viernes, 21 de enero de 2011

DE CAMBIOS, MIEDOS Y TOLERANCIA



Que estamos viviendo un tiempo diferente en la Argentina y en el continente es un hecho muy difícil de negar.
Como toda situación novedosa, se producen acontecimientos que resultan que modifican los clivajes de nuestra interpretación de la realidad. Ante esto, los hombres reaccionamos de diferente manera según nuestro aparato psíquico y según nuestros capitales sociales, culturales, etc. Algunos verán estos cambios con temor, otros con esperanza y otros sencillamente no los percibirán.
De lo que me interesa reflexionar en este lugar es sobre cómo los sujetos nos posicionamos ante estos cambios que acontecen en nuestra vida y cómo, en un mundo intersubjetivo, las acciones de unos tienen consecuencia sobre la vida de los otros.

Cambiar o no cambiar, he aquí la cuestión.
Como dije, la Argentina y la región están viviendo cambios muy profundos y que se verifican particularmente en lo social. Gobiernos que pretenden dejar atrás muchos años de autoritarismo y de libertad de mercados, de alineamientos internacionales ineficaces y de modos de producción y de distribución de la renta social que tendían a la concentración y no a la distribución, se ven enfrentados a determinados desafíos propios de los hechos que están produciendo.
Los sucesos que están aconteciendo en la región están implicando modificaciones muy profundas en sociedades conservadoras y autoritarias acostumbradas a vivir de acuerdo a los dictámenes de una minoría propietaria ligada al capital extranjero. La Argentina y el Brasil son dos claros ejemplos, pero también Bolivia, Ecuador, Perú, Chile, Uruguay, etc.
Estas minorías representadas por el capital privado y los poderes constituidos llámense jueces, legisladores, gobernadores, periodistas, intelectuales orgánicos, terratenientes, etc., no están acostumbrados a que la gente común y los intelectuales comprometidos con el cambio los impugnen. Justamente, el autoritarismo que han pergeñado con su accionar histórico, les ha hecho creer lo que no es. De ser tan solo ciudadanos iguales a todos, creen ser partícipes de una ciudadanía con privilegios que los ubica en un limbo ajeno a los aconteceres sociales; por eso no entienden y se enojan cuando se los interroga en su profesionalidad, cuando se impugnan sus saberes, cuando se pone en duda su autoridad profesional.
Los años de autoritarismo, que salvo excepciones han ocurrido en nuestros países, les han hecho creer que son los poseedores de la verdad cuando en realidad lo único que tienen es un poder económico basado no en sus aptitudes personales sino en estrategias fraudulentas. Como decía un representante de nuestra más rancia aristocracia agroganadera asustado por la compra de tierras de los recién llegados a la riqueza devenida ésta de sus negocios de inmigrantes, “las estancias no se compran, se heredan”. Esta herencia que recibieron las aristocracias latinoamericanas devino del despojo territorial de las comunidades originarias en virtud de crueles guerras o de la alianza con el capital extranjero que se despreocupo del desarrollo de la región. Entonces, estas “clases”, si se me permite la utilización del término hoy caído en desuso, se han criado creyendo que son los verdaderos dueños de estos países y todo aquello que modifica el status quo es una afrenta a “su” libertad, a “su” patrimonio, a “su” seguridad. Al fin y al cabo, creen ser los “padres fundadores” de la verdadera nación.
Esta falsa creencia construye una mirada sobre el mundo y la realidad que afecta la vida social en general. Si el patrón de estancia cree que su peón es un bárbaro incivilizado y que nunca podrá apreciar la belleza de un Picasso o la armonía en una ópera de Verdi, entenderá que no deberá aumentarle su salario porque se lo gastará en vino y chacareras. Si el CEO de una empresa cree que su obrero lo único que quiere es escuchar cumbia y beber dos litros de vino cuando juega su equipo de fútbol, creerá que es un desperdicio construir un jardín de infantes para sus hijos o incluso pagar impuestos para que los hijos de ese obrero pueda concurrir a la facultad o construir un hospital público para que pueda curarse de las enfermedades que su estilo de vida le trae. Al fin de cuentas, como el civilizado Sarmiento suponía, la chusma no es susceptible de educación, para ellos ni siquiera justicia; la horca o el fusilamiento era lo más adecuado, tal como le escribió a otro gran civilizado el señor Mitre, el general que solo ganó una batalla y aún hoy en día se pone en duda si fue su estrategia o la huida de su contrincante, el Gral. Urquiza, militar profesional quien se retira  del campo de batalla sin utilizar su temible caballería. Algunos creen que hubo un pacto de alguna logia secreta, lo que no sería extraño en una tierra en donde las logias contribuyeron a su organización nacional.
