Introducción.
¡Ah! ¡El horror! ¡El Horror!
Kurtz.
Occidente siempre fue bárbaro. Desde sus inicios tribales y sus luchas intestinas, vio en la guerra de conquista su modo de ser. La herencia conquistadora tanto de Esparta, Roma y los vikingos no logra ser escondida ni justificada bajo el ropaje de la Ilustración que adviene en el siglo XVIII con la intención de zanjar esa deuda bárbara que ya se hacía evidente.
La conquista de América y de Africa, a sangre y fuego, posibilitó trasladar las luchas internas mediante la explotación de los territorios ilegalmente ocupados y de los hombres y mujeres que allí vivían. El fabuloso traspaso de riqueza desde América hacia Europa permitió diferir los conflictos por las necesidades básicas y desarrollar económicamente, así, el continente. Pero el precio a pagar fue la legitimación de la barbarie.
La razón, como instrumento de la conquista, es ella en sí misma, la barbarie disfrazada con el ropaje de la intelectualidad. “Una de las tareas de la Ilustración era multiplicar los poderes políticos de la razón” (Foucault 1996:17). Mediante la razón, el poder de la barbarie ilustrada se justificó a sí mismo, y, a partir de ésta justificación, se convierte en exceso. Cuando la razón se convierte en exceso hay algo que no encaja en ella. El desborde, los exabruptos, la exageración, etc., no corresponden a la razón sino a su contrario.
La justificación racional de la conquista y de la explotación del otro, como se verá, será el origen de su exceso y la demostración más evidente de la barbarie que habita en ella. La voluntad de poder que lleva implícita la razón se inscribe en ella como una marca a fuego. Razón y poder, poder y razón, son términos que, en Occidente, van de la mano.
Tenemos entonces una barbarie conquistadora, esclavista y colonial que intenta justificarse en una razón que la habilita como tal impugnando, con el poder de las armas, otro tipo de razones que terminan subordinadas a la razón conquistadora, a la razón bárbara, a la razón de las armas y del horror.
JUSTIFICACIÓN.
Las Ciencias Sociales suelen encontrar en la Literatura, elementos que le son funcionales a su desarrollo. Las novelas, los cuentos, las obras de teatros, etc., suministran en algunas ocasiones a estas Ciencias, un motivo de reflexión. La literatura, como creadora de un mundo artificial cuyo origen es el mundo social real, puede darnos a leer “...escenas, experiencias íntimas, razonamientos, acciones e interacciones que ningún sociólogo de la vida real podría hacer aparecer” (Lahire 2006:169).
La justificación de éste ensayo reflexivo consiste en analizar a la barbarie humana expresada en la conquista europea de sus territorios coloniales a partir de una interpretación de la obra de Joseph Conrad titulada “El corazón de las tinieblas” y del film dirigido por Francis Ford Coppola “Apocalypse Now” basada en ésta novela y ambientada en la sangrienta guerra de Vietnam. De lo que se trata, finalmente, es de entender tanto al Kurtz de Conrad como el coronel Kurtz de Coppola que llaman a “exterminar a los bárbaros” configurando, a mi parecer, esa justificación y exceso de la barbarie europea a la que hacía referencia en las líneas precedentes. De la misma manera, encontraremos que dicha barbarie aún persiste en algunas formas políticas implementadas en la actualidad que pretenden mantener la hegemonía devenida de la conquista utilizando justificaciones basadas en un tipo de razón; la razón instrumental técnico administrativa, que pretende erigirse como único discurso impugnando otro tipo de razonamientos y argumentaciones cuyo origen es la periferia, es decir, en éste caso, Sudamérica.
Este ensayo, entonces, se escribe desde la periferia, desde esa zona que Europa ha considerado bárbara y salvaje sin entender que éstas categorías no son las adecuadas para comprender la realidad de éstas regiones. Por el contrario, pretendo dejar claro que, cuando mencione a la barbarie y al salvajismo, estaré hablando del Ser bárbaro muchas veces encarnado en el espíritu conquistador europeo militarista-mercantilista aunque esta pertenencia no le sea exclusiva.
Sé que la barbarie, en su modo de violencia y conquista, no le compete solamente a Europa pero, como integrante del espíritu occidental, puedo reflexionar sobre sus fundamentos. Yo no soy asiático ni tampoco soy coya, soy descendiente de ese espíritu occidental en su modo periférico, subdesarrollado, colonizado y, como tal, escribo éstas líneas. No abjuro de mi condición. Es a partir de mi condición de occidental periférico que escribo. Que pertenezca a un continente que ha sido colonizado no es, para mí, un impedimento para pensar en la dominación sino todo lo contrario. Padecer los excesos, estudiar sus efectos, me habilita a reflexionar al respecto sin por ello considerarme, yo mismo, subdesarrollado, dominado, colonizado. La libertad de pensamiento y la honestidad intelectual no es deudora de una cultura sino que se relaciona con el Ser. Jean Paúl Sartré lo sabía muy bien.
Con respecto a las demás culturas sé positivamente que también se han cometido excesos. La aristocracia náhuatl sacrificaba humanos para calmar la ira de Huitzilopochtli. Los Incas enviaban a las nieves andinas a niños para que mueran en las altas cumbres posiblemente con el fin de sacrificarlos a los dioses. Los Qom escalpaban a sus enemigos e insertaban el cuero cabelludo obtenido en largas picas para ostentación de su virtud guerrera. Desde mi campo de significación, estos también pueden ser considerados rasgos de salvajismo tal como los europeos. La diferencia estriba en que yo conozco el substratum ideológico en que se configura mi campo de significación y, a partir de éste conocimiento, puedo realizar la crítica, pero desconozco el campo de significación náhuatl o inca sencillamente porque mis predecesores españoles en este caso, no han dejado testimonio de esos campos de significación y este hecho, justamente, confirma la barbarie de Occidente tal como pretendo argumentar a lo largo de éste ensayo.
Que quede claro entonces; Occidente no es el único modo del salvajismo humano. Lo que yo pretendo es analizar, a partir de libro de Conrad, una de las formas en que se da este salvajismo en la modalidad civilizatoria que tanto agrada a Occidente justificar y si bien yo formo parte de Occidente, pues el idioma en que estoy escribiendo es un idioma occidental, no por ello debo aceptar todo lo que mi cultura pretende justificar. Por el contrario, es mi intención impugnar severamente el salvajismo y la barbarie que lleva escondida en sus entrañas el concepto de civilización. Espero que con el correr del texto mi postura y mi justificación queden claros.
Encontraremos en las figuras de los dos Kurtz entonces, el de Conrad y en el de Coppola, en Marlow y en Willard, ese espíritu bárbaro que aún persiste cuya dilucidación y crítica pretenden ser el objeto principal de éste ensayo.
UNO. La Narración.
“Corazón de tinieblas” fue publicado en el año 1902 y relata un viaje que hace su narrador, el capitán de barco Marlow, al Congo como enviado de una compañía marfilera. Marlow es contratado para ir a una estación ubicada a la vera del río Congo. Esta estación está administrada por el señor Kurtz que es una especie de dios-hombre y que se dedica a administrar esta estación, con métodos que luego serán reprobados por la misma compañía, cuyo único objeto, lo aclaro de entrada, es extraer marfil. En la película de Coppola, Marlow es representado por el capitán Willard del ejército de los Estados Unido que debe remontar un río en Vietnam en una barcaza artillada para ir a asesinar al coronel Kurtz que se encuentra en Camboya; tales son sus ordenes, pues éste coronel ha fundado una especie de “colonia” y se ha rebelado a sus mandos naturales. Le indican a Willard que debe ir a asesinar al coronel Kurtz pues se ha convertido en una presencia que el ejército no puede tolerar.
Cómo se puede apreciar, desde las primeras hojas o las primeras escenas, la barbarie se nos muestra bajo el ropaje de la civilización; Marlow/Willard deben internarse en esa barbarie/salvajismo que expresa el río Congo o un río en Vietnam ya sea para ir a asesinar a un coronel rebelde o ir a hacer algo -que Conrad nunca explicita- a una estación de explotación marfilera en un territorio colonial. Willard solo obedecer ordenes, para Marlow, en cambio, el viaje solo es un trabajo más. Con el desarrollo de la novela y de una manera que no queda clara, se espera que Marlow termine con Kurtz. En la película, la orden de asesinato es explícita.
Marlow comienza su relato en una charla ocasional que tiene con unos marineros mientras espera que la marea suba. Están en el río Támesis. Él cuenta una historia que vivió. La novela, si bien está relatada en primera persona, es una narración que hace un marinero a otros marineros mientras esperan que la marea suba. Es como que las acciones que se van a describir sucedieron en otro lugar, en otros parajes, en otros tiempos, con otros personajes. Esta distancia entre la civilización, en donde se narran los sucesos, y la barbarie/salvajismo que representa la otra tierra, permite una separación entre el hombre occidental y el salvaje. Marlow narra su aventura no de manera romántica sino apesadumbrado por lo que vivió y por lo que vió en la selva en busca del señor Kurtz.
