jueves, 3 de febrero de 2011

Entre el progreso, la revolución y lo posible

A raíz de algunas polémicas suscitadas en torno al “progresismo” con que se titulan ciertos pensamientos y la consecuencia del pensar, me ha parecido pertinente ingresar en este laberinto del debate para poder expresar mis propias ideas al respecto.

En primer lugar me parece importante ubicar lo mejor posible que es esto del “progreso”.

1. El concepto “progreso” surge con la Ilustración para hacer referencia a una dinámica social y política que veía en la civilización occidental y capitalista el motor de la evolución histórica. En nuestro país, es quizás Domingo Faustino Sarmiento el que mejor ha planteado la idea de progreso, junto a Alberti, en su famosa y desgraciada frase “civilización o barbarie” y el otro en “gobernar es poblar”. Si el progreso significa civilización, vale la pena preguntarse cuales han sido los logros de esta civilización ya comenzado el siglo XXI y después de casi doscientos años de aplicación de una ideología que no ha cumplido sus promesas. La civilización no ha logrado, aún, que todos tengan trabajo, que todos tengan salud, que todos tengan educación, que todos tengan vivienda, que todos, al fin, alcancen el bienestar que plantearon los padres fundadores. El resultado de doscientos años de implementación de la civilización se puede resumir en la contaminación ambiental, el desempleo masivo y en el casi exterminio de culturas mal definidas como “bárbaras” que recién ahora comienzan a hacer escuchar su voz, en la acumulación de ganancias en un extremo de la línea de ingreso, en la concentración del capital en pocas manos, en la invasión bélica a territorios, etc. Si estas son las consecuencias de la civilización vale la pena preguntarse en donde reside la barbarie. Obviamente que ha habido progresos en varios campos, especialmente en la medicina, pero, lamentablemente no llega a todos ya que son muchos mas los muertos por “causas evitables” que los que se mueren de “muerte natural”. Esta contradicción debería ser resuelta por los defensores de la civilización y no por mí ya que mi crítica va hacia ese concepto. De tal manera que si me argumentación no está errada, el progreso no es más que la imposición de una forma de dominación y así pareciera si leemos la frase impresa en la bandera brasilera que dice “ordem e progresso”, es decir, el progreso necesita un orden para poder implementarse. Ese orden es el que ha impuesto la civilización occidental blanca, privatista y cristiana ante los morochos, socialistas y ateos. La derrota de la Comuna de París en 1871 es el triunfo de las ideas progresistas frente a las ideas revolucionarias. Fundo mis argumentos básicamente en dos textos clásicos: “La Gran Transformación” de Karl Polanyi y “El proceso civilizatorio” de Norbert Elias.

Dentro del mismo pensamiento ilustrado, se cobijaron otras ideas en relación a como cambiar la sociedad del “ancient regime” por lo que será el llamado Estado Moderno. En la Asamblea Francesa de 1893 estos sectores estaban expresados por los girondinos y los jacobinos. Estos últimos serán los que apelarán a la idea de revolución.

2. La revolución puede ser entendida como el cambio radical, total, profundo con respecto a un pasado, es decir, un cambio de ciento ochenta grados: Vg. pasar de un estado monárquico a un estado republicano. Los ejemplos históricos más conocidos son la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique ya que no podemos considerar la Revolución Industrial por que, en realidad, fue un pasaje de ciertos adelantos técnicos y no un gran cambio de un día para el otro en relación a la producción de manufacturas. Las dos Revoluciones mencionadas tienen fechas, en cambio la Industrial no, considerando que es la invención de la lanzadera volante lo que posibilitó el desarrollo de la industrial textil inglesa y, a partir de esta invención, se desata todo el proceso mal llamado “revolucionario”.

Si la revolución, entonces, es el cambio radical que se realiza en un corto tiempo cabe preguntarse ¿y cuándo ese cambio radical se estanca? ¿Qué sucede con la revolución? ¿Termina? La respuesta a estas preguntas nos llevan a la conclusión de que la revolución solo es una inspiración, una idea y que su aplicación es imposible salvo que sea una revolución permanente, tal como pensaba León Trotsky, y obligaría a la sociedad a estar en permanente conflicto entre las fuerzas revolucionarias y las fuerzas que tenderían a consolidar lo “revolucionado”. Las experiencias históricas nos enseñan que no ha habido revoluciones que no se hayan aletargado o no hayan sido traicionadas: Napoleón y Stalin son un ejemplo. Deberíamos pensar si Cuba o Vietnam también.

