UNO
Santos Perez sopeso la taba con su mano derecha y miró de reojo a su contrincante. Era conciente de la sabiduría que poseía su muñeca en al arte gaucho de arrojar el hueso y eran muchas las cañas y los asados que había comido gracias a esta destreza. Miro canchero a su oponente y arrojo el astrágalo equilibrado con las clásicas chapas de bronce -en donde no casualmente estaban grabadas sus iniciales SP- a la cancha en donde se jugaba.
La taba pego algunas vueltas en el aire mortecino de la tarde cordobesa y, como sostenida por las manos de algún dios cabulero, cayó al piso del lado de la suerte.
¡Bien hecho capitán!- gritaron los chupamedias de siempre.
¡Je!- refunfuñó Santos Perez. - Me debes veinte pesos fuertes- y miró a su contrincante con una muesca de desprecio, insolencia y vanidad. Tomo con la mágica derecha la limeta y le dió un buen sorbo. Se secó la boca con el dorso del brazo del chaleco de su informe de capitán y eructó sonoramente en un gesto que confirmaba su superioridad.
Tome mi capitán- le dijo el perdedor y le acercó los veinte pesos que habían apostado. Sabía que ese fiero capitán no se andaba con vueltas y que sino pagaba la deuda sería degollado al instante. Así eran las cosas entre esos gauchos acostumbrados a la guerra.
Mientras el costillar se iba haciendo a la manera gaucha en el asador, esos hombres acostumbrados a la soledad de la guerra, no encontraban otra diversión que gastarse su magro sueldo en ginebra de mala calidad, en el juego de la taba y en alguna que otra cuadrera. Justamente, Santos Perez era convocado asiduamente como Juez de Linea para decir qué caballo había ganado. Era bien conocida su afición por las carreras de caballos. Estas eran las diversiones en aquellos tiempo y en esos lugares. Las barajas eran demasiado caras como para llevarlas en las alforjas del caballo y no era muy frecuente encontrar guitarras como para milonguear al sereno. El mito del gaucho poeta y cantor lo instala Miguel Hernández para justificar sus textos. Rara vez los gauchos accedían a algo de música y mucho menos en las épocas de la guerra. En alguna pulpería o en algún bailongo podía escucharse algo de música pero, como dije, no era muy frecuente. Ni siquiera en las iglesias era frecuente el canto. La diversión se centraba en el juego de la taba, en donde el capitán Santos Perez era un maestro, en las carreras de caballos y en contar anécdotas de las batallas o de cualquier índole que se le pudiera ocurrir a alguno. Todos sabían que de vez en cuanto bolaceaban un poco, pero nadie se ofendía. En esas soledades y en esas circunstancias cualquier evento que disipara un poco la rutina era un alivio.
Alrededor del fuego, las palabras circulaban impulsadas por el alcohol berreta. “Recuerdo una noche en Monte Chato cuando nos siguieron unos soldados de don Facundo y tuvimos que correr por que venían tocando la refalosa” comentaba alguno; “el indio se me vino con su tacuara vibrando buscando mi pecho” relataba otro buscando superar la anécdota del otro relator y mostraba una extraña cicatriz que vaya a saber donde se la había hecho, “allá, en las salinas, yo tengo a mi mujer y a un changuito que me están esperando” sollozaba un joven soldado ya demasiado ebrio como para darse cuenta de su debilidad. Todos se confundían en el abrazo rojizo con que las brasas los cubrían bajo el cielo estrellado de la noche.
Santos Perez escuchaba las anécdotas y cada tanto acariciaba las culatas de las dos pistolas que Guillermo Reinafé, su jefe, le había dado para que cumpliera su macabra misión. Su cómplice Cabanillas, quien no había podido cumplir el encargo de los hermanos Reinafé, se hacía el dormido a un costado del grupo. Santos Perez y él, sabían lo que debían hacer. Los Reinafé confiaban en ellos. No podían defraudarlos nuevamente. Se acercó al costillar y con su afilado cuchillo, el mismo con que degollaba a sus enemigos, cortó un pedazo jugoso de carne. Las estrellas en la noche parecían competir con las chispas que saltaban de las brasas y dibujaban arabescos candentes en el aire nocturno. Los gauchos, absortos, las observaban como hipnotizados.
DOS
Mario Terán se sacudió la modorra del despertar en ese pobre villorio del monte. Si bien estaba acostumbrado a despertarse temprano, no sabía porqué le costaba dejar ese pobre catre de campaña sucio y maloliente. Se quedó remoloneando un poco escuchando el trino mañanero de los pájaros mientras el tibio sol del amanecer calentaba un poco la carpa de campaña que compartía con sus compañeros. Su vejiga estaba llena de orín y, todavía no lo sabía, cómo su próstata estaba un poco agrandada, aguzaba su necesidad de orinar. Leves dolores en la vejiga lo aquejaban de tanto en tanto. No pudo contener sus ganas y tuvo que levantarse. Así como estaba, con los blancos calzoncillos sucios de la mugre del monte y de las jornadas que llevaban patrullando, esquivó el catre de sus compañeros y salió hacia la fresca mañana del monte. Se acercó a un ñandubay y descargó su vejiga. Las cataratas incipientes que se estaban formando en sus ojos, todavía no eran lo suficientemente densas como para que no lo dejaran ver del todo bien.
Una vez que terminó de orinar, volvió a la carpa donde ya comenzaban a despertarse sus compañeros y se calzó el uniforme como correspondía a un sargento. Lo arregló lo mejor que pudo. Salio de la carpa para desayunar.
Felix Rodriguez estaba sentado fumando un cigarro al lado del fuego y saludó al sargento.
Me llego un informe de que andan por Ñancahuazú – le dijo.
El sargento no comprendió muy bien que le quería decir el tal Rodriguez. Sabía que no era un militar como él pero entendía bien que tenía un gran ascendiente entre sus jefes, el Mayor Ayoroa, el teniente coronel Zenteno, el capitán Gary Prado entre otros pues ya los había encontrado tomando wisky y fumando junto a varias prostitutas en el comando militar que habían instalado. Por la confianza con que Rodriguez se manejaba con ellos, Terán sabía que ese hombre no era un hombre común.
Si Usted lo dice señor, así debe ser- y continuó hacia la olla en donde estaba hirviendo el café del desayuno. Todavía le duraba un poco la resaca del zingani que habían tomado con los otros suboficiales el día de ayer y no podía concentrarse demasiado.
De a poco, los soldados, los oficiales y los suboficiales fueron saliendo de las carpas y acercándose hacia el fuego, todos en buscas del café y del pan duro que sería su desayuno. Ninguno de ellos era un curtido soldado como pretendían sus jefes pero, entrenados por los Rangers norteamericanos, comenzaban a creerse que eran verdaderamente soldados y no brutos campesinos obligados a enrolarse para no morirse de hambre. Desde Washington habían mandado al comandante Redmond Weber, jefe del 8° Regimiento de las Fuerzas Especiales acantonadas en Panamá quien junto con el mayor Ralf “pappi” Sheldon y cincuenta hombres más adiestraron a esos campesinos para transformarlos en soldados. “Pappi” Sheldon era un veterano entrenador antiguerrilla. Había aprendido su oficio en la lejana Laos y en el cercana República Dominicana del dictador Trujillo. Sabía muy bien como hacer su trabajo. Además, era un fanático. Creía ciegamente que se estaba en las postrimerías de una conflagración mundial y que él era un oficial del “mundo libre”. No iba a desperdiciar esfuerzos e insumos en esta guerra que se estaba librando tanto en el sudeste asiático como en ese perdido lugar de Sudamerica. A “pappi” Sheldon no le importaba donde se peleara sino aniquilar a los comunistas. A John Wayne y a Charlton Heston les hubiera encantado fumarse unos puros con “pappi”.
