Introducción.
¡Ah! ¡El horror! ¡El Horror!
Kurtz.
Occidente siempre fue bárbaro. Desde sus inicios tribales y sus luchas intestinas, vio en la guerra de conquista su modo de ser. La herencia conquistadora tanto de Esparta, Roma y los vikingos no logra ser escondida ni justificada bajo el ropaje de la Ilustración que adviene en el siglo XVIII con la intención de zanjar esa deuda bárbara que ya se hacía evidente.
La conquista de América y de Africa, a sangre y fuego, posibilitó trasladar las luchas internas mediante la explotación de los territorios ilegalmente ocupados y de los hombres y mujeres que allí vivían. El fabuloso traspaso de riqueza desde América hacia Europa permitió diferir los conflictos por las necesidades básicas y desarrollar económicamente, así, el continente. Pero el precio a pagar fue la legitimación de la barbarie.
La razón, como instrumento de la conquista, es ella en sí misma, la barbarie disfrazada con el ropaje de la intelectualidad. “Una de las tareas de la Ilustración era multiplicar los poderes políticos de la razón” (Foucault 1996:17). Mediante la razón, el poder de la barbarie ilustrada se justificó a sí mismo, y, a partir de ésta justificación, se convierte en exceso. Cuando la razón se convierte en exceso hay algo que no encaja en ella. El desborde, los exabruptos, la exageración, etc., no corresponden a la razón sino a su contrario.
La justificación racional de la conquista y de la explotación del otro, como se verá, será el origen de su exceso y la demostración más evidente de la barbarie que habita en ella. La voluntad de poder que lleva implícita la razón se inscribe en ella como una marca a fuego. Razón y poder, poder y razón, son términos que, en Occidente, van de la mano.
Tenemos entonces una barbarie conquistadora, esclavista y colonial que intenta justificarse en una razón que la habilita como tal impugnando, con el poder de las armas, otro tipo de razones que terminan subordinadas a la razón conquistadora, a la razón bárbara, a la razón de las armas y del horror.
JUSTIFICACIÓN.
Las Ciencias Sociales suelen encontrar en la Literatura, elementos que le son funcionales a su desarrollo. Las novelas, los cuentos, las obras de teatros, etc., suministran en algunas ocasiones a estas Ciencias, un motivo de reflexión. La literatura, como creadora de un mundo artificial cuyo origen es el mundo social real, puede darnos a leer “...escenas, experiencias íntimas, razonamientos, acciones e interacciones que ningún sociólogo de la vida real podría hacer aparecer” (Lahire 2006:169).
La justificación de éste ensayo reflexivo consiste en analizar a la barbarie humana expresada en la conquista europea de sus territorios coloniales a partir de una interpretación de la obra de Joseph Conrad titulada “El corazón de las tinieblas” y del film dirigido por Francis Ford Coppola “Apocalypse Now” basada en ésta novela y ambientada en la sangrienta guerra de Vietnam. De lo que se trata, finalmente, es de entender tanto al Kurtz de Conrad como el coronel Kurtz de Coppola que llaman a “exterminar a los bárbaros” configurando, a mi parecer, esa justificación y exceso de la barbarie europea a la que hacía referencia en las líneas precedentes. De la misma manera, encontraremos que dicha barbarie aún persiste en algunas formas políticas implementadas en la actualidad que pretenden mantener la hegemonía devenida de la conquista utilizando justificaciones basadas en un tipo de razón; la razón instrumental técnico administrativa, que pretende erigirse como único discurso impugnando otro tipo de razonamientos y argumentaciones cuyo origen es la periferia, es decir, en éste caso, Sudamérica.
Este ensayo, entonces, se escribe desde la periferia, desde esa zona que Europa ha considerado bárbara y salvaje sin entender que éstas categorías no son las adecuadas para comprender la realidad de éstas regiones. Por el contrario, pretendo dejar claro que, cuando mencione a la barbarie y al salvajismo, estaré hablando del Ser bárbaro muchas veces encarnado en el espíritu conquistador europeo militarista-mercantilista aunque esta pertenencia no le sea exclusiva.
Sé que la barbarie, en su modo de violencia y conquista, no le compete solamente a Europa pero, como integrante del espíritu occidental, puedo reflexionar sobre sus fundamentos. Yo no soy asiático ni tampoco soy coya, soy descendiente de ese espíritu occidental en su modo periférico, subdesarrollado, colonizado y, como tal, escribo éstas líneas. No abjuro de mi condición. Es a partir de mi condición de occidental periférico que escribo. Que pertenezca a un continente que ha sido colonizado no es, para mí, un impedimento para pensar en la dominación sino todo lo contrario. Padecer los excesos, estudiar sus efectos, me habilita a reflexionar al respecto sin por ello considerarme, yo mismo, subdesarrollado, dominado, colonizado. La libertad de pensamiento y la honestidad intelectual no es deudora de una cultura sino que se relaciona con el Ser. Jean Paúl Sartré lo sabía muy bien.
Con respecto a las demás culturas sé positivamente que también se han cometido excesos. La aristocracia náhuatl sacrificaba humanos para calmar la ira de Huitzilopochtli. Los Incas enviaban a las nieves andinas a niños para que mueran en las altas cumbres posiblemente con el fin de sacrificarlos a los dioses. Los Qom escalpaban a sus enemigos e insertaban el cuero cabelludo obtenido en largas picas para ostentación de su virtud guerrera. Desde mi campo de significación, estos también pueden ser considerados rasgos de salvajismo tal como los europeos. La diferencia estriba en que yo conozco el substratum ideológico en que se configura mi campo de significación y, a partir de éste conocimiento, puedo realizar la crítica, pero desconozco el campo de significación náhuatl o inca sencillamente porque mis predecesores españoles en este caso, no han dejado testimonio de esos campos de significación y este hecho, justamente, confirma la barbarie de Occidente tal como pretendo argumentar a lo largo de éste ensayo.
Que quede claro entonces; Occidente no es el único modo del salvajismo humano. Lo que yo pretendo es analizar, a partir de libro de Conrad, una de las formas en que se da este salvajismo en la modalidad civilizatoria que tanto agrada a Occidente justificar y si bien yo formo parte de Occidente, pues el idioma en que estoy escribiendo es un idioma occidental, no por ello debo aceptar todo lo que mi cultura pretende justificar. Por el contrario, es mi intención impugnar severamente el salvajismo y la barbarie que lleva escondida en sus entrañas el concepto de civilización. Espero que con el correr del texto mi postura y mi justificación queden claros.
Encontraremos en las figuras de los dos Kurtz entonces, el de Conrad y en el de Coppola, en Marlow y en Willard, ese espíritu bárbaro que aún persiste cuya dilucidación y crítica pretenden ser el objeto principal de éste ensayo.
UNO. La Narración.
“Corazón de tinieblas” fue publicado en el año 1902 y relata un viaje que hace su narrador, el capitán de barco Marlow, al Congo como enviado de una compañía marfilera. Marlow es contratado para ir a una estación ubicada a la vera del río Congo. Esta estación está administrada por el señor Kurtz que es una especie de dios-hombre y que se dedica a administrar esta estación, con métodos que luego serán reprobados por la misma compañía, cuyo único objeto, lo aclaro de entrada, es extraer marfil. En la película de Coppola, Marlow es representado por el capitán Willard del ejército de los Estados Unido que debe remontar un río en Vietnam en una barcaza artillada para ir a asesinar al coronel Kurtz que se encuentra en Camboya; tales son sus ordenes, pues éste coronel ha fundado una especie de “colonia” y se ha rebelado a sus mandos naturales. Le indican a Willard que debe ir a asesinar al coronel Kurtz pues se ha convertido en una presencia que el ejército no puede tolerar.
Cómo se puede apreciar, desde las primeras hojas o las primeras escenas, la barbarie se nos muestra bajo el ropaje de la civilización; Marlow/Willard deben internarse en esa barbarie/salvajismo que expresa el río Congo o un río en Vietnam ya sea para ir a asesinar a un coronel rebelde o ir a hacer algo -que Conrad nunca explicita- a una estación de explotación marfilera en un territorio colonial. Willard solo obedecer ordenes, para Marlow, en cambio, el viaje solo es un trabajo más. Con el desarrollo de la novela y de una manera que no queda clara, se espera que Marlow termine con Kurtz. En la película, la orden de asesinato es explícita.
Marlow comienza su relato en una charla ocasional que tiene con unos marineros mientras espera que la marea suba. Están en el río Támesis. Él cuenta una historia que vivió. La novela, si bien está relatada en primera persona, es una narración que hace un marinero a otros marineros mientras esperan que la marea suba. Es como que las acciones que se van a describir sucedieron en otro lugar, en otros parajes, en otros tiempos, con otros personajes. Esta distancia entre la civilización, en donde se narran los sucesos, y la barbarie/salvajismo que representa la otra tierra, permite una separación entre el hombre occidental y el salvaje. Marlow narra su aventura no de manera romántica sino apesadumbrado por lo que vivió y por lo que vió en la selva en busca del señor Kurtz.
La película, obviamente, tiene otra dinámica narrativa. Willard es enviado al río y se espera que cumpla su orden. No se da esta distancia que sí se da en la novela de Conrad. Willard es un soldado y está acostumbrado a obedecer, Marlow, por el contrario, no lo es. Willard ya conoce los horrores de la guerra, en cambio Marlow no. Él es un marino que busca trabajo y lo encuentra en la compañía marfilera y relata su aventura mientras espera que suba la marea en la relativa comodidad que provee un barco en el Támesis. Marlow relata eventos del pasado, Willard está sintiendo/padeciendo su propio presente con sus compañeros soldados que están viviendo los mismos horrores que Willard vive. Marlow se sitúa, entonces, como narrador de un hecho que vivió y el salvajismo se encuentra en las palabras que relatan los eventos en tanto que el capitán Willard está en su presente en medio de una espantosa y desigual guerra y son sus propios ojos, que son también los del espectador, quienes observan la barbarie humana. Aquí se borran las distancias y el salvajismo y la barbarie están a la vista en la película. No hay mediación del relator. El espectador ve por los ojos de la cámara. En la novela, el salvajismo y la barbarie están en el relato que hace Marlow y no por ello es menos crudo. Tanto la película como la novela son dos formas del relato de la barbarie, eso queda claro; una desde el presente y la otra bajo la forma de narración oral.
DOS. La presentación de la barbarie. Roma.
En las primeras páginas de la novela, Marlow menciona a los romanos cuando llegaron a conquistar Inglaterra. Roma, que expresa la civilización, llega a la barbarie, al salvajismo que es Inglaterra que aún no es al Estado Nación que hoy es. El romano/civilizado llega y “Desembarca en una zona pantanosa, atraviesa bosques y en algún lugar del interior experimenta la sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea..., toda esa misteriosa y primitiva vida que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del hombre salvaje. No hay posible iniciación para tales misterios. Tiene que vivir en medio de lo incomprensible, que también es odioso” (Conrad 2000:17). El salvajismo es, para el hombre civilizado/conquistador, una sensación misteriosa y primitiva que lo rodea. Este misterio es incomprensible y es también odioso. La razón que no puede penetrar lo incomprensible determina el odio a esa incomprensión y el odio será la base, el substratum de las acciones que desestimarán la humanidad de ese hombre salvaje que el hombre civilizado viene a conquistar. Se invierte perversamente en este razonamiento las carga valorativa de la barbarie. Bárbaro y salvaje es el hombre incomprensible que vive en los bosques, en las selvas, en los ríos y no el conquistador que viene a extraer del territorio conquistado sus riquezas con el solo poder de las armas y de la razón instrumental técnico administrativa que posibilita la eficacia de las mismas. La lógica de la guerra, que es una lógica de la barbarie, pretende justificarse en esa incomprensión, que es la base del odio y de la desconsideración del otro que pasa a ser un diferente al “mí-mismo”. El par incomprensión/odio permite descargar sobre el otro, el salvaje, todo tipo de acciones y conductas que configuran la verdadera barbarie por que ¿que tipo de civilización puede justificar la esclavitud, la explotación, el saqueo, el asesinato, las violaciones, las deportaciones, etc.? Encontramos, entonces, en las primeras lineas de la novela, la justificación de lo injustificable en la mentalidad conquistadora romana, orgullo de esa Europa bárbara que cree haber superado esa barbarie por que triunfa por medio de métodos inhumanos sobre los salvajes. Nótese que, ya en los inicios de la novela, no así de la película, Conrad nos anticipa ya algo de sus ideas al respecto. Roma lleva la civilización a la barbarie en esa isla que está cruzando el Canal de la Mancha, donde se encuentra él mismo.
Esta incomprensión del salvaje es también una fascinación “La fascinación de lo abominable” (Conrad 2000:18). Otra forma de expresar ésta fascinación es por los descubrimientos de lo natural, de lo monumental de la naturaleza en el mundo salvaje. “Remontar aquel río -cuenta Marlow- era como volver a los inicios de la creación, cuando la vegetación cubría la faz de la tierra y los árboles se convertían en sus reyes” (Conrad 2000:58). La exuberancia, la abundancia, el clima, las enormidades de los lugares salvajes, fascinan al europeo que adviene a éstas tierras de su raquítica y pequeña Europa y realiza, pues, un viaje al pasado, a los inicios de la creación. No en vano, los primeros españoles que pisaron América pretendieron buscar el Edén mítico o representaciones similares al notar la abundancia de alimentos, plantas, animales, etc., que eran desconocidos para ellos. Si alguna vez existió el Edén, éste debe haber estado en América o en África.
La contraparte de esta fascinación es el descubrimiento de la barbarie propia. Este tema será tratado más adelante. En el punto Ocho específicamente.
La barbarie que expresa el salvaje fascina al civilizado. El exotismo, lo extraño, la posibilidad de la aventura, termina seduciéndolo y el civilizado se siente atraído por lo bárbaro. Esta fascinación la vamos a encontrar en Domingo Faustino Sarmiento en su texto sobre Facundo Quiroga. El intelectual/civilizado sanjuanino se siente fascinado por las habilidades de los gauchos pampeanos, los bárbaros que hay que eliminar para que la Argentina se transforme en una nación moderna. Admira su destreza con el lazo, en el dominio de su cabalgadura, en su conocimiento de la naturaleza y no puede menos que admitir que se siente fascinado por el “exceso de vida” que poseen estos bárbaros/salvajes. Marlow también admite esta característica en los salvajes que va encontrando en su derrotero: “Vociferaban y cantaban; sus cuerpos estaban bañados en sudor, sus caras eran como máscaras grotescas; pero tenían huesos, músculos, una vitalidad salvaje, una intensa energía en los movimientos, tan naturales como los de las olas a lo largo de la costa.” (Conrad 2000:28). No obstante, por más que posean esta vitalidad admirada por Sarmiento, es necesario eliminarlos pues con ellos no se puede hacer una nación moderna, es decir, civilizada. Uno de los componentes figurativos1 del Iluminismo es la Modernidad y la Modernidad tiene en la razón su componente figurativo. Iluminismo, Modernidad y razón, pues, son tres de las principales dimensiones que configuran a la civilización europea tal como se desarrolla aproximadamente en el siglo XVII. Dejemos el tema en éste lugar ya que su profundización me desviaría del objetivo principal que me he propuesto, pero me parece que es importante señalar su relevancia para el tema en cuestión. La civilización a la que estoy aludiendo es la civilización que deviene de la idea de la Modernidad y ésta del Iluminismo.
Parece ser que la civilización solo se puede desplegar eliminando la barbarie y, para hacerlo, debe “transformarse” ella misma en bárbara. Veremos, más adelante, que en realidad no es una transformación sino que la barbarie es el complemento necesario de la civilización.
En relación al “exceso de vida”, a la “vitalidad salvaje” se puede notar que hay una relación diferencial con el cuerpo entre el salvaje y el civilizado. El cuerpo del salvaje parece estar dotado de un impulso, de una energía vital que le llama la atención al civilizado. La desnudez, la habilidad para domar animales, el conocimiento empírico de la naturaleza es todo lo contrario de lo que el espíritu civilizatorio pretende. El salvaje forma parte de la naturaleza, es la naturaleza. En cambio el civilizado pretende adueñarse de ella para que ella, finalmente, se ponga a su disposición. La idea de la civilización es la de someter a la naturaleza. La razón se impone a lo natural. Para ello, desarrollará la técnica, para dominarla, para someterla siendo inconsciente del precio que paga por éste dominio. En el terreno bélico, el civilizado desarrollará armas para destrozar esos cuerpos a la distancia, nunca comprometiendo su propio cuerpo en el combate. Son los helicópteros norteamericanos ametrallando las aldeas vietnamitas desde la relativa seguridad que da el aire, son los bombardeos con napalm desde, ahora sí, la seguridad de la cabina del jet a mil metros de altura. Como se verá, la artillería en el siglo XIX y la aviación en el XX, son los modelos con que la civilización pretende derrotar a la barbarie. Estos instrumentos técnicos-bélicos, nos hablan, también, de una concepción del cuerpo. No es el mismo compromiso corporal el que tiene un infante que el que tiene un artillero o un aviador. La guerra de Vietnam se libró desde el aire y, a partir de esta supremacía, los infantes podían descender en las LZ o zonas de aterrizaje (land zone) y distribuirse. Esta técnica de combate está clarísima en la película, más precisamente en la escena en donde el coronel Kilgore de la caballería aérea, con su sombrero a lo Custer y desnudo de la cintura para arriba, después de bombardear una aldea vietnamita, en donde se ve a niños en edad y con uniforme escolar, baja de su helicóptero y hace surfear a uno de los soldados. Llama por radio a la aviación y les da las coordenadas para que los aviones rocíen con napalm la selva. Entre el humo que queda del bombardeo y los cadáveres norteamericanos y vietnamitas le dice a un soldado: “¿Hueles eso?¿Lo hueles muchacho? Es napalm hijo, nada en el mundo es así...que delicia oler napalm por la mañana. Una vez bombardeamos una colina por doce horas, cuando acabó todo subí, no encontramos ni un cadáver de esos chinos de mierda...había olor a gasolina quemada, aquella colina olía a...victoria”2. La victoria como resultado horroroso de la supremacía técnica.
Dos concepciones del cuerpo, entonces, entre la civilización y la barbarie, y el desarrollo de una técnica bélica para no exponer el propio cuerpo en combate y exterminar al enemigo desde la comodidad que da la supremacía técnica militar. Se va viendo, entonces, cuales son los caminos que prefiere la civilización3.
Marlow, narrando los hechos desde 1902, pleno auge del positivismo y de la confianza en la razón técnica instrumental les dice a su auditorio: “Lo que a nosotros nos salva es la eficiencia...el culto por la eficiencia. Pero aquellos muchachos (por los romanos) en realidad no tenían demasiado en que apoyarse. No eran colonizadores; su administración equivalía a pura opresión y sospecho que a nada más. Eran conquistadores, y para eso lo único que se necesita es fuerza bruta, nada de lo que pueda uno jactarse cuando se tiene, pues la fuerza de uno no es sino la consecuencia de la debilidad de los otros...Era un pillaje con violencia, un alevoso asesinato a gran escala...La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no posee tanto atractivo como cuando se observa de cerca” (Conrad 2000:18).
Se nota en este pasaje dos cosas y que son importante para esta reflexión: la barbarie que expresa el colonialismo europeo pretende justificarse en el culto a la eficiencia. Encontramos algo de este razonamiento en el pensamiento neoliberal resultado del Consenso de Washington. La imposición de éste modelo económico, que en nuestro continente necesitó de la barbarie expresada en las salvajes dictaduras asesinas que asolaron nuestros países, se justificó en una supuesta eficiencia que resultó no ser tal. Lo que quedó despues de la implementación de los programas devenidos del espíritu del Consenso de Washington y de las políticas implementadas por el FMI fue: desocupación, hambre, desarme del Estado Social, privatización, pobreza, violencia, etc. La eficiencia en donde pretende justificarse éste tipo de dominación no es tal. La debacle financiera de fines del 2008 así lo confirma. Por otro lado, el reconocimiento de que la barbarie colonizadora solo se funda en la fuerza bruta que se impone sobre la debilidad del otro no hace más que reforzar mis argumentos ¿que tiene de civilizado la aniquilación del más débil? ¿en donde reside el honor, la gallardía, la valentía cuando se arrojan toneladas de bombas “inteligentes” en ciudades indefensas? ¿cual es la eficacia de los bombardeos “quirúrgicos” cuya secuela es la muerte y la incapacidad en niños/as, viejos/as inocentes que no están armados y que no significan ningún peligro? Se comienza a confirmar que este tipo de civilización, que pretende asentarse en una eficiencia que no es tal, debe responder, entonces, a otros objetivos; la exacción de las riquezas ajenas ya sea petróleo o dinero mediante la imposición de préstamos a intereses usurarios y en la obligación de vender a precio vil las materias primas y a precios inflados las manufacturas producidas en las metrópolis. Vuelvo a reiterar lo dicho en las primeras páginas; la transferencia de recursos desde la periferia a los países centrales es la consecuencia del poderío de los unos y de las debilidad de los otros.
La barbarie expresada por medio de la guerra de conquista se torna cobarde cuando el atacante cuenta con los recursos técnicos para no ser herido y para poder aniquilar a su enemigo4. “El arte de matar a distancia se convirtió, muy tempranamente, en una especialidad europea” (Lindqvist 1996:45).
El desarrollo de la artillería, la misma que es ensalzada por Sarmiento en ocasión del triunfo del Gral. Paz en la batalla de Oncativo sobre las tropas federales del Gral. Quiroga, posibilita la guerra moderna y también el desarrollo de masacres5. Cuando la superioridad tecnológica es tal que no permite al enemigo ensayar la más mínima defensa, la guerra deje de ser y se convierte en masacre. Ni siquiera von Clausewitz6 aceptaría llevar la guerra por estos medios. Las masacres son el resultado de la aplicación de la barbarie por medio de una específica técnica bélica. Ya no hay simetría entre los oponentes. La extrema asimetría que permite el acceso a los modernos armamentos de destrucción masiva refuerza la idea de barbarie que estoy exponiendo. No hay honor ni justificación en ametrallar a personas desarmadas que no implican ningún peligro. Debemos buscar, entonces, por otros lugares la comprensión de este bárbaro comportamiento.
TRES. La propiedad. La apropiación.
Cuando el mundo es descubierto en su totalidad, en virtud de su circunnavegación, se descubre también un territorio para la conquista, para su apropiación. Colón llega el “nuevo mundo”, nuevo para los europeos ya que en estas tierras existían culturas mucho mas desarrolladas en algunos aspectos que las europeas, y se cree con la autoridad para reclamarlas para la corona española. Este comportamiento será el mismo que el de la elite porteña de 1880 en la mentalidad del Gral. Roca y su Conquista del Desierto. ¿Cómo se justifica la conquista de un desierto? Sólo se justifica por la necesidad de esa elite de fundar un Estado Nación sin la presencia de sus habitantes originales. Se necesitó del sometimiento y del exterminio de los pueblos originarios y de los habitantes de la llanura, los gauchos, para que la Nación Argentina pudiera ser tal. La Argentina, como muchas naciones americanas, son el resultado de la dominación y exterminio de sus comunidades originarias. Marlow percibe ésta característica cuando recuerda que en su infancia gustaba de mirar mapas de América, Africa, el Polo Norte y descubre que “Por aquel entonces había en la tierra muchos espacios en blanco”(Conrad 2000:19) y piensa que “Cuando sea mayor ire allí” (Conrad 2000:19). Lo que no percibe Marlow es que esos espacios en blanco estaban habitados, que están en blanco en sus mapas, que son europeos, que no hay desiertos, que incluso donde los hay, el ser humano encuentra posibilidades de existencia allí donde el civilizado solo ve barbarie. Tierra del Fuego, Alaska, el Kalahari, no son sólo desiertos desde el punto de vista geográfico, son también el territorio en donde se han asentado comunidades que pudieron vivir y desarrollarse.
La conquista de estos territorios “en blanco”, pero que sin embargo estaban habitados, solo es justificable desde el punto de vista de la civilización occidental por que se consideran desiertos, selvas, bosques, etc., geografías no urbanas pues solo en las ciudades es donde puede residir la civilización. La naturaleza feraz no proporciona los medios para el desarrollo de la civilización. Solo un salvaje puede vivir en esas condiciones y en esos climas y es la misión de Occidente enseñarle a vivir como se debe, es decir, a la manera occidental. Para ello debe emplear la barbarie expresada en la conquista.
Los desiertos, las selvas, los bosques, las montañas, los ríos son también la fuente de una forma de riqueza; la de las materias primas que permiten a la industria manufacturera existir y permitir así que exista el mercantilismo. Entonces encontramos que el desarrollo del mercantilismo es lo que justificó, realmente, la conquista y no es ni la salvación de las almas de los salvajes ni la distribución del conocimiento occidental lo que la motivó. Sólo ha sido el espíritu mercantil y la posibilidad de hacer negocios para unos pocos en contra del bienestar de muchos.
CUATRO. “Allí”. Lo innombrable. La palabra dominadora/dominante.
Los territorios de la barbarie son “allí” en el texto de Conrad. Cuando el doctor de la compañía examina a Marlow para ver si está en buen estado de salud le dice: “Está bien, está bien para ir allí...” (Conrad 2000:25) y, con un criterio racional típico, comienza a medirle el cráneo pues al hacerlo está velando por los intereses de la ciencia que es otra de las justificaciones de la barbarie. La ciencia occidental está dispuesta a sacrificar algún que otro espécimen tan solo por salvaguardar sus propios intereses. El higienismo positivista es el que habla por boca de éste doctor que mide, lombrocianamante7, a Marlow. Este médico quiere investigar los cambios que ocurren en las personas que van “allí” pues percibe que algo extraño a la ciencia debe suceder con esos sujetos pues no los vuelve a ver. Examina a Marlow y le da determinados consejos sobre como debe cuidarse. Pensativo lo mira y le dice “Sería interesante para la ciencia observar los cambios in situ...” (Conrad 2000:25). La ciencia, que está dispuesta a sacrificar al espécimen a estudiar, es también una de las formas de la barbarie. No hace falta que me explaye demasiado en este tema pues la brutalidad nazi y los experimentos realizados en los campos de exterminio en nombre de la ciencia me exime de ello. Un solo nombre alcanza para denunciar esta barbarie: Joseph Mengele.
“Allí” es entonces, el territorio donde la civilización debe desplegar todo su potencial, “allí” es el trópico, es la selva, son las enormes montañas, los desiertos, los ríos caudalosos, los enormes lagos como mares y los hombres que los habitan son los salvajes que deben ser iluminados por la civilización aunque esta iluminación los termine extinguiendo. Marlow se asombra cuando le informan que debe ir “allí”: “¡Cielos! ¡Y yo iba a hacerme cargo de un vapor fluvial de poca monta...Resultó, sin embargo, que yo era también un Pionero, pero con mayúsculas. Algo así como un emisario de la luz, como un apóstol de segunda categoría.” (Conrad 2000:26). Parece ser que el lugar de la barbarie no se nombra; es “allí”, no tiene nombre, es el desierto, la selva impenetrable, el lugar de los ríos caudalosos. Con la nominación “allí” se despoja al lugar de una nominación como corresponde. “Allí” es el espacio a conquistar, no es un lugar en donde habita gente. “Por cierto que el aquí europeo, occidental, adquiere todo su sentido con respecto a un afuera lejano, “colonial”, hoy “subdesarrollado”...” (Augé 1993:17). Para Augé, un lugar es un espacio dotado de sentido, lo que niega el “allí” adonde debe ir Marlow. Un lugar no es sólo la confluencia de dos o más puntos en un plano espacial. Es el espacio al que el hombre le da una significación. Esta significación muchas veces es el origen de las toponimias. Es “el-mundo-allí” del que nos habla la Fenomenología de Edmund Husserl8.
Se difunde la noticia del viaje de Marlow a un “allí” y le comentan que iba a “...liberar a millones de ignorantes de su horrible destino...” (Conrad 2000:26) pero él no cree que deba tener tamaña responsabilidad. Finalmente le contesta que el motivo de su viaje no tiene nada que ver con lo que piensan en la ciudad sino que a la compañía que lo contrató “...le interesan los beneficios.” (Conrad 2000:26) a lo que le responden “Olvidas, querido Charlie, que el trabajador merece también su recompensa” (Conrad 2000:26). Mas adelante en su viaje por el río, se encuentra con un hombre blanco que era el encargado de mantener los “caminos”, un eufemismo para designar los senderos abiertos a machetazos en la selva. Marlow, charlando con él, le pregunta el motivo por el que se encontraba “allí” y recibe la siguiente respuesta: “Para hacer dinero, por supuesto. ¿Para que otra cosa si no?” (Conrad 2000:38). Claro, ¿que haría un hombre blanco civilizado en un “allí” sino es para hacer dinero? En el mismo sentido, Marlow debe llevar en ese destartalado barco a unos peregrinos y, hablando de ellos dice: “El único sentimiento genuino (de esos peregrinos) era el deseo de ser contratado para una factoría donde poder recoger el marfil y obtener el porcentaje estipulado. Intrigaban, calumniaban y se odiaban entre sí solo por eso...” (Conrad 2000:44). En estos ejemplos radica el pathos ético de estos hombres blancos que van a los “allí” y pretenden hacerlos valer cómo justificación de la conquista.
Tenemos, entonces, varios ingredientes interesantes para ésta reflexión; el interés de la ciencia, desde una visión higienista positivista que, por este interés es capaz de sacrificar la vida humana, una visión de la civilización como luz que ilumina lo oscuro de la barbarie a la que están sometidos los “pobres millones de ignorantes” que, además, son esclavos de un “horrible destino” y el verdadero interés de toda esta palabrería; la posibilidad de hacer negocios que rindan un beneficio pues es lo que se merece la civilización por iluminar la ignorancia de los salvajes. La metáfora de la iluminación la encontraremos más adelante en el texto: “Cada estación -comenta uno de los interlocutores de Marlow- debería ser un faro en medio del camino que iluminará la senda hacia cosas mejores; un centro comercial por supuesto, pero también de humanidad, de mejoras, de instrucción.”(Conrad 2000:57). Primero un “centro comercial por supuesto”, luego, después, la humanidad. Creo que se puede encontrar la actualidad de éste pensamiento en la gestión de algún Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, sobre todo en los primeros años del Siglo XXI. Las “cosas mejores” no son escuelas, hospitales, etc., sino “centros comerciales”. La luz que irradia la civilización es una luz, primeramente, mercantil y que permite ver mejor a los billetes.
Este mismo razonamiento lo encontramos, modificado, a la mentalidad colonial española en América. Los coyas, los aymará, los nahuatl, etc., que vivían en la “oscuridad” del salvajismo indígena, debían pagar con su explotación (las mitas, las encomiendas, el yanaconazgo) la verdadera iluminación que les traía el civilizado europeo y si debían pagar con su vida por esa iluminación era demasiado barato el precio, al fin y al cabo, solo les esperaba un “horrible destino” viviendo en esa barbarie. La iluminación española residía, casi exclusivamente, en la imposición del dogma católico. No es la ética protestante la que prima en la ideología española, sino la lógica de la guerra y del evangelio a sablazos.
