miércoles, 23 de marzo de 2011

EL SUEÑO. Cuento onírico.

“La vigilia visitada por el ensueño es una poética
posición del Ser y el hombre se apodera exaltado de
este nuevo signo de la total Significación”
Macedonio Fernandez.

UNO.
EL CEREBRO ES UN HUMORISTA. Juega con nosotros de manera tal que nunca sabemos que es lo que hace. Convoca nuestro pasado, realiza nuestro presente y, además, también, predice nuestro futuro.

Conoce los vericuetos más profundos de nuestra psiquis y se interna en las fosas y pliegues de la materia gris coqueteando entre axones y dendritas intoxicándose mágicamente en las sinapsis. Baila frenéticamente entre los catalizadores químicos excitando lo que pueda excitar

El cerebro juega con nosotros sin pedirnos permiso. No obstante, nosotros conocemos procedimientos para controlarlo. Mediante ejercicios respiratorios que nos alienan de la realidad material de este mundo o con la ingesta de químicos, naturales o sintéticos, el cerebro, a veces, se vuelve dócil. Quisiera creer que el pensamiento es también una forma del disciplinamiento del cerebro pero, al repasar los libros leídos, las clases asistidas y los discursos escuchados, esta convicción desaparece. La razón, la racionalidad, el raciocinio no son los ingredientes más apropiados para la comprensión de la complejidad del cosmos. Es más, me atrevería a decir que la lógica racional es un rígido corset conceptual que amarra nuestra escasa imaginación y nos ancla en un esquema de pensamiento minúsculo y berreta. Eso que tanto propugnan los economistas liberales acerca del accionar racional de todos los seres humanos se me parece mas a un ardid mercantil que a una realidad dada y universal. ¿De donde han sacado que los seres humanos actuamos racionalmente? ¿Quién puede probarlo? Supongo que la mayoría de nosotros sabemos que no todas nuestras acciones son racionales. ¿Acaso el amor es racional? ¿Acaso cuando besamos a nuestra amada estamos calculando los beneficios que nos reportará en el futuro y el costo de nuestra inversión primera? Esto de la Teoría del Intercambio me parece que solo es adecuado para el intercambio de mercancías y, como nos dice nuestro sentido común, no todo es mercancía ¿no es asi?

En fin, sin embargo, le guste o no le guste al cerebro, hay momentos en que abandona su lugar omnipotente y nos permite filtrarnos en sus vericuetos. Son algunos momentos del día en que el cerebro pone el piloto automático. Concretamente, son los momentos de vigilia, aquella, “...la de los ojos abiertos” al decir, de Fernandez, Macedonio.

El cerebro va a reinar poderoso, solitario, omnipotente y omnisapiente durante el sueño. El sueño es ese extraño fenómeno que nos visita de vez en cuando, no solo por las noches. Ese estado del Ser que nos seduce sin saber por qué y cuyos significados desbordan permanentemente del envase de la comprensión. Todos comprendemos y sentimos que ser-en-el-sueño es diferente a ser-en-el-mundo.

Los pocos pero diferentes contenidos de un sueño, las extrañas emociones que nos suscita y la multiplicidad de hechos atemporales que nos ocurren, poseen un determinado grado de intensidad que lleva confundirnos con la otra realidad, la de la vigilia y conforman una especie de orografía o relieves algunos de los cuales podemos recordar en forma fragmentada y empastichada. De lo que se trata entonces este relato es de un sueño y yo, una vez, tuve un sueño.

DOS.
SOÑE QUE ESTABA MUERTO, pero no era el clásico muerto, pálido y de mortaja que deambula por el mundo tratando de aliviar vaya a saber que pena o de uno que esta viajando por el tiempo sin saber para qué gimiendo su desesperado dolor de no ser ya. Estas son almas en pena que deben ser exorcizadas mediante el canto de letanías y vidalas y extraños procedimientos taumatúrgicos desconocidos por nosotros. Esta particular características de los entes inanimados, reales o ficticios, se encuentra en la inspiración de esos autores dementes que suelen encontrar estas entidades dibujadas en sus paredes o en el fondo del vaso de un vino barato tomado en la soledad de una celda manicomial.