Los soldados estaban un poco contento con la nueva situación. Últimamente les habían dado buenos uniformes y armas modernas y eficaces. Se sentían seguros aunque tenían miedo. Ya sabían ellos que los guerrilleros que buscaban eran feroces asesinos y mercenarios, tal como les habían contados sus oficiales, y que estaban jugándose la vida en aquellos inhóspitos cerros cubiertos de matas y cortaderas. Si bien no entendían mucho las palabras de esos extranjeros que les hablaban con un acento extraño y de cosas que no entendían, al menos le habían pagado los sueldos atrasados y estaban comiendo mejor y no esos horribles guisos de maíz y arroz a los que no se podían acostumbrar por lo inmundo que eran. Si, definitivamente. Desde que habían llegado esos gringos con sus pulcros uniformes verde oliva estaban un poco mejor. Pero no todos tenían vocación de soldados.
Puta madre- pensó el soldado Quindimil. -yo debería estar esquilando ovejitas con la mama en vez de estar en este jodido lugar.-
TRES
Santos Perez era un hombre violento y leal. Había acompañado a los Reinafé en su destierro de Córdoba a Santa Fe y estos respondieron a esa lealtad ascendiéndolo al grado de capitán cuando la situación política del país se lo permitió.
Diestro en el uso del cuchillo y el fúsil tenía ganada una fama de gaucho bravo y corajudo aunque no podía ocultar su afición a la bebida y al juego. Su soledad y el recuerdo de algunos degüellos de inocentes quizás estuvieran en la base de su incipiente alcoholismo. Cada vez necesitaba de más ginebra para poder dormir. No obstante, su puño era firme en la disciplina de su cabalgadura como en el dominio de sus hombres. Todos sabían que su muñeca derecha no solo poseía habilidad para tirar la taba sino que también sabía degollar y acertar de un solo tiro a una lata a veinte metros. Sus hombres le tenían mas miedo que respeto por que ya había fusilado a alguno que otro por que no había cumplido solícitamente sus ordenes. Era un gaucho analfabeto pero muy inteligente. Por eso los caudillos cordobeses lo habían convencido para su causa federal.
¿Alguna novedad mi capitán? – le preguntó Basilio Marquez, uno de sus subordinados.
Cuando tenga que ordenarte algo ya te lo diré gaucho bruto- lo increpó.
Santos Perez era así, cruel y despiadado. Sabía que esos curtidos hombres ya habían visto muchas muertes en su corta y sufrida vida y no debía tratarlos con dulzura o mostrar algún sentimiento. La tarea que le habían encomendado requería temple y coraje para llevarla a cabo y no era cosa de andar haciéndose el blando. Cuando llegara el momento necesitaría la confianza y la absoluta disciplina de esos soldados gauchos que estaban acampando con él en su casa en Portezuelo.
El sol iba poniéndose en ese bello atardecer cordobés y las sombras alargadas de los escuálidos árboles semejaban flacos fantasmas dispuestos como en una formación militar. Un pensamiento parecido a eso que los críticos de arte llaman “emoción estética” pareció aflorar en el corazón de Santos Perez, pero solo fue un segundo. El militar, gran conocedor de la campaña, rara vez se emocionaba con el espectáculo de la naturaleza. Acostumbrado a los amaneceres en su tierra feraz e indómita, no se asombraba con esas distracciones que le regalaba la naturaleza.
Los anaranjados rojizos de los rayos solares se fueron difuminando en la bruma tardecina y la partida empezó a acercarse a los fuegos que los acompañarían hasta bien entrada la noche. Nuevamente un costillar señoreaba sobre las rojas y candentes brasas.
CUATRO.
¡Sargento! –gritó el capitán Gary Prado. –Vaya con cinco hombres hacia ese cerro y se queda allí de centinela hasta que yo le envié el relevo. Lleve un poco de agua y algo de comer-.
¡Si mi capitán! –obedeció Terán.
Juntó a cinco de sus hombres quienes cargaron sus pertrechos y se fueron lentamente, como todo campesino, a cubrir el puesto de guardia que el oficial les había dicho.
Cada uno de ellos maldecía su suerte. Sabían que eran afortunados, desde el punto de vista profesional, de estar por esos lados perdidos. Habían sido entrenados por los Rangers y sabían que ascenderían en el ejército pero, en ese momento, maldecían el calor, los mosquitos, la maldita humedad de la zona y también, aunque no lo admitían, tenían miedo. La fama y las acciones llevadas a cabo por los rebeldes habían sido eficaces, por eso los mandaron a ellos, para hacerse cargo. No obstante la nueva instrucción recibida y las modernas armas, temían el enfrentamiento con los rebeldes pues no sabían muy bien cuantos eran ni como sería entrar en batalla. La mayor actividad militar que habían desplegado hasta ese entonces solo había sido patear a algunos campesinos, ingresar a sus viviendas en busca de armas o algún indicio sobre los rebeldes guerrilleros y hacer esas largar marchas por los faldeos de los montes y llenarse de espinas y magullones.
Despues de una hora y media de caminata, llegaron a la cima del cerro indicado por el oficial y Terán ordeno que se vayan turnando en el puesto de guardia. No tardó mucho en dormitarse al calor de la tarde montecina. Soñó con su casa y una novia no demasiado bella que tenía y anhelaba que terminara pronto la campaña para volver a su lugar y contar las anécdotas entre sus compañeros de armas. Eso le gustaba. Terán era un poco fanfarrón y hacia ostentación de su grado militar entre los analfabetos amigos que tenía. Con tal de que le pagaran una copa era capaz de inventar cualquier historia.
¡Sargento! ¡Sargento!- lo despertó un soldado. - ¡Venga! ¡Mire!- le dijo.
¿Qué pasa soldado?- le dijo Teran.
Me parece que vi algo por allá –le comentó.
¿Qué cosa viste?-
No se, como algún movimiento raro. ¿Qué hacemos? –preguntó un poco excitado el mismo soldado.
Terán no supo que contestarle. Tomo su fúsil y se dirigió hacia el lado donde el soldado le había dicho que había visto algo.
Escóndanse y se me quedan calladitos- le dijo a sus soldados quienes obedecieron al instante.
Cada uno de ellos busco un buen escondite y se quedaron en silencio.
El sargento Mario Teran fue despacio, cubriendose entre las espesas matas del cerro junto con el soldado hacia el lugar en donde, al parecer, había algo. Buscaron un lugar desde donde poder ver sin ser vistos y permanecieron un largo rato esperando que apareciera algo.
La puta madre – pensó. – Si al menos tuviera una puta radio para avisarle al capitán-.
Pasaron alrededor de una hora y media observando hacia el lugar en donde el soldado había visto “algo”, pero no pasó nada. Terán cansado y un poco malhumorado le preguntó al soldado.
