viernes, 18 de febrero de 2011

EL PAÑUELO NEGRO. Relato.

En ocasión de haber sido invitado a participar de un congreso nacional de gerontología concurrí al Hotel Panamericano de la ciudad de Buenos Aires para escuchar una charla dada por viejos y viejas indios que iban a exponer sobre la problemática particular que los aqueja.
La mesa en donde se iba a desarrollar la exposición estaba presidida por el Lonco de Gral. Pico, Don Emiliano Huentre-co de la comunidad Mapuche que está ubicada en la ciudad de Los Toldos. A su lado se ubicaba Don Faustino Gutiérrez de la comunidad Qom de Misión Tacaaglé en Misiones y contiguo a este Doña Harminda de la comunidad Coya quien portaba un clásico sombrero color crema de ala ancha con una cintita negra en un costado. Cada uno de los invitados expuso sobre el efecto dañino de la colonización y el incumplimiento por parte del Estado Nacional Argentino de sus obligaciones políticas y sociales para los ciudadanos pertenecientes a los pueblos originarios. Este incumplimiento de las responsabilidades estatales se configura como un abandono y aún más, como una complicidad de los dirigentes políticos con los sectores terratenientes quienes no solo expulsan a las comunidades originarias de sus tierras ancestrales y que por derecho les pertenecen sino que, debido a la necesidad de tierras para cultivar soja transgénica que será exportada para alimentar cerdos, gallinas y conejos en tierras lejanas, no solo desmontan lo que a la naturaleza les llevó miles de años crear sino que, al dispersar agentes agroquímicos, eliminan las plantas medicinales con que estas personas practican una medicina alternativa y de la que muchos científicos dan prueba de su eficacia.
Pero más allá de las críticas y denuncias hechas por estos ciudadanos argentinos a los que se les quita esta condición, lo que quiero contar es un relato hecho por Doña Harminda quien aprovechó la ocasión no para realizar las denuncias que todos conocemos sino para dar un testimonio de su vida y que se relaciona, según sus propias palabras, con el proceso de aculturación al que han sido sometidos desde hace años por la ignorancia del hombre occidental del que nosotros mismos formamos parte.
Voy a relatar, si la memoria no me falla, lo que nos contó aquella mañana Doña Harminda:
“Con el permiso de los mayores que se encuentra en la sala, quisiera narrarles un hecho de mi vida. Yo nací en un paraje perdido en la puna jujeña, en donde el cóndor reina en los aires y las cabras pastorean entre las piedras buscando los brotes tiernos de las plantitas para poder alimentarse. Desde changuitos salimos a pastorearlas en esas bellas soledades pintadas con los colores del Inti mientras nuestros padres se dedican a la minería, cuando hay, o a trabajar en las changas de las haciendas de la zona quienes nunca pagan lo que prometen. Cuando el dinero escaseaba, los hombres, las mujeres y los niños íbamos a los ingenios azucareros a colaborar en la zafra para así poder tener un poco de platita y comprar esas cositas que necesitamos para vivir. No es para comer pues la Pacha Mama nos da lo que necesitamos y las cabritas, cuando las esquilamos, nos dan la lanita que necesitamos para hacernos nuestros pullos y ponchitos para abrigarnos cuando el frío de la montaña nos lastima las carnes.
Mi mamá se encargaba de las tareas de la casa y la recuerdo siempre lavando ropa o moliendo el maíz, dándole de comer a las gallinas y a los patos, cuidando el cerco y ayudando a mi abuelita que también colaboraba con las tareas. Mi tata era un hombre grande vestido siempre de paisano con su gran sombrero negro que le tapaba un poco los ojos que igual mostraban un brillo intenso. De faja a la cintura en donde cruzaba su facón en la parte trasera, una camisa blanca siempre limpia y un pañuelo negro atado en su cuello. Yo miraba a mi tata y lo veía como un gran hombre trabajador y muy cariñoso.
