viernes, 31 de octubre de 2014

LA FILOSOFÍA COMO UN ABSURDO Bases filosóficas para una anti y una contra filosofía (Impugnación sin sustento)

Instrucciones y advertencias para la lectura de este texto Cómo no podía ser de otra manera, este texto no es un clásico texto escrito de forma ordenada y sistemática sino que, acorde con la propuesta teórica que se plantea, propone un ejercicio de lectura ad-hoc y que consiste en: 1. En primer lugar hay que tener ganas de leer “algo” que probablemente será inútil para todo ya que una propuesta anti filosófica y absurda solo puede atraer a quien tiene “tiempo para perder”, si es que esta última frase tiene algún sentido. Justamente el análisis de esta frase le corresponde a la anti filosofía ya que, para la filosofía, sí hay tiempo “para perder”. 2. Este texto, a su vez, responde a una lógica propia de la anti filosofía de tal manera, como se tendrá oportunidad de leer, se va haciendo a medida que se va escribiendo y, en consecuencia, me permito ciertas licencias gramaticales que, sin embargo, no deben influir en la semántica del mismo. Quiero decir que, al menos en dos oportunidades, introduzco dos digresiones que considero ilustrativas para lo que me propongo decir y, como se verá, hago un apuesta entre el escritor y el lector para que, en un trabajo colectivo, tengamos la esperanza de qué es posible decir “algo” de “algo” tan fútil y desesperanzador como una propuesta anti filosófica. En este sentido, la lectura del texto, lo completa a la manera de la subjetividad del lector quien, sin saberlo, es invitado a ser autor del mismo. 3. Quizás haya algunos términos desconocidos para los que no están versados en filosofía pero esto no es un obstáculo sino, antes bien, una positividad. Sin embargo, hay algunos conceptos y autores que son un poco herméticos y para ello, nada mejor que recurrir al Google ya que allí se encontrarán los significados de las palabras “raras” o de los autores no tan conocidos. No obstante, no es necesario. 4. Hago un uso quizás excesivo de las comillas y no siempre cumplo con las premisas normadas sobre ellas. Lo que sucede es que, en contra de mis principios que, como decía Groucho Marx “si no son de su agrado no importa porque tengo otros”, repito el uso del entrecomillado que hace tanto Kant, como Hegel y principalmente Husserl y Heidegger y, en otros momentos, las uso porque no estoy tan seguro de que la palabra entrecomillada sea la correcta o su sentido abarque lo que quiero significar. Por ello, cada lector, deberá sacar sus propias conclusiones y colocar en el lugar de la palabra entrecomillada, la que considere adecuada, esta es una forma de colaborar con este texto. Un ejemplo de lo mencionado lo constituye el entrecomillado del artículo neutro “lo”. Lo que quiero significar con este “sistema” (aquí pues comienzo con el ejemplo ya que no sé si el sentido de mi concepto se ajusta al sentido de sistema) es que, todo lo que sigue a “lo” no se encuentra enmarcado exactamente en lo que significa el artículo neutro, por ejemplo; cuando menciono a “lo” social, lo que quiero significar es todo ese campo semántico que compone el campo social y que difícilmente sea el mismo para los sociólogos, los politólogos, los filósofos, los economistas, los arquitectos, los carpinteros y los astronautas. El entrecomillado así utilizado, me exceptúa, creo, de la exactitud al que el malsano positivismo nos ha acostumbrado. En este caso, como en los que se tendrá oportunidad de “ver”, lo entrecomillado se desborda a sí mismo sin perder su significatividad. Cómo dice el dicho popular “quien avisa no traiciona” 5. Yo recomiendo, si has llegado hasta aquí, olvidar este texto e ir directamente a la “Crítica de la razón pura” para empezar a entender de qué se trata la filosofía ya que, muy probablemente, todo lo que se diga de acá en adelante, no sea nada más que una “pérdida de tiempo” para quien el tiempo no es solamente un a priori kantiano sino una de las dimensiones relativas del ser. Te recomiendo, entonces, que abandones la complicada experiencia que puede significar esta lectura o, en su contrario, que ingreses a ella como se ingresaba a la “Divina comedia”; abandonando toda esperanza. 