¿Qué viste exactamente?-
Yo he visto que se movían un poco esos arbustos mi sargento- le respondió temeroso el flaco soldado.
¿Cómo que se movieron los arbustos? ¿Qué querés decir con que se movieron?- preguntó bastante irritado.
Y, que se movieron de una forma rara, como si hubiera alguien allí mi sargento- balbuceo el soldado que ya decididamente comenzó a temblar.
Pero ¿viste algo?- preguntó.
No. Algo no, vi que se movían las ramas de esos arbustos de forma rara pero no vi a nadie, a ningun animal ni a ningun hombre.
¡Pero si serás bruto! ¿y por que viste moverse las ramas me has traído hasta aquí?- refunfuño Teran. – Bueno, ahora te vas solo hasta aquellos arbustos y me decís que hay. ¡Anda y volvé rápido!- le ordenó.
¿Y tengo que ir solo mi sargento?- preguntó.
No, si te va a acompañar esos gringos que vineron. ¡Vaya inmediatamente y me reporta que es lo que hay en esos arbustos! –le gritó al pobre soldado que estaba tan blanco como una tiza.
El soldado agarro su fúsil y con un pavor descomunal fue descendiendo hacia los arbustos en donde había visto esos movimientos. Una vez que desapareció de la vista del sargento, se quedó quieto y no bajó más. Tenía miedo, no fuera cosa que estuvieran los guerrilleros y lo pillaran. Si bien se había sumado como voluntario, no era un valiente y no quería morir en ese monte.
Terán por su parte, volvió al lugar de donde lo había sacado el soldado y se sentó apoyándose en el viejo tronco podrido de un árbol. El calor era insoportable y sacó la botella de zingani que estaba en su mochila y le dio un largo trago.
¡La puta que los parió a estos cagones! –pensó.
CINCO
Mi general, deberíamos esperar los refuerzos y despues salir.
No Ortiz, no voy a esperar. Quiero llegar temprano, lo que tiene que ser será, además, no se haga problemas, hay que tener muchos huevos para matarme a mí, todavía no ha nacido mi asesino -le contestó Facundo.
Tomó su maletín con los medicamentos para su reuma, cargó sus pistolas y se subió a la galera que ya estaba lista para partir. Su dolorosa enfermedad no podía todavía vencerlo como esperaban sus enemigos. Miró hacia el cielo y se conmovió con el amanecer de Santiago del Estero. Los rayos se desplegaban en forma de abanico iluminando el amanecer. El general Facundo Quiroga se extasió con el espectáculo hasta que, obligado por sus quehaceres, tuvo que dejarlo. Se dió mediavuelta y gritó:
¡Vamos doctor Ortiz! ¡Vamos! No se preocupe que a usted no le harán nada- se rió el general. El sol mostraba ya su cintura.
La galera salió al camino de la posta en donde habían descansado un rato. Le habían llegado rumores de que los hermanos Reinafé iban a atentar contra su vida. En una parte de su maletín, con sus remedios, llevaba una copia de la Constitución que el Restaurador de las Leyes había enviado a las provincias. Facundo no estaba muy seguro de Rosas. Si bien siempre lo había apoyado, despues de la derrota de Oncativo y su llegada a Buenos Aires, había notado al Brigadier General un poco más parco que de costumbre. Ya no lo invitaba tanto a su casona a tomar mate y a hablar de política.
Facundo había dejado atrás su largo cabello ensortijado y sus maneras demasiado gauchas. Se había dado cuenta que sus modales no eran bien vistos en la Gran Aldea. Ese monigote de Sarmiento lo trataba de bárbaro y quería cambiar un poco la imágen que ese educado y salvaje unitario daba de él. Se seguía reivindicando como un gaucho de La Rioja y federal, su cinta punzó así lo atestiguaba, pero también sabía ser refinado cuando las condiciones lo ameritaban. Estaba un poco cansado ya de las batallas y de los degüellos. No es que se hubiera convertido en un cobarde, como decían algunos. No, nada de eso. Comenzaba a percibir que todas esas batallas, las traiciones, los fusilamientos, no conducían a ningún lado al país. Debían organizarse como una nación, ganara quien ganara; Buenos Aires y sus ínfulas europeístas o ganara el interior y su tradicionalismo conservador. El general Facundo Quiroga estaba dejando paso a don Facundo Quiroga, el estadista. El país no podía seguir desangrándose en guerras intestinas que no lograban nada sino solo miseria, muerte y atraso. Era urgente organizarse como una nación y cumplir el sueño de la unidad continental.
Muchos de sus allegados le habían comentado el fastidio de Rosas al enterarse que ya no vestía tan a la manera gaucha y que había cambiado su poncho por la odiada levita de corte inglés y el ridículo corbatín. Había suavizado sus modales, sobre todo en la mesa, y estaba haciendo nuevos contactos con los comerciantes tanto nacionales como extranjeros, pero seguía siendo federal. Seguía pensando en la unidad de un gran país que contuviera a todos, a los gauchos y a los porteños. Si bien su reuma lo aquejaba más de lo que podía soportar, aún le quedaba resto para pelear y un poco de su fortuna personal, no toda se la había gastado en las cartas o en la taba, esas eran patrañas de sus enemigos. Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, el gran general gaucho, quería cambiar su espada de guerra y contribuir a la pacificación del país. Quizás fuera hora de aquietar fuerzas, licenciar a sus soldados y comenzar a trabajar por la unión nacional. Debía mostrale a ese que escribía desde la comodidad de Chile, quienes eran los verdaderos bárbaros.
Mientras la galera se bamboleaba al ritmo de los pozos y piedras del camino y el mayoral azuzaba a los caballos con sus gritos, el doctor Ortiz no podía evitar temer una emboscada. Él sabía perfectamente que eran muchos los enemigos de su general. No a todos les convenía un país unido.
Le habían llegado rumores de sus espías, que Rosas, quizás, estuviera un poco molesto por el intento de unificación nacional. Si se aprobaba la Constitución, cesarían sus omnímodos poderes y creía que el país todavía no estaba listo para unificarse. Aún eran demasiado fuertes los salvajes y asquerosos unitarios que solo veían en la renta que podían obtener de sus sucios negocios con los ingleses y con los franceses el motivo de su inquina con Rosas. Los unitarios, con su particular corte de patilla y barba, se despreocupaban de la suerte de las provincias. A ellos solo le interesaban sus negocios. La dicotomía que se había instaurado desde 1810 parecía mantener su vigencia; el puerto del Río de la Plata y los pingües negocios con los extranjeros o fortalecer a las economías regionales y engrandecer al país. El Restaurador debía permanecer un tiempo más en el poder y quizas Facundo fuera un escollo, pensaba el doctor Ortiz en esa chirriante y calurosa galera pero, en realidad, no había pruebas de que Rosas quisiera desembarazarse del general Facundo Quiroga. Quizás todo fueran habladurías de los interesados de siempre a quienes les servía sembrar dudas y desconfianzas entre los leales. Facundo poseía un gran ascendiente entre los gauchos y su valor y sus dotes militares eran todavía preciosos para los Federales. Ese petrimetre de Paz, con sus cálculos matemáticos y sus cañones, podía ser derrotado en batalla y ese insoportable de Sarmiento y sus veleidades literarias debían entender que no se podía institucionalizar al país sin el interior. La guerra de la independencia no se había hecho para cambiar de puño; Madrid por Buenos Aires. ¿Que se creían esos perfumados y traidores unitarios? ¿Creían realmente que podían ser dueños de todo el país? El doctor Ortiz desconfiaba de ese mujeriego sanjuanino. No era tan civilizado como se pensaba. Era un asesino más que andaba diciendo que la sangre de gaucho era lo único de humano que tenían, que no había que ahorrarla, que era barata. Esos no eran pensamientos de un hombre civilizado sino de un bárbaro, de un asesino. No se equivocaba el doctor Ortiz.