Cuando cumplí diez años ya fue hora que estudiara pues mis tatas sabían que debíamos aprender a leer y a escribir para que nuestra vida fuera mejor de la que ellos habían tenido. No es que se quejaran, sino que no eran tontos. Sabían que por su condición de coyas y analfabetos el patrón siempre los robaba y no sabían como defenderse de las estafas de los criollos y si iban a la policía a hacer alguna denuncia, nunca eran escuchados así que, todos los niños de aquel paraje, que no éramos muchos, debíamos estudiar para así poder mejorar la situación en la que pasaba nuestra existencia.
Como no había una escuela cerca, nos internaron en un hogar escuela que quedaba a más de veinte leguas de mi casa y por ello no podíamos volver a nuestra casa. Debíamos quedarnos allí durante los meses de invernada y volvíamos a nuestra casita cuando el sol calentaba las montañas. Recuerdo a mi tata llevándome en su jardinera, que ustedes no deben saber lo que es por que en Buenos Aires no se las ve. Imagínense una especie de sulky pero un poco mas chico. Bueno, mi tata y mi mamá, me llevaron a ese hogar escuela y recuerdo que mi tata me dijo, grandote como era y vestido como siempre de paisano con su gran sombrero, su faja, su facón y su infaltable pañuelo negro:
- Bueno m´hijita, usted ya está en edad de aprender a leer. Aproveche y aprenda así después nos enseña a nosotros cuando lleguemos a viejos- y me abrazo tiernamente bajándome de la jardinera.
Mi mamá, por su parte, con lágrimas en sus ojos me beso y me dio un atadito de ropita para que no me faltara nada y me dijo también:
- M´hijita, aproveche el estudio, sea educada con las maestras, aprenda mucho y háganos sentir orgullosos de usted.
Los vi alejarse por el camino pedregoso hacia nuestras montañas y me quede sola en ese hogar escuela en donde unas monjas pretendían enseñarnos en un idioma que, si bien conocíamos, no lo hablábamos.
Siempre nos trataron muy bien, nos daban de comer, nos enseñaron a escribir y a leer en español y nos enseñaron de la patria, de San Martín, de Sarmiento, de Perón y de Evita. También aprendí lo que eran los triángulos, a sumar y a restar, a hacer cuentas y también me enseñaron a coser y a tejer, cosas que ya sabía pues mi abuelita junto con mi mamá ya me habían enseñado allá en la puna.
Al principio extrañaba un poco las montañas y los juegos con mis amigos y hermanos pero pronto me acostumbre a vivir en el hogar escuela con mis nuevos amigos y amigas. Un día, las monjas compraron una radio y nos quedábamos escuchando las noticias que venían de esa gran ciudad que es Buenos Aires. Yo soñaba todos los días que íbamos con mi familia a Buenos Aires a conocer el Teatro Colón, el obelisco y a Evita que los libros decían que era la madre de todos nosotros. Si bien yo ya tenía mamá, todos decían que Evita nos iba a ayudar con ropas y también con juguetes. Mis juguetes eran una muñeca hecha de trapo por mi abuelita pero yo quería tener una de esas que vestían no a la manera coya sino como las actrices de las fotos que venían en las revistas que algunas maestras nos mostraban. Mirtha Legrand, Zully Moreno, Libertad Lamarque nos encandilaban desde las fotos de las revistas con sus lujosos vestidos y su pelo rubio como el trigo maduro. Así fueron pasando los días, las semanas y los meses en ese hogar escuela que nos educaba según lo que decían desde Buenos Aires.
En algunas ocasiones, para las fiestas patrias principalmente, venían mi tata y mi mamá, junto con algún hermanito, a visitarme al hogar escuela. Para ese día, las monjas nos ponían bien bonitas para que nuestros padres se sintieran orgullosos de nosotros. Ese día venían todos los padres de todas las chicas y chicos que vivíamos allí.
