12. Los populismos actúan en el presente y muchas de sus políticas son coyunturales, sin embargo, este rasgo no es un obstáculo para que tenga proyectos a corto, mediano y largo plazo. Su pragmatismo presentista y coyuntural, que será analizado en las páginas que siguen sobre todo cuando se tenga oportunidad de analizar las ideas de Margaret Canovan, lo ayuda a resolver las urgentes cuestiones que hereda del modo de gestión de la democracia liberal y es origen de su eficacia. A partir de la solución de la articulación de las demandas equivalenciales, encuentra legitimidad. Este pragmatismo, que no debemos confundir con un utilitarismo, lo hace diferente sobre todo del marxismo con su tendencia a la no adaptación y al seguimiento estricto de una doctrina que ya ha evidenciado su agotamiento como así también de la democracia liberal que, sustentada en un pragmatismo utilitarista, también evidencia sus errores. Los populismos se adaptan a la coyuntura a partir de esta elaboración de políticas coyunturales .
Como se puede apreciar, se han presentado doce rasgos que pretenden ayudarnos a definir, si es posible, qué son los populismos.
La característica principal de un rasgo, es su peculiaridad, su carácter distintivo. Podemos entender al rasgo, como aquella porción más chica de un fenómeno que permite definirlo en su singularidad. Es gracias a la sumatoria de los rasgos que la complejidad social se nos hace más comprensible.
La pretensión de este apartado, ha sido la de presentar algunos rasgos para ir comprendiendo de que se trata el núcleo de este trabajo. Cada uno/a de los/as lectores/as, podrá añadir los propios ya que cada uno/a de nosotros/as, seguramente descubrirá otros rasgos que hacen a los populismos.
3. Aproximación analítica a los populismos
Como se viene sosteniendo, existen variadas formas de abordar y analizar el fenómeno, el acontecimiento o la lógica de los populismos.
Existe una visión negativa y peyorativa que proviene, casi con exclusividad, del liberalismo y del marxismo más dogmático.
Tanto para uno como para el otro, los populismos son una especie de aberración política de la democracia ya que lo ubican como premodernos o como resultado de una falla de adaptación de los países subdesarrollados al proceso de modernización al que se ven obligados debido a la expansión mundial de la modernidad. Cabe señalar, en este aspecto, que tanto el liberalismo como el marxismo, no pueden desprenderse de dos características que, en el caso del subdesarrollo, son muy importantes y ellos son:
1. Modernidad.
2. Colonialismo.
Cuando la modernidad se instala en el mundo occidental, Europa ya había “descubierto” América e implantado un régimen colonial esclavista que no se puede obviar al analizar nuestra historia. Quizás cabría pensar si la tan defendida modernidad, no es el resultado provocado por la exacción de la riqueza medida en minerales y fuentes de energía barata (sobre todo madera y carbón) que hizo la colonización de lo que hoy es el mundo subdesarrollado. Este es un tema que, por razones de espacio y de pertinencia temática no puedo desarrollar aquí, pero es preciso señalar claramente que, sin estos recursos, como así también sin la posibilidad de que las metrópolis imperialistas puedan exportar sus crisis a este continente, se hubiera podido desarrollar la modernidad y el capitalismo tal cual lo conocemos hoy en día. La fabulosa introducción de minerales preciosos –oro y plata– más el aprovechamiento de la situación colonial, financió la expansión europea.
…entre 1822 y 1826, Inglaterra había proporcionado diez empréstitos a las colonias españolas liberadas, por un valor nominal de cerca de veintiún millones de libras esterlinas, pero que, una vez deducidos los intereses y las comisiones de los intermediarios, el desembolso real que había llegado a tierras de América apenas alcanzaba los siete millones. Al mismo tiempo, se habían creado en Londres más de cuarenta sociedades anónimas para explotar los recursos naturales –minas, agricultura– de América Latina y para instalar empresas de servicios públicos. Los bancos brotaban como hongos en suelo británico: en un solo año, 1836, se fundaron cuarenta y ocho…Al chantaje financiero y tecnológico se suma la competencia desleal y libre del fuerte frente al débil. Como las filiales de las grandes corporaciones multinacionales integran una estructura mundial, pueden darse el lujo de perder dinero durante un año, o dos, o el tiempo que fuere necesario. Bajan, pues, los precios, y se sientan a esperar la rendición del acosado. Los bancos colaboran con el sitio: la empresa nacional no es tan solvente como parecía: se le niegan víveres. Acorralada, la empresa no tarda en levantar la bandera blanca. El capitalista local se convierte en socio menor o en funcionario de sus vencedores. O conquista la más codiciada de las suertes: cobra el rescate de sus bienes en acciones de la casa matriz extranjera y termina sus días viviendo gordamente una vida de rentista . (Galeano 2004: 256, 288)
Si bien modernidad y colonialismo parecen ser dos conceptos independientes y autónomos uno del otro, lo cierto es que surgen imbricados. Se constituye básicamente una dicotomía, una brecha, una grieta como podríamos decir ahora, entre nosotros/as, los/as civilizados/as, los/as modernos/as y ellos/as, los/s bárbaros/as, los/s premodernos/as. Este esquema bipolar, por su sencillez, será transversal a la historia y se repetirá cuando los populismos existentes se justifiquen, razón por lo cual, veremos que los populismos, siendo una reacción a la democracia liberal, reconoce en ella su origen. Cuando analicemos la relación entre populismos y democracias, rescataremos esta idea.
Una de las características de los populismos es la sencillez de sus planteos, lo que los hace más fácil y más captables para las multitudes. La particular situación de explotación y exclusión es también sencilla de entender por los que la padecen ya que tiene un profundo impacto en la vida cotidiana. La posibilidad cierta de ser despedido/a del trabajo sin ninguna causa que lo amerite, el hambre, la represión policial, la injusticia social, etc., no necesitan de una explicación compleja; alcanza con el sufrimiento que trae aparejado para captarla. El impacto del hambre sobre el cuerpo de la persona hambrienta no necesita explicación; se siente en las tripas.
Los populismos aclaran fácilmente esta situación con su lenguaje directo y llano que llega al corazón de las personas que están sufriendo esa situación y esta es una más de las razones de su éxito en países en donde se sufren estas situaciones vitales. Quizás sea por ello que la retórica populista sea tan fácilmente comprendida por los sectores populares.
La propuesta dicotómica/bipolar que presentan los populismos en el eje ellos/as-nosotros/as, patria-antipatria –que algunos/as pensadores/as definen como maniquea– presenta un contraste tan evidente que facilita la comprensión de la situación social. Esta facilidad del planteo dicotómico es funcional a su comprensión .
El/a líder populista, con su discurso y su retórica, es capaz de utilizar este modo de comunicación abonando la idea de su contacto directo y no mediado por ninguna institución con sus seguidores/as.
Líder no es quien quiere sino quien puede y su rol es importante para entender a los populismos. Para comprende mejor este rol vale la pena señalar lo siguiente:
a. El/a líder es la encarnadura unipersonal de la totalidad que conforma un pueblo.
b. Es un poder investido de otro poder que reside en el pueblo.
c. El/a líder titulariza esa investidura.
d. Es la relación objetivada de las subjetividades que conforman el pueblo. Desde esta mirada, es el Uno que sintetiza la totalidad del pueblo.
e. Todo/a líder es el/a depositario/a de la confianza del pueblo que cree en la eficacia del modelo político en el sentido de que se instaurará la justicia social, el bienestar popular.
La entronización del/a líder por el pueblo es una necesidad y no una consecuencia.
El/a líder logra, con su carisma y con su estilo de gobierno, la confianza del pueblo mediante procedimientos que se sostienen en sus atributos carismáticos tales como su oratoria, su simpatía, su capacidad para captar lo popular y se entiende como un don sobrenatural, un atributo fascinador que posee la persona titular de ese carisma. En este aspecto, cabe hacer la siguiente reflexión.
Uno de los problemas-peligros del liderazgo carismático, ya sea populista o no, está caracterizado por su desvío autoritario, demagógico y paternalista; y cuando digo desvío, me quiero referir a la exacerbación de algunos de estos tres rasgos mencionados siendo el paternalismo el más frecuente.
La asimilación del/a líder con la figura paternal o maternal suele ser la más frecuente y su peligro, por decir así, es retrasar la formación de una conciencia para-sí; en este punto, todo/a líder debe ser cuidadoso/a de provocar este atraso y, por el contrario, debe proveer a una madurez social y política del pueblo para que logre su emancipación. El liderazgo no se resiente por la madurez de los/as liderados/as. Cuando el/a líder no acuerda con esa madurez, deja ya de ser líder y se transforma en otra cosa.
El planteamiento dicotómico y contrastante emitido desde la voz del/a líder o del partido, adquiere, a partir de características propias, una eficacia que el orden liberal no poseía en la década de 1940. En Argentina solo los llamados diarios populares –por ejemplo, Crítica– que se acercaba al pueblo en virtud de la expansión del canto popular, especialmente el tango, fueron capaces de utilizar un lenguaje más llano que el que utilizaba los diarios leídos por la élite –La Nación y La Prensa– para quienes el tango era una música prostibular. Es posible, y arriesgo una hipótesis, que el folklore y el tango, más el cine, la radio y el teatro de corte popular, hayan preparado el terreno intelectual que abonó el surgimiento del discurso sencillo del peronismo. Los medios de comunicación masivos, permitieron una circulación de la palabra popular que estaba vedada hasta ese entonces.
Tenemos, hasta aquí, un planteamiento dicotómico contrastante expresado en la sencillez del ellos/as y nosotros/as, Patria – Imperio, bueno/as – malos/as y un lenguaje que hace posible la comprensión cabal de esta dicotomía. El efecto combinado de estos recursos, posiblemente haya favorecido la emergencia del peronismo en los años ´40 en Argentina.
Pero decir que el planteo es sencillo no significa desmerecer su certeza; por el contrario, habla de una inteligencia emocional que no precisa de palabras rimbombantes y frases complicadas para explicar el porqué de una situación por la que atravesaban los sectores populares.
Los/as dirigentes populistas tienen su formación intelectual, de hecho, cabe leer los textos clásicos del peronismo para darse cuenta de las fuentes filosóficas de donde se nutren. El texto del doctor Arturo Sampay (1996) titulado Introducción a la Teoría del Estado, los discursos parlamentarios de legisladores como John William Cooke y los textos de Arturo Jauretche o Scalabrini Ortiz, son una muestra que abona este argumento.
Los populismos, reconociendo sus particularidades más destacadas sobre todo en el subdesarrollo, son una consecuencia de la modernidad que, para triunfar en su lugar de origen, precisó de la colonización de los territorios ultramarinos.
La posibilidad de contar con materias primas baratas para al desarrollo de la industria, especialmente cueros, algodón y lana, como así también combustibles que posibilitaran el desarrollo energético necesario para el take off industrial, no puede ser subestimado a la hora de comprender el desarrollo moderno del capitalismo. Si a este argumento le añadimos la posibilidad de colocar excedentes industriales no siempre de buena calidad, comprenderemos parte de la expansión capitalista.
No es necesario que me extienda en la historia económica y política de Latinoamérica que ya ha sido estudiada extensamente por autores como Milcíades Peña (2011), Eduardo Galeano (2004), Abelardo Ramos (1968) sin olvidar toda la escuela revisionista encabezada por José María Rosa (1965). En este punto, suelen haber coincidencias entre los autores populistas y los de izquierda . Quizás la evidencia sea tan abrumadora que exime de conflictos de interpretación.
La modernidad se caracterizó, como el Iluminismo que es su origen, por la entronización de la racionalidad para entender el mundo. Esta racionalidad, pretenderá ser la fuente de su legitimidad no observando que solo es uno de los modos de la conciencia de comprender el mundo que también puede ser comprendido por la intuición . La racionalidad moderna justifica la civilización y se opondrá a lo no moderno que caracterizará como barbarie, y es justamente esta oposición lo que está en la base de su crítica a los populismos.
Como el liberalismo y el marxismo son modernos, impugnan casi de la misma manera y con los mismos argumentos a los populismos tratándolos de premodernos o de bárbaros sin reconocerle su origen que se funda en ser una respuesta a las fallas que tanto el liberalismo como el marxismo pueden tener pues, finalmente, ni uno ni otro han logrado conseguir sus objetivos originarios.
Si bien no surgen populismos desde los regímenes comunistas, aunque deberíamos analizar mucho más profundamente el régimen ruso como los de la antigua Unión Soviética y su área de influencia pre 1989, tal como se entiende en este trabajo a los populismos, sostengo que es una reacción a las fallas estructurales que las democracias devenidas de la modernidad sostienen. Por ello, mantengo la idea de que los populismos reales, sobre todo los latinoamericanos, no son otra cosa de la democracia, sino una reacción a la democracia liberal, tal como se la entiende en este trabajo.
Para comprender mejor qué son los populismos, se presenta una breve genealogía en donde se podrá observar que el tema del pueblo, del poder y de la élite que se apropia de él, no es nuevo en occidente.
Una de las ideas más profundas de Laclau y sus seguidores/as es entender al populismo como un fenómeno primeramente político. Si bien hay que considerar sus dimensiones sociológicas y económicas, como todo fenómeno político es también histórico.
Lo que quiero decir es que no se puede pensar a la política sin los rasgos sobresalientes que están incorporados en los populismos; la existencia de un líder, de un pueblo, del antagonismo, etc., son rasgos fundacionales de toda política, y tan es así que en la antigua Grecia –sobre todo en Platón y en Aristóteles– podemos encontrar críticas, que hoy llamaríamos liberales o conservadoras –depende la posición que adoptemos– hacia posturas populistas.
El temor de le élite intelectual de aquellos años en Atenas acerca de lo negativo que sería dejar al pueblo librado a sus deseos y permitirle una involucración directa en los temas de la agenda política a personas que no están preparadas, en los términos que define de manera solipsística esa misma élite, permitiría su utilización por parte de demagogos.
Se puede notar, entonces, que tempranamente para la cultura occidental, el temor a la participación política por parte de aquellos/as que no están preparados/as, siempre definida esta preparación por una élite que se define a sí misma como ilustrada y capacitada para el manejo de todo, es un rasgo que pone en peligro su propia situación de élite. Cabe pensar, entonces, que el populismo siempre fue una especie de peligro para ciertos intereses que se consideran superiores al resto y por ello, la propuesta de considerar a los populismos como una reacción y como un antagonismo que pone blanco sobre negro en relación a quien es quien en la sociedad, tiene, al profundizar el análisis, mayores probabilidades de sustentación epistemológica.
Hay en esta mirada, cierta desvalorización del/a otro/a al que no se considera apto/a para la vida política ni para la gestión, y el corolario de esta mirada, es la consideración de ese/a otro/a a una condición de subordinación permanente a una élite que se considera a sí misma, como merecedoras de su situación. Para sostener esta apreciación han fundado una teoría del mérito personal que deviene en una meritocracia por la cual justifican su dominación.
Cabe decir que la teoría del mérito, una vez analizada, no se sostiene epistemológicamente sino culturalmente porque ¿cuál es el mérito de una persona que, por razones de sangre o de cuna, cuenta con los recursos para el estudio con respecto a otra que no pudo contar con esos recursos? ¿Quién adjudica los valores meritocráticos? ¿Por qué vale más un título universitario que la experiencia de vida? Hay que distinguir en este aspecto que una cosa es el mérito –qué es un concepto cultural– y otra es el esfuerzo por conseguir un objetivo que es un concepto instrumental. Un albañil que se esfuerza con su trabajo doce horas por días merece el mismo reconocimiento social que un médico que trabaja las mismas horas, aunque tengan diferentes ingresos. La sociedad capitalista ha hecho del mérito un fetiche justificatorio de sus privilegios de propiedad.
La historia nos está enseñando, sobre todo la historia moderna, que esas personas consideradas faltas de preparación no lo están en la medida que piensa la élite, sino que, por el contrario, son capaces de percibir y darse cuenta de la injusta situación por la que atraviesan y quieren cambiarla. Es la cadena de equivalencia de las demandas que nos menciona Laclau y que, cuando encuentran o inventan al/a líder, descubren los cauces en donde expresarse.
Es a partir de este saber que produce la exclusión a la que están obligados/as estas personas, que se organizan por fuera de lo tradicional creando sus propios organismos que producen un efecto interesante como es el de un endoaprendizaje.
Este aprendizaje no proviene de afuera de la organización, sino que es resultado del verse todos los días buscando la solución a los mismos problemas. Las charlas tomando mate, las movilizaciones piqueteras, las asambleas barriales, la articulación de las mismas demandas, hacen circular un lenguaje más ligado a lo político transformador, y en esta comunicación hay un reconocimiento común que fortalece el eje político.
Las palabras que circulan en estos espacios son propias y designan identitariamente los problemas propios sin necesidad de recurrir a otras palabras provenientes de un campo externo que es el mismo que los excluye.
Cuando las organizaciones tradicionales como los partidos políticos, la Iglesia, la escuela, etc., no logra cubrir las demandas, estas personas no se abandonan a sí mismas refugiándose en la resignación, por el contrario –y quizás como herencia de la acción populista del pasado– son capaces de crear organizaciones novedosas que enfrentan a la coyuntura con un grado de eficacia aceptable.
En estas organizaciones novedosas, estas personas no solo se reconocen como parte de un colectivo único, sino que comienzan a ser sujetos de un proceso de socialización autónomo que fortalece una identidad que se encontraba disuelta por la situación de exclusión de la que eran objeto. Se da así, en consecuencia, un proceso virtuosos caracterizado por la apropiación de un saber organizacional eficaz para lo que pretenden, un fortalecimiento de la identidad grupal que ayuda a encontrar sentido a la situación de exclusión y promueve un tipo de conciencia más cercana al para-sí que deja atrás a la resignación para ser sustituida por la resiliencia.
Si este análisis histórico-político es correcto, las críticas a los populismos deben entenderse como críticas que forman parte de la lid política y, como tal, no son tan racionales como pretenden justificarse, sino que se aprovechan de un discurso sustentado en una razón que las favorece tanto como a sus privilegios e intereses.
La élite, creyéndose la única que puede conocer el cosmos y, además, conducirlo, termina creando un círculo cerrado en sí mismo que excluye a los/as otros/as confundiéndose con un autoritarismo que se aleja de los principios más puros de las democracias. En este aspecto, cabe analizar brevemente a algunos autores antiguos cuyo pensamiento puede servirnos.
Para Platón, la democracia equivalía a una forma de gobierno irracional en donde la multitud, manejada por un demagogo, dirigía los destinos de la polis. Para este autor, la movilización popular es el preludio de la tiranía. Por otro lado, para Aristóteles, el pueblo es constitutivo de la polis en virtud de la pluralidad “natural” y no darle algún tipo de participación en los asuntos que le conciernen podrían traer aparejado algunos inconvenientes.
Es esta pluralidad social uno de los orígenes de la desigualdad social que observara el filósofo griego y condición de lo que hoy llamamos grieta.
Aristóteles entiende que en toda ciudad hay personas de diferente condición en donde algunas, por razones de sangre y de nacimiento, o por el azar que trae la guerra o los negocios, poseen más de lo que necesitan para la vida, y otras, por las mismas razones, poseen menos. Esta asimetría en los ingresos y en los privilegios que devienen de ellos, es el origen de la diferenciación social que culmina en la exclusión de esos/as otros/as a un nosotros/as titulares de la dominación social.
Si bien Aristóteles no era defensor de la democracia como la entendemos hoy día, posiblemente su gobierno mixto aceptara algunos de los rasgos de los populismos.
Le debemos a las tempranas obras de Aristóteles, los primeros acercamientos filosóficos-políticos sobre el populismo que no se lo denominaba así. Su concreta especulación sobre las diferencias sociales y la desigualdad de acceso a los productos que toda la comunidad produce, es una clave para entender la insatisfacción popular y el peligro de su movilización.
En la edad media será Nicolás Maquiavelo quien también encontrará en el pueblo un factor equilibrante o desequilibrante de la política. Admirador de los clásicos, Maquiavelo continuó, de alguna manera, la visión aristotélica sobre la política y el pueblo.
Del filósofo griego, pero también a partir de sus propias elucubraciones, Maquiavelo le aconseja al Príncipe estar atento a las demandas populares y satisfacerlas ya que, de hacerlo, contará con el apoyo del pueblo para su gobierno. La nobleza, por su parte, intentará contar con los favores del Príncipe en contra de los intereses populares y, en última instancia, también pretenderá hacerse con el poder. En aquellos años, los pueblos –como plebs y como populus– no tenían aspiraciones de tomar el poder. Solo esperaban que no los explotaran y los dominaran autoritariamente. Aspiraban a una vida tranquila sin preocupaciones, y era el Príncipe quien podía otorgarle esta seguridad.
Unos años más tarde, en los siglos XVII y XVIII, con el auge de la idea del individuo de la mano de John Locke, se asistirá a una profundización paradojal, si se quiere, de la grieta que advirtieran los filósofos griegos en las figuras de Platón y Aristóteles y de Maquiavelo en la edad media.
Para sostener las ideas que sustentaban un individuo libre de la tutela religiosa y de los servicios de vasallaje, los filósofos iluministas modernos encontraron en el antiguo concepto de pueblo, un aliado.
Entendiendo que la soberanía podía provenir de Dios pero que se la otorgaba al pueblo por Él–no olvidemos que le dice a Moisés, que es el fundador del pueblo de Israel, que las tablas de la ley eran para que ese pueblo finalmente cumpliera con el pacto divino simbolizado en el Arca– el pueblo sería, finalmente, el detentor final de la soberanía política. Nacen así, dos teorías; la cesaropapista y la papocesarista en donde la primera indicaba que el poder político terrenal y secular era responsabilidad de los hombres y la otra que indicaba lo contrario; toda autoridad política emanaba de Dios y, por ende, del Papa. No hace falta que continué por este camino ya que todos/as conocemos como evolucionaron históricamente estas dos ideas.
Lo cierto es que ya en los debates constitucionales norteamericanos de fines del siglo XVIII, el tema del pueblo y su soberanía estaba a la orden del día.
La revolución se hacía en nombre del pueblo, pero esa misma revolución y la constitución que se daba para su organización política, reducía su participación a lo meramente electoral porque seguía estando presente el temor platónico y aristocratizante sobre los desmanes del pueblo atribuido a su irracionalidad. Esta es una bisagra histórica muy importante para este análisis ya que en esos años de fines del siglo XVIII se definirá tanto en los recientemente creados EE. UU como unos años después en la Revolución Francesa, la escisión entre el pueblo y el gobierno.
Lo que digo es que las dos revoluciones se hacen porque el pueblo no soportaba más la dominación de un imperio que los explotaba, como el caso de los EE. UU o la explotación de la clase aristócrata francesa; y, con su acción, son capaces de desplazar al poder explotador e instaurar una república que, al institucionalizarse, excluye a esa base detentora de la soberanía de las decisiones que la involucrarán.
El temor a los desmanes, son ahora un dispositivo limitador a la participación popular que termina siendo circunscripta a las elecciones que, por otra parte, tampoco eran universales.
Cabe pensar, al analizar los discursos de las dos asambleas constituyentes , si la obstaculización a la participación directa del pueblo en las Asambleas y en el gobierno fue una decisión estratégica de la nueva clase burguesa que estaba apropiándose del poder o una solución técnica de la administración del poder habida cuenta de que, en la sociedad moderna que se estaba instaurando, dotada de una pluralidad y fragmentación social nunca vista en la historia de occidente, la participación directa y total del pueblo en los asuntos sociales y políticos, podía ser todo lo eficaz que se pensaba. Es preciso decir, en este aspecto, que la democracia directa al estilo ateniense, parece ser más probable en comunas pequeñas que en ciudades un poco más grandes. Con el proceso industrializador que se estaba avecinando en el mundo moderno, seguramente se optó por un modo indirecto de la gestión social. Cabría estudiar y analizar si hubo probabilidades de instaurar algún modo de democracia directa en donde la participación popular pudiera aplicarse sin que se desvirtuara el espíritu republicano y democrático.
En lo que respectan a nuestro país, este tema es mucho más claro porque, a partir de Caseros, los vencedores nunca se plantearon el concurso real del pueblo en los asuntos de estado.
Para estos vencedores, el populus y la plebs no estaban en condiciones de participar en la vida política y ni siquiera eran aptos/as para iniciar un desarrollo moderno y por ello se optó por la inmigración europea para cumplir con esa tarea. ¿Qué hubiera pasado si, en vez de confiar tanto en Europa, se hubiera puesto los ojos y la confianza en la población criolla u originaria? Nunca lo sabremos.
Llegamos así, abreviando en una síntesis histórica la evolución de los regímenes democráticos en occidente, al siglo XX en donde se destacarán los procesos populistas. Veamos.
El surgimiento del llamado “populismo latinoamericano”, según Dussel (2007), aparece en nuestro continente o bien con la Revolución Mexicana de 1910 o con el triunfo de la Unión Cívica Radical (UCR) en 1916 de la mano del sufragio universal, que en realidad no lo era tanto ya que las mujeres no podían votar, que logra imponer al candidato Hipólito Yrigoyen en la presidencia de la nación.
En esos primeros años del siglo XX, a partir especialmente de 1914 y hasta 1918, Europa se vio inmersa en lo que la historia llamará la Primer Guerra Mundial (IGM) que, debemos decirlo, no fue mundial ya que no intervino ni Asia ni África ni América Latina. Esta tendencia a universalizar lo que sucede en Europa es el indicador de su etnocentrismo.
Los gobiernos europeos debieron dedicar mucho de sus esfuerzos a la contienda bélica relajando los controles económicos y políticos que tenían en nuestro continente propiciando, de esta manera, una especie de disminución de su tradicional explotación sobre sus excolonias o, como en el caso de la Argentina, de sus negocios con la élite.
A partir de este relajamiento, Argentina especialmente, vivió una especie de renovación u oxigenación de su situación económica y política lo que posibilitó cierto espacio para que aparecieran propuestas de corte más nacionalista y que se correspondían con una defensa de la soberanía territorial, económica y política. En esta renovación, no estuvieron exentas algunas propuestas que sí podrían ser consideradas fascistas, sobre todo después del derrocamiento del presidente Yrigoyen.
Desde esta mirada, el populismo latinoamericano puede ser considerado una especie de producto de la oxigenación/relajamiento al que estoy aludiendo ya que los gobiernos europeos, especialmente Gran Bretaña, estaban mucho más preocupado por la situación bélica. No será casual, entonces, que, una vez finalizada la guerra con el triunfo de los aliados, los países centrales, a los que hay que sumarle la emergencia de una nueva potencia como los EE. UU, surgieran oposiciones internas y externas a la nueva forma de encarar la gestión de los asuntos políticos, y principalmente económicos, de algunos de los países latinoamericanos y, especialmente Argentina.
Los gobiernos que pretendieron, como el de la UCR, promover mayor igualdad entre las clases populares, fueron jaqueados por fuerzas cívico-militares que los derrocaron.
Por otro lado, desde una mirada influida por un análisis económico, al no recibir insumos producidos en Europa, se dio un fenómeno que se definió como de sustitución de importaciones posibilitando una especie de revolución industrial a lo latinoamericano para suplir los faltantes necesarios.
Este proceso sustitutivo tuvo varios efectos positivos para la economía de los países que lo supieron aprovechar. Uno de ellos fue la emergencia y fortalecimiento de una burguesía industrial que, en defensa de sus intereses corporativos, se opondría a la élite agroexportadora dueña del país, disputándole parte de los ingresos vía PBI y, consecuentemente, un proletariado que, en virtud de los aportes ideológicos que traían los/as trabajadores/as inmigrantes con su conciencia de clase adquirida en Europa, radicalizarían las ideas en defensa de sus derechos.
Surgirían, así, dos clases idealmente antagónicas pero que, aliadas en defensa de sus propios intereses, comenzarían a disputarle a la élite agroexportadora su importancia y su rol en la política del país. Obviamente, esta disputa traería consecuencias que se medirían por la represión que, lamentablemente el mismo gobierno de la UCR, se encargó de promover debido, quizás, a cierto temor a ser desbordado.
La Semana Trágica que se desarrolla entre el 7 y el 14 de enero de 1919, los fusilamientos a los peones patagónicos en 1920 y el fusilamiento de Severino Di Giovanni en 1931, aunque este último se produjo en un gobierno de facto al igual que el pacto Roca-Runciman, anunciarían que las fuerzas tradicionales no permitirían de ningún modo los proyectos más igualitarios que las nuevas formas de pensar traerían al país.
Confederaciones General de empresarios, de obreros o campesinos manifestaron la irrupción organizada de una nueva constelación política, económica, social, cultural que se denominó “populismo” . (Dussel 2007:2)
Lo que suplantó, vía golpe de estado, al populismo de 1955, fue el llamado Desarrollismo que se sustentaba en la teoría de la dependencia. Esa teoría tuvo su origen en las usinas ideológicas, lo que hoy llamamos think tank, que son funcionales al modo de dominación y entiende que los regímenes distribucionistas, son ineficaces justamente porque son propios del populismo.
El Desarrollismo fue la tentativa para América Latina que pretendió suplantar a los populismos, sobre todo al populismo peronista, proponiendo un modo de gestión un poco más igualitario, un poco más equitativo teniendo a la Guerra Fría como un horizonte preocupante.
La emergencia de movimientos insurreccionales en Latinoamérica, principalmente el triunfo de la Revolución Cubana, la crisis de los misiles en 1963 y el accionar del Che en Bolivia, preocuparon en demasía a las potencias centrales que veían una posible expansión del comunismo en estas tierras advirtiendo que, tanto en Vietnam como en África y en Medio Oriente, se estaban gestando insurrecciones con ciertos rasgos de los populismos, sobre todo su antimperialismo.
