UNO
SUSANA VIVÍA EN UN BELLO DEPARTAMENTO de la calle Irigoyen al 2300, esquina Matheu, en el viejo y tradicional barrio del Congreso. La puerta de entrada, imponente con sus hierros forjados y sus bronces virolados, permitía la entrada a una especie de sala de acceso bellamente revestida en mosaicos azules y blancos que conformaban diseños geométricos de simetría diagonal. Los vidrios de dicha puerta, símil vitraux, conferían un aire aristocrático al conjunto dotándolo de un inconfundible estilo parisino. Podían verse sobre la parte superior de las paredes, volutas de yeso de estilo romántico que dotaba a ese particular espacio de una calidez extraña. Hojas de roble, flores de lys, frutos exóticos, estaban dibujados sobre la suave parte superior de la pared aduraznada como un terciopelo. Seguro que algún artesano italiano o francés pago su casita en las afueras de la ciudad con su trabajo artístico. Todo el conjunto de esa especie de sala de acceso estaba bellamente recargado, en una mezcla de barroco, rococó y churrigaresco. Solo faltaban unos filetes porteños para que la extravagancia y el recargo estuvieran más que completo.
Cuando uno traspasaba esa sala, accedía a varios patios cuya función era la de ser los pulmones del edificio. Todos estos patios estaban repletos de macetas viejísimas de barro, de esas que ya no se consiguen en la ciudad. Ahora, desafortunadamente, son todas de plásticos, símil terracota, que no se pueden comparar con la alfarería tradicional. En estas macetas, un ojo atento, puede llegar a ver las impresiones digitales del artesano y fantasear con esa idea. En cambio, el plástico, ¿qué identidad tiene? ¿Cual es su estilo? Por eso digo que este edificio era bello, no solo por su elegante fachada romántica, no solo por su bella puerta de hierros y bronce, no solo por las hermosas molduras de yeso, sino, también lo más bello; las plantas, las flores, las macetas. El conjunto arquitectónico invitaba a entrar, a dejarse llevar por los ambientes, a nadar en ese mar espacial y perderse fascinado en sus profundidades.
Cuando uno pasaba esos frescos patios, brillantes y hermosos los días de lluvia, se encontraba con las puertas de los departamentos. Cada una de ellas se ubicaba como en diagonal a los patios configurando especies de rompecabezas ordenados. Uno esta acostumbrado a las puertas ordenadas horizontalmente según el diseño de los arquitectos, pero este edificio, único quizás en la ciudad, tenía las puertas en diagonal, no en horizontal. De tal manera que era por demás agradable ingresar a esos departamentos de una manera original y no tan aburrida como siempre. ¿Quien habrá sido el arquitecto que diseño este edificio? ¿Cual habrá sido su idea principal? ¿Que quiso buscar con tanta gracia? ¿En que se habrá inspirado para hacer tales dibujos simétricos y al mismo tiempo desordenados?
Susana vivía en el departamento ocho de la planta baja de ese raro y bello edificio. Se lo había prestado una amiga artista que tuvo que viajar a Holanda por que se gano un premio y, como muchos argentinos, no volvió más. Se lo había dado a Susana para que se lo cuidara, no sea cosa que se lo usurparan., ya sabemos que la carencia de viviendas es un tema muy importante en Buenos Aires. Todos nos estamos acostumbrando, insensiblemente, a ver familias enteras debajo de los horribles puentes que cruzan la ciudad o al lado de las estaciones del ferrocarril exhibiendo su triste pobreza y arrojándonos a la cara nuestra torpe insensibilidad. Pero también, y como esperanza en la humanidad o alguna estupidez por el estilo, siento una extraña satisfacción existencial cuando veo a los pibitos encontrando lugares para jugar entre fierros viejos, tachos oxidados, coches abandonados, etc., o a lo que ellos quieren en esos reducidos espacios urbanos que no fueron planificados para ello. Esta característica me llena de asombro y, otra vez estúpidamente, me llena de alegría. No alegría por mí sino en esa confianza casi roussoniana en ver que si a la gente la dejas tranquila y no la jodes, posiblemente pueda estar mejor. Si el laissez faire debe ser respetado se debería aplicar en no molestar a la gente y “dejarla hacer” y no solamente cumplir la máxima de Locke para los astutos y egoístas mercados.
Susana, quien también padecía de problemas habitacionales, acepto el préstamo y se mudo una fresca mañana de otoño.
DOS.
DESPUES DE UN CORTO TIEMPO DE ADAPTACIÓN, Susana se sintió como en su propia casa. Amaba esos ambientes que la contenían y en donde descansaba después de su trabajo. Vivía sola en ese departamento ya que le costaba un poco construir relaciones sociales. Era más bien una mujer solitaria.
Había tenido un par de amigos pero se había aburrido de ellos. En realidad gustaba de quedarse escuchando música y leer. Se pasaba horas sentada leyendo en una especie de jardín de invierno que tenia la casa. Una gran placa de vidrio transparente, que hacía las veces de techo del jardín, evitaba que ingresara el agua de lluvia pero, como no estaba bien hecha y filtraba, se podía ver claramente los caminitos que el agua dibujaba sobre la pared mostrándonos el recorrido del fluido. Algunas tardes en que el sol particularmente se colaba por entre el vidrio de esa placa, colaboraba en ese extraño diseño que el tiempo y el agua habían escrito en la superficie pulcra de esa pared.