El extremo desprecio y la profunda ignorancia que supone creer que el pensamiento propio es superior al del otro es una de las causas de la barbarie tal como la estoy exponiendo. El conquistador no puede creer que el salvaje sea feliz, sino que vive horriblemente, que es un infeliz que no sabe vivir, que se libera de todas las atadura para “abandonarse” a sus placeres, que no cree en el dios verdadero y que, finalmente, no es capaz de apreciar las bondades de la civilización. El europeo blanco civilizado no puede entender al salvaje.
Me permito introducir acá una breve pero interesante digresión que espero que aclare un poco más mis argumentos. Cuando Charles Darwin hace su viaje alrededor del mundo en el “Beagle” llega a la Patagonia. Conoce a los individuos que habitaban la tierra y se lleva con él, hacia Inglaterra, a algunos. Uno de ellos es Jimmy Button, un indio patagónico. El tal Jimmy, no queda encandilado ni fascinado por los “logros” de la civilización blanca y vuelve a su Patagonia, a navegar con su canoa, a cazar guanacos con sus hermanos de sangre. Un viajero, posteriormente, pasa por la zona y se asombra de que un indio patagónico salga a recibirlo y le hable en inglés. El indio conoció las dos culturas, sin embargo, prefirió volver con los suyos y no quedarse en la moderna y civilizada Inglaterra. No necesariamente la civilización blanca, la urbanidad, es la panacea para el hombre. Jimmy Button, nombrado así por Darwin -quien ni siquiera respetó su nombre original9-, porque le gustaban los botones de los uniformes, optó por su identidad patagónica y prefirió su salvajismo nómade en las desoladas estepas del sur del continente a la supuesta comodidad londinense. Su felicidad, su identidad no era la de la moderna Inglaterra sino la barbarie patagónica.
El indio, el negro, el asiático saben que deben cuidarse cuando se acerca un civilizado. Esta es la enseñanza que le ha dejado la experiencia histórica sedimentada en el relato de sus antepasados.
CINCO. Homogenización I.
La civilización homogeniza las desigualdades propias de los seres humanos “en” el concepto de barbarie. Para la civilización occidental todos los bárbaros son iguales pues es la barbarie la que los homogeniza. Marlow nos da una pista de este principio homogeneizador cuando dice “Todos llevaban un collar de hierro alrededor del cuello y estaban unidos por una cadena cuyos eslabones colgaban entre ellos con un sonido rítmico”10 (Conrad 2000:31). La cadena, los grilletes, hacen parecer a todos iguales. En las bodegas de los barcos negreros se mezclaban sujetos de varias etnías producto de la “caza” de esclavos. Los esclavos que se asentaron en el Río de la Plata pertenecían a las naciones Angola, Yoruba, Congo, etc. y si bien al principio pudieron mantener algo de su identidad, al desmembrar a las familias por la venta de los hijos, la separación de los cónyuges, la supervivencia de dicha identidad se basó en la unión por el color de la piel y la misma situación de esclavitud. La cadena y los grilletes son una metáfora, entonces, de la homogenización que hace la civilización de los bárbaros; todos los que vienen de los “allí” tropicales, desérticos, montañosos, etc. son iguales en su barbarie y serán tratados de la misma manera.
Esta homogenización se transforma en mimetización cuando el bárbaro cree ser un civilizado y traiciona, de alguna manera, su etnicidad. Si bien en algunos casos se da éste fenómeno como una estrategia de sobrevivencia, en otros se da por la necesidad de querer ser lo que no se es. Nos sigue contando Marlow “Detrás de aquella materia prima (los esclavos negros), uno de los redimidos, el producto de las nuevas fuerzas en acción, marchaba cansinamente, llevando en la mano un fusil. Vestía una chaqueta de uniforme a la que le faltaba un botón, y, al ver a un hombre blanco en el camino, se llevó el arma al hombro con toda rapidez” (Conrad 2000:31). La barbarie occidental necesita, para implementarse en el territorio conquistado, de cómplices, de cipayos. En este ejemplo está claro. La barbarie occidental se completa, se perfecciona al buscar a un traidor para evitar que el blanco se exhiba en toda su propia barbarie y se exponga, entonces, como tal. El cipayo en los territorios colonizados, el kapo en los campos de exterminio nazi cumplía esa función; eximía al civilizado de los “trabajos sucios”. Es el cipayo el que termina fusilando a sus hermanos de sangre, es el kapo quien colabora con el genocidio judío perpetrado por los nazis. Suplantan al blanco/civilizado de la denigrante tarea de la ejecución o la tortura. Pero aún más; para el civilizado, el cipayo se ha redimido, es el “…producto de las nuevas fuerzas en acción…”, es la eficacia de la civilización y no la traición o la necesidad de subsistir. La ausencia del botón en el uniforme nos indica, como lectores, que no es un verdadero civilizado pues esa ausencia sería imperdonable en uno de ellos. El Gral. Mansilla, general aristócrata del Ejército Argentino de fines del siglo XIX, era un dandy11. En su “Excursión a los indios Ranqueles”, siempre está vestido como se viste un dandy, es decir, pulcro y perfumado. Él, como civilizado, lleva en su indumentaria la distinción de su distinción12. A éste dandy, al que no le temblaba la mano si debía fusilar o pelear contra la barbarie indígena de la pampa, nunca le hubiera faltado un botón en su impecable chaqueta bordada. Continua Marlow: “Cerca de los edificios me encontré con un hombre blanco vestido con una elegancia tan inesperada, que en un momento me pareció un espejismo. Vi un cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera chaqueta de alpaca, pantalones blancos como la nieve, una corbata clara y botas brillantes. No llevaba sombrero. Tenía el cabello partido, cepillado, con brillantina, bajo una sombrilla de rayas verdes sostenida por una gran mano blanca. Era un individuo asombroso, y llevaba un cortaplumas en la oreja.” (Conrad 2000:34). Se asombra Marlow de encontrar en la barbarie selvática un hombre que pudiera mantenerse con la pulcritud que obliga la civilización y si bien es un dato superfluo en el relato, nos indica, una vez más, las diferencias entre la civilización y la barbarie. Este hombre vestido correctamente es el Jefe de Contabilidad de la compañía. La economía, como la artillería en el terreno de combate, se configuran como las representaciones típicas a la que apela la civilización. La economía es racional, es eficaz y los economistas no pueden andar vestidos como los cazadores o los ingenieros. No, ellos deben distinguirse de la barbarie aunque sus actos completen la otra barbarie, la de la explotación del hombre por el hombre. Eichman era un hombre pulcro y prolijo y, además, eficaz. Envió a millones de judíos, gitanos y homosexuales a los hornos en los campos de exterminio. Se cortaba las uñas, se afeitaba completamente pero fue un asesino. Termina Marlow diciendo: “…sentía respeto por este hombre. Sí, respeto por su cuello, sus amplios puños, su pelo cepillado…Sus camisas almidonadas y sus compuestas pecheras eran logros de un carácter firme” (Conrad 2000: 34/5). Esta elegancia en el vestir contrasta con la desnudez de los bárbaros negros, de Jimmy Button que sale semidesnudo en su canoa en el Atlántico Sur. Vamos viendo que partido está tomando Marlow, como Willard en la película, en relación a nuestro tema. La civilización requiere de la posesión de un “…un carácter firme”. Eichman lo tuvo. “Cuando uno está obligado a llevar la contabilidad llega a odiar a estos salvajes, a odiarlos mortalmente” (Conrad 2000:36) dice finalmente con toda firmeza el encargado de la contabilidad de la compañía marfilera. Parece ser que, por un medio que desconocemos, la eficacia de la economía mercantil, es el origen del odio al salvaje. ¿Por que éste contador odia a los salvaje basándose en su obligación de llevar la contabilidad? Parece ser que este odio es irracional e inexplicable. No parece corresponder con los postulados racionales de la civilización. Sin embargo, éste blanco civilizado, que está obligado a llevar la contabilidad de la compañía, es capaz de odiar irracionalmente, incluso a “odiarlos mortalmente”
El bárbaro incivilizado, utiliza el uniforme sin botón y no solo eso sino que, cuando ve que se acerca un hombre blanco en el camino, calza el fusil en el hombro como debe hacer un soldado. La mimetización se ha completado. El negro cree que es blanco aunque el reflejo del espejo le muestre siempre que no lo es. Lo que se olvida de mencionar Marlow es que estos blancos y pulcros dandy requieren de la servidumbre bárbara para mantenerse como tales y que no es su indumentaria lo que los exime de la barbarie occidental. Por más que el fusilador se vista de blanco y calce guantes de cabritilla, que el torturador se bañe todos los días y se perfume para evitar el hedor de la muerte, no podrá justificar su barbarie.
CINCO. Homogenización II. Explotación.
Hay aspectos de la barbarie propias del siglo XIX y del XX que subsisten en el siglo XXI. Cuenta Marlow: “Morían lentamente…eso estaba claro. No eran enemigos, no eran malhechores, ahora no eran nada terrenal; solo sombras negras de enfermedad e inanición, que yacían confusamente en la verdosa oscuridad. Traídos de todos los lugares del interior, contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, enfermaban, se volvían inútiles y entonces se le permitía arrastrarse afuera y descansar.” (Conrad 2000: 33). La civilización entraña una homogenización. Las mismas técnicas que se usaron en el Congo se usaron en América. Recogiendo testimonios de las comunidades Qom en la provincia de Formosa y de la Wichi en el Chaco, en relación a su explotación laboral a principios y mediados del siglo XX en los ingenios azucareros, especialmente el llamado “El Tabacal” propiedad de Robustiano Patrón Costa, quien no solo fuera un miembro conspicuo de la elite oligárquica argentina sino un candidato a la presidencia por el sector conservador, encontramos los siguientes testimonios recogidos en el trabajo de campo del etnólogo: “-Yo siempre me acuerdo cuando íbamos al ingenio El Tabacal...Cuando llegábamos allá había no se cuantos muertos. ¡Uh! Muchos murieron allá en el ingenio. Mucha peste...se moría la gente. En el tiempo frío la gente tenía granos en los cuerpos, tenía bichos. Era jodido el ingenio, pero igual íbamos nosotros. No pensábamos en morir. Si alguno se moría, se moría” (Gordillo 2005:125) “Este hombre ocupaba a la gente como esclavos. De madrugada mandaba a los capataces a despertar a la gente y los que estaban enfermos también eran obligados a trabajar...El trabajo era muy duro para la gente: había que desmontar, tirar árboles, y en este trabajo murió mucha gente, muchos aplastados por los árboles que les caían encima.” (Segovia 1998:137). Para la barbarie blanca, los bárbaros negros, rojos o amarillos eran lo mismo; cuerpos a domesticar mediante la violencia más salvaje y mas retrógrada. No debería llamarnos la atención que el método de la conquista no difiera mucho entre la colonización del norte de América, el sur de este mismo continente, Africa y Asia. Cortarles las orejas o los testículos a los bárbaros para cobrar por pieza “cazada” fue un procedimiento estándar en el exterminio. En la Pampa, el ignominioso Cnel. Rauch, un asesino prusiano que se ha fotografiado rodeado de cadáveres de indios. En el Congo Belga, los oficiales de Leopoldo II. Dos continentes, las mismas técnicas, los mismos hombres, los mismos fusiles. La civilización es también una homogenización sobre todo en las técnicas del exterminio. En el caso de la Argentina, el desprecio por las culturas originarias va de la mano del despojo de sus tierras. Esta situación tiende a ir amortiguándose a partir de la sanción de la Constitución Nacional de 1994 en donde en su artículo 75° inciso 17 se reconoce la “preexistencia étnica” de estas comunidades. Sin embargo, no son muchos los que la han leído.
SEIS. El doble estandar.
El exotismo de lo salvaje funge como un permiso especial para el civilizado. La lejanía de la metrópolis, de las ciudades en donde se asientan los poderes legales y legítimos establecidos, funciona de una manera que permite que se obedezca la ley contraviniendola. Como el dicho que regía durante la colonia española “El rey manda y es obedecido pero en América no gobierna”. Esta lejanía es captada por los blancos civilizados y un funcionario de la compañía menciona que en la selva hay competencia desleal pues algunos blancos se apropian indebidamente del marfil que le pertenece: “No estamos libres de la competencia desleal hasta que colguemos a uno de esos individuos para escarmiento de los demás...En este país se puede hacer cualquier cosa. Eso es lo que yo digo; aquí nadie puede poner en peligro tu posición ¿por que? Por que aguantas el clima. Sobrevives a todos los demás. El peligro está en Europa.” (Conrad 2000:57). En los “allí” en donde habita la barbarie “se puede hacer cualquier cosa” que no se puede hacer en Europa. Se puede matar, se puede robar, se puede violar, pues es “allí”, no es nuestro “aquí” civilizado en donde rige la ley. Este doble estándar es perfectamente percibido en el mundo de la periferia en donde las corporaciones multinacionales pueden hacer lo que quieren, con la complicidad de las elites gubernamentales de turno, pues nadie las puede perseguir judicialmente. Entonces pueden contaminar, explotar laboralmente a sus trabajadores, pagar sobornos, complotar para derribar gobiernos, estafar a sus accionistas, etc., y si se hacen las denuncias pertinentes en los foros internacionales, las casas matrices o los gobiernos que impulsan el establecimiento de estas corporaciones en los países de la periferia aducen que ellos cumplen con la ley. La ley del civilizado se impone sobre la ley del bárbaro. La civilización se organiza en corporaciones de contenido simbólico que no ocultan del todo, sin embargo, su funcionalidad. Tribunales internacionales de guerra que solo juzgan a los criminales de guerra derrotados, organizaciones de defensa de los derechos civiles internacionales que se callan ante las matanzas, centros de estudio y monitoreo que miran para un mismo lado. La ley, las palabras que soportan el sentido de esa ley, la razón instrumental justificadora fungen como una sincronía en la constitución de una dominación simbólica.
Tenemos, entonces, palabras nominadoras/dominadoras y ley; dos de las dimensiones necesarias para posibilitar una dominación simbólica.
La civilización posee así, un doble estándar que funciona también como traspaso especial de las metrópolis a la periferia: mientras que en Europa no se pueden pagar sueldos miserables o evadir impuestos, en los “allí” la misma compañía sí lo hace, mientras en Europa o USA ya no se pueden utilizar algunos elementos contaminantes que ponen en peligro la salud de la población, en los “allí” se ocultan estas consecuencias. La complicidad de las elites gobernantes es una condición esencial para desarrollar este doble estándar. Por eso cooptan a una parte de la elite y las transforman en cipayos13. Cuando algunos de los países de la periferia pretende hacer valer su autoridad como naciones soberanas o bien complotan para derribarlos y poner un gobierno títere o tratan de desacreditarlo ante el mundo definiéndolos como gobiernos autoritarios o populistas. Si estos caminos no son eficaces, bloquearan sus cuentas en el exterior y serán objetos de sanciones económicas, políticas y diplomáticas. Los sucesos que determinaron los combates de la Vuelta de Obligado en 1845 en la Argentina son un ejemplo de mis argumentos.
El doble estandar de la civilización es también un signo de su barbarie.
OCHO. La barbarie interior.
Habia mencionado en el punto Uno que el civilizado se sentía fascinado por la barbarie y que esta fascinación no solo era por el descubrimiento de la magnificencia de la naturaleza sino también porque encontraba la barbarie en su interior. Las peripecias del viaje por el río van transformando al capitán Marlow; el desgaste físico, la alimentación, la interacción con los otros blancos, que no son solo belgas sino de varias nacionalidades, todas europeas, el compartir con los negros la cotidianeidad, etc., son experiencias que comienzan a calar en la subjetividad de Marlow. “Aquella zona parecía sobrenatural. Estamos acostumbrados a observar como espectadores la ságona encadenada de un monstruo domado, pero allí...allí podía verse algo monstruoso y libre. Era sobrenatural, y los hombres eran...No, no se podía decir inhumanos. Bueno, sabeis, eso era lo peor de todo: esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea iba penetrando lentamente en uno...lo que nos hacia estremecer era precisamente la idea de su humanidad, igual que la nuestra, la idea de nuestro remoto parentezco con aquellos salvajes, apasionados y tumultuosos. Desagradable, sí. Sí, era algo bastante desagradable...¿Hay en esa multitud demoníaca algo que me llama? Muy bien. Lo oigo, lo admito, pero también tengo mi propia voz y, para bien o para mal, no puedo silenciarla” (Conrad 2000:62). En este largo pasaje el hombre blanco representado por Marlow está descubriendo que en él también habita un bárbaro, que se siente atrapado por esa fascinación de la barbarie pero, y aquí estriba un nudo conceptual de la presenta reflexión, el blanco no es un bárbaro como ese bárbaro que gesticula y danza frenéticamente. Marlow tiene su “propia voz”, voz que le es negada a los salvajes. El bárbaro europeo es propietario de una voz, en cambio al bárbaro salvaje se le niega la posibilidad de hablar. Ya lo había dicho; la capacidad de nombrar, de nominar los fenómenos del mundo, es una capacidad del poder expresada en su voluntad de poder14.
Esta es la idea que sostendrá Edgar Morin: “Existe entonces una barbarie que toma forma y se desencadena con la civilización...La barbarie se vuelve entonces un ingrediente de las grandes civilizaciones...La barbarie no es sólo un elemento que acompaña a la civilización, sino que la integra. La civilización produce barbarie, en particular la barbarie de la conquista y la dominación” (Morin 2009:17/8/9). Los postulados de Morin se fundan en que, “en” la civilización encontramos a la barbarie pero también encontramos las formas de superarla y ésta forma está ejemplificada por la razón iluminista, por la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789. De tal manera que la civilización contiene, en sí misma, el antídoto contra la barbarie en virtud de la consagración de tales derechos. Audazmente nos anuncia que “Llegamos así a dos ideas complejas. En primer lugar, Europa occidental, hogar de la más importante dominación que haya existido en el mundo, es también el único hogar de las ideas emancipatorias que van a socavar esa dominación” (Morin 2009:60/1). Lo que se olvida de mencionar Edgar Morin, y este es un indicador de su etnocentrismo, es que han existido, fuera de Europa occidental, personas que pensaron antes de 1789 en que la dominación colonial no solo era salvaje y bárbara sino también injusta y criminal, por ejemplo: José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru quien se levantó en armas en 1780 contra la dominación española y, al ser derrotado, fue descuartizado de la manera mas bárbara. No solo mataron a su mujer con el garrote vil y a palazos delante de sus ojos sino que él fue atado de sus miembros a cuatro caballos y así fue ultimado. Morin peca, entonces, de lo mismo que pretende defender, de su barbarie etnocentrista creyendo que la sola enunciación de los Derechos de 1789 alcanza para contener la barbarie. Ya se ha mencionado que la barbarie occidental cuenta con un doble estándar que impugna los argumentos de Morin quien quizás está inspirado noblemente pero no puede desprenderse de ese malsano etnocentrismo que estoy criticando. Los Derechos son para los ciudadanos blancos y europeos, a los indios, a los negros, a los pobres, se les niega la condición de tal y ésta es una de las características de la barbarie occidental.
NUEVE. Barbarie y negocios.
La civilización occidental es la condición básica para el surgimiento del capitalismo. Para ello no solo debe haber propietarios de los medios de producción sino también se debe disciplinar, educar a los no propietarios en las técnicas y modos funcionales a éste sistema de producción. Como vengo sosteniendo en este ensayo, la civilización occidental, entonces, no es ingenua. Veamos que nos dice Marlow al respecto: “Además, tenía que vigilar al salvaje que teníamos como fogonero. Era un ejemplar perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí estaba, detrás de mí, y, palabra de honor, mirarlo era tan edificante como ver a un perro vestido con pantalones y sombrero de plumas en una parodia, caminando sobre sus patas traseras. Unos pocos meses de entrenamiento habían hecho de él un elemento estupendo...Era útil por que había sido instruido...”(Conrad 2000:63). La utilidad del salvaje estriba en que puede llevar a cabo las tareas que requiere su patrón. Esto implica un reconocimiento a la humanidad del salvaje pero no impide su explotación ni su desconsideración. Es una humanidad “a medias”; se lo reconoce cómo un humano, aunque hay algo de despectivo en esa metáfora del “perro vestido con pantalones”, pero un humano de segunda categoría. Los colonizadores españoles, en virtud de la arenga de Fray Bartolomé de las Casas, también aceptaron que los indios eran humanos y que no se los debía esclavizar, pero eran como niños y el encomendero debía proveer a su cuidado y a su evangelización. Rara vez el encomendero cumplió con éste mandato siendo las encomiendas, una de las formas solapadas de esclavitud en las colonias de España.
Mediante al aprendizaje de las técnicas adecuadas, entonces, el cuerpo humano es disciplinado para su utilización en el taller, la fábrica o la oficina15. El civilizado disciplina el cuerpo del salvaje para que pueda ser un engranaje más en la maquinaria productiva; es útil, no por que sea un humano, sino por que ha sido instruido para ello. Nuevamente la confianza puesta en la eficacia instrumental suplanta la ética que dice pregonar la civilización y que pretende ser su justificación.
Pero esta instrucción que se les da a los salvajes no es completa. Se le enseña a manejar las máquinas necesarias para la producción, no se les enseña todo lo demás que les permitiría aprovecharse de las “bondades” de la Modernidad. Ya ha sido dicho, solo son seres para la explotación, no son sujetos de derechos. En América, a aquellos que aprendían a leer se le quitaban los ojos, a los que aprendían a escribir se les cortaba la mano. Lo mismo sucedió en África. El bárbaro colonizador no pretendía instruir sino sólo dominar. Otra vez la homogenización de la conquista bárbara. Continúa Marlow en el mismo sendero: “Se les había contratado por seis meses (no creo que ninguno de ellos tuviera una noción clara del tiempo como la tenemos nosotros después de innumerables siglos; pertenecían todavía al principio de los tiempos...) y, por supuesto, mientras existiera un pedazo de papel escrito de acuerdo con alguna ley absurda, hecha río abajo, a nadie le entraba en la cabeza preocuparse de como vivían...Además, se les daba tres trozos de alambres de latón a la semana...y en teoría ellos debían comprar sus provisiones con esas monedas en las aldeas de la ribera.” (Conrad 2000:69). El blanco continua aprovechándose del salvaje, no solo por que la concepción del tiempo que exige la producción capitalista es diferente a la concepción del tiempo del hombre rural o del que vive en otro medio que no sea la ciudad, sino porque no hay una concepción que de cuenta del sentido del salario; entonces, no se le paga con “dinero”, se le paga con pedazos de latón. El círculo se ha cerrado. El espíritu del capitalismo encuentra en la barbarie un terreno en donde profundizar su propia barbarie. Ni siquiera se preocupa de la alimentación de sus trabajadores, ellos deben procurársela a como de lugar.
Como se dijo, la forma de la explotación se expandió por el mundo colonizado de manera bastante uniforme. En la Argentina se utilizaban los mismos métodos: “Nos pagaban una miseria...nos daban medio sueldo nomas. Sufría mucho la gente” (Gordillo 2005:23) “...nosotros no entendíamos la plata. Yo no entendía. Un mes me pagaban tres millones, otro mes me pagaban 500...Nosotros nunca entendíamos lo que nos pagaban...cuanto nos pagaban por día, en pesos...” (Gordillo 2005:149) “Cuando alguien no podía terminar el trabajo no le daban el “boleto”, a veces un hombre trabajaba hasta tres días seguidos sin que le dieran el “boleto”, se sufría mucho.” (Segovia 1998:137). En los ingenios azucareros de la Provincia de Salta, no se les pagaba con dinero, sino con el “boleto” o el vale que se debía canjear por comida, ropa y herramientas en unos almacenes que eran propiedad de los dueños del ingenio. De esta manera, como en el Congo, el círculo es perfecto. Se utiliza la mano de obra como si fueran esclavos, no se les paga la comida, se les cobra las herramientas utilizadas y se les paga con un vale que solo es canjeable en un local que pertenece a la compañía. Esta es la barbarie que supone la civilización occidental asociada, ahora, al espíritu mercantil del capitalismo. Quiero mencionar, como dato anecdótico e ilustrativo, que en el momento en que se escribe este ensayo (Marzo 2011), se están haciendo denuncias en la República Argentina sobre abuso del trabajo, incluso del trabajo infantil, por parte de empresas cerealeras nacionales y multinacionales que mantienen en condiciones infrahumanas a decenas (o a cientos, todavía no se ha podido determinar la cantidad) de trabajadores/as en los campos sembrados con soja. Estas condiciones estriban en que duermen en destartaladas cabañas de metal, sin agua, sin baños, sin heladera para guardar las comidas, sin los mínimos recaudos higiénicos y, además, estos trabajadores están empleados sin que se les abonen las cargas sociales que establece el derecho laboral argentino. Esta información está a disposición en los diarios y es un ejemplo no solo de una homogenización de la explotación a nombre de la civilización sino de la barbarie que ésta expresa en relación, ahora, a la explotación laboral. Para algunos trabajadores/as argentinos del ámbito rural, el siglo XXI y la aplicación de los derechos sociales de ciudadanía es una palabra incomprensible.
DIEZ. Los dueños de las palabras.
Si bien la dominación que ejerce la civilización occidental es primeramente material y se asienta en su poderío bélico, es también dependiente de las palabras que justifican dicha dominación. Si la dominación sólo estuviera asentada en las armas y la violencia desnuda, sería muy onerosa y prontamente los sujetos sometidos a ellas encontrarían los caminos para la sublevación. Justamente, cuando las palabras ya no convencen, se inician las revueltas.
Tanto el Kurtz de Conrad, como el Cnel. Kurtz de Coppola son excelentes oradores. “Aquel hombre aparecía ante mí como una voz...y, de entre todas sus facultades, la que destacaba, la que daba la sensación de una presencia real, era su capacidad de hablar, sus palabras, sus dotes oratorias, su poder de hechizar, de iluminar, de exaltar, su palpitante corriente de luz, o aquel falso fluir que surgía del corazón de unas tinieblas impenetrables” (Conrad 2000:78) y, más adelante continúa “Él era una voz. Era poco más que una voz.” (Conrad 2000:79). La palabra escrita o hablada es un indicador de la dominación pues el que nomina, el que nombra, es el que domina. Ya ha sido dicho: el dominado habla con el lenguaje del dominador. Por eso se entiende la lucha de las comunidades originarias por reivindicar la educación bilingüe y el reconocimiento de sus idiomas como idiomas idóneos para su propia comunicación16. Kurtz es un excelente orador y, en sus dominios selváticos, su voz es una de las armas de su particular dominación. Lo interesante de la novela de Conrad es que las palabras del propio Kurtz son muy pocas, eso sí, con contenidos significativos que pronto veremos. Lo mismo pasa en el film de Coppola, el capitán Willar busca a Kurtz y en esa búsqueda, mientras va estudiando el expediente del coronel rebelde en la barcaza artillada, va siendo conquistado por la personalidad del que debe asesinar. A Marlow le pasa lo mismo. Kurtz es un excelente orador pero sus palabras son pocas tanto en la novela como en el film. El silencio, entonces, es también una forma de la palabra y puede dominar tanto como ésta. La presencia del dominador, ya asentada en el territorio, no precisa, siempre, de las palabras. El dominado ha hecho suyas las palabras del dominador. A partir de éstas características, podemos entender el porqué de la lucha por el control o domesticación de los medios masivos de comunicación. Ellos también portan una palabra y éstas no son inocentes en la construcción de hegemonía. La CNN, TN, Telam, Reuters, etc., no informan lo que sucede sino que transmiten según sus intereses17.
La palabra oral o escrita es uno de los elementos básicos para la dominación civilizatoria. Y tan es así que se le pide a Kurtz que elabore informes escritos sobre sus experiencias. “Toda Europa participó en la creación de Kurtz -relata Marlow-, y más tarde me fui enterando de que, muy acertadamente, la Sociedad Internacional para la Eliminación de las Costumbres Salvajes le había confiado la misión de hacer un informe que le sirviera en el futuro como guía. Y lo había escrito...Yo lo he leído...era un magnífico escrito. El párrafo inicial, sin embargo, a la luz de ulteriores informaciones, podría calificarse de siniestro. Empezaba desarrollando la teoría de que los blancos, desde el grado de desarrollo al que hemos llegado “debemos por fuerza parecerles a ellos (lo salvajes) seres sobrenaturales...Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder benéfico prácticamente ilimitado” (Conrad 2000:82). Al final de éste informe, en donde Kurtz “...al final de aquella conmovedora apelación patética a todos los sentimientos altruistas...” (Conrad 2000:83) lanza su terrible nota final que “...resplandecía como un relámpago en un cielo sereno: “¡Exterminad a todos los bárbaros!” (Conrad 2000:84). El capitan Willard, después de asesinar al coronel Kurtz, revisa sus escritos y encuentra, entre las hojas de un libro de poesía, un papel escrito del puño del mismo coronel la frase “Tiren la bomba, eliminemos a todos”. Finalmente, encontramos, trágicamente, que el orador excelso, el coronel que fuera el mejor militar formado de la academia militar de West Point, el hombre que estaba destinado a ser jefe de la compañía marfilera o general del Estado Mayor, exhorta a matar a todos los bárbaros, a exterminarlos por ser justamente bárbaros convirtiéndose él mismo, al elegir ésta opción, en un bárbaro. Finalmente, la barbarie colonizadora, como la voluntad de poder nietzscheana, encuentran su límite en su propia aplicación eficaz. La colonización termina extinguiendo al salvaje, extremo absurdo de la barbarie, y la voluntad de poder debe seguir siendo “en-sí-misma” sino se extingue.
ONCE. El descubrimiento del horror. El final de la justificación. Métodos.
Marlow como Willard llegan por fin al territorio donde señorea Kurtz y descubren el Horror, así, con letras mayúsculas. Cuerpos colgados, cráneos secándose clavados en una pica, una multitud concentrándose en la orilla esperando que el barco amarre, cuerpos pintados, olor a cuerpos en descomposición, etc. Toda la escena narrada o filmada nos indica que esa es la barbarie pero, no una barbarie natural, como la que uno espera encontrar y que podría corresponder al Estado de Naturaleza hobbesiano antes que roussoniano, sino que es la barbarie que produjo el mismo Kurtz, es el resultado de sus horrendo métodos de administración. Kurtz para poder ser lo que fue, debió recurrir a métodos horrorosos que son incomprensibles para la mentalidad del hombre blanco civilizado sin embargo, quien implementó esos métodos no fue un salvaje negro del Congo o un vietnamita sino un blanco y no cualquier blanco sino el mejor de todos ellos; un excelente administrador o un excelente coronel con destino de general de Estado Mayor de la potencia bélica más importante del mundo. No, no es cualquier blanco. Es Kurtz, el mejor de todos. Aquí radica la tragedia de la barbarie occidental y es el nudo conceptual de la novela de Conrad. “Exterminad a los bárbaros” y “¡Ah! ¡El Horror! ¡El Horror!” son las expresiones de la barbarie occidental en relación a la conciencia del exterminio del otro y de la producción del Horror producto de esa voluntad de poder nietzscheana que, como la metáfora de la serpiente que se come su propia cola, no puede, aunque termine en su colapso, dejar de ser lo que es; una barbarie.