Yo era un muerto que estaba vivo. Mi conciencia me indicaba que, en realidad, estaba muerto, pero mis acciones mostraban lo contrario. Podía hablar y moverme. No necesitaba comer ni respirar. Mi cuerpo en su estructura material era el mismo. No estaba sometido al proceso de descomposición propio de los cadáveres y esta característica me separaba de ellos. La realidad del cadáver conlleva su descomposición material lo que determina, casi definitivamente, el final del cuerpo, soporte natural de la existencia de vida.

No toda la gente podía verme o escucharme. Algunos podían verme solamente, otros escucharme y otros podían hacer las dos cosas pero no en forma continua, sino entrecortada, como en una vieja película en blanco y negro del cine mudo un poco ajada por el paso del tiempo.

Mi cuerpo no sentía nada, como corresponde al cuerpo de un muerto, sin embargo buscaba imperiosa e intensamente el calor humano. Como si una inercia que proviniera de la vida pasada, no se agotara totalmente con la muerte. Asi como la muerte puede reinar en la vida, esta, a su vez, se apropia de una porción de la muerte. Es más, la vida piensa en la muerte pero esta, nunca piensa en la vida.

Toda muerte puede ser, en algún sentido, fecunda. Los sacrificios altruistas y de los otros, las ofrendas a los dioses, etc., intentan cumplir con esta premisa de fecundidad en la muerte. Sabemos que de los cuerpos en descomposición alimentan muchísimas criaturas y que de la materia muerta renace continuamente el cíclico devenir de la vida. Esta contradicción aparente entre muerte y vida o Eros y Tánatos no es tal para los psicoanalistas que cuando mueren hacen cola para tratarse con Freud.

Como todo sueño que se precie no lo recuerdo en su totalidad y hoy, al relatarlo dudo que en realidad haya sucedido. La magia de las narraciones depende de sortilegios herméticos a los que nunca accederemos. Las palabras se encadenan unas a otras con criterios totalmente independientes de nuestra racionalidad o de nuestras ganas y nosotros nos esclavizamos gustosamente a ellas.

Solo aparecen imágenes inconexas de esa otra realidad que no por ser onírica carece de potencialidad e impresionismo con que nos sensibiliza la realidad. Somos una especie de tabula rasa en donde se inscriben las sensaciones. A veces, cuando viajo en el tren desde Florida hacia Retiro, contemplo los árboles del costado de la vía. Sus ramas desnudas en otoño e invierno, parecen brazos muertos que intentan abrazar el cielo que, invariablemente, se le escapa. En esos instantes extáticos dudo de que no este soñando y evoco algunas imágenes de ese sueño que revientan y se estrellan en mi calota.

TRES.
EN MI SUEÑO HABÍA UN RÍO, pero, no era un río cualquiera. Tenía el aspecto de río pero su superficie blanquecina y lisa, sin arrugas, corría lenta y densamente con la corriente. Pequeñas burbujas explotaban cerca de la orilla como en una gran cacerola gigantesca. En ese río no nadaba ningún pez.

Ese río era cruzado por un puente.

Este puente tenía escaleras que descendían pero, extrañamente, el río estaba a nivel.

Siempre me han extrañado las escaleras. Son como caminos ordenados y disciplinados que invariablemente terminan en un destino. A mi me ha seducido la idea de construir escaleras inútiles, como las que poseen los laberintos, o escaleras que solo suben y que no te permiten bajar. A mi me gusta caminar por los sinuosos caminos de las islas. Siento una particular predilección por recorrer los adaptados senderos paralelos a las vías y nunca cruzo una plaza por la diagonal que primorosamente dibujo el urbanista. Para mi, las escaleras conforman una direccionalidad tan acotada que me asfixia.

Los escalones de esta escalera estaban salpicados por uvas negras que se parecían a aceitunas. Yo bajaba algunos escalones pero no todos, solo algunos, y contemplaba desde ese lugar seguro el diseño de las uvas negras con el fondo de cemento de los escalones, enmarcados, uva y escalón, sobre el fondo del río lechoso en su eterno circular. Don Heráclito se hubiera puesto contento si hubiera estado a mi lado.