Si bien no hubo un Plan Marshal para América Latina sí existió una Alianza para el Progreso que tampoco tuvo el éxito que se propuso. Otra hubiera sido la historia si al Primer Mundo le hubiera interesado realmente el desarrollo de estos países y no meramente contener la expansión comunista. Como bien observara el Canciller de Hierro Otto von Bismarck, para alejar el “peligro rojo” lo mejor era adjudicar derechos sociales.
Tal como sucediera en 1944 cuando el coronel Perón diera su famoso discurso en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, las élites en el poder latinoamericanas, mostraron sus incapacidad para comprender las demandas populares y, junto con la complicidad de esas mismas élites sumadas a los intereses estratégicos e ideológicos de las potencias centrales, los populismos sobrevivieron en las conciencias de las personas que añoraban los beneficios sociales que estos regímenes habían producido en la década de 1940 y 1950. El derrocamiento del proyecto desarrollista, especialmente en Argentina, fue, quizás, un indicador de esta miopía.
Si la economía populista se sostenía en la producción nacional, el aumento del poder adquisitivo del salario para fomentar el consumo de las clases populares, un proteccionismo de la producción nacional, la negativa a contraer empréstitos usureros e innecesarios, etc., el Desarrollismo significó una transferencia del plusvalor del capital periférico hacia el capital global del centro.
El fracaso del Desarrollismo se verificó tempranamente y, como le sucedió al presidente Frondizi, que pudo ganar una elección porque el peronismo estaba proscripto a posteriori del golpe de estado que se llamó, no sin ironía, Revolución Libertadora, fue suplantado por otro golpe militar.
Tanto el presidente Frondizi como el presidente Illia, ambos de la UCR, asumieron condicionados por una coalición de intereses sostenida en una alianza cívico-militar que propicio la conservación de los mismos intereses económicos y de clase que correspondía a la llamada “generación del ´80” y que solo entendía que la exportación de granos y carnes era lo que le convenía al país porque poseía “ventajas comparativas” con respecto a otros países ocultando el hecho de que eran los propietarios de los latifundios, las empresas agroexportadores y los bancos que financiaban todo el circuito, los ganadores del modelo. Hacia mediados de la década de los años ´70, después del fracaso desarrollista, la nueva ideología propiciada por los mismos think tank, sería el neoliberalismo financiero.
A partir de lo argumentado, es dable afirmar, entonces, que los populismos en los casos latinoamericanos, se han constituido como una reacción, como una respuesta a las fallas estructurales de la democracia liberal y su aplicación en este continente, pero también en virtud de la miopía de las élites dirigentes que no se animaron a hacer participar, aunque sea un poco, a las masas en los beneficios que esa misma democracia producía.
Prefirieron la represión, la proscripción y continuar con la exclusión, antes que una apertura democrática que permitiera la participación y la inclusión de los sectores postergados no importándoles el precio, expresado en vidas humanas, que esa elección suponía. De esta manera, no pudieron evitar que la reacción continuara, aunque sea en forma larvada, en estos países, propiciando una sobrevivencia de los populismos que harían su aparición cuando los regímenes autoritarios, bendecidos por las potencias centrales, colapsaran justamente por el mantenimiento de sus vicios y de sus fallas estructurales.
Es justamente esta supervivencia, una “persistencia” como sostendrá José Pablo Feinmann (2011), la que no solo es un desafío sino una característica que hay analizar.
Otro modo de entender a los populismos es a través de su comparación que se expresa en el adverbio relativo o conjuntivo “como” que se diferencia del adverbio interrogativo “cómo”, este último acentuado. Este tipo de adverbios se utiliza para la comparación que en nuestro caso será de igualdad .
En la literatura revisada para este trabajo (Freidenmberg 2013, Ungureanun 2018, Moffit 2022 etc.), los populismos aparecen ligados a varios fenómenos y comparaciones; se presentarán algunos ejemplos:
a. Los populismos como movimientos sociales: esta es una apreciación basada originalmente en los trabajos de Gino Germani sobre el peronismo y serían una forma de movilización socio-política multiclasista. En este aspecto, cabe señalar la percepción del sociólogo italiano en captar la conformación policlasista del peronismo impugnando las ideas tradicionales de su exclusiva composición obrera. Observando las fotografías del 17 de octubre de 1945, en donde la muchedumbre remoja sus pies en la fuente de la Plaza de Mayo, se podrá observar que muchas de las personas, están vestidas de saco y corbata al lado de otras con la camisa desabrochada e incluso de overall. Los populismos vistos como movimientos sociales son una de las principales formas de inclusión social y este movimientismo es el que le provee de apoyo popular permitiendo el ingreso de sectores de las clases medias.
b. Los populismos como discursos ideológicos en donde su núcleo significativo más importante está definido por el pueblo como concepto aglutinador. Moffit (2022:30 y ss.) nos habla de ideologías “delgadas” y de ideologías “densas” y ubicaría a los populismos en la primera de estas calificaciones ya que no poseería una estructura ideológica bien definida sino algunos principios un poco maniqueos que dividen a la sociedad entre “nosotros/as el pueblo” y “ellos/as la elite oligárquica”. Para esta posición, los populismos, si bien puede ser considerados una ideología, no lo son como el liberalismo clásico, el materialismo histórico o la socialdemocracia. Los populismos siempre necesitan apoyarse en otra ideología que le dé sustento. Dentro del esquema del materialismo histórico, los populismos son una “falsa conciencia” porque engañan a las clases trabajadoras alienándolas de su verdadero rol que es ser la clase revolucionara. En este preciso punto, cabe señalar que la izquierda marxista en argentina, nunca entendió al peronismo y desde sus inicios a mediados de la década del ´40, se le opuso porque consideraba que o bien era fascista o suponía un retraso en la conciencia de las clases revolucionarias; también hay que decir que Perón siempre combatió al comunismo no solo ideológicamente sino pragmáticamente captando, a través de su discurso pero sobre todo a través de la promoción de las políticas sociales integradoras, las clases trabajadoras que ya estaban en “disponibilidad”, según el concepto manejado por Germani, debido a la acción política de los movimientos anarcosindicalistas. La izquierda post peronista, nunca le perdonó al peronismo que este haya captado a “su” clase trabajadora. El problema que plantea la dicotomización de la ideología entre “densa” y “delgada” es tan maniquea como la crítica que se le hace a los populismos de dividir de la sociedad entre “ellos/as” y “nosotros/as” y supone una simpleza de la complejidad social que no nos debe asombrar y, de alguna manera, corrobora los supuestos que se están planteando en este análisis sobre lo erróneo de abordar el fenómeno del populismo con las clásicas categorías de análisis sociopolítico. Otro problema que se plantea con esta dicotomía, es que no admite grados intermedios como “menos densa” o “más delgada” ubicando en un eje dicotómico antagónico las variedades que pueden aparecer. Como se viene sosteniendo, si los populismos son altamente diferenciados, complejos, con varios matices fenomenológicos ¿Cómo puede captarlos una esquematización bipolar que no incorpore los “grises” del espectro? Las ideologías “densas”, que supuestamente son más “cultas”, más “desarrolladas”, etc., pueden ser totalitarias y excluyentes; o se es socialista, comunista o se es liberal no admitiendo gradaciones intermedias y esto puede ser la clave para comprender a los totalitarismos; por el contrario, las ideologías “delgadas” del tipo “atrapa-todo”, pueden ser más tolerantes y más democráticas pues aceptan cierto disenso permitiendo las corrientes internas aunque, se debe decir, nunca es adecuado hacer análisis absolutos sino estar atentos/as a las formas materiales en que se implementan todas las ideologías. La perspectiva ideológica, es la que posibilita una identificación por contraste entre “ellos/as” y “nosotros/as” y, como se puede apreciar, es pertinente a toda ideología política. Justamente, la política se caracteriza, entre otras cosas, por poner de manifiesto las divisiones sociales que existen en un determinado territorio en un determinado tiempo. La política es el arte, si lo puedo expresar así, de administrar estas divisiones para que no terminen disolviendo, por la guerra, la sociedad. Este modo de entender a los populismos, no percibe que el discurso y la retórica populista no son exclusivamente dicotómicas, sino que también son propositivos y cabe decir que toda ideología política, no puede abjurar o no poseer un tipo particular de discurso. Esta lógica dicotómica es una condición necesaria y prevalente en los populismos, pero no es suficiente porque si lo fuera, alcanzaría para definirlos como solo antagonismos sin propuesta y, como tendremos oportunidad de ver en este trabajo, los populismos poseen un proyecto de país, de nación y de sociedad que tiene al pueblo y a su bienestar como objetivo.
c. Los populismos como formas particulares de intervención estatal: El estado es el agente principal de la transformación social. En esta intervención se conjugan factores económicos, políticos y sociales que definen a los populismos de una manera particular ya que en las democracias liberales como en los órdenes totalitarios y en los autoritarios, también hay una intervención estatal pero sus objetivos son diferentes. En el orden liberal, la intervención del estado se rige por la premisa de asegurar la propiedad privada y el libre juego de la oferta y la demanda en tanto que, en los populismos, el estado es el garante de los acuerdos que surgen en forma paritaria entre el capital y el trabajo para amenguar los conflictos inherentes al orden capitalista.
d. Los populismos como manifestación de cultura política: significa que hay una dimensión cultural muy apreciable que distingue a los populismos en sus aspectos fenomenológicos en virtud de tradiciones, ritos y ceremonias que cumplen un rol importante en la cohesión del movimiento y, tal como se dijo en el punto anterior, todo régimen político es también un orden cultural. Como los populismos generan fuertes identidades partidarias, mucho más que el liberalismo, no se puede menospreciar los dispositivos culturales que ellos imponen y que se manifiestan por las fiestas populistas y por sus efemérides que, en el caso del peronismo, se patentiza principalmente en el festejo del Día de la Lealtad que son todos los 17 de octubre. Como manifestación cultural, rasgo que comparte con todo régimen político, los populismos son importantes generadores de sentidos en el imaginario social compartido. Lealtad, compañerismo, militancia, igualdad, trabajo, patria, etc., son algunas de las representaciones que son resignificadas en el imaginario populista.
e. Los populismos como estrategias políticas: mediante el apoyo directo del pueblo, el modelo populista ejerce el poder. Este no se encuentra solamente mediado por las tradicionales instituciones democráticas que, en el pasado, han servido a otros intereses que no son los populares. Los populismos resignifican a estas instituciones dotándolas de recursos que, aunados en y con el estado populista, concurren a cumplir los objetivos que los legitiman y que pueden ser sintetizados en el concepto de justicia social.
f. Los populismos como un estilo particular de liderazgo carismático: lo que caracteriza a este estilo es el contacto directo entre el/a líder y el pueblo en donde no es extraño cierta cualidad paternalista incluso clientelar. Lo interesante de esta condición, es el convencimiento por parte del pueblo de las cualidades del/a líder y el tratamiento que hacen de él o de ella como su fuera uno/a más de “nosotros”. No es un liderazgo tradicional ni racional (Weber) sino sostenido en el carisma del/a líder y en la confianza en su gestión. Todo lo dicho contribuye a fortalecer no solo el carisma que cada líder posee sino a la instrumentalización de formas directas de contacto y de gestión del gobierno.
g. El enfoque estratégico: este enfoque propone no tratar a los populismos desde sus características sino en lo que él hace; los populismos son “modos de práctica política” antes que un modo de ver el mundo o pensarlo. En este enfoque, el rol del líder es muy importante porque es el que sostiene el proyecto político y lo hace viable. Uno de los problemas que plantea esta caracterización es la subestimación organizacional de los populismos al considerarlos solo una propuesta política llevada adelante por un líder. Los desconsidera porque les niega su organización lo que, a la luz de la experiencia latinoamericana del peronismo y del chavismo, es un error. Esta posición desconsidera el apoyo popular y la situación que da origen a los populismos; desconsidera su organización y sus sueños. Para el caso del peronismo, cabe decir que existe una base doctrinaria que ha sido desarrollada por sus dirigentes; el texto “La comunidad organizada” es solo un breve ejemplo. El enfoque estratégico, se suma a la corriente europeizante que no logra entender lo que pretende analizar.
h. El enfoque discursivo-performativo: Este enfoque es el más usual entre los/as teóricos/as políticos, pero no entre los/as investigadores/as empíricos/as y es resultado del clásico trabajo teórico y de análisis que han presentado Ernesto Laclau junto con Chantal Mouffe y la Escuela de Essex. Básicamente, este enfoque, ya lo veremos más adelante, concibe el discurso populista como intentos por fijar significados e identidades en el contexto de la lucha por el poder político; los populismos presentan marcos discursivos para presentar reivindicaciones a demandas que el orden existente no resuelve, abonando, tal como sostengo, la característica reactiva de los populismos. El enfoque que presentan Laclau y Mouffe, al contrario de la tendencia general en estos análisis, es la de reivindicar a los populismos como una posible solución para los “males de la democracia” (Mouffe 2018). La particularidad principal de este enfoque, según mi mirada, estriba en dilucidar que las identidades políticas no nos son dadas de antemano, sino que son construcciones llevadas a cabo por todos/as los/as actores y actrices del campo de la política; las emociones que despiertan las palabras de los discursos populistas expresadas por los/as líderes, no describen el mundo en que operan estas tendencias sino que operan sobre él, es decir, lo hacen, lo construyen y lo determinan. “Dado que para el enfoque discursivo-performativo el populismo es algo que se hace antes que una propiedad de los actores políticos…los autores que se inscriben en este marco tienden a considerar el populismo como un concepto gradacional antes que binario. Por lo tanto, es algo que los actores políticos pueden emplear en distintos términos de frecuencia e intensidad antes que una categoría solo blanca o negra” (Moffit 2022:45)
i. Etc.
Estos aspectos que se han presentado, como se puede apreciar, no son exclusivos de los populismos, sino que, en muchos casos, son propios de la acción política en general por lo que, a tono con la propuesta de este trabajo, mucho de lo que se les endilga a los populismos, forma parte del arsenal táctico de cualquier modo de ejercer el poder político.
La democracia liberal como el fascismo, suelen participar de lo mismo que se ha descripto.
Los populismos, entonces, no son otra cosa en la política, sino que son política en el sentido estricto del término y deben cumplir con las mismas prerrogativas. Son tanto ideología como pragmatismo, liderazgo carismático como racionalidad instrumental, discurso como acciones, lucha por el poder y búsqueda de consenso, etc.
Los populismos, con su lectura simple de la dinámica política y de la realidad social, pero no por ello errada, ponen en claro lo que los millones de personas que viven en condiciones de explotación, pobreza y exclusión, padecen.
Esta sencillez de la retórica populista, puede ser entendida como una expresión maniquea en su expresión antagónica entre “buenos/as” y malos/as”, “nosotros/as” y “ellos/as” y, o bien es cierta para definir la realidad y entonces deja de ser maniquea para ser oportuna o, en su sencillez, es eficaz para que sea comprendida por las multitudes que conforman el pueblo. Este es un aspecto que cabe desarrollar un poco más.
Es frecuente leer en la literatura sobre los populismos, mucho de ella se ofrece en la bibliografía, que los populismos proponen una oposición binaria expresada en el eje “ellos/as-nosotros/as”. Ostiguy (1997) ya citado, hace un desarrollo de las bases socioculturales de la identidad peronista y de la identidad antiperonista.
Las formas de llamamientos políticos, en la Argentina por lo menos, se pueden cartografiar, como lo veremos, en términos de un espacio político bi-dimensional, definido por la intersección de este eje social-cultural con el espectro tradicional izquierda-derecha. Además, como las identidades políticas ya constituidas tienen sus orígenes en la interpelación de personas y grupos pluri-facéticos, ese espacio bi-dimensional también traza el mapa de las identidades políticas. (Ostiguy 1997:134/5)
Como se puede apreciar muy claramente, Ostiguy no puede desprenderse del europeísmo que se viene criticando al incluir al peronismo en el eje izquierda-derecha como si estos dos polos del eje no solo sean opuestos sino antagónicos. Luego, profundizando esta idea, suplantará el eje izquierda-derecha por otro más teñido antropológicamente como el de “alto” y “bajo” o “crudo” y “cocido” permítaseme explayarme un poco diagonalmente en este tema porque creo que hace a nuestro interés.
El antropólogo estructuralista Claude Levi-Strauss escribió en el año 1964 su famoso texto “Mitológicas I. Lo crudo y lo cocido”. En este texto, Levi-Strauss nos dice que el alimento se presenta bajo tres estados: crudo, cocido, podrido. Lo crudo, responde al estado natural de los alimentos y es consumido por los seres humano de la misma forma natural, sin intervención y sin procesamiento humano en tanto que lo podrido es consecuencia de la acción del tiempo, también sin intervención humana; pero lo cocido implica una alteración de esa naturalidad primitiva que es efecto del accionar consciente del ser humano. Si bien Ostiguy no menciona en su trabajo al antropólogo francés, descontamos que lo conoce.
Lo que nos lleva el análisis de lo “crudo” de lo “cocido”, que se transformará en el texto de Ostiguy en “guarango”, “tosco” como opuesto a “educado”, “fino”, “elegante”, es nuevamente al eje bi-polar que criticamos.
Los “guarangos”, que en nuestra cultura popular argentina es incivil, maleducado, grosero, que no respeta los protocolos de civilidad, son los “descamisados”, los/as “negros/as”, “cabecita” del peronismo en tanto que lo “fino” y “elegante” corresponde con lo antiperonista.
Al peronismo se lo entiende, entonces y desde la mirada de este pensador, ya no como una alianza de clases sino como “…la activación política de lo que marca y demarca culturalmente, en ese lugar concreto y geográficamente situado, las clases populares” (Ostiguy 1997:139).
Continúa este autor adjudicándole a lo “cocido” el cumplimiento estricto de cuestiones formales y respeto a las instituciones democrática debido a su racionalidad en tanto que lo “crudo” no estaría en condiciones de respetar la formalidad institucional de las democracias debido a la carencia de racionalidad, la apelación emocional y la dirigencia carismática del líder. “El alto suele ser formalista en su modo de manejo de los asuntos públicos y los procedimientos, en tanto el bajo suele ser personalista” (Ostiguy 1997:150).
Este esquema bipolar sería correcto sino fuera que la misma experiencia histórica de Argentina lo contradice ¿cómo explica Ostiguy que desde 1930 los “cocidos” en Argentina, los “elegantes” y “finos”, los/as que se atienen a las reglas formales e institucionales hayan dado golpes de estado contra los gobiernos elegidos democráticamente? ¿Qué nos dice sobre el accionar de los “finos” cuando bombardearon la Plaza de Mayo con aviones sostenidos con el dinero de las personas que fueron bombardeadas?
El problema que se observa, y que vengo indicando desde las primeras páginas, es el error de entender la problemática populista y el accionar de estos gobiernos, desde las categorías europeizantes que pueden ser útiles para sociedades como las europeas que ya hemos caracterizado, pero no parecen rendir de la misma manera, a la hora de entender Latinoamérica; en este continente “los/as finos/as” no lo son; esconden bajo sus “buenos modales” la defensa de intereses antipopulares, y sí para hacerlo deben “llevarse puestas” las instituciones que dicen defender Vg. la República, no tendrán ningún empacho en hacerlo. La toma de deuda sin pasar por el Congreso Nacional, la emisión de Decretos de Necesidad y Urgencia, el nombramiento de jueces federales por decreto, el no dar quorum, etc., son algunas de las maniobras que lo “cocido” ha venido realizando en el campo institucional de la política sin mencionar las fake news, las falsas noticias, la manipulación televisiva, radial y gráfica de algunos medios que se definen a sí mismos como la “fuerza pura” de la Argentina. Lo que tenemos aquí, ya lo había descripto Sarmiento en el “Facundo” y lo había profundizado Jauretche con su artículo “La colonización pedagógica” por lo que me eximo de continuar ya que se ha expresado mejor de lo que lo puedo expresar yo.
La idea de que los populismos, tal como lo plantean Germani y Di Tella, y el peronismo particularmente, son un fenómeno transitorio producto de una modernidad tardía, sucumbe justamente por su persistencia. Hay “algo más” que una reacción moderna tardía en los populismos. El texto de Casullo (2019) ¿Por qué funciona el populismo? dilucida esta cuestión.
En Latinoamérica en general y en Argentina en particular, los populismos antes de ser una excepción, han sido la regla en la lid política y solo han podido ser desplazados, al menos en Argentina, por golpes militares, con la excepción, hasta el año 2020, del triunfo de Alfonsín –cabría pensar seriamente si al proyecto de Alfonsín con su Plan Austral no podemos enrolarlo dentro de los populismos– y de los gobiernos de De la Rúa y de Macri.
Lo que nos indican estas experiencias democráticas es que quizás los populismos puedan ser vencidos en elecciones debido a ciertas coyunturas, pero no es posibles excluirlos de la dinámica y de la cuestión política. Su fuerza electoral, que se traduce en intendencias, gobernaciones y bloques parlamentarios a nivel nacional, provincial y local, amerita su reconocimiento como fuerza importante en un país; a fuerza de ser honesto, este mismo argumento le corresponde a su oposición expresada principalmente por la Unión Cívica Radical que ha sido, en sus orígenes, una fuerza populista. Cuando analicemos la relación entre populismos y democracias, se profundizará esta cuestión.
Como se pudo apreciar en este capítulo, no hay coincidencias en cómo definir o caracterizar a los populismos y esto se debe a varias razones; la principal, según mi mirada, es lo erróneo del planteo definidor.
Algunos autores/as de la ciencia política pretenden definir para luego analizar; de esta manera, condicionan lo analizado para que encaje en su definición. La propuesta metodológica de este trabajo, corre por otros caminos.
No se trata de definir, al fin y al cabo, cabría dar el debate epistemológico sobre si las ciencias sociales están, de acuerdo a su arsenal metodológico, capacitadas para definir y de explicar. Lo que se propone es comprender como aparecen hyléticamente los fenómenos sociales y dar cuenta de ellos a partir de esta consideración.
Los populismos parecen desafiar todo intento de definición porque tanto pueden ser distinguidos como de izquierda como de derechas, moderados como revolucionarios, antiliberales, nacionalistas, nativistas, reformadores, etc. Cuando hay tantas categorizaciones para definir un fenómeno o bien el fenómeno es difícil de aprehender o no lo estamos caracterizando como corresponde; es una cuestión tanto de orden teórico como metodológico.
Los populismos son un modo de hacer política y son, según mi planteo, reacciones democráticas profundas a un modo de gestión social, política, económica y cultural que ha devenido, particularmente en Latinoamérica, de la imposición de modelos de gestión herederos de situaciones coloniales. La conformación de las clases sociales y de sus alianzas, no han seguido en este continente, el derrotero que ha seguido en Europa por lo que no parece pertinente utilizar categorías que no han demostrado su valía para comprender nuestros fenómenos.
Los populismos, también han sido considerados como ideologías, formas del discurso, estrategias políticas, modos de acceso al poder como si estas definiciones les fueran propias. Cualquier política es una ideología y es una lucha por el poder y, para hacerlo, deben organizarse del modo que crean más conveniente.
En conclusión; los populismos, como todos los fenómenos sociales, son complejos, históricamente determinados y deben ser contextualizado y comprendidos; y, si se los quiere definir y explicar, será quien lo desee quien deba encontrar los modos de realizarlo de manera tal que no deje rendijas por las que se puedan introducir dudas. Este es el desafío que deberán enfrentar. Siguiendo la propuesta de Canovan, no es posible formular una teoría general de los populismos porque de hacerla, estaría condenada a la “…inconcreción y vaguedad” (Ungureanu et all: 2018:17)
La propuesta que se hace desde este trabajo, dista de la explicación y la definición y sugiere un tratamiento más pragmático sustentado en la exhibición del fenómeno y los modos en que se implementa en la realidad social confiando en que es posible comprenderlos antes que explicarlos .
4. ¿Qué entendemos por pueblo?
La historia de la democracia en occidente nace en Grecia como demos pueblo y Kratos o Cratos que era el dios de la fuerza y el poder.
Como se puede apreciar, el origen de la democracia, al menos desde la mentalidad griega, es un origen híbrido que combina la condición social y política de la humanidad expresada en el pueblo o demos y una dimensión que podemos entender como simbólica expresada en el dios Kratos quien presumiblemente fue hijo de Zeus.
Uno de los principales rasgos de los populismos es la consideración que tienen por el pueblo. Para ellos, el pueblo es la figura central de la política y, por ende, de la democracia, y, si nos atenemos a la etimología de la palabra, no debería sorprendernos que el demos sea la sede del Kratos.
Hay muchas formas de aproximarnos al concepto de pueblo y seguramente muchas de ellas tengan algo de verdad, pero nos es muy difícil definir al pueblo de un modo tal que nos satisfaga a todos/as. Nuevamente acá, la singularidad no nos permite comprender el fenómeno, sino que lo hace más abstracto. Nos aproximaremos, en consecuencia, a una comprensión del concepto pueblo de acuerdo a la lectura de algunos/as autores/as.
El concepto original de democracia no es natural, sino que es producto de un proceso de construcción que se definirá como social.
Notaremos que esta hibridez entre la realidad del pueblo y la abstracción del concepto de poder que solo se aprecia en su ejercicio y en su acción, teñirá, quizás, toda la historia y todos los análisis que se han hecho de este concepto. Cabe decir en este aspecto, como una aclaración necesaria para la comprensión de esta parte del texto, que considero al pueblo como un tipo especial de acción y de relación ya que no puedo entenderlo desde una categoría inerte. Un pueblo que no actúa y que no produce artefactos culturales ¿es realmente un pueblo? Un pueblo que no se sustente en relaciones ¿puede ser considerado un pueblo? Desde esta perspectiva, el pueblo no es una “cosa”.
Es así, entonces, que cualquier análisis que hagamos, sea desde la perspectiva ideológica que elijamos, no pueden abstraerse de la convocatoria al colectivo pueblo para legitimar un orden que se defina como democrático; y, si hablamos de un fenómeno colectivo, parece pertinente la utilización del plural antes que el singular lo que equivale a hablar de pueblos antes que de pueblo o, expresado de diferente manera, si bien puede existir un pueblo, dentro de ese pueblo, hay varios pueblos; pueblo trabajador, pueblo consumidor, pueblo ciudadano, pueblo futbolero, pueblo roquero, etc.
El abordaje concreto de los pueblos, nos demuestra que el concepto sintetiza su conformación por personas concretas que poseen una historia o, como lo ve el liberalismo, por individuos aislados y egoístas en donde este reconocimiento no existe.
La primera acepción del pueblo constituido por personas, evolucionará hacia la promoción y asignación de derechos –la política– que es el objetivo de los populismos, por el contrario, la concepción individualista no tendrá como objetivo la promoción de derechos sino solamente la consideración economicista de considerarlos como productores y consumidores que se encuentran en un mercado supuestamente libre para satisfacer sus necesidades. Tenemos, por un lado, una sociedad compuesta por personas que poseen y luchan por sus derechos y por el otro, una agrupación “natural” de individuos que solo se relacionan en base a sus necesidades más primitivas.
Comenzaremos con el análisis de tres conceptos que han aparecido en el lenguaje latino en la época del imperio romano para ir conociendo como se lo fue interpretando a lo largo de nuestra historia.
4.1. Vulgus, Plebs y Populus
Para comenzar a comprender a que nos referimos cuando mencionamos el vocablo pueblo, es menester citar a los antiguos y, entre ellos, vale la pena referirse a los escritos del historiador romano Cornelio Tácito nacido en el 56 DC y fallecido en el 120 DC. La elección de este historiador romano es que se dedicó, en parte, al estudio léxico de vulgus, plebs y populus (Villalba Álvarez 1995)
Lo primero que cabe decir de Cornelio Tácito, para entender el contexto desde donde escribió su obra, es su desprecio por todo lo que considera vulgar. Si bien sus estudios nos sirven para nuestro propósito, es necesario aclarar que esta mirada despreciativa del historiador romano para con el pueblo llega hasta nuestros días; no obstante, como veremos, podemos trascenderla.
El término vulgus tal como refiere nuestro autor, posee un significado genérico de muchedumbre, masa desorganizada y hace referencia a una cantidad innúmera de individuos. Alude a un colectivo indeterminado que es tratado despectivamente por el autor romano debido a que los individuos que componen el vulgus, se caracterizan por su falta de educación y por su tendencia a los excesos lo que, en un orden civil y político como el romano, era peligroso; según lo que nos cuenta Ostiguy, ya citado, sería lo “crudo”. Recuerdo, porqué es preciso, señalar el temor ante los peligros de las multitudes díscolas en ocasión de las revoluciones norteamericana y francesa.
Vulgus es ese concepto colectivo que se refiere a un grupo anónimo, a una cantidad ingente de individuos que no poseen un carácter bien definido y que Tácito trata como inhumanos, más parecidos a animales que a seres humanos propiamente dichos.
Esta animalización del concepto, posee ciertos rasgos morales –resguardemos este concepto– como su carácter murmurador, adulador –sobre todo a los poderosos como el emperador Nerón quien gustaba del elogio fácil en el Coliseo cuando se presentaba en la fantochada de sus combates y era vitoreado por el vulgus que esperaba sus dádivas–, mudable, sedicioso, lascivo –esta característica, como veremos, se trasladará hasta nuestros días– cobarde, ignorante y no previsor. El vulgus así entendido, es sinónimo de turba, populacho, chusma y también horda en donde lo que se pone de manifiesto es su caracterización moral despreciable para la moral aristocrática o de la clase alta de la época. De vulgus se desprenderá vulgar que se entiende como poco refinado, que abunda, que no posee rasgos característicos que lo definan. Como se puede apreciar, no se le reconoce a vulgus, ninguna propiedad positiva. En nuestro argot nacional, es el “guarango” .
