UNO
LLEGUE A RETA UNA MAÑANA DE ENERO huyendo de una pena de amor que me mordía el alma. Una herida por un querer no correspondido me estrujaba el espíritu y apenas me mantenía con vida por que soy lo suficientemente cobarde, debo admitirlo, como para matarme.
Quizás sea esta misma cobardía la que me hizo perder a mi amada. Ya lo saben los poetas; sin un poco de coraje el amor no se entrega. No hay amores pacatos y blandengues. El amor, ese como el de Marco Antonio y Cleopatra que nos cuenta la Warners Brothers, el de Gracian y Laura, incluso el de Romeo y Julieta, necesitan aunque sea una pizca de coraje y valor para poder realizarse. No hay héroes cobardes en las historias de amor. Los galanes que se precien deben sortear algunos peligros para socorrer a su amada; no se, asaltar las paredes de un oscuro castillo enclavado en fantasmales montañas defendidas por lobos y cuervos, incursionar en mares bravíos atestados de piratas sedientos de sangre blanca y occidental o internarse en infernales selvas atestadas de alimañas venenosas ocultas en el denso follaje. Es, como dijo una vez Atahualpa Yupanqui, que hay que pagar un precio para poder disfrutar de la felicidad que brinda el amor.
- Sos muy charlatán.- me dijo. - Decís muchas cosas. Hablas demasiado. - y me dio su espalda yéndose hacia donde se pierde el horizonte.
Un amigo, de esos que nunca faltan cuando uno se siente como una piltrafa, viendo mi alicaído ánimo y temiendo por mi salud me dijo:
- Tomá. Andate a Reta- y me entregó un pasaje de micro con destino a ese balneario
Pensé:
- ¿y por que no? Acá ya no tengo nada que hacer.-
Arme mi pequeño bolso en donde puse una muda de ropa, un poco de abrigo ya que las playas del Atlántico bonaerenses suelen ser ventosas y frescas y algunos de mis queridos libros. Sin ellos no soy nada. La lectura de Macedonio Fernandez y su proyecto de novela eterna (eso estaba bueno. La idea de una novela eterna que nunca termina era un proyecto a mi medida, de acuerdo a mi tendencia a escribir), su Elena Bellamuerte, son el adecuado complemento para mí sufrir. Llevaría algo de Girondo y mi insustituible compañero Baudelaire y sus malignas flores, y así pertrechado me fui a la terminal de ómnibus sin nada de confianza ni ganas de olvidarme de mi amada. Dejé un mensaje a cada uno de mis pocos amigos para que supieran donde iba y así no preocuparlos; al fin de cuentas, la amistad entraña una responsabilidad afectiva. Desenchufé la heladera, pagué las expensas de enero y de febrero al portero que estaba ansioso por empezar sus vacaciones y tuve la idea atroz de tirar a la basura la foto de mi amada pero, como dije, soy un cobarde y la guarde en un bolsillo de mi bolso. Ella acompañaría mi viaje.
DOS.
DESPUÉS DE UN PATÉTICO RECORRIDO por la noche de la ruta nacional Nº 3, de soportar la aburrida película que pasan en el micro y de tolerar los arrumacos de una feliz pareja de adolescentes llegamos al peaje en donde hay que virar para la ciudad de Copetonas, a pocos kilómetros de la ciudad de Tres Arroyos. No se por que pero a mi los viajes me aburren sobremanera, sobre todo en micro y este no fue la excepción. A mi me gusta mas viajar en tren o en barco por que en estos transportes uno no está conminado al estrecho marco de un asiento sino que puede deambular y ver mejores paisajes. Nunca entendí a aquellas personas que aman salir a manejar en un desierto, que por ver a la luna reflejándose en el pavimento una noche fresca mientras los kilómetros se deshacen en las ruedas, son capaces de pasarse muchas horas al volante. Obviamente, la ruta es un anzuelo en donde se pescan aventureros.
El micro paró en Copetonas. ¿Qué se puede esperar de una ciudad con ese nombre y que refiere a un ave que no se atreve a volar más de cuarenta metros? ¿A quien se le ocurre denominar a una ciudad con un animalito de esas pobres características? ¡Yo que se!, si al menos le hubieran puesto el nombre de Águila o Cóndor me hubiera sentido un poco mas atraído y me hubiera sentido estimulado para pasear por sus calles o beber una cerveza en algunos de sus bares.
Un cartel audaz de esos que pone la Municipalidad para fomentar el turismo y que, inspirado en el marketing prometen paraísos y bienaventuranzas que nunca cumplen, invitaba al “Visite Copetonas. Un Oasis (sic) de paz”. Gracias a Dios no había desayunado por que sino hubiera vomitado.
“Oasis de paz” ¿hay acaso alguna manera peor de presentar a un pueblo? ¿Qué es eso de “Oasis de paz”? ¿Es acaso la pampa sur y costera un desierto que amerite tener un oasis? Acaso los posibles ranqueles que habitaron por estos lares ¿sabrían lo que es un “Oasis”? La influencia del cine hollywoodense, sobre todo las épicas de El Sheik de Rodolfo Valentino, calaron lo suficientemente profundo en la mentalidad humana como para que algún avispado y creativo funcionario de segunda línea en la burocracia municipal se haya atrevido a promocionar la girasolera y sojera ciudad de Copetonas como un “Oasis” así, con la exorbitancia desmedida de una mayúscula inadecuada.
¿Qué sabría este burócrata de oasis? ¿Habrá acaso conocido el feroz simún o a los bravos bereberes que tragan fuego y beben lava mientras adoran a sus sanguinarios dioses teñidos de azul? ¿Qué sabrían en Copetonas de los viajes de los tuaregs por el Sahara llevando por esos invisibles caminos trazados en el mar de arena sus camellos cargados de sal, especias y oro? Quizás la analogía roquista de considerar a la pampa como un desierto al que era menester conquistar y el conocimiento de las rastrilladas indias en el verde océano de pasto y yuyo haya disparado la pueblerina imaginación del burócrata de marras. La única metáfora que recuerdo sobre la pampa como un mar y que valga la pena repetir corresponde a un ignoto folklorista escuchado una noche de insomnio en la versión televisada de Cosquín quien la definió como “un mar en donde navega el silencio”
Después de quince minutos de tragar un blanco y pesado polvo blanco del camino mejorado llegamos al tan mentado “Oasis”. Allí se bajó la feliz pareja que no dejó de mimarse en todo el viaje y pensé que quizás Copetonas pudiera ser un lugar piola y hasta bello y que valiera escribir un par de líneas como las presentes. Si a esa ciudad enclavada entre los verdes sembrados llegaba esa mimosa pareja, algo bueno debería tener más allá de la osadía creativa de su empleado de turismo. Evidentemente mi espíritu estaba dolorido y nada me podía hacer alegrar y si a ello le sumas el tedio del viaje, te imaginarás mi estado de ánimo en ese momento. El ver a esa mimosa pareja besarse y abrasarse hundía el recuerdo de mi amada y los pocos pero profundos momentos que compartimos. Quizás fui un poco duro con Copetonas. Al fin de cuentas no conocía dicha ciudad y las perdices copetonas al escabeche son un delicioso manjar que no cualquiera puede apreciar.
Al rodear la infaltable plaza central, con su comisaría, su intendencia, su sucursal del Banco de la Provincia, el busto al fundador y su calle principal llamada José de San Martin, pensé que quizás no haya sido exagerada la calificación de “Oasis de paz”. De última no esta mal la pretensión. La vida en esa pampa puede ser un poco aburrida.
El micro dejó Copetonas en una nube de ese espeso polvo blanco y volvió al camino, si es que podemos llamar así a ese sendero poceado e irregular por donde se desplazaba el ómnibus.
Luego de doblar a las izquierdas y a las derechas no se cuantas veces, de rodear lagunetas pobladas de cisnes y navegar por plantaciones verdes de soja y los dorados girasoles llegamos a Oriente del que no pienso decir nada salvo el asombro ante un ausente ferrocarril y el mudo cartel de estación que indicaba, con un persistente orgullo ya pasado de moda, algo de un esplendoroso pasado que nunca fue. Sin vías y sin andén, mudo testigo de la debacle económica que un innombrable presidente con ínfulas de sultán gobernó para mal del país, se alzaba esa ausencia ferrocarrilera en un pueblo cuyo nombre invitaba a zambullirse en viajes exóticos y fantásticos. ¿Escondería este pueblo tesoros como los que halló Ali Babá? ¿Habría una Sherezade autóctona en este Oriente? ¿Debería precaverme de los jinetes mongoles súbditos de Kublai Khan? Evidentemente la inmigración que pobló parte de la pampa provino de todo el orbe y vaya uno a saber la inspiración para denominar con tal nombre a esa zona.
Cuando el micro dejo Oriente y encaró nuevamente para al camino polvoriento la pampa se ofreció a mi mirar no ya natural y feraz, como hubiera querido Hernandez o del Campo, sino racional y económica expresándose en esos impúdicos carteles de “Nidera semillas” que ostentaban su publicidad colgados de alambres que limitaban los sembradíos y que indicaban la calidad de los híbridos germinados. Recordé a Monsanto y el glifosato y a un intolerante dirigente agropecuario y la misma nausea que agredió a Sartre se me subió a la garganta. Aún hoy la renta agraria se cobra sus víctimas.
TRES.
CUANDO LLEGUE AL BALNEARIO RETA no me sorprendió en lo mas mínimo. No esperaba encontrarme con Mar del Plata ni con Villa Gesell y mucho menos con Capri o Miami. Bah, en realidad no esperaba encontrarme con nada. Tal era mi estado de ánimo.
El ómnibus me dejó en una esquina donde había un poste indicador con el número 48 cruzado con el numero 35. La calle 48 se llama “claveles” y la 35 con el nombre de otra flor que no recuerdo. En Reta, aparentemente, no hay una devoción por próceres o fundadores míticos. Mejor. Al principio no supe si alegrarme ante esta nominación floreal de las calles o reírme de la pretensión. El primer contacto con Reta, como pueden ver, fue signado por la extrañeza. Había algo en el aire que, sin asustarme, no llegaba a comprender.
Obviamente el trazado rectilíneo de las calles y su numeración respondían a criterios racionales de planificación urbana. Supe, con el tiempo, que los ingenieros Simon Delpech, Jorge Cordeyro Echagüe y Enrique Zurini planificaron en 1927 y por solicitud de un tal Martín Reta, quien junto a Claudio Rodriguez Otero fundaron la Sociedad Pueblo Balneario Reta, una ciudad con la intensión de que fuera un lugar para turistas que quisieran descansar. Claro, las tierras en donde se iba a construir dicho balneario eran propiedad de Martín Reta quien por aquel entonces regenteaba una especie de local de comidas, que pomposamente llamaban restaurante, con el nombre de La Casualidad y que fuera famoso en la comarca. Al parecer, antes de llamarse con este nombre, fue conocido como Miramar, igual que el balneario que se encuentra unos cuantos kilómetros al norte. En dicho establecimiento y tal como dice el diario La Voz de Tres Arroyos en su ejemplar del 17 de octubre de 1928, se reunieron alrededor de ochenta y siete personas para informarse de la fundación y, además de almorzar, interiorizarse de los precios de las parcelas en venta. Quizás haya sido casualidad que un 17 de octubre se realizara esta reunión o no. A veces el destino juega sus cartas de maneras insospechadas. Tan solo diecisiete años después, algunos de esos comensales o bien se alegrarían del cruce del riachuelo por parte del pueblo argentino en defensa de un coronel preso o comenzarían a tramar su derrocamiento.
Las tierras que compro Martín Reta habrían pertenecido a Pedro Herrera quien, en virtud de la Ley de Enfiteusis promulgada por Bernardino Rivadavia en el año 1822, adquirió, de esta manera, dicha propiedad. El gobierno de por aquel entonces, ansioso por recaudar dinero para sostener el incipiente aparato del Estado, apelo a esta ley para ello y es así que muchas familias terratenientes, que se jactan de su abolengo y prosapia agraria, no reconocen su origen en virtud de la aprobación de esta ley. Tamaño regalo el de don Bernardino que sería coronado en la década de 1880 cuando el racional General Julio Argentino Roca llevara la modernidad en la punta de sus Remington y otorgara, alegre y discrecionalmente, millones de hectáreas a sus adláteres. Si bien en ese tiempo no existían los híbridos ni el glifosato, la mentalidad de esa oligarquía formada por el azar y la cercanía al poder, tendría la suficiente inteligencia y los pocos escrúpulos para enhebrar los hilos de la historia y no solo permanecer en propiedad de esas tierras regaladas sino para evitar todo intento de emancipación que pusiera en peligro sus propiedades. Justamente, el 17 de octubre, pero del año 1945, muchos de los que cruzaron el Riachuelo pidiendo la libertad del coronel preso, supusieron, erróneamente, que la historia iba a dar un vuelco y que quizás ellos también pudieran acceder a la propiedad de la tierra.
Influenciados por la corriente positivista imperante a principios del siglo XX y por las utopías urbanas en boga hacia fines del siglo XIX, los ingenieros dibujaron racionalmente el plano de la ciudad con una simetría absurda y aburrida para lo que es la naturaleza.
La ciudad se fundó en el Cuartel 14 del partido de Tres Arroyos. Se trazó un cuadriculado de dieciséis cuadras por dieciséis cuadras y los terrenos más grandes, que tenían aproximadamente 9.982 metros cuadrados, se destinaron para las plazas, cuatro en total, y luego la escuela con 3.991 metros cuadrados. El pueblo quedo conformado con ciento dieciséis manzanas tal como se puede apreciar en el plano original.
Martín Reta o quizás haya sido Otero, no se sabe, contrato a Avelino “el rubio” García quién se encargó de alambrar el predio junto a un ayudante de nombre Bautista Corral y uno de sus hijos Marcelino, a quien se lo puede ubicar hoy día bebiéndose una cerveza, o algo mas fuerte, en el viejo almacén fundado por un tal Fuertes y que queda en la calle 48 a la que ya hice referencia. Lo interesante de este local es que, el que lo alquile, debe preservar una mesa redonda y con cuatro sillas para que los parroquianos se lleguen hasta aquí y puedan beber. Tales han sido las directivas dejadas en su testamento por el fundador de dicho almacén el señor Fuertes y que yo no comprendía por aquel entonces. Con el tiempo comencé a darme cuenta del por que de esta medida, pero cuando me contaron la historia no tenía la menor idea y la atribuí a la mentalidad de los habitantes del pueblo quienes se aseguraban tener siempre una mesa para poder tomar algo después de su jornada de trabajo ya sea en el mar o en las chacras de los alrededores. Pero lo extraño es que nunca vi a nadie sentado en ella excepto a dos gauchos vestidos a la usanza criolla que estaban tomando caña.