¿Era este puente la última frontera? ¿El límite tan conocido por los antiguos que separa las dos tierras? Y si este puente no existiera, ¿habrá un botero que nos cruce por alguna moneda?

Si cruzaba ese puente estaría en el otro lado, la Tierra sin Nombre, el Walhalla, el Edén, el Hades, el Nirvana, el Más Allá.

Era terriblemente sencillo. Lo que me separaba de la otra orilla era nada más y nada menos que mi acción, mi desición. Era como si solo mi deseo, puesto en la acción de descender esas escaleras, me llevara a cruzar ese puente y alcanzar el otro lugar.

¿Sólo dependía de mí? ¿Tan fácil era?

Obviamente volví sobre mis pasos y recuperé mi sueño.

CUATRO
AHORA DESCUBRO QUE LA CALIDAD DE MI MUERTE era de una entidad fantasmagórica. Quizás no soñé que era un muerto, quizás era un fantasma, un espectro pero, ¿que cosa es un fantasma sino un muerto rebelde? Un muerto, conciente de su muerte que interactúa con los vivos, ese era yo.

Lo extraño era que mi corporeidad fantasmal, como he dicho, solo era vista por algunos. De este grupo de algunos, todos los ciegos percibían mi presencia.

Recuerdo un joven vendedor de instrumentos musicales, sentado en una vieja silla de mimbre, con almohadón multicolor, leyendo las obras de Tiresias, en braile, editadas a mediados de siglo en la ciudad de Brujas por una editorial hoy desaparecida.

- Buenas tardes, ¿que desea?- me preguntó amablemente.
- Buenas tardes. ¿Podría ver esas guitarras?- Pregunte.
- Si. Como no.-

Las guitarras, junto con otros variados instrumentos, se hallaban en una vitrina de primorosos contornos tallados. Campanas de floripondio, semillas de ayahuasca, raíces de genjibre, corolas de amanitas, troncos de cáñamos se retorcían entre ellos abrazando los marcos de los vidrios tallados de esa antigua vitrina. Dentro de ella, como productos de un luthier esperpéntico, se encontraban extrañamente acomodadas, guitarras Gibson Les Paúl y alguna que otra Fender Stratocaster, todas afinadas en La 440.

- ¿Tenés guantes?- pregunté.
- Si, en el cajón de abajo.

Abrí el cajon indicado y me encontré con guantes a los que le faltaban los dedos, como esos que usaban los corredores de coche en la década del 60.

El solo hecho de pensar en guantes para tocar la guitarra era un indicador de la irrealidad de mi sueño, sin embargo, esta percepción de irrealidad no fue un obstáculo para que continuara soñando, característica típica de las experiencias oníricas.

Elegí unos guantes negros de cuero que se ajustaban a la muñeca con un pequeño cinturón salpicado de tachas metálicas en la parte superior.

Inmediatamente pase a un salón que simulaba una cancha de basket de cualquier club barrial. Un acompañamiento musical sin guitarra inundaba el ambiente. Podía ver al final de la cancha un grupo de músicos ejecutando esa melodía. ¿Me estarían esperando a mí? Me puse a tocar mi instrumento pero, al ser invisible para muchos de los que estaban allí, solo podían ver el baile de mis negros guantes con tachuelas plateadas siguiendo el compás ya que la guitarra tampoco compartía este atributo de visibilidad. Los que podían verme y escucharme me saludaban con simpatía y me felicitaban. Los otros no. Percibía que mi calidad de fantasma coincidía con mi música. Esta, a decir, verdad, es también producto de los fantasmas. Un CD o un tape o los viejos LP, mantienen vivos a aquellos fantasmas del pasado como Morrison o Hendrix, como Pichuco o el Polaco, como Caruso o la Callas. La concreción del producto humano objetivado en una obra tiene, si no es destruida por el paso del tiempo, la calidad de la permanencia aún después de nuestra muerte. Esto no solo nos permite trascender nuestro tiempo si no que, además, dota a la obra de una categoría fantasmal. Las notas entonadas en los viejos LP, los textos escritos en la antigüedad, son fantasmas actualizados permanentemente a través de nuestras lecturas, ya sea a través de nuestros ojos o, también, a través de nuestros oídos. Vemos que la rebeldía ante la muerte no es privativa de mi persona y que algunos de los que me precedieron, han podido sortear el abandono a que nos reduce el olvido.

