jueves, 10 de febrero de 2011

Los pequeños dioses. Breve relato que no da pa cuento.

CUANDO EL SOL SE OCULTABA TRAS LOS CUMBRES siempre floridas de los montes, surgía la redonda y gorda luna desde el fondo del lago. Era el momento en que los hombres encendían las hogueras y los pequeños se arrimaban a escuchar las historias ancestrales contadas por los viejos de la comunidad quienes, de esta manera, renovaban los lazos con el pasado. Las historias así contadas, aunque se repitieran una y otra vez, siempre parecían nuevas. Cada narrador incorporaba un poco de sí al contarlas por lo que la tradición oral se convertía en una de las mas importantes que poseía la comunidad. Así también, de esta manera, todos participaban de un saber que le daba pertenencia e identidad.
Yo por mi parte, relataré lo que me han contado hace algunos años en un valle perdido entre las antiguas montañas. A esta altura de mi vida y al recordar el relato, no puedo confirmar que haya sido así contado. Quizás la memoria me jugó una mala pasada y realmente todo sea un invento mío. Quizás soy yo otro de los relatores y haya agregado por mi cuenta algo de más. No importa. Los relatos valen por si solos, el relator no es mas que una circunstancia en la historia del relato.
Entonces, así como les iba contando, en esa cíclica rutina diaria, los hombres se juntaban en el valle, abajo de aquellos montes donde habitaban sus dioses. Acostumbrados a las alturas, no conocían muy bien lo que sucedía abajo. Ellos tenían sus propios problemas y estos, al ser problemas de dioses, no eran pequeños.
Desde hacía unos cuantos siglos, los dioses de ese pequeño lugar del mundo, se veían afectados por diversos males.
El dios supremos, Suez, estaba débil y enfermo de gota. Ya no tenía ánimo para arrojar su otrora poderoso rayo fulminante. Su voz de trueno, terror de las deidades cósmicas allende al espacio, apenas era un susurro fragmentado por la tos catarrínica. La humedad de los montes lo había al fin afectado. Los dioses más jóvenes se mofaban de él y Suez no podía imponer el respeto y la autoridad que poseía antaño. Su trono era utilizado como mesa de juego y era frecuente ver a los semidioses copulando encima de el. Sus hijos, Deimos y Probhos, lo habían negado como padre y se fugaron con dos bellas duendes del lago.
El dios de la guerra Ramte, era un cobarde. Nunca quiso ser guerrero. El destino divino lo había marcado con esa finalidad y el no podía hacerse cargo. Había aceptado tomar el escudo y el hacha de oro por que le gustaban los uniformes y la aureola de virilidad que rodeaba esos elementos pero temía cortarse con los filos y además, el escudo le pesaba mucho. No le gustaba andar cargándolo de aquí para allá. Sus tendencias homosexuales lo acercaban a los guerreros humanos con quienes intentaba confraternizar entre batallas. Además sentía aversión por la sangre y la violencia. En realidad era un ser pacífico y amable. A Ramte le gustaban sobre todo las flores y el dulce de ciruelas.
Nujo, la diosa de la fertilidad era estéril. Deambulaba por el numen intentando quedar preñada pero era inútil. Sus entrañas estaban secas y sus glándulas atrofiadas. Su esterilidad la había convertido en una amargada y enviaba de vez en cuando alguna tormenta de nieve o granizo y también alguna que otra plaga que destruía los sembradíos que los humanos trabajaban. Era una diosa muy odiaba, sobre todo por las mujeres que temían que su influencia les acarreara dificultades. Por suerte los chamanes la conocían bien y hacían algunos filtros con semen y extractos glandulares que la apaciguaban por algunos años.
Sunev, la diosa del amor era paranoica y, debido a ese motivo, caía en estados melancólicos profundos. Tenía tendencias suicidas y atravesaba por largos estados de hipocondría. Pobre. Nunca sintió amor por nadie ni nadie sintió amor por ella. Le gustaba el color negro y había devorado a varios de sus acólitos. Era muy odiada por los seres humanos ya que, debido a su inestabilidad emocional, interfería en las relaciones entre los hombres y sus mujeres arruinándolas. Los chamanes elaboraban fetiches con formas de toros para contrarrestar sus influjos.
Loctal, el dios de la lluvia, odiaba el agua. El hubiera querido vivir en el desierto y no en esos fértiles montes. Amaba los paisajes desérticos, cuanto más calientes mejor, además le gustaba vivir solo. No toleraba a los otros dioses ni a los humanos. Su ego era tan grande que sentía celos hasta de su propia sombra. Se ocultaba en el agujero de una roca y se lo veía muy poco.
Artemis, Xoxitl y Vhespa eran las encargadas de llevar las almas de los hombres al supramundo si habían sido buenos y al inframundo si no habían cumplido con los preceptos, pero eran terriblemente venales y accedían de buena manera, mediante un tributo cualquiera, a modificar el rumbo de esas almas. Los hieromantes que las conocían muy bien intermediaban entre ellas y los mortales para así torcer el destino. De esta manera se podían encontrar en el infierno las almas de las personas más nobles y bondadosas y en el paraíso las más abyectas y ruines. La tríada tanática era muy capaz de dejarse sobornar por un cabrito y ni les cuento si el sacrificio era de un joven mancebo.
En algunas ocasiones se escuchaban cantos, sollozos y alguna que otra milonga que provenía de esas cumbres y los burócratas encargados de descifrarlas se hacían su veranito vendiendo sus interpretaciones. A decir verdad, nadie creía mucho en ellos pues siempre se equivocaban pero como eran simpáticos y no hacían daño a nadie se los toleraba.
Pero todo los 21 de setiembre, cuando comienza la primavera y la naturaleza queda preñada de si misma, los hombres concurrían en familia al pie de los montes y dejaban ofrendas de comida, oro y telas para los dioses. De esta manera agradecían su condición de mortales y se compadecían de la situación de los dioses. Rechazaban de plano toda posibilidad de conseguir la inmortalidad por vía divina. Como me dijeron los que me contaron esta historia, así los hombres podían aceptar su destino mortal y transformarlo. La vida realmente era importante para ellos en virtud de la finitud de la misma. Cada momento de vida se disfrutaba, se gozaba y no había mal que pudiera desanimarlo. Solo les bastaba conocer las historias de sus dioses para alegrarse. De esta manera paradojal, los dioses servían a los humanos y el mundo podía girar al derecho.

Primavera 1996.-

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