viernes, 18 de marzo de 2011

UN VIOLINISTA EN EL SUBTE o la inextricable explicación sobre la realidad que nos circunda. Cuanto urbano.

A Macedonio Fernández y Alfred Schutz.

UNO
¿COMO INTERPRETAR LOS HECHOS que nos suceden diariamente? ¿Cómo no asombrarnos ante tantas sorpresas urbanas cotidianas? ¿Cuál es el límite de la diversidad humana?

La realidad que nos rodea adolece, creo, de transparencia. Los hechos sociales motivados por actos dotados de sentido, se nos presentan disfrazados con el ropaje descolorido pero seductor del sentido común. El velo de Maya, liviano como la mitad del ala de una mariposa, oculta la fortaleza no material de su develamiento. Relación paradojal circunstancial. El velo, liviano para la dura física puede ser, desde luego, de tal pesadez para la comprensión humana que la sola intuición de él se torna motivo de una epistemología macedoniana que solo nos conducirá a esos laberintos en donde se han extraviado algunos poetas bienintencionados y eruditos pero faltos de talento y emoción.

La realidad, entonces, se nos presenta oculta tras el sentido común y del develamiento de este se nutre el pensamiento que, trascendiendo la vida cotidiana, construye una alter realidad, que no por ser lejana intelectualmente lo es también materialmente.

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DOS
QUE LOS SUBTES SON TERRITORIOS aptos para la imaginación y el delirio no es algo que a mí, particularmente, me asombre. Mi rutina laboral me obliga, como corresponde a toda rutina definida como tal, a movilizarme desde mi hogar, en un barrio de provincia, hasta la Capital, centro económico y político definido solo por las circunstancias históricas que así lo posibilitaron.

Las formaciones ferrocarrileras no solo son un compendio de lo que pudo la ingeniería occidental sino también, y si se me permite la exageración, un muestrario estrambótico de lo humano. El devenir urbano que se presenta ante mis ojos, como ante los ojos de los ocasionales transeúntes olvidados de todo, es una especie de manual incompleto al que en forma continua se le adosan páginas nuevas de manera azarosa entendiendo este concepto como proveniente del gran tronco del cálculo de la probabilidad. Quisiera ser un poco más claro aunque no persiga este objeto: la realidad lo es de nuestra vida cuya apreciación es eminentemente subjetiva. El interjuego de estas realidades posibilita la intersubjetividad y las realidades múltiples y estas, concretadas en cuerpos, caminan por los mismos caminos que nosotros pisamos, toman el mismo tren y, quizá trágicamente, se enamoran del mismo cuerpo que nosotros. El Ser se instituye en la medida de su conciencia tanto sensorial como racional. La percepción siempre lo es desde una posición dinámica en el espacio que, por otro lado, definirá nuestra situación biográfica, clave para entender la realidad desde nuestro ego.

Por un proceso que aún no logro discernir, y cuya reflexión ha sido objeto de algunos desvelamientos en aquellas noches que así se perfilaban, encuentro que en los subtes se suelen concentrar estas raras cuestiones. Es posible, entonces, que sea cierto lo que transmiten los borrachos del subte cuando uno le paga una copa de alcohol de mediana calidad y que aluden a la otra realidad que existe en este mundo bajo tierra y que, a mi particularmente, me seduce sobremanera.

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TRES
COMO HABRÁN PODIDO APRECIAR, algunas cavilaciones metafísicas y epistemológicas me asaltan cuando viajo en subte. Aquel somnoliento pasajero de ojos abiertos me indica con claridad que no toda es vigilia la de los ojos abiertos y que en el recorrido azaroso de la vista sobre las hojas escritas de un libro cualquiera, leído de ojito, como un hurto de palabras robadas, se sintetiza y se condensa los restos del viejo Museo de la Novela de la Eterna dedicada a aquella Elena, la de la Bellamuerte.

La crisis económica de los últimos años es de tal intensidad que hace sentir sus efectos en casi todas las manifestaciones urbanas. La proliferación de kioscos, tiendas, bares, snacks y vendedores ambulantes solo es superada por la extrema extravagancia y diferencialidad en las formas en que el “rebusque del mango” se expresa en esta gris ciudad. Una multitud de “buscas”que asumen todas las formas imaginables y algunas más, pululan entre los vagones y andenes mascullando la rabia y la satisfacción de hacer lo que quieren o lo que pueden.

No solo me asombran las insensibles decoraciones foráneas de los escaparates siempre iluminados, no solo me extraño ante lo diverso de las mercancías ofrecidas, no solo me maravillo de las bondades con que la naturaleza o la buena alimentación hacen con algunos cuerpos femeninos sino que, también, me extasío cuando suceden cosas como las que quiero narrarles.