6. Si en cambio, no has abandonado esta lectura y persistís en creer que hay “algo” que puede incentivarte a pensar, bienvenido a la fantástica aventura de participar en un acto colectivo de creación que supone la anti filosofía y advertirte que no hay devolución del ticket de ingreso y que todo lo que suceda de aquí en más, es responsabilidad tuya. Veamos que nos depara lo que sigue. INTRODUCCIÓN Los hombres siempre nos hemos interrogado sobre todo lo que amerita interrogarse y esto es tan certero cómo que somos seres para la muerte; es así, entonces, que interrogar, interrogarnos y morir parece ser tan “natural” como alimentarnos, respirar, dormir, etc. La particularidad que traigo, creo, es que pongo en un mismo nivel, por decir así, actividades naturales de índole biológicas con otras que no lo son. Es cómo que, en este aspecto, podemos decir con cierto grado de certeza que pensar-interrogar/nos es mucho más humano que respirar o alimentarse ya que estas funciones biológicas son propias de todo ser vivo, pero ¿pensar? ¿Piensan realmente los animales? Supongamos que sí piensan y que pueden resolver ciertos problemas incluso complejos. En experimentos realizados en laboratorios y en zoológicos, los chimpancés y otros mamíferos han podido memorizar conceptos, objetos, palabras y hasta han podido solucionar algunos problemas, sobre todo, en relación a la alimentación. Es cómo que la facultad de pensar en los animales superiores está directamente relacionada con las actividades esenciales para la vida como comer, reproducirse, protegerse, etc., Pero hasta el día de la fecha, no hay ninguna evidencia que demuestre, con un grado aceptable de certeza, que los animales piensan en sí mismos o en otros animales en términos existenciales y no solamente en términos de sobrevivencia. Quiero decir, es lógico pensar que para un león “existe” la gacela como un “otro” diferente a la hiena, a otro león o a sí mismo, pero siempre esa existencia está determinada o bien por la competencia por los alimentos de “su” territorio (aunque tengo mis dudas de que el león o cualquier animal territorial está en condiciones de “saber” qué es y cuál es su propiedad) y por ello identificará a la hiena y a otro león como competidores y no como alimento en tanto que a la gacela la identifica como alimento y nunca como competidor. En base a esta distinción que suponemos que hace nuestro león, acepto en consecuencia, atribuirle a este gran felino la facultad de pensamiento pero ¿piensa el león en su muerte o en la muerte de la gacela? ¿Está en condiciones de prever su futuro y angustiarse por el hambre, la sed o los peligros que entraña ser un león en la sabana africana? Hasta el día de la fecha no hay ninguna evidencia ni de la biología ni de la etología que nos permita afirmar que el león tiene una forma de pensamiento por el cual se plantea su futuro, revisa su pasado y avanza en el conocimiento del cosmos. Es probable que el león tenga conciencia de que es león y de que no es ni hiena ni gacela e incluso que posea sentimientos evolucionados que superen el umbral instintivo y creo que allí se acaba la jerarquía del pensar de los mamíferos superiores. En cambio nosotros nos interrogamos y aún más, dudamos de que lo que vemos, olemos, percibimos y sentimos sea efectivamente lo que vemos, olemos, percibimos y sentimos, y en la duda está la base, al menos para el hombre occidental, de la filosofía como una forma compleja y sofisticada de pensar aunque, si menciono a la duda, debo decir que este breve ensayo tiene a la duda, en sus diversas formas, incluso en cierto tipo de impugnación, como uno de los núcleos semánticos principales, ya lo veremos. El pensar filosófico, para diferenciarlo de otros modos de pensar como el pensar del sentido común, es el producto de la duda o al menos, de ciertos modos de la duda. Es porque dudamos de que lo qué es, es