El término plebs se define, en principio, por la cantidad y pertenecían a la clase de los humiliores que hoy definiríamos como los humildes, no por sus ingresos, sino por sus características culturales y morales. Los humiliores se diferenciaban de los honestiores que eran los más honestos, los más honrados. El término plebs refiere a las capas más bajas del Imperio.
Este estamento o sector social, al contrario de los honestiores, tenían un carácter procaz y atrevido y solía ser proclive a levantamiento y sediciones que, en un Imperio como el romano, que hacía gala de un orden civil de excelencia, no podía provocar otra cosa que desprecio, pero también temor.
El concepto de plebs, de marcada significación social como estamos viendo, se diferenciaba de vulgus cuya connotación moral era más evidente y los dos se diferenciarán de populus que sí tendrá una connotación política. No debemos olvidar que para la época en que escribió Tácito su Historiae (2013) hacía tan solo unas decenas de años que había finalizado la República en donde el concepto de populus adquirió el sentido político que arrastrará hasta nuestros días.
El populus romano de aquellos años, era la agregación de personas con plenos derechos, los ciudadanos de donde estaban exceptuadas las mujeres. En este caso, cabe aclarar, no cabe la igualdad de géneros ya que la condición de las mujeres en el Imperio, estaba sometida a la autoridad patriarcal del padre o del hermano cuando era soltera y del marido cuando estaba casada.
Si bien en algunos textos romanos aparece plebs y populus como términos intercambiables, como sinónimos, se puede hacer una distinción que es importante para nuestro análisis de los populismos, y esta diferenciación se aclara desde un punto de vista económico; populus sería equivalente a erario que se define como el conjunto de bienes públicos que posee un estado y referirse a él como público sería una redundancia, y la plebs serían los beneficiarios de los congiaras que eran los donativos que entregaban en ocasiones los emperadores romanos y que hoy definiríamos como subsidios o asistencia. En este aspecto, y de ahí la importancia para este texto, la acción de entregar el congius que era una medida estandarizada para los líquidos como el aceite y el vino (era aproximadamente seis sextarii que equivale alrededor de tres litros y medio) que se colocaba en el congiarum para que lo tomaran la plebs. Era una medida un poco híbrida entre la asistencia social a la pobreza y la acción demagógica de algún emperador precisado del clamor popular. Por esto es que el vulgus y la plebs eran frecuentemente halagadores de estos emperadores.
Lo interesante para nuestro tema es que el imperio romano ya dispensaba algún tipo de asistencialismo en su territorio no solo para ayudar a paliar la situación de pobreza que pudiera acontecer debido a diferentes motivos, sino como medida demagógica, clientelar y que hoy sería entendida como electoralista. Este es un dato que habría que hacer recordar a algunos sectores del liberalismo que creen que el asistencialismo es un invento de los populismos.
En este mismo aspecto, y aprovechando esta temática, cabe mencionar las famosas poor laws inglesas que existieron desde 1601 hasta 1834 y el sistema Speenhamland impuesto en Inglaterra en 1795.
Como se puede apreciar, nunca se creyó mucho, incluso en la cuna del libre comercio, que la supuesta libertad de mercado era eficaz para el tratamiento de la pobreza y de los problemas sociales.
Lo que me parece interesante recalcar es como, desde la cultura romana, se transmite cierta desvalorización de lo popular asentado no solo en una moral diferente sino en el temor a sus excesos. Cabe recordar que la aristocracia romana no se caracterizó por su templanza y el dominio de sus pasiones. Continuo.
Populus, por su parte, es un concepto que comparte con vulgus y plebs, cierto significado en relación a la diferencia con la élite y la cantidad, pero en este caso, cabe señalar la relación política; este carácter político alude al pueblo como el conjunto de ciudadanos –hoy incluiríamos a las ciudadanas– que disfrutan de los derechos que le asigna el poder del estado.
Populus es una entidad abstracta dotada de poder político que se materializa en su acción cívica no solo al reclamar por esos derechos sino al ejercer el acto electoral propio de los sistemas republicanos. No obstante, en los regímenes monárquicos absolutistas propios de la Europa de los siglos anteriores al XVIII, ese pueblo también poseía derechos, aunque no de la calidad de los derechos modernos de la República.
El populus al que se refiere Cornelius Tácito en sus escritos, posee el sentido de civitas que alude a ciudadanos con autoridad política y legal. Esta particularidad lo aleja de la plebs ya que ella no posee autoridad política. El populus no está conformado por los/as esclavos/as.
En el caso particular de Roma, el populus se asociaba al territorio del Imperio y por ello era el populus romanus lo que liga este concepto jurídico y político a la nación.
Todo populus lo es de un territorio que le da pertenencia e identidad y habilita la discusión, propia del derecho internacional público, sobre pueblos que se encuentran sometidos a otro poder nacional; me refiero a las comunidades aborígenes de la Argentina, pero también de Canadá y otros estados, al pueblo kurdo, al palestino, a los conflictos étnicos de Serbia, Kosovo, Croacia, etc. Cabe decir en este aspecto, que es posible aceptar la existencia de pueblos sometidos por otros pueblos lo que, como es de suponer, habilita otro debate que no podemos llevar en este lugar debido al objetivo planteado originalmente pero sí nos permite “desangelar”, si lo puedo expresar así, al concepto de pueblo.
Uno de los aspectos que cabe precisar, es que las palabras no son neutras y que siempre están cargadas de sentido; la palabra pueblo no está exenta. Lo que quiero decir es que a la palabra pueblo o popular, se la deba considerar siempre en sus aspectos positivos, también hay que considerar que, en algunas ocasiones, lo popular y el pueblo mismo, puede cometer acciones negativas; hay pueblos que someten a otros pueblos y hay casos en que apoyan a regímenes dictatoriales. Cabe hacer esta aclaración para poder interpretar cabalmente qué son los populismos y cuales han sido y son sus acciones y así poder valorizarlos en su justa medida.
Lo que tenemos hasta aquí, en la voz de Tácito, es la existencia de tres conceptos como vulgus, plebs y populus que aparecen separados analíticamente siendo vulgus y plebs, dos conceptos más ligados a una situación de clase que los ubica por debajo de otras clases y que son desconsiderados por ser justamente lo que son, y el populus que se conforma como un concepto dotado de especificidad jurídica y política, es decir, como cuerpo cívico.
Dentro de esta significación, el pueblo puede ser definido desde un criterio étnico: el pueblo guaraní, el pueblo coya, etc.; el pueblo definido por un criterio territorial: el pueblo de la provincia de Corrientes, el pueblo de Paris, el pueblo del municipio de La Matanza, etc., que se vinculará, en la organización republicana democrática, como habitantes de un territorio como circunscripción electoral y, finalmente, pueblo entendido desde un criterio puramente cuantitativo como es el de población, mucho más cercano a la demografía.
Una variación de pueblo puede ser entendido como público, y aquí las cuestiones parecen complicarse, aunque siempre encontramos una puerta de salida a esta complicación. Veamos el ejemplo que mejor ilustra lo que quiero decir.
Una multitud, digamos cien mil personas, que se movilizan a la Plaza de Mayo a reclamar por la legalización del cannabis, será definido como un pueblo, sujeto de derechos, que peticionan y reclaman a las autoridades; esas mismas cien mil personas que van otro día a la misma Plaza de Mayo a escuchar un concierto de un grupo musical, ya no es pueblo, aunque siga siéndolo, pero ahora es considerado público, ¿qué es lo que ha cambiado? Nada cuantitativamente pero sí cualitativamente y es el significado que la movilización de esas cien mil personas posee; en un caso es la petición y el reclamo al estado sobre un derecho que consideran que les pertenecen y que el estado está obligado a otorgar, y en el otro caso, esa petición y reclamo no está presente y ha sido substituido por el placer de escuchar un concierto al aire libre. Esta diferenciación es captada por Tácito cuando menciona al público oyente y participante en relación al vulgus/plebs que asistía al Coliseo a ver el espectáculo pero que también podía reclamar por la vida o la muerte de algún gladiador. En el caso específico de Nerón, que solía participar de los espectáculos de lucha, siempre sabiendo que iba a ganar, el vulgus/plebs apoyaba por medio de vítores a su emperador sabiendo que, a posteriori del espectáculo, posiblemente fuera beneficiado con mayores congiaras. En este caso, cabe la pena pensar si el vulgus/plebs es posible de manipulación demagógica y cómo se manifiesta esta manipulación. De la misma manera, también es posible pensar si el otorgamiento de los congiara puede confirmar algún rasgo de los clientelismos actuales lo que cambiaría radicalmente el análisis ya que no habría manipulación demagógica sino tan solo tácticas del vulgus/plebs para satisfacer necesidades que el sistema no cubre. El concepto de populus ligado a la política y a los derechos, se aleja de estas premisas de tal manera que los populismos no son “vulgarismos” o “plebeyanismos” y no cabría definirlos como sujetos a la demagogia.
Desde temprano, al menos para occidente, el populus será cómplice, por decir así, de su propia utilización, y tan es así, que el liberalismo que hace gala del respeto por la individualidad, cree que los pueblos pueden ser seducidos por la demagogia del/a líder sin tener en cuenta que el apoyo que le da, puede ser una estrategia de sobrevivencia porque es consciente de su situación de exclusión. Finalmente, tanto en el Coliseo como en las ciudades modernas, las personas que componen el pueblo, siguen sufriendo de la exclusión a la que los/poderosos/ los obligan.
La diferencia entre pueblo/populus y público, está en el significado de la acción colectiva y por eso sostengo que el pueblo solo se puede entender desde su accionar y no desde categorías analíticas que lo comprenden como algo inerte, solo referido a su cualidad simbólica.
Si el pueblo no es convocado a cambiar su historia, no es considerado como actor histórico. Los populismos han comprendido cabalmente esta diferenciación y por eso convocan a los habitantes del pueblo, ya sea como nación, como vulgo, como plebe o como pueblo, a ser actores de su propia historia mediante la movilización política encuadrados en las organizaciones que el estado populista fomenta.
Con el correr de los tiempos y las modificaciones históricas inevitables que acontecen con las sociedades y los estados, estos conceptos se irán contaminando, por decir así, entre ellos llegando a ser sinónimos.
A raíz de lo visto hasta ahora acerca de vulgus, plebs y populus, hemos de decir que se trata en principio de términos diferentes en cuanto a su significado, vulgus está marcado desde el punto de vista moral, plebs desde el social y populus desde el político. Sin embargo, el uso que hace Tácito de dichos términos a lo largo de sus obras nos resulta llamativo en el sentido de una posible eliminación de barreras significativas entre ellos: efectivamente, son constantes los casos en que tanto plebs como populus adquieren rasgos más propios del vulgus y, en definitiva, el significado de “chusma”, “masa”, “masa de baja condición moral” tiñe a los dos primeros términos hasta el punto de confundirlos con el tercero. (Villalba Álvarez 1995:541)
Cómo se puede apreciar en los textos de Tácito que se han utilizado, los términos vulgus, plebs y populus parecen irse fusionando a lo largo del tiempo, y este proceder posiblemente se relacione con la formación de un estamento que se aristocratiza per se de la mano de la subordinación de los otros estamentos; surge en consecuencia, la división social: por un lado, un pueblo subordinado económica pero también culturalmente y una elite/aristocracia que se define a sí misma en forma solipsística a partir de sus propias producciones materiales y simbólicas cuya función es distinguirse del Otro popular.
Como se puede apreciar, desde muy temprano en nuestra historia occidental, ha aparecido una división que separa a la sociedad en dos estamentos; uno que estamos llamando pueblo y otro que llamamos, a falta de un nombre mejor, elite. No han sido los populismos los que han inventado esta división si no que la han puesto de relieve en virtud de la privación de la que han sido objeto y de su exclusión a los beneficios que les son vedados.
La evolución histórica a posteriori de la caída de Roma en occidente en el 410 de nuestra era a manos de Alarico, inicio un cambio fundamental para toda la historia occidental. La conformación de nuevos estados a partir de la desintegración del Imperio que fueron asumiendo la forma feudal que todos/as conocemos, contribuyó a la formación de aristocracias de sangre que precisó diferenciarse para consolidar sus privilegios.
Con el avance y el triunfo político del cristianismo, cuya sede no es casual que sea Roma, se sostendrá que la conformación de esa aristocracia es una decisión de Dios para organizar el gobierno en la tierra. Tampoco es casual que la mayoría de los reyes –por lo menos hasta que Enrique VIII decidiera por un capricho romper con el papado– precisaran de la aprobación papal para ejercer su cargo. Se da, así, en consecuencia, un proceso de separación entre la aristocracia y los demás sectores que conformarán un todo indiferenciado de personas libres, salvo los/as esclavos/as que aún perduraron por un tiempo, pero subordinados a la autoridad feudal y real, cuando el estado se unifique según cada territorio, en condición de siervos/as. Esta separación se dará incluso en el clero –el bajo clero–y en el estamento militar; caballeros y soldados rasos.
La sociedad feudal en Europa, fue una sociedad cerrada con escasa movilidad social siendo los comerciantes los únicos que pivoteaban, por decir así, entre los extremos conformados por el bajo pueblo –el vulgo, la chusma, el populacho– y la aristocracia que se reconocía como tal a partir de un linaje sanguíneo no exento de contenidos económicos.
El proceso de estratificación social propio de la configuración social de Roma a lo largo de su historia, ha producido el surgimiento de algunos conceptos que merecen nuestra atención en lo referente a este trabajo. Esos conceptos, como ya se puede colegir, son vulgus, plebs y populus, pero también aristocracia.
Como son términos contrastantes no pueden ser entendidos sin que se referencien mutuamente, es decir, no se puede entender populus si no existe el no-populus que es, en este caso, la aristocracia y que no es ni vulgus ni plebs. Este es un punto importante en la argumentación porque define el contraste social que propiciará las diferencias sociales que no son naturales como propone alguna ideología sino construcciones sociales cuyo origen lo encontramos en la historia. Las diferencias sociales, entonces, no son naturales sino construidas, a veces, ex profeso.
Si bien Tácito reconoce la diferencia entre estos tres conceptos que se está analizando, aunque no mencione aristocracia, cabe decir que, en un análisis más fino, es posible asegurar que el concepto de populus tiene un significado mucho más político del que carecen vulgus y plebs. Estos serían los conceptos con connotaciones más negativas que abonarían cierto tratamiento peyorativo por parte de la erudición aristocrática que siempre tenderá a su separación y distinción del populus.
Con la pérdida de su importancia como cuerpo cívico, los términos vulgus, plebs y populus, confluirán en un proceso de sinonimización llegando a confundirse. Este proceso ha sido contraproducente para populus porque se le han adherido las connotaciones negativas y morales de vulgus y plebs pudiéndose notar un proceso de arrastre hasta nuestros días que considera, desde una perspectiva elitista, que el pueblo y sus producciones, sobre todo culturales, son vulgares, plebeyas, procaces, soeces y de mala calidad artística como si la calidad del arte pudiera medirse objetivamente sin recurrir a criterios solipsistas. Sin embargo, la aristocracia, al contrario de los sectores populares, puede consumir algunos de los productos que define como vulgares en sus fiestas. El caso de la música cuartetera o de la cumbia es un ejemplo, pero es extremadamente difícil que los sectores populares consuman los productos culturales de la élite. En este aspecto, pareciera que lo popular, con su carga de procacidad vulgar, produce cierta fascinación en las clases altas. Veamos.
El uso de los cuerpos, de las comidas, de las bebidas, etc., por parte del pueblo, permite el ejercicio de una libertad que le está vedada a las clases altas que deben estar sujetas a muchos más protocolos para sostener su diferencia. Cierta literatura, refleja esta cuestión de los usos de las producciones culturales populares por las clases altas, pero cabe destacar que lo soez, lo procaz, la lascivia y todas las connotaciones despectivas que la aristocracia elitista descarga sobre el vulgo, también forman parte de su propiedad. El clásico escrito del Marqués de Sade, Filosofía del tocador escrita en 1795, nos relata estas cuestiones. Podría también mencionar las fiestas de carnaval en donde, en la antigüedad ya que no hoy día, se borraban temporalmente ciertas barreras sociales y la aristocracia podía dar rienda suelta a sus deseos sin que por ello sea criticada; claro que el pueblo nunca podía ocupar el sitial que no le pertenecía.
A medida que se consolida el imperio romano y se fortalece la aristocracia noble, surgirá una burocracia estatal y gubernamental que se consolidará a sí misma ocupando las posiciones de prestigios social sostenida en la cercanía del poder. El populus irá perdiendo su carácter cívico acercándose a vulgus y plebs.
Este proceso de igualación sinónima de los términos que se están analizando, se arrastrara, como se dijo, hasta bien entrada la modernidad incorporándose otro concepto originalmente diferenciado que se pareará con vulgus, plebs y populus y este término es barbarie.
El pueblo ahora no solo será vulgar y plebeyo sino también bárbaro que es lo mismo que decir bruto, ignorante, no formado, incivilizado, sucio, etc. Se conforma, entonces y tal como se describió, una categorización sobre la mayoría de las personas que habitan una ciudad o un territorio. Esta categorización es el origen que posibilita una exclusión y una marginación sostenida desde este proceso social que tiene en la apropiación y el disfrute de los privilegios que esa misma mayoría produce, su razón de ser.
La exclusión, como producto de este proceso, no se asentará en bases naturales sino en categorías artificiales naturalizadas que justifican una separación social entre la élite y los/as demás que encuentran vedadas sus posibilidades de movilidad social. La élite se cerrará en sí misma no solo mediante una especie de endogamia social sino porqué institucionalizará modos y protocolos culturales para justificarse –la teoría del mérito– y para diferenciarse.
Del mismo modo, la élite de hoy como la aristocracia de sangre de ayer, no puede advertir que es la responsable de la pobreza social y material a que obliga a vivir a los estamentos inferiores.
La baja consideración y el temor que se le tiene a los excesos del vulgus, propiciará el surgimiento de una brecha/grieta que abonará ciertos sentimientos en donde el odio no será ajeno.
Esta desconsideración y falta de empatía por los/as otros/as justificará la barbarie teñida de civilización del exterminio de estas poblaciones (Sarmiento, Mitre), el bombardeo asesino de una población indefensa (Plaza de Mayo, junio de 1955) o la desaparición forzada de personas (Proceso de Reorganización Nacional 1976-1983).
Es esta desconsideración, que no tiene nada de civilizada, la que justifica el maltrato y la explotación del vulgus, la plebs y el populus ya que, como le escribe Sarmiento a Mitre en el año 1861 “…no trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes” (Perrone 1974). En esta frase del gran civilizador sanjuanino se condensa, por decir así, el pensamiento bárbaro de la élite para quien el pueblo no es más que un insumo o un factor de la producción solo necesario para el trabajo o la servidumbre. Aunque cueste aceptarlo, este pensamiento sigue teniendo influencia en el siglo XXI.
Los populismos, al rescatar los valores y las producciones populares, no pueden ser considerados por la élite y serán despreciados y descalificados con las mismas categorías de la antigüedad reproduciendo casi en los mismos términos despectivos que usaba Tácito en los primeros años de la cristiandad.
Como el vulgus es bárbaro, si carece de conducción, será peligroso. Este temor se mantendrá como un fantasma incluso hasta el día de hoy. La élite es consciente de que sus privilegios no son solo una cuestión de mérito personal o familiar, y por más que los justifiquen en una decisión divina o en una cuestión natural, saben que existe una gran desproporción entre sus consumos y los de sus empleados/as. Esta cuestión queda clara en un audio de Cecilia Morel, esposa del presidente chileno Sebastián Piñera el 22 de octubre de 2019 en donde le comenta a su amiga que, debido a la movilización popular acontecida en Chile en esa semana exigiendo el cambio de constitución, le dice que "Mantengamos nosotros la calma; llamemos a la gente de buena voluntad... Aprovechen a racionar las comidas y vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás" (Página 12. 20/12/2020 https://www.pagina12.com.ar/226713-el-audio-de-la-esposa-de-pinera-vamos-a-tener-que-disminuir-?gclid=Cj0KCQiAoab_BRCxARIsANMx4S7ADt66uVT0I_NzQvDDpaCdQeeWgHbLHBZrucllb_4q6LxaqUGvpZsaAq7rEALw_wcB)
En este extracto del audio de la señora Morel, queda patente lo que se viene diciendo sobre la desconsideración de la élite en el poder por los sectores populares. “…llamemos a la gente de buena voluntad”, el pueblo es sedicioso, como pensaba Tácito, la élite es la que posee la “buena voluntad” así esa “buena voluntad” supone la explotación de los/as oprimidos/as por las políticas de corte neoliberal impuestas desde la dictadura de Pinochet.
Para evitar que las masas tomen el poder y desplacen a las personas de “buena voluntad” es menester que sean conducidas. Los excesos de las masas, según esta mirada, penden como la espada de Damocles sobre la cabeza de la élite y por eso, volviendo a los romanos, la estrategia de conducción o bien pasa por la represión o por el “pan y circo”.
Como se puede apreciar, no es sencillo el abordaje analítico sobre el concepto de pueblo habida cuenta de que es escurridizo y difícil de circunscribir de una manera que nos satisfaga a todos/as, sin embargo, es posible establecer algunas bases que nos servirán para comprenderlo.
Cabe destacar que muchos escritos políticos, administrativos, sociológicos, antropológicos, etc., suelen mencionar al pueblo para justificarse; por ejemplo, la Carta de las Naciones Unidas dice en su preámbulo “Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos a preservar…”. El Preámbulo de nuestra Constitución comienza con “Nosotros los representantes del pueblo de la Nación Argentina…” y, en el artículo 45 de esa misma Constitución dice que “La Cámara de Diputados se compondrá de representantes elegidos directamente por el pueblo de las provincias, de la ciudad de Buenos Aires, y de la Capital en caso de traslado…” lo que pareciera indicar que hay un pueblo universal en el caso de las Naciones Unidas, pero también un pueblo nacional como es el caso de la Constitución Nacional Argentina e incluso provincial lo que, ya en sus inicios, complica el análisis sobre los pueblos .
En estos casos, queda de manifiesto la relación que se establece entre pueblo y nación que es característico de la escuela alemana que sostiene esta consideración conforme a criterios objetivos como la raza, la lengua, el territorio, la religión. Johan Gottlieb Fichte el filósofo idealista alemán, escribía en su Discurso a la nación alemana
…este es un pueblo en el sentido superior de la palabra y desde el punto de vista de un mundo espiritual: el conjunto total de hombres que conviven en sociedad y que se reproducen natural y espiritualmente de manera continuada, que está sometido en su totalidad a una determinada ley especial del desarrollo de lo divino a partir de él. (Fichte 1984: 160)
Este modo de entender al pueblo, negaría la autoafirmación lo que, en América Latina traería ciertos problemas habida cuenta de estados plurinacionales como la mayoría de los estados latinoamericanos porque si bien la nación-pueblo Guaycurú, Mapuche, etc., se consideran argentinos/as, no por ello niegan su adscripción nacional-étnica. Esta particularidad se hace patente en el estado plurinacional de Bolivia.
Por otro lado, la escuela francesa, mucho más subjetiva, se apoya en el concepto de pueblo en la comunidad de tradiciones y de costumbres, en el común devenir histórico y en elementos un poco más espirituales como la conciencia de constituir una unidad.
A pedido de la UNESCO el juez australiano Michael Kirby intentó definir la palabra pueblo bajo las siguientes pautas:
Un grupo de seres humanos individuales que tiene en común todos o algunos de los siguientes elementos: a) tradición histórica común, b) identidad racial o étnica c) homogeneidad cultural, d) unidad lingüística, e) afinidad religiosa o ideológica, f) conexión territorial, g) vida económica común. (Moreira 2009:83).
En esta definición podemos notar una notable coincidencia con el concepto nación. Según Moreira:
En esta definición existen componentes que pueden cuestionarse, como el de “tradición histórica común”, “conexión territorial” y “vida económica común” si consideramos el proceso de configuración étnica de grupos nativos pertenecientes al mismo pueblo que han vivido en distintos países, soportando historias diferentes, sin conexión territorial y con una economía adaptada a los medios locales y la producción de cada país (Moreira 2009:83).
Todas estas apreciaciones, nos indican que hay una pluralidad de modos de entender al pueblo, a los pueblos y que, en la ciencia política, hay una tendencia muy marcada a comprenderlos como nación.
Si bien podemos hacer análisis sociológicos y antropológicos sobre pueblo –como población–, para los usos de este trabajo sobre los populismos, he preferido sostener la mirada orientada por la política porque es un poco más pertinente haciendo la salvedad que puede configurar un reduccionismo; hecha la advertencia, se entenderá mejor la noción de pueblo que poseen los populismos que tienen la virtud de articular la mirada política con la sociológica y la antropológica.
Un tema complejo que se plantea recurrentemente en los análisis políticos que hacemos en general sobre los estados modernos, se vincula con la relación que existe entre pueblo y soberanía.
La soberanía es entendida como un tipo particular de autoridad en la que reside el poder político. Así como el pueblo se constituye como agregación de individuos que comparten ciertas características y se materializa en una acción, al fin de cuentas no hay pueblos inactivos o inertes que no produzcan objetos y artefactos culturales, esta es una mirada que compartiría Kelsen (Lagi 2005:163), la soberanía también debe entenderse como una acción ya que toda autoridad y todo poder no se declama, sino que se ejerce. Sin este concepto de acción tanto el pueblo como la soberanía no son más que términos abstractos que refieren a una nada ontológica. Al ubicar nuestro análisis en la acción, la relación con el campo político se hace evidente ya que toda acción implica una práctica que operará sobre la realidad y de allí la pertinencia del pragmatismo en política. Más adelante se darán las razones del porqué del uso de este término.
Uno de los problemas que se le presentan a los estados modernos burocráticos ya sean liberales o socialdemócratas-populistas, porque cabe decir que hay entre estas dos formas de gestión política más similitudes que diferencias, se define por quienes son los/as que ejercen el poder estatal político habida cuenta de que la soberanía, de donde emana ese poder, reside en el colectivo pueblo.
La teoría política clásica ha encontrado o inventado en la ficción de la representación, el instrumento para articular la autoridad soberana del pueblo en su versión particular como pueblo de una nación y de un territorio en las estructuras burocráticas del estado y del gobierno. Por medio del ejercicio de la representación, que es el modo de trasladar la autoridad soberana del pueblo en la figura del/a representante, los estados modernos de derecho logran establecer un vínculo racional y traslativo entre el colectivo que se materializa en su acción y su encarnación ficcional que es el/a representante.
Si este argumento es válido, y no tiene porque no serlo al menos desde la perspectiva que se propone en este escrito, es posible observar que cualquier forma de democracia representativa, reconociendo su ficcionalidad, no puede reemplazar o abjurar del pueblo pues finalmente es el origen de la soberanía en una democracia.
La democracia liberal pretende, y de hecho lo hace por medio de sus instituciones intermedias y sus Aparatos de Estado, alejar y reducir lo más que puede la acción soberana del pueblo, de tal manera que cuanto más se impida esta acción más se alejará la base soberana del poder fáctico. Todas las formas de democracia indirecta operan, entonces, en contra de esta base, y, por el contrario, cuanto más directa sea la relación entre el estado y el gobierno con la base soberana, fuente de la autoridad, más democrático será el sistema.
Los populismos, con sus mecanismos de intervención directa y su oposición a las instancias intermedias del tipo liberal como las asociaciones de consumidores, corporaciones económicas, etc., que impiden esta relación directa entre estado, gobierno y pueblo, expresan, desde un principismo democrático, sociedades mucho más democráticas que las liberales.
Los populismos encuentran en el pueblo, que está compuesto por personas y no es solamente una agregación mecánica (Durkheim 2012) de individuos, su razón de ser. Los liberalismos, por el contrario, se centran en un individuo aislado naturalmente que es, por lo menos para la mayoría de los análisis sociológicos, inexistente. Si bien hay que reconocer que la vida social parte siempre desde Uno, como ego, lo cierto es que ese Uno lo es porque hay Otros. Sin individuos no hay sociedad. El liberalismo, en su faz neoliberal, descree que hay sociedad sino tan solo mercado.
El ser humano es, primordialmente, un ser social y no habría ningún ser humano que pudiera existir aislado; incluso los eremitas, como Diógenes de Sinope, deben interrelacionar, en algún momento de su existencia, con los demás.
Podríamos pensar en individuos aislados durante un tiempo como monjes o monjas que meditan en lo alto de una montaña, personas condenadas a prisión perpetua, presos/as de guerra incluso internos/as de un psiquiátrico, pero todos/as ellos/as en algún momento de su existencia, han estado en contacto con relaciones sociales que los han socializado, de tal manera que el individuo natural aislado, parece ser solo un personaje de novela. Todo ser, por ser social, es un ser socializado .
Los liberalismos, por su parte, no aceptan de buen grado estas premisas y sostienen que los seres humanos somos seres egoístas que buscamos maximizar nuestros logros y reducir nuestros costos de producción y de reproducción, y que, en esta búsqueda, producimos un bienestar general, presupuesto que la historia ha demostrado falso.
Partiendo desde una concepción extremadamente individualista, los liberalismos sospechan de los colectivos ya sea el pueblo, la masa o la multitud y, a partir de esta consideración, han implementado un modo de gestión de lo social, que tiende a excluir, incluso de facto, a las personas que forman parte de colectivos.