SEIS
Hacía ya unos largos días que estaban marchando por el monte. El plan no estaba saliendo como había pensado. Supuso, erróneamente, que los campesinos entenderían el mensaje y lo apoyarían dándole refugio y comida, pero no fue así sino todo lo contrario. No sólo no los ayudaban sino que, apenas veían a soldados del ejército regular, los denunciaban. No entendían bien quienes eran esos extranjeros barbudos y sucios que decían que venían a liberarlos, a darles la libertad. Para los campesinos de Ñancahuazú la palabra libertad o dignidad rara vez era escuchada. Ellos solo querían que los patrones no los molestaran y que la policía no los matara ni les pidieran plata. Tenían sus cabritos, sus gallinas, sus patos y sus sembradíos de porotos, zapallos y maiz ¿que era eso que le decían esos extranjeros acerca de la dignidad y la libertad?
La columna estaba cansada, agotada por el hambre, la sed y las picaduras de mosquitos y toda clase de alimaña. Si bien estaban entrenados y la moral se mantenía lo suficientemente alta, las condiciones en las que estaban viviendo no eran las adecuadas, ni siquiera para los que eran veteranos en la guerrilla. Ni siquiera la moral y la actitud de su comandante lograba levantarles el ánimo. No obstante, disciplinados y convencidos de su tarea historia, seguían a su líder como si fuera un ser sobrenatural, una especie de dios guerrero omnipotente e invencible.
Vamos a hacer un alto aquí y descansar un poco- dijo Ramón, el comandante.
Si señor- le contesto Pacho – es mejor que descansemos un poco, la columna está agotada-.
A ver vos – le dijo a Eustaquio, -subite hasta esa lomita y quedate de vigía. El ejército anda cerca y no quiero que nos atrapen mientras descansamos. Llevate mi cantimplora que hace mucho calor.-
¡Pero comandante!- le contestó Eustaquio, -¡es su agua!-.
¡Nada! Acá no hay privilegiados. Anda, hacé lo que te ordeno y llevate un poco de agua. Pronto conseguiremos mas- le contestó.
El guerrillero, quien sentía una profunda admiración por ese hombre enfermo y barbudo, tomo la cantimplora y se dirigió al sitio ordenado. Él también estaba cansado y un poco enfermo como su jefe. Mientras subía por la empinada colina podía escuchar el trinar de los pájaros y hasta divisó algunos haciendo su nido. La primavera ya estaba bien entrada en esa zona subtropical.
Ramón, que era el comandante de la columna guerrillera, aprovechó como siempre que hacían un descanso, y se puso a escribir en su diario de batalla. Comenzó a repasar las hojas que venía escribiendo desde hacia unos meses: “9 de mayo. Me sentí desfallecer y debí dormir dos horas para poder seguir a paso lento y vacilante”. “13 de mayo. Yo estuve mal hasta que vomité y me compuse”. “16 de mayo. Hoy no es un buen día. Ando con cólicos fortísimos, vómitos y diarrea. Seguiremos marchando pero no se hasta donde pueda aguantar”. “22 de agosto. No conseguimos víveres, estamos cansados y mi asma recrudece. Sigo firme y atento”
Mientras repasaba lo escrito en su diario pensó en el Vaquerito, ese combatiente del pelotón suicida que tantos chistes e historias le contaba. Ójala estuviera ahí con él, en ese podrido y húmedo monte lleno de alimañas que no cesaban de picarlo y chuparle la sangre. Encima su asma cada vez se complicaba más. Escaseaban sus remedios y las noticias que le llegaban desde la ciudad no eran muy alentadoras. La gente en la ciudad no estaba muy de acuerdo con su estrategia y temía que lo traicionaran. Ya Tania se había ido y el francés pidió permiso para retirarse. Todavía no lo sabía pero habían caído presos del ejército y Tania había sido fusilada. El Ché nunca supo que ella llevaba un hijo suyo en su vientre.
El sol picaba fuerte desde lo alto como a propósito y el aire no penetraba en sus pulmones y se iba debilitando de a poco.
La puta madre – pensó. -Ojala encuentre algunos medicamentos- y se dormitó.
SIETE
Santos Perez armó su patrulla con la gente de mayor confianza. Ya le habían pasado el dato que el general Facundo Quiroga, el odiado enemigo de sus jefes los hermanos Reinafé, viajaba con una pequeña custodia. Él iba a ser quien cumpliera la orden de los caudillos cordobeses y con su accionar tendría ganado su futuro. No le importaba mucho a quien tenía que asesinar, no iba a ser la primera ni la última. Guillermo Reinafé le había prometido cien pesos fuertes si cumplía su orden. Con ese dinero podía seguir apostando a los caballos y jugar a la taba.
Montó su caballo zaino de buen porte y salio al trote hacia el lugar en donde ya lo esperaban algunos de sus hombres. Acarició las culatas de sus revólveres como si fuera su taba preferida y ordenó:
¡Vamos carajo! ¡No tenemos todo el día mierda!-
La patrulla lo siguió en silencio. Ninguno de ellos sabía lo que iba a ocurrir.
OCHO
La columna del Ché no amaneció bien ese ocho de octubre. Todos cansados, con hambre, diarrea y alguno que otro con padecimiento de vómitos era la situación de los que pretendían liberar a Bolivia del imperialismo yanqui y luego, una vez consolidada la revolución, dirigirse hacia el sur, hacia la Argentina y cumplir el sueño guevariano de una Argentina socialista. El Ché había dejado su cómoda situación de Comandante y de Ministro en la nueva Cuba para seguir su sueño revolucionario que era, también, su aventura personal. A veces la historia se confunde con las existencias personales y en el Ché esto se daba de una manera muy particular.
Ingresaron cansados en el cañadon del Yuro arrastrando sus fúsiles y mucho más cansados y hambrientos de lo que suponían. El sol brillaba en lo alto y el Ché pensó: “Quizás debiera esperar hasta la noche o ir por otro lado”. Metió su mano en el bolsillo de su chaqueta y toco el último huevo duro que le quedaba. Ya no tenían más comida.