efectivamente, pensamos y reflexionamos de una manera especial y que es la manera filosófica tal como nos ha enseñado la educación formal. De lo que trata este ensayo es de poner en duda y hasta impugnar cierta filosofía clásica, nacida probablemente en la isla de Elea y a partir de Parménides, que parte de una pregunta que, para mí, no posee sentido pero que, obviamente, para una gran y quizás representativa corriente de la filosofía más extensiva en al tiempo sí lo tiene; porque a partir de la pregunta del filósofo eleático se desarrollará casi toda la disciplina. Esta es una crítica abierta hacia la ontología y la metafísica lo que derivará, no en forma lógica sino totalmente arbitraria, en una propuesta anti filosófica y contra filosófica a partir de una particular lectura de ciertos anti filósofos cuya lectura, se verá, recomiendo. Finalmente, como la metáfora de la serpiente que se devora su propia cola, no puedo evitar caer en el solipsismo crítico y en someter a la duda trascendental, no ya metódica, mis propios asertos ya que mi propuesta no es sentar una verdad sino sólo acercarme, en forma exploratoria, a sentar unas bases para una anti y contra filosofía. UNO Y así como la duda es una especie de motor para la reflexión filosófica, no es su panacea porque tempranamente nos dimos cuenta que la duda, incluso siendo metódica, tampoco nos soluciona ese escozor que nos induce a pensar, porque incluso nada evita que dude incluso de que estoy dudando. En este punto, humildemente, disiento con Cartesius, conocido en el barrio como René Desartes, para quien se podía dudar de todo con la excepción de que, si dudo de todo, no “puedo” dudar de que esté dudando, y en base a este astuto mecanismo lógico, expone su “cogito ergo sum” al que ya he impugnado oportunamente en otra reflexión. Yo no “puedo” existir a posteriori de mí pensar sino todo lo contrario; pienso porque existo y no al vesre, ¿Qué tipo de existencia puede ser la que es resultado de un pensamiento y no de un impulso vital? Ese sería un “tipo” de existencia virtual y no material. La existencia es resultado, por decir así, de una experiencia. Primero existo, luego experimento y, finalmente, pienso. El pensamiento anti filosófico, es resultado de la experiencia existencial y no es ex ante sino ex post. Si primero pienso y luego existo, eso quiere decir que mi existencia es resultado de mí pensar y acá, entonces, la lógica parece darse vuelta lo que es una audacia si criticamos a Descartes ya que este pensador francés antes que un gran ontólogo ha sido un gran lógico. Para mí, no podes pensar si antes no existís porque el pensar es tributario de vivir y vivir es existir y existir es vis a vis, experimentar. La experiencia involucra a la praxis y, junto con el pensar, pueden ser la clave –quiero hacer hincapié en el potencial- para la comprensión del mundo. Conocemos el mundo porque lo experimentamos, es decir, porque estamos “en-él” y no porque es una idea de nuestra conciencia. En este punto, la anti filosofía hace un aporte inesperado…o no. Y la experiencia, ya sea del mundo o de “cualquier cosa” necesita del cuerpo. Es el cuerpo como materia de lo existencial, quien nos posibilita el conocimiento del mundo y es, a su vez, resultado y origen de ese conocimiento. Somos, pues, cuerpo y conciencia. Dejó aquí planteado un tema que se resolverá más adelante pero, para darte una clave, es Maurice Merleau-Ponty quien es el “dueño de la pelota”. Retomando el hilo de lo que se venía argumentando, la duda metódica cartesiana posibilita la confirmación de que, efectivamente, pensamos pero no que existimos. Por eso con Descartes se inicia la primacía de la razón por sobre otros órdenes del pensar y con ella la modernidad y el “abandono del ser” (Heidegger dixit) lo que es, seguramente, una de las conclusiones a la que llega la propuesta anti filosófica. Paradojalmente, todo el devenir clásico de la filosofía, antes de liberar al ser de las ataduras de “lo” material, lo ata a ello y es un clásico filósofo quien lo demuestra. La pregunta