Este enero fue atroz en Buenos Aires. El cambio climático había llegado a esta húmeda ciudad y no solo me ponía de mal humor sino que, también, me fatigaba en demasía. Son esos mediodías de 38 grados en las veredas, 60 en el pavimento y 120 en nuestro espíritu, cuando los porteños nos ponemos mas insoportables de lo que solemos ser, cuando pedimos una Quilmes helada y nos traen una Palermo tibia y el mismo mozo que nos atiende, y al que le dejaremos un mango de propina por que no queremos que nos tiñan de amarretes, nos mira como diciéndonos “no me rompas las bolas por favor”, en fin, esos días en que deberíamos disfrutar de nuestras calurosas playas de río y no estar en las míseras oficinas en donde nos peleamos con nuestros compañeros por quien disfruta del magro vientecito que escupe el destartalado ventilador; digo que en esos días uno putea por trabajar y vivir en esta ciudad y no en la mítica Habana en donde los mojitos nos refrescan o en Copacabana donde ni siquiera la Brahma helada puede refrescar nuestro cerebro por tanta mulata exuberante y deseosa por conocer los galanes del sur.

Por suerte viajaba en subte el que por estar bajo tierra suministraba un poco de comprensión telúrica al bombardeo solar. Sin la necesidad de contar con aires acondicionados, los pasillos frescos del subte se convertían en oasis subterráneos en el desierto caliente de cemento, smog y vidrios. La sola presencia de macroventiladores suspendidos desde los techos abovedados ahuyentaba las andanadas de calor húmedo que se atrevían a ingresar por las primorosas escaleras de acceso y egreso de la obra subvial.

Los subtes de Buenos Aires, debo aclararlo, no son todos iguales. Están organizados por líneas tal cual lo marca el patrón ideológico de la ingeniería. La primera línea que se inauguró fue, obviamente, la A. Le siguieron en estricto orden la B, la C, la D y la E. Esta ordenada enumeración (aunque estrictamente deba decir enletración) obedece a una sutil e indescifrable estrategia organizacional o bien responde al criterio aburrido del ingeniero gerente que no tuvo otro razonamiento que el alfabético para nombrar las líneas que sucesivamente se iban construyendo. Podrían haberse denominado línea Primavera o línea Malbec o línea Que No Llega a Ningún Lado Excepto A Plaza Miserere. Pero el sino quiso que se las denominara en el aburrido ordenamiento alfabético descendente tal cual postula la herencia positivista.

Me encontraba yo, a la sazón, en la Línea A que fuera la primera que se construyera cuando la Buenos Aires dejaba tan solo por un par de años su herencia de aldea para convertirse en esa metrópolis cosmopolita solo disfrutada por los porteños que accedieron los beneficios de la renta ganadera de aquel entonces. Dicha línea de subterráneos corría desde la Plaza de Mayo, vindicta de populacho y turistas parsimoniosos, hasta la llamada Primera Junta en honor de aquellos que en una mañana lluviosa no se atrevieron a declarar la independencia nacional por temor al Imperio Monárquico Español. Ahora que lo escribo, como me suele suceder mucho mas a menudo de lo que yo quiero, advierto que el lenguaje suele jugarme algunos chistes. La Primera Junta de gobierno, esa que presidía Cornelio Saavedra, debió haberse transmutado en Primera Yunta ya que la J, como bien saben los anglos, se puede pronunciar como la Y del Río de la Plata y, para los que habitamos las dos márgenes del dicho río se cristaliza propiamente en un conocido refrán popular de contenido erótico que compara fortalezas de vellos púbicos con collera de bueyes.

Me encontraba, continúo, en la estación Lima de la aludida línea a la espera del convoy que me dejaría finalmente en Congreso. Observador como soy, me detuve en el kiosco de revistas para leer de ojito las noticias absurdas que publicaban los diarios. Un robo en La Matanza, la cara del candidato prometiendo lo inverosímil, el crack festejando su gol y el inefable chiste sobre lo ocurrido en el día anterior. La cara del kiosquero denotaba su estéril aburrimiento cotidiano y rutinario del que sabe que se encuentra prisionero sin sentencia en esa lata amarilla o gris que son los kioscos de diarios. Las sonrisas de las plásticas modelos estallaban en las tapas lustrosas de las revistas que reflejaban las luces del andén y que servían de compañía para aquel atribulado kiosquero. Un sordo sonido de maderas y metales me advirtió que el subte estaba ingresando al andén de la estación.