NUEVE
Quiroga sabía que algo se estaba tramando en contra de él. En cada posta que paraban desde que habían salido de Santiago del Estero, le avisaban que era muy probable que atentaran contra su vida. El general hacía una muesca y seguía su camino. Parecía más preocupado por los dolores de su reuma que por la posibilidad de un atentado. Además, como buen fatalista, sabía que su destino ya estaba escrito. Prefería morir como un soldado y no de esa enfermedad que lo carcomía. Él también se había creído su fama de temerario soldado invencible. Todavía sonreía cuando le comentaban sus conversaciones con su caballo. Parece ser que el general gaucho, como Alejandro de Macedonia con su famoso Bucéfalo, “conversaba” con su caballo antes de cada batalla y “seguía sus consejos”. Sus subordinados recordaban que en la batalla de Oncativo, donde el general Paz, el preferido de ese remilgado de Sarmiento lo había vencido, su caballo no se dejaba montar. Todos los oficiales de la plana mayor supieron enseguida que no debían presentar batalla. Sin embargo, Facundo disciplinó a su caballo y fue a cumplir con su honor al campo en donde finalmente fue derrotado. Si algo iba a pasar, pensaba, ya sabría él como manejar la situación. Además ¿Quién se atrevería a atentar contra él? Quien lo hiciera no estaría a salvo de sus hombres ni de Rosas. La muerte de Quiroga no beneficiaba a nadie, salvo a los que no querían la unificación del país. Rosas quizás se beneficiara pues la muerte del Tigre sería el justificativo para continuar en el poder, pero el Restaurador sabía también que contaba, en la figura del general Quiroga, con uno de sus mejores cuadros militares y políticos para derrotar a los odiados unitarios. No, a Rosas tampoco le convenía su muerte por más que las habladurías de los unitarios estuvieran en su contra. Esos mequetrefes que se creían eruditos porque hablaban francés e inglés solo estaban interesados en sus negocios de ultramar. Eran unos cobardes, pensaba Juan Manuel de Rosas.
Antes de llegar a la posta del Ojo del Agua un muchacho sale del bosque y hace detener al carruaje con sus gestos. Quiroga, como de costumbre, saca su cabeza por la ventanilla y pregunta que se le ofrece. El joven le contesta:
Quiero hablar con el doctor Ortiz general-.
¿Conmigo?- le responde el doctor.
Si, por favor, baje que tengo que contarle algo urgente-.
El doctor Ortiz, que ya se imaginaba algo, desciende del carruaje y escucha al joven.
Doctor, me han llegado informaciones que en las inmediaciones de Barranca Yaco, por donde ustedes pasarán, está apostada una patrulla al mando del capitán Santos Perez con la orden de asesinarlos a todos, nadie debe escapar, esa es la orden. Acá tienen unos caballos para que puedan escapar.- y le indica el bosque en donde efectivamente aguardaban un par de caballos frescos.
Ortiz, comprendiendo enseguida la importancia del aviso, le comunica al general Quiroga lo que el joven Sandivaras, tal el nombre del muchacho, le acaba de avisar. Facundo baja del carruaje y le agradece al joven su preocupación.
Vaya nomás. Le agradezco el informe pero no ha nacido todavía el hombre que ha de matar al general Facundo Quiroga. Cuando llegue el momento a un grito mío esa partida se pondrá a mis órdenes y me servirá de escolta. Vaya usted mi amigo sin cuidado.- y con un apretón de manos despide al joven Sandivaras.
Sin preocuparse demasiado, ordena a uno de sus hombres, que era un negro que oficiaba de sirviente y asistente, que verificara las armas y tranquiliza al doctor Ortiz quien si ya estaba preocupado antes de salir ahora estaba francamente asustado.
No se me asuste doctor, soy un hueso duro de roer. A mi no se me mata así nomás. Si yo necesito que me cuiden ¿Cómo voy a cuidar al país? Quien necesita una escolta para que lo cuide no puede cuidar a nadie. - dice sonriendo el general y se mete nuevamente en su carruaje. El reuma lo estaba matando.
Santos Perez sale de su casa en Portezuelo acompañado por un puñado de hombres, alrededor de treinta soldados al mando de un alférez y de un teniente. Esta tropa se la había dado al capitán, junto con los caballos y las armas, el comandante Guillermo Reinafé en Tulumba.
Algunos de los soldados que obedecían al capitán Santos Perez sospechaban ya la macabra tarea que deberían realizar. Algunas conversaciones mantenidas en secreto los habían puesto en alerta. El puñado de hombres que secundaban al capitán se mantuvo en silencio durante todo el trayecto. Apenas se animaban a fumar. Como si fueran concientes de la ingrata tarea que debían llevar a cabo, ninguno hacía chistes o pedía algo. Solo se mantenían alertas en su cabalgadura y cada tanto tomaban un poco de ginebra que llevaban en el chifle. El teniente Figueroa y el alférez Peralta cabalgaban en silencio preguntándose si estarían a la alturas de las circunstancias cuando llegase el momento.
Al llegar a la zona conocida como Barranca Yaco, ubicada en el monte cordobés, el capitán Santos Perez ordenó que se ocultaran entre los árboles y formaran tres grupos para esperar que pasara la comitiva que trasladaba al general Facundo Quiroga, el bárbaro al que Sarmiento, fascinado con su barbarie, le había destinado uno de los ensayos literarios y políticos que marcó hondamente la mentalidad argentina no sólo del siglo XIX sino gran parte del siglo XX. El asesino, desmontó de su cabalgadura, tomo un trago de caña y se sentó a esperar. Nerviosamente su diestra mano derecha iba de la empuñadura de su espada a la de su pistolón. Destacó a un par de vigías para que le avisarán cuando pasara el carruaje del general Facundo Quiroga. Así pasaron las horas hasta terminar el día. La noche se acercaba fresca después del día de calor. No prendieron fuego.
DIEZ
Los diecisiete guerrilleros que componían la columna que comandaba el Ché estaban atrapados en un cañadon. No había sido adecuada la decisión del Ché de entrar a la quebrada del Yuro. Rodeado por las fuerzas militares bolivianas entrenadas por los norteamericanos comprendían que su situación era crítica. Para colmo de males, sin comida, sin medicamentos, exhaustos y en condiciones de vulnerabilidad extrema, el asma del Ché recrudecía insoportablemente. Estoicamente el comandante aguantaba.
Hacía cuatro días que estaban en ese horrible cañadón que, encima, era ralo de matas y hierbas y ofrecía pocos lugares para esconderse. El Ché, que había escrito un tratado sobre la guerra revolucionaria en el monte, no hacía caso de su sabiduría adquirida en Sierra Maestra ¿que hacían por esos lugares en donde llevaban las de perder? ¿no supo el Ché que al ingresar en ese cañadón su destino estaba definitivamente sellado? ¿por que no se internó en el monte mas denso? ¿por que confió tanto en sus ideas y en los campesinos bolivianos? Su inquebrantable creencia de que el hombre construye la historia a su voluntad y que aquella responde a ésta última mostró, en la quebrada del Yuro y en Vallegrande, el error de esta concepción.
Los guerrilleros cansados y pobremente armados, veían pasar a los soldados desde la posición en que se encontraban y todos percibían que estaban siendo rodeados. Era claro que las condiciones para un enfrentamiento no estaban a su favor. No obstante mantenian sus convicciones y estaban dispuestos a presentar batalla.
Al mediodía se encuentran con una vieja que andaba pastoreando sus cabritas y tratan de sonsacarle información
¿Ha visto usted a los soldados señora?- le preguntá el Ché.
No señor - dice secamente la señora.
¿Está usted segura? ¿No ha visto a policías o soldados que anden merodeando por estos lugares? - volvio a preguntar agitándose al hablar.
