domingo, 13 de febrero de 2011

SUBTERRÁNEOS. Breve ensayo urbano.

Si existe un medio de transporte eminentemente urbano este es el subterráneo. Esta es su principal característica. Los subterráneos recorren las ciudades y en este recorrido transportan diariamente a millones de personas. Cualquier metrópolis que se considere moderna, debe contar con al menos una línea de subterráneo.
Nosotros los porteños, poseemos con orgullo la primer línea de subterráneos de Latinoamérica y una de las primeras del mundo. Reflejo de la mentalidad modernista de nuestra clase dominante de principios de siglo, el subterráneo de la Línea “A” Plaza de Mayo-Primera Junta puede ser considerado uno de los fetiches de esa mentalidad junto con el Teatro Colón, el edificio de la ex OSN, el palacio Pizzurno y otras muestras de arquitectura urbana. Digo que representa la mentalidad de esa clase y quizás su gusto estético. Entonces tenemos hasta ahora: ciudad, subterráneos y modernidad.
Lo primero que llama la atención es justamente su forma, es decir, el subte es un tren subterráneo, oculto a la vista de las muchedumbres que se desplazan por la superficie de la ciudad. Al descender por los escalones siempre sucios descubrimos otra ciudad. Esta ciudad diferente, se asemeja a las que los filmes de ficción nos presentaban como el futuro. Largos pasillos interconectados con escaleras mecánicas, techos y cielosrasos siempre cercanos a nuestras cabezas, cables y carteles surcando el acotado espacio nos indican el origen artificial de estas construcciones. Uno puede estar en una estación de subte o en un domo en la superficie lunar. Los largos túneles subterráneos ocultan la realidad de la superficie y crean otra mucho mas tétrica, más oscura, más artificial. Una especie de halo futurista impregna todo el ambiente si bien se puede notar como lo clásico también está presente por ejemplo en las volutas de los pasamanos y barandas de las escaleras de ingreso en la estación Perú y en las cerámicas esmaltadas que decoran las paredes redondeadas de las estaciones. Esta combinación clásico-moderno es propio de la posmodernidad y configura una especie, al menos, de protoestética.
Túneles oscuros desiertos de presencia humana visible, iluminación artificial cotidiana, ruidos estridentes que impiden la conversación, parecen haber sido diseñados por un científico estrafalario. El subterráneo se asemeja a un dispositivo urbano anulador de la ciudadanía tal como la entendían los franceses del siglo XVIII.
En el subterráneo, al igual que en el ascensor, no nos transportamos, somos transportados1. Un dispositivo electromecánico se hace cargo de nosotros. Nuestra autonomía está limitada por el diseño de la ruta. Aclaremos un poco más; en el colectivo nos podemos bajar donde queremos, simplemente le decimos al chofer que pare y nos bajamos. Si, ya sé que hay paradas establecidas y una ordenación vial pero, si un pasajero desea bajar en una esquina cualquiera, tiene las factibilidades concretas de hacerlo.
Si la ruta del bondi se encuentra obstruida, éste simplemente tomará otro camino y volverá a retomar la ruta habitual. En cambio, si sucede lo mismo con el tren o subterráneo éste no tiene opción, se debe detener y esperar que se solucionen los inconvenientes para poder continuar. Esta característica lo hace más dependiente de la técnica que del ingenio humano y refuerza la idea anteriormente mencionada. En nuestro esquema de pensamiento, el taxi y el remise conforman el tipo ideal. A estos les decimos el lugar preciso donde queremos ir y hacia allí nos llevan.
El tren, si bien coincide en algo con el subte tiene diferencias cualitativas. Una de ellas es la que nos posibilita el ejercicio de la mirada placentera, es decir, no sólo recorremos el medio urbano o rural sino que por las ventanillas del tren podemos ver las vaquitas que pueblan La Pampa, las montañas y hasta podemos fantasear con la posibilidad de tirarnos de él y sobrevivir en el intento, en cambio en el subte ¿adonde nos vamos a tirar? ¿en esos inmundos, olorosos, estridentes y oscuros túneles de concreto surcados invariablemente por tubos de neón? Solos los suicidas olvidados de todo eligen esta forma de quitarse la vida.
