LOS TRENES URBANOS NOS POSIBILITAN un derroche inmenso de situaciones extrañas, estrambóticas y paradójicas. Como si fueran puertas a una extraña dimensión, nos invitan a sumergirnos en placeres desconocidos, en pasillos interminables, en patios con horizontes infinitos.
No solo nos permiten soslayarnos con los paisajes ferroviarios grises y oxidados siempre bellos cuando abril despunta en Buenos Aires, sino que, también, podemos observar las delicadas curvas de una señorita que tuvo el buen tino de sentarse enfrente nuestro y de esa delicada morocha que se toma del pasamanos justo en nuestro sitial rozando imperceptiblemente nuestro hombro con sus caderas. De mas esta decir que, cualquier caballero que precie de serlo, inmediatamente se levantara y con una cortesía ya pasada de moda, ofrecerá su asiento para tan fantástica criatura de la naturaleza intentando, de esta manera, congraciarse con la aludida y fomentar la esperanza de que el caudal de la pasión no aminore su potencia y que nuestro destino de llegada quede lo suficientemente lejos como para permitirnos el ejercicio de la seducción.
El tren, como dije, nos ofrece, entonces, muchísimas situaciones para explorar y conocernos.
Lo que quiero traer en esta reflexión apresurada, es un curioso hecho ocurrido una tarde cualquiera en una de estas formaciones.
Tome el tren en la misma estación de toda mi vida y me ubique en los asientos vacíos, preferentemente en los que podía ver el río. El azar, con esa indefinición esperanzadora que posee, me regala todas las mañanas una vista al Río de la Plata ya que el tren pasa por sus alrededores. Meditando vaya a saber en que cuestiones anodinas, paso por mi costado un vendedor. Era un vendedor ambulante que yo conocía por los frecuentes viajes en tren. Entregaba un folletito fotocopiado con poesías famosas de Sor Juana Inés de la Cruz, rimas de Gustavo Adolfo Becquer y aforismos de Narosky. Nunca hablaba, solo entregaba este librito.
Pero ese día habló.
Transcribo textualmente su breve discurso:
“Veinte poemas de amor por $1, los mas famosos poetas del mundo por $1. Todo el amor tan solo por $1”
-¡A la pucha! – pensé. – ¡los mas famosos poetas del mundo por $1! Y después ¡TODO el amor TAN SOLO por $1!
De pronto, el paisaje del aeroparque metropolitano paso a ser secundario. Mis oídos habían escuchado o bien una estrategia marketinera esporádica o un compendio simple sobre la poesía y el amor.
¡Los más famosos poetas del mundo estaban a mi disposición por una moneda de $1! Esto le hubiera agradado mucho a Oliverio Girondo y a Baudelaire creo. Baldomero Fernandez Moreno y Pablo Neruda hubieran enarcado sus cejas al escuchar tal oferta y Silvio Soldan haría los números pertinentes. No obstante la seducción de dicha oferta, no compre el libro. Había algo que me hizo sospechar.
La calidad de la poesía no estriba, evidentemente, en un precio. El valor de dichos textos, no pueden ser reducidos a la mera existencia de la economía. El dolor expresado en los textos no se puede compensar con el dinero. Y la ilusión de una esperanza no es correlativa a los ingresos. Este intento de mezclar la poesía con la economía, me demostraba cabalmente, el errado camino tomado. Si la pasión de Rimbaud se ofrece como un encendedor chino, algo no está bien en nuestro espíritu.
Pero lo que mas me llamó la atención fue que TODO el amor, estuviera a mi disposición ¡TAN SOLO por 1$!
La pretensión totalitaria puesta a disposición mía por una bagatela encendía mi sospecha. Por esas relaciones del inconsciente disciplinado por tanta vacuidad televisiva, recordé las campañas publicitarias de los cosméticos y sus promesas de rejuvenecimiento certificado, de las promesas del político desesperado cuando sabe que su banca esta en juego y de alguna que otra novia que me juro amor eterno mientras se comía el sánguche de milanesa completo que yo pagaba.
Toda mi vida he estado buscando ese gran amor que sacudiera de una vez y para siempre mi aletargada y aburrida vida. Millones de seres humanos hemos buscado infructuosamente el amor en mujeres y en hombres y hemos cavado con nuestras propias manos los pozos en que caímos por una pena de amor. No sabíamos que TAN SOLO por $1, estaríamos en condiciones de disponer de TODO el amor. ¡Que error que cometimos! ¡Como pensar que el amor son esas mariposas que nos revolotean en el estómago cuando nuestra amada nos acaricia! ¡Como creer que el amor es ese perceptible hormigueo en ningún lado que sentimos cuando nos besan!
Lo que más me dolía era que TODO el amor estuviera TAN SOLO por $1, ese TAN SOLO, retumbaba en mi cabeza como un cachetazo a mis años de exploración erótica, a mis tiernos cuidados, a mis derroches de coraje infructuoso, a mis muros derribados, a las flores compradas, en fin, a mis inversiones como amante. Esa frase me demostraba que de nada habían valido mis abrazos y besos, mis idas al cine soportando un bodrio tan solo por agradarle a ella, mis búsquedas nocturnas de contornos gráciles y piernas torneadas. Si TAN SOLO por $1 podía tener TODO el amor.
Obviamente, nadie le compro nada al mercanchifle y se fue mascullando su amargura por entre el angosto pasillo del tren. Otro vagón lo esperaba y quizás pudiera juntar los billetes necesarios para su comida.
Pero yo me quede mirando el paisaje que me entregaba la ventanilla del tren. Por suerte, frente mío se sentó una morocha de las que no tienen desperdicio. Inconscientemente introduje mi mano en el bolsillo del saco y comprobé, entusiasmado, que disponía como de $3. Hice chocar las monedas y un destello esmeraldino surgió de los ojos de la morocha. Si TAN SOLO por $1 tenía TODO el amor, con $3 podía aspirar a muchísimo más.
El tren continuaba con su derrotero y la vida comenzaba a tener un nuevo trazado para mí.
OTOÑO 2001.
No hay comentarios:
Publicar un comentario