Para Rosanvallón (2020) puede existir un pueblo como cuerpo cívico –en este aspecto es parecido o igual a populus– y un pueblo social –que puede ser una combinación de vulgus y plebs–.
En esta simple presentación que hace el pensador francés, es fácil desentrañar las diferencias; el pueblo como cuerpo cívico, está constituido por todos/as aquellos/as que compondrán la ciudadanía tengan o no tengan capacidad para votar. Este es un concepto mucho más ligado a la ciencia política que a la sociología o la antropología y su profundización analítica desembocará en un análisis institucionalista ya que, como cuerpo cívico, será constituido en las instituciones de la democracia representativa.
El pueblo social, por su parte, es el colectivo humano que no forma parte de la élite y puede ser confundido con la nación, con la sociedad baja, etc. Como se puede apreciar, la idea de un cuerpo cívico nos permite comprenderlo de una manera más acotada en tanto que como cuerpo social, adolece de la precisión que exige la academia, pero, sin embargo, nos es útil a los efectos comprensivos a los que apela este trabajo.
Este pueblo, como cuerpo cívico es el que tomará la Bastilla en 1789 pero como cuerpo social, es el que está presente en las obras de Víctor Hugo en Francia y en las de José Hernández en su Martín Fierro en Argentina y el Río de la Plata.
La nación puede ser entendida como una “comunidad imaginada” (Anderson 1983) y su origen muy probable se encuentra en el arte narrativo folklórico. Para esta mirada, la nación aparece primero en los cantos de los trovadores, en los cuentos populares y en las narrativas relatadas de boca en boca antes que su institucionalización. La posesión de un acervo común, mediado por un lenguaje y por compartir saberes propios, permitió la identificación entre varias personas que habitaron un mismo territorio. Desde esta mirada antropológica, podemos colegir que el colectivo pueblo pueda tener cierta similitud con el de la “comunidad imaginaria” de la que nos habla Anderson.
En este mismo campo de significación, los pueblos, a los que se entiende como una acción, una relación, producen artefactos y bienes culturales que circulan en un territorio proveyendo de una base para la identificación común y compartida. Es así, entonces, que los pueblos entronizan a mártires, líderes y próceres, tanto femeninos como masculinos, que de alguna manera sintetizan las cualidades positivas y negativas que ayudan al colectivo a identificar como un Uno aglutinador. Por eso decía en unas líneas atrás, que es posible encontrar un paralelismo entre pueblo y nación preservando la autonomía de estos conceptos en donde nación sí parece relacionarse con pueblo o pueblos en tanto este último concepto pareciera ser más independiente.
Las epopeyas, las leyendas, las narraciones épicas son funcionales a la vinculación entre el folklore –entendido como saber popular– y pueblo. En este aspecto, cabe mencionar la famosa Canción de Roland que puede ser el inicio de la comprensión de la nación francesa. El hecho de participar de un acervo cultural común, identificarse con problemas que aquejan a vecinos territoriales, hablar la misma lengua y creer en los mismos dioses, aglutinan de una manera particular a diversas poblaciones distribuidas en un territorio que se consideran parte de una común-unidad. No está mal, en consecuencia, considerar la tesis de que la nación encuentra sus orígenes en el folklore y en la literatura antes que en ingredientes sola y estrictamente políticos .
Siguiendo en este caso el texto de Anderson, es muy posible que la nación nazca primero en la literatura y en las expresiones populares convalidando mi argumento de que un pueblo podría existir sin una nación, pero una nación no podría existir sin un pueblo. No obstante, como se puede apreciar, los límites no son muy precisos lo que es típico en las ciencias sociales configurando un desafío que bien podría ser tomado por otro/a investigador/as.
Como se puede apreciar, lo que abona la complejidad del análisis, tanto uno como otro de los dos conceptos enunciados –pueblo y nación– deben entenderse como Tipo Ideal encontrando que hay tanto de social en el cuerpo cívico como de civismo en el cuerpo social. Los sinónimos que admiten estas dos formas de comprender el pueblo son, para cuerpo cívico: ciudadanía, electorado, demandas agregadas, etc., y para cuerpo social: proletariado, gente, clases populares, etc.
Si bien se podría hacer un paralelismo entre pueblo y clase, se sostiene en este trabajo que este paralelismo no es pertinente y mucho menos para los populismos. El discurso populista, aunque habla de clases sociales, especialmente de la clase trabajadora y de la clase oligárquica, no las entiende como las concibe el materialismo histórico y por ello, recibe ciertas críticas desde la izquierda.
La consideración que hacen los populismos sobre las clases, no es al modo del materialismo histórico que las concibe como enfrentadas por el rol que ocupan en el aparato de producción.
Para los populismos, las clases se estructuran ex post del pueblo y son parte integrante de él; primero está el pueblo y en él se estructuran las clases sociales que no necesariamente son antagónicas. Justamente, uno de los objetivos de los populismos es la conciliación, vía la intervención del estado populista, del antagonismo de las clases. El conflicto que existe entre la oligarquía y los/as trabajadores/as, según los populismos, no es consecuencia de la lucha de clases sino del interés egoísta de la oligarquía que no quiere reducir sus privilegios.
La lucha de clases, en la concepción materialista, es resultado de las organizaciones económicas que norman el modo de producción, la conciliación de clases evita la lucha, reconoce que ha un conflicto y propone mediar en él.
El orden social en donde se insertan los populismos, no tiene el mismo origen que el orden social del capitalismo europeo y es en este punto donde también se pueden marcar diferencias. La luchas de clases termina con la desaparición del Otro, la conciliación de clases pretende integrarlas a todas en un orden social.
El pueblo, a diferencia de la clase, no se define desde el lugar que ocupa en el modo de producción. Su comprensión más básica apela al contraste con el no-pueblo que es la élite representada, en términos generales y un poco abstracta, como los/as que mandan, los/as que tienen y ejercen el poder, los/as dueños/as, etc.
Para entender el concepto populista de pueblo, es menester comprender la idea de contraste; si comprendemos que pueblo se diferencia del no-pueblo como un contraste real que se establece en una línea que tiene dos polos, uno representado por pueblo y el otro por no-pueblo o élite, entenderemos un poco mejor la idea de pueblo que sostienen los populismos.
El pueblo desde esta perspectiva es una agregación de individuos que están relacionados/as por un lugar de pertenencia en el territorio nacional pero también por un sentido de pertenencia ligado a estructuras culturales y productivas (Ostiguy 1997). En este sentido, el pueblo populista, según la mirada del peronismo, es el pueblo trabajador que, como se dijo previamente, no debe confundirse con el concepto de clase del materialismo histórico, aunque tengan similitudes.
La particularidad del peronismo es su foco en el pueblo trabajador y cómo el trabajo no solo es el articulador social sino fuente de derechos. Esta es una perspectiva diferente al materialismo histórico que no logra articular el concepto de clase con el pueblo pudiendo decir que la doctrina peronista sí lo logra al articular varias concepciones principalmente políticas y culturales en su concepción de pueblo: pueblo trabajador, justicia social, democracia; en tanto que la perspectiva del materialismo histórico se reduce a una concepción económica sin poder articularla con otras dimensiones como la cultural y la social. El peronismo, desde esta perspectiva, trasciende la mirada materialista, y es fuente de oposición de los diferentes marxismos.
La historia de los años recientes, nos indica con claridad,, como esta perspectiva economicista que desconsidera las dimensiones culturales, termina siendo funcional al liberalismo y opuesta a la política peronista-populista.
La izquierda, al igual que la derecha liberal, son antipopulistas y especialmente antiperonistas. Cabría señalar, tal como lo hace Moffit (2022), los puntos de contacto entre los populismos y la izquierda, pero esta, izquierda más ligada a la socialdemocracia que al materialismo histórico en su visión estalinista, maoísta y trotskista.
Las personas que forman el pueblo se reconocen intersubjetivamente por los usos y por una cosmovisión –una weltanschauung– que los/as articula. Este reconocimiento vincula en su interior a estas personas proporcionándoles identidad y cohesión lo que les permite superar, en un primer momento, las diferencias que puedan existir.
La articulación a la que me refiero funciona como una amalgama que identifica un nosotros/as el pueblo de ellos/as, la élite dominante y responsable de la exclusión.
El pueblo, entonces, si bien puede ser entendido desde su cualidad ontológica porque finalmente el pueblo es en su acción configurando la totalidad de la que habla Laclau, no lo es en su calidad de cosa, sino que es en cuanto no es su contrario; el no-pueblo, la élite. La configuración óntica del pueblo es, entonces, por el contraste; se configura en lo que es por lo que no es.
En el siglo XVIII se podría comprender al pueblo como el Tercer Estado del que nos habla el abate Sieyés y esta compresión se asentaba en la división social por estamentos.
El Tercer Estado era todo aquello que no era nobleza, aristocracia, clero o mandos superiores de las FF. AA, pero en la actualidad ya no nos sirve esta clasificación debido a la extrema fragmentación y heterogeneidad social producto de la sofisticación y complejización de la sociedad postindustrial.
El pueblo, desde esta mirada, se comprende y no se explica; es, si se me permite, como el ejemplo que da Bergson sobre la risa: es difícil definir a la risa, sin embargo, todos sabemos lo que es.
El abate Sieyès, revolucionario francés, nos dice qué es el Tercer Estado:
Hay que entender por el Tercer Estado el conjunto de los ciudadanos que pertenecen al orden común. Todo lo que es privilegiado por la ley sale del orden común, constituye una excepción a la ley común y, por consiguiente, no pertenece al Tercer Estado. (Sieyès 1943:13)
Es interesante analizar un poco más en profundidad el pensamiento de Sieyès. Si bien cómo se puede apreciar para este revolucionario francés, pueblo se define por su carácter de común, dirá en otros pasajes de su texto lo siguiente:
¿Quién osaría, pues, decir que el Tercer Estado no tiene en sí todo lo necesario para formar una nación completa? Es el hombre fuerte y robusto, uno de cuyos brazos está todavía encadenado. Si se suprimiera el orden privilegiado la nación no sería menos en nada, sino algo más. Así, ¿qué es el Tercer Estado? Todo, pero un todo trabado y oprimido. ¿Qué sería sin el orden privilegiado? Todo, pero un todo libre y floreciente. Nada puede marchar sin él, y todo iría infinitamente mejor sin los otros.
No basta haber mostrado que los privilegiados, lejos de ser útiles a la nación, no pueden sino debilitarla y dañarla; hay que probar ahora que el orden noble no entra en la organización social; que podrá ser una carga para la nación, pero que no forma parte de ella. (…) (Sieyès 1943: s/d)
Para Sieyès el Tercer Estado es la nación sin privilegios, pero esta idea, más allá de los privilegios, se transformó en su contrario pues la asamblea que toma el poder en Francia en 1789, en vez de llamarse asamblea popular, se llamará asamblea nacional. En este procedimiento, más parecido a un gambito del ajedrez, se sacrificó el contenido popular de la asamblea por el menos revolucionario de nación. Le cabrá al juicio histórico resolver si este gambito fue positivo o condujo a un jaque mate de todo lo que es popular.
La posición que asumen los populismos es positiva en el sentido que considera que los conflictos sociales son inherentes a las formaciones democráticas. Los liberalismos, por su parte, creen que los conflictos sociales devienen porque se ha alterado el equilibrio natural de la sociedad y, en forma general, lo adjudican a la intervención del estado o de algún actor institucional en el libre juego de las fuerzas que actúan en el mercado.
La sola enunciación, como se puede apreciar, de fuerzas que actúan en el mercado, desconsidera su pretendida libertad y auto equilibrio. Si hay fuerzas –entendidas del modo físico como una magnitud vectorial que mide la intensidad de intercambios–, si hay intensidad en esta relación ¿Cómo defino la igualdad?
La igualdad que postula los populismos es una igualdad que no habla de intercambios sino de derechos. La perspectiva liberal, por el contrario, se siente cómoda con conceptos como intercambio porque le es más cercanos semánticamente.
El concepto de libertad ínsito en este pensamiento, es un concepto fetiche desprovisto de consideraciones filosóficas; este modo de libertad parece más una cosa que se posee que un ejercicio de un ser existencial. En este aspecto, me refiero a los textos de Jean-Paul Sartre quien ha escrito páginas más que interesantes al respecto: “Nosotros no somos terrones de arcilla lo importante no es lo que se hace de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos de lo que han hecho de nosotros.” (San Genet mártir. 1952)
La famosa “mano invisible” atribuida a Adam Smith, no logra convencernos de ese supuesto auto equilibrio. Lo cierto es que, para los populismos, los conflictos sociales existen y es tarea del estado intervenir para aminorar sus efectos; en cambio los liberalismos, al negarlos, no tienen otro recurso que la intervención violenta que, en forma general, termina beneficiando a los titulares del poder económico. Acá se abandona la idea de naturalidad porque la “intensidad del intercambio” tiene un origen estatal, sostén de un orden de clase.
Desde esta perspectiva –y a tono con lo que sostiene Laclau– los modos de gestión populistas, configuran una “radicalización de la política” como proceso de construcción y activación de la relación ya establecida por Carl Schmitt (2014) en la oposición bipolar amigo-enemigo.
Los populismos tampoco consideran que la clase proletaria sea el sujeto histórico y que desde ella se inicie la revolución total. Los populismos, por más que en sus discursos apelen a lo contrario, no son revolucionarios según la clásica acepción de esta palabra en los textos canónicos de la ciencia social.
Antes que un conflicto de clases, lo que existe es un conflicto de intereses que pueden significar lo mismo y producir las mismas consecuencias. El enfrentamiento que plantea entre ellos/as y nosotros/as está mediado por la exclusión que ellos/as le hacen a un nosotros/as antes que una cuestión estructural de la formación social que deviene de la organización del modo de producción.
Finalmente, como acabamos de precisar, la consideración analítica sobre pueblo, no puede evadirse de la complejidad de su comprensión.
En estas líneas, nos hemos acercado un poco al conocimiento comprensivo de pueblo-pueblos quedando aún un espacio que deberá ser llenado por próximas investigaciones por lo que no es conveniente concluir sino tan solo advertir la riqueza del análisis de estos conceptos y sus consecuencias políticas.
La analítica del pueblo-pueblos, es un rasgo que debemos atribuirle a los populismos.
5. El pensamiento de Laclau sobre pueblo
La elección de Ernesto Laclau (1935-2014) se sustenta en que nos presenta un análisis de los populismos extremadamente original alejado de las clásicas propuestas y, a partir de su originalidad, nos obliga a pensar sobre ellos desde una perspectiva distinta. Su mirada filosófica, política y lacaniana ilumina el fenómeno populista con nuevas categorías que nos son útiles para comprendernos.
Desde esta perspectiva cabe señalar, como lo hace Laclau (2005:91) que, al menos, se han sustancializado dos perspectivas erróneas en las concepciones sobre el populismo, especialmente el latinoamericano, debido a la estrecha dependencia de un modo de comprender lo político desde una mirada centrada en la democracia liberal europea.
Este modo de entender se puede sintetizar, con el sacrificio que ello implica, en dos posiciones que son las que indica Laclau.
La mirada liberal modernizadora burguesa, anclada en sí misma, no puede entender la diversidad social que presenta el subdesarrollo latinoamericano, asiático y africano porque es incapaz de desarrollar una comprensión del/a otro/a (Boivín, et. al 1999); su interés radica en la búsqueda de explicaciones que le den sustento al contexto que funda; nada muy diferente del modo de producción de legitimidad del que es acusado, permítaseme esta exageración conceptual, los populismos.
El mundo subdesarrollado ha sido integrado, por su propia definición, a un mundo desarrollado en carácter de miembro no pleno, y, como todo modo de integración se realiza desde instancias jerárquicas, el bloque histórico, en términos de Gramsci (Betancourt s/d), lo integra en una condición de externalidad de un centro que, siguiendo a este autor, es hegemónico. La forma de gestionar lo social desde cualquier poder, no puede sostenerse sin la producción de hegemonía
El proyecto modernizador europeo es colonialista y, como tal, incluye a los/as colonizados/as como un insumo total; productores/as y consumidores/as subordinados/as.
Como en un laboratorio social, prueba modos de golpes de estado, invasiones, cooptación de élites y formas de empréstitos a estos países para analizar cómo se mueven y se relacionan las variables en algunas planillas más o menos sofisticadas, lo que no comporta, de ninguna manera, alguna evaluación de las estadísticas, sino una búsqueda de explicación racional. El cuantitativismo tiene la gran ventaja de producir datos y esto es esencial para cualquier modelo racional y racionalizador. Estos datos, como todo dato, reflejan magnitudes, sentidos, interpretaciones, etc. que deben ser comprendidos siempre en un marco definido por la metodología de investigación. Un dato sin contexto será difícil de interpretar.
Ese camino de desarrollo es imposible para los países que han sido colonizados.
La realidad subdesarrollada o del Tercer Mundo, no puede ser entendida desde el marco conceptual moderno liberal porque, como ya se dijo, no incorpora plenamente a la humanidad al/a otro/a diferente.
Las definiciones que se tratan de hacer de los populismos, y del peronismo en particular, no llegan a comprender la fenomenología ni la ontología de este fenómeno que, como es un fenómeno extremadamente complejo, no permite definirlo con categorías que no los entienden. Si estas categorías fueran adecuadas, habría consenso sobre qué son los populismos, pero no lo hay, de tal manera que, ante la diversidad que se presenta para su estudio, la sospecha sobre su utilidad, sigue siendo pertinente. La clave de mi argumentación está precisamente en la no comprensión de lo que quieren conocer o controlar.
La exclusión de todo lo que supone el populismo, según esta mirada excluyente y excluidora, es un modo de asegurarse la reproducción de sus intereses.
Como el populismo es principalmente una impugnación reactiva al modo de gestión de lo social de la democracia liberal, no hay otro ámbito que posea la importancia del ámbito político. El eje, siguiendo a Gramsci, es por la disputa de hegemonía, que no significa que sea revolucionario. El populismo puede auto titularse revolucionario y en un aspecto lo es, pero en otro es reformista. El famoso debate del porque el peronismo nunca se planteó una reforma de la tenencia de la tierra, en un país rico en extensiones fértiles, productor de alimentos para la exportación, es una clave para entender hasta qué punto el populismo es revolucionario en los términos de Gramsci y de todo el campo marxista.
La mirada hegemónica de la democracia liberal difícilmente pueda entender con sus categorías académicas una realidad que es ajena y que es producto de un modo de mirar el mundo demasiado sobrecargado de representaciones inadecuadas. La mirada europea y racionalizadora cartesiana parte de sí misma en un solipsismo que no parece muy adecuado para comprender el cosmos totalizándolo a su marco de referencia sin comprender que este marco solo es uno más entre todos los marcos de referencia que habitan el mundo.
Desde esta mirada reduccionista, según Laclau, se habla del populismo definiéndolo como un sistema y/o una ideología etc., vago, indeterminado, difícil de comprender y de definir y, por otro lado, como un relato demagógico. Cabe decir al respecto, que cualquier sistema social y/o político; cualquier análisis que pretenda dilucidar algunas cuestiones que hacen a nuestra vida como ciudadanos/as, consumidores/as, sujetos de derecho, etc., no puede prescindir de una retórica propia; debe imperiosamente instituir un discurso.
…la retórica no es algo epifenoménico respecto de una estructura conceptual autodefinida, ya que ninguna estructura conceptual encuentra su cohesión interna sin apelar a recursos teóricos. Si esto fuera así, la conclusión sería que el populismo es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica de lo político como tal. (Laclau 2005:91)
La retórica adquiere en el caso del populismo, y en el peronismo se expresa de una manera muy evidente, un lugar primordial porque no apela a la razón de las personas sino a sus emociones. La democracia racional moderna y liberal pretende sostenerse en el hecho de que los seres humanos somos seres racionales que solemos evaluar el costo y el beneficio que nos traen nuestras acciones. Para la mentalidad liberal ortodoxa, las personas somos seres egoístas que solo perseguimos nuestro interés, y así persiguiéndolo, beneficiamos a toda la sociedad. Este es un aserto fundado en los inicios de la modernidad que nunca tuvo su correlato empírico, antes bien, las investigaciones sociológicas y antropológicas indican lo contrario; es el principio de solidaridad antes que el de competencia el que funda la sociabilidad. Extenderme en esta cuestión, se apartaría de lo estricto de este trabajo.
Los populismos no apelan como sí lo hace el liberalismo y el materialismo histórico a una razón y menos a una razón ilustrada y por ello es definido como premoderno que en términos de una filosofía de la historia un poco ramplona sería la barbarie.
Los populismos apelan a la identificación emocional y pasional con un discurso que debe entenderse como acción política por lo que las personas que adhieren a ellos se sienten representados/as. Los sujetos populistas, hombres y mujeres, obtienen certeza de su identidad y de sus convicciones en la comprensión armónica y no tensionante entre la confianza al/a líder y los efectos positivos en términos de integración y justicia social que la política populista produce.
No hay, en la razón populista, una lógica cognitiva basada en las argumentaciones lógicas, hasta el contenido más racional va de la mano de poderosas pasiones. Es más, toda identificación es producto de una “investidura” afectiva, de una forma de transferencia libidinal de raíz narcisista hacia el objeto de amor. (Valdivieso 2016:56)
El populismo, como también es una retórica, utiliza su discurso como una herramienta estratégica y táctica, pero esta cualidad no es privativa de los populismos porque, como vimos, todo lo político comparte esas características. La democracia liberal también produce su discurso y su relato, el problema es que no lo reconoce. En los años del kirchnerismo, era usual que la oposición se refiriera a las argumentaciones y explicaciones del gobierno como si fuera un relato no entendiendo que, al hacerlo, proponía el propio. Esta es la clave de mi argumentación; la perspectiva liberal no logra comprender que bebe de las mismas fuentes que critica.
En segundo lugar, Laclau nos participa de su originalidad que es, tomando una idea de Jacques Lacan, la del significante vacío. Esta idea nos remite a una contradicción porque ya la idea de pensar un significante excluye al vacío. El significante puede ser desconocido o aceptar la contradicción y resolverla.
La propuesta de Laclau, de corte lacaniano, y la de Torres (2008) para comprender a los populismos, se sustentan en el concepto de significante vacío sobre todo para entender los liderazgos. La pregunta que me formulo, entonces, es ¿cómo puede un/a líder poseer una significación vacía? ¿no conforma una contradicción? Seguramente los/as lacanianos/as encontrarán una lógica en este concepto y la aplicarán a la política agudizando una mirada extremadamente psicológica a un fenómeno social y político. Este es un aporte hacia la comprensión del fenómeno.
Mi propuesta es contraria a esta mirada porque, justamente, el/a líder es el significante que completa lo que se encuentra desarticulado y en forma larvada en el pueblo. Permítaseme hacer otro ingreso en diagonal.
Un significante vacío puede ser entendido como una caja a la espera de que se llene. La complejidad de la vida social es tal que hay varias perspectivas para tratar de comprenderlas. Es posible que en un proceso de constitución de representaciones –entendidas como creencias, imágenes, etc.–exista el campo significativo en donde se insertará esa representación. Si este campo significativo articula con el de significante vacío, podemos tratarlos como sinónimos. Es el campo significativo –la caja– quien contendrá las representaciones –llenará el vacío– que hacen el mundo.
Lo que estaba vacío es llenado ahora por la significación que otorga el/a líder. Decir Perón o decir Evita significa mucho más que su nombre: Perón es “El Gran Conductor”, “El Primer Trabajador” y Evita es “La abanderada de los humildes” en donde estas tres representaciones están colmadas de significados; de tal manera que, al no ser un especialista en psicoanálisis lacaniano, no me queda muy claro la aceptación sin crítica del concepto de significante vacío. No obstante, y debido al éxito que ha tenido este concepto para comprender a los populismos, cabe la pena rescatarlo, pero sostengo que, en el núcleo conceptual y representacional de este término, anida una contradicción lo que, en ciencias sociales, solo supone un desafío más .
Más allá de esta cuestión, es interesante ver cómo una corriente psicoanalítica, ingresa en el análisis del populismo; y está muy bien que así sea porque el populismo en su versión peronista es un humanismo existencial pragmático, entendido este pragmatismo no como simplemente un utilitarismo sino como la puesta en práctica de acciones que impacten en la realidad presente , y en ese humanismo existencial hay una importante dimensión psicológica y filosófica. El problema que se le plantea a Laclau involucra una dimensión tanto metodológica como epistemológica. El campo psi, es idóneo para expresarlo de esta manera y se torna importante para un análisis social si podemos incluirlo en ese contexto. No se trata en consecuencia de un debate sobre la pertinencia de cada ciencia en su especificidad sino en ponderarla de manera tal que sea un insumo y no un problema.
Todo populismo aglutina una heterogeneidad social, lo que llamamos pueblo, cuya centralidad es muy difícil de encontrar y de definir. ¿Qué define y/o caracteriza al/os pueblo/s? El pueblo bajo, el pueblo medio, el pueblo rural, el urbano, el trabajador, el deportivo, el consumidor, el gay, el LGTB, etc. ¿son parte de un todo o pueden reclamar cada uno de ellos una especificidad tal que le permita definirse autónomamente? Ante esta diversidad, se nos hace difícil ubicar o visibilizar la centralidad.
La totalidad del populismo a partir de su extrema heterogeneidad solo puede constituirse definiendo solipsísticamente su exterior la condición de reactividad es el requisito para ello. Y una exterioridad debe ser primero porque es imposible no atender a esta dimensión. Si la búsqueda de centralidad solo se hiciera desde el interior sin contacto, sería imposible fundar una identidad porque no hay contraste. La dimensión interior, al ser prevalente, pasa desapercibida excepto en sus influencias. La dimensión exterior es lo que confirma la dimensión interior.
Si hay una totalidad que es central y que unifica cohesionando las diferencias reales existentes al interior del grupo, por oposición y reacción, queda delimitado con las mismas ambigüedades y las mismas certezas, un exterior diferente que, en el caso del peronismo, es todo lo que se define como oligarquía y gorilismo. La reacción como producto del modo de gestión social y político que expresa la democracia liberal, no solo permite una cohesión particular de un adentro, sino que, al mismo tiempo, identifica y constituye un afuera del movimiento que es el polo contrario y diferente. Las grietas, el contraste, como se puede apreciar, es el fenómeno que expresa la necesidad de la identificación de una totalidad que se define a sí misma oponiéndose a lo que no es.
Este exterior queda conformado de varias maneras con diversas lógicas; una de ellas es que también conforma su propio interior con las mismas características descriptas para lo antagónico, en donde el factor excluyente es uno de los que debemos prestarle particular atención; esto los diferencian de los populismos.
Asistimos así, entonces, a una especie de lucha en donde el bloque en el poder representado por la democracia liberal persiste en un modelo excluyente y un bloque contrahegemónico reformista que ingresa a la lid política en busca de modificar y transformar ese modelo, El eje amigo-enemigo a la manera de Carl Schmitt, está muy cerca de lo que quiero plantear.
La grieta que se menciona frecuentemente en los medios de comunicación y en las charlas ocasionales en la Argentina, no es nada más que la dicotomía que plantea el modelo demócrata liberal en su ejercicio, y los populismos, como resultado del contraste, también apelan a ella para poder identificarse lo que confirma la tesis expresada en este escrito de que los populismos tienen su origen en la democracia liberal y no en el materialismo histórico o en los fascismos. Son una reacción radicalizada a esa democracia excluyente y por eso, en un esquema marxista, responden al orden burgués. Esta posición queda debidamente esclarecida en el discurso del coronel Perón en la Bolsa de Comercio .
El modelo populista, al menos en su presentación en busca de legitimación, no pretende ser excluyente per se, sino inclusivo. Su teoría de la política social puede ser criticada por su tendencia paternalistas, asistencialista y clientelar, como toda política que se dedique a subsanar la cuestión social en un orden injusto, pero sus objetivos son inclusivos y universales. El ejemplo que mejor ilustra esta posición es la discusión clásica entre el peronismo de los años ´70 y las variedades de la izquierda de aquellos años. Permítaseme extenderme un poco.
En los años de la guerra civil española, se popularizo una canción que hoy es conocida como “Qué culpa tiene el tomate” y cuyo autor no he podido descubrir. En los años `70, tumultuosos años hay que decir, el grupo musical chileno Quilapayún la grabó y tuvo mucho éxito. En esa canción hay una frase que dice lo siguiente:
¿Cuándo querrá el Dios del cielo
que la tortilla se vuelva?
¿Que la tortilla se vuelva,
que los pobres coman pan,
y los ricos mierda, mierda?
La izquierda revolucionaria tiene como objetivo, una revolución de todas las estructuras de una sociedad; en ella, los/as pobres comerán pan y los/as ricos/as solo mierda. El populismo peronista no abona esta idea; para él, todos/as deben comer pan y nadie debe comer mierda. Quizás lo que mejor ilustre esta idea es la del pan dulce y la sidra a fin de año.
Para el peronismo, todas las mesas argentinas deben tener un pan dulce y una sidra sean ricos/as o pobres. Esta es la gran diferencia; el populismo peronista pretende incluir las tensiones sociales que devienen de un modo de producción en su sistema en donde es el estado popular quien debe mediar y arbitrar en esa tensión; nadie queda excluido/as, todos/as debemos tener el derecho de comer pan, nadie debe comer basura. Lo que sucede, y que puede ser una contradicción, es el eje dicotómico que se establece en los populismos entre ellos/as y nosotros/as que, en algunos discursos más radicalizados de los populismos, puede impugnar la idea que estoy analizando; pero digamos que, en términos generales y en el caso particular del peronismo, su idea es integradora. En todo caso, una vez que la sociedad se transforme en el ideal peronista, ya no habría más que nosotros/as: el pueblo, la patria.
