viernes, 31 de octubre de 2014
SOBRE REVOLUCIONES: INTERNAS Y LÍDERES. Hacia una filosofía de la historia antropológica y existencial
INTRODUCCIÓN
Los acontecimientos históricos poseen una complejidad intrínseca que hace sumamente dificultosa su explicación cuando no imposible; y ello se debe a que no hay causas que se puedan aislar como sucede con un experimento de química en un laboratorio en donde las variables pueden ser controladas. La diversidad de acontecimientos macrosociales y microsociales –muchos cómo resultados de circunstancias personales-, que confluyen en la determinación del evento histórico son de tal magnitud que no es posible procesarlos como se procesa una secuencia de ADN o un algoritmo. La sola definición del evento responde a la categorización del historiador quien debe nombrar, de alguna manera, lo que pretende conocer. Es así, entonces, que generalmente a partir de una fecha –la historiografía ama y se justifica al fundarse en fechas- que no necesariamente es arbitraria, se define el evento: 12 de octubre de 1492, 14 de julio de 1789, 25 de mayo de 1810, 17 de octubre de 1945, etc. Estas fechas sintetizan, en un dato cronológico, esa especie de inercia que viene de un pasado próximo o lejano y que eclosiona en ese día. El 12 de octubre de 1492 el almirante Colón no sabía que había llegado a un desconocido continente para los europeos y su viaje no necesariamente comenzó en Palos de Moguer el 3 de agosto de ese año. Posiblemente el marino genovés haya planificado o soñado su viaje desde mucho antes. Imaginemos los preparativos: la contratación de las carabelas, conseguir a la tripulación, la financiación, pedir la audiencia con el rey, con la reina, con el confesor de la reina, hablar con su familia, encomendarse a Dios, etc. Antes de que Rodrigo de Triana viera por primera vez para los ojos de un europeo la isla caribeña, tuvieron que suceder miles de pequeños eventos para que se diera el gran evento y que pasó a la historia universal bajo el error del “Descubrimiento” de América que aún no se llamaba así. Colón nunca supo que había llegado a tierras desconocidas para su época –a excepción de Erik el Rojo- y nunca las llamó América. Solo años después, y a partir de un etnocentrismo que se estaba consolidando en Europa, se llamó “descubrimiento” a lo que fue una conquista. ¿Cómo se puede llamar “descubrimiento” a una tierra que estaba habitada ya hacía miles de años? Acaso estos originales habitantes ¿no la habían “descubierto” antes? ¿Cómo se puede “descubrir” lo ya “descubierto”? Bueno, de este “error” no se hace cargo la historiografía sino la filosofía de la historia y es a partir de una filosofía de la historia en que los diversos eventos que conforman nuestro pasado van tomando sentido y definen nuestro presente.
El siguiente ensayo propone, en consecuencia, una lectura desde la filosofía de la historia en relación a un modo de eventos históricos que tienen características comunes y que han acontecido en diversas épocas y en diversos lugares. Lo típico de estos eventos es que su concreción es resultado de esa inercia histórica a la que hacía referencia y producen cambios radicales; la sociedad que deviene después de esos sucesos, ya no es la misma sino que, sin dejar de serlo, es otra. Me estoy refiriendo a lo que la historia define como revolución. También se dará cuenta de que todo evento histórico es también resultado de la acción humana que sintetiza en la figura de los líderes la que nos permita entender el porqué del triunfo o de la derrota de la revolución. De alguna manera, la acción individual del líder o la acción colectiva del grupo, definen el proceso histórico ya sea en su triunfo o en su debacle.
Si bien hay varias definiciones de revolución, no me planteo realizar una sino enmarcar qué es lo que entiendo por dicho concepto: una revolución es una transformación radical, es decir, de raíz de una sociedad quien cambia aceleradamente en poco tiempo pero, en realidad, los cambios nunca son totales ya que de serlo, se acabaría lo “revolucionado”, quiero decir; siempre hay formas supérstites que son “arrastradas” hacia las nuevas formas que propone la revolución. Nunca el cambio es total-total porque sobreviven creencias religiosas, el lenguaje, cierta gastronomía, las calles, los edificios, las identidades, etc. El hombre necesita, al parecer, tener ciertos anclajes que le permitan sostenerse en el tiempo y en el espacio, y si bien una revolución implica muchos y trascendentales cambios en forma más o menos rápida, también es cierto que hay mucho del pasado que sobrevive en la nueva sociedad. Por eso creo que la revolución no es de grado cero sino que son muchos cambios trascendentales que afectan toda la estructura social pero no la destruyen en su totalidad sino que, como dije, hay formas, incluso inconscientes, que sobreviven y se consolidan en la nueva forma social.