La película, obviamente, tiene otra dinámica narrativa. Willard es enviado al río y se espera que cumpla su orden. No se da esta distancia que sí se da en la novela de Conrad. Willard es un soldado y está acostumbrado a obedecer, Marlow, por el contrario, no lo es. Willard ya conoce los horrores de la guerra, en cambio Marlow no. Él es un marino que busca trabajo y lo encuentra en la compañía marfilera y relata su aventura mientras espera que suba la marea en la relativa comodidad que provee un barco en el Támesis. Marlow relata eventos del pasado, Willard está sintiendo/padeciendo su propio presente con sus compañeros soldados que están viviendo los mismos horrores que Willard vive. Marlow se sitúa, entonces, como narrador de un hecho que vivió y el salvajismo se encuentra en las palabras que relatan los eventos en tanto que el capitán Willard está en su presente en medio de una espantosa y desigual guerra y son sus propios ojos, que son también los del espectador, quienes observan la barbarie humana. Aquí se borran las distancias y el salvajismo y la barbarie están a la vista en la película. No hay mediación del relator. El espectador ve por los ojos de la cámara. En la novela, el salvajismo y la barbarie están en el relato que hace Marlow y no por ello es menos crudo. Tanto la película como la novela son dos formas del relato de la barbarie, eso queda claro; una desde el presente y la otra bajo la forma de narración oral.
DOS. La presentación de la barbarie. Roma.
En las primeras páginas de la novela, Marlow menciona a los romanos cuando llegaron a conquistar Inglaterra. Roma, que expresa la civilización, llega a la barbarie, al salvajismo que es Inglaterra que aún no es al Estado Nación que hoy es. El romano/civilizado llega y “Desembarca en una zona pantanosa, atraviesa bosques y en algún lugar del interior experimenta la sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea..., toda esa misteriosa y primitiva vida que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del hombre salvaje. No hay posible iniciación para tales misterios. Tiene que vivir en medio de lo incomprensible, que también es odioso” (Conrad 2000:17). El salvajismo es, para el hombre civilizado/conquistador, una sensación misteriosa y primitiva que lo rodea. Este misterio es incomprensible y es también odioso. La razón que no puede penetrar lo incomprensible determina el odio a esa incomprensión y el odio será la base, el substratum de las acciones que desestimarán la humanidad de ese hombre salvaje que el hombre civilizado viene a conquistar. Se invierte perversamente en este razonamiento las carga valorativa de la barbarie. Bárbaro y salvaje es el hombre incomprensible que vive en los bosques, en las selvas, en los ríos y no el conquistador que viene a extraer del territorio conquistado sus riquezas con el solo poder de las armas y de la razón instrumental técnico administrativa que posibilita la eficacia de las mismas. La lógica de la guerra, que es una lógica de la barbarie, pretende justificarse en esa incomprensión, que es la base del odio y de la desconsideración del otro que pasa a ser un diferente al “mí-mismo”. El par incomprensión/odio permite descargar sobre el otro, el salvaje, todo tipo de acciones y conductas que configuran la verdadera barbarie por que ¿que tipo de civilización puede justificar la esclavitud, la explotación, el saqueo, el asesinato, las violaciones, las deportaciones, etc.? Encontramos, entonces, en las primeras lineas de la novela, la justificación de lo injustificable en la mentalidad conquistadora romana, orgullo de esa Europa bárbara que cree haber superado esa barbarie por que triunfa por medio de métodos inhumanos sobre los salvajes. Nótese que, ya en los inicios de la novela, no así de la película, Conrad nos anticipa ya algo de sus ideas al respecto. Roma lleva la civilización a la barbarie en esa isla que está cruzando el Canal de la Mancha, donde se encuentra él mismo.
Esta incomprensión del salvaje es también una fascinación “La fascinación de lo abominable” (Conrad 2000:18). Otra forma de expresar ésta fascinación es por los descubrimientos de lo natural, de lo monumental de la naturaleza en el mundo salvaje. “Remontar aquel río -cuenta Marlow- era como volver a los inicios de la creación, cuando la vegetación cubría la faz de la tierra y los árboles se convertían en sus reyes” (Conrad 2000:58). La exuberancia, la abundancia, el clima, las enormidades de los lugares salvajes, fascinan al europeo que adviene a éstas tierras de su raquítica y pequeña Europa y realiza, pues, un viaje al pasado, a los inicios de la creación. No en vano, los primeros españoles que pisaron América pretendieron buscar el Edén mítico o representaciones similares al notar la abundancia de alimentos, plantas, animales, etc., que eran desconocidos para ellos. Si alguna vez existió el Edén, éste debe haber estado en América o en África.
La contraparte de esta fascinación es el descubrimiento de la barbarie propia. Este tema será tratado más adelante. En el punto Ocho específicamente.
La barbarie que expresa el salvaje fascina al civilizado. El exotismo, lo extraño, la posibilidad de la aventura, termina seduciéndolo y el civilizado se siente atraído por lo bárbaro. Esta fascinación la vamos a encontrar en Domingo Faustino Sarmiento en su texto sobre Facundo Quiroga. El intelectual/civilizado sanjuanino se siente fascinado por las habilidades de los gauchos pampeanos, los bárbaros que hay que eliminar para que la Argentina se transforme en una nación moderna. Admira su destreza con el lazo, en el dominio de su cabalgadura, en su conocimiento de la naturaleza y no puede menos que admitir que se siente fascinado por el “exceso de vida” que poseen estos bárbaros/salvajes. Marlow también admite esta característica en los salvajes que va encontrando en su derrotero: “Vociferaban y cantaban; sus cuerpos estaban bañados en sudor, sus caras eran como máscaras grotescas; pero tenían huesos, músculos, una vitalidad salvaje, una intensa energía en los movimientos, tan naturales como los de las olas a lo largo de la costa.” (Conrad 2000:28). No obstante, por más que posean esta vitalidad admirada por Sarmiento, es necesario eliminarlos pues con ellos no se puede hacer una nación moderna, es decir, civilizada. Uno de los componentes figurativos1 del Iluminismo es la Modernidad y la Modernidad tiene en la razón su componente figurativo. Iluminismo, Modernidad y razón, pues, son tres de las principales dimensiones que configuran a la civilización europea tal como se desarrolla aproximadamente en el siglo XVII. Dejemos el tema en éste lugar ya que su profundización me desviaría del objetivo principal que me he propuesto, pero me parece que es importante señalar su relevancia para el tema en cuestión. La civilización a la que estoy aludiendo es la civilización que deviene de la idea de la Modernidad y ésta del Iluminismo.
Parece ser que la civilización solo se puede desplegar eliminando la barbarie y, para hacerlo, debe “transformarse” ella misma en bárbara. Veremos, más adelante, que en realidad no es una transformación sino que la barbarie es el complemento necesario de la civilización.
En relación al “exceso de vida”, a la “vitalidad salvaje” se puede notar que hay una relación diferencial con el cuerpo entre el salvaje y el civilizado. El cuerpo del salvaje parece estar dotado de un impulso, de una energía vital que le llama la atención al civilizado. La desnudez, la habilidad para domar animales, el conocimiento empírico de la naturaleza es todo lo contrario de lo que el espíritu civilizatorio pretende. El salvaje forma parte de la naturaleza, es la naturaleza. En cambio el civilizado pretende adueñarse de ella para que ella, finalmente, se ponga a su disposición. La idea de la civilización es la de someter a la naturaleza. La razón se impone a lo natural. Para ello, desarrollará la técnica, para dominarla, para someterla siendo inconsciente del precio que paga por éste dominio. En el terreno bélico, el civilizado desarrollará armas para destrozar esos cuerpos a la distancia, nunca comprometiendo su propio cuerpo en el combate. Son los helicópteros norteamericanos ametrallando las aldeas vietnamitas desde la relativa seguridad que da el aire, son los bombardeos con napalm desde, ahora sí, la seguridad de la cabina del jet a mil metros de altura. Como se verá, la artillería en el siglo XIX y la aviación en el XX, son los modelos con que la civilización pretende derrotar a la barbarie. Estos instrumentos técnicos-bélicos, nos hablan, también, de una concepción del cuerpo. No es el mismo compromiso corporal el que tiene un infante que el que tiene un artillero o un aviador. La guerra de Vietnam se libró desde el aire y, a partir de esta supremacía, los infantes podían descender en las LZ o zonas de aterrizaje (land zone) y distribuirse. Esta técnica de combate está clarísima en la película, más precisamente en la escena en donde el coronel Kilgore de la caballería aérea, con su sombrero a lo Custer y desnudo de la cintura para arriba, después de bombardear una aldea vietnamita, en donde se ve a niños en edad y con uniforme escolar, baja de su helicóptero y hace surfear a uno de los soldados. Llama por radio a la aviación y les da las coordenadas para que los aviones rocíen con napalm la selva. Entre el humo que queda del bombardeo y los cadáveres norteamericanos y vietnamitas le dice a un soldado: “¿Hueles eso?¿Lo hueles muchacho? Es napalm hijo, nada en el mundo es así...que delicia oler napalm por la mañana. Una vez bombardeamos una colina por doce horas, cuando acabó todo subí, no encontramos ni un cadáver de esos chinos de mierda...había olor a gasolina quemada, aquella colina olía a...victoria”2. La victoria como resultado horroroso de la supremacía técnica.