Al principio, me alegraba mucho que vinieran mis tatas a visitarme pero, con el tiempo, comenzó a darme vergüenza que mis compañeritos vieran a mi tata vestido de paisano. Yo quería que él se vistiera de saco y corbata, como los padres de los otros chicos. Que se quitara ese sombrero enorme, la faja con el facón y el pañuelo negro atado al cuello. Yo no sabía por que me daba vergüenza pero el hecho era ese.
Un 25 de mayo, ocasión en que vinieron a visitarme, le dije a mi padre que la próxima vez que viniera que por favor no trajera ese gran sombrero negro que siempre usaba. Mi padre me miró tristemente y se lo sacó.
Cuando vinieron a visitarme el 9 de julio, después de cantar el Himno Nacional y comer algunas cositas que habían traído, le pedí que ya no usara mas la faja y el facón pues me daba vergüenza ver a mi tata vestido de paisano. Mi padre, nuevamente, me hizo caso y se sacó su faja y guardo su facón en la jardinera. Luego me enteré que comenzó a tener problemas en la cintura por el esfuerzo que hacía con las tareas del campo.
Cuando llegaron las vacaciones, cada niño volvió a su casa y yo, como se imaginarán, volví a mi ranchito en la puna. Quería nuevamente estar allí con mi familia y mis cabritas, mirar el sol en lo alto de las montañas y mojar mis pies en los fríos arroyos que bajan de ellas cantando entre las piedras las mismas canciones que cantan desde hace miles de años.
Mi familia me recibió agasajándome con un asado de cabrito, raro en ellos, ya que los conservaban para venderlos en el pueblo y así tener un poco de platita para comprar esas cosas que siempre se necesitan en una casa.
Cuando terminamos de comer, nos sentamos debajo del alero con la abuelita, mi mamá, mis hermanitos que iban creciendo y mi tata. Yo aproveché la ocasión y le pedí a mi padre que ya no usara ese pañuelo negro que siempre llevaba atado al cuello a la manera de los paisanos. Mi tata, que era un hombre grande y fuerte, me miro fijamente a los ojos de una manera que nunca olvidaré y me dijo:
- Hijita, usted me ha pedido que dejara de usar el sombrero, la faja y el facón por que le da vergüenza que su padre vista como visten los paisanos y no quiere que sus nuevos amigos vean que usted es coya como yo y su madre. Pero usted ya no es una niña y ya es hora de que sepa por que uso este pañuelo negro. Mi tata, su abuelo, era un hombre grandote como yo y trabajo durante años en las minas en donde murió de los pulmones por esa porquería que se respira en los socavones de las minas para sacar ese metal que se llevan de acá. Mi madre quedo sola haciéndose cargo de nosotros. Un día, que recuerdo como si fuera hoy, se subió a una mula que le prestaron y me dijo: “M´hijo, debo ir a trabajar, no se si volveré, Cuide a sus hermanos y nunca se olvide quien es y sepa que si me voy a trabajar, es por que necesitamos el dinero. Quizás nunca vuelva por que voy a la mina a trabajar” y acariciándome la cabeza se fue por ese mismo camino que usted se va a la escuela y nunca mas volvió. Me dijeron que murió en una explosión en la mina cuando le llevaba la comida a los mineros en los socavones. Desde ese día llevo este pañuelo negro por el luto no solo de mis padres sino por todos los coyas que murieron en los socavones, por eso va a tener que perdonarme pero no me voy a sacar este pañuelo negro por respeto a mis padres y a mis hermanos coyas.
Y con una dulzura que nunca más volví a sentir en toda mi vida, me sentó en sus rodillas y me contó la historia de mis abuelos mineros.
Mi tata murió hace ya muchos años y desde el día que el murió yo llevo esta cintita negra prendida en mi sombrero en recuerdo no solo de él sino de todos los coyas muertos en los socavones para que el patrón pueda irse a Europa a gastar el dinero que gana con el metal que mis hermanos extraen con su sangre”
Un silencio profundo se hizo en la sala y yo, emocionado hasta las lágrimas, aprendí ese día que la deuda que tenemos con nuestros hermanos indios es mucho mas profunda de la que imaginamos.


Setiembre 2009.-

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