Las formaciones subterráneas son acéfalas. Quiero decir; son capicúas. Tanto pueden ir como volver ya que carecen de la más mínima orientación visual para el pasajero. Nos percatamos que vienen por que ingresan al andén del lado cuyo significado conocemos, también por que vienen con las luces encendidas y por que divisamos al conductor en esa pecera que viene a ser la cabina. Al carecer de locomotora, (lo que siempre me hace preguntar “¿cómo mierda se mueve esta máquina?”), no sabemos si el subte esta andando marcha atrás o, lo que debiera, estar viniendo hacia delante. Este embuste casual lo es, precisamente, por el carácter fabuloso y mágico del subterráneo.

En la Línea A estas particularidades aludidas lo son más que en otras líneas. Al ser la más vieja de todas, lo que le otorga señorío y estilo, padece de los achaques propios de la edad provecta. Como resultado vaya a saber si de una estrategia turística o por la influencia de algún museólogo urbano con la suficiente influencia para llevar a cabo su deseo o por que, sencillamente, faltó presupuesto en su momento, la Línea A, en su recorrido, es de otra época. Los vagones nunca se han modernizado tal cual les ocurriera a las otras líneas. Sus vagones, de madera, hierro y vidrio, son el complemento especial para esas estaciones abovedadas y cubiertas de azulejos manchados de tiempo. Los modernos ventiladores suspendidos, los letreros luminosos tipo back light y los iluminados comercios de hebillas y biromes no logran ocultar el discreto encanto aristocrático que nos devuelve, como dije anteriormente, a esa Buenos Aires en donde algunos poetas se animaban en serio a fantasear con utopías australes alojados en pensiones suburbanas.

Al contrario de lo que se piensa, las puertas de este subte no son automáticas. A mi no me causa ninguna risa la confusión de los turistas que esperan que las puertas se abran automáticamente como manda la tendencia en todos los subtes del mundo. Estas no. Los dos paneles que componen la puerta de los subtes, con sus correspondientes manijas gastadas y sus bordes de goma para que no hagan ruido, deben ser manipulados para que puedan abrirse. Dicen que los guardas de estos trenes tienen una mágica manija que insertan en orificios y ranuras que se hallan por encima de esas mismas puertas y que, cuando desciende el adminículo, es posible entonces, abrir las puertas y descender ya que no ascender pues el pasajero que se encuentra en la estación, como ya habrán advertido, carece de toda posibilidad de abrirlas ya que no pueden hacer nada para operar tal ingenioso artificio.

Una vez detenida la formación, nosotros, sus ciudadanos, podemos ascender o bien descender si ese era nuestro deseo. Yo generalmente son mas las veces que asciendo que las que desciendo dejando la solución de esta paradoja a aquellos que puedan resolverla.

Generalmente subo en el tercer vagón contando desde adelante. No se por que mantengo esta rutina. Debe ser el temor de que si subo a otro vagón quizás no llegue a destino y me pierda en la cinta de Moebius como le pasara a aquel famoso escritor hoy perdido para siempre en los inextricables pasillos y túneles subterráneos.

Como siempre, ese vagón estaba lleno de personas y fantasmas. Me posiciono en el pasillo y me agarro de una de esas argollas de plástico blanco amarillado por el frecuente manoseo de los pasajeros y que se suponen deben darnos seguridad. La formación, cerradas ya sus puertas, inicia su recorrido habitual ensordeciéndonos con el ruido que proporcionan no ya los desvencijados vagones ferrocarrileros de madera destartalada sino también por la fricción que sus ruedas de acero producen con las vías del mismo material. Antiguamente, existían los durmientes de quebracho que amordazaban el molesto ruido pero ya no existen más. O bien los sacaron para hacer muebles estilo campo o se pudrieron por el uso y la caída continua del agua de lluvia que sabe filtrarse por entre las rendijas imperceptibles que pertenecen al antiguo encofrado.

El molesto ruido permanece y se hace carne en nuestros tímpanos.

Muchos vendedores hacen su agosto con su magra mercadería. Biromes a bolilla, almanaques en desuso, mini guías Peuser de la ciudad que ilustran los recorridos de los colectivos y las líneas subterráneas siendo una competencia desleal no observada por los gerentes del subte, vendedores de libros ignotos, repartidores de volantes y algún que otro ciego que se aburrió de cantar en los pasillos del mismo subte, pululan por entre los pasajeros ofreciendo su venta a sabiendas que deben pagar la mugrosa pieza de pensión en el Once o en Primera Junta.

Ese día que recuerdo especialmente, subió un violinista al subte y pretendió ejercer su arte en ese ditirambo de ruido y olores.

El personaje era pequeño, varón para mas datos. Vestía una remera negra de cuello redondo en cuyo frente se encontraba estampada la heroica figura del Che abrazado a Maradona quien está con el puño derecho levantado en el festejo del gol a los ingleses con la mano en el estadio Azteca de la ciudad de México en 1986. Su pantalón raído, recordaba a un jean usado. En la mano derecha llevada el estuche del violín y en la izquierda el instrumento con su respectivo arco, del cual pendían algunas hilachas de crin del caballo bayo que donara el material para confeccionar el complemento del divino instrumento.