El subte es más un sistema de traslación de personas que un sistema de viaje. En el nos trasladamos de un lugar de la ciudad a otro. No viajamos. En el viaje, impera el paisaje, está presente el paseo. Hay algo de placer en viajar, en pasear, por ello las agencias de viajes forman parte de lo que se ha denominado astutamente “la industria de la hospitalidad” junto con la hotelería, la gastronomía y el turismo. Bien, nada de esto esta presente en el subte. Las ventanillas de este medio de traslación pueden ser opacas o cubiertas con publicidad y no nos importaría. Solo necesitamos un cartel que nos indique que estación dejamos y hacia que estación nos dirigimos y que combinaciones podemos hacer. Nuestro temor más grande es perdernos en esos laberintos subterráneos y que no nos encuentren jamás2.
El subterráneo nos muestra el intento de la racionalidad urbana de enmarcar las acciones de los individuos. Una especie de presencia omnipotente nos conduce. Nunca vemos al conductor excepto ese rostro sin mirada que aparece enmarcado en el “cabin” y que se parece más a una pecera que al “cerebro” del subte. No sabemos cómo es la energía que posibilita que los vagones se movilicen ni por que estos se mueven. En cambio el tren no solo tiene una locomotora que es la “cabeza” de todo el convoy sino que vemos al conductor, podemos escuchar su voz y quizás hasta tocarlo. El subte es mucho más “tecnológico” que otros medios de transportes3. Ingresamos gracias a una tarjeta magnética con el logo de la empresa y la introducimos en un molinete, no hablamos con el guarda ni el habla con nosotros, no tendríamos de que. El solo pedido del boleto por parte del guarda del tren dota de una carga de sociabilidad un acto administrativo. A su vez, se puede apreciar como nos diferenciamos socialmente según el transporte que tomemos. Los ricos no viajan en subte, tienen choferes. Los pudientes lo hacen en taxi, nosotros en subte.
El tren posibilita el transporte de objetos como vacas, coches. En las formaciones metropolitanas destinadas al transporte de pasajeros existe el vagón furgón para transportar pequeñas cargas como paquetes, bicicletas, etc., en cambio el subte solo permite el transporte de pasajeros. Es así entonces que podemos ver en el tren obreros con sus bicicletas y con sus valijas de herramientas en tanto que el subte se ha conformado como el transporte de los oficinistas, comerciantes y burócratas los white collar worker. Ojo, no digo que en la actualidad no viajen obreros en el subte, digo que son menos percibidos ya que se mimetizan con los demás trabajadores.
Una característica a resaltar es la anulación de los intentos de rebeldía. En el subterráneo el lugar de la rebelión está acotado. No se puede viajar en el estribo ni arriba de los vagones, no se puede gritar ni cantar. En cambio en los trenes podemos ver como, si bien hay una expresa prohibición de viajar en los estribos, de subir y bajar del coche en movimiento, los jóvenes se las ingenian para contravenir estas normas. El símbolo del perfecto control está expresado en la apertura y cierre automático de las puertas. No son los pasajeros quienes las operan sino el guarda en las líneas antiguas o un chip en las más modernas.