Dos concepciones del cuerpo, entonces, entre la civilización y la barbarie, y el desarrollo de una técnica bélica para no exponer el propio cuerpo en combate y exterminar al enemigo desde la comodidad que da la supremacía técnica militar. Se va viendo, entonces, cuales son los caminos que prefiere la civilización3.
Marlow, narrando los hechos desde 1902, pleno auge del positivismo y de la confianza en la razón técnica instrumental les dice a su auditorio: “Lo que a nosotros nos salva es la eficiencia...el culto por la eficiencia. Pero aquellos muchachos (por los romanos) en realidad no tenían demasiado en que apoyarse. No eran colonizadores; su administración equivalía a pura opresión y sospecho que a nada más. Eran conquistadores, y para eso lo único que se necesita es fuerza bruta, nada de lo que pueda uno jactarse cuando se tiene, pues la fuerza de uno no es sino la consecuencia de la debilidad de los otros...Era un pillaje con violencia, un alevoso asesinato a gran escala...La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no posee tanto atractivo como cuando se observa de cerca” (Conrad 2000:18).
Se nota en este pasaje dos cosas y que son importante para esta reflexión: la barbarie que expresa el colonialismo europeo pretende justificarse en el culto a la eficiencia. Encontramos algo de este razonamiento en el pensamiento neoliberal resultado del Consenso de Washington. La imposición de éste modelo económico, que en nuestro continente necesitó de la barbarie expresada en las salvajes dictaduras asesinas que asolaron nuestros países, se justificó en una supuesta eficiencia que resultó no ser tal. Lo que quedó despues de la implementación de los programas devenidos del espíritu del Consenso de Washington y de las políticas implementadas por el FMI fue: desocupación, hambre, desarme del Estado Social, privatización, pobreza, violencia, etc. La eficiencia en donde pretende justificarse éste tipo de dominación no es tal. La debacle financiera de fines del 2008 así lo confirma. Por otro lado, el reconocimiento de que la barbarie colonizadora solo se funda en la fuerza bruta que se impone sobre la debilidad del otro no hace más que reforzar mis argumentos ¿que tiene de civilizado la aniquilación del más débil? ¿en donde reside el honor, la gallardía, la valentía cuando se arrojan toneladas de bombas “inteligentes” en ciudades indefensas? ¿cual es la eficacia de los bombardeos “quirúrgicos” cuya secuela es la muerte y la incapacidad en niños/as, viejos/as inocentes que no están armados y que no significan ningún peligro? Se comienza a confirmar que este tipo de civilización, que pretende asentarse en una eficiencia que no es tal, debe responder, entonces, a otros objetivos; la exacción de las riquezas ajenas ya sea petróleo o dinero mediante la imposición de préstamos a intereses usurarios y en la obligación de vender a precio vil las materias primas y a precios inflados las manufacturas producidas en las metrópolis. Vuelvo a reiterar lo dicho en las primeras páginas; la transferencia de recursos desde la periferia a los países centrales es la consecuencia del poderío de los unos y de las debilidad de los otros.
La barbarie expresada por medio de la guerra de conquista se torna cobarde cuando el atacante cuenta con los recursos técnicos para no ser herido y para poder aniquilar a su enemigo4. “El arte de matar a distancia se convirtió, muy tempranamente, en una especialidad europea” (Lindqvist 1996:45).
El desarrollo de la artillería, la misma que es ensalzada por Sarmiento en ocasión del triunfo del Gral. Paz en la batalla de Oncativo sobre las tropas federales del Gral. Quiroga, posibilita la guerra moderna y también el desarrollo de masacres5. Cuando la superioridad tecnológica es tal que no permite al enemigo ensayar la más mínima defensa, la guerra deje de ser y se convierte en masacre. Ni siquiera von Clausewitz6 aceptaría llevar la guerra por estos medios. Las masacres son el resultado de la aplicación de la barbarie por medio de una específica técnica bélica. Ya no hay simetría entre los oponentes. La extrema asimetría que permite el acceso a los modernos armamentos de destrucción masiva refuerza la idea de barbarie que estoy exponiendo. No hay honor ni justificación en ametrallar a personas desarmadas que no implican ningún peligro. Debemos buscar, entonces, por otros lugares la comprensión de este bárbaro comportamiento.
TRES. La propiedad. La apropiación.
Cuando el mundo es descubierto en su totalidad, en virtud de su circunnavegación, se descubre también un territorio para la conquista, para su apropiación. Colón llega el “nuevo mundo”, nuevo para los europeos ya que en estas tierras existían culturas mucho mas desarrolladas en algunos aspectos que las europeas, y se cree con la autoridad para reclamarlas para la corona española. Este comportamiento será el mismo que el de la elite porteña de 1880 en la mentalidad del Gral. Roca y su Conquista del Desierto. ¿Cómo se justifica la conquista de un desierto? Sólo se justifica por la necesidad de esa elite de fundar un Estado Nación sin la presencia de sus habitantes originales. Se necesitó del sometimiento y del exterminio de los pueblos originarios y de los habitantes de la llanura, los gauchos, para que la Nación Argentina pudiera ser tal. La Argentina, como muchas naciones americanas, son el resultado de la dominación y exterminio de sus comunidades originarias. Marlow percibe ésta característica cuando recuerda que en su infancia gustaba de mirar mapas de América, Africa, el Polo Norte y descubre que “Por aquel entonces había en la tierra muchos espacios en blanco”(Conrad 2000:19) y piensa que “Cuando sea mayor ire allí” (Conrad 2000:19). Lo que no percibe Marlow es que esos espacios en blanco estaban habitados, que están en blanco en sus mapas, que son europeos, que no hay desiertos, que incluso donde los hay, el ser humano encuentra posibilidades de existencia allí donde el civilizado solo ve barbarie. Tierra del Fuego, Alaska, el Kalahari, no son sólo desiertos desde el punto de vista geográfico, son también el territorio en donde se han asentado comunidades que pudieron vivir y desarrollarse.
La conquista de estos territorios “en blanco”, pero que sin embargo estaban habitados, solo es justificable desde el punto de vista de la civilización occidental por que se consideran desiertos, selvas, bosques, etc., geografías no urbanas pues solo en las ciudades es donde puede residir la civilización. La naturaleza feraz no proporciona los medios para el desarrollo de la civilización. Solo un salvaje puede vivir en esas condiciones y en esos climas y es la misión de Occidente enseñarle a vivir como se debe, es decir, a la manera occidental. Para ello debe emplear la barbarie expresada en la conquista.
Los desiertos, las selvas, los bosques, las montañas, los ríos son también la fuente de una forma de riqueza; la de las materias primas que permiten a la industria manufacturera existir y permitir así que exista el mercantilismo. Entonces encontramos que el desarrollo del mercantilismo es lo que justificó, realmente, la conquista y no es ni la salvación de las almas de los salvajes ni la distribución del conocimiento occidental lo que la motivó. Sólo ha sido el espíritu mercantil y la posibilidad de hacer negocios para unos pocos en contra del bienestar de muchos.
CUATRO. “Allí”. Lo innombrable. La palabra dominadora/dominante.
Los territorios de la barbarie son “allí” en el texto de Conrad. Cuando el doctor de la compañía examina a Marlow para ver si está en buen estado de salud le dice: “Está bien, está bien para ir allí...” (Conrad 2000:25) y, con un criterio racional típico, comienza a medirle el cráneo pues al hacerlo está velando por los intereses de la ciencia que es otra de las justificaciones de la barbarie. La ciencia occidental está dispuesta a sacrificar algún que otro espécimen tan solo por salvaguardar sus propios intereses. El higienismo positivista es el que habla por boca de éste doctor que mide, lombrocianamante7, a Marlow. Este médico quiere investigar los cambios que ocurren en las personas que van “allí” pues percibe que algo extraño a la ciencia debe suceder con esos sujetos pues no los vuelve a ver. Examina a Marlow y le da determinados consejos sobre como debe cuidarse. Pensativo lo mira y le dice “Sería interesante para la ciencia observar los cambios in situ...” (Conrad 2000:25). La ciencia, que está dispuesta a sacrificar al espécimen a estudiar, es también una de las formas de la barbarie. No hace falta que me explaye demasiado en este tema pues la brutalidad nazi y los experimentos realizados en los campos de exterminio en nombre de la ciencia me exime de ello. Un solo nombre alcanza para denunciar esta barbarie: Joseph Mengele.
“Allí” es entonces, el territorio donde la civilización debe desplegar todo su potencial, “allí” es el trópico, es la selva, son las enormes montañas, los desiertos, los ríos caudalosos, los enormes lagos como mares y los hombres que los habitan son los salvajes que deben ser iluminados por la civilización aunque esta iluminación los termine extinguiendo. Marlow se asombra cuando le informan que debe ir “allí”: “¡Cielos! ¡Y yo iba a hacerme cargo de un vapor fluvial de poca monta...Resultó, sin embargo, que yo era también un Pionero, pero con mayúsculas. Algo así como un emisario de la luz, como un apóstol de segunda categoría.” (Conrad 2000:26). Parece ser que el lugar de la barbarie no se nombra; es “allí”, no tiene nombre, es el desierto, la selva impenetrable, el lugar de los ríos caudalosos. Con la nominación “allí” se despoja al lugar de una nominación como corresponde. “Allí” es el espacio a conquistar, no es un lugar en donde habita gente. “Por cierto que el aquí europeo, occidental, adquiere todo su sentido con respecto a un afuera lejano, “colonial”, hoy “subdesarrollado”...” (Augé 1993:17). Para Augé, un lugar es un espacio dotado de sentido, lo que niega el “allí” adonde debe ir Marlow. Un lugar no es sólo la confluencia de dos o más puntos en un plano espacial. Es el espacio al que el hombre le da una significación. Esta significación muchas veces es el origen de las toponimias. Es “el-mundo-allí” del que nos habla la Fenomenología de Edmund Husserl8.