parmenidiana por el ser, lo veremos, es una pregunta que no sólo construirá un fetiche –Dios- sino que también entronizará una forma de esclavitud que es la razón. Preguntarse por el ser a la manera de los modernos, sobre todo de Hegel y su culto a “lo” absoluto, deviene –no obligatoriamente, en esto debo ser sincero- en un culto a lo material “en-sí-mismo” desde su aspecto más vacío, mas consumista y no desde un aspecto sustentado en la obligatoriedad de la reproducción social. Veremos a lo largo del texto, eso pretendo, que la materialidad a la que nos obliga el ejercicio racional de cierta forma de pensar asentada en la pregunta por el ser deviene, si lo sumamos a la preeminencia del sujeto individual y absoluto por sobre el sujeto colectivo y singular, lo que no conforma ninguna paradoja, en el “abandono del ser” al que hacía referencia Martín Heidegger, un continuador de la pregunta parmenidiana. Pero, para ser prolijo en la exposición, es menester decir que antes que Descartes, fue Parménides, quién comenzó con esta aventura del pensar filosófico. Parece ser, y en esto coinciden los historiadores de la filosofía que no es lo mismo que los filósofos de la historia, que allá por los años quinientos antes de Cristo, en la isla griega de Elea, este particular hombre reflexionó sobre sí mismo, y sobre sus compañeros isleños, e inicio el camino de la indagación filosófica con la famosa pregunta por el ser, ¿y que se pregunto Parménides de Elea? Se dijo a sí mismo “¿Por qué hay ser y no hay otra cosa?” y esta pregunta pasó a la historia como “la pregunta por el ser” (José Pablo Feinmann tiene páginas magistrales al respecto), y, al igual que me pasa con Descartes, este tipo de preguntas no me producen ningún escozor y aún más, me molestan porque, en realidad, no están bien planteadas. Si yo hubiera caminado por las playas pedregosas de Elea con Parménides le hubiera dicho “¡Pero Parménides! ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Por qué habría de haber otra “cosa” y no ser?” pero yo no estaba ni por aquél lugar ni en aquellos años y, además, nadie me hubiera escuchado ya que parece ser que esta pregunta es la pregunta filosófica. Digo que parece ser la pregunta filosófica ya que nadie, ni siquiera el mismísimo Martín Heidegger, quien es para muchos el mayor filósofo de la historia, impugna o al menos pone en duda esta pregunta ya que empieza su monumental “Ser y tiempo” con la pregunta por el ser por lo que colijo que acepta el inicio de la filosofía con esta pregunta que es, para mí, sin sentido. Bueno; ya tenemos criticado a Parménides, a Descartes e incluso a Heidegger por lo que, si hubiera por estos alrededores algún filósofo, seguro estaría preparando sus dardos para contestarme, o no; quizás me corrija o incluso acepte y comparta esta especie de crítica a ciertas preguntas originales y fundantes de la filosofía occidental y que a la postre dará fundamento a mi anti filosofía. DOS Si bien, como vengo sosteniendo, la filosofía occidental comenzó, según mi punto de vista, con el pié equivocado, si es que se puede decir así, debo admitir, sin embargo, que esta equivocación permite no solo la percepción extremadamente subjetiva de qué es, efectivamente, una equivocación sino también las argumentaciones que se desprenden de este aserto. Si el camino emprendido por Parménides es errado, debo dar cuenta de por qué lo es y, en la medida de lo posible, plantear al menos el camino correcto si es que lo hay. El error de la ontología de cuño eleático es justamente su “en-sí”, es decir, su núcleo epistemológico en busca del sentido del ser. Su “onticidad”, si es que se puede expresar de esta manera, es su error. Preguntarse por el sentido del ser es una pregunta, para mí punto de vista, sin sentido ya que su respuesta es una respuesta de Perogrullo: el sentido del ser es ser y con ello no digo absolutamente nada y aún más; podría decir que el sentido del ser es interrogarse a sí mismo, que el sentido del ser es preguntarse por el sentido del ser, que el sentido del ser es el único