En el barco con Marlow viaja un director de la compañía que le cuenta a Marlow, durante el trayecto, que ya Kurtz no le era funcional a la compañía no por que estuviera recogiendo poco marfil sino por los métodos que empleaba para ello. Le dice a Marlow que “...los métodos del señor Kurtz habían constituido la ruina de aquella región...quiero que entendais claramente que no había nada provechoso en el hecho de que esas cabezas estuvieran allí. Solo mostraban que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algunas deficiencias en él,...”(Conrad 2000:93). Más adelante continúa: “Pero no podemos ocultar que el señor Kurtz ha hecho más mal que bien a la compañía. No ha entendido que aún no ha llegado el momento de emprender una acción enérgica. Prudencia, prudencia, ese es mi lema...La región quedará cerrada para nosotros por algun tiempo ¡Es lamentable!...el comercio se va a resentir. No niego que hay una cantidad considerable de marfil...debemos salvarlo a toda costa” (Conrad 2000:99).
Son los métodos los que les repugnan a estos hombres blancos que, sin embargo, no deciden terminar con la compañía. El civilizado, cuando descubre que su riqueza y poderío se asienta en la barbarie, la rechaza pero solo es una postura. Quizás castigue al responsable de tamaña salvajada pero resguarda el sistema de explotación. El juicio de Nüremberg castigo a los jerarcas nazis por los crímenes cometidos durante su gobierno, pero muchos gobiernos llevaron a su territorio a los científicos nazis para desarrollar su industria bélica, su industria espacial y también, para combatir el “peligro rojo” que significaban las tropas victoriosas del mariscal Zukov. Es decir, el hombre blanco civilizado critica los métodos pero no el resultado que se obtiene de esos métodos y solo los repudia cuando ya esos métodos o son demasiado evidentes en su barbarie o ya son ineficaces para la obtención de lo que se proponían. De esta manera, la frase “exterminad a los barbaros” es el triste corolario que no puede admitir la civilización occidental pero es lo que está en el corazón de la barbarie, en el corazón de esas tinieblas. Kurtz no es un loco, es un hombre civilizado que va hacia lo salvaje, a los “allí” a cumplir eficazmente la tarea que le han encomendado y su eficacia, como la de Eichman radica en el exterminio. “...el método es inadecuado – dice el director- ¿Llama usted a eso? - le pregunta Marlow- Sin duda – finaliza el director- ¿usted no? “No hay método en absoluto” murmure despues de un momento “Exactamente” exclamó.” (Conrad 2000:100). El método es la civilización.
CONCLUSIONES.
Marlow/Willard finalizan, por fin, su viaje por el río en los “allí” del salvajismo y, al finalizarlo, descubren su propia barbarie y este descubrimiento los cambia para siempre.
La civilización es una barbarie pues su sola enunciación instaura su contrario. No puede existir una civilización solitaria sin una barbarie que se le contraponga. En términos fenomenológicos es una identidad contrastante, se la entiende por la contrastación. Desde la posición que pretendo sostener en este ensayo no hay dicotomía entre civilización o barbarie sino que es civilización y barbarie; una es la otra, como las dos caras de una moneda. No hay separación, no hay distancias entre ellas, son un contraste que les permiten existir como tales. Para Sarmiento, en cambio, sí había una distinción por lo que su título debió ser “Civilización o Barbarie” cuando apareció en el diario chileno El Mercurio en el año 1842, sin embargo prefirió la utilización de la “y” y no la “o”. Paradojalmente, la elección de Sarmiento, no logra ocultar la oposición entre los términos. La “o”, en este caso, cabe mejor que la “y” ya que da la idea, el sentido, que el sanjuanino explicita en las páginas de su Facundo.
Kurtz es el espíritu de ese par y tanto Marlow como Willard descubren que ellos también son Kurtz, no se diferencian de ese hombre. El que no admite esta contradicción es el burócrata director de la compañía marfilera o el general que le ordena a Willard asesinar a Kurtz. Ellos creen que son la modernidad, la civilización, el progreso y no son más que mercaderes que justifican la explotación del otro tan solo para salvaguardar sus propios intereses; mercantiles en el caso del director de la compañía marfilera, políticos-militares en el caso del general norteamericano. Nunca admitirían en una reunión en la ciudad, que han enviado a otros a cumplir una tarea propia de salvajes. La justificación la encontrarán en los negocios por un lado o en la guerra por el otro. Tanto la forma de hacer negocios en virtud de la explotación laboral y natural como la invasión a territorios subdesarrollados que no implican un peligro para las poblaciones de los países agresores no son más que una forma que asume la barbarie occidental y que pretende ser justificada a partir de la negación de la diada que acabo de exponer. Civilización es barbarie.
La civilización supone, también, urbanismo, urbanidad que es sinónimo de educación. El civilizado se viste bien, sabe usar los cubiertos, conoce la etiqueta en la mesa y en las interacciones sociales, es higiénico, etc. Todas estas características son negadas a los bárbaros salvajes aunque ellos también posean una higiene, una etiqueta para la mesa, protocolos para la interacción social, etc. El civilizado, inundado del pensamiento único y de extremo etnocentismo, no puede ver que el salvaje comparte también estas características pero a su modo, con sus formas propias. Tenotchitlan, el Cuzco, Chichen Itza, etc., fueron ciudades magníficas que albergaron a miles de personas que ejercían estos protocolos y éstas etiquetas, pero la barbarie occidental las exterminó por que quiso imponer su pensamiento religioso, político y comercial. En este caso, ni siquiera preservó los tesoros de estas culturas o sus saberes científicos. La ignorancia que supone no entender al otro diferente es, también, un signo de la barbarie.
Otros de los rostros que asume la barbarie occidental es el de la ciencia, especialmente la Ciencia Social. La Antropología, la Política y la Economía pueden ser ellas mismas herramientas de la barbarie al desarrollar ideologías funcionales a la dominación. Cuando un economista diseña planes económicos a implementar en países perifericos sabiendo que producirá un daño irreparable, no se está comportando como un científico sino como un comerciante o como un subordinado empleado de alguna corporación con intereses en estos países. Cuando un científico político no advierte los peligros de una mala implementación de un programa y falsea los resultados de su investigación para que la organización internacional de crédito otorgue el préstamo a intereses usurarios, está develando la barbarie de la ciencia. “En la práctica y en la opinión pública, las ciencias se enfrentan, junto al balance de sus éxitos, al balance de sus fracasos y cada vez más al examen de sus promesas incumplidas” (Beck 2006:260)
Uno, sino el principal motivo, por el cual la civilización occidental se ha expandido ha sido el comercio. Es el interés mercantil el que impulsa la conquista. La necesidad de contar con materias primas de calidad, principalmente alimentos y combustibles, es un motivo lo suficientemente importante para animarse a ir “allí” soportando los sacrificios y lo peligros del mundo salvaje. Lo que se espera es la recompensa en dinero y en el poder que ese dinero puede comprar. Es el interés de los peregrinos que viajan con Marlow y del director de la compañía que por mas que abomine de los métodos de Kurtz no obstante se apodera del marfil que, finalmente, contribuirá a hacerlo millonario. El comercio, en base a la explotación y no a las virtudes propias, es lo que fogonea la conquista, al menos, como uno de sus objetivos principales.
La metáfora de la civilización como un faro que alumbra la oscuridad de la barbarie es una de las metáforas preferidas para imponer dicho discurso. Esta metáfora supone que el hombre blanco es el único portador del conocimiento y que la civilización occidental es la más eficaz. Los conocimiento del salvaje no son válidos porque es ignorante desconociendo, hasta el día de hoy, los adelantos en medicina, química, ingeniería, etc., que poseían las culturas colonizadas. Algo de este resabio etnocentrista lo encontramos en la imposición del discurso único del pensamiento neoliberal, en su formato económico y político, que no solo pretendió impugnar y sustituir los discursos que se le enfrentaban sino que los desestimó calificándolos de no modernos, pasados de moda, populistas, demagógicos, etc., confirmando el autoritarismo intelectual propio de una cultura bárbara. Esta forma de considerar el pensamiento propio y desestimar el extraño es uno de los ingredientes que configuran el etnocentismo.
Finalmente, vivimos todavía, en una era donde no hemos superado la barbarie. Toda la civilización occidental es todavía bárbara porque sigue reproduciendose como barbarie. Los hechos históricos de fines del siglo XX y principios del siglo XXI parecen confirmarlo. Guerras, saqueos, bombardeos a poblaciones indefensa, trabajo en condiciones de esclavitud, sometimiento de género, autoritarismo, etc., impiden el desarrollo material de los preceptos ideales de la Ilustración. Todavía no hemos llegado, como humanidad, a un estadio de evolución social en donde podamos decir que hemos desterrado a la barbarie.
Mientras sigan existiendo niños con hambre, mujeres y hombres masacrados, campos contaminados, campos de refugiados, ancianos abandonados, analfabetismo y el poder económico y bélico se acumule en un solo polo, que además hace gala de su barbarie, resonarán como una explosión en la cabeza de los intelectuales las palabras de Kurtz al morir: “¡Ah! ¡El horror! ¡El horror!”
Marzo 2011.-
BIBLIOGRAFÍA:
Augé, Marc (1993): Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona. Gedisa.
Beck, Ulrich (2006): La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona. Paidós.
Foucault, Michel (1996): ¿Qué es la Ilustración? España. Ediciones de La Piqueta.
Gordillo, Gastón (2005): Nosotros vamos a estar siempre aquí. Historias tobas. Bs. As. Biblos.Jauretche, Arturo. 1967. Los profetas del odio y la yapa. Bs. As. Peña Lillo editor.
Lahire, Bernard (2006): El espíritu sociológico. Buenos Aires. Manantial.
Lindqvist, Sven (1996): Exterminad a los brutos. Bs. As. EUDEBA.
Mansilla, Lucio V. (1890): Una excursión a los indios ranqueles. Bs. As. Juan A. Alsina editor.
Morin, Edgar (2009): Breve historia de la barbarie en Occidente. Bs. As. Paidós.
Sarmiento, Domingo F. (2007): Facundo o Civilización y barbarie. Argentina. Centro Editor de Cultura.
Segovia, Laureano (1998): Nuestra memoria. “Olhamel Otichunhayaj”. Bs. As. EUDEBA.
jueves, 7 de abril de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
BAILANDO EN LA PLAYA. Cuento.
UNO
LLEGUE A RETA UNA MAÑANA DE ENERO huyendo de una pena de amor que me mordía el alma. Una herida por un querer no correspondido me estrujaba el espíritu y apenas me mantenía con vida por que soy lo suficientemente cobarde, debo admitirlo, como para matarme.
Quizás sea esta misma cobardía la que me hizo perder a mi amada. Ya lo saben los poetas; sin un poco de coraje el amor no se entrega. No hay amores pacatos y blandengues. El amor, ese como el de Marco Antonio y Cleopatra que nos cuenta la Warners Brothers, el de Gracian y Laura, incluso el de Romeo y Julieta, necesitan aunque sea una pizca de coraje y valor para poder realizarse. No hay héroes cobardes en las historias de amor. Los galanes que se precien deben sortear algunos peligros para socorrer a su amada; no se, asaltar las paredes de un oscuro castillo enclavado en fantasmales montañas defendidas por lobos y cuervos, incursionar en mares bravíos atestados de piratas sedientos de sangre blanca y occidental o internarse en infernales selvas atestadas de alimañas venenosas ocultas en el denso follaje. Es, como dijo una vez Atahualpa Yupanqui, que hay que pagar un precio para poder disfrutar de la felicidad que brinda el amor.
- Sos muy charlatán.- me dijo. - Decís muchas cosas. Hablas demasiado. - y me dio su espalda yéndose hacia donde se pierde el horizonte.
Un amigo, de esos que nunca faltan cuando uno se siente como una piltrafa, viendo mi alicaído ánimo y temiendo por mi salud me dijo:
- Tomá. Andate a Reta- y me entregó un pasaje de micro con destino a ese balneario
Pensé:
- ¿y por que no? Acá ya no tengo nada que hacer.-
Arme mi pequeño bolso en donde puse una muda de ropa, un poco de abrigo ya que las playas del Atlántico bonaerenses suelen ser ventosas y frescas y algunos de mis queridos libros. Sin ellos no soy nada. La lectura de Macedonio Fernandez y su proyecto de novela eterna (eso estaba bueno. La idea de una novela eterna que nunca termina era un proyecto a mi medida, de acuerdo a mi tendencia a escribir), su Elena Bellamuerte, son el adecuado complemento para mí sufrir. Llevaría algo de Girondo y mi insustituible compañero Baudelaire y sus malignas flores, y así pertrechado me fui a la terminal de ómnibus sin nada de confianza ni ganas de olvidarme de mi amada. Dejé un mensaje a cada uno de mis pocos amigos para que supieran donde iba y así no preocuparlos; al fin de cuentas, la amistad entraña una responsabilidad afectiva. Desenchufé la heladera, pagué las expensas de enero y de febrero al portero que estaba ansioso por empezar sus vacaciones y tuve la idea atroz de tirar a la basura la foto de mi amada pero, como dije, soy un cobarde y la guarde en un bolsillo de mi bolso. Ella acompañaría mi viaje.
DOS.
DESPUÉS DE UN PATÉTICO RECORRIDO por la noche de la ruta nacional Nº 3, de soportar la aburrida película que pasan en el micro y de tolerar los arrumacos de una feliz pareja de adolescentes llegamos al peaje en donde hay que virar para la ciudad de Copetonas, a pocos kilómetros de la ciudad de Tres Arroyos. No se por que pero a mi los viajes me aburren sobremanera, sobre todo en micro y este no fue la excepción. A mi me gusta mas viajar en tren o en barco por que en estos transportes uno no está conminado al estrecho marco de un asiento sino que puede deambular y ver mejores paisajes. Nunca entendí a aquellas personas que aman salir a manejar en un desierto, que por ver a la luna reflejándose en el pavimento una noche fresca mientras los kilómetros se deshacen en las ruedas, son capaces de pasarse muchas horas al volante. Obviamente, la ruta es un anzuelo en donde se pescan aventureros.
El micro paró en Copetonas. ¿Qué se puede esperar de una ciudad con ese nombre y que refiere a un ave que no se atreve a volar más de cuarenta metros? ¿A quien se le ocurre denominar a una ciudad con un animalito de esas pobres características? ¡Yo que se!, si al menos le hubieran puesto el nombre de Águila o Cóndor me hubiera sentido un poco mas atraído y me hubiera sentido estimulado para pasear por sus calles o beber una cerveza en algunos de sus bares.
Un cartel audaz de esos que pone la Municipalidad para fomentar el turismo y que, inspirado en el marketing prometen paraísos y bienaventuranzas que nunca cumplen, invitaba al “Visite Copetonas. Un Oasis (sic) de paz”. Gracias a Dios no había desayunado por que sino hubiera vomitado.
“Oasis de paz” ¿hay acaso alguna manera peor de presentar a un pueblo? ¿Qué es eso de “Oasis de paz”? ¿Es acaso la pampa sur y costera un desierto que amerite tener un oasis? Acaso los posibles ranqueles que habitaron por estos lares ¿sabrían lo que es un “Oasis”? La influencia del cine hollywoodense, sobre todo las épicas de El Sheik de Rodolfo Valentino, calaron lo suficientemente profundo en la mentalidad humana como para que algún avispado y creativo funcionario de segunda línea en la burocracia municipal se haya atrevido a promocionar la girasolera y sojera ciudad de Copetonas como un “Oasis” así, con la exorbitancia desmedida de una mayúscula inadecuada.
¿Qué sabría este burócrata de oasis? ¿Habrá acaso conocido el feroz simún o a los bravos bereberes que tragan fuego y beben lava mientras adoran a sus sanguinarios dioses teñidos de azul? ¿Qué sabrían en Copetonas de los viajes de los tuaregs por el Sahara llevando por esos invisibles caminos trazados en el mar de arena sus camellos cargados de sal, especias y oro? Quizás la analogía roquista de considerar a la pampa como un desierto al que era menester conquistar y el conocimiento de las rastrilladas indias en el verde océano de pasto y yuyo haya disparado la pueblerina imaginación del burócrata de marras. La única metáfora que recuerdo sobre la pampa como un mar y que valga la pena repetir corresponde a un ignoto folklorista escuchado una noche de insomnio en la versión televisada de Cosquín quien la definió como “un mar en donde navega el silencio”
Después de quince minutos de tragar un blanco y pesado polvo blanco del camino mejorado llegamos al tan mentado “Oasis”. Allí se bajó la feliz pareja que no dejó de mimarse en todo el viaje y pensé que quizás Copetonas pudiera ser un lugar piola y hasta bello y que valiera escribir un par de líneas como las presentes. Si a esa ciudad enclavada entre los verdes sembrados llegaba esa mimosa pareja, algo bueno debería tener más allá de la osadía creativa de su empleado de turismo. Evidentemente mi espíritu estaba dolorido y nada me podía hacer alegrar y si a ello le sumas el tedio del viaje, te imaginarás mi estado de ánimo en ese momento. El ver a esa mimosa pareja besarse y abrasarse hundía el recuerdo de mi amada y los pocos pero profundos momentos que compartimos. Quizás fui un poco duro con Copetonas. Al fin de cuentas no conocía dicha ciudad y las perdices copetonas al escabeche son un delicioso manjar que no cualquiera puede apreciar.
Al rodear la infaltable plaza central, con su comisaría, su intendencia, su sucursal del Banco de la Provincia, el busto al fundador y su calle principal llamada José de San Martin, pensé que quizás no haya sido exagerada la calificación de “Oasis de paz”. De última no esta mal la pretensión. La vida en esa pampa puede ser un poco aburrida.
El micro dejó Copetonas en una nube de ese espeso polvo blanco y volvió al camino, si es que podemos llamar así a ese sendero poceado e irregular por donde se desplazaba el ómnibus.
Luego de doblar a las izquierdas y a las derechas no se cuantas veces, de rodear lagunetas pobladas de cisnes y navegar por plantaciones verdes de soja y los dorados girasoles llegamos a Oriente del que no pienso decir nada salvo el asombro ante un ausente ferrocarril y el mudo cartel de estación que indicaba, con un persistente orgullo ya pasado de moda, algo de un esplendoroso pasado que nunca fue. Sin vías y sin andén, mudo testigo de la debacle económica que un innombrable presidente con ínfulas de sultán gobernó para mal del país, se alzaba esa ausencia ferrocarrilera en un pueblo cuyo nombre invitaba a zambullirse en viajes exóticos y fantásticos. ¿Escondería este pueblo tesoros como los que halló Ali Babá? ¿Habría una Sherezade autóctona en este Oriente? ¿Debería precaverme de los jinetes mongoles súbditos de Kublai Khan? Evidentemente la inmigración que pobló parte de la pampa provino de todo el orbe y vaya uno a saber la inspiración para denominar con tal nombre a esa zona.
Cuando el micro dejo Oriente y encaró nuevamente para al camino polvoriento la pampa se ofreció a mi mirar no ya natural y feraz, como hubiera querido Hernandez o del Campo, sino racional y económica expresándose en esos impúdicos carteles de “Nidera semillas” que ostentaban su publicidad colgados de alambres que limitaban los sembradíos y que indicaban la calidad de los híbridos germinados. Recordé a Monsanto y el glifosato y a un intolerante dirigente agropecuario y la misma nausea que agredió a Sartre se me subió a la garganta. Aún hoy la renta agraria se cobra sus víctimas.
TRES.
CUANDO LLEGUE AL BALNEARIO RETA no me sorprendió en lo mas mínimo. No esperaba encontrarme con Mar del Plata ni con Villa Gesell y mucho menos con Capri o Miami. Bah, en realidad no esperaba encontrarme con nada. Tal era mi estado de ánimo.
El ómnibus me dejó en una esquina donde había un poste indicador con el número 48 cruzado con el numero 35. La calle 48 se llama “claveles” y la 35 con el nombre de otra flor que no recuerdo. En Reta, aparentemente, no hay una devoción por próceres o fundadores míticos. Mejor. Al principio no supe si alegrarme ante esta nominación floreal de las calles o reírme de la pretensión. El primer contacto con Reta, como pueden ver, fue signado por la extrañeza. Había algo en el aire que, sin asustarme, no llegaba a comprender.
Obviamente el trazado rectilíneo de las calles y su numeración respondían a criterios racionales de planificación urbana. Supe, con el tiempo, que los ingenieros Simon Delpech, Jorge Cordeyro Echagüe y Enrique Zurini planificaron en 1927 y por solicitud de un tal Martín Reta, quien junto a Claudio Rodriguez Otero fundaron la Sociedad Pueblo Balneario Reta, una ciudad con la intensión de que fuera un lugar para turistas que quisieran descansar. Claro, las tierras en donde se iba a construir dicho balneario eran propiedad de Martín Reta quien por aquel entonces regenteaba una especie de local de comidas, que pomposamente llamaban restaurante, con el nombre de La Casualidad y que fuera famoso en la comarca. Al parecer, antes de llamarse con este nombre, fue conocido como Miramar, igual que el balneario que se encuentra unos cuantos kilómetros al norte. En dicho establecimiento y tal como dice el diario La Voz de Tres Arroyos en su ejemplar del 17 de octubre de 1928, se reunieron alrededor de ochenta y siete personas para informarse de la fundación y, además de almorzar, interiorizarse de los precios de las parcelas en venta. Quizás haya sido casualidad que un 17 de octubre se realizara esta reunión o no. A veces el destino juega sus cartas de maneras insospechadas. Tan solo diecisiete años después, algunos de esos comensales o bien se alegrarían del cruce del riachuelo por parte del pueblo argentino en defensa de un coronel preso o comenzarían a tramar su derrocamiento.
Las tierras que compro Martín Reta habrían pertenecido a Pedro Herrera quien, en virtud de la Ley de Enfiteusis promulgada por Bernardino Rivadavia en el año 1822, adquirió, de esta manera, dicha propiedad. El gobierno de por aquel entonces, ansioso por recaudar dinero para sostener el incipiente aparato del Estado, apelo a esta ley para ello y es así que muchas familias terratenientes, que se jactan de su abolengo y prosapia agraria, no reconocen su origen en virtud de la aprobación de esta ley. Tamaño regalo el de don Bernardino que sería coronado en la década de 1880 cuando el racional General Julio Argentino Roca llevara la modernidad en la punta de sus Remington y otorgara, alegre y discrecionalmente, millones de hectáreas a sus adláteres. Si bien en ese tiempo no existían los híbridos ni el glifosato, la mentalidad de esa oligarquía formada por el azar y la cercanía al poder, tendría la suficiente inteligencia y los pocos escrúpulos para enhebrar los hilos de la historia y no solo permanecer en propiedad de esas tierras regaladas sino para evitar todo intento de emancipación que pusiera en peligro sus propiedades. Justamente, el 17 de octubre, pero del año 1945, muchos de los que cruzaron el Riachuelo pidiendo la libertad del coronel preso, supusieron, erróneamente, que la historia iba a dar un vuelco y que quizás ellos también pudieran acceder a la propiedad de la tierra.
Influenciados por la corriente positivista imperante a principios del siglo XX y por las utopías urbanas en boga hacia fines del siglo XIX, los ingenieros dibujaron racionalmente el plano de la ciudad con una simetría absurda y aburrida para lo que es la naturaleza.
La ciudad se fundó en el Cuartel 14 del partido de Tres Arroyos. Se trazó un cuadriculado de dieciséis cuadras por dieciséis cuadras y los terrenos más grandes, que tenían aproximadamente 9.982 metros cuadrados, se destinaron para las plazas, cuatro en total, y luego la escuela con 3.991 metros cuadrados. El pueblo quedo conformado con ciento dieciséis manzanas tal como se puede apreciar en el plano original.
Martín Reta o quizás haya sido Otero, no se sabe, contrato a Avelino “el rubio” García quién se encargó de alambrar el predio junto a un ayudante de nombre Bautista Corral y uno de sus hijos Marcelino, a quien se lo puede ubicar hoy día bebiéndose una cerveza, o algo mas fuerte, en el viejo almacén fundado por un tal Fuertes y que queda en la calle 48 a la que ya hice referencia. Lo interesante de este local es que, el que lo alquile, debe preservar una mesa redonda y con cuatro sillas para que los parroquianos se lleguen hasta aquí y puedan beber. Tales han sido las directivas dejadas en su testamento por el fundador de dicho almacén el señor Fuertes y que yo no comprendía por aquel entonces. Con el tiempo comencé a darme cuenta del por que de esta medida, pero cuando me contaron la historia no tenía la menor idea y la atribuí a la mentalidad de los habitantes del pueblo quienes se aseguraban tener siempre una mesa para poder tomar algo después de su jornada de trabajo ya sea en el mar o en las chacras de los alrededores. Pero lo extraño es que nunca vi a nadie sentado en ella excepto a dos gauchos vestidos a la usanza criolla que estaban tomando caña.
Yo ya sabía que los utópicos, desde Platón y su República y Tomas Moro, posteriormente santificado no se por que, con su inhallable isla, como así también Owen, Le Courbousier, Fourier y los demás se dedicaban a planificar Paralelogramos, Ciudades Jardín y Falangsterios intentaron, como buenos socialistas racionales y utópicos, dominar el azar de la naturaleza confiando que la inteligencia del hombre es lo suficientemente poderosa como para domesticar en un par de años lo que a la evolución le llevó millones. El hombre en su absurda omnipotencia pretende dominar y dirigir la naturaleza. El legado greco romano se extendió por la historia con su afán imperial de dominación. Esa idea obscena y absurda de la línea recta y de la dominación racional no puede ocultar el profundo temor que sentimos al darnos cuenta de nuestra pequeñez cuando nos comparamos ante la inmensidad del cosmos que nos rodea o cuando pretendemos disciplinar a nuestros dioses con rezos o sacrificios como si la sangre de un cabrito pudiera calmar la ira de algún dios ¿pero que dios de morondanga es ese que se satisface con un cabrito o una gallina? Me quedo con los dioses mexica o nahuatl que exigen la vida de guerreros inmaculados para su regocijo. No hay dios en toda la mitología occidental que le llegue a los talones a Huitzilopocthli y su sed de corazones palpitantes ofrecidos a su voracidad.
Las utopías, mal que les pese a algunos irresponsables revolucionarios que cuando toman el poder traicionan sus principios, son antihumanas. Trataré de explicarme mejor. El hombre cree en su omnipotencia que puede planificar la ciudad perfecta. Ya les nombre a algunos de estos visionarios y sus modelos de ciudad. Están tan absortos y tienen tanta fe en sus pensamientos que no pueden darse cuenta que sus utopías nunca funcionarán y que, si lo hacen, no harán feliz ni a la comunidad que pretenden albergar ni a los individuos que las componen. Las utopías urbanas son: aburridas por ser simétricas, lineales y uniformes, lo que profundiza su aburrimiento, hostiles a la naturaleza porque pretenden dominar a ésta en el estrecho marco del egoísmo humano, dirigistas y planificadas y, por ende, coartadores de la libertad y del libre albedrío de sus habitantes.
En la utopía el hombre esta enmarcado, cinchado, si se me permite la metáfora campera y que va a tono con el paisaje, por las normas que el burócrata utópico diseña desde su oficina de planificación como aquel funcionario de Copetonas que descubrió la relación entre “Oasis” y “paz”. No hay nada más peligroso para un utópico que la libertad y creatividad humana. En una ciudad utópica no hay lugar para la inventiva humana, para la creatividad sin sentido, para la poesía irracional. El surrealismo, por ejemplo, no podría haber existido en un falangesterio. Tristán Tzara hubiera sido encarcelado en una Ciudad Jardín. Macedonio Fernandez hubiera sido expulsado de la Ciudad de Dios. Las utopías urbanas y sociales pretenden ceñir y domesticar la rebeldía y la libertad de los hombres a lo absurdo de la planificación racional y positivista de una ciencia alienante y antihumana. El fracaso de los kibutz de Israel y de los falangsterios que siguieron el modelo de Fourier y de los cuales ni siquiera quedan sus ruinas, son la mejor prueba de mis argumentaciones. La misma ciudad de La Plata, pensada con sus diagonales, son un jeroglífico imposible de desentrañar para el visitante extranjero que, queriendo ir a conocer al Museo de Ciencias Naturales termina cantando la marcha de los pincharatas del otro lado del bosque. Solo las comunidades cuáqueras o amish y las ordenes religiosas del medioevo o los hippies de El Bolsón o de Baja California han podido triunfar o tener éxito y esto se debe o por que hay una fe trascendental religiosa que moviliza más allá de un entendimiento o una huida filosófica de un ideal consumista enajenado patentizado por la ciudad industrial de fines del siglo XX.
Algo de este espíritu utópico se encontraba, quizás, en las ideas de los ingenieros que Martín Reta contrató para que dibujaran su ciudad. Reta obedece así a un dibujo perfecto, perdóneseme la exageración, en donde las calles trazadas a la manera de un damero en diagonal al mar, con dirección este-oeste, se extiende sobre viejos y persistentes medanales. El maximun de esta visión planificadora y positivista se resume en la numeración de sus calles: los números pares desembocan en el mar y los impares, por su parte, solo encuentran el océano en el infinito.
Una cosa que no debo dejar de mencionar, es que en el plano original de la ciudad, no se había planificado ningún solar para el cementerio. Se pensó en las plazas, en la escuela, en las viviendas pero no se pensó ninguna necrópolis. Es como si el hecho de querer fundar una ciudad turística desplazara a la muerte como un acontecer humano. Parece ser que para la mentalidad higienista de principios de siglo la muerte haya sido no un acaecer humano esperable sino una especie de enfermedad que la ciencia deba curar. La ciudad balneario debía esconder a la muerte en otra zona, no en esta. A los turistas no les agradaría saber que podían morir en sus vacaciones.
Mas allá de esta sencilla descripción y que no es necesariamente objetiva, Reta es bella. No posee una belleza mediterránea, como las playas de la Costa Brava o las de Amalfi, tampoco es linda por sus pinares como Villa Gesell, Cariló a Pinamar (nombre absurdo y tonto si los hay) e incluso Claromecó y su Dunamar (valga para esta toponimia lo mismo que para la otra). Reta es linda por su simpleza y por su agreste naturaleza. Sus álamos y sus eucaliptos no solo le permiten a los rayos del sol jugar con sus hojas y las sombras que estas producen sino que también albergan a pájaros multicolores pequeños que sin ser tan vistosos como el guacamayo del Caribe permiten admirar lo bello de la naturaleza. Si hay una palabra que pueda definir a este lugar esa palabra es naturaleza. De esta manera, ella se venga de los intentos planificadores de los ingenieros contratados por su fundador.