La mayoría de las actividades que se realizan en los vagones del subte son silenciosas. Ya lo habíamos mencionado; el ruido interno imposibilita una conversación fluida entre los pasajeros. En el subte se minimizan los intentos emancipadores y libertarios4. Hay pocos momentos en que el subte se llena de revoltosos, puede ser cuando hay alguna manifestación en el Congreso Nacional o en la Plaza de Mayo, pero ni bien las autoridades del subte se enteran de estas movilizaciones se cierran las puertas de estas estaciones y los convoy no paran en ellas. Es pertinente destacar que no sucede lo mismo ni con el transporte colectivo ni con los trenes. Estos, históricamente, han llevado a las masas futboleras a los estadios y a los obreros a los lugares de concentración, en cambio, en el subte no se puede. Desde esta perspectiva este dispositivo de transporte opera en contra de la sociabilidad, anulando los intentos de los seres humanos por conocerse. Solo en los últimos años podemos ver a los piqueteros movilzarse en el subte ya sea hacia el Congreso Nacional o hacia el Ministerio de Desarrollo Social y, generalmente, les ponen una formación a su disposición. Claro, no sea cosa que nos mezclemos.
Mención especial merecen las estaciones. Debido a la privatización de las líneas, se han transformado. De receptáculo de cirujas, niños de la calle, pungas y pasajeros, pasaron a convertirse algunas de ellas, en petit shopping. Ahora uno puede comprar en la estación Callao por ejemplo ropa informal, desayunar en Dunkin Donuts, etc. Antiguamente existían los ya caducos copetines al paso donde se podía comer el desapareciente sánguche de milanesa completo. Hoy día la gastronomía basada en el desnudo pancho parece imponerse como la monodieta para los usuarios de los transportes públicos. Esta “panchización gastronómica” cumple con los designios posmodernizadores. Rápidos para despachar, baratos y nutritivos, sustituyen, como dije, a la milanesa completa o al especial de jamón y queso.
Una estética posmoderna se apodera del ambiente subterráneo a expensas del tradicional. No obstante, se siguen consiguiendo en algunos pasillos revistas antiguas, ropa de descarte, rezagos del ejército, poster pictóricos, pilas para relojes, lugares de reparación de afeitadoras, licuadoras y otros electrodomésticos. Estos pequeños comercios desparramados por los laberínticos pasillos subterráneos conforman una alteridad comercial y es el origen de que determinadas personas las recorran ajenas al fluir utilitario.
Lo que quiero resaltar es el proceso de posmodernización o metropolización que atañe al subterráneo. En este proceso hemos dejado de ser pasajeros y nos transformamos en clientes. Obsérvese que este proceso se hizo a expensas del individuo. Dejamos de ser ciudadanos para ser otra cosa más similar a un consumo que a una personalidad.
Las intermitentes estaciones de la línea son como oasis en los desiertos. Rompen la continuidad oscura e invisible de los túneles. Nos dan seguridad por que podemos ver signos reconocidos así estos sean las marquesinas iluminadas publicitando gaseosas o cigarrillos. En cambio los túneles oscuros nos dan temor. Nadie quiere que el subte se detenga entre dos estaciones. Si esto sucede, podemos observar como, molestos ante esta situación, nos movemos incómodos en nuestro asiento y buscamos como si fuera nuestro salvador al guarda que tiene la mágica linterna portadora de la luz salvadora. Aquí vemos como se suma la oscuridad a nuestro temores y es otro indicador de nuestra dependencia técnica.
Los subterráneos nos muestran una forma de transportar a millones de personas. Es un éxito de la ingeniería. Es también, como hemos visto, una ideología con su variante estética y un gran proyecto comercial. Solo nos resta saber que lugar ocupamos nosotros, los pasajeros, en esta singular maquinaria y hacia donde evoluciona dicho sistema.
Quizas, con el tiempo, todos viajemos en subte y nos encontremos cara a cara en esos aburridos vagones rezagos de otras líneas sin saber bien hacia donde nos dirigimos. Quizás optemos por no conversar total no hay nada importante para decir.

Primavera 1994.

1 comentario:

  1. Que buen inveto es el Subterraneo!
    Tal vez los porteños no suelen detenerse a valorarlo. Pero yo que soy de Rio Negro, y me he venido a vivir hace un mes a un alquiler de departamentos en buenos aires estoy maravillada con el Subte. Me encanta! Es rapido, comodo, economico, espero que de a poco se vaya valorando cada vez más

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