El modo de dominación de la democracia liberal excluye de los beneficios que produce a la totalidad que integra el populismo. De esta manera, el contraste se hace evidente y ayuda a la identificación .
Al definir una centralidad total se producen dos cuestiones relacionadas; a) se fortalece la cohesión interna y b) se vigoriza la concepción de la exterioridad lo que supone un fortalecimiento de las tensiones entre los dos campos que quedan constituidos como antagónicos, tema esencial en la política. Se retoma aquí, la idea de Carl Schmitt.
La diada representada por la exclusión de la totalidad e inclusión en la totalidad produce, casi paradójicamente, un proceso de homogeneización de las diferencias; estas terminan constituyendo nuevas totalidades sintetizadas en los rasgos que las particularizan. Este proceso de particularización es, a la vez, maniqueo porque solo se eligen los rasgos más claros, los rasgos que más se adaptan a las representaciones tanto de las excluyentes como de las inclusivas.
Para la democracia liberal, el populismo es una demagogia, una especie de fascismo, un modo de corrupción y los populistas son haraganes, irracionales, masas conducidas por un/a líder demagógico/a y personalista, etc., y, para el populismo, la democracia liberal es excluyente, injusta, desigual, corrupta y violenta con los sectores populares. En esta tensión se inscribe, entonces, un modo de expresión política que tiene en el conflicto un punto de inflexión que llega a la catástrofe. El bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955 es un ejemplo de hasta donde pueden llegar estas tensiones. Cabe decir en este aspecto, que el uso de la violencia como modo de relación política, ha sido mucho más utilizado por las democracias liberales que por los populismos. Cuando estos son derrocados, en general, lo son por golpes de estado. Puede darse, como fue la elección del 2015 en Argentina, que sean derrotados en una elección, pero esto forma parte del modo de ser de la democracia. El régimen dictatorial que se impone de la mano de la consigna “salvemos la democracia”, no tiene reparos en fusilar, desaparecer y endeudarse llegando, como en el caso argentino, a la declaración de una guerra con una potencia bélica mundial.
Para Laclau, esta tensión se expresa en la lógica de la diferencia y la lógica de la equivalencia, “…esto significa que en el locus de la totalidad hallamos esta tensión” (2005:94) por eso considera, desde su particular mirada, que es una totalidad fallida, el sitio de una plenitud inalcanzable propio de su mirada lacaniana.
Esta mirada que, como vengo sosteniendo, proviene de una contradicción o al menos en un planteamiento confuso como es el del significante vacío y va a permitir que nuestro autor exprese que “La totalidad constituye un objeto que es a la vez imposible y necesario” con lo que, desde mi mirada más orientada por la lógica sociológica, es otra contradicción ¿Cómo puede ser necesario lo imposible? Pero Laclau me contestaría lo siguiente:
Imposible porque la tensión entre equivalencia y diferencia es, en última instancia, insuperable; necesario porque sin algún tipo de cierre, por más precario que fuera, no habría ninguna significación ni identidad. (Laclau 2005:94/5)
No obstante, nuestro autor persiste en este tema y nos dice lo siguiente:
El argumento que he desarrollado es que, en este punto, existe la posibilidad de que una diferencia, sin dejar de ser particular , asuma la representación de una totalidad inconmensurable. De esta manera, su cuerpo está dividido entre la particularidad que ella aún es y la significación más universal de la que es portadora. Esta operación por la que una particularidad asume una significación universal inconmensurable consigo misma es lo que denominamos hegemonía . Y dado que esa totalidad o universalidad encarnada es, como hemos visto, un objeto imposible, la identidad hegemónica pasa a ser algo del orden del significante vacío, trasformando su propia particularidad en el cuerpo que encarna una totalidad inalcanzable. Con esto debería quedar claro que la categoría totalidad no puede ser erradicada, pero que, como una totalidad fallida, constituye un horizonte y no un fundamento. (Laclau 2005:95)
Cabe decir, al analizar el pensamiento de Laclau que, en primer lugar; toda universalidad debe integrar las particularidades que la constituyen porque la particularidad es la forma fenoménica que se expresa y que es captable por el/ otro/a. Otro ingreso en diagonal.
El Diccionario de la RAE (DRAE) nos dice que universal es lo que pertenece o se refiere a todos los países, a todos los tiempos, a todas las personas, a todas las cosas en donde la palabra que más se repite y que mayor significado porta es “todo/a”. La universalidad, como expresión de lo universal, es una totalidad; Hegel lo llama absoluto.
Mi propuesta es plantear que la representación universal se puede usar como sinónimo de totalidad y absoluto que remitiría a una pureza primigenia ideal que es una construcción social históricamente devenida. Total expresa la sumatoria de las particularidades; cabe pensar, desde lo metodológico, como opera esta sumatoria y de que modo podemos abordarlas para conocerlas.
La totalidad es mi totalidad que es mi construcción social y, como es una representación, adopta algunos significados que se extraen, por decirlo así, del sistema representacional compartido, sede de la cosmovisión del mundo, lo que se llama, inadecuadamente , sentido común.
Lo que logra expresarse por medio del fenómeno son las particularidades que permiten definirnos y definirlos/as, y creamos la representación totalidad para significar la extrema variedad y la irreductibilidad del campo que percibimos. Continúo.
La idea de Laclau, según mi pensar, hereda parte del pensamiento hegeliano al parear absoluto con universalidad. Estas son categorías de la razón, antes que nada, ya que no hay totalidades propias, sino que son construcciones de nuestra conciencia que debe ordenar la realidad en una totalidad para entender el mundo. La rueda brahmánica, por ejemplo, no aceptaría esta idea de totalidad ya que lo único real es la dinámica cósmica en donde los seres humanos estamos atrapados en el ciclo del samsara. Por otro lado, una totalidad que sea inconmensurable no sería una totalidad pues todavía no estaría completa. Una totalidad que se precie de sí misma, no debería permitirá ninguna exclusión porque, de haberla, estaría poniendo en duda la propia universalidad. Si se me permite la metáfora, toda universalidad/totalidad debería poseer la característica que poseen los agujeros negros del espacio que succionan toda la materia que hay a su alrededor. Toda totalidad/universalidad tiende a atrapar las particularidades que flotan a su alrededor.
En la frase citada de Laclau hay, a mi entender, un atisbo de romanticismo y poesía que acerca su análisis, ahora, más al espíritu populista que a la racionalidad liberal. Nos dice el autor argentino que “Con esto debería quedar claro que la categoría totalidad no puede ser erradicada, pero que, como una totalidad fallida, constituye un horizonte y no un fundamento.” Ese “horizonte” que menciona Laclau es la utopía y la esperanza de que se puede vivir mejor y acercaría a los populismos a una mirada más próxima a las izquierdas. Quizás este romanticismo, esta poética que suponen los movimientos populares de base, hayan sido la clave para que, en los años ´70, y como efecto directo de las revoluciones cubana y vietnamita, a lo que hay que sumarle los movimientos independentistas de África y, especialmente Argelia, muchos/as jóvenes se hayan sentido atraídos/as por la mística combativa en pos de construir esta utopía. La apelación a la emocionalidad y a las pasiones, propia de los populismos, se llevan muy bien con el romanticismo alemán antes qué con el francés, más cercano a la idea de amor. El romanticismo alemán, que tiene en Schiller quizás a su máximo exponente, encuentra en la apelación a lo telúrico, a las tradiciones, a lo nacional, una clave para oponerse a la racionalidad cartesiana que descree de estas representaciones.
Es interesante el análisis que propone Laclau sobre hegemonía que la entiende como aquella particularidad que asume una significación universal que es, al mismo tiempo, inconmensurable. Cabe decir en este aspecto, que, de acuerdo a lo que se argumentó precedentemente, toda particularidad es en potencia una totalidad porque puede –recalco esta palabra– tender hacia ella, pero de ninguna manera es imposible.
La hegemonía que logra el populismo no es, entonces, vía el significante vacío como nos propone seductoramente Ernesto Laclau, al que se le debe agradecer su clásico estudio, sino a la integración a un sistema orientado por el imperativo de la justicia social.
Según mis argumentos, que obviamente habrá que discutir, no hay totalidad fallida porque también comporta una contradicción semántica; si es una totalidad es porque no falló.
Lo que hay, entonces, es un modo diferente de organización de las tensiones sociales que devienen de un modo de producción que tiene dos factores que, organizados al modo capitalista, son opuestos, y ellos son el capital y el trabajo. El orden liberal exagera al pretender que estos dos factores, uno más importante que el otro, se relacionen sin ningún tipo de intervención –el laissez faire– en un supuesto mercado libre.
La totalidad que presenta el populismo, tampoco es un horizonte, sino que, por el contrario, es un fundamento. Este fundamento se arraiga en un humanismo existencial pragmático que el populismo latinoamericano porta como característica singular. Veamos un poco.
Todo populismo, por caso el peronismo, es un humanismo, incluso un personalismo, ya que el sujeto de su programa de gobierno es la persona humana, tal como reza la encíclica Rerum novarum del papa León XIII de 1891.
De acuerdo a los antecedentes bibliográficos leídos para este trabajo, se comprueba la relación entre el derecho laboral justicialista y esta encíclica (Shinzato 2015). La fuente de preocupación y de legitimidad para el peronismo, está dada por la persona del/a trabajador/a que, en virtud de haber sido explotado/a por la oligarquía, debe ser integrado al orden populista.
La política social que se impone desde el estado social populista, no ubica a la clase como sujeto histórico sino a la persona, al ciudadano y a la ciudadana en su condición de trabajadores/as. En la constitución social de 1949 se deja bien claro esta condición en el Capítulo III “Derechos del trabajador, la familia, de la ancianidad, de la educación y cultura”. Para sostener mi argumentación, solo ejemplificaré con los siguientes artículos para dar una idea del porque sostengo que es un humanismo. Leyendo todo el Capítulo III, se tendrá mayor conciencia de lo que propuso el constitucionalismo social del Dr. Arturo Sampay.
I. - DEL TRABAJADOR
1.-Derecho de trabajar. -
El trabajo es el medio indispensable para satisfacer las necesidades espirituales y materiales del individuo y de la comunidad, la causa de todas las conquistas de la civilización y el fundamento de la prosperidad general; de ahí que el derecho de trabajar debe ser protegido por la sociedad, considerándolo con la dignidad que merece y proveyendo ocupación a quien la necesite.
6. - Derecho al bienestar. –
El derecho de los trabajadores al bienestar, cuya expresión mínima se concreta en la posibilidad de disponer de vivienda, indumentaria y alimentación adecuadas, de satisfacer sin angustias sus necesidades y las de su familia en forma que les permita trabajar con satisfacción, descansar libres de preocupaciones y gozar mesuradamente de expansiones espirituales y materiales, impone la necesidad social de elevar el nivel de vida y de trabajo con los recursos directos e indirectos que permita el desenvolvimiento económico.
También es existencial porque al populismo le preocupa la vida de las personas, y la vida se expresa como un modo de existencia; este mismo constitucionalismo social, centrará en el bienestar existencial de las personas, un punto central de su doctrina. Volviendo al ejemplo del pan dulce y la sidra, el peronismo de los años `40 y ´50, con sus centros deportivos, sus escuelas, sus hogares de ancianos, etc., se preocupaba en dotar de bienestar la vida de las personas. La fundación social Eva Perón, fue el modo de implementación que eligió, y si bien se pueden aceptar muchas críticas sobre favoritismo, clientelismo incluso de la obligación de todos/as los/as trabajadores/as de pagar un arancel para financiar estos programas, sean peronistas o no, no impugna mi argumento sobre su mirada existencial.
Y finalmente es un pragmatismo porque espera resultados hoy. No configura un mañana utópico como la propuesta marxista –la sociedad comunista sin clases– ni un mañana mejor a partir del sacrificio de hoy como la “teoría del derrame”. El populismo peronista plantea la satisfacción de las necesidades básicas históricamente postergadas para las clases populares hoy. En este sentido, el peronismo puede ser entendido como un presentismo, un coyunturalismo sin que por ello se le niegue sus planes a mediado plazo –los Planes Quinquenales– o a largo plazo.
Finalmente, el pensamiento de Ernesto Laclau sobre la Razón Populista (2005), contiene otra vez, una contradicción ya que razón y populismo nos remite al mundo de la modernidad.
Los populismos se originan como una reacción a esa modernidad que los excluye, pero Laclau pretende incluirlos en ella porque no se anima, es mi idea, a romper con la idea de la razón.
Los populismos, tal como se entienden en este trabajo, son otra cosa que esa modernidad liberal, posiblemente sean un desprendimiento de ella ya que, como reacción antimoderna a la modernidad liberal, la impugna.
Me gusta pensar, para terminar con esta parte del trabajo, que los populismos proponen otro modo de pensar la realidad social y política de un país o incluso de un continente.
Son la expresión de las bases populares que tienen su propio proyecto de futuro, su propia utopía, y todos/a sabemos que la racionalidad liberal abjura de cualquier forma de utopía y por ello, digo yo, los populismos no son especialmente modernos sin por ello ser posmodernos ni antimodernos. Esta es otra de las características que dificulta su análisis.
6. Pueblo y anti pueblo
Los populismos, tal como se viene viendo, sostienen que la organización social es conflictiva sin que por ello abonen la idea de la lucha de clases. Si entendemos a los populismos como una respuesta reactiva al modo de gestión de la democracia liberal quien produce exclusión y marginación de una porción numerosa de la sociedad, va de suyo que se entiende con una evidencia importante, un antagonismo radical en la sociedad que se establece, de la mano de esa evidencia, en la línea bipolar de ellos/as-nosotros/as en donde ellos/as son los que detentan el poder y son los/as responsables de la exclusión marginadora.
El populismo politiza las humillaciones cotidianas a la que son sometida estas poblaciones transformando los estigmas, con que son nombrados para ser administrados por las agencias estatales y no gubernamentales, en fuentes de dignidad. El populismo hace que estos sujetos utilizados por la administración del Estado dejen de ser meros receptores de ayuda administrativa y que se conviertan en comunidades con características morales superiores. Los marginados, los informales, los invasores, los pobres se transforman en el pueblo, la nación, la verdadera patria. (De la Torre 2008:40)
En la constitución de los populismos, ellos/as terminarán siendo los/as enemigos/as del pueblo cuestión que no se apoya exclusivamente en la comprobación de una oposición económica, social y cultural de los diferentes intereses que poseen cada una de estas posiciones en el eje dicotómico que se mencionó, sino que, además, intervienen factores culturales y psicológicos que profundizan esa dicotomía y que terminan resultando en la brecha/grieta que enemista a estos dos sectores. Rosanvallón, ve claramente esta cuestión:
Tiene, además, una dimensión instintiva basada en la captación de una distancia, de un desprecio, de una falta de empatía. Los movimientos populares subrayan la fuerza de los afectos en la movilización política y en la constitución del sentimiento de que existen mundos extraños que salen a la superficie y que trazan barreras insalvables entre “ellos” y “nosotros”. La falta de humanidad de la “casta”, la “élite” o la “oligarquía” justifica el odio que es legítimo manifestarle: se entiende que se han escindido, social y moralmente, del mundo en común. (Rosanvallón 2020:36)
Los sectores populares, advierten con su conciencia madurada en la movilización, que la élite los desprecia por ser lo que son, y advierten, en virtud de ese mismo proceso de maduración, que la situación de pobreza y de exclusión es debido a la responsabilidad de esa misma élite que justifica la posesión de sus privilegios por un mérito inexistente o por razones de herencia. Hay una frase atribuida a Miguel Cané, mencionada por José Pablo Feinmann en su libro ya citado sobre los nuevos ricos provenientes de la inmigración que quieren comprar tierras para pertenecer a la aristocracia agrícola-ganadera: “las estancias no se compran, se heredan”.
En este mismo sentido cabe señalar, en lo que respecta a nuestro país, las divisiones y conflictos internos que se han dado durante el período posterior a la independencia ejemplificado en las luchas entre la facción unitaria y la facción federal.
El Partido Unitario, estandarte de un ideario liberal en lo económico y conservador centralista en lo político, no veía con buenos ojos la democratización de la sociedad. Para ellos/as, todo lo que se refiriera al pueblo –concepto que no era el que tenemos hoy día– podía ser peligroso. No se debe olvidar que, en los años posteriores a la colonia, persistió una situación similar al orden colonial en el sentido de las diferencias sociales.
El pueblo era el bajo pueblo en donde confluían las castas que eran categorizaciones raciales organizadas en un sistema que iban desde el negro puro al blanco puro pasando por mulatos, zambos (mezclas de indios/as y negros/as), tercerones, cuarterones, etc. El concepto de pueblo era más parecido al de vulgus y plebs que a populus y la élite compartía, como lo habían hecho los/as romanos/as en la antigüedad, la desconfianza con ese sector social. Como se puede apreciar, en este aspecto, no hay nada novedoso.
Esta situación se fue tornando cada vez más profunda con las luchas de la independencia ya que la mayoría de las tropas patrióticas se conformaban con personas pertenecientes al pueblo llegando incluso a nombrarlos oficiales de regimientos. Será con Artigas y su Liga de los Pueblos Libres, también conocida como Liga Federal o Unión de los Pueblos Libres, en donde el pueblo logró mayor consideración.
Un lugarteniente de Artigas, Andrés Guacurarí o Guasurarí, conocido como el comandante “Andresito”, indio de origen guaraní, llegó a ser gobernador de Corrientes. Debemos imaginar el terror de las damas y de la gente de “bien” de las ciudades si estas eran gobernadas por las personas del pueblo. Como se dijo, la idea de democracia que se sustentaba en aquellos años posteriores a la independencia, parecía más acorde al temor de Tocqueville que al que tenemos hoy día.
Será hacia 1830, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, quien contaba con el apoyo popular de Buenos Aires, sobre todo en la campaña, que el temor al pueblo se fortaleció, ahora, de la mano de un grupo de intelectuales, liderados por Esteban Echeverría que se conocerá como la Generación del ´37.
Este grupo de pensadores entre los que se contaba el mismo Echeverría junto a Vicente Fidel López, Juan Bautista Alberdi a los que se le acercarían otros jóvenes unitarios como Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, dieron sustento a este temor al identificar al pueblo con la barbarie, y al liberalismo unitario, con las características mencionadas, como civilización.
El grupo combinaba la admiración por las ideas progresivas y democráticas europeas con un marcado escepticismo respecto de la capacidad de las clases bajas criollas de estar a la altura de ellas. Se proclamaban democráticos, pero al mismo tiempo pidieron la supresión o limitación del sufragio universal, ya que para ellos el bajo pueblo aún no estaba preparado para ejercer la ciudadanía…Creían en la necesidad de una tutela intelectual sobre la vida política, en la “soberanía de la Razón” que no era otra cosa que el gobierno de los capaces. (Adamosvsky 2020:90)
Se instalaría en lo que sería Argentina, una cuestión que trascendería esa época histórica hasta llegar a nuestros días.
Escuchando algunos discursos proferidos por algunos/as dirigentes liberales y conservadores en el siglo XX y también en el XXI, creo encontrar ciertos ecos de la generación del ´37 y en estos últimos, de los patricios romanos de la época de Cornelio Tácito. Hay ciertos discursos planteados por legisladores y legisladoras, pero sobre todo en los medios masivos de comunicación, en donde esta cuestión queda claramente trazada cuando se refieren a las movilizaciones populares de las organizaciones de base más conocida como “piqueteros/as” en ocasión de algunos planteos reivindicativos. En estos discursos se suelen escuchar frases como “dejaron la ciudad hecha una mugre” o “comen en la calle y juegan a la pelota”, “detienen el tráfico para la gente que sí quiere ir a trabajar”, etc., lo que indica, según mi mirada, cierto desprecio por todo lo que es popular y su forma de manifestarse.
Los populismos con su particular retórica, ponen de manifiesto las tensiones propias de la sociedad que se ha establecido por un orden económico que precisa de un orden político para imponerse. No hay nada de natural, entonces, en un supuesto libre mercado sino tan solo un modo de organizar la producción de mercancías que precisa de la producción de desigualdades para funcionar. Los populismos logran develar esta cuestión sin el correlato revolucionario del marxismo.
Para llevar adelante su propuesta inclusiva y la justicia social, los populismos se sostienen en un concepto de pueblo que es el de populus, es decir, un agregado de personas dotadas de derechos políticos que son los/as ciudadanos/as de un estado, y son, al mismo tiempo, la base soberana en donde reside el poder. Lo que se opone en forma contrastante a esa base, es el antipueblo que es una de las denominaciones de la élite.
Para el liberalismo no hay ni pueblo ni antipueblo, sino que estos son conceptos abstractos y lo único que hay es un individuo libre que se relaciona en un mercado en donde produce e intercambia productos, y, para el marxismo, lo que hay es una lucha de clases en donde una es explotada por la otra.
Los populismos, por su parte, reconocen parte de los dos argumentos haciendo hincapié en que sí hay un antipueblo que se materializa en una oligarquía que solo persigue la reproducción de sus intereses. Al contrario del marxismo, no propone una revolución de todas las estructuras sociales sino la reforma profunda del sistema de explotación.
Los populismos, no pueden pensarse y comprenderse sino desde la dicotomía pueblo-elite. Los populismos querrán integrar la dicotomía e intervenir para que no se desmadre.
7. Rituales y ceremonias
En toda democracia representativa debe haber alguna apelación al pueblo como criterio legitimador, aunque la definición de pueblo no sea todo lo concreto que exige la academia y se apele más a su forma simbólica que, como ya se dijo, no lo es tanto porque finalmente todos los pueblos se materializan en su acción y en su producción.
Los aspectos simbólicos de los pueblos, se refieren a la producción de ritos y ceremonias, además de sus producciones culturales –folklóricas en su acepción antropológica– que cohesionan al movimiento dotándolo de identidad.
Si hay un sistema que excluye y estigmatiza a la mayoría de las personas, estas, por reflejo quizás por instinto de supervivencia, intentarán resistirse a ese sistema como modo de autodefensa. Los rituales populistas y la encarnación de sus ideas en sus líderes carismáticos/as cumplen esta función.
La tradición populista (rituales + ceremonias) son una herramienta unificadora que provee identidad conformando un círculo virtuoso. Estos rituales y ceremonias, en el caso del peronismo, reclaman su propio espacio que es la Plaza de Mayo en primer lugar y solo durante el kirchnerismo el obelisco y la avenida 9 de Julio –ocasión del bicentenario de la Revolución de Mayo 2010–.
El abordaje académico clásico sobre los populismos no ha llegado a comprender cabalmente la importancia de los ritos, las ceremonias y las tradiciones populistas. Encerrados en su esquema racional y en los ejemplos europeos, entienden que las movilizaciones festivas de los populismos son expresiones un poco bárbaras y manipuladas por los caudillos locales sin reconocer su profundo significado orgánico y mecánico en los términos de Durkheim.
Cuando una Unidad Básica de un territorio concurre a un acto organizado por el peronismo, por ejemplo, cualquier 17 de octubre de cualquier año post 1945, excepto durante la proscripción (1955-1973), lo hace siguiendo una especie de protocolo no escrito que se ha consolidado en la práctica.
La elaboración de banderas y pancartas se organiza minuciosamente porque competirán, por decir así, con las otras banderas y pancartas de otras Unidades Básicas ya sea del mismo distrito o de otros que concurrirán a la misma fiesta y en el mismo lugar. Esta es una especie de competencia por mostrarse más leal al/a líder o al partido presentando la bandera más grande, la más colorida o las pancartas más claras, la más ingeniosa, etc. Es, si se me permite la exageración, una especie de lid interna que pone de manifiesto las subjetividades y las identidades dentro del propio partido-movimiento reflejando, al igual que las elecciones internas para dirimir las posiciones de autoridad y los cargos, la heterogeneidad social y política dentro del mismo partido.
Estos rituales, como todo rito, dice mucho más que su escenificación y son un indicador de la vitalidad y de la organización del partido que contradice la mirada que intenta probar que los populismos, en este caso el peronismo, no cuentan con organización y que sus seguidores son meros instrumentos de los/as líderes. Son, asimismo, un modo directo de comunicación entre los/líderes y sus seguidores/as, característica de los populismos.
La participación en la fiesta populista, por llamarla de alguna manera, es un complejo dispositivo cultural y político que no puede ser abordado de forma sencilla. Amerita, para comprenderlo, de un análisis sofisticado y no alcanza con desprestigiarlo creyendo que las centenas de miles de personas que se movilizan viajando incluso muchos kilómetros lo hacen porque recibirán un choripán y una Coca Cola gratis. Justificar de este modo y con esta frase la fantástica movilización de recursos –colectivos alquilados, camiones, equipo de sonido, provisión de primeros auxilios, seguridad interna, etc.– es un indicador del desconocimiento y de la mirada peyorativa que aquí se critica.
La adhesión y la lealtad al/a líder y al partido se expresa en los cánticos que en Argentina suelen ser muy creativos produciéndose una especie de contrapunto entre el discurso de los oradores/as y la respuesta de la multitud. Se combina en esta experiencia política dos fenómenos de la cultura popular argentina como el carnaval y el ritualismo futbolero. Los bombos, los redoblantes, las trompetas y la voz de las personas, se armonizan para expresar lo que se quiere expresar enmarcados en la tradición carnavalesca y futbolera propia de la Argentina. La entonación de la Marcha Peronista y del Himno Nacional, viene a ser el momento culminante del acto y todos/as sabemos que en algún momento sucederá.
En estos actos se puede observar, también, lo que en el peronismo se conoce como trasvasamiento generacional que es una articulación interetaria entre diferentes generaciones de militantes. Las diferentes generaciones se reconocen como parte integrante de un mismo colectivo que comparte no solo la doctrina sino también las tradiciones, y esta articulación se da porque todos/as conocen “la marchita” y la cantan con el mismo énfasis. Este es el aspecto ritual de la fiesta.
Todo rito (Turner 1980) supone una transformación en donde uno/a deja de ser lo que es para ser otro/a y por eso este antropólogo dice que todo rito es un rito de paso; hay una transformación simbólica, una transformación cualitativa en su aspecto ontológico.
Si bien en los rituales peronistas no se cumple con la condición de liminaridad presente en otros ritos, todos/as aquellos/as que participan de la fiesta peronista, son agregados/as al movimiento así no se afilien al partido.
El rito se patentiza, según mi mirada, en la integración al movimiento y la clave para entender este rito es la entonación de la Marcha Peronista cantada en grupo.
Para formar parte de la ceremonia, hay que tener un acercamiento previo motu proprio o formar parte de una familia peronista, es decir, tener un padre o una madre, un tío, una tía etc., que desde chico instruye, por decir así, en la doctrina. En este aspecto, la adscripción peronista en particular, y desde su aspecto emocional, puede ser parecida a la adscripción futbolística (Raanan 2015). El fútbol, institucionalizado como fiesta en tiempos anteriores, como la política después del gobierno justicialista de 1946-1955, son dos pasiones que caracterizan a los/as argentinos/as así que no nos debe asombrar que haya cruce entre ellos, y si a lo dicho le sumamos la puesta en escena del carnaval, con sus bombos y sus saltos, tenemos los ingredientes básicos de la fiesta peronista.
Esta fiesta es un proceso social que se da de forma natural, si se acepta esta contradicción, en las familias que no quita que existan otros/as parientes y otros/as allegados/as que también participen en esta operatoria. Luego, cuando se es adolescente, el grupo de pares amigos y amigas, incluso algún personaje significante, contribuyen para que se vaya fijando la doctrina y el sentimiento de pertenencia, de tal manear que la identificación peronista, al contrario de lo que sucede en otros populismos, es un fenómeno también de origen familiar que puede explicar el porqué de su permanencia en el tiempo y que nos puede dar la clave para entender su persistencia. Hay una frase clásica que decían los peronistas “de antes” que nos puede ayudar a entender lo que quiero significar: “Yo de política no sé nada, yo soy peronista”.
Cabe decir que, en esta transferencia generacional, se halla mucho de su organización contradiciendo las posturas antiperonistas sobre su falta de organización que no pueden comprender la importancia de las emociones y de las pasiones en la configuración de la identidad social.
Los populismos en general, y el peronismo en particular, sostienen mucho de su mística en estos procesos y le ha permitido al movimiento existir aun tras la feroz persecución de la que ha sido objeto post 1955. No se encuentran ejemplos en la historia argentina que se acerquen al Decreto Ley 4161/56 donde se prohibía hasta el nombre de Perón y de Evita. En este aspecto, cabe señalar la experiencia de La Resistencia Peronista que, si bien hoy en día se encuentra un poco olvidada, fungió como una amalgama que permitió sostener la esperanza en la vuelta del líder exilado y es una muestra más de su organización.
Uno de los momentos culminantes del rito que se está describiendo, se encuentra en la entonación colectiva de la “marchita”. Es en ese momento, en donde uno/a se encuentra rodeado de compañeros/as saltando en una plaza, que se siente parte integrante de una totalidad que lo incluye tal como es y que solo le exige lealtad. Saberse la “marchita” completa, es sinónimo de haber cumplido los requisitos para ser incluido/a en el movimiento como compañero/a. Obviamente, en el caso de los/as militantes que llegarán a ser cuadros dirigentes del partido, habrá otras labores que se deberán realizar como pegar carteles, confeccionar banderas y pancartas, afiliar a otros/as, etc., pero, para el caso que nos ocupa, es la movilización popular del 17 de octubre o del 1 de mayo, la ocasión de formar parte de la totalidad peronista. Desde esta argumentación, queda claro que el significante está “lleno” y no vacío como propone Laclau.