Los cambios más importantes y que son objeto de estudio son a nivel económico, político, cultural, social, familiar, etc. Estos cambios a los que me refiero, son trascendentales y suelen cambiar las estructuras de esa sociedad y producir otras que las suplantan. La diferencia con el cambio social, aunque a fuerza de ser sincero debo reconocer que una revolución es un cambio social bajo la modalidad de gran cambio, es su velocidad y, en la mayoría de los casos, su violencia, producto de su radicalidad. Esta violencia se hace mucho más patente en las revoluciones sociales de cuño político, y que es el modo, por decir así, de revolución que voy a tratar aquí, ya que, para otras revoluciones, como las artísticas, la violencia no siempre es un ingrediente participante.
Obviamente, por razones de espacio, no voy a analizar todo el proceso revolucionario como Tipo Ideal sino tan solo una “parte” de él y que tiene que ver con el surgimiento de las facciones internas que confluyen en ella o bien que se estructuran a partir de ella y el surgimiento necesario del líder. Lo que me interesa indagar en particular, es este aspecto heterogéneo que se cristaliza en las diversas tendencias en pugna, el triunfo de una de ellas, ya sea mediante una coalición o no y, fundamentalmente, la síntesis que presenta el líder hegemónico.
1. Tensión social
En la historia de la humanidad no es novedoso que las sociedades cambien, incluso radical y violentamente. Será sobre todo en la Edad Moderna y Contemporánea en donde las formas revolucionarias encontrarán cauces para expresarse. La historia antigua no nos habla de muchas revoluciones y, cuando las menciona, no las trata así. De tal manera que parece ser que el fenómeno revolucionario es un fenómeno reciente en la historia de la humanidad. Quizás cuando Akenaton asume como faraón en Egipto por los años 1300 AC y transforma radicalmente su sociedad, sobre todo a nivel religioso, podamos hablar de una revolución, pero no lo trata así la historiografía clásica. Cuando Roma invade Galia, solo para mencionar un ejemplo, obviamente se transforma la realidad social integral de esa zona de Europa, pero no solemos hablar de revolución a partir de la conquista de un territorio aunque, como dije, esa sociedad se vea transformada desde su raíz. Pensemos un poco; los galos estaban en sus tierras, con sus dioses, sus comidas, etc., y llega el invasor romano y les quita su tierra, trae sus dioses –por más que respeta los antiguos-les impone nuevos gobernadores, nuevas leyes, nueva moneda, les cobra tributo, los obliga a sumarse al ejército, etc. Evidentemente la vida de los galos no es la misma que antes de la conquista, sin embargo no se habla de revolución. Cuando hacia fines del siglo XIX Mutsuhito reemplaza a su padre en el trono de Japón se inicia la era de la “Reforma Meiji” que transforma al Japón “medioeval”, si es que se puede aplicar esta categoría occidental a la historia oriental, y lo hace ingresar en la modernidad. A partir de esta “Reforma” y no de la revolución, Japón se transformará en una potencia al menos hasta su derrota con el lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
Cómo se puede apreciar, estos eventos transforman radicalmente la sociedad y produce una nueva, sin embargo o bien hablamos de reformas o le ponemos otro nombre. ¿Por qué no ha sido un cambio revolucionario las transformaciones de Akenaton y las de Mutsuhito? Para mí sí lo son y también debieron haber cumplido ciertas particularidades como las que acontecieron en 1789 en Francia, 1917 en Rusia y 1959 en Cuba.
Estas particularidades a las que aludo son que debió haber tensiones al interior de ese proceso y se deben de haber conformado facciones internas que disputaron ideológicamente dichas transformaciones porque las disidencias, aún en el mismo grupo, es una de las características del acontecer humano. Esa mirada influida por cierto romanticismo ingenuo de creer que el consenso es lo que “debe” primar en las relaciones sociales es promovida por una particular forma de poder que la infunde en el imaginario social para garantizar una dominación.