La vida mirada desde las alturas no llega a vislumbrar siquiera lo que acontece por el subsuelo. El piso no es nada más que el sustrato en donde se depositan los sedimentos y ellos no están para eso, que el polvo sea barrido por la servidumbre. La luz de las estrellas los ha elegido y los ilumina en su razón civilizadora en contra de la barbarie del populacho que pretende, -eso mismo digo-, pretende ser como ellos. ¡Es inaceptable! pensarían Echeverría o Cané; hay que construir unas vallas para que no los molesten y les den seguridad, vociferan las Legrand y las Gimenez preocupadas por la “ola de inseguridad” que no las afectan personalmente. Una continuidad, entonces, entre la generación del ´37, la del ´80 y la de los ´90, ésta última del siglo XX.
Cuando los cambios acontecen, entonces, es esperable que haya temores y que los que se sienten amenazados realicen acciones tendientes a anular esos cambios y que éstos no los afecten como “clase”, sobre todo en sus ingresos. Y como el miedo no es un buen consejero cuando se trata de analizar lo social, de este temor nace el odio, la bronca, la ira contra los gestores del cambio.
En vez de desarrollar la tolerancia es preferible profundizar el odio y las acciones que emanan de él. Es claro. Podemos apreciarlos en los discursos que los poderosos emiten a toda hora en los medios que están a su disposición. Por medio de los intelectuales orgánicos, esa vieja categoría gramsciana que hoy no ha perdido vigencia, tratan de imponer su visión de los cambios más allá de que esta visión se atenga o no a lo que realmente sucede. Entonces, una acción de gobierno legal y legítima en defensa de los intereses de todos, es un “ataque” a la libertad o una “presión” a alguna corporación, un discurso realizado por el presidente o presidenta es una “afrenta” a los verdaderos intereses de los que “realmente les interesa la patria”, la investigación de los delitos de lesa humanidad que lamentablemente han sucedido con abundancia en nuestro continente, tiene “hartos” y “cansados” a determinados intelectuales que ya no quieren oír hablar más de eso porque ya “pasaron muchos años de esos sucesos y debemos superar las viejas antinomias”, la utilización de un vocablo como “monopolio corporativo de noticias” no es adecuada porque en realidad, si hay un pequeño diario perdido en una lejana ciudad, no podemos hablar “estrictamente de monopolio señor Secretario de Medios”, si se plantea que se deben compartir las exorbitantes ganancias que el modelo de producción y de distribución implementados por estos gobiernos, se sufrirá la acusación de “populismo demagógico” o de “autoritarismo económico”.
Estas reacciones, como se puede apreciar, no están sustentadas en argumentaciones que soporten las críticas,  sino que son meros discursos defensivos y ofensivos originados en ese odio de clase que los latinoamericanos ya conocemos y que hemos venido padeciendo desde hace al menos doscientos años.
Cualquier intento por distribuir lo producido socialmente, es un “ataque” a la libertad llevado a cabo por “autoritarios” de “izquierda” que hacen del clientelismo su estrategia de gobierno. En cambio, la entrega del patrimonio nacional, la expoliación del salario, la censura, la persecución ideológica son “actos en nombre de la libertad y de la democracia” que la “gente como uno” lleva a cabo porque, al fin y al cabo, “nosotros somos los fundadores de la patria”.
Este odio de clase, que vemos expresado en la Argentina en la voz de los periodistas de turno o en la voz de empresarios acusados de fraude y de delitos de lesa humanidad, es la misma voz que se escucha en Brasil en contra de Lula por parte de los “fazendeiros” y los dueños de las corporaciones mediáticas que ven en las medidas del líder del PT un peligro para sus privilegios de clase y son las mismas voces que alentaron a la policía de Ecuador a “matar al presidente Correa” en lo que los medios llamaron “un reclamo salarial”. No señores, no nos engañemos, detrás de este odio y de este miedo se esconde la intolerancia de clase y la preservación de ciertos privilegios devenidos no del trabajo legal sino de los fraudes, las estafas a los gobiernos y la exacción de lo que le corresponde al salariado.
Por eso es de destacar las acciones políticas que estos gobiernos están llevando a cabo. No hay persecución ideológica, no hay censura, cualquiera puede decir cualquier cosa en cualquier lado, incluso ofender las investiduras presidenciales y declamar guarangadas pasadas ya de moda (no olvidemos los insultos a Evo Morales por parte de los terratenientes racistas de Santa Cruz de la Sierra o a Cristina Fernández de Kirchner por parte de las “señoras bien” de Recoleta al decirle “Cristina, puta, grasa y montonera” en ocasión de la oposición a la Resolución 125/2008).
Estos gobiernos están dando muestra de una tolerancia a la que no estamos acostumbrados y eso, a personas como a mí, que tengo muchas críticas para hacerles a estos mismos gobiernos, me ubican conscientemente de un lado del mostrador.
No puedo coincidir con aquellos intempestuosos y  verborrágicos intelectuales y periodistas que son incapaces de comprender el ingreso universal por hijo o la falta de represión a la protesta social, no puedo entender a aquellos que están “hartos” de que se hable de los crímenes de la dictadura cuando hace tan solo un par de años se vanagloriaban de ser adalides de los derechos humanos sin haber creado alguna organización que defendiera de hecho esos derechos, no puedo menos que sentir náuseas cuando se acusa a una dirigente india por ser violenta en sus reclamos, violencia que no  ha producido ningún muerto se debe decir, pero que son incapaces de escribir cinco líneas acerca de las masacres producidas por los señores terratenientes que les han quitado a bala y fuego las tierras que originalmente les pertenecen y que aún hoy les siguen quitando sus tierras o las contaminan para plantar una soja que no consumimos.