En los últimos años, se ha dado un fenómeno diferente al que estoy mencionando y es que muchos/as jóvenes descreídos/as de la política por ser testigos de ciertos fracasos, sobre todo del llamado neopopulismo, se han sentidos/as convocados/as a la participación política dentro del peronismo por la influencia de una figura preponderante como fue el presidente Néstor Kirchner. Aquí se puede apreciar otro modo de ingresar al movimiento que no excluye la pasión y la emoción ni tampoco un aspecto racional.
Con el kirchnerismo, el movimiento peronista se transforma sin dejar de ser lo que siempre fue y es, a la vez, un signo de su vitalidad. Quizás, los militantes más jóvenes no tengan parientes que los hayan introducido en la doctrina, sino que se sintieron convocados/as a un proceso de transformación en virtud de una adhesión a una figura que los convoco y que fueron, tal como se está sosteniendo, figuras carismáticas como Néstor y Cristina. Vemos aquí, la importancia de los liderazgos carismáticos como fuente del poder legítimo (Weber) en los populismos.
Como se puede apreciar, la movilización peronista, entendida desde los populismos, no es una movilización por azar o manipulada por la demagogia, sino que responde a un complejo entramado muy difícil de discernir en su profundidad. Cada uno/a de los/as participantes encuentra en su participación un sentido que los/as provee de identidad y de cohesión que transforma a esa multitud en una especie de fratría.
Se diluyen, aunque sea solo para esa ocasión, ciertas barreras de clase y de ingresos, y en la entonación de los cantos se reconocen como formando parte de una totalización los/as estudiantes universitarios/as, los/as del secundario, los/as trabajadores/as de los diversos sindicatos, los/as dirigentes y los/as militantes. Esa totalización a la que aludo es el pueblo peronista que, en estas ocasiones se patentiza en esas multitudes. Cabe decir, también, que no es extraño que, en estas fiestas, concurran curiosos/as que quieren conocer este fenómeno de cultura popular.
Calificar de bárbaro o de torpe, incluso de masa manipulada a una movilización de este estilo que pude congregar a cientos de miles de personas, es no entender el acontecimiento, pero esto es lo que sucede muchas veces cuando los populismos son analizados desde perspectivas que no pueden superar su subjetividad.
Los rituales políticos, además de lo expresado, producen sentimiento de solidaridad y fraternidad entre los/as participantes y son marcadores de identidad y de adhesión, pero también son, hay que decirlo, aprovechados para la lucha electoral.
En épocas de elecciones, solemos asistir a estos espectáculos que no son exclusivos de los partidos populistas. En el caso de nuestro país, solo la U.C.R podría organizar movilizaciones que se compararan con el peronismo. Otros partidos, como el PRO o la Coalición Cívica, no cuentan con tantos partidarios y prefieren realizar sus actos en clubes o en teatros; y la izquierda, si bien logra organizar actos multitudinarios, no logran convocar a muchas personas y que son, en general, militantes, pero de ninguna manera quiero impugnar o desmerecer a estas organizaciones políticas que también se sienten convocadas por una pasión y una emoción, aunque no del grado del peronismo. La U.C.R y la izquierda, apelan más a la razón que a la emoción y rara vez se escucha el canto de la Marcha Radical o de la Internacional en esas movilizaciones.
En los últimos años del siglo XX, la Argentina, en especial las grandes ciudades de la república, han sido testigo de masivas movilizaciones de trabajadores/as desempleados/as, de jubilados/as, de mujeres que luchan por sus derechos, de asociaciones LGTB, etc. Cada una de estas movilizaciones comparte algunas de las características reseñadas, pero, salvo el caso de los movimientos LGTB y de las mujeres, difícilmente puedan ser consideradas una fiesta.
Las movilizaciones piqueteras, la de los jubilados/as, las de izquierda, parecen reducirse a la manifestación de reivindicaciones políticas casi en su totalidad. Si bien aparece una performance similar, esta performance dista de la fiesta popular carnavalesca como la del peronismo y de las agrupaciones LGTB. En las movilizaciones piqueteras, ocasionalmente se canta el Himno Nacional y no hay ninguna canción propia. Cabe pensar que la concurrencia de algunos de sus simpatizantes lo es por obligación y manipulación de los/as líderes ya que, a tono con la política clientelar, son conminados/as a concurrir a riesgo de perder el beneficio. No hay, sostengo y quizás con error, una verdadera adhesión al movimiento sino una necesidad. En cambio, en el peronismo, en los movimientos LGTB, en los movimientos feministas y también en las movilizaciones de la izquierda, sí podemos encontrar motivos ideológicos que motiven la concurrencia y su performance es muy similar: cánticos, disfraces –sobre todo en las movilizaciones LGTB– bombos, pancartas individuales antes que organizacionales, etc., indican que hay mucho de fiesta y de reclamos políticos.
Los populismos no pueden ser comprendidos sin sus ritos y sus movilizaciones y estas le proveen, junto con la doctrina y los beneficios que están expresados por la asignación de derechos, una capacidad de cohesión y de identidad que es difícil de comparar con otros movimientos políticos.
En este aspecto, quizás los movimientos revolucionarios como el francés de 1789, el bolchevique, el cubano, el sandinista, con sus propias particularidades, pueden ser estudiados con el mismo método.
8. Surgimiento de las demandas
Una de las cuestiones más trascendentales que se nos presenta al pensar los populismos es conocer o definir, siempre que sea metodológicamente posible, su unidad de análisis. La tradición piensa que esa unidad es el pueblo.
Lo que debemos considerar en primera instancia es si el pueblo existe ex ante del populismo o este es una de las formas de constituirlo lo que remite a una cuestión clásica en sus estudios: ¿es el/a líder quien crea el movimiento populista o este existe en forma larvada a la espera de una figura que lo catalice? Germani y Laclau tienen sus propuestas ya discutida en este trabajo.
Si aceptamos la primera opción, el pueblo ya está constituido y el populismo viene a ser una expresión de ese pueblo o un epifenómeno; el populismo, según esta acepción, es una producción originada en esa constitución primigenia históricamente determinada. El populismo se configura ex post del pueblo y es su reflejo más o menos simétrico. El/a líder populista es tenido como la totalidad, es el Uno-pueblo.
Como epifenómeno, es resultado de un origen que, en nuestro caso, es la emergencia del pueblo, pero si aceptamos la segunda opción, el pueblo, no ya como una agrupación de personas relacionadas por algunos tipos de lazos sociales sino como actor cívico e histórico, es constituido desde arriba por un poder político.
El pueblo se encontraría en forma larvada o subsumido bajo la dominación de la élite en el poder sin contar con una identificación y sin tener conciencia de qué es.
La aglutinación de baja densidad estaría dada por el lenguaje utilizado por las clases bajas, ciertas prácticas compartidas en relación a los protocolos sociales comunitarios V.g. comidas, bailes, canciones, etc., pero que no serían lo suficientemente fuertes para otorgar cohesión social y sentido de pertenencia. El/a líder, por la fuerza de su carisma, lograría forzar el paso históricamente necesario y producir la sinergia que permita eclosionar lo que se encuentra larvado. El/a líder estimularía lo que se encuentra dormido. Es su catalizador.
Habría un momento decisivo, que se expresa generalmente en una fecha –14 de julio de 1789, 17 de octubre de 1945, etc.– en donde estas fuerzas larvadas encuentran los cauces para expresarse. Se produce el acontecimiento en términos de Badiou (2003)
La posición que más me satisface es la de considerar estas dos opciones como extremos de una línea, es decir, que el pueblo, tiene una existencia previa a su institucionalización política y que el populismo la confirma y la fortalece. La clave está en la conciencia que tiene el pueblo de que es pueblo y no un rejunte de relaciones.
Podemos pensar en este aspecto que, al igual que la nación, el pueblo comienza a constituirse a partir de sus propias expresiones como el lenguaje, sus creencias, sus tradiciones, sus artes, etc. Hablar el mismo idioma, comer las mismas comidas, cantar las mismas canciones, creer en los mismos dioses, es una de las formas en que se estructura una conciencia. Compartir estos saberes, ha posibilitado la identificación social específica del grupo que se está constituyendo. La toma de conciencia de que se es parte de algo común, es el corolario necesario de todo este proceso.
Tempranamente en la historia de la humanidad, y debido muy probablemente a la producción de excedentes alimenticios en primer lugar y de todo tipo en segundo, los grupos humanos comenzaron a organizarse para la distribución de esos excedentes. Habría sucedido que algunos miembros del grupo, por sus propias características y cualidades, se habrían apropiado, con el consenso de todo el grupo, de porciones mayores de esos excedentes conformando estratos que se situaban por encima de todos/as. Pensemos que los/s mejores cazadores/as, los/as mejores rastreadores/as, los/as mejores recolectores/as, etc., se distinguían por sus habilidades que beneficiaban al grupo en total. Sin la participación de estas personas, la comunidad no habría alcanzado a producir excedentes. Esta situación se habría trasladado a sus parientes más cercanos ya sea la familia, el clan, el linaje, etc., madurando hacia una especie de élite que se diferenció de los demás. Luego la conformación de alianzas vía matrimonio, los fortaleció.
A partir de estas condiciones, prontamente todos/as en la comunidad percibieron claramente la existencia de una diferencia construida y no natural –aunque después se la justificara apelando a entidades supranaturales– que separaba a unos/as de otros/as.
Como bien sabemos a partir de lo que nos enseña la historia universal, las élites se fueron apropiando cada vez de más porciones del excedente justificándose en supuestas condiciones superiores, méritos o directamente por al derecho de conquista. El excelente y clásico trabajo de investigación de Karl Polanyi titulado La Gran Transformación, nos cuenta como se dio este paso para Occidente.
Lo que nos debe interesar para este trabajo, es comprender como ese pueblo que se diferenció tempranamente de las élites que conformaron el bloque de poder –según la terminología de Gramsci– comenzó hacia fines del siglo XVIII en Europa, a tomar conciencia de su condición y de su importancia para la sociedad. La formulación de demandas legítimas, aunque no legales, cuyo objetivo fue la de mejorar su condición social que se expresaba en hacinamiento, pobreza explotación, ausencia de justicia, etc., fue el modo en que ese pueblo –del que estaban exceptuados los/as esclavos/as– se hizo escuchar. Ese pueblo que toma la Bastilla en 1789, ya no pedía alimentos, sino que los exigía. Se pasa, entonces, de la petición al reclamo, y este paso es posible por la toma de conciencia que esas personas fueron adquiriendo debido a su situación existencial. Si bien hasta el siglo XVIII había diferenciación social y jerarquías, con la Gran Transformación que nos cuenta Polanyi, estas diferencias se hicieron más patentes y menos justificables.
Laclau nos presenta, en este aspecto, una idea de cómo se fueron articulando estas demandas en el Tercer Mundo:
Pensemos en una gran masa de migrantes agrarios que se ha establecido en las villas miseria ubicadas en las afueras de una ciudad industrial en desarrollo. Surgen problemas de vivienda, y el grupo de personas afectadas pide a las autoridades locales algún tipo de solución. Aquí tenemos una demanda que, inicialmente tal vez sea solo una petición . Si la demanda es satisfecha, allí termina el problema; pero si no lo es, la gente puede comenzar a percibir que los vecinos tienen otras demandas igualmente insatisfechas –problemas de agua, salud, educación, etcétera–. Si la situación permanece igual por un determinado tiempo, habrá una acumulación de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del sistema institucional para absorberlas de un modo diferencial (cada una de manera separada de las otras) y esto establece entre ellas una relación eauivalencial . El resultado fácilmente podría ser, si no es interrumpido por factores externos, el surgimiento de un abismo cada vez mayor que separe al sistema institucional de la población. (Laclau 2005:98/9)
Los problemas que surgen y que nos comenta Laclau, son producto de la desigualdad inherente propia de la democracia liberal que se constituyó a posteriori de la Gran Transformación. La literatura sociológica y política la definirá como la “cuestión social” (Castel 1995).
La producción de problemas sociales devenidas de la cuestión social sumada a la alfabetización de las masas populares debido a la expansión del conocimiento formal, vigorizarán una particular toma de conciencia que ya en el siglo XIX, y en virtud de la organización del proletariado, se transformará en una lucha política por el poder. Las tímidas peticiones al rey por comida y por seguridad, se irán radicalizando hasta producir la revolución política y social como fue el caso de Francia. Esta experiencia tuvo profundas consecuencias históricas para el orden político internacional.
Si el orden liberal responde a estas demandas, deja de ser liberal y se transforma en otra cosa ya que el liberalismo capitalista es productor de desigualdades. El populismo pretende, y a veces lo consigue, nivelar la balanza de la desigualdad y de la inequidad a partir de la respuesta que da a las demandas que provienen de la base popular.
Lo interesante del planteo de Laclau es que nos dice que, si las demandas no son satisfechas, habrá mayores reclamos. Una acumulación de demandas insatisfechas y la incapacidad del sistema de solucionarlas de forma diferencial, que es el término que subraya nuestro autor, establecerá una relación de equivalencia que es el concepto central de su argumentación.
Lo que nos quiere decir Laclau es que las demandas son diferentes y que, justamente por ser demandas que surgen debido a una situación común, son equivalentes. Las demandas por comida, por trabajo, por vivienda, salud, etc., son diferentes en sí mismas pero equivalentes en cuando son demandas que provienen de un modo de gestionar lo social que las produce. Esta pluralidad de demandas se articula en un modo equivalencial constituyendo una identidad social más amplia que se fortalece a medida que se va tomando conciencia. Tenemos aquí, nos dice Laclau:
…dos claras precondiciones del populismo: (1) la formación de una frontera interna antagónica separando el “pueblo” del poder; (2) una articulación equivalencial de demandas que hace posible el surgimiento del “pueblo” (Laclau 2005:99)
Finalmente, prosigue, se establecerá una tercera condición que es la unificación de las diversas demandas en un sistema estable de significación.
Lo que tenemos, siguiedo el pensamiento del autor argentino, es una especie de supra equivalencia dada por un enlazamiento armónico y en tensión de las diversas demandas que surgen de una base de personas que viven de manera más o menos parecida debido, principalmente, a lo que Weber ha definido como “situación de clase”. Para Max Weber, una clase es todo grupo humano que se encuentra en una igual situación de clase y entiende que una situación de clase es:
…el conjunto de probabilidades típicas de: 1. De provisión de bienes, 2. De posición externa, 3. De destino personal, que derivan, dentro de un determinado orden económico, de la magnitud y naturaleza del poder de disposición (o de la carencia de él) sobre bienes y servicios y de las maneras de su aplicabilidad para la obtención de rentas o ingresos. (Weber, 1969: 242).
Cabría definir, lo que es extremadamente difícil, si el pueblo surge como consecuencia de las clases y de las situaciones de clase o, por el contrario, las clases son expresiones del pueblo. Tiendo a inclinarme por la segunda opción.
Son estas cadenas de equivalencias –producto de las diversas situaciones de clase – las que cohesionan la agrupación social denominada pueblo sin las cuales el populismo no existiría tal cual lo conocemos.
La conciencia de las diferentes demandas se articula en cadenas equivalenciales que posibilitan una identificación y una unificación simbólica dotando al pueblo de su particularidad que se conoce como conciencia popular, término que hay que analizar correctamente.
La postura que sostengo es que no hay una conciencia popular como tampoco hay un inconsciente colectivo, un sentido común, una voluntad general o algún concepto que intente unir lo que es imposible de definir. Sostener la validez de estos conceptos significa restarles a las personas parte de su subjetividad al incluirlos en una totalidad que los desconsidera. Esta es una posición recurrente en algunos análisis críticos negativos (Mansilla 2010, Zanatta 2014) que se hacen desde la mirada liberal.
En esta mirada, se considera a los/as líderes populistas como manipuladores/as de las masas ignorantes que no pueden razonar sobre su propia situación. Pareciera ser que las masas de Latinoamérica son inmaduras, infantiles, ignorantes y aceptan de manera acrítica lo que la demagogia populista les baja desde el poder. Estos/as autores/as, sin embargo, no pueden explicar por qué los/as líderes populistas logran el consenso electoral todas las veces que se presentan a elecciones. Sus argumentos se basan en que son manipuladas por una retórica demagógica que se expresa a través de los medios de comunicación desconociendo que estos medios son, en general, opositores a los regímenes populistas llegando incluso a tergiversar la realidad social. El caso de los law fare, es un ejemplo. Revisando los titulares de los diarios y revistas hegemónicas, encontraremos el fuerte embate contra el populismo con lo cual se desarticulan las críticas impugnadoras.
No hay tal retórica demagógica o al menos no la hay diferente a la retórica demagógica del liberalismo en Latinoamérica. Todos/as conocemos el ímpetu de la descalificación realizada desde los medios hegemónicos hacia figuras de los partidos populistas tanto en Argentina como en otros países de la región. Esta descalificación ha llegado hasta el extremo de la falsedad de datos y de la publicación de mentiras sobre supuestas fortunas, ejemplos de corrupción, falsas identidades , viajes fantasmas para depositar dólares en paraísos fiscales, etc. Los medios de comunicación masivos han sido hostiles y no complacientes con los populismos.
Desconocen, por otra parte, que el impacto de la realidad empírica –la situación de clase– que se expresa en la vida cotidiana de los sectores excluidos es tan fuerte que promueve una toma de conciencia de que su situación es resultado de la injusticia.
La “disponibilidad” de la que hablaba Germani en la década del ´60, se sostiene antes que en una racionalidad ilustrada moderna, en las condiciones de vida paupérrimas que el modo de gestión de la democracia liberal les obligaba a vivir. La situación de explotación y la exclusión de los beneficios que otorga la modernidad, es la clave para entender la toma de conciencia de estos sectores que han sido convocados con éxito por los populismos. No hay ignorancia, ni infantilismo ni condiciones de premodernidad, sino una toma de conciencia de que la situación de explotación y exclusión es producto de un modo de gestión de lo social que los/as desconsidera.
La posición de estos/as autores/as, repite la clásica dicotomía sarmientina de civilización o barbarie en donde, el reconocimiento de la habilidad del/a líder carismático y la destreza en la manipulación demagógica de las masas, es el indicador de cierta fascinación, como la sentía Sarmiento por Facundo y por Rosas, por la emocionalidad de la barbarie. Los racionalistas y positivistas, son seducidos por la barbarie.
La racionalidad moderna civilizatoria que sustenta la hegemonía liberal, se destruye al conocer sus procedimientos autoritarios y violentos que se han expresado en masacres, persecuciones, desapariciones, etc., que han cometido contra esas masas. El bombardeo de la Plaza de Mayo en 1945, la Masacre de Tlatelolco en 1968, etc., son ejemplos de la racionalidad moderna civilizada que no tiene ningún empacho en masacrar a la población civil desarmada que se expresa contrariando al régimen que se define a sí mismo como democrático. Cabe señalar aquí, el texto de Joseph Conrad Corazón de tinieblas, en donde hacia el final de la novela, Kurtz, el capataz civilizado que gerencia la factoría de marfil dice “exterminen a los brutos”. La película dirigida por Francis Ford Coppola titulada Apocalypse Now, basada en la novela de Conrad, pone en boca del coronel Kurtz, la terrible frase “arrojen la bomba, maten a todos”. La novela y la película, son un ejemplo de la barbarie de la civilización.
No hay, por fin, ni infantilismo ni premodernidad, sino una toma de conciencia de una situación que se torna insoportable y que es la base de la reacción populista. En todo caso lo que existe, para retomar el análisis del sentido común, la voluntad general, etc., es una cultura asentada en una región –la cultura nacional, concepto que también puede ser criticado– o una superestructura en el sentido que el marxismo le da a esta categoría.
A mí me satisface pensar acorde con Cornelius Castoriadis (2007) como que hay un imaginario social al que le añado la idea de compartido. Veamos un poco.
Todos/as los que habitamos el mismo tiempo y el mismo territorio, hablamos la misma lengua y tenemos creencias más o menos parecidas que han sido legadas por nuestros/as predecesores/as. Compartimos un imaginario social en donde se inscriben las representaciones que dan cuenta del mundo. Este imaginario, forma parte también de sí mismo y es una representación más.
La idea que sostengo, es que cada uno/a de nosotros/as compartimos ciertas miradas sobre los acontecimientos de nuestro mundo –en este caso el país, nuestra historia, etc.– pero dotamos a los acontecimientos de los que somos actores y actrices o espectadores/as con nuestras propias significaciones que no necesariamente se contradicen con las de los demás.
Muchas personas participaron del 17 de octubre de 1945 ya sea como actores o actrices involucrados/as en la manifestación que colmó la Plaza de Mayo, como periodistas, como policías, etc., y otros/as han sido testigos ocasionales de ese hecho. Nadie que habite la Argentina desconoce esa fecha, pero su significación será diferente.
Para algunos/as, el 17 de octubre fue un día de fiesta, para otros/as una calamidad ¿Dónde está lo común?
Lo común, es mi idea, es el 17 de octubre y no las significaciones que se le atribuyen. Incluso, entre los/as que sostienen que el 17 de octubre ha sido una fiesta, habrá, dentro de esa misma significación, variaciones: una fiesta popular, una fiesta obrera, una fiesta de las clases subalternas, una fiesta propia, etc. Lo que ha sucedido es que todos/as han compartido esa experiencia, y será la vivencia que tienen de ella lo que los relaciona en lo común.
Compartimos el conocimiento del hecho, pero lo significamos diferencialmente. Si realmente existiera un inconsciente colectivo o una voluntad general, no seriamos los seres autónomos e independiente que somos. Sartre dijo, con sabiduría, que “Estoy condenado a existir para siempre allende mi esencia, allende los móviles y los motivos de mi acto: estoy condenado a ser libre.” (Sartre s/d: 271) Es esta libertad intrínseca la que nos permite significar subjetiva y diferencialmente los acontecimientos sociales que nos interesan. Sin esta libertad existencial –según el autor francés– el hombre/mujer no podría vivir en el mundo.
Si esta argumentación es correcta, no podemos pensar que el pueblo se ha constituido a partir del discurso del/a líder populista como sostiene Laclau, sino que es el pueblo quien lo instituye como líder. No es líder quien quiere sino quien puede. Los populismos, no se construyen desde arriba, sino que siempre son resultado de la reacción popular a una situación insostenible.
El/a líder logra, por su carisma y su particularidad como ser, expresar lo que el pueblo no puede o no sabe.
La articulación de las demandas en una equivalencia que refleja la totalidad de todas las demandas, eclosiona por factores que provienen de la gestión que los excluye. En el caso del peronismo, el hecho de que el coronel Perón haya elegido la Secretaria de Trabajo, le permitió no solo conocer en profundidad las necesidades de los/as trabajadores/as sino también impulsar medidas para satisfacerlas.
Cuando el coronel Perón fue arrestado por el régimen, estas masas tomaron conciencia de lo que intuían y se dio, en consecuencia, un proceso rápido de toma de conciencia que les indicó que ese coronel que estaba preso, era la clave para poder cambiar su situación de exclusión.
Se dio un fenómeno que pretendemos explicar con categorías analíticas cuando es imposible porque no podemos saber qué es lo que llevo a estos cientos de miles de trabajadores/as a abandonar sus puestos de trabajo y salir a defender quien sería, a posteriori, su líder. La historia y las ciencias sociales, pretenden explicar lo inexplicable y solo podemos proponer algunas ideas, como las que presento, que den cuenta –siempre parcialmente– de la complejidad de ese fenómeno que tiene trascendencia hasta el día de hoy.
En este caso, se dio la confluencia armónica entre una serie de demandas equivalenciales ostensivas –exclusión, explotación, persecución, etc.– y motivos particulares subyacentes que solo pueden ser reconstruidos intuitivamente a partir de entrevistas que, en el año 2021 es casi imposible. Nos queda el recurso de la memoria y de las notas periodísticas que, como sabemos, nunca son neutrales.
No hay, entonces, ni voluntad general, ni conciencia colectiva, ni inconsciente colectivo, ni sentido común. Lo que hay es una serie de articulaciones sociales que estaban allí, en ese momento y que se encauzaron en la figura del líder. Esas articulaciones fueron madurando en una toma de conciencia individual que, al galvanizarse por una decisión que tomó el régimen en 1945, desató lo que se encontraba larvado.
El/a líder tiene la capacidad de intuir y saber, porque es parte del pueblo y no de la élite, aunque comparta con ella algunas de sus características, las necesidades de ese pueblo que está disponible. Su discurso y su retórica estimulan lo que ya está, no inventa nada, sino que estimula, despierta lo dormido.
Creer que un/a líder con su demagogia es capaz de movilizar lo inmóvil o lo que no existe, es descreer de la libertad de los sujetos que componen una nación. Sucede todo lo contrario; el/a líder son dirigentes naturales porque entienden y comprenden lo que no entiende ni comprende la élite, y esto sucede porque ellos/as han estado en la condición de donde surgen las demandas.
Estudiando las biografías de los/as líderes populistas, encontraremos que sus vidas han sido de clase pobre–como Evita, Evo o Lula– o de clase media –como Perón y Correa. Es esta particularidad, una de las claves para entender sus discursos y su llegada a las personas que componen el pueblo.
Son capaces de hablar en el registro popular y, como su contacto es directo sin intermediaciones institucionales, se fortalece su representatividad no ya desde una cualidad estadística, sino desde una cualidad que podemos entender como de geometría social simétrica; la representatividad del/a líder lo es porque forma parte de lo que representa de una manera cualitativa –y de allí su geometría social simétrica– y no meramente cuantitativa como es el concepto estadístico.
Los/as líderes populistas son un Uno/a que representa la totalidad heterogénea del pueblo porque él/ella forma parte del pueblo. Si no tuviera esta capacidad representativa, no podría ser líder. Si Donald Trump o Jair Bolsonaro no representaran a la derecha norteamericana y brasilera, con sus miedos, sus ideas racistas y xenófobas, difícilmente hubieran concitado la adhesión popular que los llevó al poder. Luego, su propio exceso demagógico, es la causa de su perdición, aunque seguramente su recuerdo persistirá en la menoría de sus fanáticos/as. Estos dos líderes son, a su manera, ¿populistas?
De tal manera que creer que hay una voluntad general o un inconsciente colectivo, es abonar la idea de que hay personas que se sitúan por encima de todos/as y que son capaces de manipular al pueblo con una retórica demagógica cuando lo que sucede es que el pueblo sabe, por experiencia propia y por la constitución de sus subjetividades, quienes son capaces de entenderlo y quien de engañarlo.
La mirada liberal, acostumbrada a la idea del mérito y de las potencialidades individuales, subestima la acción colectiva y el saber empírico de los sectores excluidos y sostiene sus privilegios inventando méritos, inteligencias y toda clase de fetiches que no son más que dispositivos de dominación de masas.
Como son incapaces de entender la pobreza y la exclusión, no pueden comprender el proceso de toma de conciencia que ha llevado a las masas a cierta madurez que los motiva a elegir a lo que ellas creen que son sus representantes. Un ejemplo que ilustra este argumento, es una frase publicada en el libro de Roberto Da Matta (2002), autor brasilero, titulado Carnavales, malandros y héroes en donde dice “¿Usted sabe con quién está hablando?” para denotar la imposición autoritaria de la élite de su país. Este libro fue respondido, por decir así, por Guillermo O´Donnell en el año 1984 cuyo título fue “¡Y a mí que me importa!”. En estas dos frases se condensa de manera clara, y al modo bárbaro latinoamericano, mi argumentación.
Cuando el/a sujeto popular toma conciencia, le responde a la élite que lo pretende dominar con “¿usted sabe con quién está hablando?” con el “¡Y a mí que me importa!” ya que ha conquistado, gracias a la adjudicación de derechos que le garantiza la constitución, el mismo estatus de ciudadano/a de su interlocutor. Ha madurado una situación social mucho más progresista que la conservadora liberal que solo pretende sostener y reproducir sus privilegios de clase.
Las clases subordinadas irán tomando conciencia progresivamente de su situación a partir de su condición existencial.
El cuerpo explotado sabe que lo es, y si bien hay dispositivos como la religión que permiten que esta situación no se desmadre, prometiendo un paraíso post mortem, la historia no se detiene y en algún momento, por razones que ya han sido explicadas, sucede el acontecimiento populista que, para el caso del peronismo, es el 17 de octubre de 1945.
En esta oportunidad, la exclusión se transformó en la totalidad y, al hacerlo, y los/as excluidos/as toman conciencia de su situación de exclusión lo que es coherente con la totalización, pues, como bien dice Laclau “…no hay totalización sin exclusión.” (Laclau 2005:104)
Finalmente, se puede arriesgar una hipótesis de trabajo que se sintetiza en la idea de que el pueblo, esa entidad que es difícil de definir por más que se lo intente, puede surgir por varios motivos:
1) compartir una situación de clase que permite una identificación vía las condiciones de existencia. (Weber)
2) expresar demandas diferenciales que se articulan en una lógica equivalente y que logran expresarse mediante ritos, canciones, slogans, dichos populares, etc. (Laclau)
3) existencia de un acontecimiento social que tiene la particularidad de visibilizar lo que hasta ese momento era invisible para las estructuras de poder. (Badiou)
La articulación de las demandas diferenciadas que expresa la parte subordinada de una población que se encuentra excluida de los beneficios de la modernidad y que, además, es explotada laboralmente al no reconocerles su dignidad social, logran articularse en una expresión equivalencial –para utilizar un término de Laclau– que, en virtud de un acontecimiento producido por diversas causas, pero nunca por azar, permite una reacción que enfrentará el orden establecido.
El accionar conjunto de estas dimensiones, puede ser la condición de la emergencia, no ya de la existencia, de lo que se llama pueblo.