Yo ya sabía que los utópicos, desde Platón y su República y Tomas Moro, posteriormente santificado no se por que, con su inhallable isla, como así también Owen, Le Courbousier, Fourier y los demás se dedicaban a planificar Paralelogramos, Ciudades Jardín y Falangsterios intentaron, como buenos socialistas racionales y utópicos, dominar el azar de la naturaleza confiando que la inteligencia del hombre es lo suficientemente poderosa como para domesticar en un par de años lo que a la evolución le llevó millones. El hombre en su absurda omnipotencia pretende dominar y dirigir la naturaleza. El legado greco romano se extendió por la historia con su afán imperial de dominación. Esa idea obscena y absurda de la línea recta y de la dominación racional no puede ocultar el profundo temor que sentimos al darnos cuenta de nuestra pequeñez cuando nos comparamos ante la inmensidad del cosmos que nos rodea o cuando pretendemos disciplinar a nuestros dioses con rezos o sacrificios como si la sangre de un cabrito pudiera calmar la ira de algún dios ¿pero que dios de morondanga es ese que se satisface con un cabrito o una gallina? Me quedo con los dioses mexica o nahuatl que exigen la vida de guerreros inmaculados para su regocijo. No hay dios en toda la mitología occidental que le llegue a los talones a Huitzilopocthli y su sed de corazones palpitantes ofrecidos a su voracidad.
Las utopías, mal que les pese a algunos irresponsables revolucionarios que cuando toman el poder traicionan sus principios, son antihumanas. Trataré de explicarme mejor. El hombre cree en su omnipotencia que puede planificar la ciudad perfecta. Ya les nombre a algunos de estos visionarios y sus modelos de ciudad. Están tan absortos y tienen tanta fe en sus pensamientos que no pueden darse cuenta que sus utopías nunca funcionarán y que, si lo hacen, no harán feliz ni a la comunidad que pretenden albergar ni a los individuos que las componen. Las utopías urbanas son: aburridas por ser simétricas, lineales y uniformes, lo que profundiza su aburrimiento, hostiles a la naturaleza porque pretenden dominar a ésta en el estrecho marco del egoísmo humano, dirigistas y planificadas y, por ende, coartadores de la libertad y del libre albedrío de sus habitantes.
En la utopía el hombre esta enmarcado, cinchado, si se me permite la metáfora campera y que va a tono con el paisaje, por las normas que el burócrata utópico diseña desde su oficina de planificación como aquel funcionario de Copetonas que descubrió la relación entre “Oasis” y “paz”. No hay nada más peligroso para un utópico que la libertad y creatividad humana. En una ciudad utópica no hay lugar para la inventiva humana, para la creatividad sin sentido, para la poesía irracional. El surrealismo, por ejemplo, no podría haber existido en un falangesterio. Tristán Tzara hubiera sido encarcelado en una Ciudad Jardín. Macedonio Fernandez hubiera sido expulsado de la Ciudad de Dios. Las utopías urbanas y sociales pretenden ceñir y domesticar la rebeldía y la libertad de los hombres a lo absurdo de la planificación racional y positivista de una ciencia alienante y antihumana. El fracaso de los kibutz de Israel y de los falangsterios que siguieron el modelo de Fourier y de los cuales ni siquiera quedan sus ruinas, son la mejor prueba de mis argumentaciones. La misma ciudad de La Plata, pensada con sus diagonales, son un jeroglífico imposible de desentrañar para el visitante extranjero que, queriendo ir a conocer al Museo de Ciencias Naturales termina cantando la marcha de los pincharatas del otro lado del bosque. Solo las comunidades cuáqueras o amish y las ordenes religiosas del medioevo o los hippies de El Bolsón o de Baja California han podido triunfar o tener éxito y esto se debe o por que hay una fe trascendental religiosa que moviliza más allá de un entendimiento o una huida filosófica de un ideal consumista enajenado patentizado por la ciudad industrial de fines del siglo XX.
Algo de este espíritu utópico se encontraba, quizás, en las ideas de los ingenieros que Martín Reta contrató para que dibujaran su ciudad. Reta obedece así a un dibujo perfecto, perdóneseme la exageración, en donde las calles trazadas a la manera de un damero en diagonal al mar, con dirección este-oeste, se extiende sobre viejos y persistentes medanales. El maximun de esta visión planificadora y positivista se resume en la numeración de sus calles: los números pares desembocan en el mar y los impares, por su parte, solo encuentran el océano en el infinito.
Una cosa que no debo dejar de mencionar, es que en el plano original de la ciudad, no se había planificado ningún solar para el cementerio. Se pensó en las plazas, en la escuela, en las viviendas pero no se pensó ninguna necrópolis. Es como si el hecho de querer fundar una ciudad turística desplazara a la muerte como un acontecer humano. Parece ser que para la mentalidad higienista de principios de siglo la muerte haya sido no un acaecer humano esperable sino una especie de enfermedad que la ciencia deba curar. La ciudad balneario debía esconder a la muerte en otra zona, no en esta. A los turistas no les agradaría saber que podían morir en sus vacaciones.
Mas allá de esta sencilla descripción y que no es necesariamente objetiva, Reta es bella. No posee una belleza mediterránea, como las playas de la Costa Brava o las de Amalfi, tampoco es linda por sus pinares como Villa Gesell, Cariló a Pinamar (nombre absurdo y tonto si los hay) e incluso Claromecó y su Dunamar (valga para esta toponimia lo mismo que para la otra). Reta es linda por su simpleza y por su agreste naturaleza. Sus álamos y sus eucaliptos no solo le permiten a los rayos del sol jugar con sus hojas y las sombras que estas producen sino que también albergan a pájaros multicolores pequeños que sin ser tan vistosos como el guacamayo del Caribe permiten admirar lo bello de la naturaleza. Si hay una palabra que pueda definir a este lugar esa palabra es naturaleza. De esta manera, ella se venga de los intentos planificadores de los ingenieros contratados por su fundador.
Lo más bello de este lugar, para mi atribulado gusto, son sus médanos. Majestuosos, enormes y cambiantes según el capricho del viento, con sus alturas que rompen la monotonía de la planicie pampeana y oceánica suplantándola por otra monotonía sinuosa y arenal. Son como los senos de una diosa marina elevándose de la superficie en una ofrenda al sol.
Mas allá de los intentos nuevamente racionales de fijarlos plantando tamariscos y uñas de gato, la arena en su coqueteo con el viento, se las ingenia para anular los intentos humanos en domesticarla. Este hecho, como les voy a contar, está atestiguado por la historia del Gran Hotel Playa o Playa Hotel como se conociera a este importante edificio y que nos continúa ilustrando sobre la escasa originalidad para nombrar que padecía esta gente.
Su construcción comenzó en 1927 y no fue casual ya que en esa época comenzó a planificarse la ciudad balnearia. El autor del proyecto fue Juan Uccelli quien probablemente tuviera alguna inspiración italiana en sus primeros bocetos. Después de dos años de trabajo, superando vientos, arena, bichos y todo tipo de inconvenientes como tormentas, ausencia de comida y de caminos por donde se pudieran transportar materiales y vituallas, la construcción del majestuoso hotel quedo finalizada. Así, de esta manera, quedó una gran construcción en medio de un desierto de médanos y arena simbolizando ese espíritu emprendedor y progresista que caracterizó a los hombres de principio de siglo que usufructuaron, bien empleado el término, la renta agraria que provenía del flamante y mal administrado “granero del mundo”.
Más allá del valor del fundador deberíamos analizar lo útil y práctico de la planificación de una ciudad balnearia, con su proyecto de puerto y la construcción de un hotel de características palaciegas, en un desierto alejado de cualquier centro urbano más o menos poblado. La ciudad de Tres Arroyos, fundada alrededor de 1865 por inmigrantes daneses, no podía nutrir con sus pocos habitantes dicho balneario y la cercana Bahía Blanca, en expansión por aquellos años, menos. No solo por la inexistencia de caminos adecuados sino por que la mentalidad gringa de aquellos campesinos que vinieron a “hacerse la América” o perseguidos por el hambre y la violencia que dejo la Gran Guerra no era, digo, la más adecuada para soslayarse en las bellezas balnearias. Por su lado, el ascetismo puritano del calvinismo, pudo ser un obstáculo a las prácticas hedonistas que posibilita el turismo. La lejana Buenos Aires apuntaba a la más cercana Mar del Plata para que las familias recientemente adineradas y sin abolengo enviaran a sus hijos a disfrutar del nuevo pasatiempo que posibilitaba el ejercicio del turismo como nueva práctica de la mentalidad burguesa de principios del siglo XX.
El Playa Hotel tenía dos plantas en donde se disponían sus treinta y cinco habitaciones con que contaba en sus primeros años. Tenía nueve baños, un salón de lecturas, dos amplias terrazas que, como corresponde, daban al mar y donde los ocasionales turistas se deleitaban perdiendo su vista en la inmensidad del Atlántico. Quizás algunos hayan añorado su lejana tierra al mirar el horizonte. El inmigrante, incluso el exilado, siempre guarda en algún lugar de su memoria un pedacito de su terruño. Solo los aventureros profesionales sin tierra y los apátridas pueden contemplar los horizontes sin que añoren su infancia en la tierra de sus padres.
La gente se reunía en el salón y debatía sobre los aconteceres en el mundo despreocupados por todo. Mientras en Europa se gestaba un monstruo de tres cabezas, violento, autoritario y genocida, la burguesía agrícola de Buenos Aires se paseaba por las playas de Reta y jugaba al bacará en el salón de juegos del Playa Hotel que los días domingo se convertía en improvisada iglesia donde un sacerdote llegado de Tres Arroyos oficiaba misa. Incluso en este alejado paraje la Iglesia con sede en Roma mantenía su influencia ¿Qué pecados habrán confesado las virginales jovencitas de ropa blanca y capelinas al tono? ¿Qué mentiras habrán expiado adustos señores de grueso y chacareros bigotes de sus andanzas camperas? ¿Cuántos avemarías y padrenuestros habrán rezado las comadronas por esos malos pensamientos que la asaltaban de noche recordando a los mancebos enfundados en esos ajustados trajes de baño que vieran en la playa? ¿Se habrá escandalizado el sacerdote ante estos pecados o él también debería confesar sus secretos de deseos viriles por las bellas señoritas del campo? Desafortunadamente nadie dejó registro de estas confesiones por lo que sólo podemos teorizar sobre ellas.
El Hotel no rindió como se esperaba. Parece ser que el proyecto de hacer un Waldorf Astoria en el desierto para el solaz esparcimiento de la nueva élite agropecuaria no dio los frutos que los empresarios esperaban. Demasiado esfuerzo ajeno se perdió en el arenal que poco a poco se lo fue comiendo. Claro, debo decir, el proyecto fue económico. Por más que la historia lo presente como una obra de la pujanza y tesón de los “padres fundadores” el objetivo de su construcción fue primordialmente económico y esto se comprueba por que al no contar con suficientes pasajeros que pagaran el hospedaje el hotel comenzó a venirse abajo por falta de mantenimiento. El desierto con su viento y con su arena cobró su tributo y para 1940 el hotel que pretendió ser un Versailles pampeano estaba casi en ruinas. Su camino entoscado que conducía a la playa había desaparecido y en sus habitaciones ya nadie dormía la siesta. Su amplio salón ya no albergaba a los galanes que seducían princesas y sus escasos nueve baños eran insuficientes para las demandas de aseo e higiene de las nuevas generaciones. El cura ya no tenía a quien confesar.
Si bien se intentó reflotarlo para la época del peronismo el proyecto no prosperó. El señor José Almeida intentó el nuevo emprendimiento alquilándolo y, como si el viejo nombre fuera una especie de maldición y trajera mala suerte a su proyecto, lo rebautizó con el viejo, horrible y falto de creatividad nombre de Hotel Océano. Aún hoy aparece este nombre para designar la planta de Reta pero ni siquiera sus pobladores lo reconocen como tal y me parece justo ya que mi pensamiento sobre el género humano no hubiera mejorado al saber que este estúpido nombre hubiera permanecido en la memoria de los habitantes de Reta. ¿Pero que les pasaba por la cabeza a estas personas para llamar Hotel Playa a un hotel en la playa o Hotel Océano a un hotel en el océano? Llamar así a hoteles marinos es como llamar Volcán a un restaurante al pié del Vesubio o El Barco a un cabaret en el puerto. Este tipo de tautologías nominales nunca pueden traer nada bueno. No hay negocio que pueda prosperar con esa ausencia de creatividad.
Con el correr de los años el sueño de un hotel de lujo solo quedó como un bello y romántico recuerdo en la memoria de aquellos afortunados que pudieron disfrutarlo. Algunas señoras de pelo encanecido y de andar con bastón aún se sonrojan cuando se les pregunta por su gran salón y por los bailes realizados en él y no falta quien recuerde que el índice de natalidad de la zona se haya incrementado nominalmente a resultas de los paseos vespertinos y nocturnos por los desnudos médanos, erótica invitación para el amor, que rodeaban el hotel en el desierto.
Doña maría, la emprendedora cocinera del hotel que preparaba sus delicias incluso si su turno ya había terminado y llegase un pasajero con hambre y las mucamas Quita Huarte, de evidente ascendencia india y Nides Gonzales, supieron de estos secretos amoríos y, como buenas chusmas de barrio, añadieron algunas filigranas narrativas a los sucesos acontecidos beneficiando a algunas y castigando en demasía a otras. Greta Pedersen, la abuela de los pescadores Pedersen, relata que ella y sus amigos daneses que fueron a colonizar la zona en los primeros años del pueblo, que era frecuente que tomaran baños de mar sin trajes de baño inaugurando el nudismo mucho antes que Moria Casan lo hiciera en Mar del Plata en su Playa Franca.
Para el año 1960 los Almeida dejan el emprendimiento hotelero y se van de Reta. La edad de sus hijos ya era la suficiente como para que pudieran continuar sus estudios en la humilde escuela Nº 34 de la zona y partieron dejando algunos de sus sueños de prosperidad económica en las siempre vivas arenas de su Hotel Océano. La señora Almeida fue la primer maestra de Reta y las primeras clases las dio en su casa ya que no había instalaciones oficiales para ello.
Mas allá de este fracaso económico, Reta continúo existiendo y lenta pero inexorablemente se fue poblando de a poco. Al fin de cuentas la idea del balneario funcionó no como pensaron sus primeros pobladores sino que, como siempre sucede en la historia de la humanidad, son los mismos hombres quienes deciden que rumbos tomar.
El desarrollo obligado del país en virtud del proceso de sustitución de importaciones desatado a consecuencia de la II Guerra Mundial y las nueva política económica del gobierno justicialista fortalecieron este desarrollo y el país vivió una especie de bonanza social después de tantos años de explotación e inequidad social. Como ya dije anteriormente, el turismo comienza a desarrollarse como una especie de premio o de derecho laboral tal como sucedía en los países mas desarrollados. Si bien el ícono justicialista para veranear fue Mar del Plata y sus importantes hoteles sindicales, especialmente Chapadmalal y la idea subyacente a su instalación, muchos pequeños pueblos de la costa se vieron beneficiados por esta nueva política. Para el general Perón y su mujer Evita, los nuevos y esperados derechos del trabajador, sancionados en la Constitución Nacional de 1949, garantizaban no solo el aguinaldo sino también las vacaciones. Desde ese momento la clase obrera le disputó a la oligarquía sus sitiales de privilegio y la otrora aristocrática Mar del Plata, con su rambla de madera y sus señoriales construcciones, comenzó a recibir la visita de los “descamisados” y los “cabecitas negras” que tanto amó Evita.