sentido que se piensa a sí mismo y así, aprovechando en demasía las enseñanzas de Wittgenstein, podría seguir “jugando” con el lenguaje ya que la pregunta por el ser lo amerita. Y, ya que traigo a este debate al gran autor alemán, debo decir que es en base a parte de su pensamiento en que se inspira parte, o la totalidad, de este ensayo que, como se verá, cumple las premisas solipsísticas que lo fundamentan. Lo que quiero rescatar del pensamiento de Ludwig Wittgenstein es su idea de la anti filosofía, tal como argumenta Alan Badiou en su libro “La antifilosofía de Wittgenstein” (2013. Capital Intelectual. Bs. As) y cito: Designaremos lo que comparten Nietzsche y Wittgenstein con una palabra introducida por el tercer detractor fascinado, en ese siglo, por la filosofía: Jacques Lacan. La antifilosofía. La palabra está echada. Pero no solitaria, ya que, si bien su esclarecimiento es el meollo de todo este texto y aquello en lo cual Wittgenstein nos educa, eso no nos dispensa de fijar provisoriamente sus poderes. La antifilosofía, desde sus orígenes (yo diría desde Heráclito, que es el antifilósofo de Parménides como Pascal lo es de Descartes), se reconoce por tres operaciones conjuntas: 1. Una crítica de lenguaje, lógica, genealógica, de los enunciados de la filosofía. Una destitución de la categoría de verdad. Un desmontaje de las pretensiones de la filosofía de constituirse en teoría… 2. …La filosofía es un acto, cuyas fabulaciones en torno a la “verdad” son el atavío, la propaganda, la mentira… 3. El llamado que se hace, contra el acto filosófico, a otro acto, de una novedad radical, que se llamará, ya sea, en el equívoco, también filosófico…ya, de modo más honesto, suprafilosófico, o incluso antifolosófico. Este acto inaudito destruye el acto filosófico, clarificando sus prejuicios. En Nietzsche, este acto es de naturaleza archipolítica, y su consigna se enuncia: “Partir en dos la historia del mundo” (Alan Badiou 2013:17/8) Acá tenemos, básicamente el núcleo nodal de mis apreciaciones y que están en paralelo con el confuso, hermético, complejo y casi inentendible Tractatus LogicoPhilosophicus que fuera considerado por el mismo Wittgenstein el único trabajo propio digno de exposición pública. Acá me permito hacer una interesante digresión o ingreso paralelo al texto. Macedonio Fernandez, “El Viejo”, que fue contemporáneo de Wittgenstein, aunque a ciencia cierta no se puede comprobar que se hayan leído mutuamente, era no sólo un gran escritor y un gran humorista sino también un profundo metafísico y, al igual que el autor alemán discípulo de Russell, no consideraba que sus reflexiones fueran lo suficientemente importantes como para publicarlas. Creo que Macedonio Fernández era, a su manera, un gran anti filósofo y compartía con Wittgenstein no solo la idea de que las reflexiones filosóficas no son lo importante que pretenden sus autores sino que tampoco ameritan su publicación. Los dos autores mencionados, en consecuencia, cumplen con la premisa número dos que menciona Badiou recientemente explicitadas. Continúo. Finalmente, y a la manera de una conclusión de este punto DOS, el mismo Wittgenstein nos dice en su Tractatus lo que quiero decir en todo este breve ensayo y, en consecuencia, hago mías sus palabras. Dice Wittgenstein: 4.0031. La mayor parte de las proposiciones y cuestiones que se han escrito sobre materia filosófica no son falsas, sino sin sentido. No podemos pues, responder a cuestiones de esta clase de ningún modo, sino solamente establecer su sinsentido. La mayor parte de las cuestiones y proposiciones de los filósofos proceden de que no comprendemos la lógica de nuestro lenguaje. (Son de esta clase las cuestiones de si lo bueno es más o menos idéntico que lo bello.) No hay que asombrarse de que los más profundos problemas no sean propiamente problemas. TRES Entonces tenemos, hasta aquí, básicamente que el camino emprendido y continuado por filósofos de la talla de Parménides, Descartes y Heidegger es en realidad un camino que no lo es porque sus cuestiones no son