Lo más bello de este lugar, para mi atribulado gusto, son sus médanos. Majestuosos, enormes y cambiantes según el capricho del viento, con sus alturas que rompen la monotonía de la planicie pampeana y oceánica suplantándola por otra monotonía sinuosa y arenal. Son como los senos de una diosa marina elevándose de la superficie en una ofrenda al sol.
Mas allá de los intentos nuevamente racionales de fijarlos plantando tamariscos y uñas de gato, la arena en su coqueteo con el viento, se las ingenia para anular los intentos humanos en domesticarla. Este hecho, como les voy a contar, está atestiguado por la historia del Gran Hotel Playa o Playa Hotel como se conociera a este importante edificio y que nos continúa ilustrando sobre la escasa originalidad para nombrar que padecía esta gente.
Su construcción comenzó en 1927 y no fue casual ya que en esa época comenzó a planificarse la ciudad balnearia. El autor del proyecto fue Juan Uccelli quien probablemente tuviera alguna inspiración italiana en sus primeros bocetos. Después de dos años de trabajo, superando vientos, arena, bichos y todo tipo de inconvenientes como tormentas, ausencia de comida y de caminos por donde se pudieran transportar materiales y vituallas, la construcción del majestuoso hotel quedo finalizada. Así, de esta manera, quedó una gran construcción en medio de un desierto de médanos y arena simbolizando ese espíritu emprendedor y progresista que caracterizó a los hombres de principio de siglo que usufructuaron, bien empleado el término, la renta agraria que provenía del flamante y mal administrado “granero del mundo”.
Más allá del valor del fundador deberíamos analizar lo útil y práctico de la planificación de una ciudad balnearia, con su proyecto de puerto y la construcción de un hotel de características palaciegas, en un desierto alejado de cualquier centro urbano más o menos poblado. La ciudad de Tres Arroyos, fundada alrededor de 1865 por inmigrantes daneses, no podía nutrir con sus pocos habitantes dicho balneario y la cercana Bahía Blanca, en expansión por aquellos años, menos. No solo por la inexistencia de caminos adecuados sino por que la mentalidad gringa de aquellos campesinos que vinieron a “hacerse la América” o perseguidos por el hambre y la violencia que dejo la Gran Guerra no era, digo, la más adecuada para soslayarse en las bellezas balnearias. Por su lado, el ascetismo puritano del calvinismo, pudo ser un obstáculo a las prácticas hedonistas que posibilita el turismo. La lejana Buenos Aires apuntaba a la más cercana Mar del Plata para que las familias recientemente adineradas y sin abolengo enviaran a sus hijos a disfrutar del nuevo pasatiempo que posibilitaba el ejercicio del turismo como nueva práctica de la mentalidad burguesa de principios del siglo XX.
El Playa Hotel tenía dos plantas en donde se disponían sus treinta y cinco habitaciones con que contaba en sus primeros años. Tenía nueve baños, un salón de lecturas, dos amplias terrazas que, como corresponde, daban al mar y donde los ocasionales turistas se deleitaban perdiendo su vista en la inmensidad del Atlántico. Quizás algunos hayan añorado su lejana tierra al mirar el horizonte. El inmigrante, incluso el exilado, siempre guarda en algún lugar de su memoria un pedacito de su terruño. Solo los aventureros profesionales sin tierra y los apátridas pueden contemplar los horizontes sin que añoren su infancia en la tierra de sus padres.
La gente se reunía en el salón y debatía sobre los aconteceres en el mundo despreocupados por todo. Mientras en Europa se gestaba un monstruo de tres cabezas, violento, autoritario y genocida, la burguesía agrícola de Buenos Aires se paseaba por las playas de Reta y jugaba al bacará en el salón de juegos del Playa Hotel que los días domingo se convertía en improvisada iglesia donde un sacerdote llegado de Tres Arroyos oficiaba misa. Incluso en este alejado paraje la Iglesia con sede en Roma mantenía su influencia ¿Qué pecados habrán confesado las virginales jovencitas de ropa blanca y capelinas al tono? ¿Qué mentiras habrán expiado adustos señores de grueso y chacareros bigotes de sus andanzas camperas? ¿Cuántos avemarías y padrenuestros habrán rezado las comadronas por esos malos pensamientos que la asaltaban de noche recordando a los mancebos enfundados en esos ajustados trajes de baño que vieran en la playa? ¿Se habrá escandalizado el sacerdote ante estos pecados o él también debería confesar sus secretos de deseos viriles por las bellas señoritas del campo? Desafortunadamente nadie dejó registro de estas confesiones por lo que sólo podemos teorizar sobre ellas.
El Hotel no rindió como se esperaba. Parece ser que el proyecto de hacer un Waldorf Astoria en el desierto para el solaz esparcimiento de la nueva élite agropecuaria no dio los frutos que los empresarios esperaban. Demasiado esfuerzo ajeno se perdió en el arenal que poco a poco se lo fue comiendo. Claro, debo decir, el proyecto fue económico. Por más que la historia lo presente como una obra de la pujanza y tesón de los “padres fundadores” el objetivo de su construcción fue primordialmente económico y esto se comprueba por que al no contar con suficientes pasajeros que pagaran el hospedaje el hotel comenzó a venirse abajo por falta de mantenimiento. El desierto con su viento y con su arena cobró su tributo y para 1940 el hotel que pretendió ser un Versailles pampeano estaba casi en ruinas. Su camino entoscado que conducía a la playa había desaparecido y en sus habitaciones ya nadie dormía la siesta. Su amplio salón ya no albergaba a los galanes que seducían princesas y sus escasos nueve baños eran insuficientes para las demandas de aseo e higiene de las nuevas generaciones. El cura ya no tenía a quien confesar.
Si bien se intentó reflotarlo para la época del peronismo el proyecto no prosperó. El señor José Almeida intentó el nuevo emprendimiento alquilándolo y, como si el viejo nombre fuera una especie de maldición y trajera mala suerte a su proyecto, lo rebautizó con el viejo, horrible y falto de creatividad nombre de Hotel Océano. Aún hoy aparece este nombre para designar la planta de Reta pero ni siquiera sus pobladores lo reconocen como tal y me parece justo ya que mi pensamiento sobre el género humano no hubiera mejorado al saber que este estúpido nombre hubiera permanecido en la memoria de los habitantes de Reta. ¿Pero que les pasaba por la cabeza a estas personas para llamar Hotel Playa a un hotel en la playa o Hotel Océano a un hotel en el océano? Llamar así a hoteles marinos es como llamar Volcán a un restaurante al pié del Vesubio o El Barco a un cabaret en el puerto. Este tipo de tautologías nominales nunca pueden traer nada bueno. No hay negocio que pueda prosperar con esa ausencia de creatividad.
Con el correr de los años el sueño de un hotel de lujo solo quedó como un bello y romántico recuerdo en la memoria de aquellos afortunados que pudieron disfrutarlo. Algunas señoras de pelo encanecido y de andar con bastón aún se sonrojan cuando se les pregunta por su gran salón y por los bailes realizados en él y no falta quien recuerde que el índice de natalidad de la zona se haya incrementado nominalmente a resultas de los paseos vespertinos y nocturnos por los desnudos médanos, erótica invitación para el amor, que rodeaban el hotel en el desierto.
Doña maría, la emprendedora cocinera del hotel que preparaba sus delicias incluso si su turno ya había terminado y llegase un pasajero con hambre y las mucamas Quita Huarte, de evidente ascendencia india y Nides Gonzales, supieron de estos secretos amoríos y, como buenas chusmas de barrio, añadieron algunas filigranas narrativas a los sucesos acontecidos beneficiando a algunas y castigando en demasía a otras. Greta Pedersen, la abuela de los pescadores Pedersen, relata que ella y sus amigos daneses que fueron a colonizar la zona en los primeros años del pueblo, que era frecuente que tomaran baños de mar sin trajes de baño inaugurando el nudismo mucho antes que Moria Casan lo hiciera en Mar del Plata en su Playa Franca.
Para el año 1960 los Almeida dejan el emprendimiento hotelero y se van de Reta. La edad de sus hijos ya era la suficiente como para que pudieran continuar sus estudios en la humilde escuela Nº 34 de la zona y partieron dejando algunos de sus sueños de prosperidad económica en las siempre vivas arenas de su Hotel Océano. La señora Almeida fue la primer maestra de Reta y las primeras clases las dio en su casa ya que no había instalaciones oficiales para ello.
Mas allá de este fracaso económico, Reta continúo existiendo y lenta pero inexorablemente se fue poblando de a poco. Al fin de cuentas la idea del balneario funcionó no como pensaron sus primeros pobladores sino que, como siempre sucede en la historia de la humanidad, son los mismos hombres quienes deciden que rumbos tomar.
El desarrollo obligado del país en virtud del proceso de sustitución de importaciones desatado a consecuencia de la II Guerra Mundial y las nueva política económica del gobierno justicialista fortalecieron este desarrollo y el país vivió una especie de bonanza social después de tantos años de explotación e inequidad social. Como ya dije anteriormente, el turismo comienza a desarrollarse como una especie de premio o de derecho laboral tal como sucedía en los países mas desarrollados. Si bien el ícono justicialista para veranear fue Mar del Plata y sus importantes hoteles sindicales, especialmente Chapadmalal y la idea subyacente a su instalación, muchos pequeños pueblos de la costa se vieron beneficiados por esta nueva política. Para el general Perón y su mujer Evita, los nuevos y esperados derechos del trabajador, sancionados en la Constitución Nacional de 1949, garantizaban no solo el aguinaldo sino también las vacaciones. Desde ese momento la clase obrera le disputó a la oligarquía sus sitiales de privilegio y la otrora aristocrática Mar del Plata, con su rambla de madera y sus señoriales construcciones, comenzó a recibir la visita de los “descamisados” y los “cabecitas negras” que tanto amó Evita.
A tono con la época, entonces, Reta instaló un poste de primeros auxilios en el año 1947 “…con el fin de ser empleado por cualquier persona de buena voluntad, para prestar ayuda a los bañistas que por cualquier circunstancia corran riesgo de ahogarse o sufran algún accidente en la playa…” tal como reza el acta de su instalación y que fuera firmado por los vecinos prominentes de Reta. El poste en cuestión, que no era más que un palo enclavado en la arena de la playa muy similar a esos que soportaban los cables de electricidad y que se iban extendiendo a lo largo del país, contaba con un salvavidas tipo anillo, una larga soga, un botiquín y un catre que oficiaba de camilla. Excepto el salvavidas, la cuerda y el catre, todo se encontraba resguardado en una caja con tapa de vidrio que debía romperse por esa “persona de buena voluntad” que creyendo que fuera necesario hacerlo para salvar la vida de alguien o “para prestar ayuda a los bañistas”, estimara su utilización. La instalación de este poste, ornamentado con la universal cruz roja sobre fondo blanco, pareció dotar no solo de un estatus moderno al balneario sino que venía a cumplir con los preceptos higienistas y de salud pública que el gobierno justicialista pretendía implementar. Quizás el Dr. Castillo, ideólogo y motor de esta corriente asistencialista, se hubiera alegrado del ímpetu modernizador de los que inspiraron tal instalación. Y, si debo ser justo, si el mentado y aparatoso poste salvó una sola vida bienvenida haya sido su instalación, al decir del salvado.
Hoy en día ya no es necesario un poste de Primeros Auxilios. La existencia de atléticos y apolíneos guardavidas, entrenados para la ocasión, montados en sus Jeep o en sus briosas motos de agua hacen innecesario el coraje de algún vecino “con buena voluntad” que viendo peligrar la vida de algún conocido, se arriesgue para rescatarlo de las aguas atlánticas. Al conocer la historia del poste no pude menos que esbozar una sonrisa al pensar en algún Johnny Weissmüller que, como un Tarzán criollo, se arrojara al mar plagado de aguas vivas, yendo presuroso a rescatar a una dama que fingiese estar ahogándose con el solo pretexto de ser abrazada por ese Adonis náutico que fuera en su auxilio. No esta mal, siempre pensé, urdir alguna treta, algún ardid para que germine el deseo y nada mejor que una falsa situación de peligro para que el espíritu aventurero de algún tímido galán se desatara a instancias del pedido de auxilio de una atribulada dama en apuros. El amor, como dijera al principio, responde fantásticamente bien a los principios heroicos y gallardos del galán que se anime.
CUATRO
DEJE MIS ESCASAS PERTENENCIAS en la habitación rentada y me dispuse a recorrer el pueblo. Obviamente a la media hora de comenzar mi recorrido ya lo había conocido, o eso percibía, en un noventa por ciento. Reta no es un lugar que cuente con lugares significativos y como todos podemos imaginar, más allá de su plaza principal con su horrible busto en honor al Almirante Brown, sus dos iglesias que compiten en su soledad por la fe de los feligreses, su sala de atención médica, su puesto de vigilancia policial que al parecer es suficiente para mantener el orden en sus calles y sus pocos locales, no hay nada en Reta que la distinga de otros pueblos de la costa atlántica. O quizás si.
Al no poder cumplir el sueño anhelado de poseer un ramal propio del Ferrocarril del Sur, por aquí la evolución de la ciudad no siguió la dinámica esperada. Generalmente, y en la mayor parte de los casos, los pueblos de la campaña se han organizado alrededor de la estación del ferrocarril cuando este existió o alrededor de la plaza principal con el típico formato de las poblaciones heredadas del colonialismo español. Siguiendo el modelo imperial, la plaza se encontraba frente al cabildo y, como recuerdan, de la Iglesia. Esto nos sugiere la ausencia de la idea de mercado en la mentalidad española. En cambio, si la ciudad creció en virtud de la existencia del ferrocarril, frente a la estación hallaremos un hotel y locales de compra y venta, tal como sugiere el ethos protestante de la mentalidad capitalista, especialmente británica. Pero en Reta no sucedió así.
Los locales más importantes se ubican en la calle 48 que viene a funcionar como una avenida principal con sus supermercados y negocios con artículos de regalo pero la delegación municipal, se halla en la calle paralela, más cerca de la playa donde el Brown que les mencioné muere nuevamente. Sus dos iglesias están separadas (¿Por qué un pueblo tan chico ameritó la instalación de dos iglesias? ¿Serían muchos los pecados por confesar de su gente? ¿O las bellezas del lugar y la soledad de sus playas fueran suficiente y poderosos atractivos para que los hombres dedicados al Señor pudieran realizas sus ejercicios espirituales en paz y en comunión con la naturaleza y contemplar la magnificencia de la obra del Creador?). Un poco más allá la colonia de vacaciones Bartolomé Mitre fundada por don Emilio de la Calle el 24 de enero de 1928 destinada a alojar a estudiantes, maestros y periodistas, estos últimos portando un raro privilegio vacacional, el cuartel de bomberos con su sirena instalada en el techo y que en días de mucho viento o se escucha mucho o no se escucha nada, la gruta de la Virgen de Lourdes con sus placas recordatorias a los fallecidos y ahogados y en donde algunos jóvenes rebeldes y un poco insensibles han escritos algunos grafitos incomprensibles; y las demás construcciones que le dan a Reta su personalidad.
De entre todas las construcciones existentes en el balneario, hay una que por su originalidad merece un destaque especial; este es el túnel submedanal. Esta construcción es un túnel de aproximadamente treinta o treinta y cinco metros de largos por un metro y medio de ancho y casi dos de alto que corre por debajo de un medano. Se construyó para que drenara el agua de lluvia que allí se acumulaba y que formaba una especie de molesta laguna que impedía el paso. Con buen criterio, los vecinos decidieron demandar la construcción de este túnel y así solucionar esa problemática inconcientes de que, con su acto, estaban dotando de una construcción original al pueblo ¿Dónde existe otro túnel que pase debajo de un médano? Si alguien conoce la respuesta le agradecería que me enviara la información.
Como se puede apreciar, Reta no cuenta con un centro cívico en donde ubicar las instituciones civiles sino que estas y los locales comerciales así como las instituciones educativas y religiosas se han dispuesto como por azar enfrentando nuevamente los designios planificadores de los ingenieros urbanistas. Esta característica, obviamente, es una de las que mas me agrada no solo por que presenta una originalidad mucho más humana sino por que esconde algo de rebeldía al no aceptar el destino simétrico y positivista al que fueron sometidos algunos pueblos bonaerenses y que respondían a un ideal de perfección y progreso enclavado en la mentalidad burguesa y liberal de la década del ´20. Quizás si se hubiera instalado la estación de ferrocarril Reta hubiera contado con un edificio de estilo inglés pero su historia hubiera sido diferente.
Después de recorrer sus solitarias calles y de ubicar correctamente el bar en donde pasaría parte de mi estadía me fui a conocer la playa.
Las playas, en esta parte de la geografía, son especiales y únicas. Especiales por que son anchas como para que el viento que las recorre no se sienta atrapado. Su extensión, desde los medanos hasta el agua promedia los cien metros de arena aproximadamente que, cuando el sol pega en forma directa, levanta sus buenos grados de temperatura. Tal es así, que si no caminas calzado podes llagar tus pies.
A la extensión se le suma el fuerte viento que levanta la arena que terminará estrellándose en tu cuerpo produciéndote una especie de caricia mimosa con la que la playa te agasaja. Bah, para algunos solo es una molestia pero ya sabemos que cada uno de nosotros tenemos apreciaciones diferentes sobre los mismos sucesos. La playa en Reta, como descubriría, tiene esta particularidad.
Si por una de esas cuestiones meteorológicas llega a soplar viento norte, el “viento de los locos”, el mar queda planchado y quieto, como si fuera un mar de aceite de girasol, no por el color sino por su quietud. Es una invitación a zambullirse de cabeza en el pero, si lo haces, podes llevarte una dolorosa sorpresa ya que en estas condiciones, emergen a la superficie y se acercan a la playa miles de aguas vivas que te hieren con sus urticantes filamentos arruinándote el día. Cuando esto sucede, la única manera de aliviar el agudo dolor es recurrir a leche de cebolla o al vinagre tal como dicen los lugareños. Pero yo no creo que este remedio casero sea eficaz. Solo el hielo y la cortisona pueden funcionar para el alivio que produce el ardor del veneno de las agua vivas. Si no fuera por esto, la playa estaría buenísima pero, ya ves, parece ser que la felicidad no puede ser completa. Como en el Tai Chi o huevo del mundo de la cosmología del Tao, el Yin y el Yang se encuentran siempre en tensión. En la alegría absoluta se encuentra el germen de la infelicidad y en el mayor de los dolores se anida el germen de la felicidad. Cuando sopla el viento norte en las playas de Reta y emergen las aguas vivas, se comprueba que los filósofos chinos no están tan errados en su apreciación sobre el devenir de la vida en esta tierra.
Si uno comienza a caminar por la playa, como para el lado de Claromecó, se encontrará con la salida del túnel submedanal y un poco mas allá los restos oscuros del un barco hundido que, como todo buen arqueólogo marino sabe, se los denomina pecio.
Como todo balneario exótico, Reta cuenta con dos pecios, uno a la vista del que quiera y otro que esta sepultado por las arenas y al que solo acceden los estudiantes avanzados que llegan desde la Universidad Nacional de la Plata para realizar sus investigaciones.
Los restos del barco hundido hoy son casi irreconocibles ya que parecen solo un montón de escombros marinos semisepultados en la playa y cubiertos permanentemente por la espuma del mar. Colonizados por bivalvos que se han adheridos a los restos del barco, emergen como una rara escultura oscura llamando la atención, ya que si no sabes de qué se trata, te extraña las formas rectas de dichos restos. El color oscuro de los mejillones le da un tono un tanto tétrico a toda la formación.
Hasta hace un par de años atrás se podía ver la chimenea de la caldera por lo que se supone que fue un vapor que, por una tormenta, encalló en esas playas. Los estudiosos no saben fehacientemente el nombre del barco y hay algunas teorías. Algunos creen que es la fragata La Victoria pero otros dicen que es el General Villegas. Justamente con este nombre aparece en una publicación de Claromecó y se dice que sucumbió en un fuerte temporal que asoló la zona no se sabe cuando. El diario La Nueva Provincia de la ciudad de Bahía Blanca publicó en el año 1969 que el nombre del barco era el de la fragata La Victoria en un raro artículo en donde consigna que allí, en ese lugar de la playa, se pescó una corvina negra que peso 22 kilogramos y que el pescador, un tal Jorge Ariel Monalli, luchó por mas de una hora para sacarla del mar. Claro, parece ser que los dioses del mar no entregan fácilmente sus súbditos. El diario avanza más en la noticia y nos dice que “…la pesca fue realizada a media noche, utilizando caña de lanzar de fibra de vidrio, nylon de 60 y carnada de almeja”. Si bien no hay muchas indicaciones acerca del pecio, es la primera publicación que se atreve a nombrar los restos náuticos.
Al parecer, la fragata La Victoria habría encallado en las cercanías del arroyo Cristiano Muerto que queda cerca de Orense. Esta información fue publicada en la revista Barcos y Veleros Nº 5 perteneciente al Museo Regional de Necochea Egisto Ratti en el año 1978. Dicha embarcación partió del puerto de Buenos Aires con destino a Puerto Deseado transportando carbón de Cardiff y rieles de acero sueco para las obras del ferrocarril patagónico. Sin saber, esta fragata nos esta dando, muchos años después de que zarpo, valiosa información sobre el poblamiento de la Argentina y, analizando su carga, podemos decir que eso del “crisol de razas” como nos definen se cumple también en las mezclas de productos y materiales con que se construyó nuestro país.
El barco naufragó, y en esto están de acuerdo casi todos los investigadores, a causa de un temporal. La tripulación fue rescatada por personal de la estancia Santa Catalina, propiedad de la señora Julia Saenz Rosas de Rosetti, valga la redundancia, quien los cobijo en su propiedad hasta que pudieron resolver su problema por sus propios medios.
Este barco, más allá de su nombre, era un vapor ya que, como dije en unas líneas mas arriba, se podía apreciar la chimenea de la caldera. Este dato indica que el pecio era un vapor por lo que, sumado a los demás indicios, parece indicarnos que era nomás la fragata mentada. Del interior de este rescate, se extrajeron vigas de hierro inglés, no sueco como decía el otro informe, por lo que se supone que transportaba rieles para el ferrocarril. Por los datos recogidos suponemos que el naufragio haya sido a principios del siglo XX, cuando aún Reta no era Reta. Esta ciudad ya tenía un naufragio, o dos, cuando se fundó.
Lo interesante de este naufragio es que nos está indicando que por esta zona pasaba una línea marítima de transporte hacia el sur. Muy probablemente, el catalejo de Darwin haya captado, cuando navegaba a bordo del Beagle con Fitz Roy, las arenas y los medanales de Reta que aún no se llamaba así. Seguro desembarcó en la cercana Monte Hermoso, pues hay datos de que ello sucedió, antes de proseguir su viaje hacia la Patagonia austral en donde conoció al selk´ nam que bautizó como Jimmy Botton y que llevara hacia Inglaterra. Dicen, pero yo creo que no es del todo cierto, que por estos lugares, en donde aún hoy en día es mas frecuente de lo que uno piensa encontrar restos paleontológicos, que el biólogo inglés haya comenzado a dar forma a su teoría de la evolución navegando por estas aguas, pero es difícil. Charles Darwin nada nos dice al respecto pero si menciona a las Islas Galápagos en el Pacífico y no a estas desoladas playas. Quizás esta misma desolación haya incentivado la fértil imaginación de los parroquianos, quienes en la soledad del invierno pampeano y entonados con alguna ginebra o caña fuerte, inventaran historias que, más allá de la seducción que pueden presentar para oídos como el mío, nada tienen de exacto. Sumado a esto, la necesidad de contar con algo que valga la pena y que ubique a esta soledad como un punto en el mapa que merezca destacarse más allá de bandoleros, malones o plantaciones haya estimulado dicha historia.
Lo que si estamos en condiciones de afirmar es que Darwin pasó por estos lugares y que desembarcó en alguna de estas playas para realizar relevamientos del terreno y para juntar algunas muestras para su colección. Es muy probable que se haya entrevistado con algunos de los comandantes de los fortines de la frontera sur y que se haya comido algún asado de guanaco o de avestruz.
El río Quequen Salado o Mulpunleufú, como le decían los indios Pampas, marcaba la frontera sur del partido de Tres Arroyos y allí, justamente, se situaba la línea de fortines como defensa contra el ataque de los indios quienes no estaban muy conformes, debo decirlo, con que los colonizaran. El 15 de junio de 1870 alrededor de trescientos indios de lanza capitaneados por los caciques Antemin y Juan Chugiur malonearon por la zona y se llevaron algo de hacienda y algunas cautivas lo que motivo que el gobierno nacional prestara un poco mas de atención al tema. En realidad, y si debo ser exacto con el registro histórico, el coronel Alvaro Barros, comandante de la frontera sur, eleva en 1867 un informe al Ministro Julián Martinez en donde “recomienda” la construcción de nuevos fortines. Se los designará, finalmente, con los nombres de: El Ciudadano, El Veterano, La Ley y La Libertad. La elección de estos nombres evidentemente nos indica la carga de civismo que imperaba en la mentalidad militar de aquella época y que desafortunadamente para la Nación se perdió.
El mismo año, el comandante de la costa sur, Lopez Osornio informa a sus superiores que “…los fortines existentes a orillas del Quequén Salado son: el Marco Paz, situado en el paso que esta a doce cuadras del Ojo del Agua, el Buenos Aires en el paso de Las Piedras, el Campamento en el paso de Los Indios, El Año 10 en el paso de las Rosetas, El Argentino en el paso de las Rosas y el Libertad en la boca del mar” Estos, como averigüe, eran los únicos pasos por donde se puede cruzar el río por lo que los indios no podían cruzarlo sin ser visto por el personal de alguno de estos fortines. El río Quequen Salado es raro por que tiene lugares en donde se puede cruzar caminando, algunas caídas de agua y en otros en donde solo podes atravesarlo navegando en botes. Era, para la época, como una especie de frontera natural por lo que fue muy fácil controlar los malones indios.
Los fortines a los que hago mención eran precarias y rústicas viviendas o ranchos como se les dice. Incluso existieron algunos que no eran más que cuevas cavadas en el suelo que se hacían para protegerse del viento y del frío característico de la zona. La construcción que los definía era el clásico mangrullo o atalaya que a veces estaba techado con paja de totora, muy abundante en la zona.
En esas precarias construcciones un oficial, un sargento, dos cabos y nueve soldados pasaban su vida en la monotonía y peligrosa pampa y le corresponde a Miguel Hernandez el privilegio de habernos dejado una semblanza de esta vida en su historia del gaucho Martín Fierro.
Quizás, como dijera hace un rato, Charles Darwin haya pasado algunos días recolectando bichejos y huesos al lado de estos soldados acostumbrados a mirar el horizonte en la ancha pampa que desbordaba su entorno.
CINCO
LO QUE ME LLAMO LA ATENCIÓN AL LLEGAR A LA PLAYA fue la cantidad de gente que estaba allí. Yo pensé que encontraría apenas un par de turistas tomando sol y jugando al tejo de playa pero me equivoque. La playa, hacia el lado del pecio (barco hundido) estaba prácticamente colmada. Pero no eran adolescentes surfeando o tomando sol sino que, extrañamente, parecía ser gente como de otra época a juzgar por el atuendo.
Algunas de las señoras mayores estaban vestidas con batas largas y finas que las cubrían de las miradas indiscretas. Había una, particularmente, que estaba vestida de pollera blanca larga, medias y zapatos blancos y camisa también blanca y un saco rayado portando una sombrilla para que la protegiera del sol. A su lado, un hombre mayor con un gorro de corcho, como esos que usaban los exploradores británicos en la India, miraba la playa y saludaba amistosamente a muchos de los bañistas. Todas ellas, sin excepción, portaban enormes capelinas de tonos claros que dibujaban sombras en sus cuidados rostros maquillados. Mucho de los hombres estaban vestidos de saco, corbata y chalecos de colores claros y calzaban zapatos acordonados. Otros, en cambio, estaban ataviados con los antiguos trajes de baño que cubrían todas sus partes de las indiscretas miradas de las señoras. Hasta los más chiquitos se encontraban vestidos de esta manera. Un par de coches antiguos, muy parecidos al Ford T y al Ford A, conocido como “bigotes” por los guardabarros sobresalientes, se encontraban alineados cercanos a la línea de médanos. Algunas casillas de madera con ruedas y con techos a dos aguas, de tan solo medio metro de ancho por dos de alto, se encontraban alineadas también paralelas a la playa. Había un cartel que decía “Cambiadores. $2.MN” y hacia referencia a la moneda nacional en circulación a principios de siglo. Le gente le daba unas monedas al hombre que las cuidaba y se introducían en ellas justamente con la intención de cambiarse la ropa y ponerse el atuendo playero. El encargado era un hombre que tenía un parecido sorprendente con la imagen que se tiene del Quijote, pero sin Rocinante, con una mezcla de Horacio Quiroga. Flaco, huesudo y con una espesa y larga barba oscura, se mantenía en silencio fijando sus profundos ojos en el horizonte marino. Vaya a saber uno que elucubraciones pasarían por su cabeza.
Todo era muy raro. Una azulada bruma envolvía a estas personas quienes charlaban amigablemente mientras las olas iban y venían en ese eterno devenir milenario propio del mar. Nadie tomaba mate o café tal como es la costumbre de hoy. Algunos pocos se recostaban en la desnuda arena con la explícita intención de captar los rayos solares pero, como dije, solo eran unos pocos. Lo raro, también, es que siendo ya pasado el mediodía, nadie proyectaba sombras como era de esperar. Se lo atribuí, claro, a un efecto óptico. Ya sabemos que los rayos del sol cuando chocan directamente con la arena, en ese maridaje que llevan hace millones de años, suelen producir alteraciones visuales y hacernos ver imágenes que en realidad no son.
Mezclados entre ellos, había también un par de gauchos y algunos inmigrantes. Esto lo supuse por el ropaje ya que los gringos debían pasar al menos un par de años en la campaña para ataviarse a la manera criolla. Luego, cuando la adaptaban, ya no se separaban más de ella.
Algunas personas estaban escuchando sus walkman incluso sus MP3 y lo raro, vuelvo a decir, es que a estas no las cubría la bruma azulada. En fin, en ese carnaval marino parece ser que se encontraban todos los que iban a la playa.