A tono con la época, entonces, Reta instaló un poste de primeros auxilios en el año 1947 “…con el fin de ser empleado por cualquier persona de buena voluntad, para prestar ayuda a los bañistas que por cualquier circunstancia corran riesgo de ahogarse o sufran algún accidente en la playa…” tal como reza el acta de su instalación y que fuera firmado por los vecinos prominentes de Reta. El poste en cuestión, que no era más que un palo enclavado en la arena de la playa muy similar a esos que soportaban los cables de electricidad y que se iban extendiendo a lo largo del país, contaba con un salvavidas tipo anillo, una larga soga, un botiquín y un catre que oficiaba de camilla. Excepto el salvavidas, la cuerda y el catre, todo se encontraba resguardado en una caja con tapa de vidrio que debía romperse por esa “persona de buena voluntad” que creyendo que fuera necesario hacerlo para salvar la vida de alguien o “para prestar ayuda a los bañistas”, estimara su utilización. La instalación de este poste, ornamentado con la universal cruz roja sobre fondo blanco, pareció dotar no solo de un estatus moderno al balneario sino que venía a cumplir con los preceptos higienistas y de salud pública que el gobierno justicialista pretendía implementar. Quizás el Dr. Castillo, ideólogo y motor de esta corriente asistencialista, se hubiera alegrado del ímpetu modernizador de los que inspiraron tal instalación. Y, si debo ser justo, si el mentado y aparatoso poste salvó una sola vida bienvenida haya sido su instalación, al decir del salvado.
Hoy en día ya no es necesario un poste de Primeros Auxilios. La existencia de atléticos y apolíneos guardavidas, entrenados para la ocasión, montados en sus Jeep o en sus briosas motos de agua hacen innecesario el coraje de algún vecino “con buena voluntad” que viendo peligrar la vida de algún conocido, se arriesgue para rescatarlo de las aguas atlánticas. Al conocer la historia del poste no pude menos que esbozar una sonrisa al pensar en algún Johnny Weissmüller que, como un Tarzán criollo, se arrojara al mar plagado de aguas vivas, yendo presuroso a rescatar a una dama que fingiese estar ahogándose con el solo pretexto de ser abrazada por ese Adonis náutico que fuera en su auxilio. No esta mal, siempre pensé, urdir alguna treta, algún ardid para que germine el deseo y nada mejor que una falsa situación de peligro para que el espíritu aventurero de algún tímido galán se desatara a instancias del pedido de auxilio de una atribulada dama en apuros. El amor, como dijera al principio, responde fantásticamente bien a los principios heroicos y gallardos del galán que se anime.
CUATRO
DEJE MIS ESCASAS PERTENENCIAS en la habitación rentada y me dispuse a recorrer el pueblo. Obviamente a la media hora de comenzar mi recorrido ya lo había conocido, o eso percibía, en un noventa por ciento. Reta no es un lugar que cuente con lugares significativos y como todos podemos imaginar, más allá de su plaza principal con su horrible busto en honor al Almirante Brown, sus dos iglesias que compiten en su soledad por la fe de los feligreses, su sala de atención médica, su puesto de vigilancia policial que al parecer es suficiente para mantener el orden en sus calles y sus pocos locales, no hay nada en Reta que la distinga de otros pueblos de la costa atlántica. O quizás si.
Al no poder cumplir el sueño anhelado de poseer un ramal propio del Ferrocarril del Sur, por aquí la evolución de la ciudad no siguió la dinámica esperada. Generalmente, y en la mayor parte de los casos, los pueblos de la campaña se han organizado alrededor de la estación del ferrocarril cuando este existió o alrededor de la plaza principal con el típico formato de las poblaciones heredadas del colonialismo español. Siguiendo el modelo imperial, la plaza se encontraba frente al cabildo y, como recuerdan, de la Iglesia. Esto nos sugiere la ausencia de la idea de mercado en la mentalidad española. En cambio, si la ciudad creció en virtud de la existencia del ferrocarril, frente a la estación hallaremos un hotel y locales de compra y venta, tal como sugiere el ethos protestante de la mentalidad capitalista, especialmente británica. Pero en Reta no sucedió así.
Los locales más importantes se ubican en la calle 48 que viene a funcionar como una avenida principal con sus supermercados y negocios con artículos de regalo pero la delegación municipal, se halla en la calle paralela, más cerca de la playa donde el Brown que les mencioné muere nuevamente. Sus dos iglesias están separadas (¿Por qué un pueblo tan chico ameritó la instalación de dos iglesias? ¿Serían muchos los pecados por confesar de su gente? ¿O las bellezas del lugar y la soledad de sus playas fueran suficiente y poderosos atractivos para que los hombres dedicados al Señor pudieran realizas sus ejercicios espirituales en paz y en comunión con la naturaleza y contemplar la magnificencia de la obra del Creador?). Un poco más allá la colonia de vacaciones Bartolomé Mitre fundada por don Emilio de la Calle el 24 de enero de 1928 destinada a alojar a estudiantes, maestros y periodistas, estos últimos portando un raro privilegio vacacional, el cuartel de bomberos con su sirena instalada en el techo y que en días de mucho viento o se escucha mucho o no se escucha nada, la gruta de la Virgen de Lourdes con sus placas recordatorias a los fallecidos y ahogados y en donde algunos jóvenes rebeldes y un poco insensibles han escritos algunos grafitos incomprensibles; y las demás construcciones que le dan a Reta su personalidad.
De entre todas las construcciones existentes en el balneario, hay una que por su originalidad merece un destaque especial; este es el túnel submedanal. Esta construcción es un túnel de aproximadamente treinta o treinta y cinco metros de largos por un metro y medio de ancho y casi dos de alto que corre por debajo de un medano. Se construyó para que drenara el agua de lluvia que allí se acumulaba y que formaba una especie de molesta laguna que impedía el paso. Con buen criterio, los vecinos decidieron demandar la construcción de este túnel y así solucionar esa problemática inconcientes de que, con su acto, estaban dotando de una construcción original al pueblo ¿Dónde existe otro túnel que pase debajo de un médano? Si alguien conoce la respuesta le agradecería que me enviara la información.
Como se puede apreciar, Reta no cuenta con un centro cívico en donde ubicar las instituciones civiles sino que estas y los locales comerciales así como las instituciones educativas y religiosas se han dispuesto como por azar enfrentando nuevamente los designios planificadores de los ingenieros urbanistas. Esta característica, obviamente, es una de las que mas me agrada no solo por que presenta una originalidad mucho más humana sino por que esconde algo de rebeldía al no aceptar el destino simétrico y positivista al que fueron sometidos algunos pueblos bonaerenses y que respondían a un ideal de perfección y progreso enclavado en la mentalidad burguesa y liberal de la década del ´20. Quizás si se hubiera instalado la estación de ferrocarril Reta hubiera contado con un edificio de estilo inglés pero su historia hubiera sido diferente.
Después de recorrer sus solitarias calles y de ubicar correctamente el bar en donde pasaría parte de mi estadía me fui a conocer la playa.
Las playas, en esta parte de la geografía, son especiales y únicas. Especiales por que son anchas como para que el viento que las recorre no se sienta atrapado. Su extensión, desde los medanos hasta el agua promedia los cien metros de arena aproximadamente que, cuando el sol pega en forma directa, levanta sus buenos grados de temperatura. Tal es así, que si no caminas calzado podes llagar tus pies.
A la extensión se le suma el fuerte viento que levanta la arena que terminará estrellándose en tu cuerpo produciéndote una especie de caricia mimosa con la que la playa te agasaja. Bah, para algunos solo es una molestia pero ya sabemos que cada uno de nosotros tenemos apreciaciones diferentes sobre los mismos sucesos. La playa en Reta, como descubriría, tiene esta particularidad.
Si por una de esas cuestiones meteorológicas llega a soplar viento norte, el “viento de los locos”, el mar queda planchado y quieto, como si fuera un mar de aceite de girasol, no por el color sino por su quietud. Es una invitación a zambullirse de cabeza en el pero, si lo haces, podes llevarte una dolorosa sorpresa ya que en estas condiciones, emergen a la superficie y se acercan a la playa miles de aguas vivas que te hieren con sus urticantes filamentos arruinándote el día. Cuando esto sucede, la única manera de aliviar el agudo dolor es recurrir a leche de cebolla o al vinagre tal como dicen los lugareños. Pero yo no creo que este remedio casero sea eficaz. Solo el hielo y la cortisona pueden funcionar para el alivio que produce el ardor del veneno de las agua vivas. Si no fuera por esto, la playa estaría buenísima pero, ya ves, parece ser que la felicidad no puede ser completa. Como en el Tai Chi o huevo del mundo de la cosmología del Tao, el Yin y el Yang se encuentran siempre en tensión. En la alegría absoluta se encuentra el germen de la infelicidad y en el mayor de los dolores se anida el germen de la felicidad. Cuando sopla el viento norte en las playas de Reta y emergen las aguas vivas, se comprueba que los filósofos chinos no están tan errados en su apreciación sobre el devenir de la vida en esta tierra.
Si uno comienza a caminar por la playa, como para el lado de Claromecó, se encontrará con la salida del túnel submedanal y un poco mas allá los restos oscuros del un barco hundido que, como todo buen arqueólogo marino sabe, se los denomina pecio.
Como todo balneario exótico, Reta cuenta con dos pecios, uno a la vista del que quiera y otro que esta sepultado por las arenas y al que solo acceden los estudiantes avanzados que llegan desde la Universidad Nacional de la Plata para realizar sus investigaciones.
Los restos del barco hundido hoy son casi irreconocibles ya que parecen solo un montón de escombros marinos semisepultados en la playa y cubiertos permanentemente por la espuma del mar. Colonizados por bivalvos que se han adheridos a los restos del barco, emergen como una rara escultura oscura llamando la atención, ya que si no sabes de qué se trata, te extraña las formas rectas de dichos restos. El color oscuro de los mejillones le da un tono un tanto tétrico a toda la formación.
Hasta hace un par de años atrás se podía ver la chimenea de la caldera por lo que se supone que fue un vapor que, por una tormenta, encalló en esas playas. Los estudiosos no saben fehacientemente el nombre del barco y hay algunas teorías. Algunos creen que es la fragata La Victoria pero otros dicen que es el General Villegas. Justamente con este nombre aparece en una publicación de Claromecó y se dice que sucumbió en un fuerte temporal que asoló la zona no se sabe cuando. El diario La Nueva Provincia de la ciudad de Bahía Blanca publicó en el año 1969 que el nombre del barco era el de la fragata La Victoria en un raro artículo en donde consigna que allí, en ese lugar de la playa, se pescó una corvina negra que peso 22 kilogramos y que el pescador, un tal Jorge Ariel Monalli, luchó por mas de una hora para sacarla del mar. Claro, parece ser que los dioses del mar no entregan fácilmente sus súbditos. El diario avanza más en la noticia y nos dice que “…la pesca fue realizada a media noche, utilizando caña de lanzar de fibra de vidrio, nylon de 60 y carnada de almeja”. Si bien no hay muchas indicaciones acerca del pecio, es la primera publicación que se atreve a nombrar los restos náuticos.
Al parecer, la fragata La Victoria habría encallado en las cercanías del arroyo Cristiano Muerto que queda cerca de Orense. Esta información fue publicada en la revista Barcos y Veleros Nº 5 perteneciente al Museo Regional de Necochea Egisto Ratti en el año 1978. Dicha embarcación partió del puerto de Buenos Aires con destino a Puerto Deseado transportando carbón de Cardiff y rieles de acero sueco para las obras del ferrocarril patagónico. Sin saber, esta fragata nos esta dando, muchos años después de que zarpo, valiosa información sobre el poblamiento de la Argentina y, analizando su carga, podemos decir que eso del “crisol de razas” como nos definen se cumple también en las mezclas de productos y materiales con que se construyó nuestro país.
El barco naufragó, y en esto están de acuerdo casi todos los investigadores, a causa de un temporal. La tripulación fue rescatada por personal de la estancia Santa Catalina, propiedad de la señora Julia Saenz Rosas de Rosetti, valga la redundancia, quien los cobijo en su propiedad hasta que pudieron resolver su problema por sus propios medios.
Este barco, más allá de su nombre, era un vapor ya que, como dije en unas líneas mas arriba, se podía apreciar la chimenea de la caldera. Este dato indica que el pecio era un vapor por lo que, sumado a los demás indicios, parece indicarnos que era nomás la fragata mentada. Del interior de este rescate, se extrajeron vigas de hierro inglés, no sueco como decía el otro informe, por lo que se supone que transportaba rieles para el ferrocarril. Por los datos recogidos suponemos que el naufragio haya sido a principios del siglo XX, cuando aún Reta no era Reta. Esta ciudad ya tenía un naufragio, o dos, cuando se fundó.
Lo interesante de este naufragio es que nos está indicando que por esta zona pasaba una línea marítima de transporte hacia el sur. Muy probablemente, el catalejo de Darwin haya captado, cuando navegaba a bordo del Beagle con Fitz Roy, las arenas y los medanales de Reta que aún no se llamaba así. Seguro desembarcó en la cercana Monte Hermoso, pues hay datos de que ello sucedió, antes de proseguir su viaje hacia la Patagonia austral en donde conoció al selk´ nam que bautizó como Jimmy Botton y que llevara hacia Inglaterra. Dicen, pero yo creo que no es del todo cierto, que por estos lugares, en donde aún hoy en día es mas frecuente de lo que uno piensa encontrar restos paleontológicos, que el biólogo inglés haya comenzado a dar forma a su teoría de la evolución navegando por estas aguas, pero es difícil. Charles Darwin nada nos dice al respecto pero si menciona a las Islas Galápagos en el Pacífico y no a estas desoladas playas. Quizás esta misma desolación haya incentivado la fértil imaginación de los parroquianos, quienes en la soledad del invierno pampeano y entonados con alguna ginebra o caña fuerte, inventaran historias que, más allá de la seducción que pueden presentar para oídos como el mío, nada tienen de exacto. Sumado a esto, la necesidad de contar con algo que valga la pena y que ubique a esta soledad como un punto en el mapa que merezca destacarse más allá de bandoleros, malones o plantaciones haya estimulado dicha historia.
Lo que si estamos en condiciones de afirmar es que Darwin pasó por estos lugares y que desembarcó en alguna de estas playas para realizar relevamientos del terreno y para juntar algunas muestras para su colección. Es muy probable que se haya entrevistado con algunos de los comandantes de los fortines de la frontera sur y que se haya comido algún asado de guanaco o de avestruz.