Se difunde la noticia del viaje de Marlow a un “allí” y le comentan que iba a “...liberar a millones de ignorantes de su horrible destino...” (Conrad 2000:26) pero él no cree que deba tener tamaña responsabilidad. Finalmente le contesta que el motivo de su viaje no tiene nada que ver con lo que piensan en la ciudad sino que a la compañía que lo contrató “...le interesan los beneficios.” (Conrad 2000:26) a lo que le responden “Olvidas, querido Charlie, que el trabajador merece también su recompensa” (Conrad 2000:26). Mas adelante en su viaje por el río, se encuentra con un hombre blanco que era el encargado de mantener los “caminos”, un eufemismo para designar los senderos abiertos a machetazos en la selva. Marlow, charlando con él, le pregunta el motivo por el que se encontraba “allí” y recibe la siguiente respuesta: “Para hacer dinero, por supuesto. ¿Para que otra cosa si no?” (Conrad 2000:38). Claro, ¿que haría un hombre blanco civilizado en un “allí” sino es para hacer dinero? En el mismo sentido, Marlow debe llevar en ese destartalado barco a unos peregrinos y, hablando de ellos dice: “El único sentimiento genuino (de esos peregrinos) era el deseo de ser contratado para una factoría donde poder recoger el marfil y obtener el porcentaje estipulado. Intrigaban, calumniaban y se odiaban entre sí solo por eso...” (Conrad 2000:44). En estos ejemplos radica el pathos ético de estos hombres blancos que van a los “allí” y pretenden hacerlos valer cómo justificación de la conquista.
Tenemos, entonces, varios ingredientes interesantes para ésta reflexión; el interés de la ciencia, desde una visión higienista positivista que, por este interés es capaz de sacrificar la vida humana, una visión de la civilización como luz que ilumina lo oscuro de la barbarie a la que están sometidos los “pobres millones de ignorantes” que, además, son esclavos de un “horrible destino” y el verdadero interés de toda esta palabrería; la posibilidad de hacer negocios que rindan un beneficio pues es lo que se merece la civilización por iluminar la ignorancia de los salvajes. La metáfora de la iluminación la encontraremos más adelante en el texto: “Cada estación -comenta uno de los interlocutores de Marlow- debería ser un faro en medio del camino que iluminará la senda hacia cosas mejores; un centro comercial por supuesto, pero también de humanidad, de mejoras, de instrucción.”(Conrad 2000:57). Primero un “centro comercial por supuesto”, luego, después, la humanidad. Creo que se puede encontrar la actualidad de éste pensamiento en la gestión de algún Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, sobre todo en los primeros años del Siglo XXI. Las “cosas mejores” no son escuelas, hospitales, etc., sino “centros comerciales”. La luz que irradia la civilización es una luz, primeramente, mercantil y que permite ver mejor a los billetes.
Este mismo razonamiento lo encontramos, modificado, a la mentalidad colonial española en América. Los coyas, los aymará, los nahuatl, etc., que vivían en la “oscuridad” del salvajismo indígena, debían pagar con su explotación (las mitas, las encomiendas, el yanaconazgo) la verdadera iluminación que les traía el civilizado europeo y si debían pagar con su vida por esa iluminación era demasiado barato el precio, al fin y al cabo, solo les esperaba un “horrible destino” viviendo en esa barbarie. La iluminación española residía, casi exclusivamente, en la imposición del dogma católico. No es la ética protestante la que prima en la ideología española, sino la lógica de la guerra y del evangelio a sablazos.
El extremo desprecio y la profunda ignorancia que supone creer que el pensamiento propio es superior al del otro es una de las causas de la barbarie tal como la estoy exponiendo. El conquistador no puede creer que el salvaje sea feliz, sino que vive horriblemente, que es un infeliz que no sabe vivir, que se libera de todas las atadura para “abandonarse” a sus placeres, que no cree en el dios verdadero y que, finalmente, no es capaz de apreciar las bondades de la civilización. El europeo blanco civilizado no puede entender al salvaje.
Me permito introducir acá una breve pero interesante digresión que espero que aclare un poco más mis argumentos. Cuando Charles Darwin hace su viaje alrededor del mundo en el “Beagle” llega a la Patagonia. Conoce a los individuos que habitaban la tierra y se lleva con él, hacia Inglaterra, a algunos. Uno de ellos es Jimmy Button, un indio patagónico. El tal Jimmy, no queda encandilado ni fascinado por los “logros” de la civilización blanca y vuelve a su Patagonia, a navegar con su canoa, a cazar guanacos con sus hermanos de sangre. Un viajero, posteriormente, pasa por la zona y se asombra de que un indio patagónico salga a recibirlo y le hable en inglés. El indio conoció las dos culturas, sin embargo, prefirió volver con los suyos y no quedarse en la moderna y civilizada Inglaterra. No necesariamente la civilización blanca, la urbanidad, es la panacea para el hombre. Jimmy Button, nombrado así por Darwin -quien ni siquiera respetó su nombre original9-, porque le gustaban los botones de los uniformes, optó por su identidad patagónica y prefirió su salvajismo nómade en las desoladas estepas del sur del continente a la supuesta comodidad londinense. Su felicidad, su identidad no era la de la moderna Inglaterra sino la barbarie patagónica.
El indio, el negro, el asiático saben que deben cuidarse cuando se acerca un civilizado. Esta es la enseñanza que le ha dejado la experiencia histórica sedimentada en el relato de sus antepasados.
CINCO. Homogenización I.
La civilización homogeniza las desigualdades propias de los seres humanos “en” el concepto de barbarie. Para la civilización occidental todos los bárbaros son iguales pues es la barbarie la que los homogeniza. Marlow nos da una pista de este principio homogeneizador cuando dice “Todos llevaban un collar de hierro alrededor del cuello y estaban unidos por una cadena cuyos eslabones colgaban entre ellos con un sonido rítmico”10 (Conrad 2000:31). La cadena, los grilletes, hacen parecer a todos iguales. En las bodegas de los barcos negreros se mezclaban sujetos de varias etnías producto de la “caza” de esclavos. Los esclavos que se asentaron en el Río de la Plata pertenecían a las naciones Angola, Yoruba, Congo, etc. y si bien al principio pudieron mantener algo de su identidad, al desmembrar a las familias por la venta de los hijos, la separación de los cónyuges, la supervivencia de dicha identidad se basó en la unión por el color de la piel y la misma situación de esclavitud. La cadena y los grilletes son una metáfora, entonces, de la homogenización que hace la civilización de los bárbaros; todos los que vienen de los “allí” tropicales, desérticos, montañosos, etc. son iguales en su barbarie y serán tratados de la misma manera.