Obviamente todo esto que describo debía obedecer a una fiesta de disfraces que la Delegación Municipal habría organizado para incentivar el turismo. No está mal. A mi me encanta el poder disfrazarme y pintarme la cara. Esto se lo debo a mi amor por el carnaval y la rebeldía en serio que expresa. Poder trasmutar en otro, dejar de ser uno mismo para ser aquel que siempre se anheló, es una de las particularidades positivas que nos brinda el carnaval. Además, están los tambores. Sin tambores el carnaval pierde su sistema cardíaco. Y si bien el actual carnaval esta muy domesticado, disciplinado y privatizado, acá y en Uruguay, aún mantiene algo de esa anarquía que tuviera en los primeros años. Lamentablemente no todos lo entendemos así y hay algunos que solo se entretienen en molestar al otro arrojándole esa maldita espuma sintética que te venden en aerosoles con el otra vez falto de creatividad nombre de “espuma Rey Momo” y que te dejan aureolas en la camisa o remera. ¿Qué sentido tiene divertirse molestando a los otros? ¿Por qué existe esta horrible costumbre de jugar con agua, incluso con agua con pimienta, en la temporada de carnaval? Ya el Brigadier Juan Manuel de Rosas había prohibido este malsano juego cuando dispuso del poder para hacerlo, pero la gente no lo acató. El carnaval en Buenos Aires, por aquellos años, sin ser un hecho reservadamente negro, llevaba en los barrios esclavos el alma y me gusta pensar que en la carcajada sonora y estridente de algún bailarín transpirado que exhibe su torso ante la mirada del patrón, van las carcajadas de todos los negros del barrio riéndose de él. En el ritmo del cuero vibrando a un compás marcado por el corazón, vuelan las palabras sin letras que el carnaval despierta. Al mismo tiempo, y en otro sentido, supongo que el volcar un balde con agua sobre el delicado cuerpo de alguna señorita que a sabiendas de la práctica de este juego en la época de la colonia, se vestía con delicadas y finas ropas con la erótica intención de que el agua vertida por algún caballero galante se le adhiriera al cuerpo y exhibir así sus dotes, en la sociedad colonial rosista, posibilitaba el acercamiento entre los sexos. Quizás no está tan mal después de todo jugar al carnaval.
Me quedé un rato mirando como, hacia el lado del pecio, la gente se divertía en ese extraño mardigras y, cuando me aburrí, me fui a tomar una cerveza al bar.
Caminando hacía allí, fui pensando que debía reservar mesa en algún lugar porque, con esa cantidad de gente vista en la playa, los restaurantes y bares estarían llenos. Ya me ha pasado en época de vacaciones querer ir a tomar una cerveza o comer una pizza y no hallar mesa. Generalmente en la costa en temporada alta la posibilidad de comer una pizza esta en relación a la cantidad de sillas y mesas que siempre son escasas para la clientela. Previendo entonces esto, me fui a reservar una mesa para la noche. Esto de la muchedumbre, debo decirlo, me satura un poco.
Elegí el local un poco por la fachada y otro poco por que había un cartel escrito con tiza que decía “canelones caseros de verdura + una bebida gaseosa: $16. Pollo al disco con papas fritas + una gaseosa o un vaso de vino: $18. Filet de pescado con papas fritas + un vaso de gaseosas: $16” Obviamente, el pollo fue mi elección.
Me acerqué al mostrador que estaba atendido por una bella señorita de inmaculados dientes blancos y, claro, de una luminosa sonrisa y le pedí que me reservara una mesa para el horario que pudiera. Me miró desde unos profundos ojos que mostraban un poco de sorpresa y me dijo que no me hiciera problema, que siempre había mesas disponibles así que me quedé tranquilo y me fui a buscar un libro para leer. Por suerte, al retirar un cuadernillo en la pequeña oficina de turismo que queda al lado del Puesto de Vigilancia de la Policía, me enteré de que Reta tiene una biblioteca y me fui para allí. Algo iba a encontrar que me inspirara para escribir. Había adquirido este hábito y me gustaba dejar constancia sobre lo que me pasaba desde que era un niño y que me enseñaran los rudimentos de la escritura, y los libros generalmente me inspiraban. Las bibliotecas, como bien sabía Borges, son un misterio que esconde aventuras en sus pasillos. El viejo solía perderse en esos laberintos llenos de libros y muchas veces se encontraba con el final de algún cuento. Quizás Funes y Ema Zunz hayan sido concebidos allí.
Cuando salí de la biblioteca ya eran las nueve y media de la noche y el cielo comenzaba a oscurecerse de a poco cambiando el celeste por el negro estrellado. Las impúdicas estrellas mostraban su luz en la Vía Láctea y uno no podía menos que envidiar a Galileo y a Hubbles por estar enamorado de ellas. Me fui para el restaurante con la sana intención de probar el pollo al disco que promocionaban. La lectura y la noche me habían mejorado un poco el ánimo y aunque aún llevaba la foto de ella en mi bolsillo y cada tanto la acariciaba, el dolor, sin mitigarse, se hacía más llevadero.
Como bien me había dicho la hermosa morocha hacía tan solo un par de horas atrás, el local solo tenía un par de turistas. No solo me gustó que no estuviera repleto sino que también percibí que la morocha se había cambiado de ropas lo que me agradó por ser uno de los hábitos más femeninos que conozco. Cuando vio que me acomodé en una mesa, se acercó y me preguntó:
- Buenas noches. ¿Va a comer algo?-
- Buenas noches- le respondí tratando de sonar lo mas educado y caballero que pudiera.- Si, por favor, quisiera probar el pollo al disco y un vaso de vino tinto.-
- Perfecto- y anotó en su libretita mi pedido.
- ¿No quiere probar unas berenjenas escabechadas de la zona?- me preguntó.
- ¡Si, claro!- exclamé asombrándome de mi exageración.
- Bueno, ya te traigo- me dijo y me regaló una sonrisa que me produjo mucho mas que alegría.
“Raro en mi” pensé “¿de donde tan caballero? Bue, son estas cosas que pasan cuando uno sale de vacaciones” me respondí y una rara sensación de satisfacción desconocida hasta ese entonces comenzó a apoderarse de mí suave y lentamente que colisionó con el sedimentado sentimiento que yo tenía por mi amada. Su foto continuaba en mi bolsillo trasero como un ancla que me fijaba a un pasado reciente del que no podía desprenderme. No pude sacar de mi mente la idea de traición pero ¿yo estaba traicionando mis sentimientos al sentirme halagado por la sonrisa de la morocha? ¿O era el propio devenir de la vida que me volvía a dar una nueva oportunidad incluso cuando no la merecía?
El pollo estaba buenísimo y el vino también. Cuando termine de cenar, pagué mi cuenta rápidamente pues estaba como un poco asustado con el asunto de la morocha. Espere que siquiera esperé el vuelto, además, no era mucho.
Salí a la calle satisfecho con mi día y decidí ir a un local que tiene pool, bowling, jueguitos y que me parecía que podía divertirme un par de horas. El camino desde el restaurante hasta el local era corto y solo me crucé con dos o tres personas que estaban caminando por el centro de Reta. “Que raro” pensé. “¿Dónde estará toda la gente que estaba en la playa?” La vida en esta ciudad balneario es muy tranquila y familiar así que supuse que deberían estar en sus casas cocinando o charlando, vaya uno a saber. Las vacaciones, para algunas familias, es un momento de unidad y de esa comunión tan particular que refuerza los lazos comunitarios. Para otras, en cambio, el hecho de tener que estar juntas más tiempo del conveniente puede transformar las vacaciones en un infierno.
Camine un par de cuadras por la solitaria ciudad y decidí que no iba a ir a ese local. Lo dejaría para mañana. El día había sido largo y yo estaba cansado. Me fui a dormir.
SEIS.
ME LEVANTÉ CUANDO EL SOL YA ESTABA ALTO EN EL CIELO. Había dormido excelentemente bien. El piar de los pajaritos me arrulló durante un par de horas y me mantuve en ese estado, tan conocido por Macedonio Fernandez, y que definiera magistralmente en su libro “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. Es ese estado entre el sueño y la vigilia en donde no solo se entremezclan los recuerdos, incluso los mas lejanos, sino que toda la realidad que nos rodea aparece como mas fantasmal, como una realidad percibida mediada por una pátina que modifica los colores y las percepciones tanto visuales como auditivas. Evidentemente, los hindúes y los jainistas tienen algo de razón en atribuirle al Velo de Maya el carácter ficticio de la realidad. La racionalidad occidental depende mucho de los sentidos y estos, particularmente, no necesariamente captan la realidad tal cual ella es. Creemos que vemos cosas que en realidad no lo son y no vemos hechos que suceden delante de nuestras narices sencillamente por que no estamos capacitados para ello por falta de ejercicio. Si pudiéramos desprendernos, como dice Macedonio, de esa racionalidad formal que nos han enseñado desde chiquitos y desarrollamos la capacidad de navegar en ese estado de vigilia que sobreviene mientras nos estamos despertando o cuando comenzamos a dormir, el mundo asumiría otra representación ante nuestros sentimientos y emociones y creceríamos, quizás, en nuestra comprensión del cosmos. Yo era un eximio capitán navegando en las aguas de esa vigilia de los ojos abiertos.
Cuando el sol se estrelló en la pared que me enfrentaba consideré que era hora de levantarme. Fui al baño, me higienice y me prepare unos mates. Si, ya se. No es muy saludable desayunar con mate y pan de ayer, ya me lo dijo mi nutricionista pero yo estoy acostumbrado desde pibe a tomar mate y no puedo dejar un hábito tan arraigado. Lo que conviene, me dijeron, es desayunar un yogurt con cereales, frutas y un poco de queso, pero a mi no me cabe. Yo quiero o un café con leche con tostadas o factura y el infaltable mate así que preparé mi desayuno y me puse a planificar mi día. Iría nuevamente a la playa a leer un poco y a tomar sol. El bronceado me queda bien.
Me fui para el lado del arroyo pues me dijeron que allí es factible ver muchas aves pues es un punto de reunión para que ellas puedan beber. Queda como yendo para Claromecó, un kilómetro mas allá del pecio en donde estaba la fiesta de disfraces de ayer así que, sin llevar nada, me puse mi gorro y me encaminé para la playa por el mismo camino que había hecho ayer. Extraordinariamente algunos de los transeúntes me daban los buenos días como gesto de buena educación. Reconocí a algunos de ellos pues estaban ayer en la playa.
Este hecho me agrado sobremanera por que me encantan los buenos modales y la etiqueta. No es frecuente que gente desconocida nos salude a la mañana. Como dice Leon Gieco hay que recuperar el “buenos días, el por favor y el muchas gracias”. Bah, en realidad Gieco dice muchas cosas.
La mañana depararía nuevas sorpresas.
Al llegar a la playa vi lo mismo que había visto ayer. Hacia el lado del Quequén, había unos muchachos jugando a la paleta, otros al fútbol, otros cantando con una guitarra un poco desafinada canciones pasadas de moda, más allá algunos pescadores intentando sacar el fruto del mar, una pareja con un niño de alrededor de seis años que jugaba y que se reía al ver como las olas iban y venían y le decía a sus padres “¡Ahí viene el agua!, ¡Ahí viene el agua!” y salía corriendo con su gran sonrisa abierta a abrazarse con su padre quien también se reía junto a su hijo.
Para el lado del pecio, estaba la misma gente de ayer. Con sus trajes de principios de siglo, sus antiguos coches y sus cabinas para cambiarse. La misma bruma azulada los cubría embelleciendo el paisaje. Como no quería molestarlos en su diversión, en vez de caminar cerca del agua, en donde la arena es mas dura y el pie se apoya mejor, decidí ir por la zona mas alejada de la costa, más cercana a los médanos y en donde la arena no solo está mas caliente sino que, al estar seca, no se compacta como en aquel sector en donde llega la pleamar y en donde, si tenes un poco de suerte, podes recoger almejas. Me fui caminando despacito hacia aquel lado y, al llegar cerca de donde estaba la gente, los saludé ya que era práctica común por lo que había podido ver a la mañana. Los que me vieron respondieron afectuosamente mi saludo sonriéndome educadamente y continuaron con lo que estaban haciendo. Reconocí algunos de ellos que me saludaron cuando iba a la playa. Me llamó la atención que el sector de la playa en donde estaban no tenía huellas, es decir, sus pies se apoyaban en la arena pero no dejaban las huellas marcadas de los pies tal como sucedía en el otro lado. Quizás la arena allí tuviera otra consistencia. “Que raro” pensé, pero no preste demasiada atención.
Cuando llegué al arroyo, más allá de que había algunas personas disfrutando de la soleada mañana, con sus camionetas 4x4, sus jeeps y sus coches areneros, era verdad lo que me habían dicho; el lugar estaba atestado de aves. No solo había gaviotas flotando en el viento sino que se podían ver algunos cormoranes, cisnes, teros, palomas, cardenales, jilgueros, torcazas, zorzales, calandrias, moncholitos, chingolos, bandas de cotorras y loros barranqueros y muchos pequeños pajaritos de colores variados donde se destacaban unos con el pecho rojo, otros que la gente del lugar le dice “monjitas” por que son todo negros con las puntas de las alas blancas y una especie de antifaz del mismo color que me hacía recordar a los benteveos o bichosfeos de la zona del Río de la Plata y que al parecer no habían colonizado esta zona. Volando mas alto que las gaviotas y no mezclándose con las otras aves, volaban majestuosamente y haciendo sus complicados giros y contragiros, las hermosas y lustrosas golondrinas orgullosas de sus habilidades aeronáuticas.
La verdad, debo admitirlo, el mirar a los pájaros me da una agradable sensación de libertad. Así como cuando miro a los insectos, especialmente a las arañas, me asombro de la evolución, de cómo esta fue formando la vida en la tierra y como todos los seres vivos nos vamos adaptando a las circunstancias que nos obligan a ello, al mirar a las golondrinas ir y venir en el cielo y a las gaviotas estar atentas para rapiñar un poco de comida de otro pájaro, no puedo menos que alegrarme por poder captar y admirar este espectáculo que la naturaleza nos da en algunas ocasiones. Evidentemente, Reta es una ciudad en donde se pueden apreciar este tipo de espectáculos y yo tengo esa rara habilidad para captarlos. Desde chico pude ver cosas que los demás no ven.
No había mucha gente en esta parte de la playa y, si enfocaba un poco mi vista, podía ver que la mayor parte de los turistas se juntaban por el lado del pecio en donde estaba el baile de disfraces que, evidentemente, había sido un éxito. Como ya era la hora de comer decidí volver hacia el pueblo pero no ya por la playa sino que me propuse conocer los medanales y las calles paralelas a ellos. Los hilos de la luz que estaban instalados en los postes que acompañan el camino me servirían como guía y, además, era difícil que me perdiera. Como mucho, caminaría un poco de más.
Traspase la línea de médanos y encontré el sendero que me llevaría al pueblo. En esa parte de Reta la civilización parecía lejana y desconocida y sino fuera por los postes de electricidad, me animaría a decir que miraba un paisaje tal cual estaba quinientos años atrás. Se sabe, desde que Darwin encontró restos paleontológicos, que la zona es rica en este tipo de hallazgos. No me preguntes por que, a que se debe este hecho, lo único que se es que caminando por la zona, los entendidos saben encontrar restos del pasado paleontológico que la tierra guarda celosamente y que solo se los muestra a aquellos que la saben seducir. La Pacha Mama, como creen en los Andes, es una dulce mujer fértil que cumple sus promesas a los que honestamente la respetan.
Caminando por ese sendero, lo único que me acercaba a la modernidad eran los postes con sus prolijos y paralelos cables que indicaban la instalación eléctrica. Algunos terrenos se encontraban alambrados pero eran muy pocos. La mayor parte de ellos eran una especie de monte de arbustos de tamariscos, algún que otro pino perdido y los eucaliptos y álamos plantados en época de su fundación. Por allá se podría ver una casa perdida en los médanos y un poco más allá, hacia la entrada, otra más. Una hermosa soledad desierta me acariciaba junto con el abrazo del sol del mediodía y yo comenzaba a ser un poco más feliz. No se por que pero me sobrevino el recuerdo de la morocha de la ancha sonrisa.
El costado del camino estaba plagado de las cuevitas que hacen esos topos más conocidos como tucu-tucu o tuco-tuco y que suelen salir a curiosear para ver quien anda por su territorio. No sea cosa que aparezca una yarará o una falsa coral y se los coma. Son muy simpáticos. Salen con sus pequeñas cabecitas peludas y ventean el aire con su ñato hocico en busca de aromas que puedan reconocer. Una vez hecho esto, se vuelven a introducir en su cueva y se puede ver como la van excavando pues la arena resultante de esta operación se va acumulando en la puerta de ellas dándoles su forma característica. Arriba en el cielo, algunos aguiluchos o aves parecidas sobrevuelan a la espera de que alguno de ellos se descuide y así pueden atraparlos.
Llegando a una vuelta que da el camino, me encontré con un cártel que decía “Venta de pescado fresco” y una casa en donde estaba el flaco hombre parecido al Quijote que ya había visto ayer en la playa y que era el que alquilaba las casillas para cambiarse la malla. El tipo estaba cerca de su rancho reparando una red de pesca que estaba rota. Un viejo bote de madera con sus pesados remos se encontraba sobre un viejo carro y un caballo cansado mordisqueaba algo de la dura hierba que había en el lugar. Podía ver algunos restos de carneada colgados de los árboles y un par de cueros de cordero secándose al sol en el típico paisaje del sur bonaerense. La pava negra de hollín se encontraba al rescoldo a la espera que el flaco huesudo quisiera matear.
- Buenas días- le dije no sabiendo si por la hora no sería mas adecuado decirle buenas tardes.
- Buenas tardes- me respondió y siguió realizando su tarea.
- ¿Usted vende pescado?- le pregunte.
- Si- me respondió.- Dejó la red hacia un lado y vino hacia mí.
- ¿Y que vende?- pregunté.
- Y, ¡pescado!-me respondió entre sonriendo y extrañado.
- Si, si- sonreí- pero ¿Qué pescado?-
- ¡Sacado del mar hombre!- me dijo en un tono entre español y criollo riéndose amablemente. –Venga pase- y con una habilidad adquirida a través de los años, con el talón de su pié derecho movió la pava oscura de hollín y la acercó hacia las brasas encendidas.
Sin preguntarme si quería, pues lo daba por descontado como si me conociera, me dio un mate amargo y me preguntó:
- ¿Usted estuvo ayer en la playa no?-
- Si. Tiene razón.- dije tragando el primer sorbo de mate. - Usted estaba con un amigo alquilando los cambiadores. Lo recuerdo.- y le entregué el mate vacío.
- Ajá, es el “ruso” Pedro, el primer finado del pueblo- dijo y, como un sacerdote zen preparándose el te, ceremonialmente se cebó su mate.
- Linda fiesta la de ayer ¿siempre hacen fiestas de disfraces?- le pregunté por que no solo tenía ganas de charlar con ese hombre sino que quería seguir tomando mates. Si bien era extraño hablar de finados que estaban vivos, el tipo era simpático y, como estaba comprobando, nada reservado.
- ¿Disfraces?- me miró asombrado. – No amigo, fiesta si se hace, pero no de disfraces. ¿De donde piensa que es una fiesta de disfraces?- me preguntó.
- No se. Pensé que sería un tipo particular de fiesta por que la gente estaba vestida de manera antigua, pero no se de donde saque esa idea-
- No amigo.- me dijo acomodándose la barba. - La gente se junta en la playa como hace años, desde siempre. Tienen esa costumbre ¿vio?-
- ¡Ah!- y puse mi mejor cara de bobo.
- Está extrañado ¿no?- me preguntó sonriendo.
- No- le respondí. –Extrañado no estoy, son cosas de la playa supongo. A todos nos gusta- dije ocultando mi extrañeza.
- Ajá- me dijo nuevamente. –Tiene razón. Mire, tómese el mate.- y me alargó su huesuda mano con el mate cebado.
Continuamos charlando un rato más y ahí me contó la historia del finado “ruso” Pedro quien, según él, falleció asesinado de un tiro por una reyerta en el bar del pueblo. Me dijo que en los años de la fundación, era frecuente que sucedieran estos hechos ya que la ley era la ley del guapo y que todo el mundo andaba “cargado” con algún “bufoso” y que era frecuente que hubiera tiros “pa´ limpiar el caño ¿vio?”. Recordé, ya que la había leído hace algún tiempo, la historia del Tigre del Quequén, un tal Pacheco que para algunos fue una especie de Robin Hood justiciero y para otros nada mas que un gaucho alzado y asesino. Este hombre, solía asaltar a los viajeros y se ocultaba en una de las varias cuevas que tiene el río Quequén pero, a ciencia cierta, no se sabe si este Pacheco es el mismo que anduvo por los pagos de Necochea o es el bandolero romántico a quien le canta Gieco en su balada “Bandidos Rurales”. Algunos quieren entronizarlo como un Bairoletto pero para otros no era más que un “pibe” Cabeza.
Cuando el mate que estábamos tomando comenzó a lavarse, con la misma cancha que al principio, el flaco con su talón movió la pava de las brasas y se levantó yendo hacia el fondo de la vivienda. Ya no tomaríamos mas mate.
Vino con una corvina negra agarrada por las branquias, a la manera clásica de los pescadores, como de cuatro kilos y me la dio. Obviamente no estaba envuelta. Por su frescura supuse que la había sacado a la mañana. Sus agallas naturalmente rojas y sus ojos brillantes daban la sensación de que estaba viva. Y algo de eso habría por que me pareció percibir algún movimiento cuando me la entrego. Le pregunte:
- Linda corvina. ¿La pescó a la mañana?-
- ¡Ja, ja, ja!- se rió. –No, a la mañana no- y se hurgó en la larga barba buscando vaya a saber que. –Tome, llévese esta corvina. Dígale a la chica del restaurante, que digo yo que se la haga a la marinera, con tomate y, si quiere saber más de la gente de la playa, - y me miró pícaro, - vaya a la hora en que el sol se oculta. Ahí usted va a entender.- me dijo sonriendo ya casi íntimamente.
Y mirándome como un padre mira a su hijo cuando descubre que no ha entendido nada me dijo:
- Mire señor, cuando usted vea que el sol está cayendo, váyase a la playa y ahí entenderá un poco más.- me dijo tiernamente.
- Bueno, si usted lo dice, debe ser por algo.- intenté ser educado. - Gracias por el dato. ¿Cuánto es?- y busque algo de dinero en mi bolsillo.
- Nada amigo- me dijo. - Con su compañía estoy bien pago. Me ha acortado un poco usted la tarde.-
- Muchas gracias.- le respondí. –Cuando llegue al restaurante, le voy a decir a la muchacha que me la cocine como me dijo usted- y le tendí la mano.
El flaco me dio su mano y una rara sensación tuve al apretarla. Fue, no quiero exagerar, como si su mano fuera de espuma. Yo esperaba inconcientemente una mano ruda, de pescador, callada la palma por los remos, pero fue una mano blanda, espumosa, evanescente. Quizás todo el ambiente me haya jugado una mala pasada. Allí, en el medio del campo, tomando mate con un desconocido, con el sol en lo alto y elevándose la temperatura, las moscas revoloteando cerca nuestro, el olor ahumado típico de los fogones mezclado con el agrio aroma de la carne al aire libre, mi cerebro me podía jugar alguna broma.
Dejé al flaco con su tarea de reparar la red y alzando la mano me despedí de él. Si volvía otra vez por allá pasaría a visitarlo.
A las pocas cuadras del rancho del flaco huesudo, estaba el restaurante. Yo pensé que estaría un poco mas lejos pero extrañamente estaba ahí. Me fui apresurado hacia el restaurante pues ya tenía un poco de hambre. Si bien los mates habían calmado un poco mi ansiedad, me habían abierto el apetito.
Cuando llegué al restaurante, no sabía si entrar con la corvina en la mano o dejarla en algún lugar y hablar con la morocha, tal como me había dicho el pescador. Decidí entrar con la corvina en la mano ya que no había mucha gente en el local. Supuse que todos estarían en la playa. No creo que nadie se diera cuenta.
Al verme llegar con la corvina en la mano disimuló una principesca sonrisa femenina y continuó leyendo el diario. Me acerqué al mostrador y le dije:
- Buenas tardes.-
- Buenos días.- me dijo. ¿En que lo puedo servir?- me preguntó.
- Hola. Mire, me encontré con un señor flaco y huesudo, muy parecido al Quijote que es un pescador. Me dio este pescado y me dijo, que le dijera a usted, si puede ser tan amable de cocinármelo con salsa de tomate.- y al mirar en sus ojos abisales, me hundí en esa mirada seductora del misterio de la mujer.
- ¡Ah si!- exclamó. - ¿Usted estuvo con Horencio?-
- ¿Horencio?- me asombré. – Acá cerca, en una calle que desconozco, había un señor muy amable flaco y huesudo que vende pescado. Ese hombre me dijo que usted me cocinaría esta corvina.-
- Si, no se haga problema por la corvina. El hombre que usted dice, y que se parece a Horacio Quiroga, es Inocencio Gonzalez, uno de los pescadores mas viejos del lugar.- y otra vez esos ojos estallaron como reflejo de la amplia sonrisa de la morocha. ¡Ja, ja! Venga- me dijo. –Déme esa corvina que se la voy a hacer como le pidieron.- y agarrando al pescado por las agallas, como se debe, me invitó a pasar a la cocina.
Una vez instalado en ella, me invito a sentar en una de esas sillas típicas de jardín y que llevamos a la playa solo si el placer de sentarse en ella es mayor que el esfuerzo de cargarla por los largos y pesados metros que separan la entrada a la playa del mar propiamente dicho.
- ¿Queres tomar algo?- me preguntó.
- Bueno. Una cerveza por favor.- y me sirvió la mejor cerveza que tomé en mi vida.
El tuteo me agradó.
- ¿Cómo lo conociste a Horencio?- me preguntó- y le conté lo sucedido.
- Bueno.- me dijo. –Yo te voy a hacer la corvina pero la vamos a comer a la noche. Ahora te voy a hacer unos fideos al fileto. Andá, sentáte en una mesa y esperá que te haga de comer. Cuando el sol comience su salida, te espero en el mar.-
Después de decirme esto, se puso un delantal blanco de cocina con los colores de España y me dio su hermosa espalda. El recato y la educación católica recibida en mi infancia impiden que describa todo el conjunto en su exacta y armoniosa medida, sobre todo allí donde se extravío mi mirada.
Como ella dijo, fui y me senté en una mesa en la vereda del restaurante.
SIETE.
DESPUES DE COMER LOS FIDEOS, me fui a dormir la siesta. La mañana había sido interesante y la noche prometía aún más.
Serían alrededor de las seis de la tarde cuando me levante. Los cantos de los pájaros diurnos tendían a callar y eran suplantados por los otros sonidos, mucho más adecuados para la noche que se acercaba.
Como faltaba un poco de tiempo para reunirme con la morocha del restaurante y todavía tenía un poco de fiaca, decidí quedarme en la casa y no hacer nada. Debo admitir que soy bastante afecto a la tarea de no hacer nada. Suelo quedarme en la cama tan solo escuchando lo que sucede a mí alrededor. Como te conté hace un rato, suelo navegar por esa vigilia macedoniana mucho más de lo que yo creo.
Puedo especular sobre las cosas más nimias o más complejas con la misma facilidad con la que se hace un huevo duro. Me gusta quedarme en la cama mirando el techo e imaginando paisajes, caras, cosas en las sombras que juegan en él. También me pasa lo mismo con las paredes. Son, si se me permite la exageración, como palimpsestos de argamasa en donde los nuevos textos, representados por las sombras, se sobreimprimen sobre los restos de los otros registros que se evanecieron sin ocultarse del todo. La luz tiene la extraña propiedad de transformarse en sombras las que parecen adquirir vida propia cuando uno pone su pensamiento en ellas. Es como que con el pensamiento las sombras cumplen el destino de serlo realmente y no quedarse solo como el negativo reflejo de la materia. Si hay algo seductor en las sombras de los cuerpos es por que remiten a formas que son primarias en relación a ellas que son secundarias. La sombra, pienso, es como un reflejo sin luz.
Me gusta pensar que las sombras de las personas tienen algo de ellas y no son solo un fenómeno óptico. Quizás tengan razón las personas del África sub ecuatorial que piensan que el poder de un hombre decrece al mediodía cuando el sol borra la sombra o esta comienza a achicarse. En la polinesia de Gauguin, el maravilloso pintor de colores sorprendentes y féminas exuberantes, Bronislaw Malinowsky nos cuenta para nuestra información, que algunos guerreros de peinados exóticos y arreglos corporales acorde a ese exotismo, se cuidan de pisar la sombra de algún hombre poderoso para evitar que la potencia contenida en ella pueda afectarlo no solo en su salud física sino espiritual. Y si el portador de la sombra por alguna cuestión ha sido maldecido o padece una enfermedad, las personas se cuidarán de no ser tocado ni siquiera por la sombra en la creencia de que esta puede contener lo maligno y pueda finalmente hacerles daño.
Sobre todo me encantan las sombras que provienen del efecto de las llamas de una vela o de una lámpara a kerosén. No solo me gusta el aroma que desprenden los materiales en combustión sino que, al moverse la llama por acción del aire, mueve también las sombras que produce. Esos movimientos, generalmente, excitan mi imaginación de por si ya agitada desde mi infancia.
Cuando se hizo la hora, me levante de la cama satisfecho con la tarde y me puse una remera cualquiera de las que había llevado. Me higienice un poco y me fui a la playa a esperar a la morocha y el atardecer. Reta, como las playas aledañas y en realidad toda esa zona, tienen la particularidad de poder ver tanto el amanecer como el atardecer en el mar. Quiero decir, no es que el sol salga por el mismo punto sino que tanto el este como el oeste quedan en el mar, uno enfrentado al otro en ese inmenso mar oceánico que es el Atlántico Sur.
Mi alma desbordaba de confianza.
Llegué a la playa y, como era de imaginar, estaba llena casi con las mismas personas que había visto a la mañana. Si bien ya no se jugaba tanto a fútbol, sí se seguía cantando con las guitarras y también se continuaba con esa costumbre tan nuestra de tomar mate. Un grupo de nadadores exquisitos mantenía su navegación rítmica y constante mas allá de donde rompen las olas. Era envidiable ver a esas personas nadar entre las olas concentrados tan solo en su relación con el mar. Cada uno de ellos, a su manera, trataba de vencer las condiciones del mar y avanzar en él. Como un gran útero frío, el mar les deja hacer a su antojo. Las gaviotas controlaban su vuelo en busca de alimentos y un par de pescadores acostumbrados a la costa soñaban con sacar la pieza de su vida. Me acomodé en un sector de la playa y esperé que llegara la morocha.
Cuando el sol comenzó a apagarse por el oeste, el cielo se tiño de un rojo anaranjado intenso. Era como que el ocaso pretendiera impresionarnos con la intensidad de su color. Y el cielo era su cómplice. De debo decir que lo lograron. Como una tela de algún inspirado pintor, los últimos rayos del día se diluían rápidamente en el azul celeste del cielo tiñendo todo con el color del fuego.
- Hola- escuche. La morocha había llegado.
- ¿Me estabas esperando?- me preguntó.