El río Quequen Salado o Mulpunleufú, como le decían los indios Pampas, marcaba la frontera sur del partido de Tres Arroyos y allí, justamente, se situaba la línea de fortines como defensa contra el ataque de los indios quienes no estaban muy conformes, debo decirlo, con que los colonizaran. El 15 de junio de 1870 alrededor de trescientos indios de lanza capitaneados por los caciques Antemin y Juan Chugiur malonearon por la zona y se llevaron algo de hacienda y algunas cautivas lo que motivo que el gobierno nacional prestara un poco mas de atención al tema. En realidad, y si debo ser exacto con el registro histórico, el coronel Alvaro Barros, comandante de la frontera sur, eleva en 1867 un informe al Ministro Julián Martinez en donde “recomienda” la construcción de nuevos fortines. Se los designará, finalmente, con los nombres de: El Ciudadano, El Veterano, La Ley y La Libertad. La elección de estos nombres evidentemente nos indica la carga de civismo que imperaba en la mentalidad militar de aquella época y que desafortunadamente para la Nación se perdió.
El mismo año, el comandante de la costa sur, Lopez Osornio informa a sus superiores que “…los fortines existentes a orillas del Quequén Salado son: el Marco Paz, situado en el paso que esta a doce cuadras del Ojo del Agua, el Buenos Aires en el paso de Las Piedras, el Campamento en el paso de Los Indios, El Año 10 en el paso de las Rosetas, El Argentino en el paso de las Rosas y el Libertad en la boca del mar” Estos, como averigüe, eran los únicos pasos por donde se puede cruzar el río por lo que los indios no podían cruzarlo sin ser visto por el personal de alguno de estos fortines. El río Quequen Salado es raro por que tiene lugares en donde se puede cruzar caminando, algunas caídas de agua y en otros en donde solo podes atravesarlo navegando en botes. Era, para la época, como una especie de frontera natural por lo que fue muy fácil controlar los malones indios.
Los fortines a los que hago mención eran precarias y rústicas viviendas o ranchos como se les dice. Incluso existieron algunos que no eran más que cuevas cavadas en el suelo que se hacían para protegerse del viento y del frío característico de la zona. La construcción que los definía era el clásico mangrullo o atalaya que a veces estaba techado con paja de totora, muy abundante en la zona.
En esas precarias construcciones un oficial, un sargento, dos cabos y nueve soldados pasaban su vida en la monotonía y peligrosa pampa y le corresponde a Miguel Hernandez el privilegio de habernos dejado una semblanza de esta vida en su historia del gaucho Martín Fierro.
Quizás, como dijera hace un rato, Charles Darwin haya pasado algunos días recolectando bichejos y huesos al lado de estos soldados acostumbrados a mirar el horizonte en la ancha pampa que desbordaba su entorno.
CINCO
LO QUE ME LLAMO LA ATENCIÓN AL LLEGAR A LA PLAYA fue la cantidad de gente que estaba allí. Yo pensé que encontraría apenas un par de turistas tomando sol y jugando al tejo de playa pero me equivoque. La playa, hacia el lado del pecio (barco hundido) estaba prácticamente colmada. Pero no eran adolescentes surfeando o tomando sol sino que, extrañamente, parecía ser gente como de otra época a juzgar por el atuendo.
Algunas de las señoras mayores estaban vestidas con batas largas y finas que las cubrían de las miradas indiscretas. Había una, particularmente, que estaba vestida de pollera blanca larga, medias y zapatos blancos y camisa también blanca y un saco rayado portando una sombrilla para que la protegiera del sol. A su lado, un hombre mayor con un gorro de corcho, como esos que usaban los exploradores británicos en la India, miraba la playa y saludaba amistosamente a muchos de los bañistas. Todas ellas, sin excepción, portaban enormes capelinas de tonos claros que dibujaban sombras en sus cuidados rostros maquillados. Mucho de los hombres estaban vestidos de saco, corbata y chalecos de colores claros y calzaban zapatos acordonados. Otros, en cambio, estaban ataviados con los antiguos trajes de baño que cubrían todas sus partes de las indiscretas miradas de las señoras. Hasta los más chiquitos se encontraban vestidos de esta manera. Un par de coches antiguos, muy parecidos al Ford T y al Ford A, conocido como “bigotes” por los guardabarros sobresalientes, se encontraban alineados cercanos a la línea de médanos. Algunas casillas de madera con ruedas y con techos a dos aguas, de tan solo medio metro de ancho por dos de alto, se encontraban alineadas también paralelas a la playa. Había un cartel que decía “Cambiadores. $2.MN” y hacia referencia a la moneda nacional en circulación a principios de siglo. Le gente le daba unas monedas al hombre que las cuidaba y se introducían en ellas justamente con la intención de cambiarse la ropa y ponerse el atuendo playero. El encargado era un hombre que tenía un parecido sorprendente con la imagen que se tiene del Quijote, pero sin Rocinante, con una mezcla de Horacio Quiroga. Flaco, huesudo y con una espesa y larga barba oscura, se mantenía en silencio fijando sus profundos ojos en el horizonte marino. Vaya a saber uno que elucubraciones pasarían por su cabeza.
Todo era muy raro. Una azulada bruma envolvía a estas personas quienes charlaban amigablemente mientras las olas iban y venían en ese eterno devenir milenario propio del mar. Nadie tomaba mate o café tal como es la costumbre de hoy. Algunos pocos se recostaban en la desnuda arena con la explícita intención de captar los rayos solares pero, como dije, solo eran unos pocos. Lo raro, también, es que siendo ya pasado el mediodía, nadie proyectaba sombras como era de esperar. Se lo atribuí, claro, a un efecto óptico. Ya sabemos que los rayos del sol cuando chocan directamente con la arena, en ese maridaje que llevan hace millones de años, suelen producir alteraciones visuales y hacernos ver imágenes que en realidad no son.
Mezclados entre ellos, había también un par de gauchos y algunos inmigrantes. Esto lo supuse por el ropaje ya que los gringos debían pasar al menos un par de años en la campaña para ataviarse a la manera criolla. Luego, cuando la adaptaban, ya no se separaban más de ella.
Algunas personas estaban escuchando sus walkman incluso sus MP3 y lo raro, vuelvo a decir, es que a estas no las cubría la bruma azulada. En fin, en ese carnaval marino parece ser que se encontraban todos los que iban a la playa.
Obviamente todo esto que describo debía obedecer a una fiesta de disfraces que la Delegación Municipal habría organizado para incentivar el turismo. No está mal. A mi me encanta el poder disfrazarme y pintarme la cara. Esto se lo debo a mi amor por el carnaval y la rebeldía en serio que expresa. Poder trasmutar en otro, dejar de ser uno mismo para ser aquel que siempre se anheló, es una de las particularidades positivas que nos brinda el carnaval. Además, están los tambores. Sin tambores el carnaval pierde su sistema cardíaco. Y si bien el actual carnaval esta muy domesticado, disciplinado y privatizado, acá y en Uruguay, aún mantiene algo de esa anarquía que tuviera en los primeros años. Lamentablemente no todos lo entendemos así y hay algunos que solo se entretienen en molestar al otro arrojándole esa maldita espuma sintética que te venden en aerosoles con el otra vez falto de creatividad nombre de “espuma Rey Momo” y que te dejan aureolas en la camisa o remera. ¿Qué sentido tiene divertirse molestando a los otros? ¿Por qué existe esta horrible costumbre de jugar con agua, incluso con agua con pimienta, en la temporada de carnaval? Ya el Brigadier Juan Manuel de Rosas había prohibido este malsano juego cuando dispuso del poder para hacerlo, pero la gente no lo acató. El carnaval en Buenos Aires, por aquellos años, sin ser un hecho reservadamente negro, llevaba en los barrios esclavos el alma y me gusta pensar que en la carcajada sonora y estridente de algún bailarín transpirado que exhibe su torso ante la mirada del patrón, van las carcajadas de todos los negros del barrio riéndose de él. En el ritmo del cuero vibrando a un compás marcado por el corazón, vuelan las palabras sin letras que el carnaval despierta. Al mismo tiempo, y en otro sentido, supongo que el volcar un balde con agua sobre el delicado cuerpo de alguna señorita que a sabiendas de la práctica de este juego en la época de la colonia, se vestía con delicadas y finas ropas con la erótica intención de que el agua vertida por algún caballero galante se le adhiriera al cuerpo y exhibir así sus dotes, en la sociedad colonial rosista, posibilitaba el acercamiento entre los sexos. Quizás no está tan mal después de todo jugar al carnaval.
Me quedé un rato mirando como, hacia el lado del pecio, la gente se divertía en ese extraño mardigras y, cuando me aburrí, me fui a tomar una cerveza al bar.
Caminando hacía allí, fui pensando que debía reservar mesa en algún lugar porque, con esa cantidad de gente vista en la playa, los restaurantes y bares estarían llenos. Ya me ha pasado en época de vacaciones querer ir a tomar una cerveza o comer una pizza y no hallar mesa. Generalmente en la costa en temporada alta la posibilidad de comer una pizza esta en relación a la cantidad de sillas y mesas que siempre son escasas para la clientela. Previendo entonces esto, me fui a reservar una mesa para la noche. Esto de la muchedumbre, debo decirlo, me satura un poco.
Elegí el local un poco por la fachada y otro poco por que había un cartel escrito con tiza que decía “canelones caseros de verdura + una bebida gaseosa: $16. Pollo al disco con papas fritas + una gaseosa o un vaso de vino: $18. Filet de pescado con papas fritas + un vaso de gaseosas: $16” Obviamente, el pollo fue mi elección.
Me acerqué al mostrador que estaba atendido por una bella señorita de inmaculados dientes blancos y, claro, de una luminosa sonrisa y le pedí que me reservara una mesa para el horario que pudiera. Me miró desde unos profundos ojos que mostraban un poco de sorpresa y me dijo que no me hiciera problema, que siempre había mesas disponibles así que me quedé tranquilo y me fui a buscar un libro para leer. Por suerte, al retirar un cuadernillo en la pequeña oficina de turismo que queda al lado del Puesto de Vigilancia de la Policía, me enteré de que Reta tiene una biblioteca y me fui para allí. Algo iba a encontrar que me inspirara para escribir. Había adquirido este hábito y me gustaba dejar constancia sobre lo que me pasaba desde que era un niño y que me enseñaran los rudimentos de la escritura, y los libros generalmente me inspiraban. Las bibliotecas, como bien sabía Borges, son un misterio que esconde aventuras en sus pasillos. El viejo solía perderse en esos laberintos llenos de libros y muchas veces se encontraba con el final de algún cuento. Quizás Funes y Ema Zunz hayan sido concebidos allí.
Cuando salí de la biblioteca ya eran las nueve y media de la noche y el cielo comenzaba a oscurecerse de a poco cambiando el celeste por el negro estrellado. Las impúdicas estrellas mostraban su luz en la Vía Láctea y uno no podía menos que envidiar a Galileo y a Hubbles por estar enamorado de ellas. Me fui para el restaurante con la sana intención de probar el pollo al disco que promocionaban. La lectura y la noche me habían mejorado un poco el ánimo y aunque aún llevaba la foto de ella en mi bolsillo y cada tanto la acariciaba, el dolor, sin mitigarse, se hacía más llevadero.
Como bien me había dicho la hermosa morocha hacía tan solo un par de horas atrás, el local solo tenía un par de turistas. No solo me gustó que no estuviera repleto sino que también percibí que la morocha se había cambiado de ropas lo que me agradó por ser uno de los hábitos más femeninos que conozco. Cuando vio que me acomodé en una mesa, se acercó y me preguntó:
- Buenas noches. ¿Va a comer algo?-
- Buenas noches- le respondí tratando de sonar lo mas educado y caballero que pudiera.- Si, por favor, quisiera probar el pollo al disco y un vaso de vino tinto.-
- Perfecto- y anotó en su libretita mi pedido.
- ¿No quiere probar unas berenjenas escabechadas de la zona?- me preguntó.
- ¡Si, claro!- exclamé asombrándome de mi exageración.
- Bueno, ya te traigo- me dijo y me regaló una sonrisa que me produjo mucho mas que alegría.
“Raro en mi” pensé “¿de donde tan caballero? Bue, son estas cosas que pasan cuando uno sale de vacaciones” me respondí y una rara sensación de satisfacción desconocida hasta ese entonces comenzó a apoderarse de mí suave y lentamente que colisionó con el sedimentado sentimiento que yo tenía por mi amada. Su foto continuaba en mi bolsillo trasero como un ancla que me fijaba a un pasado reciente del que no podía desprenderme. No pude sacar de mi mente la idea de traición pero ¿yo estaba traicionando mis sentimientos al sentirme halagado por la sonrisa de la morocha? ¿O era el propio devenir de la vida que me volvía a dar una nueva oportunidad incluso cuando no la merecía?
El pollo estaba buenísimo y el vino también. Cuando termine de cenar, pagué mi cuenta rápidamente pues estaba como un poco asustado con el asunto de la morocha. Espere que siquiera esperé el vuelto, además, no era mucho.
Salí a la calle satisfecho con mi día y decidí ir a un local que tiene pool, bowling, jueguitos y que me parecía que podía divertirme un par de horas. El camino desde el restaurante hasta el local era corto y solo me crucé con dos o tres personas que estaban caminando por el centro de Reta. “Que raro” pensé. “¿Dónde estará toda la gente que estaba en la playa?” La vida en esta ciudad balneario es muy tranquila y familiar así que supuse que deberían estar en sus casas cocinando o charlando, vaya uno a saber. Las vacaciones, para algunas familias, es un momento de unidad y de esa comunión tan particular que refuerza los lazos comunitarios. Para otras, en cambio, el hecho de tener que estar juntas más tiempo del conveniente puede transformar las vacaciones en un infierno.
Camine un par de cuadras por la solitaria ciudad y decidí que no iba a ir a ese local. Lo dejaría para mañana. El día había sido largo y yo estaba cansado. Me fui a dormir.
SEIS.
ME LEVANTÉ CUANDO EL SOL YA ESTABA ALTO EN EL CIELO. Había dormido excelentemente bien. El piar de los pajaritos me arrulló durante un par de horas y me mantuve en ese estado, tan conocido por Macedonio Fernandez, y que definiera magistralmente en su libro “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. Es ese estado entre el sueño y la vigilia en donde no solo se entremezclan los recuerdos, incluso los mas lejanos, sino que toda la realidad que nos rodea aparece como mas fantasmal, como una realidad percibida mediada por una pátina que modifica los colores y las percepciones tanto visuales como auditivas. Evidentemente, los hindúes y los jainistas tienen algo de razón en atribuirle al Velo de Maya el carácter ficticio de la realidad. La racionalidad occidental depende mucho de los sentidos y estos, particularmente, no necesariamente captan la realidad tal cual ella es. Creemos que vemos cosas que en realidad no lo son y no vemos hechos que suceden delante de nuestras narices sencillamente por que no estamos capacitados para ello por falta de ejercicio. Si pudiéramos desprendernos, como dice Macedonio, de esa racionalidad formal que nos han enseñado desde chiquitos y desarrollamos la capacidad de navegar en ese estado de vigilia que sobreviene mientras nos estamos despertando o cuando comenzamos a dormir, el mundo asumiría otra representación ante nuestros sentimientos y emociones y creceríamos, quizás, en nuestra comprensión del cosmos. Yo era un eximio capitán navegando en las aguas de esa vigilia de los ojos abiertos.