Esta homogenización se transforma en mimetización cuando el bárbaro cree ser un civilizado y traiciona, de alguna manera, su etnicidad. Si bien en algunos casos se da éste fenómeno como una estrategia de sobrevivencia, en otros se da por la necesidad de querer ser lo que no se es. Nos sigue contando Marlow “Detrás de aquella materia prima (los esclavos negros), uno de los redimidos, el producto de las nuevas fuerzas en acción, marchaba cansinamente, llevando en la mano un fusil. Vestía una chaqueta de uniforme a la que le faltaba un botón, y, al ver a un hombre blanco en el camino, se llevó el arma al hombro con toda rapidez” (Conrad 2000:31). La barbarie occidental necesita, para implementarse en el territorio conquistado, de cómplices, de cipayos. En este ejemplo está claro. La barbarie occidental se completa, se perfecciona al buscar a un traidor para evitar que el blanco se exhiba en toda su propia barbarie y se exponga, entonces, como tal. El cipayo en los territorios colonizados, el kapo en los campos de exterminio nazi cumplía esa función; eximía al civilizado de los “trabajos sucios”. Es el cipayo el que termina fusilando a sus hermanos de sangre, es el kapo quien colabora con el genocidio judío perpetrado por los nazis. Suplantan al blanco/civilizado de la denigrante tarea de la ejecución o la tortura. Pero aún más; para el civilizado, el cipayo se ha redimido, es el “…producto de las nuevas fuerzas en acción…”, es la eficacia de la civilización y no la traición o la necesidad de subsistir. La ausencia del botón en el uniforme nos indica, como lectores, que no es un verdadero civilizado pues esa ausencia sería imperdonable en uno de ellos. El Gral. Mansilla, general aristócrata del Ejército Argentino de fines del siglo XIX, era un dandy11. En su “Excursión a los indios Ranqueles”, siempre está vestido como se viste un dandy, es decir, pulcro y perfumado. Él, como civilizado, lleva en su indumentaria la distinción de su distinción12. A éste dandy, al que no le temblaba la mano si debía fusilar o pelear contra la barbarie indígena de la pampa, nunca le hubiera faltado un botón en su impecable chaqueta bordada. Continua Marlow: “Cerca de los edificios me encontré con un hombre blanco vestido con una elegancia tan inesperada, que en un momento me pareció un espejismo. Vi un cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera chaqueta de alpaca, pantalones blancos como la nieve, una corbata clara y botas brillantes. No llevaba sombrero. Tenía el cabello partido, cepillado, con brillantina, bajo una sombrilla de rayas verdes sostenida por una gran mano blanca. Era un individuo asombroso, y llevaba un cortaplumas en la oreja.” (Conrad 2000:34). Se asombra Marlow de encontrar en la barbarie selvática un hombre que pudiera mantenerse con la pulcritud que obliga la civilización y si bien es un dato superfluo en el relato, nos indica, una vez más, las diferencias entre la civilización y la barbarie. Este hombre vestido correctamente es el Jefe de Contabilidad de la compañía. La economía, como la artillería en el terreno de combate, se configuran como las representaciones típicas a la que apela la civilización. La economía es racional, es eficaz y los economistas no pueden andar vestidos como los cazadores o los ingenieros. No, ellos deben distinguirse de la barbarie aunque sus actos completen la otra barbarie, la de la explotación del hombre por el hombre. Eichman era un hombre pulcro y prolijo y, además, eficaz. Envió a millones de judíos, gitanos y homosexuales a los hornos en los campos de exterminio. Se cortaba las uñas, se afeitaba completamente pero fue un asesino. Termina Marlow diciendo: “…sentía respeto por este hombre. Sí, respeto por su cuello, sus amplios puños, su pelo cepillado…Sus camisas almidonadas y sus compuestas pecheras eran logros de un carácter firme” (Conrad 2000: 34/5). Esta elegancia en el vestir contrasta con la desnudez de los bárbaros negros, de Jimmy Button que sale semidesnudo en su canoa en el Atlántico Sur. Vamos viendo que partido está tomando Marlow, como Willard en la película, en relación a nuestro tema. La civilización requiere de la posesión de un “…un carácter firme”. Eichman lo tuvo. “Cuando uno está obligado a llevar la contabilidad llega a odiar a estos salvajes, a odiarlos mortalmente” (Conrad 2000:36) dice finalmente con toda firmeza el encargado de la contabilidad de la compañía marfilera. Parece ser que, por un medio que desconocemos, la eficacia de la economía mercantil, es el origen del odio al salvaje. ¿Por que éste contador odia a los salvaje basándose en su obligación de llevar la contabilidad? Parece ser que este odio es irracional e inexplicable. No parece corresponder con los postulados racionales de la civilización. Sin embargo, éste blanco civilizado, que está obligado a llevar la contabilidad de la compañía, es capaz de odiar irracionalmente, incluso a “odiarlos mortalmente”
El bárbaro incivilizado, utiliza el uniforme sin botón y no solo eso sino que, cuando ve que se acerca un hombre blanco en el camino, calza el fusil en el hombro como debe hacer un soldado. La mimetización se ha completado. El negro cree que es blanco aunque el reflejo del espejo le muestre siempre que no lo es. Lo que se olvida de mencionar Marlow es que estos blancos y pulcros dandy requieren de la servidumbre bárbara para mantenerse como tales y que no es su indumentaria lo que los exime de la barbarie occidental. Por más que el fusilador se vista de blanco y calce guantes de cabritilla, que el torturador se bañe todos los días y se perfume para evitar el hedor de la muerte, no podrá justificar su barbarie.
CINCO. Homogenización II. Explotación.
Hay aspectos de la barbarie propias del siglo XIX y del XX que subsisten en el siglo XXI. Cuenta Marlow: “Morían lentamente…eso estaba claro. No eran enemigos, no eran malhechores, ahora no eran nada terrenal; solo sombras negras de enfermedad e inanición, que yacían confusamente en la verdosa oscuridad. Traídos de todos los lugares del interior, contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, enfermaban, se volvían inútiles y entonces se le permitía arrastrarse afuera y descansar.” (Conrad 2000: 33). La civilización entraña una homogenización. Las mismas técnicas que se usaron en el Congo se usaron en América. Recogiendo testimonios de las comunidades Qom en la provincia de Formosa y de la Wichi en el Chaco, en relación a su explotación laboral a principios y mediados del siglo XX en los ingenios azucareros, especialmente el llamado “El Tabacal” propiedad de Robustiano Patrón Costa, quien no solo fuera un miembro conspicuo de la elite oligárquica argentina sino un candidato a la presidencia por el sector conservador, encontramos los siguientes testimonios recogidos en el trabajo de campo del etnólogo: “-Yo siempre me acuerdo cuando íbamos al ingenio El Tabacal...Cuando llegábamos allá había no se cuantos muertos. ¡Uh! Muchos murieron allá en el ingenio. Mucha peste...se moría la gente. En el tiempo frío la gente tenía granos en los cuerpos, tenía bichos. Era jodido el ingenio, pero igual íbamos nosotros. No pensábamos en morir. Si alguno se moría, se moría” (Gordillo 2005:125) “Este hombre ocupaba a la gente como esclavos. De madrugada mandaba a los capataces a despertar a la gente y los que estaban enfermos también eran obligados a trabajar...El trabajo era muy duro para la gente: había que desmontar, tirar árboles, y en este trabajo murió mucha gente, muchos aplastados por los árboles que les caían encima.” (Segovia 1998:137). Para la barbarie blanca, los bárbaros negros, rojos o amarillos eran lo mismo; cuerpos a domesticar mediante la violencia más salvaje y mas retrógrada. No debería llamarnos la atención que el método de la conquista no difiera mucho entre la colonización del norte de América, el sur de este mismo continente, Africa y Asia. Cortarles las orejas o los testículos a los bárbaros para cobrar por pieza “cazada” fue un procedimiento estándar en el exterminio. En la Pampa, el ignominioso Cnel. Rauch, un asesino prusiano que se ha fotografiado rodeado de cadáveres de indios. En el Congo Belga, los oficiales de Leopoldo II. Dos continentes, las mismas técnicas, los mismos hombres, los mismos fusiles. La civilización es también una homogenización sobre todo en las técnicas del exterminio. En el caso de la Argentina, el desprecio por las culturas originarias va de la mano del despojo de sus tierras. Esta situación tiende a ir amortiguándose a partir de la sanción de la Constitución Nacional de 1994 en donde en su artículo 75° inciso 17 se reconoce la “preexistencia étnica” de estas comunidades. Sin embargo, no son muchos los que la han leído.
SEIS. El doble estandar.
El exotismo de lo salvaje funge como un permiso especial para el civilizado. La lejanía de la metrópolis, de las ciudades en donde se asientan los poderes legales y legítimos establecidos, funciona de una manera que permite que se obedezca la ley contraviniendola. Como el dicho que regía durante la colonia española “El rey manda y es obedecido pero en América no gobierna”. Esta lejanía es captada por los blancos civilizados y un funcionario de la compañía menciona que en la selva hay competencia desleal pues algunos blancos se apropian indebidamente del marfil que le pertenece: “No estamos libres de la competencia desleal hasta que colguemos a uno de esos individuos para escarmiento de los demás...En este país se puede hacer cualquier cosa. Eso es lo que yo digo; aquí nadie puede poner en peligro tu posición ¿por que? Por que aguantas el clima. Sobrevives a todos los demás. El peligro está en Europa.” (Conrad 2000:57). En los “allí” en donde habita la barbarie “se puede hacer cualquier cosa” que no se puede hacer en Europa. Se puede matar, se puede robar, se puede violar, pues es “allí”, no es nuestro “aquí” civilizado en donde rige la ley. Este doble estándar es perfectamente percibido en el mundo de la periferia en donde las corporaciones multinacionales pueden hacer lo que quieren, con la complicidad de las elites gubernamentales de turno, pues nadie las puede perseguir judicialmente. Entonces pueden contaminar, explotar laboralmente a sus trabajadores, pagar sobornos, complotar para derribar gobiernos, estafar a sus accionistas, etc., y si se hacen las denuncias pertinentes en los foros internacionales, las casas matrices o los gobiernos que impulsan el establecimiento de estas corporaciones en los países de la periferia aducen que ellos cumplen con la ley. La ley del civilizado se impone sobre la ley del bárbaro. La civilización se organiza en corporaciones de contenido simbólico que no ocultan del todo, sin embargo, su funcionalidad. Tribunales internacionales de guerra que solo juzgan a los criminales de guerra derrotados, organizaciones de defensa de los derechos civiles internacionales que se callan ante las matanzas, centros de estudio y monitoreo que miran para un mismo lado. La ley, las palabras que soportan el sentido de esa ley, la razón instrumental justificadora fungen como una sincronía en la constitución de una dominación simbólica.
Tenemos, entonces, palabras nominadoras/dominadoras y ley; dos de las dimensiones necesarias para posibilitar una dominación simbólica.