CINCO.
LO BUENO DE LA CEGUERA era que todos ellos podían verme y, en los ellos, había también ellas. De una de ellas me enamoré. Si, ya se que parece raro, ¿cómo un muerto puede enamorarse? ¿No es que los muertos no tienen sentimientos? Pues parece ser que lo que venimos suponiendo acerca de los muertos no es tan cierto como parece. El fenómeno del óbito sigue permaneciendo en una oscuridad hermética e indescifrable. No necesariamente la muerte signifique la nada, aunque muchos filósofos opinen lo contrario. Quizás esto le suceda a los muertos que se transforman en cadáveres pero a nosotros, los fantasmas espectrales, la muerte parece ser un estadio intermedio entre dos extremos, uno de ellos conocido; la vida, el otro no totalmente.

Lo cierto y lo que cuenta es que me enamoré de esa chica ciega. No era un amor como los que yo había tenido. Aquí no existía la pasión desbordante de mis años juveniles que definían una explosión de hormonas y coitos a cualquier hora y en cualquier lugar. No había flores ni caricias ni tampoco el odiado día de San Valentín, ni aniversarios que festejar. Era un amor de tipo fantasmal. Ella sabía que yo estaba allí y desde su mirada vacía me enviaba chispas que caracoleaban en mí.

Podía estar cenando con sus padres en esa vieja casona de Adrogué, rodeadas de centenarios robles y aromos, ellos también testigos de un barrio que ya no es, o en el jardín escuchando el coro de zorzales y calandrias. Yo solo existía para ella. Ella podía verme. Siempre supe, por más que nunca hubiéramos hablado, que me amaba. No hacía falta besarnos o tocarnos para descubrir esa comunión tan afecta a los enamorados. Solo hacía falta saber que uno estaba allí, donde se debe estar, en ese espacio simbólico que ocupan los sentimientos del corazón.

Gracias a ella mi estado era más soportable. A ella le debo el no desmoronamiento en ese lodo primordial del que todos venimos y al que todos, invariablemente, volveremos, fantasmas y cadáveres. Gracias a ella tampoco deambulaba asustando a los niños que no quieren tomar la sopa o hacer lo deberes del colegio. Gracias a este sentimiento, gambeteaba el dolor de no vivir.

SEIS. SALIDA
ES CURIOSO. Nuestro cerebro juega con nosotros manejándonos a su absoluto y libre arbitrio. Nosotros nos entregamos placenteramente a él un tanto imprudentemente, y yo, que soy un soñador irresponsable e irrespetuoso me encuentro a mis anchas cuando él me convoca. Como un señuelo fantástico, me atrapa en esa red de la que es difícil escaparse.

Nadie puede convencerme que lo que soñé no fue o que mi vigilia si es.

Por eso, desde aquel sueño y extrañando la sensación de aquél amor, me dedico a buscar fantasmas en los recovecos de la ciudad, en sus zonas mas grises, en las vías siempre oxidadas de las estaciones abandonadas, en los ojos vacíos de las ciegas que pululan en los pasillos de los subterráneos y que me pueden enamorar en un solo destello vacuo. Camino por las calles de los barrios urbanos saludando a las personas que parecen ser espectros y que abundan en mi ciudad. Muchos de ellos están vivos pero, a juzgar por sus miradas, quisieran estar muertos.

Últimamente esta ciudad esta produciendo muchos casos raros.

Debo admitir, también, que cada vez que tengo que cruzar un puente, dudo de lo que encontraré en el otro lado y pienso si este no será el último; lo que me lleva a pensar dos veces antes de dar el siguiente paso mientras se forma una cola detrás mío de gente apurada para llegar a su destino.

Quizás, algunos de estos días, cuando escuche música de antes y no sepa de donde viene, encuentre unos guantes negros bailando solos en el aire, tocando una invisible guitarra, entonando un desafinado tango cantado por un espectro que no se resigna a dejar de vivir.

Julio 2002. Enero 2006.

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