Cuando el sol se estrelló en la pared que me enfrentaba consideré que era hora de levantarme. Fui al baño, me higienice y me prepare unos mates. Si, ya se. No es muy saludable desayunar con mate y pan de ayer, ya me lo dijo mi nutricionista pero yo estoy acostumbrado desde pibe a tomar mate y no puedo dejar un hábito tan arraigado. Lo que conviene, me dijeron, es desayunar un yogurt con cereales, frutas y un poco de queso, pero a mi no me cabe. Yo quiero o un café con leche con tostadas o factura y el infaltable mate así que preparé mi desayuno y me puse a planificar mi día. Iría nuevamente a la playa a leer un poco y a tomar sol. El bronceado me queda bien.
Me fui para el lado del arroyo pues me dijeron que allí es factible ver muchas aves pues es un punto de reunión para que ellas puedan beber. Queda como yendo para Claromecó, un kilómetro mas allá del pecio en donde estaba la fiesta de disfraces de ayer así que, sin llevar nada, me puse mi gorro y me encaminé para la playa por el mismo camino que había hecho ayer. Extraordinariamente algunos de los transeúntes me daban los buenos días como gesto de buena educación. Reconocí a algunos de ellos pues estaban ayer en la playa.
Este hecho me agrado sobremanera por que me encantan los buenos modales y la etiqueta. No es frecuente que gente desconocida nos salude a la mañana. Como dice Leon Gieco hay que recuperar el “buenos días, el por favor y el muchas gracias”. Bah, en realidad Gieco dice muchas cosas.
La mañana depararía nuevas sorpresas.
Al llegar a la playa vi lo mismo que había visto ayer. Hacia el lado del Quequén, había unos muchachos jugando a la paleta, otros al fútbol, otros cantando con una guitarra un poco desafinada canciones pasadas de moda, más allá algunos pescadores intentando sacar el fruto del mar, una pareja con un niño de alrededor de seis años que jugaba y que se reía al ver como las olas iban y venían y le decía a sus padres “¡Ahí viene el agua!, ¡Ahí viene el agua!” y salía corriendo con su gran sonrisa abierta a abrazarse con su padre quien también se reía junto a su hijo.
Para el lado del pecio, estaba la misma gente de ayer. Con sus trajes de principios de siglo, sus antiguos coches y sus cabinas para cambiarse. La misma bruma azulada los cubría embelleciendo el paisaje. Como no quería molestarlos en su diversión, en vez de caminar cerca del agua, en donde la arena es mas dura y el pie se apoya mejor, decidí ir por la zona mas alejada de la costa, más cercana a los médanos y en donde la arena no solo está mas caliente sino que, al estar seca, no se compacta como en aquel sector en donde llega la pleamar y en donde, si tenes un poco de suerte, podes recoger almejas. Me fui caminando despacito hacia aquel lado y, al llegar cerca de donde estaba la gente, los saludé ya que era práctica común por lo que había podido ver a la mañana. Los que me vieron respondieron afectuosamente mi saludo sonriéndome educadamente y continuaron con lo que estaban haciendo. Reconocí algunos de ellos que me saludaron cuando iba a la playa. Me llamó la atención que el sector de la playa en donde estaban no tenía huellas, es decir, sus pies se apoyaban en la arena pero no dejaban las huellas marcadas de los pies tal como sucedía en el otro lado. Quizás la arena allí tuviera otra consistencia. “Que raro” pensé, pero no preste demasiada atención.
Cuando llegué al arroyo, más allá de que había algunas personas disfrutando de la soleada mañana, con sus camionetas 4x4, sus jeeps y sus coches areneros, era verdad lo que me habían dicho; el lugar estaba atestado de aves. No solo había gaviotas flotando en el viento sino que se podían ver algunos cormoranes, cisnes, teros, palomas, cardenales, jilgueros, torcazas, zorzales, calandrias, moncholitos, chingolos, bandas de cotorras y loros barranqueros y muchos pequeños pajaritos de colores variados donde se destacaban unos con el pecho rojo, otros que la gente del lugar le dice “monjitas” por que son todo negros con las puntas de las alas blancas y una especie de antifaz del mismo color que me hacía recordar a los benteveos o bichosfeos de la zona del Río de la Plata y que al parecer no habían colonizado esta zona. Volando mas alto que las gaviotas y no mezclándose con las otras aves, volaban majestuosamente y haciendo sus complicados giros y contragiros, las hermosas y lustrosas golondrinas orgullosas de sus habilidades aeronáuticas.
La verdad, debo admitirlo, el mirar a los pájaros me da una agradable sensación de libertad. Así como cuando miro a los insectos, especialmente a las arañas, me asombro de la evolución, de cómo esta fue formando la vida en la tierra y como todos los seres vivos nos vamos adaptando a las circunstancias que nos obligan a ello, al mirar a las golondrinas ir y venir en el cielo y a las gaviotas estar atentas para rapiñar un poco de comida de otro pájaro, no puedo menos que alegrarme por poder captar y admirar este espectáculo que la naturaleza nos da en algunas ocasiones. Evidentemente, Reta es una ciudad en donde se pueden apreciar este tipo de espectáculos y yo tengo esa rara habilidad para captarlos. Desde chico pude ver cosas que los demás no ven.
No había mucha gente en esta parte de la playa y, si enfocaba un poco mi vista, podía ver que la mayor parte de los turistas se juntaban por el lado del pecio en donde estaba el baile de disfraces que, evidentemente, había sido un éxito. Como ya era la hora de comer decidí volver hacia el pueblo pero no ya por la playa sino que me propuse conocer los medanales y las calles paralelas a ellos. Los hilos de la luz que estaban instalados en los postes que acompañan el camino me servirían como guía y, además, era difícil que me perdiera. Como mucho, caminaría un poco de más.
Traspase la línea de médanos y encontré el sendero que me llevaría al pueblo. En esa parte de Reta la civilización parecía lejana y desconocida y sino fuera por los postes de electricidad, me animaría a decir que miraba un paisaje tal cual estaba quinientos años atrás. Se sabe, desde que Darwin encontró restos paleontológicos, que la zona es rica en este tipo de hallazgos. No me preguntes por que, a que se debe este hecho, lo único que se es que caminando por la zona, los entendidos saben encontrar restos del pasado paleontológico que la tierra guarda celosamente y que solo se los muestra a aquellos que la saben seducir. La Pacha Mama, como creen en los Andes, es una dulce mujer fértil que cumple sus promesas a los que honestamente la respetan.
Caminando por ese sendero, lo único que me acercaba a la modernidad eran los postes con sus prolijos y paralelos cables que indicaban la instalación eléctrica. Algunos terrenos se encontraban alambrados pero eran muy pocos. La mayor parte de ellos eran una especie de monte de arbustos de tamariscos, algún que otro pino perdido y los eucaliptos y álamos plantados en época de su fundación. Por allá se podría ver una casa perdida en los médanos y un poco más allá, hacia la entrada, otra más. Una hermosa soledad desierta me acariciaba junto con el abrazo del sol del mediodía y yo comenzaba a ser un poco más feliz. No se por que pero me sobrevino el recuerdo de la morocha de la ancha sonrisa.
El costado del camino estaba plagado de las cuevitas que hacen esos topos más conocidos como tucu-tucu o tuco-tuco y que suelen salir a curiosear para ver quien anda por su territorio. No sea cosa que aparezca una yarará o una falsa coral y se los coma. Son muy simpáticos. Salen con sus pequeñas cabecitas peludas y ventean el aire con su ñato hocico en busca de aromas que puedan reconocer. Una vez hecho esto, se vuelven a introducir en su cueva y se puede ver como la van excavando pues la arena resultante de esta operación se va acumulando en la puerta de ellas dándoles su forma característica. Arriba en el cielo, algunos aguiluchos o aves parecidas sobrevuelan a la espera de que alguno de ellos se descuide y así pueden atraparlos.
Llegando a una vuelta que da el camino, me encontré con un cártel que decía “Venta de pescado fresco” y una casa en donde estaba el flaco hombre parecido al Quijote que ya había visto ayer en la playa y que era el que alquilaba las casillas para cambiarse la malla. El tipo estaba cerca de su rancho reparando una red de pesca que estaba rota. Un viejo bote de madera con sus pesados remos se encontraba sobre un viejo carro y un caballo cansado mordisqueaba algo de la dura hierba que había en el lugar. Podía ver algunos restos de carneada colgados de los árboles y un par de cueros de cordero secándose al sol en el típico paisaje del sur bonaerense. La pava negra de hollín se encontraba al rescoldo a la espera que el flaco huesudo quisiera matear.
- Buenas días- le dije no sabiendo si por la hora no sería mas adecuado decirle buenas tardes.
- Buenas tardes- me respondió y siguió realizando su tarea.
- ¿Usted vende pescado?- le pregunte.
- Si- me respondió.- Dejó la red hacia un lado y vino hacia mí.
- ¿Y que vende?- pregunté.
- Y, ¡pescado!-me respondió entre sonriendo y extrañado.
- Si, si- sonreí- pero ¿Qué pescado?-
- ¡Sacado del mar hombre!- me dijo en un tono entre español y criollo riéndose amablemente. –Venga pase- y con una habilidad adquirida a través de los años, con el talón de su pié derecho movió la pava oscura de hollín y la acercó hacia las brasas encendidas.
Sin preguntarme si quería, pues lo daba por descontado como si me conociera, me dio un mate amargo y me preguntó:
- ¿Usted estuvo ayer en la playa no?-
- Si. Tiene razón.- dije tragando el primer sorbo de mate. - Usted estaba con un amigo alquilando los cambiadores. Lo recuerdo.- y le entregué el mate vacío.
- Ajá, es el “ruso” Pedro, el primer finado del pueblo- dijo y, como un sacerdote zen preparándose el te, ceremonialmente se cebó su mate.
- Linda fiesta la de ayer ¿siempre hacen fiestas de disfraces?- le pregunté por que no solo tenía ganas de charlar con ese hombre sino que quería seguir tomando mates. Si bien era extraño hablar de finados que estaban vivos, el tipo era simpático y, como estaba comprobando, nada reservado.
- ¿Disfraces?- me miró asombrado. – No amigo, fiesta si se hace, pero no de disfraces. ¿De donde piensa que es una fiesta de disfraces?- me preguntó.
- No se. Pensé que sería un tipo particular de fiesta por que la gente estaba vestida de manera antigua, pero no se de donde saque esa idea-
- No amigo.- me dijo acomodándose la barba. - La gente se junta en la playa como hace años, desde siempre. Tienen esa costumbre ¿vio?-
- ¡Ah!- y puse mi mejor cara de bobo.
- Está extrañado ¿no?- me preguntó sonriendo.
- No- le respondí. –Extrañado no estoy, son cosas de la playa supongo. A todos nos gusta- dije ocultando mi extrañeza.
- Ajá- me dijo nuevamente. –Tiene razón. Mire, tómese el mate.- y me alargó su huesuda mano con el mate cebado.
Continuamos charlando un rato más y ahí me contó la historia del finado “ruso” Pedro quien, según él, falleció asesinado de un tiro por una reyerta en el bar del pueblo. Me dijo que en los años de la fundación, era frecuente que sucedieran estos hechos ya que la ley era la ley del guapo y que todo el mundo andaba “cargado” con algún “bufoso” y que era frecuente que hubiera tiros “pa´ limpiar el caño ¿vio?”. Recordé, ya que la había leído hace algún tiempo, la historia del Tigre del Quequén, un tal Pacheco que para algunos fue una especie de Robin Hood justiciero y para otros nada mas que un gaucho alzado y asesino. Este hombre, solía asaltar a los viajeros y se ocultaba en una de las varias cuevas que tiene el río Quequén pero, a ciencia cierta, no se sabe si este Pacheco es el mismo que anduvo por los pagos de Necochea o es el bandolero romántico a quien le canta Gieco en su balada “Bandidos Rurales”. Algunos quieren entronizarlo como un Bairoletto pero para otros no era más que un “pibe” Cabeza.
Cuando el mate que estábamos tomando comenzó a lavarse, con la misma cancha que al principio, el flaco con su talón movió la pava de las brasas y se levantó yendo hacia el fondo de la vivienda. Ya no tomaríamos mas mate.
Vino con una corvina negra agarrada por las branquias, a la manera clásica de los pescadores, como de cuatro kilos y me la dio. Obviamente no estaba envuelta. Por su frescura supuse que la había sacado a la mañana. Sus agallas naturalmente rojas y sus ojos brillantes daban la sensación de que estaba viva. Y algo de eso habría por que me pareció percibir algún movimiento cuando me la entrego. Le pregunte:
- Linda corvina. ¿La pescó a la mañana?-
- ¡Ja, ja, ja!- se rió. –No, a la mañana no- y se hurgó en la larga barba buscando vaya a saber que. –Tome, llévese esta corvina. Dígale a la chica del restaurante, que digo yo que se la haga a la marinera, con tomate y, si quiere saber más de la gente de la playa, - y me miró pícaro, - vaya a la hora en que el sol se oculta. Ahí usted va a entender.- me dijo sonriendo ya casi íntimamente.
Y mirándome como un padre mira a su hijo cuando descubre que no ha entendido nada me dijo:
- Mire señor, cuando usted vea que el sol está cayendo, váyase a la playa y ahí entenderá un poco más.- me dijo tiernamente.
- Bueno, si usted lo dice, debe ser por algo.- intenté ser educado. - Gracias por el dato. ¿Cuánto es?- y busque algo de dinero en mi bolsillo.
- Nada amigo- me dijo. - Con su compañía estoy bien pago. Me ha acortado un poco usted la tarde.-
- Muchas gracias.- le respondí. –Cuando llegue al restaurante, le voy a decir a la muchacha que me la cocine como me dijo usted- y le tendí la mano.
El flaco me dio su mano y una rara sensación tuve al apretarla. Fue, no quiero exagerar, como si su mano fuera de espuma. Yo esperaba inconcientemente una mano ruda, de pescador, callada la palma por los remos, pero fue una mano blanda, espumosa, evanescente. Quizás todo el ambiente me haya jugado una mala pasada. Allí, en el medio del campo, tomando mate con un desconocido, con el sol en lo alto y elevándose la temperatura, las moscas revoloteando cerca nuestro, el olor ahumado típico de los fogones mezclado con el agrio aroma de la carne al aire libre, mi cerebro me podía jugar alguna broma.
Dejé al flaco con su tarea de reparar la red y alzando la mano me despedí de él. Si volvía otra vez por allá pasaría a visitarlo.
A las pocas cuadras del rancho del flaco huesudo, estaba el restaurante. Yo pensé que estaría un poco mas lejos pero extrañamente estaba ahí. Me fui apresurado hacia el restaurante pues ya tenía un poco de hambre. Si bien los mates habían calmado un poco mi ansiedad, me habían abierto el apetito.