La civilización posee así, un doble estándar que funciona también como traspaso especial de las metrópolis a la periferia: mientras que en Europa no se pueden pagar sueldos miserables o evadir impuestos, en los “allí” la misma compañía sí lo hace, mientras en Europa o USA ya no se pueden utilizar algunos elementos contaminantes que ponen en peligro la salud de la población, en los “allí” se ocultan estas consecuencias. La complicidad de las elites gobernantes es una condición esencial para desarrollar este doble estándar. Por eso cooptan a una parte de la elite y las transforman en cipayos13. Cuando algunos de los países de la periferia pretende hacer valer su autoridad como naciones soberanas o bien complotan para derribarlos y poner un gobierno títere o tratan de desacreditarlo ante el mundo definiéndolos como gobiernos autoritarios o populistas. Si estos caminos no son eficaces, bloquearan sus cuentas en el exterior y serán objetos de sanciones económicas, políticas y diplomáticas. Los sucesos que determinaron los combates de la Vuelta de Obligado en 1845 en la Argentina son un ejemplo de mis argumentos.
El doble estandar de la civilización es también un signo de su barbarie.
OCHO. La barbarie interior.
Habia mencionado en el punto Uno que el civilizado se sentía fascinado por la barbarie y que esta fascinación no solo era por el descubrimiento de la magnificencia de la naturaleza sino también porque encontraba la barbarie en su interior. Las peripecias del viaje por el río van transformando al capitán Marlow; el desgaste físico, la alimentación, la interacción con los otros blancos, que no son solo belgas sino de varias nacionalidades, todas europeas, el compartir con los negros la cotidianeidad, etc., son experiencias que comienzan a calar en la subjetividad de Marlow. “Aquella zona parecía sobrenatural. Estamos acostumbrados a observar como espectadores la ságona encadenada de un monstruo domado, pero allí...allí podía verse algo monstruoso y libre. Era sobrenatural, y los hombres eran...No, no se podía decir inhumanos. Bueno, sabeis, eso era lo peor de todo: esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea iba penetrando lentamente en uno...lo que nos hacia estremecer era precisamente la idea de su humanidad, igual que la nuestra, la idea de nuestro remoto parentezco con aquellos salvajes, apasionados y tumultuosos. Desagradable, sí. Sí, era algo bastante desagradable...¿Hay en esa multitud demoníaca algo que me llama? Muy bien. Lo oigo, lo admito, pero también tengo mi propia voz y, para bien o para mal, no puedo silenciarla” (Conrad 2000:62). En este largo pasaje el hombre blanco representado por Marlow está descubriendo que en él también habita un bárbaro, que se siente atrapado por esa fascinación de la barbarie pero, y aquí estriba un nudo conceptual de la presenta reflexión, el blanco no es un bárbaro como ese bárbaro que gesticula y danza frenéticamente. Marlow tiene su “propia voz”, voz que le es negada a los salvajes. El bárbaro europeo es propietario de una voz, en cambio al bárbaro salvaje se le niega la posibilidad de hablar. Ya lo había dicho; la capacidad de nombrar, de nominar los fenómenos del mundo, es una capacidad del poder expresada en su voluntad de poder14.
Esta es la idea que sostendrá Edgar Morin: “Existe entonces una barbarie que toma forma y se desencadena con la civilización...La barbarie se vuelve entonces un ingrediente de las grandes civilizaciones...La barbarie no es sólo un elemento que acompaña a la civilización, sino que la integra. La civilización produce barbarie, en particular la barbarie de la conquista y la dominación” (Morin 2009:17/8/9). Los postulados de Morin se fundan en que, “en” la civilización encontramos a la barbarie pero también encontramos las formas de superarla y ésta forma está ejemplificada por la razón iluminista, por la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789. De tal manera que la civilización contiene, en sí misma, el antídoto contra la barbarie en virtud de la consagración de tales derechos. Audazmente nos anuncia que “Llegamos así a dos ideas complejas. En primer lugar, Europa occidental, hogar de la más importante dominación que haya existido en el mundo, es también el único hogar de las ideas emancipatorias que van a socavar esa dominación” (Morin 2009:60/1). Lo que se olvida de mencionar Edgar Morin, y este es un indicador de su etnocentrismo, es que han existido, fuera de Europa occidental, personas que pensaron antes de 1789 en que la dominación colonial no solo era salvaje y bárbara sino también injusta y criminal, por ejemplo: José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru quien se levantó en armas en 1780 contra la dominación española y, al ser derrotado, fue descuartizado de la manera mas bárbara. No solo mataron a su mujer con el garrote vil y a palazos delante de sus ojos sino que él fue atado de sus miembros a cuatro caballos y así fue ultimado. Morin peca, entonces, de lo mismo que pretende defender, de su barbarie etnocentrista creyendo que la sola enunciación de los Derechos de 1789 alcanza para contener la barbarie. Ya se ha mencionado que la barbarie occidental cuenta con un doble estándar que impugna los argumentos de Morin quien quizás está inspirado noblemente pero no puede desprenderse de ese malsano etnocentrismo que estoy criticando. Los Derechos son para los ciudadanos blancos y europeos, a los indios, a los negros, a los pobres, se les niega la condición de tal y ésta es una de las características de la barbarie occidental.
NUEVE. Barbarie y negocios.
La civilización occidental es la condición básica para el surgimiento del capitalismo. Para ello no solo debe haber propietarios de los medios de producción sino también se debe disciplinar, educar a los no propietarios en las técnicas y modos funcionales a éste sistema de producción. Como vengo sosteniendo en este ensayo, la civilización occidental, entonces, no es ingenua. Veamos que nos dice Marlow al respecto: “Además, tenía que vigilar al salvaje que teníamos como fogonero. Era un ejemplar perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí estaba, detrás de mí, y, palabra de honor, mirarlo era tan edificante como ver a un perro vestido con pantalones y sombrero de plumas en una parodia, caminando sobre sus patas traseras. Unos pocos meses de entrenamiento habían hecho de él un elemento estupendo...Era útil por que había sido instruido...”(Conrad 2000:63). La utilidad del salvaje estriba en que puede llevar a cabo las tareas que requiere su patrón. Esto implica un reconocimiento a la humanidad del salvaje pero no impide su explotación ni su desconsideración. Es una humanidad “a medias”; se lo reconoce cómo un humano, aunque hay algo de despectivo en esa metáfora del “perro vestido con pantalones”, pero un humano de segunda categoría. Los colonizadores españoles, en virtud de la arenga de Fray Bartolomé de las Casas, también aceptaron que los indios eran humanos y que no se los debía esclavizar, pero eran como niños y el encomendero debía proveer a su cuidado y a su evangelización. Rara vez el encomendero cumplió con éste mandato siendo las encomiendas, una de las formas solapadas de esclavitud en las colonias de España.
Mediante al aprendizaje de las técnicas adecuadas, entonces, el cuerpo humano es disciplinado para su utilización en el taller, la fábrica o la oficina15. El civilizado disciplina el cuerpo del salvaje para que pueda ser un engranaje más en la maquinaria productiva; es útil, no por que sea un humano, sino por que ha sido instruido para ello. Nuevamente la confianza puesta en la eficacia instrumental suplanta la ética que dice pregonar la civilización y que pretende ser su justificación.
Pero esta instrucción que se les da a los salvajes no es completa. Se le enseña a manejar las máquinas necesarias para la producción, no se les enseña todo lo demás que les permitiría aprovecharse de las “bondades” de la Modernidad. Ya ha sido dicho, solo son seres para la explotación, no son sujetos de derechos. En América, a aquellos que aprendían a leer se le quitaban los ojos, a los que aprendían a escribir se les cortaba la mano. Lo mismo sucedió en África. El bárbaro colonizador no pretendía instruir sino sólo dominar. Otra vez la homogenización de la conquista bárbara. Continúa Marlow en el mismo sendero: “Se les había contratado por seis meses (no creo que ninguno de ellos tuviera una noción clara del tiempo como la tenemos nosotros después de innumerables siglos; pertenecían todavía al principio de los tiempos...) y, por supuesto, mientras existiera un pedazo de papel escrito de acuerdo con alguna ley absurda, hecha río abajo, a nadie le entraba en la cabeza preocuparse de como vivían...Además, se les daba tres trozos de alambres de latón a la semana...y en teoría ellos debían comprar sus provisiones con esas monedas en las aldeas de la ribera.” (Conrad 2000:69). El blanco continua aprovechándose del salvaje, no solo por que la concepción del tiempo que exige la producción capitalista es diferente a la concepción del tiempo del hombre rural o del que vive en otro medio que no sea la ciudad, sino porque no hay una concepción que de cuenta del sentido del salario; entonces, no se le paga con “dinero”, se le paga con pedazos de latón. El círculo se ha cerrado. El espíritu del capitalismo encuentra en la barbarie un terreno en donde profundizar su propia barbarie. Ni siquiera se preocupa de la alimentación de sus trabajadores, ellos deben procurársela a como de lugar.