Toda relación implica tensión pero ello no significa obligatoriamente violencia sino que es el reconocimiento de la existencia del otro. Una relación social visibiliza al menos dos polos; yo y el otro o, en términos sociopolíticos: nosotros y los otros, y toda relación social es, a su vez, contrastante porque hace visible y posibles las identidades; yo soy este que soy porque no soy aquél que, al no ser yo, es otro. De tal manera que, desde mi mirada, todo el campo social se estructura a partir de tensiones no necesariamente violentas pero sí contrastantes y el poder visibilizarlas ayuda a que esas tensiones no maduren y, en consecuencia, no exploten o tarden en explotar. Esta es una mirada ideológica contraria a cierta mirada influida por el pensamiento liberal para quien los conflictos sociales solo son resultado de ciertas disfuncionalidades que entorpecen el “natural” equilibrio social. Para estos intelectuales, no hay conflicto social sino que este es un resultado de la intromisión de un poder –en este caso el Estado- que, al interferir en el orden natural, lo entorpece y su consecuencia es el conflicto. Al no admitir las tensiones naturales producto de la institucionalización de las relaciones sociales y del contraste que ellas proponen, desarrollan un sistema de dominación asentado en una falsedad que no casualmente le es funcional a sus intereses. El liberalismo, como sistema político, se define a sí mismo como democrático y consensual pero es el sistema de dominación más despótico y menos igualitario que se conoce y es el que produce la mayor desigualdad, al menos en términos de equidad social. Sustentándose en una definición teórica y no material de libertad, termina propiciando la anulación del ejercicio de la libertad al impedir no sólo que las tensiones afloren y puedan solucionarse sino porque ubica a los sujetos en estratificaciones sociales dependiendo su lugar de una estructura económica totalmente inequitativa. No es casual que, en base a este esquema de dominación, se concentren en los extremos de la relación –a la manera de una línea- las magnitudes positivas y negativas en donde cada vez son menos los que más tienen y más los que menos poseen. Esta es la paradoja de la modernidad; una sociedad que produce riquezas como nunca se vio en la historia de la humanidad y, sin embargo, esta riqueza se concentra en uno de los extremos de la relación social agudizando las tensiones que, sin embargo, dicha ideología dice que no hay.
Es entonces a partir de la agudización de las tensiones sociales que la sociedad llega a “cuellos de botella” en donde lo que permite superarlo es el cambio y aquí, al menos a partir de la Edad Moderna, ese cambio asumirá lo que se ha definido como revolución.
Si, como dije, las revoluciones lo son de la modernidad, usémoslas como ejemplo para comprender el porqué de mis ideas.
2. Los grupos internos. El Líder
Resumiendo un poco lo argumentado hasta aquí tenemos, entonces, que una revolución es un complejo proceso socio político que tiene sus orígenes en la tensión social que se funda en virtud de la aplicación de modos de dominación que van quedando obsoletos por la propia dinámica socio histórica y que encuentra, en los modos de producción, su cara más visible pero no la única. Es a partir de pequeñas transformaciones cotidianas en la mundanidad –el mundo de vida (lebenswelt)- de cada ser, que se va acumulando el “material” por decir así, que posibilita el cambio social; y, como todo cambio social supone transformar la sociedad, aquellos sectores que se oponen a estos cambios y que son generalmente los detentores del poder legal y legítimo, al no percibir que la sociedad cambia, van perdiendo parte de esa legitimidad y se impugnará su legalidad.
Cuando la sociedad rural se va transformando en sociedad de masas en virtud de ese mismo cambio social, estas mismas pretenderán mejorar su calidad de vida a sabiendas que su pobreza y su dominación son resultado de la riqueza y del poder acumulado por sus dominadores. La extensión de la educación y la urbanización posibilitaron que, en los lugares de trabajo, se forjaran nuevas relaciones sociales sustento de nuevas identidades sociales que posibilitaron la toma de conciencia social y, a partir de ella, la impugnación a los viejos sustentos legitimadores del poder dominante que entraron en crisis. La sumatoria de todos estos cambios, más algunos que no son mencionados aquí, posibilitaron que, en una determinada fecha, “algo pase” y suceda la revolución: la toma de la Bastilla, la toma del Palacio de Invierno, la derrota de Japón en la Indochina y el ascenso de Ho Chi Min, la destitución y encarcelamiento del coronel Perón, el ingreso del M-26 en la Habana, etc. Pero todos estos procesos no son obra ni de un solo dirigente ni de una sola forma de pensar la realidad.
Si bien es extremadamente difícil precisar el comienzo del proceso revolucionario sí podemos, al menos, teorizar que, en algún momento situado históricamente, la revolución siembra, por decir así, su semilla y luego, la situación social propicia la germinación. En esos momentos, un poco míticos, se van consolidando identidades socio políticas a partir de la lectura que hace cada grupo de la crisis social ya sea por formación intelectual o por los intereses que afecta la crisis. Sea por una causa o por otra, lo cierto es que en todo proceso revolucionario se constituyen y se van consolidando determinados grupos que denominaré, para aprovechar cierto concepto asentado en nuestro imaginario socio político, internas.
Hacia fines del siglo XVIII en Santo Domingo –que luego se llamará Haití- y como resultado de los acontecimientos que estaban ocurriendo en Francia, se van consolidando varios grupos los que terminarán hegemonizados por Toussaint de Bréda que, por decisión propia pasará a llamarse Ouverture. Estos grupos son los blancos realistas –contrarevolucionarios-, los mulatos, los negros esclavos, los negros libres, los pequeños blancos, los blancos revolucionarios, los esclavos negros reaccionarios, los agricultores, los plantadores, los comerciantes, etc. Durante el proceso independentista en el Río de la Plata se van conformando grupos como los jacobinos liderados por Moreno, Vieytes, Monteagudo, los saavedristas, los del interior, los realistas, los comerciantes, incluso los comerciantes contrabandistas, los propietarios de los saladeros. En la Francia revolucionaria: los Jacobinos, los Girondinos, los realistas, los conservadores. En la Rusia de 1915-17 los bolcheviques, los mencheviques, los rusos blancos, los rusos rojos, etc., en fin, lo que quiero decir es que, en cada proceso históricos se van conformando internas que luego se simplifican en dos grandes bandos que, para simplificar, se denominan o bien revolucionarios o reaccionarios-contrarrevolucionarios.