Cuando llegué al restaurante, no sabía si entrar con la corvina en la mano o dejarla en algún lugar y hablar con la morocha, tal como me había dicho el pescador. Decidí entrar con la corvina en la mano ya que no había mucha gente en el local. Supuse que todos estarían en la playa. No creo que nadie se diera cuenta.
Al verme llegar con la corvina en la mano disimuló una principesca sonrisa femenina y continuó leyendo el diario. Me acerqué al mostrador y le dije:
- Buenas tardes.-
- Buenos días.- me dijo. ¿En que lo puedo servir?- me preguntó.
- Hola. Mire, me encontré con un señor flaco y huesudo, muy parecido al Quijote que es un pescador. Me dio este pescado y me dijo, que le dijera a usted, si puede ser tan amable de cocinármelo con salsa de tomate.- y al mirar en sus ojos abisales, me hundí en esa mirada seductora del misterio de la mujer.
- ¡Ah si!- exclamó. - ¿Usted estuvo con Horencio?-
- ¿Horencio?- me asombré. – Acá cerca, en una calle que desconozco, había un señor muy amable flaco y huesudo que vende pescado. Ese hombre me dijo que usted me cocinaría esta corvina.-
- Si, no se haga problema por la corvina. El hombre que usted dice, y que se parece a Horacio Quiroga, es Inocencio Gonzalez, uno de los pescadores mas viejos del lugar.- y otra vez esos ojos estallaron como reflejo de la amplia sonrisa de la morocha. ¡Ja, ja! Venga- me dijo. –Déme esa corvina que se la voy a hacer como le pidieron.- y agarrando al pescado por las agallas, como se debe, me invitó a pasar a la cocina.
Una vez instalado en ella, me invito a sentar en una de esas sillas típicas de jardín y que llevamos a la playa solo si el placer de sentarse en ella es mayor que el esfuerzo de cargarla por los largos y pesados metros que separan la entrada a la playa del mar propiamente dicho.
- ¿Queres tomar algo?- me preguntó.
- Bueno. Una cerveza por favor.- y me sirvió la mejor cerveza que tomé en mi vida.
El tuteo me agradó.
- ¿Cómo lo conociste a Horencio?- me preguntó- y le conté lo sucedido.
- Bueno.- me dijo. –Yo te voy a hacer la corvina pero la vamos a comer a la noche. Ahora te voy a hacer unos fideos al fileto. Andá, sentáte en una mesa y esperá que te haga de comer. Cuando el sol comience su salida, te espero en el mar.-
Después de decirme esto, se puso un delantal blanco de cocina con los colores de España y me dio su hermosa espalda. El recato y la educación católica recibida en mi infancia impiden que describa todo el conjunto en su exacta y armoniosa medida, sobre todo allí donde se extravío mi mirada.
Como ella dijo, fui y me senté en una mesa en la vereda del restaurante.
SIETE.
DESPUES DE COMER LOS FIDEOS, me fui a dormir la siesta. La mañana había sido interesante y la noche prometía aún más.
Serían alrededor de las seis de la tarde cuando me levante. Los cantos de los pájaros diurnos tendían a callar y eran suplantados por los otros sonidos, mucho más adecuados para la noche que se acercaba.
Como faltaba un poco de tiempo para reunirme con la morocha del restaurante y todavía tenía un poco de fiaca, decidí quedarme en la casa y no hacer nada. Debo admitir que soy bastante afecto a la tarea de no hacer nada. Suelo quedarme en la cama tan solo escuchando lo que sucede a mí alrededor. Como te conté hace un rato, suelo navegar por esa vigilia macedoniana mucho más de lo que yo creo.
Puedo especular sobre las cosas más nimias o más complejas con la misma facilidad con la que se hace un huevo duro. Me gusta quedarme en la cama mirando el techo e imaginando paisajes, caras, cosas en las sombras que juegan en él. También me pasa lo mismo con las paredes. Son, si se me permite la exageración, como palimpsestos de argamasa en donde los nuevos textos, representados por las sombras, se sobreimprimen sobre los restos de los otros registros que se evanecieron sin ocultarse del todo. La luz tiene la extraña propiedad de transformarse en sombras las que parecen adquirir vida propia cuando uno pone su pensamiento en ellas. Es como que con el pensamiento las sombras cumplen el destino de serlo realmente y no quedarse solo como el negativo reflejo de la materia. Si hay algo seductor en las sombras de los cuerpos es por que remiten a formas que son primarias en relación a ellas que son secundarias. La sombra, pienso, es como un reflejo sin luz.
Me gusta pensar que las sombras de las personas tienen algo de ellas y no son solo un fenómeno óptico. Quizás tengan razón las personas del África sub ecuatorial que piensan que el poder de un hombre decrece al mediodía cuando el sol borra la sombra o esta comienza a achicarse. En la polinesia de Gauguin, el maravilloso pintor de colores sorprendentes y féminas exuberantes, Bronislaw Malinowsky nos cuenta para nuestra información, que algunos guerreros de peinados exóticos y arreglos corporales acorde a ese exotismo, se cuidan de pisar la sombra de algún hombre poderoso para evitar que la potencia contenida en ella pueda afectarlo no solo en su salud física sino espiritual. Y si el portador de la sombra por alguna cuestión ha sido maldecido o padece una enfermedad, las personas se cuidarán de no ser tocado ni siquiera por la sombra en la creencia de que esta puede contener lo maligno y pueda finalmente hacerles daño.
Sobre todo me encantan las sombras que provienen del efecto de las llamas de una vela o de una lámpara a kerosén. No solo me gusta el aroma que desprenden los materiales en combustión sino que, al moverse la llama por acción del aire, mueve también las sombras que produce. Esos movimientos, generalmente, excitan mi imaginación de por si ya agitada desde mi infancia.
Cuando se hizo la hora, me levante de la cama satisfecho con la tarde y me puse una remera cualquiera de las que había llevado. Me higienice un poco y me fui a la playa a esperar a la morocha y el atardecer. Reta, como las playas aledañas y en realidad toda esa zona, tienen la particularidad de poder ver tanto el amanecer como el atardecer en el mar. Quiero decir, no es que el sol salga por el mismo punto sino que tanto el este como el oeste quedan en el mar, uno enfrentado al otro en ese inmenso mar oceánico que es el Atlántico Sur.
Mi alma desbordaba de confianza.
Llegué a la playa y, como era de imaginar, estaba llena casi con las mismas personas que había visto a la mañana. Si bien ya no se jugaba tanto a fútbol, sí se seguía cantando con las guitarras y también se continuaba con esa costumbre tan nuestra de tomar mate. Un grupo de nadadores exquisitos mantenía su navegación rítmica y constante mas allá de donde rompen las olas. Era envidiable ver a esas personas nadar entre las olas concentrados tan solo en su relación con el mar. Cada uno de ellos, a su manera, trataba de vencer las condiciones del mar y avanzar en él. Como un gran útero frío, el mar les deja hacer a su antojo. Las gaviotas controlaban su vuelo en busca de alimentos y un par de pescadores acostumbrados a la costa soñaban con sacar la pieza de su vida. Me acomodé en un sector de la playa y esperé que llegara la morocha.
Cuando el sol comenzó a apagarse por el oeste, el cielo se tiño de un rojo anaranjado intenso. Era como que el ocaso pretendiera impresionarnos con la intensidad de su color. Y el cielo era su cómplice. De debo decir que lo lograron. Como una tela de algún inspirado pintor, los últimos rayos del día se diluían rápidamente en el azul celeste del cielo tiñendo todo con el color del fuego.
- Hola- escuche. La morocha había llegado.
- ¿Me estabas esperando?- me preguntó.
- Claro. Quedamos que nos encontrábamos a esta hora en la playa ¿no?- le respondí.
- Así es.- Me dijo y me derritió con su sonrisa ancha.
El sol se ponía por el oeste y yo comenzaba a descubrir nuevas emociones.
- ¿Qué es lo que queres saber?- me preguntó.
- ¿Saber? mmmm no se, no se- dudé.
- ¿Hay algo que te llame la atención?- continuó.
- Ahora que me lo decís, si, creo que si. En realidad muchas cosas me han llamado la atención desde que llegué. La gente, el lugar, el clima no se. Son cosas como no esperadas ¿viste?-
- Ajá- me respondió.
- Si tengo que ser sincero, en realidad lo que mas me ha llamado la atención ha sido esta gente- y le indico a esa gente que estaba por el lado del pecio. – Me gusta. Están como contentos. No se, bailan, charlan, parece que se divierten. Inclusive allí está el pescador que te conté hoy a la mañana.- y levante la mano como para saludarlo.
El flaco huesudo que estaba viendo hacia nuestro lado, respondió mi saludo y una sonrisa se dibujo en la larga y espesa barba. La mujer que estaba a mi lado, saludó también al flaco y me miró con una larga sonrisa. Como si hubiera sido un aviso, todas las personas que estaban en ese sector, se dieron vuelta hacia nosotros y nos saludaron con el típico gesto del adiós que se reduce en levantar una mano y agitarlo en forma de abanico. Era una linda imagen. Varias personas vestidas a la usanza antigua, con el sol de frente que se va ocultando en el horizonte, moviendo sus manos en el clásico gesto de saludo y yo, con la morocha a mi lado, contemplando absorto toda la escena, hinchada mi mirada de tanto espacio y con una sonrisa entre idiota y placentera. Mucho más no podía pedir. Si la felicidad tiene una cara, esa habrá sido la mía esa tardecita de ocaso en la playa de Reta.
- Esto es maravilloso.- le dije a la mujer.
- Si. Así es. Maravilloso es la palabra.- dijo y se acurrucó a mi lado.
El sol estaba ya en las últimas gotas de luz. Un extraño silencio comenzó a inundar toda la playa. Alguna gente no lo percibía. Continuaban tomando mate, pescando o nadando. Cada cual con lo suyo. Algunas pocas, como nosotros, saludaba a la gente cerca del pecio y todos nosotros teníamos la misma sonrisa. Como una extraña comunión de pocos, el ocaso vespertino nos cobijaba con sus últimos rayos de sol.
- Mirá.- me dijo. –Mira hacia allá y te vas a enterar.- y me indicó con su mano haciendo un gesto hacia el pecio.
Tardé como treinta segundos en comprenderlo.
Al irse los últimos rayos del sol, cuando lo único que queda en el firmamento es el reflejo del astro rey, las personas que estaban bailando en la playa y que me hubieran provocado el asombro, comenzaron a saludarse entre ellas y, cansinamente, las parejas de las manos y los que no tenían pareja yendo de a pares o grupos, comenzaron a caminar hacia el mar y se internaron en él desapareciendo uno a uno y en forma lenta en el espumoso mar blanco que a esa hora adquiría un tinte fueguino único en el mundo. La bruma azulada se fue desvaneciendo a medida que la gente se internaba en el mar. La mayoría caminaba cerca del barco hundido y ya, cuando el sol se ocultó totalmente, la playa hacia el lado del pecio quedo desierta.
Al mismo tiempo que esto sucedía, en el otro sector, la gente continuaba haciendo lo que estaba haciendo sin percatarse del fenómeno que estaba sucediendo a su lado.
Mire a la mujer que tenía a mi lado y que cada vez se acurrucaba mas y pude ver una gran y nueva sonrisa en su rostro. Yo todavía no podía salir de mi asombro en relación a lo que estaba descubriendo. La abrasé ya que, como dijera, un galán debe demostrar coraje y no ser tan timorato y ella sintió el abrazo por que después de besarme me dijo:
- Son todos los que han vivido acá. Son los ahogados, los suicidados, los que se hundieron en los barcos, los pescadores perdidos en alta mar, los que murieron de muerte natural. Al lado de Hortencio, que es mi tatarabuelo, esta el “ruso” Pedro que fue el primer muerto de Reta y lo enterraron en Copetonas; el que esta de saco y chaleco blanco con el gorro de corcho es Don Reta con su mujer; la que te está saludando es la señora Almeida. Todos, todos, se juntan en la playa a bailar hasta que se va el sol y deben volver a ese lugar que nosotros también conoceremos algún día. Si tenemos suerte, nosotros también saldremos y bailaremos en la playa.- y se acercó aún más a mi lado y una satisfacción nunca conocida por mí me inundó.
Ahí pude entender. No se trataba de fantasmas ni de espectros. Eran las mismas personas que fueron cautivadas por Reta y que, aún después de su fallecimiento, permanecían en el lugar como un raro premio vaya a saber a que. A mi se me había dado el privilegio de comprender dicho fenómeno y nunca supe por que.
Inconcientemente, metí mi mano en el bolsillo donde tenía la foto de mi amada, que comenzaba a dejar de serlo, y la saque. Mire a la morocha que estaba a mi lado. Hice un pequeño pocito en la arena blanda y enterré en él la foto. Una carcajada marina pareció sonar en mi cabeza. Venía del lado del pecio.
La morocha cerró mas sus brazos sobre mi y supe, en ese instante, que nunca mas me iría de Reta.
Algún día yo también bailaría en esa playa.
Febrero 2009.-
martes, 29 de marzo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
EL SUEÑO. Cuento onírico.
“La vigilia visitada por el ensueño es una poética
posición del Ser y el hombre se apodera exaltado de
este nuevo signo de la total Significación”
Macedonio Fernandez.
UNO.
EL CEREBRO ES UN HUMORISTA. Juega con nosotros de manera tal que nunca sabemos que es lo que hace. Convoca nuestro pasado, realiza nuestro presente y, además, también, predice nuestro futuro.
Conoce los vericuetos más profundos de nuestra psiquis y se interna en las fosas y pliegues de la materia gris coqueteando entre axones y dendritas intoxicándose mágicamente en las sinapsis. Baila frenéticamente entre los catalizadores químicos excitando lo que pueda excitar
El cerebro juega con nosotros sin pedirnos permiso. No obstante, nosotros conocemos procedimientos para controlarlo. Mediante ejercicios respiratorios que nos alienan de la realidad material de este mundo o con la ingesta de químicos, naturales o sintéticos, el cerebro, a veces, se vuelve dócil. Quisiera creer que el pensamiento es también una forma del disciplinamiento del cerebro pero, al repasar los libros leídos, las clases asistidas y los discursos escuchados, esta convicción desaparece. La razón, la racionalidad, el raciocinio no son los ingredientes más apropiados para la comprensión de la complejidad del cosmos. Es más, me atrevería a decir que la lógica racional es un rígido corset conceptual que amarra nuestra escasa imaginación y nos ancla en un esquema de pensamiento minúsculo y berreta. Eso que tanto propugnan los economistas liberales acerca del accionar racional de todos los seres humanos se me parece mas a un ardid mercantil que a una realidad dada y universal. ¿De donde han sacado que los seres humanos actuamos racionalmente? ¿Quién puede probarlo? Supongo que la mayoría de nosotros sabemos que no todas nuestras acciones son racionales. ¿Acaso el amor es racional? ¿Acaso cuando besamos a nuestra amada estamos calculando los beneficios que nos reportará en el futuro y el costo de nuestra inversión primera? Esto de la Teoría del Intercambio me parece que solo es adecuado para el intercambio de mercancías y, como nos dice nuestro sentido común, no todo es mercancía ¿no es asi?