Como se dijo, la forma de la explotación se expandió por el mundo colonizado de manera bastante uniforme. En la Argentina se utilizaban los mismos métodos: “Nos pagaban una miseria...nos daban medio sueldo nomas. Sufría mucho la gente” (Gordillo 2005:23) “...nosotros no entendíamos la plata. Yo no entendía. Un mes me pagaban tres millones, otro mes me pagaban 500...Nosotros nunca entendíamos lo que nos pagaban...cuanto nos pagaban por día, en pesos...” (Gordillo 2005:149) “Cuando alguien no podía terminar el trabajo no le daban el “boleto”, a veces un hombre trabajaba hasta tres días seguidos sin que le dieran el “boleto”, se sufría mucho.” (Segovia 1998:137). En los ingenios azucareros de la Provincia de Salta, no se les pagaba con dinero, sino con el “boleto” o el vale que se debía canjear por comida, ropa y herramientas en unos almacenes que eran propiedad de los dueños del ingenio. De esta manera, como en el Congo, el círculo es perfecto. Se utiliza la mano de obra como si fueran esclavos, no se les paga la comida, se les cobra las herramientas utilizadas y se les paga con un vale que solo es canjeable en un local que pertenece a la compañía. Esta es la barbarie que supone la civilización occidental asociada, ahora, al espíritu mercantil del capitalismo. Quiero mencionar, como dato anecdótico e ilustrativo, que en el momento en que se escribe este ensayo (Marzo 2011), se están haciendo denuncias en la República Argentina sobre abuso del trabajo, incluso del trabajo infantil, por parte de empresas cerealeras nacionales y multinacionales que mantienen en condiciones infrahumanas a decenas (o a cientos, todavía no se ha podido determinar la cantidad) de trabajadores/as en los campos sembrados con soja. Estas condiciones estriban en que duermen en destartaladas cabañas de metal, sin agua, sin baños, sin heladera para guardar las comidas, sin los mínimos recaudos higiénicos y, además, estos trabajadores están empleados sin que se les abonen las cargas sociales que establece el derecho laboral argentino. Esta información está a disposición en los diarios y es un ejemplo no solo de una homogenización de la explotación a nombre de la civilización sino de la barbarie que ésta expresa en relación, ahora, a la explotación laboral. Para algunos trabajadores/as argentinos del ámbito rural, el siglo XXI y la aplicación de los derechos sociales de ciudadanía es una palabra incomprensible.
DIEZ. Los dueños de las palabras.
Si bien la dominación que ejerce la civilización occidental es primeramente material y se asienta en su poderío bélico, es también dependiente de las palabras que justifican dicha dominación. Si la dominación sólo estuviera asentada en las armas y la violencia desnuda, sería muy onerosa y prontamente los sujetos sometidos a ellas encontrarían los caminos para la sublevación. Justamente, cuando las palabras ya no convencen, se inician las revueltas.
Tanto el Kurtz de Conrad, como el Cnel. Kurtz de Coppola son excelentes oradores. “Aquel hombre aparecía ante mí como una voz...y, de entre todas sus facultades, la que destacaba, la que daba la sensación de una presencia real, era su capacidad de hablar, sus palabras, sus dotes oratorias, su poder de hechizar, de iluminar, de exaltar, su palpitante corriente de luz, o aquel falso fluir que surgía del corazón de unas tinieblas impenetrables” (Conrad 2000:78) y, más adelante continúa “Él era una voz. Era poco más que una voz.” (Conrad 2000:79). La palabra escrita o hablada es un indicador de la dominación pues el que nomina, el que nombra, es el que domina. Ya ha sido dicho: el dominado habla con el lenguaje del dominador. Por eso se entiende la lucha de las comunidades originarias por reivindicar la educación bilingüe y el reconocimiento de sus idiomas como idiomas idóneos para su propia comunicación16. Kurtz es un excelente orador y, en sus dominios selváticos, su voz es una de las armas de su particular dominación. Lo interesante de la novela de Conrad es que las palabras del propio Kurtz son muy pocas, eso sí, con contenidos significativos que pronto veremos. Lo mismo pasa en el film de Coppola, el capitán Willar busca a Kurtz y en esa búsqueda, mientras va estudiando el expediente del coronel rebelde en la barcaza artillada, va siendo conquistado por la personalidad del que debe asesinar. A Marlow le pasa lo mismo. Kurtz es un excelente orador pero sus palabras son pocas tanto en la novela como en el film. El silencio, entonces, es también una forma de la palabra y puede dominar tanto como ésta. La presencia del dominador, ya asentada en el territorio, no precisa, siempre, de las palabras. El dominado ha hecho suyas las palabras del dominador. A partir de éstas características, podemos entender el porqué de la lucha por el control o domesticación de los medios masivos de comunicación. Ellos también portan una palabra y éstas no son inocentes en la construcción de hegemonía. La CNN, TN, Telam, Reuters, etc., no informan lo que sucede sino que transmiten según sus intereses17.
La palabra oral o escrita es uno de los elementos básicos para la dominación civilizatoria. Y tan es así que se le pide a Kurtz que elabore informes escritos sobre sus experiencias. “Toda Europa participó en la creación de Kurtz -relata Marlow-, y más tarde me fui enterando de que, muy acertadamente, la Sociedad Internacional para la Eliminación de las Costumbres Salvajes le había confiado la misión de hacer un informe que le sirviera en el futuro como guía. Y lo había escrito...Yo lo he leído...era un magnífico escrito. El párrafo inicial, sin embargo, a la luz de ulteriores informaciones, podría calificarse de siniestro. Empezaba desarrollando la teoría de que los blancos, desde el grado de desarrollo al que hemos llegado “debemos por fuerza parecerles a ellos (lo salvajes) seres sobrenaturales...Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder benéfico prácticamente ilimitado” (Conrad 2000:82). Al final de éste informe, en donde Kurtz “...al final de aquella conmovedora apelación patética a todos los sentimientos altruistas...” (Conrad 2000:83) lanza su terrible nota final que “...resplandecía como un relámpago en un cielo sereno: “¡Exterminad a todos los bárbaros!” (Conrad 2000:84). El capitan Willard, después de asesinar al coronel Kurtz, revisa sus escritos y encuentra, entre las hojas de un libro de poesía, un papel escrito del puño del mismo coronel la frase “Tiren la bomba, eliminemos a todos”. Finalmente, encontramos, trágicamente, que el orador excelso, el coronel que fuera el mejor militar formado de la academia militar de West Point, el hombre que estaba destinado a ser jefe de la compañía marfilera o general del Estado Mayor, exhorta a matar a todos los bárbaros, a exterminarlos por ser justamente bárbaros convirtiéndose él mismo, al elegir ésta opción, en un bárbaro. Finalmente, la barbarie colonizadora, como la voluntad de poder nietzscheana, encuentran su límite en su propia aplicación eficaz. La colonización termina extinguiendo al salvaje, extremo absurdo de la barbarie, y la voluntad de poder debe seguir siendo “en-sí-misma” sino se extingue.
ONCE. El descubrimiento del horror. El final de la justificación. Métodos.
Marlow como Willard llegan por fin al territorio donde señorea Kurtz y descubren el Horror, así, con letras mayúsculas. Cuerpos colgados, cráneos secándose clavados en una pica, una multitud concentrándose en la orilla esperando que el barco amarre, cuerpos pintados, olor a cuerpos en descomposición, etc. Toda la escena narrada o filmada nos indica que esa es la barbarie pero, no una barbarie natural, como la que uno espera encontrar y que podría corresponder al Estado de Naturaleza hobbesiano antes que roussoniano, sino que es la barbarie que produjo el mismo Kurtz, es el resultado de sus horrendo métodos de administración. Kurtz para poder ser lo que fue, debió recurrir a métodos horrorosos que son incomprensibles para la mentalidad del hombre blanco civilizado sin embargo, quien implementó esos métodos no fue un salvaje negro del Congo o un vietnamita sino un blanco y no cualquier blanco sino el mejor de todos ellos; un excelente administrador o un excelente coronel con destino de general de Estado Mayor de la potencia bélica más importante del mundo. No, no es cualquier blanco. Es Kurtz, el mejor de todos. Aquí radica la tragedia de la barbarie occidental y es el nudo conceptual de la novela de Conrad. “Exterminad a los bárbaros” y “¡Ah! ¡El Horror! ¡El Horror!” son las expresiones de la barbarie occidental en relación a la conciencia del exterminio del otro y de la producción del Horror producto de esa voluntad de poder nietzscheana que, como la metáfora de la serpiente que se come su propia cola, no puede, aunque termine en su colapso, dejar de ser lo que es; una barbarie.
En el barco con Marlow viaja un director de la compañía que le cuenta a Marlow, durante el trayecto, que ya Kurtz no le era funcional a la compañía no por que estuviera recogiendo poco marfil sino por los métodos que empleaba para ello. Le dice a Marlow que “...los métodos del señor Kurtz habían constituido la ruina de aquella región...quiero que entendais claramente que no había nada provechoso en el hecho de que esas cabezas estuvieran allí. Solo mostraban que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algunas deficiencias en él,...”(Conrad 2000:93). Más adelante continúa: “Pero no podemos ocultar que el señor Kurtz ha hecho más mal que bien a la compañía. No ha entendido que aún no ha llegado el momento de emprender una acción enérgica. Prudencia, prudencia, ese es mi lema...La región quedará cerrada para nosotros por algun tiempo ¡Es lamentable!...el comercio se va a resentir. No niego que hay una cantidad considerable de marfil...debemos salvarlo a toda costa” (Conrad 2000:99).