- Claro. Quedamos que nos encontrábamos a esta hora en la playa ¿no?- le respondí.
- Así es.- Me dijo y me derritió con su sonrisa ancha.
El sol se ponía por el oeste y yo comenzaba a descubrir nuevas emociones.
- ¿Qué es lo que queres saber?- me preguntó.
- ¿Saber? mmmm no se, no se- dudé.
- ¿Hay algo que te llame la atención?- continuó.
- Ahora que me lo decís, si, creo que si. En realidad muchas cosas me han llamado la atención desde que llegué. La gente, el lugar, el clima no se. Son cosas como no esperadas ¿viste?-
- Ajá- me respondió.
- Si tengo que ser sincero, en realidad lo que mas me ha llamado la atención ha sido esta gente- y le indico a esa gente que estaba por el lado del pecio. – Me gusta. Están como contentos. No se, bailan, charlan, parece que se divierten. Inclusive allí está el pescador que te conté hoy a la mañana.- y levante la mano como para saludarlo.
El flaco huesudo que estaba viendo hacia nuestro lado, respondió mi saludo y una sonrisa se dibujo en la larga y espesa barba. La mujer que estaba a mi lado, saludó también al flaco y me miró con una larga sonrisa. Como si hubiera sido un aviso, todas las personas que estaban en ese sector, se dieron vuelta hacia nosotros y nos saludaron con el típico gesto del adiós que se reduce en levantar una mano y agitarlo en forma de abanico. Era una linda imagen. Varias personas vestidas a la usanza antigua, con el sol de frente que se va ocultando en el horizonte, moviendo sus manos en el clásico gesto de saludo y yo, con la morocha a mi lado, contemplando absorto toda la escena, hinchada mi mirada de tanto espacio y con una sonrisa entre idiota y placentera. Mucho más no podía pedir. Si la felicidad tiene una cara, esa habrá sido la mía esa tardecita de ocaso en la playa de Reta.
- Esto es maravilloso.- le dije a la mujer.
- Si. Así es. Maravilloso es la palabra.- dijo y se acurrucó a mi lado.
El sol estaba ya en las últimas gotas de luz. Un extraño silencio comenzó a inundar toda la playa. Alguna gente no lo percibía. Continuaban tomando mate, pescando o nadando. Cada cual con lo suyo. Algunas pocas, como nosotros, saludaba a la gente cerca del pecio y todos nosotros teníamos la misma sonrisa. Como una extraña comunión de pocos, el ocaso vespertino nos cobijaba con sus últimos rayos de sol.
- Mirá.- me dijo. –Mira hacia allá y te vas a enterar.- y me indicó con su mano haciendo un gesto hacia el pecio.
Tardé como treinta segundos en comprenderlo.
Al irse los últimos rayos del sol, cuando lo único que queda en el firmamento es el reflejo del astro rey, las personas que estaban bailando en la playa y que me hubieran provocado el asombro, comenzaron a saludarse entre ellas y, cansinamente, las parejas de las manos y los que no tenían pareja yendo de a pares o grupos, comenzaron a caminar hacia el mar y se internaron en él desapareciendo uno a uno y en forma lenta en el espumoso mar blanco que a esa hora adquiría un tinte fueguino único en el mundo. La bruma azulada se fue desvaneciendo a medida que la gente se internaba en el mar. La mayoría caminaba cerca del barco hundido y ya, cuando el sol se ocultó totalmente, la playa hacia el lado del pecio quedo desierta.
Al mismo tiempo que esto sucedía, en el otro sector, la gente continuaba haciendo lo que estaba haciendo sin percatarse del fenómeno que estaba sucediendo a su lado.
Mire a la mujer que tenía a mi lado y que cada vez se acurrucaba mas y pude ver una gran y nueva sonrisa en su rostro. Yo todavía no podía salir de mi asombro en relación a lo que estaba descubriendo. La abrasé ya que, como dijera, un galán debe demostrar coraje y no ser tan timorato y ella sintió el abrazo por que después de besarme me dijo:
- Son todos los que han vivido acá. Son los ahogados, los suicidados, los que se hundieron en los barcos, los pescadores perdidos en alta mar, los que murieron de muerte natural. Al lado de Hortencio, que es mi tatarabuelo, esta el “ruso” Pedro que fue el primer muerto de Reta y lo enterraron en Copetonas; el que esta de saco y chaleco blanco con el gorro de corcho es Don Reta con su mujer; la que te está saludando es la señora Almeida. Todos, todos, se juntan en la playa a bailar hasta que se va el sol y deben volver a ese lugar que nosotros también conoceremos algún día. Si tenemos suerte, nosotros también saldremos y bailaremos en la playa.- y se acercó aún más a mi lado y una satisfacción nunca conocida por mí me inundó.
Ahí pude entender. No se trataba de fantasmas ni de espectros. Eran las mismas personas que fueron cautivadas por Reta y que, aún después de su fallecimiento, permanecían en el lugar como un raro premio vaya a saber a que. A mi se me había dado el privilegio de comprender dicho fenómeno y nunca supe por que.
Inconcientemente, metí mi mano en el bolsillo donde tenía la foto de mi amada, que comenzaba a dejar de serlo, y la saque. Mire a la morocha que estaba a mi lado. Hice un pequeño pocito en la arena blanda y enterré en él la foto. Una carcajada marina pareció sonar en mi cabeza. Venía del lado del pecio.
La morocha cerró mas sus brazos sobre mi y supe, en ese instante, que nunca mas me iría de Reta.
Algún día yo también bailaría en esa playa.
Febrero 2009.-
LLEGUE A RETA UNA MAÑANA DE ENERO huyendo de una pena de amor que me mordía el alma. Una herida por un querer no correspondido me estrujaba el espíritu y apenas me mantenía con vida por que soy lo suficientemente cobarde, debo admitirlo, como para matarme.
Quizás sea esta misma cobardía la que me hizo perder a mi amada. Ya lo saben los poetas; sin un poco de coraje el amor no se entrega. No hay amores pacatos y blandengues. El amor, ese como el de Marco Antonio y Cleopatra que nos cuenta la Warners Brothers, el de Gracian y Laura, incluso el de Romeo y Julieta, necesitan aunque sea una pizca de coraje y valor para poder realizarse. No hay héroes cobardes en las historias de amor. Los galanes que se precien deben sortear algunos peligros para socorrer a su amada; no se, asaltar las paredes de un oscuro castillo enclavado en fantasmales montañas defendidas por lobos y cuervos, incursionar en mares bravíos atestados de piratas sedientos de sangre blanca y occidental o internarse en infernales selvas atestadas de alimañas venenosas ocultas en el denso follaje. Es, como dijo una vez Atahualpa Yupanqui, que hay que pagar un precio para poder disfrutar de la felicidad que brinda el amor.
- Sos muy charlatán.- me dijo. - Decís muchas cosas. Hablas demasiado. - y me dio su espalda yéndose hacia donde se pierde el horizonte.
Un amigo, de esos que nunca faltan cuando uno se siente como una piltrafa, viendo mi alicaído ánimo y temiendo por mi salud me dijo:
- Tomá. Andate a Reta- y me entregó un pasaje de micro con destino a ese balneario
Pensé:
- ¿y por que no? Acá ya no tengo nada que hacer.-
Arme mi pequeño bolso en donde puse una muda de ropa, un poco de abrigo ya que las playas del Atlántico bonaerenses suelen ser ventosas y frescas y algunos de mis queridos libros. Sin ellos no soy nada. La lectura de Macedonio Fernandez y su proyecto de novela eterna (eso estaba bueno. La idea de una novela eterna que nunca termina era un proyecto a mi medida, de acuerdo a mi tendencia a escribir), su Elena Bellamuerte, son el adecuado complemento para mí sufrir. Llevaría algo de Girondo y mi insustituible compañero Baudelaire y sus malignas flores, y así pertrechado me fui a la terminal de ómnibus sin nada de confianza ni ganas de olvidarme de mi amada. Dejé un mensaje a cada uno de mis pocos amigos para que supieran donde iba y así no preocuparlos; al fin de cuentas, la amistad entraña una responsabilidad afectiva. Desenchufé la heladera, pagué las expensas de enero y de febrero al portero que estaba ansioso por empezar sus vacaciones y tuve la idea atroz de tirar a la basura la foto de mi amada pero, como dije, soy un cobarde y la guarde en un bolsillo de mi bolso. Ella acompañaría mi viaje.
DOS.
DESPUÉS DE UN PATÉTICO RECORRIDO por la noche de la ruta nacional Nº 3, de soportar la aburrida película que pasan en el micro y de tolerar los arrumacos de una feliz pareja de adolescentes llegamos al peaje en donde hay que virar para la ciudad de Copetonas, a pocos kilómetros de la ciudad de Tres Arroyos. No se por que pero a mi los viajes me aburren sobremanera, sobre todo en micro y este no fue la excepción. A mi me gusta mas viajar en tren o en barco por que en estos transportes uno no está conminado al estrecho marco de un asiento sino que puede deambular y ver mejores paisajes. Nunca entendí a aquellas personas que aman salir a manejar en un desierto, que por ver a la luna reflejándose en el pavimento una noche fresca mientras los kilómetros se deshacen en las ruedas, son capaces de pasarse muchas horas al volante. Obviamente, la ruta es un anzuelo en donde se pescan aventureros.
El micro paró en Copetonas. ¿Qué se puede esperar de una ciudad con ese nombre y que refiere a un ave que no se atreve a volar más de cuarenta metros? ¿A quien se le ocurre denominar a una ciudad con un animalito de esas pobres características? ¡Yo que se!, si al menos le hubieran puesto el nombre de Águila o Cóndor me hubiera sentido un poco mas atraído y me hubiera sentido estimulado para pasear por sus calles o beber una cerveza en algunos de sus bares.
Un cartel audaz de esos que pone la Municipalidad para fomentar el turismo y que, inspirado en el marketing prometen paraísos y bienaventuranzas que nunca cumplen, invitaba al “Visite Copetonas. Un Oasis (sic) de paz”. Gracias a Dios no había desayunado por que sino hubiera vomitado.
“Oasis de paz” ¿hay acaso alguna manera peor de presentar a un pueblo? ¿Qué es eso de “Oasis de paz”? ¿Es acaso la pampa sur y costera un desierto que amerite tener un oasis? Acaso los posibles ranqueles que habitaron por estos lares ¿sabrían lo que es un “Oasis”? La influencia del cine hollywoodense, sobre todo las épicas de El Sheik de Rodolfo Valentino, calaron lo suficientemente profundo en la mentalidad humana como para que algún avispado y creativo funcionario de segunda línea en la burocracia municipal se haya atrevido a promocionar la girasolera y sojera ciudad de Copetonas como un “Oasis” así, con la exorbitancia desmedida de una mayúscula inadecuada.
¿Qué sabría este burócrata de oasis? ¿Habrá acaso conocido el feroz simún o a los bravos bereberes que tragan fuego y beben lava mientras adoran a sus sanguinarios dioses teñidos de azul? ¿Qué sabrían en Copetonas de los viajes de los tuaregs por el Sahara llevando por esos invisibles caminos trazados en el mar de arena sus camellos cargados de sal, especias y oro? Quizás la analogía roquista de considerar a la pampa como un desierto al que era menester conquistar y el conocimiento de las rastrilladas indias en el verde océano de pasto y yuyo haya disparado la pueblerina imaginación del burócrata de marras. La única metáfora que recuerdo sobre la pampa como un mar y que valga la pena repetir corresponde a un ignoto folklorista escuchado una noche de insomnio en la versión televisada de Cosquín quien la definió como “un mar en donde navega el silencio”
Después de quince minutos de tragar un blanco y pesado polvo blanco del camino mejorado llegamos al tan mentado “Oasis”. Allí se bajó la feliz pareja que no dejó de mimarse en todo el viaje y pensé que quizás Copetonas pudiera ser un lugar piola y hasta bello y que valiera escribir un par de líneas como las presentes. Si a esa ciudad enclavada entre los verdes sembrados llegaba esa mimosa pareja, algo bueno debería tener más allá de la osadía creativa de su empleado de turismo. Evidentemente mi espíritu estaba dolorido y nada me podía hacer alegrar y si a ello le sumas el tedio del viaje, te imaginarás mi estado de ánimo en ese momento. El ver a esa mimosa pareja besarse y abrasarse hundía el recuerdo de mi amada y los pocos pero profundos momentos que compartimos. Quizás fui un poco duro con Copetonas. Al fin de cuentas no conocía dicha ciudad y las perdices copetonas al escabeche son un delicioso manjar que no cualquiera puede apreciar.
Al rodear la infaltable plaza central, con su comisaría, su intendencia, su sucursal del Banco de la Provincia, el busto al fundador y su calle principal llamada José de San Martin, pensé que quizás no haya sido exagerada la calificación de “Oasis de paz”. De última no esta mal la pretensión. La vida en esa pampa puede ser un poco aburrida.
El micro dejó Copetonas en una nube de ese espeso polvo blanco y volvió al camino, si es que podemos llamar así a ese sendero poceado e irregular por donde se desplazaba el ómnibus.
Luego de doblar a las izquierdas y a las derechas no se cuantas veces, de rodear lagunetas pobladas de cisnes y navegar por plantaciones verdes de soja y los dorados girasoles llegamos a Oriente del que no pienso decir nada salvo el asombro ante un ausente ferrocarril y el mudo cartel de estación que indicaba, con un persistente orgullo ya pasado de moda, algo de un esplendoroso pasado que nunca fue. Sin vías y sin andén, mudo testigo de la debacle económica que un innombrable presidente con ínfulas de sultán gobernó para mal del país, se alzaba esa ausencia ferrocarrilera en un pueblo cuyo nombre invitaba a zambullirse en viajes exóticos y fantásticos. ¿Escondería este pueblo tesoros como los que halló Ali Babá? ¿Habría una Sherezade autóctona en este Oriente? ¿Debería precaverme de los jinetes mongoles súbditos de Kublai Khan? Evidentemente la inmigración que pobló parte de la pampa provino de todo el orbe y vaya uno a saber la inspiración para denominar con tal nombre a esa zona.
Cuando el micro dejo Oriente y encaró nuevamente para al camino polvoriento la pampa se ofreció a mi mirar no ya natural y feraz, como hubiera querido Hernandez o del Campo, sino racional y económica expresándose en esos impúdicos carteles de “Nidera semillas” que ostentaban su publicidad colgados de alambres que limitaban los sembradíos y que indicaban la calidad de los híbridos germinados. Recordé a Monsanto y el glifosato y a un intolerante dirigente agropecuario y la misma nausea que agredió a Sartre se me subió a la garganta. Aún hoy la renta agraria se cobra sus víctimas.
TRES.
CUANDO LLEGUE AL BALNEARIO RETA no me sorprendió en lo mas mínimo. No esperaba encontrarme con Mar del Plata ni con Villa Gesell y mucho menos con Capri o Miami. Bah, en realidad no esperaba encontrarme con nada. Tal era mi estado de ánimo.
El ómnibus me dejó en una esquina donde había un poste indicador con el número 48 cruzado con el numero 35. La calle 48 se llama “claveles” y la 35 con el nombre de otra flor que no recuerdo. En Reta, aparentemente, no hay una devoción por próceres o fundadores míticos. Mejor. Al principio no supe si alegrarme ante esta nominación floreal de las calles o reírme de la pretensión. El primer contacto con Reta, como pueden ver, fue signado por la extrañeza. Había algo en el aire que, sin asustarme, no llegaba a comprender.
Obviamente el trazado rectilíneo de las calles y su numeración respondían a criterios racionales de planificación urbana. Supe, con el tiempo, que los ingenieros Simon Delpech, Jorge Cordeyro Echagüe y Enrique Zurini planificaron en 1927 y por solicitud de un tal Martín Reta, quien junto a Claudio Rodriguez Otero fundaron la Sociedad Pueblo Balneario Reta, una ciudad con la intensión de que fuera un lugar para turistas que quisieran descansar. Claro, las tierras en donde se iba a construir dicho balneario eran propiedad de Martín Reta quien por aquel entonces regenteaba una especie de local de comidas, que pomposamente llamaban restaurante, con el nombre de La Casualidad y que fuera famoso en la comarca. Al parecer, antes de llamarse con este nombre, fue conocido como Miramar, igual que el balneario que se encuentra unos cuantos kilómetros al norte. En dicho establecimiento y tal como dice el diario La Voz de Tres Arroyos en su ejemplar del 17 de octubre de 1928, se reunieron alrededor de ochenta y siete personas para informarse de la fundación y, además de almorzar, interiorizarse de los precios de las parcelas en venta. Quizás haya sido casualidad que un 17 de octubre se realizara esta reunión o no. A veces el destino juega sus cartas de maneras insospechadas. Tan solo diecisiete años después, algunos de esos comensales o bien se alegrarían del cruce del riachuelo por parte del pueblo argentino en defensa de un coronel preso o comenzarían a tramar su derrocamiento.
Las tierras que compro Martín Reta habrían pertenecido a Pedro Herrera quien, en virtud de la Ley de Enfiteusis promulgada por Bernardino Rivadavia en el año 1822, adquirió, de esta manera, dicha propiedad. El gobierno de por aquel entonces, ansioso por recaudar dinero para sostener el incipiente aparato del Estado, apelo a esta ley para ello y es así que muchas familias terratenientes, que se jactan de su abolengo y prosapia agraria, no reconocen su origen en virtud de la aprobación de esta ley. Tamaño regalo el de don Bernardino que sería coronado en la década de 1880 cuando el racional General Julio Argentino Roca llevara la modernidad en la punta de sus Remington y otorgara, alegre y discrecionalmente, millones de hectáreas a sus adláteres. Si bien en ese tiempo no existían los híbridos ni el glifosato, la mentalidad de esa oligarquía formada por el azar y la cercanía al poder, tendría la suficiente inteligencia y los pocos escrúpulos para enhebrar los hilos de la historia y no solo permanecer en propiedad de esas tierras regaladas sino para evitar todo intento de emancipación que pusiera en peligro sus propiedades. Justamente, el 17 de octubre, pero del año 1945, muchos de los que cruzaron el Riachuelo pidiendo la libertad del coronel preso, supusieron, erróneamente, que la historia iba a dar un vuelco y que quizás ellos también pudieran acceder a la propiedad de la tierra.
Influenciados por la corriente positivista imperante a principios del siglo XX y por las utopías urbanas en boga hacia fines del siglo XIX, los ingenieros dibujaron racionalmente el plano de la ciudad con una simetría absurda y aburrida para lo que es la naturaleza.
La ciudad se fundó en el Cuartel 14 del partido de Tres Arroyos. Se trazó un cuadriculado de dieciséis cuadras por dieciséis cuadras y los terrenos más grandes, que tenían aproximadamente 9.982 metros cuadrados, se destinaron para las plazas, cuatro en total, y luego la escuela con 3.991 metros cuadrados. El pueblo quedo conformado con ciento dieciséis manzanas tal como se puede apreciar en el plano original.
Martín Reta o quizás haya sido Otero, no se sabe, contrato a Avelino “el rubio” García quién se encargó de alambrar el predio junto a un ayudante de nombre Bautista Corral y uno de sus hijos Marcelino, a quien se lo puede ubicar hoy día bebiéndose una cerveza, o algo mas fuerte, en el viejo almacén fundado por un tal Fuertes y que queda en la calle 48 a la que ya hice referencia. Lo interesante de este local es que, el que lo alquile, debe preservar una mesa redonda y con cuatro sillas para que los parroquianos se lleguen hasta aquí y puedan beber. Tales han sido las directivas dejadas en su testamento por el fundador de dicho almacén el señor Fuertes y que yo no comprendía por aquel entonces. Con el tiempo comencé a darme cuenta del por que de esta medida, pero cuando me contaron la historia no tenía la menor idea y la atribuí a la mentalidad de los habitantes del pueblo quienes se aseguraban tener siempre una mesa para poder tomar algo después de su jornada de trabajo ya sea en el mar o en las chacras de los alrededores. Pero lo extraño es que nunca vi a nadie sentado en ella excepto a dos gauchos vestidos a la usanza criolla que estaban tomando caña.
Yo ya sabía que los utópicos, desde Platón y su República y Tomas Moro, posteriormente santificado no se por que, con su inhallable isla, como así también Owen, Le Courbousier, Fourier y los demás se dedicaban a planificar Paralelogramos, Ciudades Jardín y Falangsterios intentaron, como buenos socialistas racionales y utópicos, dominar el azar de la naturaleza confiando que la inteligencia del hombre es lo suficientemente poderosa como para domesticar en un par de años lo que a la evolución le llevó millones. El hombre en su absurda omnipotencia pretende dominar y dirigir la naturaleza. El legado greco romano se extendió por la historia con su afán imperial de dominación. Esa idea obscena y absurda de la línea recta y de la dominación racional no puede ocultar el profundo temor que sentimos al darnos cuenta de nuestra pequeñez cuando nos comparamos ante la inmensidad del cosmos que nos rodea o cuando pretendemos disciplinar a nuestros dioses con rezos o sacrificios como si la sangre de un cabrito pudiera calmar la ira de algún dios ¿pero que dios de morondanga es ese que se satisface con un cabrito o una gallina? Me quedo con los dioses mexica o nahuatl que exigen la vida de guerreros inmaculados para su regocijo. No hay dios en toda la mitología occidental que le llegue a los talones a Huitzilopocthli y su sed de corazones palpitantes ofrecidos a su voracidad.
Las utopías, mal que les pese a algunos irresponsables revolucionarios que cuando toman el poder traicionan sus principios, son antihumanas. Trataré de explicarme mejor. El hombre cree en su omnipotencia que puede planificar la ciudad perfecta. Ya les nombre a algunos de estos visionarios y sus modelos de ciudad. Están tan absortos y tienen tanta fe en sus pensamientos que no pueden darse cuenta que sus utopías nunca funcionarán y que, si lo hacen, no harán feliz ni a la comunidad que pretenden albergar ni a los individuos que las componen. Las utopías urbanas son: aburridas por ser simétricas, lineales y uniformes, lo que profundiza su aburrimiento, hostiles a la naturaleza porque pretenden dominar a ésta en el estrecho marco del egoísmo humano, dirigistas y planificadas y, por ende, coartadores de la libertad y del libre albedrío de sus habitantes.
En la utopía el hombre esta enmarcado, cinchado, si se me permite la metáfora campera y que va a tono con el paisaje, por las normas que el burócrata utópico diseña desde su oficina de planificación como aquel funcionario de Copetonas que descubrió la relación entre “Oasis” y “paz”. No hay nada más peligroso para un utópico que la libertad y creatividad humana. En una ciudad utópica no hay lugar para la inventiva humana, para la creatividad sin sentido, para la poesía irracional. El surrealismo, por ejemplo, no podría haber existido en un falangesterio. Tristán Tzara hubiera sido encarcelado en una Ciudad Jardín. Macedonio Fernandez hubiera sido expulsado de la Ciudad de Dios. Las utopías urbanas y sociales pretenden ceñir y domesticar la rebeldía y la libertad de los hombres a lo absurdo de la planificación racional y positivista de una ciencia alienante y antihumana. El fracaso de los kibutz de Israel y de los falangsterios que siguieron el modelo de Fourier y de los cuales ni siquiera quedan sus ruinas, son la mejor prueba de mis argumentaciones. La misma ciudad de La Plata, pensada con sus diagonales, son un jeroglífico imposible de desentrañar para el visitante extranjero que, queriendo ir a conocer al Museo de Ciencias Naturales termina cantando la marcha de los pincharatas del otro lado del bosque. Solo las comunidades cuáqueras o amish y las ordenes religiosas del medioevo o los hippies de El Bolsón o de Baja California han podido triunfar o tener éxito y esto se debe o por que hay una fe trascendental religiosa que moviliza más allá de un entendimiento o una huida filosófica de un ideal consumista enajenado patentizado por la ciudad industrial de fines del siglo XX.
Algo de este espíritu utópico se encontraba, quizás, en las ideas de los ingenieros que Martín Reta contrató para que dibujaran su ciudad. Reta obedece así a un dibujo perfecto, perdóneseme la exageración, en donde las calles trazadas a la manera de un damero en diagonal al mar, con dirección este-oeste, se extiende sobre viejos y persistentes medanales. El maximun de esta visión planificadora y positivista se resume en la numeración de sus calles: los números pares desembocan en el mar y los impares, por su parte, solo encuentran el océano en el infinito.
Una cosa que no debo dejar de mencionar, es que en el plano original de la ciudad, no se había planificado ningún solar para el cementerio. Se pensó en las plazas, en la escuela, en las viviendas pero no se pensó ninguna necrópolis. Es como si el hecho de querer fundar una ciudad turística desplazara a la muerte como un acontecer humano. Parece ser que para la mentalidad higienista de principios de siglo la muerte haya sido no un acaecer humano esperable sino una especie de enfermedad que la ciencia deba curar. La ciudad balneario debía esconder a la muerte en otra zona, no en esta. A los turistas no les agradaría saber que podían morir en sus vacaciones.
Mas allá de esta sencilla descripción y que no es necesariamente objetiva, Reta es bella. No posee una belleza mediterránea, como las playas de la Costa Brava o las de Amalfi, tampoco es linda por sus pinares como Villa Gesell, Cariló a Pinamar (nombre absurdo y tonto si los hay) e incluso Claromecó y su Dunamar (valga para esta toponimia lo mismo que para la otra). Reta es linda por su simpleza y por su agreste naturaleza. Sus álamos y sus eucaliptos no solo le permiten a los rayos del sol jugar con sus hojas y las sombras que estas producen sino que también albergan a pájaros multicolores pequeños que sin ser tan vistosos como el guacamayo del Caribe permiten admirar lo bello de la naturaleza. Si hay una palabra que pueda definir a este lugar esa palabra es naturaleza. De esta manera, ella se venga de los intentos planificadores de los ingenieros contratados por su fundador.
Lo más bello de este lugar, para mi atribulado gusto, son sus médanos. Majestuosos, enormes y cambiantes según el capricho del viento, con sus alturas que rompen la monotonía de la planicie pampeana y oceánica suplantándola por otra monotonía sinuosa y arenal. Son como los senos de una diosa marina elevándose de la superficie en una ofrenda al sol.
Mas allá de los intentos nuevamente racionales de fijarlos plantando tamariscos y uñas de gato, la arena en su coqueteo con el viento, se las ingenia para anular los intentos humanos en domesticarla. Este hecho, como les voy a contar, está atestiguado por la historia del Gran Hotel Playa o Playa Hotel como se conociera a este importante edificio y que nos continúa ilustrando sobre la escasa originalidad para nombrar que padecía esta gente.
Su construcción comenzó en 1927 y no fue casual ya que en esa época comenzó a planificarse la ciudad balnearia. El autor del proyecto fue Juan Uccelli quien probablemente tuviera alguna inspiración italiana en sus primeros bocetos. Después de dos años de trabajo, superando vientos, arena, bichos y todo tipo de inconvenientes como tormentas, ausencia de comida y de caminos por donde se pudieran transportar materiales y vituallas, la construcción del majestuoso hotel quedo finalizada. Así, de esta manera, quedó una gran construcción en medio de un desierto de médanos y arena simbolizando ese espíritu emprendedor y progresista que caracterizó a los hombres de principio de siglo que usufructuaron, bien empleado el término, la renta agraria que provenía del flamante y mal administrado “granero del mundo”.
Más allá del valor del fundador deberíamos analizar lo útil y práctico de la planificación de una ciudad balnearia, con su proyecto de puerto y la construcción de un hotel de características palaciegas, en un desierto alejado de cualquier centro urbano más o menos poblado. La ciudad de Tres Arroyos, fundada alrededor de 1865 por inmigrantes daneses, no podía nutrir con sus pocos habitantes dicho balneario y la cercana Bahía Blanca, en expansión por aquellos años, menos. No solo por la inexistencia de caminos adecuados sino por que la mentalidad gringa de aquellos campesinos que vinieron a “hacerse la América” o perseguidos por el hambre y la violencia que dejo la Gran Guerra no era, digo, la más adecuada para soslayarse en las bellezas balnearias. Por su lado, el ascetismo puritano del calvinismo, pudo ser un obstáculo a las prácticas hedonistas que posibilita el turismo. La lejana Buenos Aires apuntaba a la más cercana Mar del Plata para que las familias recientemente adineradas y sin abolengo enviaran a sus hijos a disfrutar del nuevo pasatiempo que posibilitaba el ejercicio del turismo como nueva práctica de la mentalidad burguesa de principios del siglo XX.
El Playa Hotel tenía dos plantas en donde se disponían sus treinta y cinco habitaciones con que contaba en sus primeros años. Tenía nueve baños, un salón de lecturas, dos amplias terrazas que, como corresponde, daban al mar y donde los ocasionales turistas se deleitaban perdiendo su vista en la inmensidad del Atlántico. Quizás algunos hayan añorado su lejana tierra al mirar el horizonte. El inmigrante, incluso el exilado, siempre guarda en algún lugar de su memoria un pedacito de su terruño. Solo los aventureros profesionales sin tierra y los apátridas pueden contemplar los horizontes sin que añoren su infancia en la tierra de sus padres.
La gente se reunía en el salón y debatía sobre los aconteceres en el mundo despreocupados por todo. Mientras en Europa se gestaba un monstruo de tres cabezas, violento, autoritario y genocida, la burguesía agrícola de Buenos Aires se paseaba por las playas de Reta y jugaba al bacará en el salón de juegos del Playa Hotel que los días domingo se convertía en improvisada iglesia donde un sacerdote llegado de Tres Arroyos oficiaba misa. Incluso en este alejado paraje la Iglesia con sede en Roma mantenía su influencia ¿Qué pecados habrán confesado las virginales jovencitas de ropa blanca y capelinas al tono? ¿Qué mentiras habrán expiado adustos señores de grueso y chacareros bigotes de sus andanzas camperas? ¿Cuántos avemarías y padrenuestros habrán rezado las comadronas por esos malos pensamientos que la asaltaban de noche recordando a los mancebos enfundados en esos ajustados trajes de baño que vieran en la playa? ¿Se habrá escandalizado el sacerdote ante estos pecados o él también debería confesar sus secretos de deseos viriles por las bellas señoritas del campo? Desafortunadamente nadie dejó registro de estas confesiones por lo que sólo podemos teorizar sobre ellas.
El Hotel no rindió como se esperaba. Parece ser que el proyecto de hacer un Waldorf Astoria en el desierto para el solaz esparcimiento de la nueva élite agropecuaria no dio los frutos que los empresarios esperaban. Demasiado esfuerzo ajeno se perdió en el arenal que poco a poco se lo fue comiendo. Claro, debo decir, el proyecto fue económico. Por más que la historia lo presente como una obra de la pujanza y tesón de los “padres fundadores” el objetivo de su construcción fue primordialmente económico y esto se comprueba por que al no contar con suficientes pasajeros que pagaran el hospedaje el hotel comenzó a venirse abajo por falta de mantenimiento. El desierto con su viento y con su arena cobró su tributo y para 1940 el hotel que pretendió ser un Versailles pampeano estaba casi en ruinas. Su camino entoscado que conducía a la playa había desaparecido y en sus habitaciones ya nadie dormía la siesta. Su amplio salón ya no albergaba a los galanes que seducían princesas y sus escasos nueve baños eran insuficientes para las demandas de aseo e higiene de las nuevas generaciones. El cura ya no tenía a quien confesar.