Al interior de cada uno de estos grupos se conforman otros pudiendo establecer zonas grises o de transición entre los dos polos del Tipo al que hago referencia. Así entre los revolucionarios y los contrarrevolucionarios se insertan otros grupos pudiendo migrar algunos sujetos de un grupo a otro ya sea porque no están bien definidos ideológicamente o porque sus intereses van cambiando a medida que cambia la revolución. La propia dinámica de la revolución o de la reacción, obliga a que estos grupos se definan pero, una vez logrado el triunfo, o la derrota, las tensiones pueden volver a aflorar. No hay, entonces, solamente dos grupos sino múltiple pero habrá uno de ellos que será el hegemónico y conducirá, por decir así, la revolución o la reacción. Esta hegemonía será resultado de méritos propios o de una alianza que puede durar hasta la victoria y disolverse a posteriori o durar lo que duren los cambios revolucionarios. Lo importante para esta reflexión es que las tensiones en las internas generalmente son solucionadas por la emergencia del líder que es la síntesis de ellas. Es así entonces que, en las figuras de Perón, Fidel Castro-Ché-Camilo Cienfuegos, Toussaint de L´Ouverture, Ho Chi Min, Lenin-Trotski, Villa-Zapata, etc., podemos encontrar el liderazgo que, de alguna manera, sintetiza y expresa las tensiones hacia el interior de la revolución o de la reacción. De esta manera, creo, la historia deja su lugar a la filosofía de la historia ya que no son solamente los eventos, como variable independiente, los que nos ayudan a comprenderla sino que ahora ingresa la voluntad humana.
Conclusiones
Todo evento histórico es, en consecuencia, también obra de los hombres ya que ellos son los actores principales pero no la hacen en las condiciones que ellos proponen. Lo que me interesa es destacar que, en muchas ocasiones, es la personalidad de los líderes las que influyen en los eventos históricos y, quizás el azar.
Soy de la idea de que las personalidades y las subjetividades, las tensiones y las rivalidades, los cariños y los odios personales entre aliados y “enemigos” suelen definir los clivajes para que podamos comprender los fenómenos históricos. La personalidad de Napoleón, Hitler, Juana de Arco, Cesar, Aníbal, Alejandro, etc., deben haber sido importantes en la producción histórica que los han tenido como actores líderes de los procesos que hegemonizaron. Todo evento histórico, si es resultado de la actuación de los hombres, es porque ellos son, de alguna manera, sus actores principales y, de esta manera, como he dicho, la historia deja un poco su lugar a la filosofía de la historia pero, ahora, desde una mirada entre antropológica y existencial.
De lo que se trata, desde esta perspectiva, no es solamente describir ciertos sucesos subjetivamente elegidos por el historiador para “explicar” la historia, sino bucear en sus meandros para ir captando como se dan los cambios “en-la” historia. Me ha interesado, principalmente, identificar cómo se combinan las subjetividades personales y como ellas van conformando grupos que leen, por decir así, los cambios sociales desde una perspectiva singular determinadas, quizás, por intereses de clases pero no solo por ellos. Los ejemplos de las revoluciones del siglo XVIII, del XIX y del XX, nos van indicando no solo el porqué de ellas, sino como las diferentes internas se fueron constituyendo y alineándose en alianzas que a veces lograron superar las coyunturas y se institucionalizan en el mismo proceso histórico que les dio origen. Finalmente, se ha podido apreciar cómo, el surgimiento de un líder o de varios pero no muchos más que los que cuenta los dedos de una mano, logran sintetizar y hegemonizar las tensiones que el mismo proceso revolucionario produce y “conducirla”, si es que cabe el término, hacia donde ella, y las decisiones tomadas por él/ellos, conduce.
No he pretendido, finalmente, realizar un aporte hacia las teorías de las revoluciones sino que me he valido del ejemplo que ellas presentan, según nos narra la historiografía, para presentar el desarrollo de una filosofía de la historia que presenta la alternativa antropo-sociológica poniendo un especial énfasis en la perspectiva existencial.
La historia, en definitiva, no es solo una descripción objetiva de eventos sino que es también una forma de comprensión del tiempo pasado imbricado con las acciones humanas.-
Munro. Fines de octubre de 2014.-
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