realmente cuestiones sino “juegos de palabras” y no enuncian un sentido como pretenden estos autores y aquí, entonces, entra a jugar el gran trickster, el gran engañador del siglo XX que es Jacques Lacan, y que lo es, justamente por su “maña” de jugador-embaucador, que tanto fascina a los psicólogos y mucho menos a los filósofos, el que continúa con el juego de los sentidos-sinsentidos. Cuando Lacan nos habla del “significante vacío” lo que está haciendo, es justamente, anti filosofía y contra filosofía. Como buen discípulo de Kojeve y como compañero de pensamiento de los autores de principios del siglo XX, continuadores de ese gran pensador que fue Husserl y no tanto Hegel, aunque a fuerza de ser sincero, Edmund Husserl admiraba tanto a Descartes como a Hegel, Lacan continuó con los juegos del lenguaje pero ahora aplicados a la clínica distanciándose de la filosofía a la que intenta impugnar. Pero, más allá de Lacan, es menester rescatar en todo este berenjenal al menos dos autores y quizás tres: el mencionado Edmund Husserl, rector de Friburgo antes que su discípulo Heidegger convertido al nazismo, al gran Maurice Merleau-Ponty y, quizás, a Jean- Paúl Sartre. Son en consecuencia, Husserl y Merleau-Ponty los anti filósofos que fundan una filosofía alternativa a la ontología junto con Deleuze y Derrida de quien, por razones de espacio y de mi ignorancia, no profundizaré, salvo que el texto me lo exija y aquí, nuevamente, introduzco otra digresión: es interesante para la propuesta anti filosófica plantearse, como hacía el Viejo Macedonio Fernandez en su “Museo de la Novela de la Eterna”, a la escritura no como un proyecto iniciado por el escritor sino una exigencia, por decir así, del lector. Es el lector el que completa el trabajo del escritor ya que yo, en este caso como escritor, nunca estoy seguro que, quien me lea, me leerá como yo “quiero” o pretendo que me lea sino que el lector hará su propia apreciación de “lo” leído y en esta característica se funda no sólo lo fantástico del acto comunicacional “en-sí-mismo” sino una de las bases para impugnar la pretensión de certeza absoluta de cierta filosofía tal como vengo sosteniendo. El escritor no es más que el iniciador del juego y serán los lectores, en su universalidad y en la singularidad de cada lectura de ellos, los que completarán, por decir así, el entramado conformado por el acto de escribir-leer. No hay, en consecuencia, un saber asentado en un solo lugar sino un fluir de saberes que “viajan” por decir así, en las letras impresas en cada página y esta característica es la observada por Macedonio Fernandez quien, es mi idea, es uno de los primeros anti filósofos criollos. Después de la segunda digresión, continúo. Lo que indican estos autores, pero especialmente Husserl, es que los problemas de la ontología, no son en “realidad” problemas sino apenas enunciados sin sentido que conforman los juegos del lenguaje. Para Husserl, el nudo central de la filosofía se reduce a su famosa frase “ir a las cosas mismas”, es decir, no hay que hacer tantos planteos que parecen trascendentes pero no lo son, sino que hay que “ir a las cosas mismas” tal como se le presentan al ser –como da-sein- y como las intenciona su conciencia y, para ello, hay que poner “entre paréntesis”, por medio de la epoché, todo lo que hemos aceptado del mundo. La duda que propone Husserl se emparenta con la duda cartesiana pero la supera ya que no es una duda metódica sino apenas metodológica; si no estoy “seguro” de lo que mis sentidos me indican, ya que mi propia experiencia me confirma algunas absurdidades, debo poner “entre paréntesis” estas cuasi-certezas y comenzar de nuevo desde un substrato conciencial que será desde donde comenzaré a construir intersubjetivamente “ese-mundo-allí” que habito y habitamos. Y en ese “mundo-allí” están las cosas a las que mi conciencia intenciona o, en mis términos pero fundado en Husserl, están las “cosas” adonde se “dirige” –o intenciona- mi conciencia. Y aún más; si la clave del conocimiento está en “ir a las cosas mismas” eso