3. Aclarado entonces qué es el progreso y que es la revolución, salgamos del campo teórico académico en donde podemos pensar estos conceptos y vayamos a lo más prosaico, pensemos en la realidad social y política.
Al ingresar a esta campo, entramos en el terreno de lo posible en donde las ideas del progreso y de la revolución se enfrentan con la realidad certera, evidente, apodíctica que afecta la vida cotidiana de cada una de las personas que habitan este mundo y ante esta certeza se acaban, entonces, todas las especulaciones.
Ante la fuerza arrolladora de la realidad que nos rodea, el progreso y la revolución pasan a un segundo plano y lo que surge con fuerza es la materialidad de la praxis cotidiana y ésta se guiará mediante la posibilidad de llevarla a la práctica ya que habrá obstáculos, callejones sin salida, muros, pozos, traiciones, etc., que impedirán, a veces, que podamos poner en práctica lo que se ha planificado, ya sea en el ámbito doméstico del hogar o del barrio o de una nación.
De tal manera que a mi me parece anodina la discusión entre los progresistas y los revolucionarios cuando critican un gobierno, ya sea un gobierno democrático o un gobierno autoritario, por que ninguna de las dos concepciones nos llevan a buen puerto.
Ante un gobierno autoritario o ineficaz, es mucho más fácil alegar cambios progresistas o revolucionarios ya que los errores son visibles y, además, queda bien la mascarada progresista o revolucionaria siempre y cuando solo sea eso y no sea una militancia para que ese autoritarismo o gobierno ineficaz cese con sus programas políticos. Tal fue el caso de la Argentina especialmente en el gobierno menemista o en el brasilero en el gobierno de Collor de Mello. Los intelectuales, más precisamente los intelectuales periodistas, encontraban un campo propicio para criticar las políticas emanadas desde estas dos formas de ejercer el poder; la autoritaria y la ineficaz. Obviamente, las posiciones opositoras críticas sin fundamento, son mucho más fáciles de sostener ante estos regimenes que ante los democráticos.
Pero cuando existe un gobierno democrático que tiende a cumplir su programa democrático y debe gestionar, es decir, enfrentarse ante lo posible, las críticas provenientes de los sectores progresistas y revolucionarios develan su verdadero rostro; este es el de la crítica por que sí, una crítica que Gramsci llamaría “orgánica” propia del “intelectual orgánico” y no una crítica constructiva como planteaba la Escuela de Frankfurt, del compromiso práctico. El escritor que describe desde la comodidad de su asiento mientras toma mate y escribe en su laptop de cinco lucas y abrigado por su acondicionador sobre la desnutrición infantil en una provincia que nunca pisó o que denosta programas de gobierno que él mismo planteo en forma teórica nos debe hacer sospechar de su honestidad intelectual y hasta de su talento.
La política es más que especulación teórica, es práctica social y, en esta práctica, hay que bajar al barro en algunas circunstancias. No todo es tan impoluto o principista como en las especulaciones intelectuales. Por eso hablo de la posibilidad, de las condiciones posibles para la implementación o gestión de las políticas. Es, si se me acepta la metáfora, cuando un tipo alto tiene para cubrirse una manta corta: o deja sus pies al aire o se tapa la cabeza; no hay dos opciones, hay una sola.
La política, entonces, no es ni progresista ni revolucionaria por las razones expuestas; la política puede ser eficaz en lo que se propone o ineficaz, puede propender a la Justicia Social o a la inequidad social, puede ser democrática o autoritaria y todo su accionar se basará en la posibilidad que tenga para llevar a cabo sus programas de gobierno. Este es el quid de la cuestión; lo posible, por que allí reside la cuestión del gestionar, esto es “hacer” política. Pensar, reflexionar, estudiar, escribir, etc. es una forma menos densa de “hacer” política pues la política es praxis no solamente reflexión.
Para finalizar, ya que me he extendido más de la cuenta, me parece pertinente recordar lo que decía el viejo barbudo alemán que tantos pensamientos y reflexiones inspiró: “No se trata de comprender la realidad, sino de modificarla”.

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