No señor, yo no he visto nadita.-
¿Sabe usted donde estamos? -vuelve a preguntar.
Si señor, estamos cerca de La Higuera, a una legua nomas- le respondió finalmente la pastora.
El Che encomienda a Inti a Aniceto y a Pablito que vayan con la señora a la casa para ver si pueden conseguir algo de comida y de información. La vieja vivía con sus dos hijas, una postrada y otra enana. Inti se compadece de esta situación y le entrega cincuenta pesos. Le pide que no informe nada al ejército. Se fueron de allí con las manos vacías y con la seguridad que la vieja los delataría. En realidad no hacía falta la delación pues el ejército boliviano ya sabía por donde debían buscar. La mayor parte de los campesinos que se cruzaron con la columna guerrillera informaron a los soldados por donde andaban. “Los campesinos no nos ayudan en nada y se convierten en delatores” había escrito hacia poco tiempo el Ché en su diario de combate.
A tan solo cinco kilómetros de donde se encontraban ocultos los guerrilleros, los tenientes Perez y Huerta deliberan sobre las informaciones que han recibido recientemente. Todos saben que estan cerca de los guerrillero y, además, saben que son pocos. No esperan encontrarse con un grupo numerosos de combatientes. Lo que no saben, todavía, es la composición de ese grupo. Los tenientes alistan a sus hombres, alrededor de ochenta, y salen hacia la quebrada del Yuro. El sargento Teran maldice su suerte. Otra vez a marchar por esos rotos y peligrosos caminos.
Cuando llegan a un lugar que los campesinos llaman Punta de la Higuera notan las características del terreno, una confluencia entre la quebrada del Yuro -o del Churro como le dicen los campesinos- y la de San Antonio. Notan, complacidos, que es un terreno de poca vegetación y que solo en una parte hay un denso montecito y que se ubica en una estrecha franja que corre junto al río en el fondo del valle. Las laderas de las montañas que circundan el valle son peladas, solo se pueden ver los colores grises y pardos de la piedra montañosa y los densos verdes de ese pequeño montecito que impide penetrar la vista. Los tenientes creen que allí se esconden los guerrilleros. No puede haber otro lugar. Si los datos dados por los campesinos son ciertos, no hay otro lugar en donde esconderse. Comunican la novedad por la radio y sus jefes destacan una partida de soldados hacia La Higuera al mando del subteniente Aguilera. El capitán Gary Prado, junto con el sargento Huanca se desplazan hacia la quebrada con dos piezas de artillería. La idea era bombardear el lugar donde suponían estaban los guerrilleros y hacerlos salir para ir cazándolos de a uno, tal como le habían enseñado los instructores norteamericanos.
El Ché ordena a Benigno que haga una exploración de terreno.
Benigno ¿como te sentis? - le pregunta.
Bien mi comandante- le responde.
El Ché sabe perfectamente que no es así. Hace varios días que andan por esa zona sin agua y sin comida y él mismo está bastante deteriorado pero sabe también que es indispensable tener información sobre el movimiento del ejército.
Tratá de ir y hacer una exploración por ese frente. Andá con Pacho y Aniceto y fijate que podes encontrar- le ordenó.
Si, voy – le dijo Beningo.
Hacía tan solo unos minutos estaba sentado en una piedra en medio del agua tratando de recomponerse y vio a su comandante venir caminando fatigosamente haciendo algo que nunca lo había visto hacer; traia su fusil tomado por el caño arrastrandolo entre las piedras. Supo que las cosas no estaban bien. Justo el Ché, que les había enseñado que el arma era más importante que la ropa, la comida y todo, venía caminando descuidando su fusil. Sí, evidentemente la situación era terrible.
Cuando regresa Benigno le hace su informe al Ché.
Caminamos unos cien o ciento cincuenta metros y vimos al ejército adelante comandante. Forman tres cercos delante de nosotros en forma de anillo. A la izquierda hay una casa tomada por el ejército, con soldados. La quebrada termina a pique y en la cima también pude ver soldados. La quebrada de la derecha es más corta, debe tener unos sesenta metros mas o menos pero termina a pique en una cascada y, desde arriba, está controlada por soldados del ejército. Estamos cercados comandante. Estamos encerrados en estos cinco kilómetros- expresó tristemente el explorador.
Bien, muy bien.– le dijo triste el Ché.
El comandante Ernesto Guevara se quedó un rato pensando en lo que debía hacer en esas terribles circunstancias. Al rato volvio a hablar a Beningno que, al parecer, era el que estaba en mejores condiciones físicas.
Benigno, vení- le ordeno. - Sube hasta el borde de la quebrada y trata de ubicar el lugar de menor fortaleza del cerco por que vamos a tratar de quebrarlo cuando anochezca- y lo mirá directamente a los ojos – Ve preparándote porque creo que éste es el último combate- y se da media vuelta encerrados en sus propios pensamientos.
La confirmación del comandante fungio como un alivio para todos. Era hora de terminar ese calvario de marchas por esas quebradas. Debían combatir aunque estuvieran en pésimas condiciones. Era mejor morir en combate y no de inanición o por una caída desde ciento de metros. Al fin y al cabo, todos ellos sabían que la posibilidad de la muerte era una de las posibilidades de esa campaña que con tanto esfuerzo e ilusión habían preparado durante meses. Aún confiaban en el Ché. Algunos hasta habían hecho un pacto de que, si quedaba herido, el compañero lo ultimaría para no caer en manos del ejército.
El Che convoca a todos sus soldados y dispone el dispositivo que iban a implementar.
En la retaguardia y en la entrada de la quebrada van a ir Antonio, Chapaco, Arturo y Willy. Benigno, Inti y Darío se van por el flanco izquierdo y van a garantizar la entrada para escabullirnos por ese lado. Por la derecha Pacho en un puesto alto para observar bien y, en el extremo superior vamos Pombo y yo. Si el ejército entra, nos vamos por la izquierda y si entra por la derecha, nos vamos hacia el río. Estamos rodeados por mas de cien hombres. No tenemos muchas oportunidades pero algo vamos a hacer compañeros. Si nos atrapan, pelearemos con dignidida revolucionaria y nuestro último pensamiento será por la revolución y por el comandante Fidel Castro- les dijo con cara triste el comandante.
La alusión a Fidel sorprendió a todos ya que nunca hubieran supuesto que, en un momento como ese, el Ché estuviera pensando en Cuba, en la revolución o en Fidel.
Todos percibieron que iban a enfrentarse a un instante de su vida que todo soldado se imagina. La última batalla; la gloria o la muerte que no necesariamente eran conceptos antagónicos para esos guerrileros.
Mientras el Ché ordenaba a sus hombres, lo mismo hacia el capitán Gary Prado. La estrategia del Ché se basaba en que al menos un grupo tuviera la posibilidad de romper el cerco que el ejercito boliviano había armado. La estrategia de Prado era poder atrapar la mayor cantidad de guerrilleros que pudiera. Apostará al teniente Pérez en lo alto, hacia el norte tratando de cerrar la salida por si los rebeldes quieren escaparse por allí. El pelotón del teniente Huerta se situará en la quebrada del Tusca que corre hacia el este de la del Yuro y él, con su gente, se ubicará en la confluencia de las dos quebradas, a aproximadamente dos kilómetros de la posición del teniente Pérez, de esta manera, el cerco a los guerrillero queda perfectamente cerrado. Mientras ellos esperan, el sargento Huanca deberá rastrillar la Tusca para obligar a los rebeldes a combatir o a salir en donde serán atrapados entre el fuego cruzado del ejército boliviano entrenado y armado por los Estados Unidos. El sargento Terán se encuentra destacado en otra posición.