Desde hacía un par de años leía mucha literatura esotérica y hermética. Le interesaban especialmente las obras de hechicería y los yuyos. Ella trabajaba en una panadería del barrio de Barracas y una compañera de trabajo, afecta a este tipo de conocimiento, la había introducido al estudio de los arcanos secretos de los hechizos. No es que fuera una hechicera pero estaba muy interesada en el lado oculto de las cosas.
Empezó hablando con ciertas plantas, luego sembró unas raras semillas que le dieron en un club de esoterismo. Acumulaba frascos de vidrios con raros ejemplares de insectos y algún que otro pequeño mamífero. Siguió comprando extraños y costosos libros de magia y se fue cerrando cada vez mas en si misma. Escuchaba cada vez menos radio y leía cada vez más. Escuchaba, sobre todo, mucha música celta, no se si es por que estaba de moda o por que estaba muy entusiasmada con el estudio de los druidas y las runas. Pretendía leer el futuro del mundo y conocer el estado espiritual de los seres vivos. Muy adentro suyo, sospechaba de un complot de las oscuras fuerzas en contra de su persona. Eso la preocupaba demasiado.
Comenzó a estudiar por su cuenta un poco del folklore precolombino. Conoció los trabajos etnográficos de Kurt Winggestein, un antropólogo alemán que trabajara con los mapuches y araucanos. Gracias a sus trabajos se entero de la existencia de las tres entidades weküfu; del chonchoñ, del wichalalwe, del anchimallén, de la eficacia de los poderosos gualichus. Por el folklore guaraní, conoció las raras mezclas de hierbas del curare y los payé, le rindió culto al Señor de la Buena Muerte, se hizo promesera de la Caá Yari, y busco al Yasiteré y al Pombero en algunos viajes que hizo a Santa Fe. Buscó también a los I caú en las riberas del Río de la Plata pero no tuvo suerte ya que estas entidades solo habitan las márgenes del río Paraná. También experimento con la mezcalina tal cual se lo enseñara un chamán de Trujillo, en la costa del Perú.
En muy poco tiempo se transformó en una experta en el uso de las hierbas medicinales y de las otras. Tenía la gran ventaja de su jardín de invierno en donde las podía cultivar. Poco a poco fue suplantando las begonias y las margaritas por cactus san pedro, por floripondios y otros tipos de datura. En el mercado de Primera Junta, consiguió una marmita de hierro y unas cacerolas de cobre, aptas y adecuadas para preparar esos brebajes poderosos con los cuales continuar su trabajo.
Como se podrán imaginar, Susana se fue haciendo mas retraída y cada vez salía menos de su departamento. La música celta y egipcia sonaban prácticamente todo el día lo que motivó alguna queja del consorcio. Si bien continuaba trabajando en la panadería, volvía cada vez más temprano con su amiga para continuar sus estudios herméticos. Poco a poco empezó a descuidar un poco su cuerpo, especialmente su higiene personal. Decía que debía producir determinadas substancias que solo su cuerpo tenía y que eran indispensables para sus trabajos. Hablaba de los “dirts” tal cual leyera en los trabajos de Margaret Mead y de Bronislaw Malinowsky.
Nadie en el edificio sospechaba de ella. Pagaba sus impuestos puntualmente y nunca debió ninguna cuota de sus expensas. Solo se quejaban, a veces, de los olores que provenían de su departamento. Su amiga, la artista que se quedo a vivir en Holanda, casi no la llamaba por lo que Susana se adueño de la vivienda.
TRES.
UN DÍA, alguien a quien Susana nunca conoció, se mudó al departamento número nueve, justo al lado de su vivienda. Hacía ya un tiempo que Susana estaba muy extraña y este suceso parece que profundizo un poco su estado.
La idea de que era perseguida por que sabía lo que otros no sabían la atormentada cada día más. Su bello jardín de invierno, que antes estuviera plagado de crisantemos, rosas y margaritas, ahora era un desordenado vivero de cactus, hongos y yuyos. Las paredes del dormitorio que habían sido blancas, estaban manchadas y pintarrajeadas con raros y exóticas grafías aborígenes que, según ella, se habían pintado solas. Diversos colgantes bailaban enganchados desde los techos y sus sombras dibujaban extraños jeroglíficos espeluznantes que tenían un exacto significado solo comprendido por ella. De acuerdo a esas sombras actuaba en su día. Era como si pudiera interpretar el mensaje oculto en la danza de las sombras. Su pared era una especia de oráculo que le dictaba las acciones cotidianas.