Son los métodos los que les repugnan a estos hombres blancos que, sin embargo, no deciden terminar con la compañía. El civilizado, cuando descubre que su riqueza y poderío se asienta en la barbarie, la rechaza pero solo es una postura. Quizás castigue al responsable de tamaña salvajada pero resguarda el sistema de explotación. El juicio de Nüremberg castigo a los jerarcas nazis por los crímenes cometidos durante su gobierno, pero muchos gobiernos llevaron a su territorio a los científicos nazis para desarrollar su industria bélica, su industria espacial y también, para combatir el “peligro rojo” que significaban las tropas victoriosas del mariscal Zukov. Es decir, el hombre blanco civilizado critica los métodos pero no el resultado que se obtiene de esos métodos y solo los repudia cuando ya esos métodos o son demasiado evidentes en su barbarie o ya son ineficaces para la obtención de lo que se proponían. De esta manera, la frase “exterminad a los barbaros” es el triste corolario que no puede admitir la civilización occidental pero es lo que está en el corazón de la barbarie, en el corazón de esas tinieblas. Kurtz no es un loco, es un hombre civilizado que va hacia lo salvaje, a los “allí” a cumplir eficazmente la tarea que le han encomendado y su eficacia, como la de Eichman radica en el exterminio. “...el método es inadecuado – dice el director- ¿Llama usted a eso? - le pregunta Marlow- Sin duda – finaliza el director- ¿usted no? “No hay método en absoluto” murmure despues de un momento “Exactamente” exclamó.” (Conrad 2000:100). El método es la civilización.
CONCLUSIONES.
Marlow/Willard finalizan, por fin, su viaje por el río en los “allí” del salvajismo y, al finalizarlo, descubren su propia barbarie y este descubrimiento los cambia para siempre.
La civilización es una barbarie pues su sola enunciación instaura su contrario. No puede existir una civilización solitaria sin una barbarie que se le contraponga. En términos fenomenológicos es una identidad contrastante, se la entiende por la contrastación. Desde la posición que pretendo sostener en este ensayo no hay dicotomía entre civilización o barbarie sino que es civilización y barbarie; una es la otra, como las dos caras de una moneda. No hay separación, no hay distancias entre ellas, son un contraste que les permiten existir como tales. Para Sarmiento, en cambio, sí había una distinción por lo que su título debió ser “Civilización o Barbarie” cuando apareció en el diario chileno El Mercurio en el año 1842, sin embargo prefirió la utilización de la “y” y no la “o”. Paradojalmente, la elección de Sarmiento, no logra ocultar la oposición entre los términos. La “o”, en este caso, cabe mejor que la “y” ya que da la idea, el sentido, que el sanjuanino explicita en las páginas de su Facundo.
Kurtz es el espíritu de ese par y tanto Marlow como Willard descubren que ellos también son Kurtz, no se diferencian de ese hombre. El que no admite esta contradicción es el burócrata director de la compañía marfilera o el general que le ordena a Willard asesinar a Kurtz. Ellos creen que son la modernidad, la civilización, el progreso y no son más que mercaderes que justifican la explotación del otro tan solo para salvaguardar sus propios intereses; mercantiles en el caso del director de la compañía marfilera, políticos-militares en el caso del general norteamericano. Nunca admitirían en una reunión en la ciudad, que han enviado a otros a cumplir una tarea propia de salvajes. La justificación la encontrarán en los negocios por un lado o en la guerra por el otro. Tanto la forma de hacer negocios en virtud de la explotación laboral y natural como la invasión a territorios subdesarrollados que no implican un peligro para las poblaciones de los países agresores no son más que una forma que asume la barbarie occidental y que pretende ser justificada a partir de la negación de la diada que acabo de exponer. Civilización es barbarie.
La civilización supone, también, urbanismo, urbanidad que es sinónimo de educación. El civilizado se viste bien, sabe usar los cubiertos, conoce la etiqueta en la mesa y en las interacciones sociales, es higiénico, etc. Todas estas características son negadas a los bárbaros salvajes aunque ellos también posean una higiene, una etiqueta para la mesa, protocolos para la interacción social, etc. El civilizado, inundado del pensamiento único y de extremo etnocentismo, no puede ver que el salvaje comparte también estas características pero a su modo, con sus formas propias. Tenotchitlan, el Cuzco, Chichen Itza, etc., fueron ciudades magníficas que albergaron a miles de personas que ejercían estos protocolos y éstas etiquetas, pero la barbarie occidental las exterminó por que quiso imponer su pensamiento religioso, político y comercial. En este caso, ni siquiera preservó los tesoros de estas culturas o sus saberes científicos. La ignorancia que supone no entender al otro diferente es, también, un signo de la barbarie.
Otros de los rostros que asume la barbarie occidental es el de la ciencia, especialmente la Ciencia Social. La Antropología, la Política y la Economía pueden ser ellas mismas herramientas de la barbarie al desarrollar ideologías funcionales a la dominación. Cuando un economista diseña planes económicos a implementar en países perifericos sabiendo que producirá un daño irreparable, no se está comportando como un científico sino como un comerciante o como un subordinado empleado de alguna corporación con intereses en estos países. Cuando un científico político no advierte los peligros de una mala implementación de un programa y falsea los resultados de su investigación para que la organización internacional de crédito otorgue el préstamo a intereses usurarios, está develando la barbarie de la ciencia. “En la práctica y en la opinión pública, las ciencias se enfrentan, junto al balance de sus éxitos, al balance de sus fracasos y cada vez más al examen de sus promesas incumplidas” (Beck 2006:260)
Uno, sino el principal motivo, por el cual la civilización occidental se ha expandido ha sido el comercio. Es el interés mercantil el que impulsa la conquista. La necesidad de contar con materias primas de calidad, principalmente alimentos y combustibles, es un motivo lo suficientemente importante para animarse a ir “allí” soportando los sacrificios y lo peligros del mundo salvaje. Lo que se espera es la recompensa en dinero y en el poder que ese dinero puede comprar. Es el interés de los peregrinos que viajan con Marlow y del director de la compañía que por mas que abomine de los métodos de Kurtz no obstante se apodera del marfil que, finalmente, contribuirá a hacerlo millonario. El comercio, en base a la explotación y no a las virtudes propias, es lo que fogonea la conquista, al menos, como uno de sus objetivos principales.
La metáfora de la civilización como un faro que alumbra la oscuridad de la barbarie es una de las metáforas preferidas para imponer dicho discurso. Esta metáfora supone que el hombre blanco es el único portador del conocimiento y que la civilización occidental es la más eficaz. Los conocimiento del salvaje no son válidos porque es ignorante desconociendo, hasta el día de hoy, los adelantos en medicina, química, ingeniería, etc., que poseían las culturas colonizadas. Algo de este resabio etnocentrista lo encontramos en la imposición del discurso único del pensamiento neoliberal, en su formato económico y político, que no solo pretendió impugnar y sustituir los discursos que se le enfrentaban sino que los desestimó calificándolos de no modernos, pasados de moda, populistas, demagógicos, etc., confirmando el autoritarismo intelectual propio de una cultura bárbara. Esta forma de considerar el pensamiento propio y desestimar el extraño es uno de los ingredientes que configuran el etnocentismo.
Finalmente, vivimos todavía, en una era donde no hemos superado la barbarie. Toda la civilización occidental es todavía bárbara porque sigue reproduciendose como barbarie. Los hechos históricos de fines del siglo XX y principios del siglo XXI parecen confirmarlo. Guerras, saqueos, bombardeos a poblaciones indefensa, trabajo en condiciones de esclavitud, sometimiento de género, autoritarismo, etc., impiden el desarrollo material de los preceptos ideales de la Ilustración. Todavía no hemos llegado, como humanidad, a un estadio de evolución social en donde podamos decir que hemos desterrado a la barbarie.
Mientras sigan existiendo niños con hambre, mujeres y hombres masacrados, campos contaminados, campos de refugiados, ancianos abandonados, analfabetismo y el poder económico y bélico se acumule en un solo polo, que además hace gala de su barbarie, resonarán como una explosión en la cabeza de los intelectuales las palabras de Kurtz al morir: “¡Ah! ¡El horror! ¡El horror!”
Marzo 2011.-
BIBLIOGRAFÍA:
Augé, Marc (1993): Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona. Gedisa.
Beck, Ulrich (2006): La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona. Paidós.
Foucault, Michel (1996): ¿Qué es la Ilustración? España. Ediciones de La Piqueta.
Gordillo, Gastón (2005): Nosotros vamos a estar siempre aquí. Historias tobas. Bs. As. Biblos.Jauretche, Arturo. 1967. Los profetas del odio y la yapa. Bs. As. Peña Lillo editor.
Lahire, Bernard (2006): El espíritu sociológico. Buenos Aires. Manantial.
Lindqvist, Sven (1996): Exterminad a los brutos. Bs. As. EUDEBA.
Mansilla, Lucio V. (1890): Una excursión a los indios ranqueles. Bs. As. Juan A. Alsina editor.
Morin, Edgar (2009): Breve historia de la barbarie en Occidente. Bs. As. Paidós.
Sarmiento, Domingo F. (2007): Facundo o Civilización y barbarie. Argentina. Centro Editor de Cultura.
Segovia, Laureano (1998): Nuestra memoria. “Olhamel Otichunhayaj”. Bs. As. EUDEBA.
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