ONCE
La mañana se presentó soleada y húmeda. Los gauchos, que eran metereólogos empíricos, sabían que se avecinaba una tormenta.
Lo primero que vio el vigía destacado fue un solitario jinete que venía. Era uno de los correos que oficiaba como vanguardia del general. Obviamente fue atrapado.
Al tiempo apareció la caravana casi desprotegida en que viajaba Facundo. Solo lo acompañaban el postillón, un niño de tan solo doce años, dos correos que iban de casualidad y el negro asistente del general que va a caballo trotando al lado del carruaje. Era cerca del mediodía y la tormenta todavía no se había desatado.
Los soldados gauchos a la orden de Perez emboscan a Quiroga y, a la orden del capitán Santos Perez, disparan sobre el carruaje dos cargas de fusilería. Milagrosamente no hieren a nadie. El general, creyendo que su sola presencia los asustaría, saca medio cuerpo por la ventana y les dice:
¿Qué significa esto? ¡Quien se atreve a detenerme!- les gritó. – ¡Soy el general Facundo Quiroga carajo!-
Santos Perez sin mediar palabras, descerrajo un tiro con la pistola que empuñaba en su diestra mano derecha y le destrozó el ojo al general quien murió en el acto. Su cuerpo cayó del lado de adentro del carruaje manchando con su sangre parte del asiento en donde segundos antes venía viajando y charlando con su consejero. A su lado, el doctor Ortiz se preparó. Sus temores habían sido ciertos. El miedo lo paralizó.
Santos Perez sin vacilar, bajó de su caballo y abrió la puerta del vehículo y sin darle ninguna posibilidad a Ortiz le clavó su espada en medio del cuerpo. Ortiz también murió al instante. Luego, todo fue una carnicería.
Los soldados de Perez mataron a todos. No satisfechos con haberle disparado a Quiroga, aprovechan y lo sacan del carruaje y le clavan espadas y lanzas varias veces hasta casi destrozar su cuerpo. El cuerpo del que fuera el Tigre de los Llanos y una de las personalidades destacada de su época yacía ahora cosido por los lanzazos en la tierra que se iba enchastrando con su sangre en ese paraje desolado del monte cordobés. A su lado, el cadáver del doctor Ortiz, del asistente negro y los dos correos, eran su mortuoria compañía. El sol en lo alto, comenzaba a ocultar su brillo a consecuencia de las densas nubes que presagiaban la tormenta.
El niño que tenía una gran herida en la cabeza como consecuencia del sablazo que le habían propinado todavía sobrevivía y se mantenía tambaleante en el caballo. No entendía, claro, lo que estaba sucediendo. No era más que un simple postillón del carruaje del general.
¡Pero que niño este!- se queja Santos Perez.
Mi capitán – le dice su sargento – este es mi sobrino, yo respondo por él con mi vida.-
Santos Perez, ya desencajado y manchado con la sangre de la masacre, se acerca al sargento y le dispara un balazo justo en el medio del corazón. El sargento herido de muerte cae de su caballo y comienza a formarse un gran charco de sangre debajo de su cuerpo que se mezcla, paradójicamente, con la sangre de los recientemente asesinados. Mientras tanto, los demás soldados miran con asombro el desenlace. Nadie se atreve decirle nada al capitán. Asisten como espectadores a la tragedia que los tiene como actores. Ninguno de ellos atina a hacer nada. Extrañamente, o no tanto, el silencio inunda esa parte del desolado paraje como si la naturaleza se compadeciera de los muertos. Pero todavía no había culminado la matanza.
El capitán Santos Perez se acerca al niño que todavía se mantenía aturdido encima del caballo sangrando por la herida en su cabeza, lo toma de un brazo y lo tira bruscamente al suelo. Saca su cuchillo y le degüella sin mostrar ni el más mínimo gesto de consideración. El niño abre grandes sus ojos como pidiendo por favor que no lo mate. Lo último que alcanza a decir es algo sobre su madre. Santos Perez, el diestro jugador de taba, el juez de raya en las cuadreras, el temible gaucho leal a los caudillos cordobeses, mostró sus siniestras dotas de degollador y lo mata sin miramiento. Era apenas un niño inocente de doce años que no tendría que haber estado ahí. Luego, la figura del niño degollado se le presentaría al temible capitán en cada recodo del camino, en cada noche de sus borracheras durante su fuga. Nunca pudo olvidar esa muerte.
Culminada la tarea, se dedican a revisar el carruaje y a robarse todo lo de valor que pueden hallar. Encuentran treinta y cuatro onzas de oro en dos vejigas de cuero, trecientos ochenta y dos pesos fuertes en una bolsa que se reparten entre ellos según las jerarquías; al alférez Peralta le da treinta y ocho y cien le corresponde al teniente Figueroa, a cada soldado que participó de la matanza le da una moneda de plata. También se apropian de un reloj y del famoso poncho de vicuña del general Quiroga que se lo queda el asesino Santos Perez. Además encuentran cartas y documentos. No contentos con el saqueo se llevan hasta las ropas de los muertos.
Una vez terminada su macabra misión, ordena a sus soldados que escondan el carruaje y los cadáveres, incluso de los caballos y se fugan hacia la localidad de Los Timones.
Era el mediodía del 16 de febrero de 1835 y Quiroga tenía apenas cincuenta y siete años.
DOCE
El Ché había sido herido en una de sus pantorrillas y su fusil, que llevaba la inscripción Lan Div. United 744.520 y unas D mayúscula en su culata, estaba inutilizado pues un disparó impactó en él. Fue atrapado despues del combate de aproximadamente tres horas sostenido en la quebrada del Yuro tratando de escapar con uno de sus hombres. Los soldados Balboa y Encinas le intiman la rendición y el Ché, abatido les dice:
Soy el comandante Guevara. Valgo para ustedes más vivo que muerto.-
Son las 15.30 hs del ocho de octubre de 1967. Lamentablemente para él y sus soldados, no pudo llegar a la noche para poder escaparse. El combate se desarrolló en las peores condiciones que había imaginado. Si el cerco no hubiera sido tan perfecto y el sargento Huanca tan eficaz, otra hubiera sido su suerte.
Los soldados llaman al sargento Huanca quien confirma que es, efectivamente, el comandante Ernesto Guevara. Huanca, quizas por la excitación propia del combate, le propina un culatazo en el vientre al Ché y lo insulta. Le avisa al capitan Prado a quién tenía como prisionero.
El Ché herido y maltratado, miraba a los soldados con un orgullo indisimulado, sin bajar la cabeza y miraba fijamente al capitán que lo tenía encañonado. Todos los que lo rodeaban bajaron su vista ante la mirada taladrante del Ché.
