Desde fines del siglo XVIII asistimos a un debate acerca de cómo se da la conformación de la sociedad; La historia nos muestra que, al derrumbarse el ancient regime y modificarse la estructura social, surgieron nuevos actores sociales que, en un proceso dialéctico, contribuyeron en la concreción de nuevas relaciones sociales. Los señores feudales y la aristocracia de sangre dejaron lugar a los burgueses y a los proletarios, los estamentos religiosos debieron retirarse y ese lugar fue ocupado por las ciencias y lo que posteriormente se conocerá como las profesiones liberales. Solo la corporación militar se mantuvo más o menos como siempre.
De esta manera, surgirá lo que se conocerá como sociedad civil para designar al colectivo que no es el Estado o la Iglesia y que constituye, junto con esos dos estamentos, la sociedad moderna. La sociedad civil, justamente, estará compuesta por la burguesía, la clase trabajadora, la ciencia, el comercio, los artistas, los deportistas, las profesiones liberales, los intelectuales, etc.
Como se ha dicho, desde fines del siglo XVIII y en virtud de la influencia de la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, la importancia del pueblo (o Tercer Estado en Francia) y los propietarios de los medios de producción se hace más importante que la Iglesia. El Estado republicano que se instituye, lo hará en competencia y complementación con la sociedad civil. En otras palabras; la independencia cada vez mayor de ésta, el proceso de construcción de legitimidad del Estado republicano mediante la búsqueda del Bien Común, la búsqueda de mayores espacios de autonomía para los individuos producirá fricciones entre la estructura estatal política y las esferas privadas de los ciudadanos.
En virtud del auge de las ideas liberales individualistas por sobre las colectivas o socialistas aumentarán estas esperables fricciones llegando a principios del siglo XXI con el triunfo, coyuntural, de la perspectiva liberal, triunfo que comienza a ser interpelado después de ña debacle financiera, otra más, del 200872009. El liberalismo apelará permanentemente a la impugnación del Estado y a la glorificación del individuo racional y, consecuentemente, a la sociedad civil.
Lo que me interesa plantear en esta reflexión es que no necesariamente la sociedad civil sea lo que estos ideólogos plantean. No es cierto que el individuo sea racional y se comporte de esta manera y no es cierto que el individuo, por si mismo, pueda actuar más eficazmente que en sociedad. Tampoco es cierto que la sociedad política sea la responsable de la crisis de esta sociedad (mas allá de ciertas responsabilidades que si le competen y que debatiré, quizás, en otra reflexión).
La sociedad civil ha fracasado en lo que se le ha pretendido adjudicar, esto es, ser el único vehículo de la dinámica social. Quiero decir; la evolución de las sociedades se da, desde la época Moderna, por la imbricación estructural entre la sociedad civil y la sociedad política determinando que ninguna de ellas pueda ser la única responsable de la dinámica social. Si la sociedad política pretende hegemonizar el cambio social, es posible asistir al surgimiento de dictaduras, totalitarismos y autoritarismos, si la pretensión de hegemonía esta a cargo de la sociedad civil, asistiremos al surgimiento de sociedades mercantiles inequitativas que reducirán el espesor del concepto de ciudadanía subordinando los intereses colectivos y sociales a los meramente individuales y rentísticos. La construcción de una sociedad equitativa y democrática supone el reconocimiento de las dos estructuras sociales mencionadas.
Pero, debería probar argumentalmente estas proposiciones y, para ello, utilizaré algunos ejemplos: el fluir del tránsito, “la seguridad vial”, el comportamiento en los estadios de fútbol, la higiene urbana, la evasión de impuestos, etc.
Si observamos objetivamente lo que propongo, verificaremos que no nos comportamos, como sociedad civil, como deberíamos. Esto es responsabilidad propia de cada uno de nosotros, sin embargo, descargamos esta responsabilidad ya sea en políticos (que tienen otro tipo de responsabilidades) o en el Estado. Si hay un accidente de tránsito, es culpa del Estado o la corrupción política y no el exceso de velocidad o de alcohol del chofer que tiene su registro vencido. Si se desata una gresca en una tribuna popular, será responsabilidad de los dirigentes o de la policía y no de quince monos intoxicados con tetra. Si se quema un local bailable, la culpa será del inspector que no inspeccionó y no del propietario que no previno el accidente por no querer perder dinero o del estúpido que prendió un sillón hiperinflamable para hacer un chiste. Vuelvo a repetir; más allá de las responsabilidades políticas (y criminales) del Estado hay también una responsabilidad civil que no puede llegar a constituirse como tal. Lo dicho; es más fácil adjudicarle la responsabilidad a otro lejano y desconocido que admitir la propia estupidez. La injerencia de la política en el mal comportamiento de las personas en un estadio de fútbol, en el devenir desastroso del tránsito en la ciudad o en la ruta, en la falta de higiene en baños públicos y en las calles de la ciudad, no son responsabilidad exclusiva de la sociedad política sino de la sociedad civil y el hecho de deslindar responsabilidades en otros, tan caro a la “mentalidad” argentina, no solo puede ser un indicador de cobardía sino, también, de estupidez.
La concordia social se basa en el imbricamiento armónico entre la sociedad civil y la sociedad política. La preeminencia de una por sobre la otra, tiende a romper esa armonía de la que estoy hablando. Cada uno de nosotros, ya sea como funcionarios de un Estado o como ciudadanos tenemos responsabilidades que cumplir. Despreocuparnos de esta cuestión no colabora en la formación de una sociedad armónica y coherente.
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