9. Populismo/s y democracia/s
En este trabajo nos estamos enfrentando a una cuestión –que para algunos/as puede ser un problema– y que se patentiza en lo difícil que es precisar algunos términos habida cuenta de su complejidad y de la estrecha relación que se establece con un modo de entender el mundo, la ideología y las propias subjetividades de los/as investigadores/as y autores/as que leemos, y yo, obviamente, no soy una excepción.
Este trabajo, no pretende superar esta cuestión, sino que se inscribe en ella.
Como se dijo en la introducción, no hay ninguna pretensión de fundar una verdad sino tan solo de presentar algunas alternativas en el pensar sobre los populismos que dé origen a una crítica y a un posterior análisis para poder comprenderlos mejor.
Toda verdad es una esperanza y es, a la vez, una lucha. “La verdad es la chispa que surge del entrecruzamiento de las espadas” nos dijo Nietzsche para dar cuenta de que toda verdad es resultado de una lucha de posiciones. Otra cosa es la certeza y que tiene un asidero lógico (Wittgenstein 1975).
Las ciencias sociales están acostumbradas a enfrentarse a esta cuestión y a dirimirla por medio de palabras y de argumentaciones más o menos lógicas.
La razón trata de enmarcar en su campo a fenómenos irracionales, ilógicos y emocionales que son la fuente de un disenso en el modo en que los entendemos y en los planteos que podemos hacer para solucionarlos. Como este es un trabajo de reflexión, de comprensión y de descripción, no hay pretensión en presentar soluciones; en todo caso, podrán surgir como producto de su lectura.
Las dificultades que se describen se han expresado al entender qué son los populismos, cómo se entiende el pueblo y también se nos presentarán a la hora de abordar la democracia por que comparte, junto con estos dos conceptos, un nivel de abstracción y de complejidad que abonan su complicación.
Como sucede con estos conceptos, considero que es mejor hablar en plural y no en singular, salvo cuando sea preciso hacerlo, para designar el hecho político de que no existe un solo modo democrático de gestionar la vida social y política en una comunidad heterogénea y fragmentada como la actual, de tal manera que se presentarán algunas ideas en relación a este último término siempre teniendo como foco principal su relación con los populismos.
El análisis de los populismos, aunque sea en forma teórica, es un análisis de las democracias y comparte con ellas ciertos vacíos que no son conceptuales.
Cuando definimos a las democracias, no tenemos muchos inconvenientes, la mayoría de los/as intelectuales que se dedican al tema, saben con precisión qué es una democracia y que es una dictadura pero, cuando analizamos las democracias realmente existentes, es decir, su fenomenología, su forma de implementación en la realidad, comprobamos que, muchas veces, no se cumplen las premisas puristas que dicta le teoría ¿Por qué en la mayoría de los ordenamientos democráticos las cárceles están llenas, estadísticamente hablando, de la población más pobre? ¿Por qué los/as ricos/as tienen mayores probabilidades de obtener mejores puestos de trabajados que los/as más pobres? ¿Por qué en la mayoría de los estados hay corrupción? “Si no sabemos bien qué es el populismo, pero sí sabemos que existe, tal vez se deba a que tampoco sabemos bien qué es la democracia , aunque aspiremos a ella” (Casullo 2019:21)
En los primeros análisis que se han realizado sobre los populismos, especialmente por Gino Germani, Torcuato Di Tella y Octavio Ianni (1973) en nuestro continente, se pensó que los populismos, principalmente el peronismo, respondían a la adaptación latinoamericana de un complejo proceso que incluía la tardía modernización de las estructuras sociales, políticas y económicas, el agotamiento del modelo agroexportador característico de los últimos veinte años del siglo XIX y los primeros treinta años del siglo XX y el fin de la etapa de sustitución de importaciones producto de la IGM y de la IIGM. Esta situación, que analiza principalmente el sociólogo italiano, propició que existiera una porción de personas en “disponibilidad” y en estado de anomia, que fue captada por el discurso demagógico de un líder carismático como el coronel Juan Domingo Perón para realizar la transformación de la sociedad de por aquél entonces.
Tímidamente, Germani reconocía que un modelo de sociedad sustentado en la visión liberal conservadora, no podía sostenerse con los mismos recursos con los que se venía gestionando la sociedad. Tanto Germani como Di Tella, categorizaron al populismo peronista como una “anomalía política” producto de una modernidad asincrónica, típicamente latinoamericana (Riveros 2015:104)
Con el correr de los años, y debido a la persistencia de los populismos en ganar elecciones cuando los dejaban presentarse, dejó de ser entendido como un caso azaroso, y muchos/as estudiosos/as, se dedicaron a conocerlo más. Todos/as coincidían en que la sencillez de las primeras definiciones sobre los populismos como autoritarismos, nazismo/fascismo, regímenes demagógicos y manipuladores de las masas, no condecía con sus complejidades y, sobre todo, con el apoyo de las masas y que ni siquiera la falta de apoyo de los medios de comunicación lograban derrotarlos. Este es un punto interesante porque, al revés de lo que presenta cierta bibliografía impugnadora, en general, los populismos latinoamericanos no han contado con el favor de los medios masivos de comunicación sino todo lo contrario. Este un es ejemplo de lo complejo que se presenta su análisis ya que la bibliografía consultada, suele argumentar que los populismos censuran y manejan los medios de comunicación; pues bien, este aserto no corresponde con la realidad. Sí ha habido censuras y hasta persecución a determinados periodistas, que no llegan al asesinato como lo han hecho las dictaduras; sin embargo, cabría pensar a la distancia, si fue esta censura lo que posibilitó el triunfo electoral. Estudiando los hechos, parece que el impacto de los medios no se verifica en estos casos.
Este interés siempre renovado por este campo de estudio, se institucionalizó en el año 1967 cuando la London School of Economics and Political Science celebró el primer congreso en torno a las temáticas populistas en donde participaron numerosos/as oradores/as.
Uno de los objetivos del congreso fue la de proponer una definición sobre los populismos que permitiera comprender lo más certeramente posible este concepto y llegaron a la conclusión de que los populismos son una suerte de “actitud mental” como si el liberalismo, el fascismo o el materialismo histórico no lo fueran también. Quiero hacer notar, nuevamente, el tratamiento peyorativo hacia los populismos ya que, hablar de “actitud mental” es desmerecerlo como algo irracional, cercano a las emociones infantiles que, como se dijo, no es bien visto por la racionalidad de la modernidad liberal.
Si los populismos son una “actitud mental”, no son muy serios, es decir, es cosa de bárbaros.
Esta conceptualización, tiene una mejor fundamentación con el concepto de weltanschauung que nos cuenta Wilhelm Dilthey (Palacio 2005) para designar la “cosmovisión del mundo”. Todo pensar, toda creencia incluso toda ideología, posee un particular modo de comprender la realidad y el mundo, y los populismos no pueden ser una excepción. No se trata solo de una “actitud mental” sino que es una concepción general.
Se precisó en ese año, y por la mayoría de esos/as pensadores/as, que los populismos eran movimientos sin ideologías y que aparecían en diferentes contextos históricos y geográficos como resultado de un deterioro de la modernidad y que en términos de psicología colectiva se podrían explicar como una suerte de manía de tipo conspirativo que se caracterizaban por su anticapitalismo, anti urbanismo, su antisemitismo, y otras cualidades que, como ya se puede sospechar, no tienen nada que ver con el modo en que se entienden a los populismos en este trabajo.
Como se viene sosteniendo aquí, estos modos de entender nuestra realidad latinoamericana, se caracterizan por un arraigado etnocentrismo y una falta de investigación empírica sumada a una abundancia teórica de corte liberal sobre los contextos sociales en donde los populismos latinoamericanos –Vargas, Cárdenas y Perón– emergieron; pero fiel al espíritu sociológico de este trabajo, es menester indicarlos. Llamo la atención, en este aspecto, a la confusión entre los orígenes históricos de los populismos como el People Party norteamericano y los naródniki rusos con los latinoamericanos.
Estas consideraciones teóricas, se acercaron a la idea de que los populismos eran movimientos antidemocráticos y totalitarios per se, sin darle la oportunidad a sus defensores/as de presentar los argumentos que indicaban lo contrario. Caber decir en este aspecto, que al menos en el caso de la Argentina, lo que combatió al peronismo no fue precisamente una democracia liberal sino una dictadura cívico-militar que hasta se animó a fusilar a militares y a dirigentes opositores en un basural. El libro de Rodolfo Walsh Operación Masacre cuenta en forma novelada, inaugurando una nueva clase de estilo literario, los pormenores de ese hecho.
Muchos/as de los/as autores/as que participaron de ese congreso concluyeron que los populismos eran esencialmente antidemocráticos pero hubo excepciones y no todos/as pensaron así ya que vieron que en su intento de integrar y de darle voz a los que no la tenían, los populismos presentaban un modo de ser democrático diferente al que se desplegaba en el mundo desarrollado lo que también implicó un modo de entender la democracia como más que una reducción a una participación regular de elecciones que terminaban enajenando en distintas instituciones la soberanía popular. Es esta enajenación la que es sospechada de antidemocrática por los populismos y por eso proponen un contacto más directo entre estado, gobierno y pueblo.
La desconfianza de algunos populismos en el rol que cumplen las instituciones políticas intermedias, se sostiene en estas premisas. Si existen instituciones como los parlamentos y el poder judicial, sobre todo este último, que tergiversan la voluntad popular, va de suyo que esas instituciones pueden ser consideradas formas espurias de una democracia que no contiene las demandas populares.
Los populismos no se opondrán de hecho a estas instituciones, sino que tratarán de que cumplan las funciones asignadas a una república democrática según principios un poco más radicales. La oposición que presentarán será de derecho llegando, incluso, a convocar a Asambleas Constituyentes como fue el caso del peronismo en 1949, la Constitución Bolivariana de 1999 y la Nueva Constitución Boliviana del 2009.
Todas las democracias conocidas se fundan en una constitución, y mientras se cumplan los pasos democráticos que consisten en convocar mediante un acto eleccionario a una asamblea constituyente y se respeten tanto las mayorías como las minorías, es difícil sostener que el régimen que se constituya no sea democrático.
Los regímenes autoritarios suelen suspender a las constituciones, pero incluso los regímenes totalitarios poseen una. En este aspecto, hay que decir que la definición de totalitarismo también es una cuestión a discutir y es un tema de la ciencia política.
Los regímenes totalitarios, ejemplificados en los comunismos y los fascismos según la mirada liberal, también tenían su propia constitución, en cambio los gobiernos autoritarios, en general producto de golpes de estados, suelen suspender los derechos constitucionales. Incluso, apartándome un poco del sendero de este trabajo, cabe decir que todas las constituciones prevén el estado de excepción (Agamben 2005) y que también consiste en la suspensión de algunos derechos constitucionales.
Desde los años treinta, año en que se dio el primer golpe de estado en la Argentina, se esparció por el mundo, un modo de entender la gestión social disconforme con las políticas liberales propias de Inglaterra, Francia y EE. UU y este modo lo ejemplificó el fascismo italiano y alemán.
En el año 1922 en Italia, asume el poder el duce Benito Mussolini y en el año 1933 el führer Adolf Hitler en Alemania. Si pensamos que en la U.R.S.S estaba Josef Stalin, podemos entender que, para el pensamiento liberal, cualquier modo de gestión personalista y caudillista, tenía ciertos rasgos totalitarios ya sean fascistas/nazis o comunistas. Quizás sea por eso que los líderes populistas como Perón, sobre todo, hayan sido definidos como fascistas o autoritarios/totalitarios lo que, en un análisis un poco más serio, basado sobre todo en el modo de gestión peronista, probaría el error de definirlo bajo estos modelos. A veces la premura por definir lo exótico puede caer en errores.
Si a lo dicho le sumamos el hecho de la tardía declaración de guerra por parte del gobierno peronista a las potencias del Eje –decisión soberana que tendría consecuencias en el futuro de la Argentina– y la persistencia de la doctrina Drago en relación a la diplomacia argentina, va de suyo que el epíteto de fascista era el más fácil y el más estratégico para los Aliados en guerra. Cabe señalar en este aspecto, que la política exterior británica, no quiso que la Argentina le declarara tempranamente la guerra al Eje sencillamente para que los barcos con la bandera nacional no fueran hundidos por los U-Boat alemanes ya que se precisaba de los cereales y de las carnes argentinas que transportaban nuestros barcos para el consumo de las tropas aliadas. Este es un dato que rara vez se tiene en cuenta cuando se analiza la supuesta neutralidad argentina en la IIGM; sin embargo, cabe decir que el fascismo tuvo sus defensores en la Argentina como así también sus detractores.
La recepción de inmigrantes judíos como de exilados españoles, confirmaría que no todos/as en la Argentina de los años ´30 y ´40 apoyaban las ideas autoritarias del führer, del duce o del caudillo Francisco Franco. De hecho, si bien hubo una comunidad alemana, especialmente en Córdoba , que era decididamente pro nazi, cabe decir que las relaciones con Inglaterra y Francia, siempre fueron un rasgo cultural de la élite argentina. De tal manera que en nuestro país se repitió la división que aconteció en el mundo.
Algunas de las características del peronismo como su personalismo, su retórica nacionalista, su antimperialismo, su intervencionismo estatal, etc., propició un acelerado juicio sobre sus rasgos y se lo tildó tempranamente de ser un régimen autoritario, iliberal y antidemocrático, cuestión que, como se verá, hoy no se puede sostener con el mismo énfasis que en esos años.
Los populismos, tienen una estrecha relación con la democracia porque surgen como una respuesta a las fallas de implementación de la democracia liberal. No son “otra cosa” ni suponen una alteración al espíritu democrático principista sino todo lo contrario; debido a sus características integradoras, al menos en sus postulados y en sus retóricas, a la promoción de formas directas de comunicación e interacción entre el estado/gobierno y el pueblo como base soberana electoral, en la promoción efectiva de derechos, sobre todo derechos sociales, y en la apelación a los referéndums/plebiscitos, etc., los populismos pueden ser definidos como formas radicalizadas de las democracias y no formas espurias o deformadas. Este es el punto central de mi trabajo; considerar a los populismos como formas profundas de democracias en países que han sido colonizados por las democracias liberales conservadoras europeas y que, debido a esta condición, han debido crear formas de gestión y de implementación políticas de matriz liberal-moderna dentro de un mundo desigual jerarquizado por las democracias liberales europeas y norteamericana. La concepción general de los populismos posee la misma raíz filosófica de la modernidad; no es otra cosa.
Los populismos proponen una sociedad igualitaria en lo civil, con participación económica, con leyes iguales para todos/as tal como la democracia liberal, pero no consienten en que se logre esta sociedad solo con el libre mercado, sino que entienden que es necesario que el estado intervenga como mediador en los conflictos sociales que devienen como consecuencia de la falsa libertad de un mercado que ha sido cooptado por el interés privado.
Los populismos proponen un modo integrador y no excluyente dentro del orden democrático moderno bajo principios liberales en lo político, pero distribucionistas en lo económico. Promueven los derechos humanos, un orden constitucional y de derecho, una armonía social, fomento a la participación popular y distribución equitativa de la producción adjudicándole al estado, y no al libre mercado, la tarea de mediar en los conflictos sociales. Esta posición queda clara en la Constitución Nacional de 1949 y, sobre todo, en la obra del Dr. Sampay, especialmente su Introducción a la Teoría del Estado (1996)
La diferencia fundamental con las democracias europeas es que entienden que es necesaria la intervención del estado para mediar en la puja distributiva que se establece, en un orden liberal de mercado, entre el capital y el trabajo. Su orientación pragmática política es morigerar la cuestión social mediante la aplicación de la justicia social y armonizar los conflictos sociales; todo esto, dentro de un marco ideológico signado por la concepción católica, especialmente la encíclica Rerum Novarum.
El problema clásico sobre las críticas a los populismos se funda, en general, en que se cree que hay un solo tipo de democracia, ejemplificada por la democracia representativa del tipo anglosajón y francés, con la versión presidencialista de los EE. UU.
Esta mirada etnocéntrica, cree que el único modo de entender los principios democráticos son los que provienen de Inglaterra, EE. UU y Francia principalmente desconociendo que hay otros modos de implementarlos. De hecho, si analizamos estos regímenes, podemos criticarlos de la misma manera que son criticados los populismos; la población de color no pudo ejercer su voto en los EE. UU hasta la década de los ´60 y hoy día muchos afroamericanos tienen vedado su acceso a ese derecho como a un igual trato en un juicio penal o civil y mucho más si involucra a un ciudadano blanco/WASP. La prensa norteamericana nos ilustra sobre casos como el de Rodney King en 1992 o el más reciente de George Floyd en 2020. Las luchas por los derechos civiles en los EE. UU en la década del ´60, son un indicador del atraso democrático de ese país. La igualdad de oportunidades es un sueño para los europeos descendientes de turcos, iraquíes, pakistaníes, etc. ya sea en Francia u Holanda, y ni qué decir del tratamiento racista que reciben los sudamericanos en España cuando son tratados de “sudacas”.
Como se puede apreciar, las democracias liberales distan mucho de los principios más puros que estableció el Bill of right o la Déclaration des droits de l´homme et des citoyen. De la misma manera, la comunidad británica que no nació en Inglaterra, no posee los mismos derechos ciudadanos que los nacidos en ese país; de hecho, como sabemos, los/as irlandeses/as siguen reclamando su independencia y conocemos los conflictos que existen entre Escocia, Gales e Inglaterra y, como punto culminante, se debe decir que estas democracias, no tienen ningún reparo en apoyar golpes de estado incluso invasiones militares en países que buscan defender su soberanía y procurar su independencia. De tal manera que, para la mirada que se sustenta en este trabajo, no es correcto pensar que hay una sola democracia y que esta se caracteriza por la democracia representativa del estilo Westminster, del sistema francés de la V República o del presidencialismo norteamericano.
Los populismos, sobre todo los latinoamericanos, suponen un desafío a esta forma de entender la democracia liberal en nuestro continente habida cuenta de cierto déficit, sobre todo en la promoción e igualdad de derechos para las mayorías que habitan nuestro continente, y en la inclusión a los beneficios que la sociedad moderna provee para aquellos/as que habitan estos países.
Los populismos se inscriben en la perspectiva de una regeneración democrática. Inician con este fin el enjuiciamiento de las democracias existentes, tal como en general se las practica y teoriza. (Rosanvallón 2020:41)
Las democracias liberales, que han obtenido su poder del estado gracias a cierta restauración burguesa y conservadora de la mano de Napoleón Bonaparte en los primeros años del siglo XIX, del conservadurismo inglés, del republicanismo norteamericano y, en nuestro país con la derrota militar y la posterior persecución de las fuerzas federales comandadas por los caudillos por parte de Mitre, Sarmiento, Roca, etc., logra legitimar su discurso excluyente porque domina las instituciones productoras de sentido cultural vías educación pública (Sarmiento), vía propiedad de medios de comunicación (Mitre, diario La Nación) y vía comandancia de las fuerzas ideológicas– los llamados Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) – y de las represoras – Aparatos del Estado(AE)– (Althusser 1988). El dominio de los AIE y de los AE, instaura una hegemonía estatal que es funcional al modo de dominación liberal-capitalista.
En virtud de estos procedimientos, se logra colonizar las subjetividades de las personas, transformándose en una única idea legítima para organizar a la sociedad y se invisibiliza, por medio de su retórica dominante, todo este proceso; sin embargo, la dinámica histórica no obedece a los intelectuales del grupo dominante y sigue su curso, y como la democracia liberal no logra, porque no quiere distribuir equitativamente los excedentes de todo tipo que se producen con el trabajo de todos/as, en algún momento y por coyunturales circunstancias, las personas de los sectores subalternos logran la articulación equivalencias de la que nos habla Laclau y producen el acontecimiento que en Argentina fue el ascenso de la Unión Cívica Radical al poder de la mano de las elecciones en el año 1916 ganadas por Hipólito Yrigoyen, que falla, lamentablemente, en su cometido de lograr lo que prometió. El segundo acontecimiento populista de la Argentina, se dará el 17 de octubre de 1945 cuando la multitud trabajadora, salga a las calles y cruce los límites de la Capital Federal para pedir la libertad del Secretario de Trabajo y Previsión el coronel Perón.
Los populismos, tal como lo entiende Arditi (2004), se ubican en los bordes del liberalismo confirmándose como su espectro o como su sombra como dice Canovan, ya lo veremos; pero ya sea como espectro o como sombra, siempre es consecuencia de la falla estructural de las democracias liberales.
Debido a estos argumentos, los populismos no son revolucionarios a la manera del materialismo histórico, sino que son profundizaciones de las democracias liberales tendiendo al cumplimiento principista de ellas y de la utopía política que implican y que están expresadas en el pensamiento de los primeros teóricos de la democracia, sobre todo de Jean Jacques Rousseau.
Los populismos, pretenden cumplir con sus objetivos más principistas que son los de igualdad, equidad, inclusión y justicia social.
Las democracias liberales se sostienen en procedimientos que elevan el estatus de las personas en su carácter singular por sobre los individuos como sujetos colectivos. Para sostener este régimen de derecho, disponen de procedimientos e instituciones destinadas a prevenir el riesgo de lo que Tocqueville op.cit definió como “la tiranía de las mayorías”. Este tipo de democracias temerosas de las decisiones populares mayoritarias, otorgan un lugar central a la autonomía e integridad de las personas por sobre los derechos colectivos.
Debido a esta característica hiperindividual, el derecho de origen individual, no puede entender a las comunidades originarias de América, y quizás tampoco a las africanas, para quien la tierra es propiedad de todos/as y no existe el individuo por fuera de su comunidad . Hay aquí un primer choque cultural entre el modo en que se organizaron los estados europeos liberales y el modo en que se organizaron los estados latinoamericanos. El hecho de que hayamos sido colonias, no es un dato que deba soslayarse en esta cuestión. Incluso hoy día, en nuestro continente, nos cuesta entender a la monarquía más allá de que sea constitucional.
Las críticas que se hacen al presidencialismo (Linz 1987) aduciendo que no es eficaz para la tramitación de los conflictos sociales, no se sostienen al analizar la complejidad política de nuestro continente en donde las democracias liberales, especialmente la democracia presidencialista norteamericana pero también el parlamentarismo inglés, han propiciado golpes de estado de regímenes que habían asumido por el voto popular. El derrocamiento de Salvador Allende en Chile en el año 1973, no podía haberse dado sin el concurso de los EE. UU. También hay que entender que el proceso democrático europeo, se consolida criticando y oponiéndose al despotismo de la corona y por ello abjuran de los ejecutivos fuertes porque ya han vivido esa experiencia; en cambio en Latinoamérica, en donde las fuerzas centrífugas de las revoluciones independentistas, con su secuela de guerra civil, prefirió, como en el caso de los EE. UU, consolidar un Poder Ejecutivo fuerte que contuviera esta tendencia.
Como se puede apreciar, las experiencias tanto de Europa como de América y especialmente la América Latina, no pueden ser comparadas tan sencillamente y, de hacerlo, se cae en errores metodológicos y de apreciación que no colaboran para un entendimiento cabal de los procesos sociales y políticos que nos atañen.
En Europa, debido a su particular historia, se le ha dado una importancia trascendental a la cuestión representativa por varios motivos; uno de ellos estriba en la gran heterogeneidad de su población y al reconocimiento, o no, de las nacionalidades. Una persona que vive en España, por ejemplo, primero se reconoce como catalán/a, vasco/a, andaluz/a o asturiano/a antes que español/a; todos/as conocemos los conflictos raciales y étnicos que aún persisten entre el norte y el sur de Italia. Para evitar la guerra civil permanente, han desarrollado in extremis el concepto de representación que, tal como anunció Rousseau, es una “ficción”.
La soberanía no puede ser representada, por la misma razón que no puede ser enajenada: consiste en la voluntad general, y la voluntad no se representa, porque o es ella misma, o es otra; en esto no hay medio. (Rousseau 1999:114)
La idea de la representación, más allá de su ficcionalidad como anuncia Rousseau, permite controlar el poder popular circunscribiéndolo en la selección y en la validación electoral de los candidatos a ocupar los cargos electivos. En este aspecto, cabe decir que, en las mayorías de las constituciones, existen trabas en relación a la edad, a los ingresos monetarios, a la religión, incluso hasta no hace muchos años al género, que imponían restricciones a los cargos más importantes del estado. A lo dicho, le debemos sumar la conformación de colegios electorales que, de alguna manera, trampean, si se me acepta el término, las preferencias del electorado. Deformaciones como el llamado gerrymandering y el malapportionment son un ejemplo de lo que quiero decir.
La democracia representativa y republicana bajo el liberalismo, con su preponderancia del individuo singular, termina trastocando sus principios originales favoreciendo la concentración del poder en manos de unos/as pocos/as que construyen una fachada teatralizada de esos principios. Esta argumentación no debe entenderse como una crítica a la democracia, sino que es una descripción de un modo de implementarla bajo el formato liberal. La república y algún modo de representación pueden ser dispositivos eficaces en lo que se proponen, pero si no se respeta el principio popular, es difícil que la democracia pueda expresar toda su potencialidad política y social para hacer la vida de las personas, sobre todo de las personas pobres y vulnerables, una vida digna y proveedora de bienestar.
Los populismos, por su parte, presentan una idea de democracia que supera a la del liberalismo.
En este modo de gestión democrático, que cabe decirlo claramente tampoco es perfecto porque no hay perfección en la política ni en la vida social, se presentan tres características que podemos entenderlas como atributos de los populismos.
a. Se privilegia la democracia directa: los populismos desarticulan instancias intermedias, que consideran mendaces y falaces, que obstaculizan la participación directa del pueblo y fomenta las organizaciones populares de base que son, para ellos, más representativas. Uno de los dispositivos elegidos por los populismos son la convocatoria a referéndums y plebiscitos que, más allá de las críticas que pudieran hacérseles en relación a la posible manipulación del electorado y la simpleza de los postulados que se presentan en alternativas dicotómicas antagónicas como el “Sí” y el “No” de complejos problemas sociales, cabe decir que, al menos, en lo ideal, traslada al pueblo la toma de decisiones que lo involucran.
b. Elección de los cargos: ligado con el punto a. los populismos pretenden someter a elección la mayoría de los cargos incluso la del sistema punitivo como los/as jueces y juezas y los/as comisarios/as. Descree, por experiencia propia, en la elección indirecta vía la comisión de acuerdo del Senado, aunque en el caso particular del peronismo, nunca haya podido expresar esta posibilidad. Hay que decir que, en el poder, los populismos pueden utilizar los mismos mecanismos de nombramiento de funcionarios/as judiciales al igual que los liberalismos, pero en su doctrina estos/as funcionarios/as deben estar sometidos a elección popular. Los conflictos interpoderes que se suscitan en los populismos encuentran en el Poder Judicial un escollo ya que este Poder del estado es, en general, conservador y liberal en las repúblicas de nuestro continente. Como la teoría del Poder Judicial defiende la permanencia en los cargos y descree de que los mismos deban ser sometidos a elección, se producen tensiones políticas que pueden afectar la gobernanza. La judicialización de la política puede afectar su ejercicio que es responsabilidad del Poder Ejecutivo. Si bien los ordenamientos constitucionales prevén el juicio político, no siempre es posible realizarlo por las complicaciones administrativas y reglamentarias.
c. Respeto a las expresiones populares: los populismos, por último, exaltan una concepción inmediata y espontánea de las expresiones populares y que, como se puede apreciar, se relaciona con los dos puntos anteriores. Su permanente apelación al pueblo como fuente de la soberanía política, es coherente con este postulado.
Si bien hay una importante doctrina que sostiene la autonomía de los poderes republicanos, también hay una gran parte de la doctrina que asegura que esa independencia no es tal; en todo caso, habría que releer nuevamente a Montesquieu para saber realmente si planteó tal autonomía.
Los análisis empíricos indican que no hay tal autonomía sino interrelaciones entre los poderes de un estado. Los tres poderes se interrelacionan para la gestión estatal y plantear el extremo de que cada uno de ellos habita un universo independiente y autónomo, es entender la gestión política desde la asepsia de un laboratorio, por eso es que la idea de autonomía es más un deseo teórico que una realidad, incluso habría que pensar cuanto favorece y cuanto desfavorece la separación tajante de los tres poderes del estado a las democracias.
En relación a esta cuestión cabe decir que, en los regímenes populistas, la tensión con la justicia puede adquirir ribetes dramáticos. No son pocos los conflictos que se suscitan entre el Poder Judicial y, principalmente, el Poder Ejecutivo. Cabe pensar si lo que se conoce como judicialización de la política con poderes judiciales cooptados por intereses que no responden a la manda constitucional colabora o no con la democracia. Cuando un juez impone una cautelar que impide una elección, es dable pensar que hay una intromisión judicial en la política sencillamente porque el dispositivo que impide la elección es una cautelar que luego puede ser considerada errónea. Si interpreta que se debe suspender una elección, debe haber una sentencia sustentada en la constitución y no en una medida cautelar solicitada por un particular que se puede sentir danmificado.
La Justicia suele impugnar algunas decisiones del Ejecutivo por considerarlas que no se apegan al espíritu de la Constitución Nacional pero hay que recordar que en el caso de la Argentina, la Suprema Corte de Justicia de la Nación avaló el golpe de estado de 1930, no cursó los recursos de habeas corpus que se presentaron por la desaparición de ciudadanos/as durante los años de la dictadura cívico-militar, en Brasil avaló la persecución política a Lula da Silva, el juicio político a Dilma Roussef, en Paraguay permitió el juicio político a Lugo, en Bolivia toleró el fraude electoral que no le permitió a Evo Morales la reelección en el año 2019 cuando, como se demostró, contaba con los votos para ello, etc. Todos estos ejemplos nos indican que, al menos en Latinoamérica, la justicia no es tan objetiva como pretenden los principios democráticos y que muchas de sus decisiones están teñidas de ideología. Esta cuestión puede ser una de las causas del enfrentamiento entre PE y PJ.