El capitán Prado se comunica con sus superiores inmediatamente para pedirle instrucciones. Sabía que, en ese momento, la historia estaba en sus manos. El Flaco, que era el nombre de guerra de Prado, recibe la orden de llevar a los muertos, heridos y a prisioneros a La Higuera. El combate de la quebrada del Yuro había terminado. Un saldo de muertos, heridos y prisioneros sería su consecuencia y claro, la detención del Ché y el fracaso del intento revolucionario en Bolivia.
Cuando llegan al villorio de La Higuera sale a su encuentro el mayor Ayoroa y se encuentra con la extraña y lúgubre procesión; soldados y guerrileros muertos, y Willy y el Ché que venían caminando lentamente. Un cortejo de campesinos los acompañaban entre desconcertados y curiosos. Ninguno sabía quien era el Ché.
Ordena depositar los cadáveres de los guerrileros y a Willy en un aula de la escuelita de La Higuera y, en la otra, al Ché. Los heridos bolivianos son atendidos en las casas de los campesinos. A los muertos del ejército boliviano también los ponen en la casas de los campesinos. El combate del Yuro había dejado bajas en los dos bandos.
El capitán Gary Prado dispone un operativo de seguridad pues teme que los guerrilleros que escaparon intenten una operación de rescate. Debe permanecer un oficial con los dos guerrileros y dos soldados de custodia en la puerta. Le ordena al teniente Totti Aguilera que le vende la herida al Ché.
¿Como se siente?- le pregunta Aguilera pues lo escuchaba respirar con dificultad no solo por su asma sino también por el dolor de su herida. El Ché lo mira y no le contesta.
A lo largo de ese día se sucederían idas y venidas al aula en donde estaba prisionero el Ché. No solo entra Prado sino también el teniente coronel Selich, el mayor Ayoroa, algunos oficiales, varios soldados y hasta Julia Cortez que era la mestra de la escuela. Todos hablan con el Ché quien solo se interesa por las vidas de sus comandados y por sus pertenencias. Le habían robado sus relojes, su diario de campaña, libros de historia que llevaba en su mochila, mapas, un altímetro, su pistola 9 mm, una daga Solingen, dos pipas (el Ché era un gran fumador lo que no se entendía si se considera su asma y su profesión de médico), dos mil quinientos dólares y veinte mil pesos bolivianos. Algunas de estas pertenencias fueron repartidas entre los oficiales. Esa iba a ser una larga noche en la vida del Ché.
Julia Cortez, quien le tenía bronca a ese hombre sucio, barbudo y extraño, fue la encargada de cuidarlo. No entendía que hacían esos extranjeros en su Bolivia. Tomando coraje, mira al Ché desde sus diecinueve años y le pregunta con un poco de esa bronca:
¿A que vinieron a Bolivia?-
Vinimos a hacer la revolución – le contestó. - En tu país hay muchos niños que mueren de hambre, de tuberculósis. Se mueren por que no comen lo suficiente. Vinimos a hacer la revolución para que ningún niño muera nunca mas por desnutrición.- le decía el Ché Guevara con el poco aire que le entraba a sus pulmones.
Julia nunca se olvidaría de esas conversaciones con el Ché. Al terminar de hablar, ya no le tenía odio. El Ché, notando que Julia lo trataba mejor, le pide un huevo para comer lo que sorprendió a la joven maestra. Enfrente de ella estaba sentado el Ché Guevara, herido, y le pedía que le trajera un huevo para comer.
Con la noticia de la captura del Ché, los acontecimientos se precipitan. El general Barrientos, presidente de Bolivia, convoca a una reunión urgente y ordena el fusilamiento de todos los prisioneros, incluído el Ché. Parten entonces helicópteros a La Higuera para llevar oficiales y para trasladar a los soldados heridos. En uno de esos viajes, se traslada el agente de la CIA Felix Rodriguez quien no bien baja del helicóptero se dirije a interrogar al Ché. Ingresa directamente al aúla en donde el comandante Guevara estaba sentado en el piso. Lo mira fijamente y le dice:
¿Tu sabes quien soy yo? - le pregunta.
Sí – le contesta orgulloso el Ché – Eres un traidor más, un mercenario.- y, acto seguido, le escupe la cara.
El Ché, al ver que entraba Rodriguez sabía que su suerte estaba echada. El Ché nunca supo que de los diecisiete guerrilleros que componían su columna diez de ellos pudieron escaparse y siete fueron detenidos o muertos. Su acción había triunfado aunque este triunfo le costara, finalmente, la vida. La estrategia que había dispuesto había sido exitosa para la mayoría de sus soldados. Él nunca lo supo.
El capitán Gary Prado queda a cargo de La Higuera al partir toda la comitiva de altos oficiales que habían llegado de La Paz. Le ha quedado claro cual es la última orden. Pide voluntarios para que ejecuten a los priosioneros. Todos se ofrecen como voluntarios. Al azar eligen al sargento Huanca para matar a Willy a al sargento Mario Terán para asesinar al Ché.
A la 1 PM, el sargento Huanca ultima de un balazo a Willy quien estaba en la otra habitación con los cadáveres de los guerrilleros. Es el turno del Ché.
El capitán Prado le ordena a Teran que le dispare de la cintura para abajo, para que parezca que fue una muerte en combate y no una ejecución. Pasaría un tiempo entre la orden dada a Huanca y la acción llevada a cabo por Teran. En ese tiempo, Julia Cortez ingresa y charla con el Ché y éste confirma que se está tramando su ejecución. Ingresan el teniente Pérez junto a dos suboficiales y le pregunta al Ché:
¿Cual su última voluntad antes de morir comandante?-
Comer. – le responde el Ché.
¿Solo piensa en comer? ¿no es demasiado materialista?- le dice Pérez intentando ser gracioso.
Quizás – le responde el Ché. - Incluso sabiendo que me van a asesinar, eso no impide que sienta hambre – le contesta irónico el Ché.
Le preguntó como había muerto Willy, pues escuchó el disparo, y se alegro al saber que fue un valiente en su último segundo. “Han estado bien entrenados” pensó para sus adentros. Una sonrisa apareció en sus labios y el teniente nunca supo de que se reía el Ché.
Mientras tanto, el sargento Terán está buscando un arma adecuada para ejecutar al prisionero. Cuando la encuentra, ingresa al aula a ajusticiar al Ché pero no se anima. Entra y sale varias veces del aula sin poder cumplir la orden que le han dado. Sus compañero se mofan de él pues no puede ejecutar al comandante Guevara. Parece que no tiene las agallas que sí tuvo el sargento Huanca cuando ultimó a Willy. Terán toma un gran sorbo de su zingani que guarda en su mochila e ingresa nuevamente al aula en donde está esperando el Ché.
Cuando éste ve que ha entrado nuevamente el sargento, sabe que es su hora. Se levanta del piso, se acomoda contra la pared y orgullosamente lo mira y le dice:
¡Dispara cobarde!, vas a matar a un hombre – y mira fijamente a su verdugo.
El sargento Terán aprieta el gatillo de su metralleta e impacta debajo del vientre de Ernesto Guevara. No hizo falta el tiro del final. Al caer al piso el Ché ya estaba muerto con sus ojos abiertos.
Era la tarde del 9 de octubre de 1967. Tenía 39 años.
…
Es extraño como los asesinos tambien hacen la historia.-
Febrero 2011.-
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