quiere decir que sí hay un “en-sí” de las cosas y que ese “en-sí” puede ser captado y aprendido por la conciencia del ser y, de esta manera, podemos trascender el idealismo kantiano quien no confiaba que el hombre pudiera captar a la cosa “en-sí”. Uno de los grandes méritos de Husserl no sólo ha sido establecer la epoché cómo método para su fenomenología trascendental sino que también ha inspirado a varios estudiosos y de los que yo no puedo escapar. Uno de los filósofos que se sintió extremadamente atraído por el pensamiento del fenomenólogo citado es Maurice Merleau-Ponty quien pone en el centro del debate sobre el conocimiento del mundo al cuerpo. Es pues Merleau-Ponty, el filósofo –o el anti filósofo- del cuerpo y será desde este soporte material de la vida, con todos sus procesos bioquímicos, neurológicos, físicos y emocionales, la sede de nuestra conciencia que es, a la postre, quien nos da el mundo para que los conozcamos. Con Merleau-Ponty, finalmente, la anti filosofía se desprende de esa concepción ontológica y metafísica que ubicaba, en un falso idealismo no trascendental, al pensamiento puro y a priori como sede principal del conocimiento del mundo. Con la aceptación de la preeminencia del cuerpo por sobre la “mente” no sólo cumplimos con el precepto nietzscheano de “matar” a Dios, que era finalmente el sustento de la filosofía cartesiana y kantiana, sino que certificamos el materialismo inherente a todo el proceso de conocimiento. El saber que importa al hombre es, primeramente, un saber material antes que un saber virtual y/o simbólico. El simbolismo que se desprende del conocimiento es, en realidad, una ignorancia, o mejor dicho una “ausencia de conocimiento”. Cuando el conocimiento material llega a un límite, y no paradójicamente llega siempre a un límite, la “ausencia” o dicho más correctamente, la angustia existencial que ese límite provoca en el ser, es la clave para que éste cree el símbolo y así amenguar ese “dolor” existencial que le provoca no “saber más”. Por eso, el camino eleático iniciado por Parménides no puede no terminan en el “invento” – con todo respeto a los creyentes- de una figura trascendental a sí mismo y ese “invento” siempre es una forma de Dios. Es Dios quien sustenta a Descartes (recordemos a su “genio maligno” que es el primer puntapié para su “cogito ergo sum”), a Kant y a Hegel, para nombrar a los más famosos filósofos de la premodernidad y de la modernidad. La clave de la materialidad del pensamiento del da-sein es la eficacia; porque el pensamiento material es eficaz para la producción y reproducción del ser, primeramente como cuerpo y secundariamente como pensador-intelectual. Si el conocimiento material del mundo no fuera eficaz, el hombre no hubiera sobrevivido a sus circunstancias existenciales. Cuando esa “ausencia” de conocimiento que trae implícito el conocimiento material se instituye, surge, entonces, el conocimiento simbólico que permite llenar, por decir así, los huecos que esa ausencia ha producido, pero basta que el hombre, mediante la eficacia material continúe en la senda evolutiva, para que poco a poco, con esfuerzo o sin él, desplace esos simbolismos casi poéticos y los suplante por el conocimiento material y la rueda de la vida, y no la línea, siga girando. Es por eso, entonces, que la anti filosofía roza casi inconscientemente al pensamiento oriental de cuño budista conformando una paradoja; desde la aceptación de la intencionalidad material de la conciencia, que permite que conozcamos la cosa “en-sí” y la usemos para nuestra producción y reproducción, finalizamos cierto derrotero intelectual y anti filosófico en la anti filosofía oriental; hinduista y su continuación: el budismo. Pero no creas que soy original; Nietzsche, con su Zaratustra y el iracundo Schopenhauer, ya lo habían advertido hartos del pensamiento mercenario de su tiempo. Queda indagar la clave que la filosofía Zen puede traernos a este debate, camino que no iniciaré por motivos claros. De esta manera, es mi argumentación final, damos la puñalada