La tan mentada independencia de los jueces, en algunas ocasiones, contraría el espíritu republicano sobre todo cuando sus fallos, en vez de interpretar la ley sancionada por el Congreso y reglamentada y promulgada por el Ejecutivo, es subvertida por la defensa de ciertos intereses corporativos que, no es casual, siempre favorezcan a los mismos sectores. La interpretación autónoma no puede contrariar el sentido de la norma que les dieron los/as legisladores/as. Los/as magistrados/as no pueden legislar, y si entorpecen ese espíritu, estarían, según esta mirada, contrariando su función.
La oposición existente entre el derecho y la democracia no es nueva en el campo de la ciencia política y este debate estuvo presente en la revolución independentista norteamericana del siglo XVIII como así también en la Asamblea francesa de 1789 que proponía la elección de los jueces, principio que fue cuestionado y que constituirá una reivindicación republicana durante el siglo XIX .
En lo que respecta a los EE. UU, los jueces y los miembros de la justica, incluso los fiscales, son elegidos por el voto de los/as ciudadanos/as , pero estas instituciones no fueron heredadas por el constitucionalismo argentino restándole, desde una mirada populista, legitimidad. De esta manera, para la doctrina populista, el Poder Judicial tiene una legitimidad estrictamente funcional ya que posee un estatuto democrático de segundo grado otorgado por, en el caso argentino, el Senado y no la elección directa.
Lo que resulta de estos procedimientos es una visión polarizada de la legitimidad y de estas instituciones democráticas ya que, al no existir elección directa de los funcionarios que deberían controlar las leyes –incluso las fuerzas de seguridad interior– se colige que la democracia, al contrario de lo que piensan los populismos, es un procedimiento administrativo.
Esta ausencia de legitimidad electoral, irá fortaleciendo la autonomía del Poder Judicial a expensas de los otros dos poderes, ya que, al no estar sometido a elecciones periódicas, irán concentrando su poder de un modo que riñe con los principios teóricos de la democracia.
Más allá de estas argumentaciones teóricas, que son del orden de la sociología política y no de la teoría constitucional o de la ciencia jurídica, hay que decir que existen verdaderos/as jueces y juezas que entienden que no son un poder autónomo de la realidad y así lo manifiestan en sus fallos, pero hay otros/as susceptibles a las presiones de intereses corporativos. Lamentablemente la Argentina de los últimos años, ha sido testigo de estas presiones determinando que el Poder Judicial sea uno de los menos respetados y más sospechado de las instituciones democráticas.
Lo que nos indican las prácticas políticas populistas latinoamericanas en general y las del peronismo en particular, es que no podemos entenderlos como solamente una cuestión procedimental, como un tipo especial de discurso o de retórica más o menos demagógica o solamente como una doctrina. Si bien los populismos son un modo procedimental que se sostiene en una retórica y en una doctrina, cabe decir que todos los modos de hacer política no pueden prescindir de ellos y por ello es pertinente la afirmación de Laclau cuando dice que los populismos son la política ya que presentan los antagonismos en su forma más pura, más radical.
Lo que traen los populismos a la mesa del debate político, es su cuestionamiento a la democracia liberal indicando que hay otras formas de entenderla y de implementarla.
Si el núcleo de la democracia, ya no como poliarquía sino superándola, se centra en el derecho soberano de ejercer la voluntad popular, cabe decir que la única forma conocida de conocerla y de respetarla, es por medio del acto electoral y, si aceptamos esta premisa principista ¿Por qué dudar o sospechar de la apelación a los referéndums y a los plebiscitos? ¿Por qué deben considerarse como formas sujetas a manipulación demagógica? Acá tenemos un punto que la ciencia política debería dedicarla un par de páginas.
Si incluimos dentro de los principios importantes que debe cumplir una democracia es la participación popular, el campo de la democracia se amplía mucho más y en este campo los populismos son los que pueden exponer los mejores indicadores.
La democracia a la liberal o bien restringió o fue temerosa de habilitar formas de participación popular política. Su tendencia a la aristocratización, intelectualización y concentración de los poderes del estado, fueron y son funcional a su modo de gestión que, no nos cansaremos de reiterarlo, no son meramente casuales, sino que favorecen solamente a un sector concentrado del capital.
Los populismos, por su parte, no poseen este temor y no tienen ningún reparo en ampliar las formas de participación popular a sabiendas de que no solo otorgarán legitimidad a sus gobiernos sino también porque confían en que sus propuestas serán aceptadas. No hay ninguna ingenuidad en esto, sino una estrategia bien pensada pero que es tan legítima como cualquiera.
Los regímenes populistas, por todo lo que se viene sosteniendo en estos argumentos, no necesariamente tiendan al autoritarismo, sino que son plenamente compatibles con los regímenes democráticos.
La democracia liberal ha mostrado desde sus inicios, ciertos déficits no solo de representación sino de funcionamiento y, como el “huevo de la serpiente” genera no un contrario específicamente hablando, sino una alternativa más principista, más pura. Esta alternativa la expresan los populismos.
La desilusión de las masas que creyeron en la democracia popular se enfrenta a dos alternativas radicales que son el fascismo y el radicalismo bolchevique. Estas son dos posiciones antagónicas con la democracia liberal, pero entre estas dos opciones, los populismos, y en el caso del peronismo lo expresa de manera muy clara, se ubica una tercera posición que denota su origen democrático liberal.
Los populismos surgen como respuesta a este déficit que he mencionado, pero no traiciona su origen, son principalmente democráticos, en su forma más pura, y pretenden cumplir con el sueño de igualdad, fraternidad y libertad enunciados en Francia en 1789. Lo que sucede, y que nos debe hacer pensar, aunque nos moleste y nos asuste, es si ese ideal es posible de cumplir en una sociedad capitalista, heterogénea y fragmentada, en donde la desigualdad en los accesos a los beneficios que se prometen, puede ser puestos en práctica reconociendo la tensión que se produce entre el capital y el trabajo y en el derecho a la propiedad privada. Los populismos creen que sí, que es posible aplicando la doctrina de la Comunidad Organizada.
Margaret Canovan, ya citada, ha estudiado a los populismos y presenta unas ideas que nos pueden ayudar a entender la relación que se establece con la democracia.
La autora inglesa nos habla de dos caras que poseen las democracias; una cara pragmática, mucho más parecida al utilitarismo de corte ingles , y otra cara redentora.
Canovan toma de Oakheshott (Arditi 2004) la idea de que hay dos estilos que han caracterizado a la política europea a lo largo de la modernidad y que se relaciona con lo que se está diciendo.
Por un lado, existe la “política de la fe” que sostiene en que es posible lograr la perfección a través del esfuerzo humano y la “política del escepticismo” que sostiene que los gobiernos tienen límites y a lo sumo pueden aspirar a mantener la paz y mejorar los sistemas de derechos.
Estos dos estilos, se entienden bajo el modo del Tipo Ideal weberiano y conforman algo así como los extremos de una línea en donde se presentan en estado puro o ideal. Cuando los regímenes democráticos se vuelcan tendenciosamente hacia alguno de estos puntos, surgen los problemas que abonan ese déficit y los populismos encuentran las condiciones necesarias para emerger.
Canovan tomará de Oakheshott estas ideas para presentar su propuesta; la política redentora corresponderá a la fe y la política del pragmatismo a la del escepticismo. En la distancia que separa la fe/redención y el pragmatismo/escepticismos se ubican los populismos.
Se abren, en consecuencia, tres tensiones:
1. El pragmatismo concibe a la democracia como una manera de administrar los conflictos que pueden suceder en la sociedad sin tener que recurrir a la represión para que no se desemboque en una guerra civil. Para cumplir con este presupuesto, la democracia cuenta con un conjunto de instituciones electorales y de prácticas que son las propias de las democracias representativas en donde el Congreso, tanto nacional como provincial y los Consejos Deliberantes en el orden local, son los mejores ejemplos.
2. Existe una brecha entre le promesa democrática de otorgar el poder al pueblo, de ampliar su capacidad de participación y de decisión para que incidan en los asuntos que les compete y el desempeño real de esas democracias que tienden a la exclusión, explotación y desentendimiento de los problemas que el modo de gestión liberal –la cuestión social– desencadena.
3. El populismo surge, precisamente, como respuesta a las tensiones entre estas instituciones democráticas, expresadas en el punto 1., y la alienación/extrañación que ellas provocan. Los populismos surgen como una reacción/respuesta del déficit democrático producido por el modo en que se gestiona en el orden democrático liberal.
La clave de esta propuesta es entender a los populismos como un fenómeno reactivo y por eso mencionaba el ejemplo del “huevo de la serpiente” ya que es la propia democracia liberal la que genera las condiciones para que ese huevo madure.
Es la propia dinámica incompetente de la democracia liberal, con su secuela de exclusión, violencia, desigualdad, etc., la que propicia que las masas que no pueden acceder a los beneficios que sí accede la élite, tomen conciencia de su situación y, como dice Germani, se encuentren “disponibles” para, cuando se presente la oportunidad, como fue el 17 de octubre de 1945, estén dispuestas a prestar su colaboración consciente, cabe decirlo, a quien las lleve a cumplir sus deseos que no son más que los deseos prometidos por el ideal democrático.
Los populismos, entonces, surgen como una reacción/respuesta a la asimetría provocada por un exceso de pragmatismo y un déficit de redención.
Esta reacción a la que aludo, pone de manifiesto, junto con el eje amigo-enemigo y nosotros/as-ellos/as, la idea de que existe una brecha/grieta que es lo característico de la política y por ello, como manifiesta Laclau, los populismos son su esencia.
Para la mirada de Canovan, la brecha/grieta es el resultado de un equilibrio precario entre el pragmatismo y la redención lo que supone que hay una alternativa política que puede superarla y que se daría por una combinación correcta entre pragmatismo y redención a través de acuerdos que se cumplan o por medio de una ingeniería institucional. Esta última opción, como ya se puede advertir, implica necesariamente un compromiso cívico en el caso de que confiemos en la sociedad o en una intervención estatal eficaz si no confiamos en ese compromiso. “Los hombres son buenos, pero si se los vigila, mejor” dijo alguna vez Perón captando lo que más tarde enunciaría la autora inglesa. Justamente el espíritu del peronismo, estriba en la búsqueda de esa solución armónica entre las tensiones que expresan el pragmatismo y la redención según Canovan pero con la mirada atenta –lo que algunas veces es definida como autoritaria– del estado.
Si no existiera esta brecha/grieta, no habría, según esta mirada, reacción populista y la democracia cumpliría su promesa, pero parece ser que esta opción es más bien una utopía que una realidad bajo el modo de gestión liberal. Si la brecha no existiera o fuera extremadamente angosta, no habría, en consecuencia, reacción populista.
Aceptando la propuesta de Canovan sobre considerar la tensión entre pragmatismo/utilitarismo y redención, cabe decir que, según lo que nos indica la historia política universal, sería imposible u utópico creer que se la pueda superar.
Hay una mirada sustentada en la racionalidad de la modernidad que cree que es posible la vida en armonía en una sociedad diferencial como son todas las sociedades. Esta mirada, que se pretende racional, es a todas luces ilógica si atendemos a la historia política; y esto sucede porque la sociedad es una estructura cambiante, dinámica y adaptativa a las circunstancias que provee el cambio histórico; por ello, los arreglos políticos que pudieron servir para una época precisa en un territorio, deban ser modificados cuando esos arreglos ya no sirven. Asumir que los conflictos existen, es un modo de prepararse para su solución, y esta visión es la clásica en los inicios de la ciencia política y quedan claramente expresados en el texto clásico de Maquiavelo El Príncipe.
Un corolario que se desprende de la tensión que se produce, según Canovan, entre pragmatismo y redención, pueden tener dos aspectos:
a. El sostén de un discurso único: en general, los liberalismos de los años `90 surgidos del mal llamado Consenso de Washington que en realidad solo fue un arreglo entre los países poderosos en donde los subdesarrollados sirvieron como cobayos de laboratorio para experimentar estas medidas, se impusieron desde la intervención fuerte del estado. Después del ocaso de los llamados 30 años gloriosos en donde nadie discutía los beneficios de las políticas distributivas keynesianas que instalaron el Estado de Bienestar, se impuso, de la mano de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, un programa de ajustes fiscales, represión de las protestas obreras y estudiantiles y un forzado endeudamiento que favoreció principalmente a las metrópolis . Con la excusa de que “es lo único que se puede hacer” o “no hay otra opción”, se acallaron las voces que indicaban lo erróneo de estas políticas. Este discurso único configuró un claro ejemplo de un exceso de pragmatismo bajo el modo de un tecnicismo economicista que demostró su fracaso en la Argentina en el 2001. Ya había mostrado sus falencias pragmáticas en 1890 y, sobre todo, con la crisis bursátil en 1929. El fenómeno, ahora de la mano de la implosión de la llamada “burbuja inmobiliaria” o “crisis de las hipotecas subprime”, se repetiría en el año 2008.
b. Los populismos como una sombra, como un espectro: como los liberalismos no suelen aprobar los modos en que se expresan los populismos ni sus modos de gestión pues afecta un modo de acumulación, es posible pensar, como lo hace Canovan, que los populismos pueden ser entendidos como una sombra arrojada sobre el componente liberal de las democracias modernas. Este modo de entenderlos, es similar al ya presentado “huevo de la serpiente” y alude al hecho de que los populismos no surgen desde posiciones antidemocráticas, sino que son el resultado del déficit liberal. Pensar a los populismos como una sombra o como un espectro de la democracia, es considerarlos como experiencias de democracias radicales u ultra democracias.
La posición de la autora inglesa, al contrario de lo que se piensa, no significa que la sombra de los populismos sea un efecto negativo, sino que, como todo cuerpo proyecta una sombra, las democracias también; es la idea del “huevo de la serpiente”; si las condiciones son las adecuadas, esto es, déficit democrático que supone exclusión, represión, desigualdad, etc., el “huevo” tendrá mayores posibilidades de madurar. Los populismos son una posibilidad interna de las democracias. Anidan en ella, y así como Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista (2017) en el año 1848 y que empieza con la famosa frase “Un espectro se cierne sobre Europa…”, la idea de los populismos como un espectro de la democracia tiene esta intención.
Los populismos conforman una alternativa superadora, aunque entienda también que este aserto disguste a muchos/as, de la democracia liberal por sus ingredientes inclusivos, redistributivos, participativos e igualitarios. Si la democracia liberal cumpliera sus promesas y sus objetivos fundacionales como los de libertad, igualdad, fraternidad, los populismos no tendrían razón de ser, pero como estas democracias se desvían de esos objetivos hacia el polo del autoritarismo y la exclusión –el polo pragmático–, los populismos configuran una respuesta posible, no la única, a ese modo de gestión de la sociedad.
Otra mirada sobre los populismos se sostiene en considerarlos como un síndrome, una dimensión general de la política de un particular sistema ideológico compuesto de dos elementos:
a. La noción de la supremacía de la voluntad del pueblo.
b. La noción de una directa relación entre pueblo y gobierno que no excluye las instituciones.
Como se puede observar, estas dos nociones permiten establecer que los populismos son compatibles con las democracias radicalizándolas ya que establecen al pueblo como origen de la soberanía y expresión de una voluntad y también una relación lo más directa que se pueda con el gobierno que debe expresar esa voluntad por medio de instituciones políticas sujetas a elección.
Esta es una cuestión importante que rara vez es tenida en cuenta ya que, si bien los populismos desconfían de las instituciones intermedias clásicas del liberalismo, no por ello abjuran por principio de ellas; por el contrario, proponen una organización institucional electiva y controlable por el pueblo, y la organización en la que más confía son los partidos políticos. Se da en consecuencia, una relación que, para los liberalismos puede ser peligrosa y/o antidemocrática porque, en general, los partidos políticos populistas, están dirigidos por líderes carismáticos que pueden apropiarse de la representación popular, pero eso no equivale a argumentar que la relación líder-pueblo se base en una manipulación demagógica. En el caso del peronismo, sin dejar de reconocer los fuertes liderazgos que existieron y existen a nivel nacional, provincial y local, se practican elecciones internas e incluso puede haber secesiones partidarias que luego se transmutarán en alianzas electorales conformando frentes. El FREJULI, de los años `70, es un ejemplo, y el Frente para la Victoria del siglo XXI, es otro.
Por el contrario, cuando los populismos ignoran la existencia de instituciones, o bien no admitiría tal definición, o habría que considerarlos como ciertas desviaciones de ellos; de tal manera que cabría en estos gobiernos, una disminución de los ideales democráticos, pero este no es el caso de los populismos clásicos latinoamericanos del siglo XX sino que, en general, se habla de los neopopulismos neoliberales de fines de ese siglo de Carlos Menem o Alberto Fujimori o de expresiones más derechizadas de propuestas políticas del tipo del Frente Nacional francés de Jean-Marie Le Pen, pero, como se verá, no todos/as los/as autores que investigan este campo coinciden en definirlos así:
Los procesos que tuvieron lugar en los años noventa no son asimilables a los llamados populismos clásicos latinoamericanos como el yrigoyenismo, el varguismo, el cardenismo o el peronismo. Ello no sólo por la brutal diferencia entre las agendas públicas de unos y otros movimientos ni por su base social, sino por la forma misma en la que se estructuraron ambos tipos de identidades políticas…El término “neopopulismo” como caracterización de los procesos de reforma de mercado con liderazgos personalistas sólo ha aportado, desde este punto de vista, confusión. (Aboy Carles 2014:30/1)
Otro tema que merece atenderse en este contexto de populismos y democracias, se funda en la relación que se establece con las minorías y aquí, nuevamente, encontramos profundas diferencias entre las experiencias europeas y latinoamericanas.
Los llamados populismos europeos que, como estamos sosteniendo, no son como los latinoamericanos y dudamos de que deba definírselos igual, por lo menos debido a sus propuestas, aunque compartan su origen como rechazo o respuesta al orden liberal, suelen no tener una especial consideración por las minorías; en cambio, en Latinoamérica no se da esta situación.
En nuestro continente, los populismos existentes han respetado a las minorías –con excepción de las minorías originarias que, cabe decirlo, no fueron integradas al modelo populista en sus orígenes –. Justamente, la promoción de derechos, sobre todo de los derechos sociales, supuso el reconocimiento de las minorías. En el caso del peronismo, con la excepción indicada de las comunidades originarias, siempre se trató de integrarlas.
Finalmente, los populismos, en su expresión empírica y teórica, son formas radicalizadas de la democracia y nacen de las fallas deficitarias del modo en que la implementan las democracias liberales.
Los populismos son, en su origen y en sus principios, radicalizaciones democráticas porque estimulan la participación popular, se someten al acto eleccionarios y en sus plataformas políticas y doctrinarias, persiste la idea de la integración popular, la inclusión social, el igualitarismo y la promoción de derechos integrales para todos/as. Aquellos regímenes definidos externamente como populistas que se aparten de estos principios o bien no son populistas o cabría la posibilidad de pensarlos como desviaciones de un ideal.
Conclusiones
Como hemos podido apreciar a lo largo de este trabajo, mucho se ha escrito sobre los populismos tanto para bien como para mal, lo que nos indica que este tema cuenta con un grado de salud apreciable ¿y porque un tema que aparece como periférico a la ciencia política y a la ciencia social en general concita tantas posiciones extremas? La respuesta es, según mi modo de ver, bastante sencilla.
El problema que plantean los populismos radica en que fijan de una manera muy particular y que no es racional, un elemento de la política y de la gestión política que la academia ha subestimado y son las identidades políticas y las emociones que despiertan los liderazgos políticos y, además, exhiben el fracaso de la democracia liberal y de sus propuestas políticas y económicas ya que excluyen a grandes grupos poblacionales de los beneficios que ellos/as mismos/as producen. La teoría del derrame, por ejemplo, no ha cumplido lo que se ha propuesto.
Al contrario de lo que afirma el discurso del liberalismo acerca de no hay ninguna posibilidad de desarrollo sin el mercado libre, la experiencia china indica lo contrario. China es un ejemplo de que el capitalismo industrial, incluso el financiero, puede desarrollarse con la intervención del estado. China derriba el mito del mercado libre. Se podrá decir que en China no hay democracia, en el Chile de Pinochet, alabado por Milton Friedman tampoco, y cabría pensar si hay realmente democracia en los EE. UU después de Floyd.
El crecimiento industrial de China en los últimos años, nos está indicando que es posible un desarrollo capitalista con un mercado sujetado, por decir así, desde un estado centralista. Cabría pensar si este desarrollo está acompañado de bienestar social y parece ser así; pero, cabe decirlo, no somos chinos/as y quizás esta forma de implementación económico-político nos sea del agrado de todas las poblaciones.
De confirmarse esta apreciación, las posturas populistas sobre la intervención del estado en la economía regulando los conflictos, darían por tierra con todas las críticas que se le han hecho desde el economicismo liberal y nos habilitaría a pensar que esas críticas no son económicas, sino que son estrictamente políticas.
Con la entronización de la racionalidad iluminista como única arma para comprender el cosmos y todo lo que acontece en él, se creyó, debido a sus éxitos técnicos, que también podría comprenderse y explicarse, que es lo que más les interesaba a los filósofos iluministas, la conducta y la sociedad humana. “Todo lo racional es real y todo lo real es racional” dijo Hegel y con esta frase, de alguna manera selló un camino que no permitió comprender los aspectos irracionales de la realidad que, como bien sabemos hoy día, existen y tienen tanta validez como los racionales. Foucault llamaba a la “insubordinación de los saberes sometidos” y esta es una frase que bien podría caberle a un/a epistemólogo/a populista porque de lo que se trata es de insubordinarse a un poder que desplaza a otros poderes, en este caso el poder popular, sede y núcleo de la soberanía democrática.
Los populismos latinoamericanos, que hay que distinguir de otros modos populistas que ya han sido mencionados en este trabajo, se caracterizan por haber propuesto mejoras sociales cuando han sido gobierno; desde este punto de vista, los populismos latinoamericanos han sido los que promovieron el estado social benefactor en un continente en donde se ha abusado de la explotación colonial e imperial.
Este estado social benefactor, se instaura en un territorio nacional afectando privilegios e intereses de una élite encarnada en el poder desde hace muchos años. Es esta élite la que, al no querer perder ningún privilegio –quiero remarcar esta idea– ha permitido que los populismos triunfaran electoralmente ya que con un discurso que hacía del antagonismo una cuestión de identidad, proveyó a las bases excluidas y explotadas de un sueño que le fue y le es arrebatado por un modo de gestión de la res pública que los/as desconsidera.
La élite en Latinoamérica, es una élite dominante y no meramente dirigente, y es capaz de sacrificar a su pueblo en aras de proteger sus privilegios. Cuando los pueblos, debido al proceso de modernización que supone la universalización de la alfabetización, toman conciencia de que su situación no es natural, sino que es debido a una explotación y, además, surge un/a líder con capacidad de conducción y de clarificación de esa indignación, la posibilidad de emergencia del fenómeno populista se hace más concreta. Se da, en consecuencia, un fenómeno de entropía social en donde convergen armónicamente un pasado de explotación y exclusión, unas masas preparadas y la aparición de líderes con una conciencia transformadora que tienen la capacidad de atraerlas a un proyecto que las incluye. Lo más sorprendente de todo es que estos líderes cumplen sus promesas y son capaces de crear un estado social benefactor incluyente que logra otorgar derechos sociales que transforman la vida cotidiana de las personas que apoyaran incondicionalmente a ese proyecto no ya desde una racionalidad como pretendían los/as teóricos y teóricas de la modernidad iluminista sino con la emocionalidad propia de los pueblos sometidos.
Los populismos también son formas del discurso, un tema importante y que aparece en la literatura de este campo y que no se ha desarrollado en este trabajo sencillamente porque se ha escrito mucho y bien sobre ello y no me he sentido capaz de decir algo novedoso, pero es preciso señalar que toda política se sostiene en un discurso y en una retórica y aquí hay una clave para entender que los populismos, tal como dice Ernesto Laclau, del que hemos hablado mucho en este trabajo, son política y, son política en estado puro digo yo.
Los populismos en Latinoamérica, tal como nos enseña la historia, deben desarrollar sus gobiernos en medio de presiones de todo tipo en donde la influencia extranjera no debe ser subestimada.
Estos modelos de gobierno suelen ganar electoralmente sumando muchos votos porque cuentan con el concurso popular y, tal como se viene diciendo a lo largo de este trabajo, para la élite en el poder, todo lo que se refiera a pueblo entraña un peligro para sus particulares intereses, por ello, cuando desplazan a los populismos –que hasta la fecha solo ha sido posible por elecciones libres y limpias en Argentina con el ascenso de Macri en el año 2015– lo hacen por procedimientos no del todo limpios; el impeachment de Lugo y de Roussef son un ejemplo.
Los populismos presentan una resiliencia que es destacable y que algo querrá decir en el terreno sociológico y político porque siempre están a punto de desaparecer, de acuerdo a cierto discurso de sus opositores/as (recordemos el “No vuelven más”), pero nunca desaparecen retornando siempre por vía electoral al poder.
Los populismos parecen poseer una enorme capacidad no solo de renovación dirigencial, sino que logran captar las simpatías de grandes porciones de la juventud que encuentran en ellos, una vía de expresión y de militancia. Hoy en día, en el año 2022, parte de esta juventud parece encontrar representación, en las propuestas políticas de los que se autodenominan “libertarios”.
Al contrario de lo que se piensa, los populismos en Latinoamérica son capaces de organizar multitudes que van a escuchar sus líderes y, cuando son gobierno, promueven derechos novedosos tales como la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario, etc., que indican que son mucho más modernos en términos sociales y políticos que las acusaciones que sus detractores/as profieren. Mientras estos/as viran hacia posiciones conservadoras en lo social, los populismos se atreven a discutir de todos los temas que aquejan a las poblaciones. Los populismos latinoamericanos, con la excepción de Lugo en Paraguay, no pierden su sustento electoral y sus líderes suelen ser reelectos porque cuentan con una base electoral que es también resiliente. Este es un dato que nos permite hablar de los populismos como una persistencia y como fenómenos que trascienden lo meramente político; siempre se les decreta su defunción, pero siempre vuelven.
A mí me parece, y lo he expresado en el texto, que los populismos son una reacción de democracia radical a un modo de implementar la democracia que termina restándole densidad. La democracia republicana liberal, con sus colegios electorales, con su temor a los plebiscitos –tema que ameritaría un capítulo entero–, con su rechazo a las multitudes y a sus demandas, con su preferencia por lo individual, por su aversión al compartir, con su apelación al mérito, etc., termina fracasando en su proyecto democrático sencillamente porque no le interesa integrar a toda la población a los beneficios que esa misma población, con su trabajo, produce. En este fracaso, los populismos insertan su propuesta y por eso triunfan; porque la democracia liberal deja al margen –Castel (1995) los llama “supernumerarios”– a las mayorías por temor de que le disputen sus privilegios.
Cuando la democracia en Latinoamérica permite elecciones libres y limpias, las propuestas populistas tienen muchas probabilidades de triunfar electoralmente. El primer día a posteriori del triunfo electoral, esa misma democracia que se define como tolerante, comienza a trabajar en contra del interés del gobierno que acaba de triunfar llegando incluso a la utilización de instrumentos antidemocráticos como los golpes de estado o los impeachment dudosos de su legalidad y legitimidad.
El problema que presentan los populismos, puede ser su giro conservador, su estancamiento y cierta tendencia al nepotismo y al autoritarismo. Si bien, con la excepción de Maduro en Venezuela, tema que habría que analizar en profundidad y con mucho respeto porque lamentablemente en ese país se vive un estado de cuasi-guerra debido a la presión de los EE. UU, no se han dado casos de autoritarismo, no por ello debamos descartar el tema.
Para evitar esta cuestión, los populismos, al menos en el caso del peronismo, han encontrado un antídoto y es el estímulo a la militancia y a la participación política de todos los sectores sociales, en especial de la juventud. Mientras se encuentren abiertos los canales de participación política y el partido o los partidos que integren un frente electoral permitan su renovación dirigencial transversal mediante el ejercicio de la democracia partidaria interna, el riesgo de anquilosarse y transformarse en una Nomenklatura burocratizada, se disipará.
Como se ha dicho, siempre se decreta la muerte o la desaparición de los populismos, pero, sin embargo, cada vez que hay elecciones libres, incluso en Europa que presentan algunos populismos de derecha como el de Marie Le Pen, los populismos son actores principales ya sea porque las ganan con márgenes enormes o porque las pierden con poco margen transformándose en la principal fuerza de oposición.
Nada indica, entonces, que los populismos estén por desaparecer sino todo lo contrario; son la única respuesta moderna y actualizada al fracaso de las propuestas políticas de la primera modernidad que expresan todas las formas de liberalismos económico, pero también todas las expresiones de la izquierda dogmática y burocrática.
Será cuestión de, si somos democráticos/as, de respetar las decisiones que tomamos como ciudadanos/as libres en un mundo que teme a las mayorías.
***
Este trabajo se escribió con la intención de conocer y describir que son los populismos y no para sentar posiciones partidarias irreductibles. No he pretendido descubrir nada sino develar, en el sentido que le daban los griegos a la palabra Aletheia, lo que permanece oculto tres el telón que bajan los discursos hegemónicos a quienes no les interesa develar nada porque de hacerse, se descubriría su rostro.
Munro 2022-2023
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