En fin, sin embargo, le guste o no le guste al cerebro, hay momentos en que abandona su lugar omnipotente y nos permite filtrarnos en sus vericuetos. Son algunos momentos del día en que el cerebro pone el piloto automático. Concretamente, son los momentos de vigilia, aquella, “...la de los ojos abiertos” al decir, de Fernandez, Macedonio.
El cerebro va a reinar poderoso, solitario, omnipotente y omnisapiente durante el sueño. El sueño es ese extraño fenómeno que nos visita de vez en cuando, no solo por las noches. Ese estado del Ser que nos seduce sin saber por qué y cuyos significados desbordan permanentemente del envase de la comprensión. Todos comprendemos y sentimos que ser-en-el-sueño es diferente a ser-en-el-mundo.
Los pocos pero diferentes contenidos de un sueño, las extrañas emociones que nos suscita y la multiplicidad de hechos atemporales que nos ocurren, poseen un determinado grado de intensidad que lleva confundirnos con la otra realidad, la de la vigilia y conforman una especie de orografía o relieves algunos de los cuales podemos recordar en forma fragmentada y empastichada. De lo que se trata entonces este relato es de un sueño y yo, una vez, tuve un sueño.
DOS.
SOÑE QUE ESTABA MUERTO, pero no era el clásico muerto, pálido y de mortaja que deambula por el mundo tratando de aliviar vaya a saber que pena o de uno que esta viajando por el tiempo sin saber para qué gimiendo su desesperado dolor de no ser ya. Estas son almas en pena que deben ser exorcizadas mediante el canto de letanías y vidalas y extraños procedimientos taumatúrgicos desconocidos por nosotros. Esta particular características de los entes inanimados, reales o ficticios, se encuentra en la inspiración de esos autores dementes que suelen encontrar estas entidades dibujadas en sus paredes o en el fondo del vaso de un vino barato tomado en la soledad de una celda manicomial.
Yo era un muerto que estaba vivo. Mi conciencia me indicaba que, en realidad, estaba muerto, pero mis acciones mostraban lo contrario. Podía hablar y moverme. No necesitaba comer ni respirar. Mi cuerpo en su estructura material era el mismo. No estaba sometido al proceso de descomposición propio de los cadáveres y esta característica me separaba de ellos. La realidad del cadáver conlleva su descomposición material lo que determina, casi definitivamente, el final del cuerpo, soporte natural de la existencia de vida.
No toda la gente podía verme o escucharme. Algunos podían verme solamente, otros escucharme y otros podían hacer las dos cosas pero no en forma continua, sino entrecortada, como en una vieja película en blanco y negro del cine mudo un poco ajada por el paso del tiempo.
Mi cuerpo no sentía nada, como corresponde al cuerpo de un muerto, sin embargo buscaba imperiosa e intensamente el calor humano. Como si una inercia que proviniera de la vida pasada, no se agotara totalmente con la muerte. Asi como la muerte puede reinar en la vida, esta, a su vez, se apropia de una porción de la muerte. Es más, la vida piensa en la muerte pero esta, nunca piensa en la vida.
Toda muerte puede ser, en algún sentido, fecunda. Los sacrificios altruistas y de los otros, las ofrendas a los dioses, etc., intentan cumplir con esta premisa de fecundidad en la muerte. Sabemos que de los cuerpos en descomposición alimentan muchísimas criaturas y que de la materia muerta renace continuamente el cíclico devenir de la vida. Esta contradicción aparente entre muerte y vida o Eros y Tánatos no es tal para los psicoanalistas que cuando mueren hacen cola para tratarse con Freud.
Como todo sueño que se precie no lo recuerdo en su totalidad y hoy, al relatarlo dudo que en realidad haya sucedido. La magia de las narraciones depende de sortilegios herméticos a los que nunca accederemos. Las palabras se encadenan unas a otras con criterios totalmente independientes de nuestra racionalidad o de nuestras ganas y nosotros nos esclavizamos gustosamente a ellas.
Solo aparecen imágenes inconexas de esa otra realidad que no por ser onírica carece de potencialidad e impresionismo con que nos sensibiliza la realidad. Somos una especie de tabula rasa en donde se inscriben las sensaciones. A veces, cuando viajo en el tren desde Florida hacia Retiro, contemplo los árboles del costado de la vía. Sus ramas desnudas en otoño e invierno, parecen brazos muertos que intentan abrazar el cielo que, invariablemente, se le escapa. En esos instantes extáticos dudo de que no este soñando y evoco algunas imágenes de ese sueño que revientan y se estrellan en mi calota.
TRES.
EN MI SUEÑO HABÍA UN RÍO, pero, no era un río cualquiera. Tenía el aspecto de río pero su superficie blanquecina y lisa, sin arrugas, corría lenta y densamente con la corriente. Pequeñas burbujas explotaban cerca de la orilla como en una gran cacerola gigantesca. En ese río no nadaba ningún pez.
Ese río era cruzado por un puente.
Este puente tenía escaleras que descendían pero, extrañamente, el río estaba a nivel.
Siempre me han extrañado las escaleras. Son como caminos ordenados y disciplinados que invariablemente terminan en un destino. A mi me ha seducido la idea de construir escaleras inútiles, como las que poseen los laberintos, o escaleras que solo suben y que no te permiten bajar. A mi me gusta caminar por los sinuosos caminos de las islas. Siento una particular predilección por recorrer los adaptados senderos paralelos a las vías y nunca cruzo una plaza por la diagonal que primorosamente dibujo el urbanista. Para mi, las escaleras conforman una direccionalidad tan acotada que me asfixia.
Los escalones de esta escalera estaban salpicados por uvas negras que se parecían a aceitunas. Yo bajaba algunos escalones pero no todos, solo algunos, y contemplaba desde ese lugar seguro el diseño de las uvas negras con el fondo de cemento de los escalones, enmarcados, uva y escalón, sobre el fondo del río lechoso en su eterno circular. Don Heráclito se hubiera puesto contento si hubiera estado a mi lado.
¿Era este puente la última frontera? ¿El límite tan conocido por los antiguos que separa las dos tierras? Y si este puente no existiera, ¿habrá un botero que nos cruce por alguna moneda?
Si cruzaba ese puente estaría en el otro lado, la Tierra sin Nombre, el Walhalla, el Edén, el Hades, el Nirvana, el Más Allá.
Era terriblemente sencillo. Lo que me separaba de la otra orilla era nada más y nada menos que mi acción, mi desición. Era como si solo mi deseo, puesto en la acción de descender esas escaleras, me llevara a cruzar ese puente y alcanzar el otro lugar.
¿Sólo dependía de mí? ¿Tan fácil era?
Obviamente volví sobre mis pasos y recuperé mi sueño.
CUATRO
AHORA DESCUBRO QUE LA CALIDAD DE MI MUERTE era de una entidad fantasmagórica. Quizás no soñé que era un muerto, quizás era un fantasma, un espectro pero, ¿que cosa es un fantasma sino un muerto rebelde? Un muerto, conciente de su muerte que interactúa con los vivos, ese era yo.
Lo extraño era que mi corporeidad fantasmal, como he dicho, solo era vista por algunos. De este grupo de algunos, todos los ciegos percibían mi presencia.
Recuerdo un joven vendedor de instrumentos musicales, sentado en una vieja silla de mimbre, con almohadón multicolor, leyendo las obras de Tiresias, en braile, editadas a mediados de siglo en la ciudad de Brujas por una editorial hoy desaparecida.
- Buenas tardes, ¿que desea?- me preguntó amablemente.
- Buenas tardes. ¿Podría ver esas guitarras?- Pregunte.
- Si. Como no.-
Las guitarras, junto con otros variados instrumentos, se hallaban en una vitrina de primorosos contornos tallados. Campanas de floripondio, semillas de ayahuasca, raíces de genjibre, corolas de amanitas, troncos de cáñamos se retorcían entre ellos abrazando los marcos de los vidrios tallados de esa antigua vitrina. Dentro de ella, como productos de un luthier esperpéntico, se encontraban extrañamente acomodadas, guitarras Gibson Les Paúl y alguna que otra Fender Stratocaster, todas afinadas en La 440.
- ¿Tenés guantes?- pregunté.
- Si, en el cajón de abajo.
Abrí el cajon indicado y me encontré con guantes a los que le faltaban los dedos, como esos que usaban los corredores de coche en la década del 60.
El solo hecho de pensar en guantes para tocar la guitarra era un indicador de la irrealidad de mi sueño, sin embargo, esta percepción de irrealidad no fue un obstáculo para que continuara soñando, característica típica de las experiencias oníricas.
Elegí unos guantes negros de cuero que se ajustaban a la muñeca con un pequeño cinturón salpicado de tachas metálicas en la parte superior.
Inmediatamente pase a un salón que simulaba una cancha de basket de cualquier club barrial. Un acompañamiento musical sin guitarra inundaba el ambiente. Podía ver al final de la cancha un grupo de músicos ejecutando esa melodía. ¿Me estarían esperando a mí? Me puse a tocar mi instrumento pero, al ser invisible para muchos de los que estaban allí, solo podían ver el baile de mis negros guantes con tachuelas plateadas siguiendo el compás ya que la guitarra tampoco compartía este atributo de visibilidad. Los que podían verme y escucharme me saludaban con simpatía y me felicitaban. Los otros no. Percibía que mi calidad de fantasma coincidía con mi música. Esta, a decir, verdad, es también producto de los fantasmas. Un CD o un tape o los viejos LP, mantienen vivos a aquellos fantasmas del pasado como Morrison o Hendrix, como Pichuco o el Polaco, como Caruso o la Callas. La concreción del producto humano objetivado en una obra tiene, si no es destruida por el paso del tiempo, la calidad de la permanencia aún después de nuestra muerte. Esto no solo nos permite trascender nuestro tiempo si no que, además, dota a la obra de una categoría fantasmal. Las notas entonadas en los viejos LP, los textos escritos en la antigüedad, son fantasmas actualizados permanentemente a través de nuestras lecturas, ya sea a través de nuestros ojos o, también, a través de nuestros oídos. Vemos que la rebeldía ante la muerte no es privativa de mi persona y que algunos de los que me precedieron, han podido sortear el abandono a que nos reduce el olvido.
CINCO.
LO BUENO DE LA CEGUERA era que todos ellos podían verme y, en los ellos, había también ellas. De una de ellas me enamoré. Si, ya se que parece raro, ¿cómo un muerto puede enamorarse? ¿No es que los muertos no tienen sentimientos? Pues parece ser que lo que venimos suponiendo acerca de los muertos no es tan cierto como parece. El fenómeno del óbito sigue permaneciendo en una oscuridad hermética e indescifrable. No necesariamente la muerte signifique la nada, aunque muchos filósofos opinen lo contrario. Quizás esto le suceda a los muertos que se transforman en cadáveres pero a nosotros, los fantasmas espectrales, la muerte parece ser un estadio intermedio entre dos extremos, uno de ellos conocido; la vida, el otro no totalmente.
Lo cierto y lo que cuenta es que me enamoré de esa chica ciega. No era un amor como los que yo había tenido. Aquí no existía la pasión desbordante de mis años juveniles que definían una explosión de hormonas y coitos a cualquier hora y en cualquier lugar. No había flores ni caricias ni tampoco el odiado día de San Valentín, ni aniversarios que festejar. Era un amor de tipo fantasmal. Ella sabía que yo estaba allí y desde su mirada vacía me enviaba chispas que caracoleaban en mí.
Podía estar cenando con sus padres en esa vieja casona de Adrogué, rodeadas de centenarios robles y aromos, ellos también testigos de un barrio que ya no es, o en el jardín escuchando el coro de zorzales y calandrias. Yo solo existía para ella. Ella podía verme. Siempre supe, por más que nunca hubiéramos hablado, que me amaba. No hacía falta besarnos o tocarnos para descubrir esa comunión tan afecta a los enamorados. Solo hacía falta saber que uno estaba allí, donde se debe estar, en ese espacio simbólico que ocupan los sentimientos del corazón.
Gracias a ella mi estado era más soportable. A ella le debo el no desmoronamiento en ese lodo primordial del que todos venimos y al que todos, invariablemente, volveremos, fantasmas y cadáveres. Gracias a ella tampoco deambulaba asustando a los niños que no quieren tomar la sopa o hacer lo deberes del colegio. Gracias a este sentimiento, gambeteaba el dolor de no vivir.
SEIS. SALIDA
ES CURIOSO. Nuestro cerebro juega con nosotros manejándonos a su absoluto y libre arbitrio. Nosotros nos entregamos placenteramente a él un tanto imprudentemente, y yo, que soy un soñador irresponsable e irrespetuoso me encuentro a mis anchas cuando él me convoca. Como un señuelo fantástico, me atrapa en esa red de la que es difícil escaparse.
Nadie puede convencerme que lo que soñé no fue o que mi vigilia si es.
Por eso, desde aquel sueño y extrañando la sensación de aquél amor, me dedico a buscar fantasmas en los recovecos de la ciudad, en sus zonas mas grises, en las vías siempre oxidadas de las estaciones abandonadas, en los ojos vacíos de las ciegas que pululan en los pasillos de los subterráneos y que me pueden enamorar en un solo destello vacuo. Camino por las calles de los barrios urbanos saludando a las personas que parecen ser espectros y que abundan en mi ciudad. Muchos de ellos están vivos pero, a juzgar por sus miradas, quisieran estar muertos.
Últimamente esta ciudad esta produciendo muchos casos raros.
Debo admitir, también, que cada vez que tengo que cruzar un puente, dudo de lo que encontraré en el otro lado y pienso si este no será el último; lo que me lleva a pensar dos veces antes de dar el siguiente paso mientras se forma una cola detrás mío de gente apurada para llegar a su destino.
Quizás, algunos de estos días, cuando escuche música de antes y no sepa de donde viene, encuentre unos guantes negros bailando solos en el aire, tocando una invisible guitarra, entonando un desafinado tango cantado por un espectro que no se resigna a dejar de vivir.
Julio 2002. Enero 2006.
posición del Ser y el hombre se apodera exaltado de
este nuevo signo de la total Significación”
Macedonio Fernandez.
UNO.
EL CEREBRO ES UN HUMORISTA. Juega con nosotros de manera tal que nunca sabemos que es lo que hace. Convoca nuestro pasado, realiza nuestro presente y, además, también, predice nuestro futuro.