Dejó el estuche en el suelo, llevose el violín al hombro izquierdo, lo que me indico que era diestro y comenzó a ejecutar su rutina artística, rutina que nunca pude escuchar pues el sonido del vagón y de las ruedas rozando las vías impedía de toda manera el hacerlo.

El violinista, impertérrito, continuaba con su ejecución muda a la mayoría de los oídos de los pasajeros para quienes el violinista y su instrumento no eran nada mas que una molestia mas del fluir urbano.

Yo, obsesionado por dicha visión, intentaba captar que música estaba tocando, si era un vals de Strauss, un tango de Antonio Agri, una composición de Zubhin Metha o Lysi, si era algo parecido al jazz de Django Reinhard. Por el estilo de apoyar el violín y pulsar el arco, este muchacho había estudiado en algún lugar. No tenía el estilo de Sixto Palavecino ni de los violinistos santiagueños. Su modo de ejecutar era elegante y grácil, pero no se escuchaba en lo mas mínimo.

¿Qué sentido tenia este acto? ¿Es que acaso el músico no captaba que su música no se escuchaba? ¿Qué pretendía con su accionar? ¿Era acaso una nueva jugarreta del subte?

Las cosas se confundieron mas cuando el violinista descendió en la estación siguiente sin siquiera apelar al esperado mangazo de dinero.

Claro que mi asombro duró poco.

En la estación en que el violinista inescuchado bajó, subió un maraquero, es decir, un ejecutante de maracas.

Una vez instalado en el vagón, comenzó a ejecutar su instrumento pero, al contrario de las maracas tradicionales que llenan la calabaza de semillas y piedrecitas, estas maracas eran mudas, es decir, estaban vacías de semillas.

El maraquero, obviamente, conocía esta propiedad de su instrumentos pero las hacía bailar tan graciosamente en sus manos que algunos pasajeros, entre los que me incluyo, seguíamos rítmicamente el compás que las mudas maracas hacían sonar.

Supe enseguida que me hallaba ante alguien ducho en las cavilaciones metafísicas que tanto me habían influenciado desde chico. Las maracas mudas me marcaban con claridad que para la ejecución de música en el subte no valía para nada la transmisión del sonido por el aire y que la representación de la acción cumplía con el objetivo comunicacional que el artista se había propuesto como objetivo. En este reino de irrealidades y subte, en donde la oscuridad de los túneles prometía exposiciones visuales y el ruido brindaba una excelente ocasión para experimentar con músicas que nunca se escucharían, estas me confirmaban mis más íntimas sospechas. La realidad solo lo es de lo que pasa por nuestros ojos y estos no son idóneos para verla ni para percibirla. La verdadera visión no es la de los ojos de la vigilia, ¿será, quizás, la de nuestro intelecto?

Justamente, y esta también es una de las características de esta ciudad, una morocha cuya sombra dejaba marcas en el piso y tatuajes en nuestra libido, ingresó al vagón. Los botones de su blusa soportaban estoicamente la presión a la que eran sometidos por lo exuberante de sus pechos y sus contorneadas piernas se asomaban impúdicamente entre las cortas faldas tableadas moviendo el delicado tacón al ritmo mudo de las maracas.

- ¿Bailamos?- le pregunté.
- ¡Claro!- me dijo.

El maraquero se bajó en Pasco pero yo, que tenia que bajarme en Congreso, seguí hasta Plaza Miserere con la morocha y quedamos que a la noche vendría a mi casa para cantar con mi guitarra sin cuerdas y quizás le mostrase mi colección de estampillas pornográficas.

*****
CUATRO
NO SE QUE HABRÁ SIDO DE LA VIDA DEL VIOLINISTA sin sonido ni la del maraquero mudo. He dejado las cavilaciones metafísicas y fenomenológicas para mañana, cuando nuevamente ingrese por la fosa que me conduce hacia el paraíso del subte. Yo solo se que esta noche viene esa morocha a mi casa y no me importa que mi guitarra este desafinada. Los dos cantaremos una milonga o un blues y trataremos de contar estrellas en la noche oscura de Buenos Aires sin preocuparnos por otra cosa que no sea nosotros dos.

1 comentario:

  1. Tuviste mucha suerte.
    En este otro siglo, otra línea (la B), otro violinista hoy toca su instrumento. Y acaso porque la B es menos ruidosa o por malvados y crueles hados así lo han dispuesto, su instrumento SÍ se escucha. Y se escucha para pavor de tímpanos bien entrenados y neuronas bien cableadas. Es tan malo su tocar, tan insoportable, que lo he bautizado "El Violinista" y me lo imagino como un super villano de historietas.

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