fatal a la filosofía eléatica ontológica y metafísica y ponemos los primeros peldaños de una anti filosofía filosófica que nunca llegará a subir la totalidad de la escalera del conocimiento del mundo, pero que nos hace más divertida y amena nuestra visita por esta existencia vital. CUATRO A modo de una anti conslusión Finalmente, y casi como consecuencia obligada, es menester concluir y esta será, en consecuencia, una conclusión que no es; es decir, una conclusión inconclusa o abierta porque toda anti filosofía que se precie “en-sí-misma” no puede concluir porque la conclusión es propia de la filosofía y supone cierta pedantería, cierto convencimiento del propio ego o de la potencialidad de la conciencia para el conocimiento del mundo. Y no es que no podamos acceder a cierta certeza; finalmente sino creemos en lo que creemos, difícilmente podamos ser eficaces en la producción y reproducción del mundo. Lo que me interesa advertir es la extrema fragilidad de cierto modo de pensar el mundo y que corresponde a la filosofía y a la anti filosofía y esto, más que un aspecto negativo es, por el contrario, su positividad. Porque está en la base de toda satisfacción intelectual la crítica y la puesta en duda de todo lo que se diga, de todo lo que se crea, y la crítica y la duda son las armas con que la conciencia se intenciona a sí misma. De tal manera que, esta conclusión es, como no podía ser de otra manera, una anti conclusión lo que significa seguir pensando y seguir escribiendo-leyendo-escribiendo pero no desde la confianza de que llegaremos a un punto de certeza absoluta sino a conformidades coyunturales que prontamente se diluirán. De esta manera, la filosofía habilita a la anti filosofía y a la contra filosofía y podemos así, “perder el tiempo” como lo pierde un pintor, un músico o un escultor realizando su obra a sabiendas de que solo el uso de dicha obra le da su significado. No hay, entonces, sentidos que buscar en la filosofía ni hay preguntas por el ser sino que lo que hay es un mundo único en que habitamos todos los seres en modo intersubjetivo, y en ese mundo único, habitan, por decir así, los mundos subjetivos de cada uno de nosotros que se encuentran en armonía y en tensión entre sí mismos sin que desaparezca ese mundo único sostén de toda la existencia. En este mundo único, se encuentran los “útiles-a-la-mano” con que podemos producirnos y reproducirnos y el ser no necesita verificar el ser de ellos porque sencillamente se apropia de manera eficaz para cumplimentar el proceso de producción y reproducción. Cuando el ser se pregunta por el ser, tal como deviene de la pregunta parmenidiana, es porque ya cumplimentó su proceso de producción; dicho en palabras más sencillas; puedo pensar en estas “cosas” sin sentido, porque “tengo tiempo” para ello porque no debo “perderlo” buscando la provisión de mis necesidades. Si Parménides hubiera tenido hambre, antes que preguntarse por el ser, se hubiera preguntado por su propia necesidad y otro sería el camino que hubiera iniciado la filosofía. Siguiendo el pensamiento de Merleau-Ponty, el sentido de la filosofía debiera ser una crítica y un análisis del lenguaje y de los cuerpos que devienen en un mundo intersubjetivo fluyendo en existencias paralelas que establecen relaciones que posibilitan experiencia prácticas que permiten la producción y la reproducción eficaz de ese mundo que nos contiene como seres. De tal manera que, para una anti filosofía, no tiene sentido preguntarse por el sentido del ser sino, antes bien, continuar “dentro” del sendero fenomenológico tratando de resolver el solipsismo que entraña sabiendo que nunca encontraremos todas las respuestas a nuestras interrogaciones ya que hay formas del pensar, como esta, que sólo es un juego de la conciencia y que los “problemas” que funda no son, en realidad, problemas sino cuestiones irresolutas que nuestro “exceso” de tiempo provee. La filosofía que deviene de la pregunta parmenidiana no es falsa, sino que es absurda. Octubre 2014.-

No hay comentarios:

Publicar un comentario