Si bien se intentó reflotarlo para la época del peronismo el proyecto no prosperó. El señor José Almeida intentó el nuevo emprendimiento alquilándolo y, como si el viejo nombre fuera una especie de maldición y trajera mala suerte a su proyecto, lo rebautizó con el viejo, horrible y falto de creatividad nombre de Hotel Océano. Aún hoy aparece este nombre para designar la planta de Reta pero ni siquiera sus pobladores lo reconocen como tal y me parece justo ya que mi pensamiento sobre el género humano no hubiera mejorado al saber que este estúpido nombre hubiera permanecido en la memoria de los habitantes de Reta. ¿Pero que les pasaba por la cabeza a estas personas para llamar Hotel Playa a un hotel en la playa o Hotel Océano a un hotel en el océano? Llamar así a hoteles marinos es como llamar Volcán a un restaurante al pié del Vesubio o El Barco a un cabaret en el puerto. Este tipo de tautologías nominales nunca pueden traer nada bueno. No hay negocio que pueda prosperar con esa ausencia de creatividad.
Con el correr de los años el sueño de un hotel de lujo solo quedó como un bello y romántico recuerdo en la memoria de aquellos afortunados que pudieron disfrutarlo. Algunas señoras de pelo encanecido y de andar con bastón aún se sonrojan cuando se les pregunta por su gran salón y por los bailes realizados en él y no falta quien recuerde que el índice de natalidad de la zona se haya incrementado nominalmente a resultas de los paseos vespertinos y nocturnos por los desnudos médanos, erótica invitación para el amor, que rodeaban el hotel en el desierto.
Doña maría, la emprendedora cocinera del hotel que preparaba sus delicias incluso si su turno ya había terminado y llegase un pasajero con hambre y las mucamas Quita Huarte, de evidente ascendencia india y Nides Gonzales, supieron de estos secretos amoríos y, como buenas chusmas de barrio, añadieron algunas filigranas narrativas a los sucesos acontecidos beneficiando a algunas y castigando en demasía a otras. Greta Pedersen, la abuela de los pescadores Pedersen, relata que ella y sus amigos daneses que fueron a colonizar la zona en los primeros años del pueblo, que era frecuente que tomaran baños de mar sin trajes de baño inaugurando el nudismo mucho antes que Moria Casan lo hiciera en Mar del Plata en su Playa Franca.
Para el año 1960 los Almeida dejan el emprendimiento hotelero y se van de Reta. La edad de sus hijos ya era la suficiente como para que pudieran continuar sus estudios en la humilde escuela Nº 34 de la zona y partieron dejando algunos de sus sueños de prosperidad económica en las siempre vivas arenas de su Hotel Océano. La señora Almeida fue la primer maestra de Reta y las primeras clases las dio en su casa ya que no había instalaciones oficiales para ello.
Mas allá de este fracaso económico, Reta continúo existiendo y lenta pero inexorablemente se fue poblando de a poco. Al fin de cuentas la idea del balneario funcionó no como pensaron sus primeros pobladores sino que, como siempre sucede en la historia de la humanidad, son los mismos hombres quienes deciden que rumbos tomar.
El desarrollo obligado del país en virtud del proceso de sustitución de importaciones desatado a consecuencia de la II Guerra Mundial y las nueva política económica del gobierno justicialista fortalecieron este desarrollo y el país vivió una especie de bonanza social después de tantos años de explotación e inequidad social. Como ya dije anteriormente, el turismo comienza a desarrollarse como una especie de premio o de derecho laboral tal como sucedía en los países mas desarrollados. Si bien el ícono justicialista para veranear fue Mar del Plata y sus importantes hoteles sindicales, especialmente Chapadmalal y la idea subyacente a su instalación, muchos pequeños pueblos de la costa se vieron beneficiados por esta nueva política. Para el general Perón y su mujer Evita, los nuevos y esperados derechos del trabajador, sancionados en la Constitución Nacional de 1949, garantizaban no solo el aguinaldo sino también las vacaciones. Desde ese momento la clase obrera le disputó a la oligarquía sus sitiales de privilegio y la otrora aristocrática Mar del Plata, con su rambla de madera y sus señoriales construcciones, comenzó a recibir la visita de los “descamisados” y los “cabecitas negras” que tanto amó Evita.
A tono con la época, entonces, Reta instaló un poste de primeros auxilios en el año 1947 “…con el fin de ser empleado por cualquier persona de buena voluntad, para prestar ayuda a los bañistas que por cualquier circunstancia corran riesgo de ahogarse o sufran algún accidente en la playa…” tal como reza el acta de su instalación y que fuera firmado por los vecinos prominentes de Reta. El poste en cuestión, que no era más que un palo enclavado en la arena de la playa muy similar a esos que soportaban los cables de electricidad y que se iban extendiendo a lo largo del país, contaba con un salvavidas tipo anillo, una larga soga, un botiquín y un catre que oficiaba de camilla. Excepto el salvavidas, la cuerda y el catre, todo se encontraba resguardado en una caja con tapa de vidrio que debía romperse por esa “persona de buena voluntad” que creyendo que fuera necesario hacerlo para salvar la vida de alguien o “para prestar ayuda a los bañistas”, estimara su utilización. La instalación de este poste, ornamentado con la universal cruz roja sobre fondo blanco, pareció dotar no solo de un estatus moderno al balneario sino que venía a cumplir con los preceptos higienistas y de salud pública que el gobierno justicialista pretendía implementar. Quizás el Dr. Castillo, ideólogo y motor de esta corriente asistencialista, se hubiera alegrado del ímpetu modernizador de los que inspiraron tal instalación. Y, si debo ser justo, si el mentado y aparatoso poste salvó una sola vida bienvenida haya sido su instalación, al decir del salvado.
Hoy en día ya no es necesario un poste de Primeros Auxilios. La existencia de atléticos y apolíneos guardavidas, entrenados para la ocasión, montados en sus Jeep o en sus briosas motos de agua hacen innecesario el coraje de algún vecino “con buena voluntad” que viendo peligrar la vida de algún conocido, se arriesgue para rescatarlo de las aguas atlánticas. Al conocer la historia del poste no pude menos que esbozar una sonrisa al pensar en algún Johnny Weissmüller que, como un Tarzán criollo, se arrojara al mar plagado de aguas vivas, yendo presuroso a rescatar a una dama que fingiese estar ahogándose con el solo pretexto de ser abrazada por ese Adonis náutico que fuera en su auxilio. No esta mal, siempre pensé, urdir alguna treta, algún ardid para que germine el deseo y nada mejor que una falsa situación de peligro para que el espíritu aventurero de algún tímido galán se desatara a instancias del pedido de auxilio de una atribulada dama en apuros. El amor, como dijera al principio, responde fantásticamente bien a los principios heroicos y gallardos del galán que se anime.
CUATRO
DEJE MIS ESCASAS PERTENENCIAS en la habitación rentada y me dispuse a recorrer el pueblo. Obviamente a la media hora de comenzar mi recorrido ya lo había conocido, o eso percibía, en un noventa por ciento. Reta no es un lugar que cuente con lugares significativos y como todos podemos imaginar, más allá de su plaza principal con su horrible busto en honor al Almirante Brown, sus dos iglesias que compiten en su soledad por la fe de los feligreses, su sala de atención médica, su puesto de vigilancia policial que al parecer es suficiente para mantener el orden en sus calles y sus pocos locales, no hay nada en Reta que la distinga de otros pueblos de la costa atlántica. O quizás si.
Al no poder cumplir el sueño anhelado de poseer un ramal propio del Ferrocarril del Sur, por aquí la evolución de la ciudad no siguió la dinámica esperada. Generalmente, y en la mayor parte de los casos, los pueblos de la campaña se han organizado alrededor de la estación del ferrocarril cuando este existió o alrededor de la plaza principal con el típico formato de las poblaciones heredadas del colonialismo español. Siguiendo el modelo imperial, la plaza se encontraba frente al cabildo y, como recuerdan, de la Iglesia. Esto nos sugiere la ausencia de la idea de mercado en la mentalidad española. En cambio, si la ciudad creció en virtud de la existencia del ferrocarril, frente a la estación hallaremos un hotel y locales de compra y venta, tal como sugiere el ethos protestante de la mentalidad capitalista, especialmente británica. Pero en Reta no sucedió así.
Los locales más importantes se ubican en la calle 48 que viene a funcionar como una avenida principal con sus supermercados y negocios con artículos de regalo pero la delegación municipal, se halla en la calle paralela, más cerca de la playa donde el Brown que les mencioné muere nuevamente. Sus dos iglesias están separadas (¿Por qué un pueblo tan chico ameritó la instalación de dos iglesias? ¿Serían muchos los pecados por confesar de su gente? ¿O las bellezas del lugar y la soledad de sus playas fueran suficiente y poderosos atractivos para que los hombres dedicados al Señor pudieran realizas sus ejercicios espirituales en paz y en comunión con la naturaleza y contemplar la magnificencia de la obra del Creador?). Un poco más allá la colonia de vacaciones Bartolomé Mitre fundada por don Emilio de la Calle el 24 de enero de 1928 destinada a alojar a estudiantes, maestros y periodistas, estos últimos portando un raro privilegio vacacional, el cuartel de bomberos con su sirena instalada en el techo y que en días de mucho viento o se escucha mucho o no se escucha nada, la gruta de la Virgen de Lourdes con sus placas recordatorias a los fallecidos y ahogados y en donde algunos jóvenes rebeldes y un poco insensibles han escritos algunos grafitos incomprensibles; y las demás construcciones que le dan a Reta su personalidad.
De entre todas las construcciones existentes en el balneario, hay una que por su originalidad merece un destaque especial; este es el túnel submedanal. Esta construcción es un túnel de aproximadamente treinta o treinta y cinco metros de largos por un metro y medio de ancho y casi dos de alto que corre por debajo de un medano. Se construyó para que drenara el agua de lluvia que allí se acumulaba y que formaba una especie de molesta laguna que impedía el paso. Con buen criterio, los vecinos decidieron demandar la construcción de este túnel y así solucionar esa problemática inconcientes de que, con su acto, estaban dotando de una construcción original al pueblo ¿Dónde existe otro túnel que pase debajo de un médano? Si alguien conoce la respuesta le agradecería que me enviara la información.
Como se puede apreciar, Reta no cuenta con un centro cívico en donde ubicar las instituciones civiles sino que estas y los locales comerciales así como las instituciones educativas y religiosas se han dispuesto como por azar enfrentando nuevamente los designios planificadores de los ingenieros urbanistas. Esta característica, obviamente, es una de las que mas me agrada no solo por que presenta una originalidad mucho más humana sino por que esconde algo de rebeldía al no aceptar el destino simétrico y positivista al que fueron sometidos algunos pueblos bonaerenses y que respondían a un ideal de perfección y progreso enclavado en la mentalidad burguesa y liberal de la década del ´20. Quizás si se hubiera instalado la estación de ferrocarril Reta hubiera contado con un edificio de estilo inglés pero su historia hubiera sido diferente.
Después de recorrer sus solitarias calles y de ubicar correctamente el bar en donde pasaría parte de mi estadía me fui a conocer la playa.
Las playas, en esta parte de la geografía, son especiales y únicas. Especiales por que son anchas como para que el viento que las recorre no se sienta atrapado. Su extensión, desde los medanos hasta el agua promedia los cien metros de arena aproximadamente que, cuando el sol pega en forma directa, levanta sus buenos grados de temperatura. Tal es así, que si no caminas calzado podes llagar tus pies.
A la extensión se le suma el fuerte viento que levanta la arena que terminará estrellándose en tu cuerpo produciéndote una especie de caricia mimosa con la que la playa te agasaja. Bah, para algunos solo es una molestia pero ya sabemos que cada uno de nosotros tenemos apreciaciones diferentes sobre los mismos sucesos. La playa en Reta, como descubriría, tiene esta particularidad.
Si por una de esas cuestiones meteorológicas llega a soplar viento norte, el “viento de los locos”, el mar queda planchado y quieto, como si fuera un mar de aceite de girasol, no por el color sino por su quietud. Es una invitación a zambullirse de cabeza en el pero, si lo haces, podes llevarte una dolorosa sorpresa ya que en estas condiciones, emergen a la superficie y se acercan a la playa miles de aguas vivas que te hieren con sus urticantes filamentos arruinándote el día. Cuando esto sucede, la única manera de aliviar el agudo dolor es recurrir a leche de cebolla o al vinagre tal como dicen los lugareños. Pero yo no creo que este remedio casero sea eficaz. Solo el hielo y la cortisona pueden funcionar para el alivio que produce el ardor del veneno de las agua vivas. Si no fuera por esto, la playa estaría buenísima pero, ya ves, parece ser que la felicidad no puede ser completa. Como en el Tai Chi o huevo del mundo de la cosmología del Tao, el Yin y el Yang se encuentran siempre en tensión. En la alegría absoluta se encuentra el germen de la infelicidad y en el mayor de los dolores se anida el germen de la felicidad. Cuando sopla el viento norte en las playas de Reta y emergen las aguas vivas, se comprueba que los filósofos chinos no están tan errados en su apreciación sobre el devenir de la vida en esta tierra.
Si uno comienza a caminar por la playa, como para el lado de Claromecó, se encontrará con la salida del túnel submedanal y un poco mas allá los restos oscuros del un barco hundido que, como todo buen arqueólogo marino sabe, se los denomina pecio.
Como todo balneario exótico, Reta cuenta con dos pecios, uno a la vista del que quiera y otro que esta sepultado por las arenas y al que solo acceden los estudiantes avanzados que llegan desde la Universidad Nacional de la Plata para realizar sus investigaciones.
Los restos del barco hundido hoy son casi irreconocibles ya que parecen solo un montón de escombros marinos semisepultados en la playa y cubiertos permanentemente por la espuma del mar. Colonizados por bivalvos que se han adheridos a los restos del barco, emergen como una rara escultura oscura llamando la atención, ya que si no sabes de qué se trata, te extraña las formas rectas de dichos restos. El color oscuro de los mejillones le da un tono un tanto tétrico a toda la formación.
Hasta hace un par de años atrás se podía ver la chimenea de la caldera por lo que se supone que fue un vapor que, por una tormenta, encalló en esas playas. Los estudiosos no saben fehacientemente el nombre del barco y hay algunas teorías. Algunos creen que es la fragata La Victoria pero otros dicen que es el General Villegas. Justamente con este nombre aparece en una publicación de Claromecó y se dice que sucumbió en un fuerte temporal que asoló la zona no se sabe cuando. El diario La Nueva Provincia de la ciudad de Bahía Blanca publicó en el año 1969 que el nombre del barco era el de la fragata La Victoria en un raro artículo en donde consigna que allí, en ese lugar de la playa, se pescó una corvina negra que peso 22 kilogramos y que el pescador, un tal Jorge Ariel Monalli, luchó por mas de una hora para sacarla del mar. Claro, parece ser que los dioses del mar no entregan fácilmente sus súbditos. El diario avanza más en la noticia y nos dice que “…la pesca fue realizada a media noche, utilizando caña de lanzar de fibra de vidrio, nylon de 60 y carnada de almeja”. Si bien no hay muchas indicaciones acerca del pecio, es la primera publicación que se atreve a nombrar los restos náuticos.
Al parecer, la fragata La Victoria habría encallado en las cercanías del arroyo Cristiano Muerto que queda cerca de Orense. Esta información fue publicada en la revista Barcos y Veleros Nº 5 perteneciente al Museo Regional de Necochea Egisto Ratti en el año 1978. Dicha embarcación partió del puerto de Buenos Aires con destino a Puerto Deseado transportando carbón de Cardiff y rieles de acero sueco para las obras del ferrocarril patagónico. Sin saber, esta fragata nos esta dando, muchos años después de que zarpo, valiosa información sobre el poblamiento de la Argentina y, analizando su carga, podemos decir que eso del “crisol de razas” como nos definen se cumple también en las mezclas de productos y materiales con que se construyó nuestro país.
El barco naufragó, y en esto están de acuerdo casi todos los investigadores, a causa de un temporal. La tripulación fue rescatada por personal de la estancia Santa Catalina, propiedad de la señora Julia Saenz Rosas de Rosetti, valga la redundancia, quien los cobijo en su propiedad hasta que pudieron resolver su problema por sus propios medios.
Este barco, más allá de su nombre, era un vapor ya que, como dije en unas líneas mas arriba, se podía apreciar la chimenea de la caldera. Este dato indica que el pecio era un vapor por lo que, sumado a los demás indicios, parece indicarnos que era nomás la fragata mentada. Del interior de este rescate, se extrajeron vigas de hierro inglés, no sueco como decía el otro informe, por lo que se supone que transportaba rieles para el ferrocarril. Por los datos recogidos suponemos que el naufragio haya sido a principios del siglo XX, cuando aún Reta no era Reta. Esta ciudad ya tenía un naufragio, o dos, cuando se fundó.
Lo interesante de este naufragio es que nos está indicando que por esta zona pasaba una línea marítima de transporte hacia el sur. Muy probablemente, el catalejo de Darwin haya captado, cuando navegaba a bordo del Beagle con Fitz Roy, las arenas y los medanales de Reta que aún no se llamaba así. Seguro desembarcó en la cercana Monte Hermoso, pues hay datos de que ello sucedió, antes de proseguir su viaje hacia la Patagonia austral en donde conoció al selk´ nam que bautizó como Jimmy Botton y que llevara hacia Inglaterra. Dicen, pero yo creo que no es del todo cierto, que por estos lugares, en donde aún hoy en día es mas frecuente de lo que uno piensa encontrar restos paleontológicos, que el biólogo inglés haya comenzado a dar forma a su teoría de la evolución navegando por estas aguas, pero es difícil. Charles Darwin nada nos dice al respecto pero si menciona a las Islas Galápagos en el Pacífico y no a estas desoladas playas. Quizás esta misma desolación haya incentivado la fértil imaginación de los parroquianos, quienes en la soledad del invierno pampeano y entonados con alguna ginebra o caña fuerte, inventaran historias que, más allá de la seducción que pueden presentar para oídos como el mío, nada tienen de exacto. Sumado a esto, la necesidad de contar con algo que valga la pena y que ubique a esta soledad como un punto en el mapa que merezca destacarse más allá de bandoleros, malones o plantaciones haya estimulado dicha historia.
Lo que si estamos en condiciones de afirmar es que Darwin pasó por estos lugares y que desembarcó en alguna de estas playas para realizar relevamientos del terreno y para juntar algunas muestras para su colección. Es muy probable que se haya entrevistado con algunos de los comandantes de los fortines de la frontera sur y que se haya comido algún asado de guanaco o de avestruz.
El río Quequen Salado o Mulpunleufú, como le decían los indios Pampas, marcaba la frontera sur del partido de Tres Arroyos y allí, justamente, se situaba la línea de fortines como defensa contra el ataque de los indios quienes no estaban muy conformes, debo decirlo, con que los colonizaran. El 15 de junio de 1870 alrededor de trescientos indios de lanza capitaneados por los caciques Antemin y Juan Chugiur malonearon por la zona y se llevaron algo de hacienda y algunas cautivas lo que motivo que el gobierno nacional prestara un poco mas de atención al tema. En realidad, y si debo ser exacto con el registro histórico, el coronel Alvaro Barros, comandante de la frontera sur, eleva en 1867 un informe al Ministro Julián Martinez en donde “recomienda” la construcción de nuevos fortines. Se los designará, finalmente, con los nombres de: El Ciudadano, El Veterano, La Ley y La Libertad. La elección de estos nombres evidentemente nos indica la carga de civismo que imperaba en la mentalidad militar de aquella época y que desafortunadamente para la Nación se perdió.
El mismo año, el comandante de la costa sur, Lopez Osornio informa a sus superiores que “…los fortines existentes a orillas del Quequén Salado son: el Marco Paz, situado en el paso que esta a doce cuadras del Ojo del Agua, el Buenos Aires en el paso de Las Piedras, el Campamento en el paso de Los Indios, El Año 10 en el paso de las Rosetas, El Argentino en el paso de las Rosas y el Libertad en la boca del mar” Estos, como averigüe, eran los únicos pasos por donde se puede cruzar el río por lo que los indios no podían cruzarlo sin ser visto por el personal de alguno de estos fortines. El río Quequen Salado es raro por que tiene lugares en donde se puede cruzar caminando, algunas caídas de agua y en otros en donde solo podes atravesarlo navegando en botes. Era, para la época, como una especie de frontera natural por lo que fue muy fácil controlar los malones indios.
Los fortines a los que hago mención eran precarias y rústicas viviendas o ranchos como se les dice. Incluso existieron algunos que no eran más que cuevas cavadas en el suelo que se hacían para protegerse del viento y del frío característico de la zona. La construcción que los definía era el clásico mangrullo o atalaya que a veces estaba techado con paja de totora, muy abundante en la zona.
En esas precarias construcciones un oficial, un sargento, dos cabos y nueve soldados pasaban su vida en la monotonía y peligrosa pampa y le corresponde a Miguel Hernandez el privilegio de habernos dejado una semblanza de esta vida en su historia del gaucho Martín Fierro.
Quizás, como dijera hace un rato, Charles Darwin haya pasado algunos días recolectando bichejos y huesos al lado de estos soldados acostumbrados a mirar el horizonte en la ancha pampa que desbordaba su entorno.
CINCO
LO QUE ME LLAMO LA ATENCIÓN AL LLEGAR A LA PLAYA fue la cantidad de gente que estaba allí. Yo pensé que encontraría apenas un par de turistas tomando sol y jugando al tejo de playa pero me equivoque. La playa, hacia el lado del pecio (barco hundido) estaba prácticamente colmada. Pero no eran adolescentes surfeando o tomando sol sino que, extrañamente, parecía ser gente como de otra época a juzgar por el atuendo.
Algunas de las señoras mayores estaban vestidas con batas largas y finas que las cubrían de las miradas indiscretas. Había una, particularmente, que estaba vestida de pollera blanca larga, medias y zapatos blancos y camisa también blanca y un saco rayado portando una sombrilla para que la protegiera del sol. A su lado, un hombre mayor con un gorro de corcho, como esos que usaban los exploradores británicos en la India, miraba la playa y saludaba amistosamente a muchos de los bañistas. Todas ellas, sin excepción, portaban enormes capelinas de tonos claros que dibujaban sombras en sus cuidados rostros maquillados. Mucho de los hombres estaban vestidos de saco, corbata y chalecos de colores claros y calzaban zapatos acordonados. Otros, en cambio, estaban ataviados con los antiguos trajes de baño que cubrían todas sus partes de las indiscretas miradas de las señoras. Hasta los más chiquitos se encontraban vestidos de esta manera. Un par de coches antiguos, muy parecidos al Ford T y al Ford A, conocido como “bigotes” por los guardabarros sobresalientes, se encontraban alineados cercanos a la línea de médanos. Algunas casillas de madera con ruedas y con techos a dos aguas, de tan solo medio metro de ancho por dos de alto, se encontraban alineadas también paralelas a la playa. Había un cartel que decía “Cambiadores. $2.MN” y hacia referencia a la moneda nacional en circulación a principios de siglo. Le gente le daba unas monedas al hombre que las cuidaba y se introducían en ellas justamente con la intención de cambiarse la ropa y ponerse el atuendo playero. El encargado era un hombre que tenía un parecido sorprendente con la imagen que se tiene del Quijote, pero sin Rocinante, con una mezcla de Horacio Quiroga. Flaco, huesudo y con una espesa y larga barba oscura, se mantenía en silencio fijando sus profundos ojos en el horizonte marino. Vaya a saber uno que elucubraciones pasarían por su cabeza.
Todo era muy raro. Una azulada bruma envolvía a estas personas quienes charlaban amigablemente mientras las olas iban y venían en ese eterno devenir milenario propio del mar. Nadie tomaba mate o café tal como es la costumbre de hoy. Algunos pocos se recostaban en la desnuda arena con la explícita intención de captar los rayos solares pero, como dije, solo eran unos pocos. Lo raro, también, es que siendo ya pasado el mediodía, nadie proyectaba sombras como era de esperar. Se lo atribuí, claro, a un efecto óptico. Ya sabemos que los rayos del sol cuando chocan directamente con la arena, en ese maridaje que llevan hace millones de años, suelen producir alteraciones visuales y hacernos ver imágenes que en realidad no son.
Mezclados entre ellos, había también un par de gauchos y algunos inmigrantes. Esto lo supuse por el ropaje ya que los gringos debían pasar al menos un par de años en la campaña para ataviarse a la manera criolla. Luego, cuando la adaptaban, ya no se separaban más de ella.
Algunas personas estaban escuchando sus walkman incluso sus MP3 y lo raro, vuelvo a decir, es que a estas no las cubría la bruma azulada. En fin, en ese carnaval marino parece ser que se encontraban todos los que iban a la playa.
Obviamente todo esto que describo debía obedecer a una fiesta de disfraces que la Delegación Municipal habría organizado para incentivar el turismo. No está mal. A mi me encanta el poder disfrazarme y pintarme la cara. Esto se lo debo a mi amor por el carnaval y la rebeldía en serio que expresa. Poder trasmutar en otro, dejar de ser uno mismo para ser aquel que siempre se anheló, es una de las particularidades positivas que nos brinda el carnaval. Además, están los tambores. Sin tambores el carnaval pierde su sistema cardíaco. Y si bien el actual carnaval esta muy domesticado, disciplinado y privatizado, acá y en Uruguay, aún mantiene algo de esa anarquía que tuviera en los primeros años. Lamentablemente no todos lo entendemos así y hay algunos que solo se entretienen en molestar al otro arrojándole esa maldita espuma sintética que te venden en aerosoles con el otra vez falto de creatividad nombre de “espuma Rey Momo” y que te dejan aureolas en la camisa o remera. ¿Qué sentido tiene divertirse molestando a los otros? ¿Por qué existe esta horrible costumbre de jugar con agua, incluso con agua con pimienta, en la temporada de carnaval? Ya el Brigadier Juan Manuel de Rosas había prohibido este malsano juego cuando dispuso del poder para hacerlo, pero la gente no lo acató. El carnaval en Buenos Aires, por aquellos años, sin ser un hecho reservadamente negro, llevaba en los barrios esclavos el alma y me gusta pensar que en la carcajada sonora y estridente de algún bailarín transpirado que exhibe su torso ante la mirada del patrón, van las carcajadas de todos los negros del barrio riéndose de él. En el ritmo del cuero vibrando a un compás marcado por el corazón, vuelan las palabras sin letras que el carnaval despierta. Al mismo tiempo, y en otro sentido, supongo que el volcar un balde con agua sobre el delicado cuerpo de alguna señorita que a sabiendas de la práctica de este juego en la época de la colonia, se vestía con delicadas y finas ropas con la erótica intención de que el agua vertida por algún caballero galante se le adhiriera al cuerpo y exhibir así sus dotes, en la sociedad colonial rosista, posibilitaba el acercamiento entre los sexos. Quizás no está tan mal después de todo jugar al carnaval.
Me quedé un rato mirando como, hacia el lado del pecio, la gente se divertía en ese extraño mardigras y, cuando me aburrí, me fui a tomar una cerveza al bar.
Caminando hacía allí, fui pensando que debía reservar mesa en algún lugar porque, con esa cantidad de gente vista en la playa, los restaurantes y bares estarían llenos. Ya me ha pasado en época de vacaciones querer ir a tomar una cerveza o comer una pizza y no hallar mesa. Generalmente en la costa en temporada alta la posibilidad de comer una pizza esta en relación a la cantidad de sillas y mesas que siempre son escasas para la clientela. Previendo entonces esto, me fui a reservar una mesa para la noche. Esto de la muchedumbre, debo decirlo, me satura un poco.
Elegí el local un poco por la fachada y otro poco por que había un cartel escrito con tiza que decía “canelones caseros de verdura + una bebida gaseosa: $16. Pollo al disco con papas fritas + una gaseosa o un vaso de vino: $18. Filet de pescado con papas fritas + un vaso de gaseosas: $16” Obviamente, el pollo fue mi elección.
Me acerqué al mostrador que estaba atendido por una bella señorita de inmaculados dientes blancos y, claro, de una luminosa sonrisa y le pedí que me reservara una mesa para el horario que pudiera. Me miró desde unos profundos ojos que mostraban un poco de sorpresa y me dijo que no me hiciera problema, que siempre había mesas disponibles así que me quedé tranquilo y me fui a buscar un libro para leer. Por suerte, al retirar un cuadernillo en la pequeña oficina de turismo que queda al lado del Puesto de Vigilancia de la Policía, me enteré de que Reta tiene una biblioteca y me fui para allí. Algo iba a encontrar que me inspirara para escribir. Había adquirido este hábito y me gustaba dejar constancia sobre lo que me pasaba desde que era un niño y que me enseñaran los rudimentos de la escritura, y los libros generalmente me inspiraban. Las bibliotecas, como bien sabía Borges, son un misterio que esconde aventuras en sus pasillos. El viejo solía perderse en esos laberintos llenos de libros y muchas veces se encontraba con el final de algún cuento. Quizás Funes y Ema Zunz hayan sido concebidos allí.
Cuando salí de la biblioteca ya eran las nueve y media de la noche y el cielo comenzaba a oscurecerse de a poco cambiando el celeste por el negro estrellado. Las impúdicas estrellas mostraban su luz en la Vía Láctea y uno no podía menos que envidiar a Galileo y a Hubbles por estar enamorado de ellas. Me fui para el restaurante con la sana intención de probar el pollo al disco que promocionaban. La lectura y la noche me habían mejorado un poco el ánimo y aunque aún llevaba la foto de ella en mi bolsillo y cada tanto la acariciaba, el dolor, sin mitigarse, se hacía más llevadero.
Como bien me había dicho la hermosa morocha hacía tan solo un par de horas atrás, el local solo tenía un par de turistas. No solo me gustó que no estuviera repleto sino que también percibí que la morocha se había cambiado de ropas lo que me agradó por ser uno de los hábitos más femeninos que conozco. Cuando vio que me acomodé en una mesa, se acercó y me preguntó:
- Buenas noches. ¿Va a comer algo?-
- Buenas noches- le respondí tratando de sonar lo mas educado y caballero que pudiera.- Si, por favor, quisiera probar el pollo al disco y un vaso de vino tinto.-
- Perfecto- y anotó en su libretita mi pedido.
- ¿No quiere probar unas berenjenas escabechadas de la zona?- me preguntó.
- ¡Si, claro!- exclamé asombrándome de mi exageración.
- Bueno, ya te traigo- me dijo y me regaló una sonrisa que me produjo mucho mas que alegría.