¿Qué no puede criticar a los periodistas o a los jueces? ¿Por qué? ¿Qué solo vale la crítica al oficialismo porque eso es ser “progresista”? ¿Pero quién les ha dado tal representatividad? ¿De dónde creen ellos que son la elite ilustrada o la vanguardia intelectual del momento?
No señores, puedo dudar de ustedes, puedo impugnar sus ideas y sus pensamientos porqué no son capaces de debatir seriamente y con los requerimientos necesarios en relación al saber sencillamente porque no están a la altura, les falta lectura e inteligencia para poder debatir seriamente. Si quisieran ser críticos en serio, deberían leer a la Escuela de Frankfurt y muchos de ellos ni siquiera saben que fue.
Sin embargo, más allá de lo enunciado, defiendo el derecho que  tienen a decir lo que quieran, donde quieran y cuando quieran, pero no me nieguen a mí el derecho de dudar de su integridad y de su inteligencia. Sus propias acciones profesionales me lo están demostrando. Ni tampoco me cataloguen de oficialista ni de complaciente, no es un mote que me represente.
Vivimos un tiempo de cambio, ya lo dije,  es por eso que algunos tienen miedo pero su miedo no puede implicar una tragedia para otros. 
Este cambio que está aconteciendo en nuestra región supone un futuro mejor del que vinimos teniendo hasta aquí. Hay más dinero, hay mas consumo, hay menos conflictividad social y hay una esperanza de que este bienestar se sostenga. Todos los analistas serios, formados acá y en el exterior, coinciden en esta afirmación. Negar esta realidad es tener miedo de perder lo que espuriamente se consiguió de tal manera que las acusaciones a los gobiernos de la región que no se basen en datos o en argumentaciones serias ya sabemos qué es lo que están defendiendo y que es lo que quieren atacar. No son “débiles”, no son “empresarios ejerciendo su derecho a ganar dinero”, son antidemocráticos e intolerantes cuando no mentirosos y, en algunos casos, cómplices de delitos de lesa humanidad.
Y podemos discutirlos e impugnarlos siempre respetando su derecho a expresar su opinión, un derecho que ellos no nos permiten ejercer por que censuran en sus medios a quienes no piensan como ellos.
Pero no importa, más allá de que sus acciones hagan más lentas las transformaciones, más allá de las medidas cautelares para el cumplimiento de leyes sancionadas democráticamente, más allá de levantamientos de policiales golpistas y mentiras impresas en los diarios y declamadas en las voces de estos periodistas, Latinoamérica parece haber encontrado un camino diferente del que venía transitando. Dependerá de nosotros, los que sí queremos el cambio, que éste se asiente en la región pero no debemos comportarnos en forma intolerante o autoritaria. Se debe dejar que el discurso opositor se ejerza incluso si es maleducado o guarango, lo que no podemos hacer es no contestarle, ahí estaría nuestro fracaso.
La historia, mal que les pese a algunos, transcurre su devenir y estamos aprendiendo de ella. Hoy no está el revanchismo de la década del ´40, no se puede sostener que hay venganzas, pero parece que el odio y la bronca al otro permanece confirmando mi idea principal; el de la intolerancia de los privilegiados. No ha habido venganza de clases como sucedió en Paris en 1871 o en la Rusia Bolchevique de 1917, hay confianza y sabiduría en que las gestiones políticas son las correctas y que no se debe reprimir la protesta social ni censurar el pensamiento así este sea guarango y chabacano.
 Lo que hay que hacer es mostrar el disenso de manera educada y tolerante, argumentar antes que opinar, hacer un análisis patriótico y tomar una posición al respecto y no mentir, sobre todo si uno es un periodista o un investigador social. Ahí están los datos, interpretémoslos de acuerdo a una metodología honesta, rigurosa y adecuada.
Podemos criticar a estos gobiernos, no son perfectos, no pueden serlo. Hay muchas críticas que se les pueden hacer a Lula, a Mujica, a Fernández, a Morales, a Chávez, etc., pero no podemos mentir ni ocultar nuestros intereses. No es honesto de nuestra parte.
Debemos dejar el odio y la bronca de lado y desarrollar la tolerancia en el convencimiento de que en ello esta nuestro futuro. Ya sabemos a que conduce la bronca y el odio. No podemos repetir nuestra historia pues nuestros hijos y nuestros nietos nos pasarán la factura.
Como dije al principio, vivimos una época de cambios históricos, debemos tener la grandeza de espíritu para estar a la altura de la circunstancias, criticando lo que no nos gusta y apoyando lo que nos parece correcto, pero no podemos mentir ni odiar.
En fin, debemos ser tolerantes y así, entonces, podremos construir un lugar mucho mejor para que vivamos todos.
Octubre 2010.-

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