Conoce los vericuetos más profundos de nuestra psiquis y se interna en las fosas y pliegues de la materia gris coqueteando entre axones y dendritas intoxicándose mágicamente en las sinapsis. Baila frenéticamente entre los catalizadores químicos excitando lo que pueda excitar
El cerebro juega con nosotros sin pedirnos permiso. No obstante, nosotros conocemos procedimientos para controlarlo. Mediante ejercicios respiratorios que nos alienan de la realidad material de este mundo o con la ingesta de químicos, naturales o sintéticos, el cerebro, a veces, se vuelve dócil. Quisiera creer que el pensamiento es también una forma del disciplinamiento del cerebro pero, al repasar los libros leídos, las clases asistidas y los discursos escuchados, esta convicción desaparece. La razón, la racionalidad, el raciocinio no son los ingredientes más apropiados para la comprensión de la complejidad del cosmos. Es más, me atrevería a decir que la lógica racional es un rígido corset conceptual que amarra nuestra escasa imaginación y nos ancla en un esquema de pensamiento minúsculo y berreta. Eso que tanto propugnan los economistas liberales acerca del accionar racional de todos los seres humanos se me parece mas a un ardid mercantil que a una realidad dada y universal. ¿De donde han sacado que los seres humanos actuamos racionalmente? ¿Quién puede probarlo? Supongo que la mayoría de nosotros sabemos que no todas nuestras acciones son racionales. ¿Acaso el amor es racional? ¿Acaso cuando besamos a nuestra amada estamos calculando los beneficios que nos reportará en el futuro y el costo de nuestra inversión primera? Esto de la Teoría del Intercambio me parece que solo es adecuado para el intercambio de mercancías y, como nos dice nuestro sentido común, no todo es mercancía ¿no es asi?
En fin, sin embargo, le guste o no le guste al cerebro, hay momentos en que abandona su lugar omnipotente y nos permite filtrarnos en sus vericuetos. Son algunos momentos del día en que el cerebro pone el piloto automático. Concretamente, son los momentos de vigilia, aquella, “...la de los ojos abiertos” al decir, de Fernandez, Macedonio.
El cerebro va a reinar poderoso, solitario, omnipotente y omnisapiente durante el sueño. El sueño es ese extraño fenómeno que nos visita de vez en cuando, no solo por las noches. Ese estado del Ser que nos seduce sin saber por qué y cuyos significados desbordan permanentemente del envase de la comprensión. Todos comprendemos y sentimos que ser-en-el-sueño es diferente a ser-en-el-mundo.
Los pocos pero diferentes contenidos de un sueño, las extrañas emociones que nos suscita y la multiplicidad de hechos atemporales que nos ocurren, poseen un determinado grado de intensidad que lleva confundirnos con la otra realidad, la de la vigilia y conforman una especie de orografía o relieves algunos de los cuales podemos recordar en forma fragmentada y empastichada. De lo que se trata entonces este relato es de un sueño y yo, una vez, tuve un sueño.
DOS.
SOÑE QUE ESTABA MUERTO, pero no era el clásico muerto, pálido y de mortaja que deambula por el mundo tratando de aliviar vaya a saber que pena o de uno que esta viajando por el tiempo sin saber para qué gimiendo su desesperado dolor de no ser ya. Estas son almas en pena que deben ser exorcizadas mediante el canto de letanías y vidalas y extraños procedimientos taumatúrgicos desconocidos por nosotros. Esta particular características de los entes inanimados, reales o ficticios, se encuentra en la inspiración de esos autores dementes que suelen encontrar estas entidades dibujadas en sus paredes o en el fondo del vaso de un vino barato tomado en la soledad de una celda manicomial.
Yo era un muerto que estaba vivo. Mi conciencia me indicaba que, en realidad, estaba muerto, pero mis acciones mostraban lo contrario. Podía hablar y moverme. No necesitaba comer ni respirar. Mi cuerpo en su estructura material era el mismo. No estaba sometido al proceso de descomposición propio de los cadáveres y esta característica me separaba de ellos. La realidad del cadáver conlleva su descomposición material lo que determina, casi definitivamente, el final del cuerpo, soporte natural de la existencia de vida.
No toda la gente podía verme o escucharme. Algunos podían verme solamente, otros escucharme y otros podían hacer las dos cosas pero no en forma continua, sino entrecortada, como en una vieja película en blanco y negro del cine mudo un poco ajada por el paso del tiempo.
Mi cuerpo no sentía nada, como corresponde al cuerpo de un muerto, sin embargo buscaba imperiosa e intensamente el calor humano. Como si una inercia que proviniera de la vida pasada, no se agotara totalmente con la muerte. Asi como la muerte puede reinar en la vida, esta, a su vez, se apropia de una porción de la muerte. Es más, la vida piensa en la muerte pero esta, nunca piensa en la vida.
Toda muerte puede ser, en algún sentido, fecunda. Los sacrificios altruistas y de los otros, las ofrendas a los dioses, etc., intentan cumplir con esta premisa de fecundidad en la muerte. Sabemos que de los cuerpos en descomposición alimentan muchísimas criaturas y que de la materia muerta renace continuamente el cíclico devenir de la vida. Esta contradicción aparente entre muerte y vida o Eros y Tánatos no es tal para los psicoanalistas que cuando mueren hacen cola para tratarse con Freud.
Como todo sueño que se precie no lo recuerdo en su totalidad y hoy, al relatarlo dudo que en realidad haya sucedido. La magia de las narraciones depende de sortilegios herméticos a los que nunca accederemos. Las palabras se encadenan unas a otras con criterios totalmente independientes de nuestra racionalidad o de nuestras ganas y nosotros nos esclavizamos gustosamente a ellas.
Solo aparecen imágenes inconexas de esa otra realidad que no por ser onírica carece de potencialidad e impresionismo con que nos sensibiliza la realidad. Somos una especie de tabula rasa en donde se inscriben las sensaciones. A veces, cuando viajo en el tren desde Florida hacia Retiro, contemplo los árboles del costado de la vía. Sus ramas desnudas en otoño e invierno, parecen brazos muertos que intentan abrazar el cielo que, invariablemente, se le escapa. En esos instantes extáticos dudo de que no este soñando y evoco algunas imágenes de ese sueño que revientan y se estrellan en mi calota.
TRES.
EN MI SUEÑO HABÍA UN RÍO, pero, no era un río cualquiera. Tenía el aspecto de río pero su superficie blanquecina y lisa, sin arrugas, corría lenta y densamente con la corriente. Pequeñas burbujas explotaban cerca de la orilla como en una gran cacerola gigantesca. En ese río no nadaba ningún pez.
Ese río era cruzado por un puente.
Este puente tenía escaleras que descendían pero, extrañamente, el río estaba a nivel.
Siempre me han extrañado las escaleras. Son como caminos ordenados y disciplinados que invariablemente terminan en un destino. A mi me ha seducido la idea de construir escaleras inútiles, como las que poseen los laberintos, o escaleras que solo suben y que no te permiten bajar. A mi me gusta caminar por los sinuosos caminos de las islas. Siento una particular predilección por recorrer los adaptados senderos paralelos a las vías y nunca cruzo una plaza por la diagonal que primorosamente dibujo el urbanista. Para mi, las escaleras conforman una direccionalidad tan acotada que me asfixia.
Los escalones de esta escalera estaban salpicados por uvas negras que se parecían a aceitunas. Yo bajaba algunos escalones pero no todos, solo algunos, y contemplaba desde ese lugar seguro el diseño de las uvas negras con el fondo de cemento de los escalones, enmarcados, uva y escalón, sobre el fondo del río lechoso en su eterno circular. Don Heráclito se hubiera puesto contento si hubiera estado a mi lado.
¿Era este puente la última frontera? ¿El límite tan conocido por los antiguos que separa las dos tierras? Y si este puente no existiera, ¿habrá un botero que nos cruce por alguna moneda?
Si cruzaba ese puente estaría en el otro lado, la Tierra sin Nombre, el Walhalla, el Edén, el Hades, el Nirvana, el Más Allá.
Era terriblemente sencillo. Lo que me separaba de la otra orilla era nada más y nada menos que mi acción, mi desición. Era como si solo mi deseo, puesto en la acción de descender esas escaleras, me llevara a cruzar ese puente y alcanzar el otro lugar.
¿Sólo dependía de mí? ¿Tan fácil era?
Obviamente volví sobre mis pasos y recuperé mi sueño.
CUATRO
AHORA DESCUBRO QUE LA CALIDAD DE MI MUERTE era de una entidad fantasmagórica. Quizás no soñé que era un muerto, quizás era un fantasma, un espectro pero, ¿que cosa es un fantasma sino un muerto rebelde? Un muerto, conciente de su muerte que interactúa con los vivos, ese era yo.
Lo extraño era que mi corporeidad fantasmal, como he dicho, solo era vista por algunos. De este grupo de algunos, todos los ciegos percibían mi presencia.
Recuerdo un joven vendedor de instrumentos musicales, sentado en una vieja silla de mimbre, con almohadón multicolor, leyendo las obras de Tiresias, en braile, editadas a mediados de siglo en la ciudad de Brujas por una editorial hoy desaparecida.
- Buenas tardes, ¿que desea?- me preguntó amablemente.
- Buenas tardes. ¿Podría ver esas guitarras?- Pregunte.
- Si. Como no.-
Las guitarras, junto con otros variados instrumentos, se hallaban en una vitrina de primorosos contornos tallados. Campanas de floripondio, semillas de ayahuasca, raíces de genjibre, corolas de amanitas, troncos de cáñamos se retorcían entre ellos abrazando los marcos de los vidrios tallados de esa antigua vitrina. Dentro de ella, como productos de un luthier esperpéntico, se encontraban extrañamente acomodadas, guitarras Gibson Les Paúl y alguna que otra Fender Stratocaster, todas afinadas en La 440.
- ¿Tenés guantes?- pregunté.
- Si, en el cajón de abajo.
Abrí el cajon indicado y me encontré con guantes a los que le faltaban los dedos, como esos que usaban los corredores de coche en la década del 60.
El solo hecho de pensar en guantes para tocar la guitarra era un indicador de la irrealidad de mi sueño, sin embargo, esta percepción de irrealidad no fue un obstáculo para que continuara soñando, característica típica de las experiencias oníricas.
Elegí unos guantes negros de cuero que se ajustaban a la muñeca con un pequeño cinturón salpicado de tachas metálicas en la parte superior.
Inmediatamente pase a un salón que simulaba una cancha de basket de cualquier club barrial. Un acompañamiento musical sin guitarra inundaba el ambiente. Podía ver al final de la cancha un grupo de músicos ejecutando esa melodía. ¿Me estarían esperando a mí? Me puse a tocar mi instrumento pero, al ser invisible para muchos de los que estaban allí, solo podían ver el baile de mis negros guantes con tachuelas plateadas siguiendo el compás ya que la guitarra tampoco compartía este atributo de visibilidad. Los que podían verme y escucharme me saludaban con simpatía y me felicitaban. Los otros no. Percibía que mi calidad de fantasma coincidía con mi música. Esta, a decir, verdad, es también producto de los fantasmas. Un CD o un tape o los viejos LP, mantienen vivos a aquellos fantasmas del pasado como Morrison o Hendrix, como Pichuco o el Polaco, como Caruso o la Callas. La concreción del producto humano objetivado en una obra tiene, si no es destruida por el paso del tiempo, la calidad de la permanencia aún después de nuestra muerte. Esto no solo nos permite trascender nuestro tiempo si no que, además, dota a la obra de una categoría fantasmal. Las notas entonadas en los viejos LP, los textos escritos en la antigüedad, son fantasmas actualizados permanentemente a través de nuestras lecturas, ya sea a través de nuestros ojos o, también, a través de nuestros oídos. Vemos que la rebeldía ante la muerte no es privativa de mi persona y que algunos de los que me precedieron, han podido sortear el abandono a que nos reduce el olvido.
CINCO.
LO BUENO DE LA CEGUERA era que todos ellos podían verme y, en los ellos, había también ellas. De una de ellas me enamoré. Si, ya se que parece raro, ¿cómo un muerto puede enamorarse? ¿No es que los muertos no tienen sentimientos? Pues parece ser que lo que venimos suponiendo acerca de los muertos no es tan cierto como parece. El fenómeno del óbito sigue permaneciendo en una oscuridad hermética e indescifrable. No necesariamente la muerte signifique la nada, aunque muchos filósofos opinen lo contrario. Quizás esto le suceda a los muertos que se transforman en cadáveres pero a nosotros, los fantasmas espectrales, la muerte parece ser un estadio intermedio entre dos extremos, uno de ellos conocido; la vida, el otro no totalmente.
Lo cierto y lo que cuenta es que me enamoré de esa chica ciega. No era un amor como los que yo había tenido. Aquí no existía la pasión desbordante de mis años juveniles que definían una explosión de hormonas y coitos a cualquier hora y en cualquier lugar. No había flores ni caricias ni tampoco el odiado día de San Valentín, ni aniversarios que festejar. Era un amor de tipo fantasmal. Ella sabía que yo estaba allí y desde su mirada vacía me enviaba chispas que caracoleaban en mí.
Podía estar cenando con sus padres en esa vieja casona de Adrogué, rodeadas de centenarios robles y aromos, ellos también testigos de un barrio que ya no es, o en el jardín escuchando el coro de zorzales y calandrias. Yo solo existía para ella. Ella podía verme. Siempre supe, por más que nunca hubiéramos hablado, que me amaba. No hacía falta besarnos o tocarnos para descubrir esa comunión tan afecta a los enamorados. Solo hacía falta saber que uno estaba allí, donde se debe estar, en ese espacio simbólico que ocupan los sentimientos del corazón.
Gracias a ella mi estado era más soportable. A ella le debo el no desmoronamiento en ese lodo primordial del que todos venimos y al que todos, invariablemente, volveremos, fantasmas y cadáveres. Gracias a ella tampoco deambulaba asustando a los niños que no quieren tomar la sopa o hacer lo deberes del colegio. Gracias a este sentimiento, gambeteaba el dolor de no vivir.
SEIS. SALIDA
ES CURIOSO. Nuestro cerebro juega con nosotros manejándonos a su absoluto y libre arbitrio. Nosotros nos entregamos placenteramente a él un tanto imprudentemente, y yo, que soy un soñador irresponsable e irrespetuoso me encuentro a mis anchas cuando él me convoca. Como un señuelo fantástico, me atrapa en esa red de la que es difícil escaparse.
Nadie puede convencerme que lo que soñé no fue o que mi vigilia si es.
Por eso, desde aquel sueño y extrañando la sensación de aquél amor, me dedico a buscar fantasmas en los recovecos de la ciudad, en sus zonas mas grises, en las vías siempre oxidadas de las estaciones abandonadas, en los ojos vacíos de las ciegas que pululan en los pasillos de los subterráneos y que me pueden enamorar en un solo destello vacuo. Camino por las calles de los barrios urbanos saludando a las personas que parecen ser espectros y que abundan en mi ciudad. Muchos de ellos están vivos pero, a juzgar por sus miradas, quisieran estar muertos.
Últimamente esta ciudad esta produciendo muchos casos raros.
Debo admitir, también, que cada vez que tengo que cruzar un puente, dudo de lo que encontraré en el otro lado y pienso si este no será el último; lo que me lleva a pensar dos veces antes de dar el siguiente paso mientras se forma una cola detrás mío de gente apurada para llegar a su destino.
Quizás, algunos de estos días, cuando escuche música de antes y no sepa de donde viene, encuentre unos guantes negros bailando solos en el aire, tocando una invisible guitarra, entonando un desafinado tango cantado por un espectro que no se resigna a dejar de vivir.
Julio 2002. Enero 2006.
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