“Raro en mi” pensé “¿de donde tan caballero? Bue, son estas cosas que pasan cuando uno sale de vacaciones” me respondí y una rara sensación de satisfacción desconocida hasta ese entonces comenzó a apoderarse de mí suave y lentamente que colisionó con el sedimentado sentimiento que yo tenía por mi amada. Su foto continuaba en mi bolsillo trasero como un ancla que me fijaba a un pasado reciente del que no podía desprenderme. No pude sacar de mi mente la idea de traición pero ¿yo estaba traicionando mis sentimientos al sentirme halagado por la sonrisa de la morocha? ¿O era el propio devenir de la vida que me volvía a dar una nueva oportunidad incluso cuando no la merecía?
El pollo estaba buenísimo y el vino también. Cuando termine de cenar, pagué mi cuenta rápidamente pues estaba como un poco asustado con el asunto de la morocha. Espere que siquiera esperé el vuelto, además, no era mucho.
Salí a la calle satisfecho con mi día y decidí ir a un local que tiene pool, bowling, jueguitos y que me parecía que podía divertirme un par de horas. El camino desde el restaurante hasta el local era corto y solo me crucé con dos o tres personas que estaban caminando por el centro de Reta. “Que raro” pensé. “¿Dónde estará toda la gente que estaba en la playa?” La vida en esta ciudad balneario es muy tranquila y familiar así que supuse que deberían estar en sus casas cocinando o charlando, vaya uno a saber. Las vacaciones, para algunas familias, es un momento de unidad y de esa comunión tan particular que refuerza los lazos comunitarios. Para otras, en cambio, el hecho de tener que estar juntas más tiempo del conveniente puede transformar las vacaciones en un infierno.
Camine un par de cuadras por la solitaria ciudad y decidí que no iba a ir a ese local. Lo dejaría para mañana. El día había sido largo y yo estaba cansado. Me fui a dormir.
SEIS.
ME LEVANTÉ CUANDO EL SOL YA ESTABA ALTO EN EL CIELO. Había dormido excelentemente bien. El piar de los pajaritos me arrulló durante un par de horas y me mantuve en ese estado, tan conocido por Macedonio Fernandez, y que definiera magistralmente en su libro “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. Es ese estado entre el sueño y la vigilia en donde no solo se entremezclan los recuerdos, incluso los mas lejanos, sino que toda la realidad que nos rodea aparece como mas fantasmal, como una realidad percibida mediada por una pátina que modifica los colores y las percepciones tanto visuales como auditivas. Evidentemente, los hindúes y los jainistas tienen algo de razón en atribuirle al Velo de Maya el carácter ficticio de la realidad. La racionalidad occidental depende mucho de los sentidos y estos, particularmente, no necesariamente captan la realidad tal cual ella es. Creemos que vemos cosas que en realidad no lo son y no vemos hechos que suceden delante de nuestras narices sencillamente por que no estamos capacitados para ello por falta de ejercicio. Si pudiéramos desprendernos, como dice Macedonio, de esa racionalidad formal que nos han enseñado desde chiquitos y desarrollamos la capacidad de navegar en ese estado de vigilia que sobreviene mientras nos estamos despertando o cuando comenzamos a dormir, el mundo asumiría otra representación ante nuestros sentimientos y emociones y creceríamos, quizás, en nuestra comprensión del cosmos. Yo era un eximio capitán navegando en las aguas de esa vigilia de los ojos abiertos.
Cuando el sol se estrelló en la pared que me enfrentaba consideré que era hora de levantarme. Fui al baño, me higienice y me prepare unos mates. Si, ya se. No es muy saludable desayunar con mate y pan de ayer, ya me lo dijo mi nutricionista pero yo estoy acostumbrado desde pibe a tomar mate y no puedo dejar un hábito tan arraigado. Lo que conviene, me dijeron, es desayunar un yogurt con cereales, frutas y un poco de queso, pero a mi no me cabe. Yo quiero o un café con leche con tostadas o factura y el infaltable mate así que preparé mi desayuno y me puse a planificar mi día. Iría nuevamente a la playa a leer un poco y a tomar sol. El bronceado me queda bien.
Me fui para el lado del arroyo pues me dijeron que allí es factible ver muchas aves pues es un punto de reunión para que ellas puedan beber. Queda como yendo para Claromecó, un kilómetro mas allá del pecio en donde estaba la fiesta de disfraces de ayer así que, sin llevar nada, me puse mi gorro y me encaminé para la playa por el mismo camino que había hecho ayer. Extraordinariamente algunos de los transeúntes me daban los buenos días como gesto de buena educación. Reconocí a algunos de ellos pues estaban ayer en la playa.
Este hecho me agrado sobremanera por que me encantan los buenos modales y la etiqueta. No es frecuente que gente desconocida nos salude a la mañana. Como dice Leon Gieco hay que recuperar el “buenos días, el por favor y el muchas gracias”. Bah, en realidad Gieco dice muchas cosas.
La mañana depararía nuevas sorpresas.
Al llegar a la playa vi lo mismo que había visto ayer. Hacia el lado del Quequén, había unos muchachos jugando a la paleta, otros al fútbol, otros cantando con una guitarra un poco desafinada canciones pasadas de moda, más allá algunos pescadores intentando sacar el fruto del mar, una pareja con un niño de alrededor de seis años que jugaba y que se reía al ver como las olas iban y venían y le decía a sus padres “¡Ahí viene el agua!, ¡Ahí viene el agua!” y salía corriendo con su gran sonrisa abierta a abrazarse con su padre quien también se reía junto a su hijo.
Para el lado del pecio, estaba la misma gente de ayer. Con sus trajes de principios de siglo, sus antiguos coches y sus cabinas para cambiarse. La misma bruma azulada los cubría embelleciendo el paisaje. Como no quería molestarlos en su diversión, en vez de caminar cerca del agua, en donde la arena es mas dura y el pie se apoya mejor, decidí ir por la zona mas alejada de la costa, más cercana a los médanos y en donde la arena no solo está mas caliente sino que, al estar seca, no se compacta como en aquel sector en donde llega la pleamar y en donde, si tenes un poco de suerte, podes recoger almejas. Me fui caminando despacito hacia aquel lado y, al llegar cerca de donde estaba la gente, los saludé ya que era práctica común por lo que había podido ver a la mañana. Los que me vieron respondieron afectuosamente mi saludo sonriéndome educadamente y continuaron con lo que estaban haciendo. Reconocí algunos de ellos que me saludaron cuando iba a la playa. Me llamó la atención que el sector de la playa en donde estaban no tenía huellas, es decir, sus pies se apoyaban en la arena pero no dejaban las huellas marcadas de los pies tal como sucedía en el otro lado. Quizás la arena allí tuviera otra consistencia. “Que raro” pensé, pero no preste demasiada atención.
Cuando llegué al arroyo, más allá de que había algunas personas disfrutando de la soleada mañana, con sus camionetas 4x4, sus jeeps y sus coches areneros, era verdad lo que me habían dicho; el lugar estaba atestado de aves. No solo había gaviotas flotando en el viento sino que se podían ver algunos cormoranes, cisnes, teros, palomas, cardenales, jilgueros, torcazas, zorzales, calandrias, moncholitos, chingolos, bandas de cotorras y loros barranqueros y muchos pequeños pajaritos de colores variados donde se destacaban unos con el pecho rojo, otros que la gente del lugar le dice “monjitas” por que son todo negros con las puntas de las alas blancas y una especie de antifaz del mismo color que me hacía recordar a los benteveos o bichosfeos de la zona del Río de la Plata y que al parecer no habían colonizado esta zona. Volando mas alto que las gaviotas y no mezclándose con las otras aves, volaban majestuosamente y haciendo sus complicados giros y contragiros, las hermosas y lustrosas golondrinas orgullosas de sus habilidades aeronáuticas.
La verdad, debo admitirlo, el mirar a los pájaros me da una agradable sensación de libertad. Así como cuando miro a los insectos, especialmente a las arañas, me asombro de la evolución, de cómo esta fue formando la vida en la tierra y como todos los seres vivos nos vamos adaptando a las circunstancias que nos obligan a ello, al mirar a las golondrinas ir y venir en el cielo y a las gaviotas estar atentas para rapiñar un poco de comida de otro pájaro, no puedo menos que alegrarme por poder captar y admirar este espectáculo que la naturaleza nos da en algunas ocasiones. Evidentemente, Reta es una ciudad en donde se pueden apreciar este tipo de espectáculos y yo tengo esa rara habilidad para captarlos. Desde chico pude ver cosas que los demás no ven.
No había mucha gente en esta parte de la playa y, si enfocaba un poco mi vista, podía ver que la mayor parte de los turistas se juntaban por el lado del pecio en donde estaba el baile de disfraces que, evidentemente, había sido un éxito. Como ya era la hora de comer decidí volver hacia el pueblo pero no ya por la playa sino que me propuse conocer los medanales y las calles paralelas a ellos. Los hilos de la luz que estaban instalados en los postes que acompañan el camino me servirían como guía y, además, era difícil que me perdiera. Como mucho, caminaría un poco de más.
Traspase la línea de médanos y encontré el sendero que me llevaría al pueblo. En esa parte de Reta la civilización parecía lejana y desconocida y sino fuera por los postes de electricidad, me animaría a decir que miraba un paisaje tal cual estaba quinientos años atrás. Se sabe, desde que Darwin encontró restos paleontológicos, que la zona es rica en este tipo de hallazgos. No me preguntes por que, a que se debe este hecho, lo único que se es que caminando por la zona, los entendidos saben encontrar restos del pasado paleontológico que la tierra guarda celosamente y que solo se los muestra a aquellos que la saben seducir. La Pacha Mama, como creen en los Andes, es una dulce mujer fértil que cumple sus promesas a los que honestamente la respetan.
Caminando por ese sendero, lo único que me acercaba a la modernidad eran los postes con sus prolijos y paralelos cables que indicaban la instalación eléctrica. Algunos terrenos se encontraban alambrados pero eran muy pocos. La mayor parte de ellos eran una especie de monte de arbustos de tamariscos, algún que otro pino perdido y los eucaliptos y álamos plantados en época de su fundación. Por allá se podría ver una casa perdida en los médanos y un poco más allá, hacia la entrada, otra más. Una hermosa soledad desierta me acariciaba junto con el abrazo del sol del mediodía y yo comenzaba a ser un poco más feliz. No se por que pero me sobrevino el recuerdo de la morocha de la ancha sonrisa.
El costado del camino estaba plagado de las cuevitas que hacen esos topos más conocidos como tucu-tucu o tuco-tuco y que suelen salir a curiosear para ver quien anda por su territorio. No sea cosa que aparezca una yarará o una falsa coral y se los coma. Son muy simpáticos. Salen con sus pequeñas cabecitas peludas y ventean el aire con su ñato hocico en busca de aromas que puedan reconocer. Una vez hecho esto, se vuelven a introducir en su cueva y se puede ver como la van excavando pues la arena resultante de esta operación se va acumulando en la puerta de ellas dándoles su forma característica. Arriba en el cielo, algunos aguiluchos o aves parecidas sobrevuelan a la espera de que alguno de ellos se descuide y así pueden atraparlos.
Llegando a una vuelta que da el camino, me encontré con un cártel que decía “Venta de pescado fresco” y una casa en donde estaba el flaco hombre parecido al Quijote que ya había visto ayer en la playa y que era el que alquilaba las casillas para cambiarse la malla. El tipo estaba cerca de su rancho reparando una red de pesca que estaba rota. Un viejo bote de madera con sus pesados remos se encontraba sobre un viejo carro y un caballo cansado mordisqueaba algo de la dura hierba que había en el lugar. Podía ver algunos restos de carneada colgados de los árboles y un par de cueros de cordero secándose al sol en el típico paisaje del sur bonaerense. La pava negra de hollín se encontraba al rescoldo a la espera que el flaco huesudo quisiera matear.
- Buenas días- le dije no sabiendo si por la hora no sería mas adecuado decirle buenas tardes.
- Buenas tardes- me respondió y siguió realizando su tarea.
- ¿Usted vende pescado?- le pregunte.
- Si- me respondió.- Dejó la red hacia un lado y vino hacia mí.
- ¿Y que vende?- pregunté.
- Y, ¡pescado!-me respondió entre sonriendo y extrañado.
- Si, si- sonreí- pero ¿Qué pescado?-
- ¡Sacado del mar hombre!- me dijo en un tono entre español y criollo riéndose amablemente. –Venga pase- y con una habilidad adquirida a través de los años, con el talón de su pié derecho movió la pava oscura de hollín y la acercó hacia las brasas encendidas.
Sin preguntarme si quería, pues lo daba por descontado como si me conociera, me dio un mate amargo y me preguntó:
- ¿Usted estuvo ayer en la playa no?-
- Si. Tiene razón.- dije tragando el primer sorbo de mate. - Usted estaba con un amigo alquilando los cambiadores. Lo recuerdo.- y le entregué el mate vacío.
- Ajá, es el “ruso” Pedro, el primer finado del pueblo- dijo y, como un sacerdote zen preparándose el te, ceremonialmente se cebó su mate.
- Linda fiesta la de ayer ¿siempre hacen fiestas de disfraces?- le pregunté por que no solo tenía ganas de charlar con ese hombre sino que quería seguir tomando mates. Si bien era extraño hablar de finados que estaban vivos, el tipo era simpático y, como estaba comprobando, nada reservado.
- ¿Disfraces?- me miró asombrado. – No amigo, fiesta si se hace, pero no de disfraces. ¿De donde piensa que es una fiesta de disfraces?- me preguntó.
- No se. Pensé que sería un tipo particular de fiesta por que la gente estaba vestida de manera antigua, pero no se de donde saque esa idea-
- No amigo.- me dijo acomodándose la barba. - La gente se junta en la playa como hace años, desde siempre. Tienen esa costumbre ¿vio?-
- ¡Ah!- y puse mi mejor cara de bobo.
- Está extrañado ¿no?- me preguntó sonriendo.
- No- le respondí. –Extrañado no estoy, son cosas de la playa supongo. A todos nos gusta- dije ocultando mi extrañeza.
- Ajá- me dijo nuevamente. –Tiene razón. Mire, tómese el mate.- y me alargó su huesuda mano con el mate cebado.
Continuamos charlando un rato más y ahí me contó la historia del finado “ruso” Pedro quien, según él, falleció asesinado de un tiro por una reyerta en el bar del pueblo. Me dijo que en los años de la fundación, era frecuente que sucedieran estos hechos ya que la ley era la ley del guapo y que todo el mundo andaba “cargado” con algún “bufoso” y que era frecuente que hubiera tiros “pa´ limpiar el caño ¿vio?”. Recordé, ya que la había leído hace algún tiempo, la historia del Tigre del Quequén, un tal Pacheco que para algunos fue una especie de Robin Hood justiciero y para otros nada mas que un gaucho alzado y asesino. Este hombre, solía asaltar a los viajeros y se ocultaba en una de las varias cuevas que tiene el río Quequén pero, a ciencia cierta, no se sabe si este Pacheco es el mismo que anduvo por los pagos de Necochea o es el bandolero romántico a quien le canta Gieco en su balada “Bandidos Rurales”. Algunos quieren entronizarlo como un Bairoletto pero para otros no era más que un “pibe” Cabeza.
Cuando el mate que estábamos tomando comenzó a lavarse, con la misma cancha que al principio, el flaco con su talón movió la pava de las brasas y se levantó yendo hacia el fondo de la vivienda. Ya no tomaríamos mas mate.
Vino con una corvina negra agarrada por las branquias, a la manera clásica de los pescadores, como de cuatro kilos y me la dio. Obviamente no estaba envuelta. Por su frescura supuse que la había sacado a la mañana. Sus agallas naturalmente rojas y sus ojos brillantes daban la sensación de que estaba viva. Y algo de eso habría por que me pareció percibir algún movimiento cuando me la entrego. Le pregunte:
- Linda corvina. ¿La pescó a la mañana?-
- ¡Ja, ja, ja!- se rió. –No, a la mañana no- y se hurgó en la larga barba buscando vaya a saber que. –Tome, llévese esta corvina. Dígale a la chica del restaurante, que digo yo que se la haga a la marinera, con tomate y, si quiere saber más de la gente de la playa, - y me miró pícaro, - vaya a la hora en que el sol se oculta. Ahí usted va a entender.- me dijo sonriendo ya casi íntimamente.
Y mirándome como un padre mira a su hijo cuando descubre que no ha entendido nada me dijo:
- Mire señor, cuando usted vea que el sol está cayendo, váyase a la playa y ahí entenderá un poco más.- me dijo tiernamente.
- Bueno, si usted lo dice, debe ser por algo.- intenté ser educado. - Gracias por el dato. ¿Cuánto es?- y busque algo de dinero en mi bolsillo.
- Nada amigo- me dijo. - Con su compañía estoy bien pago. Me ha acortado un poco usted la tarde.-
- Muchas gracias.- le respondí. –Cuando llegue al restaurante, le voy a decir a la muchacha que me la cocine como me dijo usted- y le tendí la mano.
El flaco me dio su mano y una rara sensación tuve al apretarla. Fue, no quiero exagerar, como si su mano fuera de espuma. Yo esperaba inconcientemente una mano ruda, de pescador, callada la palma por los remos, pero fue una mano blanda, espumosa, evanescente. Quizás todo el ambiente me haya jugado una mala pasada. Allí, en el medio del campo, tomando mate con un desconocido, con el sol en lo alto y elevándose la temperatura, las moscas revoloteando cerca nuestro, el olor ahumado típico de los fogones mezclado con el agrio aroma de la carne al aire libre, mi cerebro me podía jugar alguna broma.
Dejé al flaco con su tarea de reparar la red y alzando la mano me despedí de él. Si volvía otra vez por allá pasaría a visitarlo.
A las pocas cuadras del rancho del flaco huesudo, estaba el restaurante. Yo pensé que estaría un poco mas lejos pero extrañamente estaba ahí. Me fui apresurado hacia el restaurante pues ya tenía un poco de hambre. Si bien los mates habían calmado un poco mi ansiedad, me habían abierto el apetito.
Cuando llegué al restaurante, no sabía si entrar con la corvina en la mano o dejarla en algún lugar y hablar con la morocha, tal como me había dicho el pescador. Decidí entrar con la corvina en la mano ya que no había mucha gente en el local. Supuse que todos estarían en la playa. No creo que nadie se diera cuenta.
Al verme llegar con la corvina en la mano disimuló una principesca sonrisa femenina y continuó leyendo el diario. Me acerqué al mostrador y le dije:
- Buenas tardes.-
- Buenos días.- me dijo. ¿En que lo puedo servir?- me preguntó.
- Hola. Mire, me encontré con un señor flaco y huesudo, muy parecido al Quijote que es un pescador. Me dio este pescado y me dijo, que le dijera a usted, si puede ser tan amable de cocinármelo con salsa de tomate.- y al mirar en sus ojos abisales, me hundí en esa mirada seductora del misterio de la mujer.
- ¡Ah si!- exclamó. - ¿Usted estuvo con Horencio?-
- ¿Horencio?- me asombré. – Acá cerca, en una calle que desconozco, había un señor muy amable flaco y huesudo que vende pescado. Ese hombre me dijo que usted me cocinaría esta corvina.-
- Si, no se haga problema por la corvina. El hombre que usted dice, y que se parece a Horacio Quiroga, es Inocencio Gonzalez, uno de los pescadores mas viejos del lugar.- y otra vez esos ojos estallaron como reflejo de la amplia sonrisa de la morocha. ¡Ja, ja! Venga- me dijo. –Déme esa corvina que se la voy a hacer como le pidieron.- y agarrando al pescado por las agallas, como se debe, me invitó a pasar a la cocina.
Una vez instalado en ella, me invito a sentar en una de esas sillas típicas de jardín y que llevamos a la playa solo si el placer de sentarse en ella es mayor que el esfuerzo de cargarla por los largos y pesados metros que separan la entrada a la playa del mar propiamente dicho.
- ¿Queres tomar algo?- me preguntó.
- Bueno. Una cerveza por favor.- y me sirvió la mejor cerveza que tomé en mi vida.
El tuteo me agradó.
- ¿Cómo lo conociste a Horencio?- me preguntó- y le conté lo sucedido.
- Bueno.- me dijo. –Yo te voy a hacer la corvina pero la vamos a comer a la noche. Ahora te voy a hacer unos fideos al fileto. Andá, sentáte en una mesa y esperá que te haga de comer. Cuando el sol comience su salida, te espero en el mar.-
Después de decirme esto, se puso un delantal blanco de cocina con los colores de España y me dio su hermosa espalda. El recato y la educación católica recibida en mi infancia impiden que describa todo el conjunto en su exacta y armoniosa medida, sobre todo allí donde se extravío mi mirada.
Como ella dijo, fui y me senté en una mesa en la vereda del restaurante.
SIETE.
DESPUES DE COMER LOS FIDEOS, me fui a dormir la siesta. La mañana había sido interesante y la noche prometía aún más.
Serían alrededor de las seis de la tarde cuando me levante. Los cantos de los pájaros diurnos tendían a callar y eran suplantados por los otros sonidos, mucho más adecuados para la noche que se acercaba.
Como faltaba un poco de tiempo para reunirme con la morocha del restaurante y todavía tenía un poco de fiaca, decidí quedarme en la casa y no hacer nada. Debo admitir que soy bastante afecto a la tarea de no hacer nada. Suelo quedarme en la cama tan solo escuchando lo que sucede a mí alrededor. Como te conté hace un rato, suelo navegar por esa vigilia macedoniana mucho más de lo que yo creo.
Puedo especular sobre las cosas más nimias o más complejas con la misma facilidad con la que se hace un huevo duro. Me gusta quedarme en la cama mirando el techo e imaginando paisajes, caras, cosas en las sombras que juegan en él. También me pasa lo mismo con las paredes. Son, si se me permite la exageración, como palimpsestos de argamasa en donde los nuevos textos, representados por las sombras, se sobreimprimen sobre los restos de los otros registros que se evanecieron sin ocultarse del todo. La luz tiene la extraña propiedad de transformarse en sombras las que parecen adquirir vida propia cuando uno pone su pensamiento en ellas. Es como que con el pensamiento las sombras cumplen el destino de serlo realmente y no quedarse solo como el negativo reflejo de la materia. Si hay algo seductor en las sombras de los cuerpos es por que remiten a formas que son primarias en relación a ellas que son secundarias. La sombra, pienso, es como un reflejo sin luz.
Me gusta pensar que las sombras de las personas tienen algo de ellas y no son solo un fenómeno óptico. Quizás tengan razón las personas del África sub ecuatorial que piensan que el poder de un hombre decrece al mediodía cuando el sol borra la sombra o esta comienza a achicarse. En la polinesia de Gauguin, el maravilloso pintor de colores sorprendentes y féminas exuberantes, Bronislaw Malinowsky nos cuenta para nuestra información, que algunos guerreros de peinados exóticos y arreglos corporales acorde a ese exotismo, se cuidan de pisar la sombra de algún hombre poderoso para evitar que la potencia contenida en ella pueda afectarlo no solo en su salud física sino espiritual. Y si el portador de la sombra por alguna cuestión ha sido maldecido o padece una enfermedad, las personas se cuidarán de no ser tocado ni siquiera por la sombra en la creencia de que esta puede contener lo maligno y pueda finalmente hacerles daño.
Sobre todo me encantan las sombras que provienen del efecto de las llamas de una vela o de una lámpara a kerosén. No solo me gusta el aroma que desprenden los materiales en combustión sino que, al moverse la llama por acción del aire, mueve también las sombras que produce. Esos movimientos, generalmente, excitan mi imaginación de por si ya agitada desde mi infancia.
Cuando se hizo la hora, me levante de la cama satisfecho con la tarde y me puse una remera cualquiera de las que había llevado. Me higienice un poco y me fui a la playa a esperar a la morocha y el atardecer. Reta, como las playas aledañas y en realidad toda esa zona, tienen la particularidad de poder ver tanto el amanecer como el atardecer en el mar. Quiero decir, no es que el sol salga por el mismo punto sino que tanto el este como el oeste quedan en el mar, uno enfrentado al otro en ese inmenso mar oceánico que es el Atlántico Sur.
Mi alma desbordaba de confianza.
Llegué a la playa y, como era de imaginar, estaba llena casi con las mismas personas que había visto a la mañana. Si bien ya no se jugaba tanto a fútbol, sí se seguía cantando con las guitarras y también se continuaba con esa costumbre tan nuestra de tomar mate. Un grupo de nadadores exquisitos mantenía su navegación rítmica y constante mas allá de donde rompen las olas. Era envidiable ver a esas personas nadar entre las olas concentrados tan solo en su relación con el mar. Cada uno de ellos, a su manera, trataba de vencer las condiciones del mar y avanzar en él. Como un gran útero frío, el mar les deja hacer a su antojo. Las gaviotas controlaban su vuelo en busca de alimentos y un par de pescadores acostumbrados a la costa soñaban con sacar la pieza de su vida. Me acomodé en un sector de la playa y esperé que llegara la morocha.
Cuando el sol comenzó a apagarse por el oeste, el cielo se tiño de un rojo anaranjado intenso. Era como que el ocaso pretendiera impresionarnos con la intensidad de su color. Y el cielo era su cómplice. De debo decir que lo lograron. Como una tela de algún inspirado pintor, los últimos rayos del día se diluían rápidamente en el azul celeste del cielo tiñendo todo con el color del fuego.
- Hola- escuche. La morocha había llegado.
- ¿Me estabas esperando?- me preguntó.
- Claro. Quedamos que nos encontrábamos a esta hora en la playa ¿no?- le respondí.
- Así es.- Me dijo y me derritió con su sonrisa ancha.
El sol se ponía por el oeste y yo comenzaba a descubrir nuevas emociones.
- ¿Qué es lo que queres saber?- me preguntó.
- ¿Saber? mmmm no se, no se- dudé.
- ¿Hay algo que te llame la atención?- continuó.
- Ahora que me lo decís, si, creo que si. En realidad muchas cosas me han llamado la atención desde que llegué. La gente, el lugar, el clima no se. Son cosas como no esperadas ¿viste?-
- Ajá- me respondió.
- Si tengo que ser sincero, en realidad lo que mas me ha llamado la atención ha sido esta gente- y le indico a esa gente que estaba por el lado del pecio. – Me gusta. Están como contentos. No se, bailan, charlan, parece que se divierten. Inclusive allí está el pescador que te conté hoy a la mañana.- y levante la mano como para saludarlo.
El flaco huesudo que estaba viendo hacia nuestro lado, respondió mi saludo y una sonrisa se dibujo en la larga y espesa barba. La mujer que estaba a mi lado, saludó también al flaco y me miró con una larga sonrisa. Como si hubiera sido un aviso, todas las personas que estaban en ese sector, se dieron vuelta hacia nosotros y nos saludaron con el típico gesto del adiós que se reduce en levantar una mano y agitarlo en forma de abanico. Era una linda imagen. Varias personas vestidas a la usanza antigua, con el sol de frente que se va ocultando en el horizonte, moviendo sus manos en el clásico gesto de saludo y yo, con la morocha a mi lado, contemplando absorto toda la escena, hinchada mi mirada de tanto espacio y con una sonrisa entre idiota y placentera. Mucho más no podía pedir. Si la felicidad tiene una cara, esa habrá sido la mía esa tardecita de ocaso en la playa de Reta.
- Esto es maravilloso.- le dije a la mujer.
- Si. Así es. Maravilloso es la palabra.- dijo y se acurrucó a mi lado.
El sol estaba ya en las últimas gotas de luz. Un extraño silencio comenzó a inundar toda la playa. Alguna gente no lo percibía. Continuaban tomando mate, pescando o nadando. Cada cual con lo suyo. Algunas pocas, como nosotros, saludaba a la gente cerca del pecio y todos nosotros teníamos la misma sonrisa. Como una extraña comunión de pocos, el ocaso vespertino nos cobijaba con sus últimos rayos de sol.
- Mirá.- me dijo. –Mira hacia allá y te vas a enterar.- y me indicó con su mano haciendo un gesto hacia el pecio.
Tardé como treinta segundos en comprenderlo.
Al irse los últimos rayos del sol, cuando lo único que queda en el firmamento es el reflejo del astro rey, las personas que estaban bailando en la playa y que me hubieran provocado el asombro, comenzaron a saludarse entre ellas y, cansinamente, las parejas de las manos y los que no tenían pareja yendo de a pares o grupos, comenzaron a caminar hacia el mar y se internaron en él desapareciendo uno a uno y en forma lenta en el espumoso mar blanco que a esa hora adquiría un tinte fueguino único en el mundo. La bruma azulada se fue desvaneciendo a medida que la gente se internaba en el mar. La mayoría caminaba cerca del barco hundido y ya, cuando el sol se ocultó totalmente, la playa hacia el lado del pecio quedo desierta.
Al mismo tiempo que esto sucedía, en el otro sector, la gente continuaba haciendo lo que estaba haciendo sin percatarse del fenómeno que estaba sucediendo a su lado.
Mire a la mujer que tenía a mi lado y que cada vez se acurrucaba mas y pude ver una gran y nueva sonrisa en su rostro. Yo todavía no podía salir de mi asombro en relación a lo que estaba descubriendo. La abrasé ya que, como dijera, un galán debe demostrar coraje y no ser tan timorato y ella sintió el abrazo por que después de besarme me dijo:
- Son todos los que han vivido acá. Son los ahogados, los suicidados, los que se hundieron en los barcos, los pescadores perdidos en alta mar, los que murieron de muerte natural. Al lado de Hortencio, que es mi tatarabuelo, esta el “ruso” Pedro que fue el primer muerto de Reta y lo enterraron en Copetonas; el que esta de saco y chaleco blanco con el gorro de corcho es Don Reta con su mujer; la que te está saludando es la señora Almeida. Todos, todos, se juntan en la playa a bailar hasta que se va el sol y deben volver a ese lugar que nosotros también conoceremos algún día. Si tenemos suerte, nosotros también saldremos y bailaremos en la playa.- y se acercó aún más a mi lado y una satisfacción nunca conocida por mí me inundó.
Ahí pude entender. No se trataba de fantasmas ni de espectros. Eran las mismas personas que fueron cautivadas por Reta y que, aún después de su fallecimiento, permanecían en el lugar como un raro premio vaya a saber a que. A mi se me había dado el privilegio de comprender dicho fenómeno y nunca supe por que.
Inconcientemente, metí mi mano en el bolsillo donde tenía la foto de mi amada, que comenzaba a dejar de serlo, y la saque. Mire a la morocha que estaba a mi lado. Hice un pequeño pocito en la arena blanda y enterré en él la foto. Una carcajada marina pareció sonar en mi cabeza. Venía del lado del pecio.
La morocha cerró mas sus brazos sobre mi y supe, en ese instante, que nunca mas me iría de Reta.
Algún día yo también bailaría en esa playa.
Febrero 2009.-
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