Como el departamento nueve estuvo mucho tiempo desocupado, Susana se había acostumbrado al silencio. En virtud de la mudanza, comenzó a escuchar algunos ruidos, sobre todo los miércoles y los domingos a la noche. Eran algunos esporádicos gritos. Luego se hacia el silencio. Sabía que no eran gritos producidos por una pareja de amantes demasiados apasionados. Ella lo hubiera detectado automáticamente ya que no era tonta ni pacata. Estos eran otros tipos de gritos, como más salvajes. Su preocupación aumentó con esos gritos. Algo en su interior le advertía sobre lo malsano de ellos.
Se pasaba muchas horas de su día con la oreja pegada a la pared lindante con el departamento nueve. Le preguntaba a las cartas, a las sombras en la pared, mezclaba yuyos y leía la superficie aceitosa de los brebajes pero no encontraba la respuesta que buscaba. Esto, en vez de tranquilizarla, la asustaba más. Le sobresaltaban mucho algunos gritos que su vecino pegaba y no entendía por que.
En su inteligencia, ideo un plan.
Se quedaría toda una noche despierta para investigar que pasaba al lado de su departamento. Algunos signos estelares que ella sabía descifrar, le anunciaban una próxima catástrofe. Ella algo de eso esperaba. El raro vuelo de los gorriones en Congreso le anunciaba, según ella creía, que estaba por suceder un raro fenómeno taumatúrgico. Las entrañas de los animales sacrificados, según estrictas pautas druidas, le comunicaban algunas características del próximo suceso. La asustó, particularmente, el negro hígado del pollo que comprara en el supermercado. No era nada halagüeño.
Comenzó a ponerse mas nerviosa que de costumbre. Los ruidos de la pared aún seguían allí.
Primero comenzó hirviendo una tisana de yuyos. Un penetrante olor agripicante invadió su departamento. Luego, incorporó el resultado de su tisana a la grasa de chancho que tenía preparada y se untó todo el cuerpo con esa preparación. Para poder llevar a acabo esa operación tuvo que desnudarse completamente. El contacto del ungüento con las mucosas corporales le produjo una rara excitación. Algo ya sabía ella pues había leído los textos del Abad Florencio de Mantúa quien explicara la posesión demoníaca de las brujas en la baja edad media en virtud de la aplicación de seleccionados ungüentos con asafétida en las mucosas vaginales lo que hacía penetrar estos tóxicos en el torrente sanguíneo. Luego de este paso, Susana quien ya era una hechicera experimentada, extirpó glándulas de sapos y extrajo la rara bufotenina que mezclo con canela y cantárida extraída de esos extraños coleópteros que tenía disecados y que le enviaran de Bruselas. La casa permanecía a oscuras y las extrañas figuras colgantes de la Amazonia continuaban su baile dotando a la pared del cuarto de sombras corpóreas que parecían poseer materialidad.
Quemó algunos polvos en un copal mexicano y fumo las cenizas que quedaron. Sus pupilas comenzaron a dilatarse y empezó a ver extrañas figuras que permanecían suspendidas en el aire en su ex jardincito de invierno. Espero pacientemente por si aparecía la señal.
Ese día era domingo y ya eran las 22.30 hs. Comenzó a escuchar los gritos del vecino del departamento número nueve.
Las sombras bailaban frenéticamente en la pared.
Tomó un alfange de gruesa hoja y se preparó para la última batalla. Sabía lo que tenía que hacer.
CUATRO.
SUSANA SALIO COMPLETAMENTE DESNUDA de su departamento. Extraños dibujos corporales vestían su cuerpo. Sus pupilas dilatadas desfiguraban completamente su rostro que había sabido ser bello en su juventud. Pronunciando extrañas palabras en idiomas exóticos, golpeaba la puerta en diagonal del departamento nueve con la hoja acerada del alfange a la vez que profería gritos y canciones.
Algunos vecinos que ocasionalmente pasaron por el lugar pudieron dar testimonio de lo sucedido.
El vecino del departamento nueve salió de su departamento alarmado por los gritos de Susana. Cuando ella lo vio emerger por la puerta, se abalanzó sobre él blandiendo la espada de hoja ancha pronunciando estas palabras: “dark el abalam, dark el abalam” con tanta mala suerte que su pié se enredo en el felpudo que, irónicamente decía “welcome” en letras doradas, y cayo al piso clavándose el alfange en el medio de su pecho.
El vecino del departamento número nueve, asombrado ante la catástrofe, vestido con la camiseta de San Lorenzo y todavía con la porción de pizza y el vaso de cerveza en sus manos, se limpio la grasa de la comisura de sus labios con una servilleta de papel y solo atinó a decir a los asombrados testigos del hecho: “¿Y esto? ¿Que pasa viejo? ¿No se puede ver tranquilo un partido de fútbol en este edificio? Me voy a quejar al consorcio por todo este despelote. ¿Pa que mierda pago las expensas yo eh?” Y volvió a su departamento para ver el segundo tiempo despreocupándose de toda la situación. Ese día San Lorenzo había vencido a su archirival Huracán y, como todo buen “cuervo” sabe, estos triunfos no se dan frecuentemente.
Un gran charco de sangre comenzó a formarse debajo del pintarrajeado cuerpo mientras Susana se moría.
En la pared del departamento de Susana las sombras dejaron de bailar.
ABRIL 2002.
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