Ricardo Fort y Moscarda Vitángelo comparten rasgos comunes aunque este último sea un personaje de ficción y el primero no, aunque supongo que es lo que busca.
Moscarda Vitángelo, es el personaje principal de la última novela de Luigi Pirandello (1867-1936). La novela en cuestión, y de la que el mismo Pirandello dijo que después de escribir esa no debería escribir ninguna mas (“Será como mi testamento literario, después de su publicación deberé callar para siempre”) se titula “Uno, ninguno, cien mil” y cuenta la vida de Moscarda Vitángelo que, con las excepciones que trataré de argumentar, tiene cierto parecido con la de Ricardo Fort. No hace falta que diga quien es el tal Ricardo pues en los dos últimos años se ha convertido en un personaje mediático más de la triste farándula nacional. Ya he escrito algo al respecto en este mismo blog.
Moscarda Vitángelo es hijo de un banquero y hereda la fortuna de su padre sin nunca haber trabajado, situación que es reconocida por Moscarda. Ricardo Fort también es un heredero y puede vivir una vida de lujo sin haber hecho nada por merecerla, solo ser hijo de un millonario. Los dos nacen y viven a partir de la fortuna de sus padres, quiero decir, ninguno de los dos han conocido los sinsabores de la pobreza o de la necesidad económica. Supongo que sus respectivas infancias tuvieron sus frustraciones y sus traumas pero ninguno de ellos debe haber estado relacionado con la necesidad económica. La vida holgada de los millonarios, incluida la realeza, influye en la formación de la personalidad del Ser.
La vida que llevan los dos es la vida de los “niños bien”, malcriados, caprichosos, en donde la frustración, si ocurre, no es por causa de la necesidad como puede suceder en aquellos niños que no son ricos. Moscarda y Ricardo comparten esa inocencia de no saber cómo es ganarse la vida. Tienen su vida asegurada por la fortuna de sus padres. Hay una preocupación existencial que desconocen. Hasta aquí, algunas similitudes.
La novela de Pirandello nos habla de la identidad del Ser, tema que me ha intrigado en los últimos seis meses y de allí que extraiga algunas ideas para este ensayo. Continuo; Moscarda ha pensado toda su vida que era una persona bella, atractiva y que todos lo veían como él se veía, pero, un día, su esposa le hace un comentario acerca de su nariz y descubre que él no es ese que siempre pensó que era. La imagen que le devuelve el espejo, ahora con el nuevo saber, no es la imagen que él siempre supo que tenía. Descubre que es un Ser diferente a cómo se pensaba a sí mismo. Él es uno que a la vez es ninguno y sin embargo es al mismo tiempo cien mil: “...la idea de que para los demás yo no era tal como me lo había figurado hasta entonces, se me transformó en una verdadera obsesión”.
Ricardo Fort también es un Ser pero él no ha reflexionado como Moscarda. Ricardo cree que es un buen actor, un buen cantante y que además, es bello. Por el solo hecho de tener plata, mucha plata, es lo que cree que es cuando, en realidad, hay miles o millones de personas que pensamos que es un idiota más de los que pueblan la farándula. Quiero decir que la calificación de idiota es un eufemismo para lograr un impacto en el lector y que lo dicho es dicho con todo respeto. Volvamos al ensayo. Ya me ocupare de la idiotez de Ricardo.
Moscarda Vitángelo tiene dos amigos Sebastián Quantorzo y Stéfano Firbo quienes cumplen las tareas que debería cumplir Moscarda, es decir, se hacen cargo del banco que fundó el padre de Moscarda. Éste no sabe nada de negocios y su tarea solo es firmar lo que sus fieles amigos le traen para que firme; las actas del banco del padre. Al igual que Fort, no sabe nada de negocios y disfruta de la riqueza que otros administran por él, en el caso de Moscarda, sus amigos, en el caso de Ricardo, su hermano. Los dos, entonces, son hijos de millonarios, que viven una vida placentera sin ningún tipo de merecimiento o por lo menos el merecimiento que da el trabajo.
En el caso de Moscarda, hay un aprecio por los amigos que permiten que él sea lo que cree ser; el hijo de un millonario con una bella nariz. En el caso de Ricardo, no hay ningún tipo de agradecimiento. Ricardo desprecia a los que lo rodean, a sus guardaespaldas, a sus “amigos”. Siente que está por encima de ellos por que es bello, por que sabe cantar y actuar y, principalmente, por que tiene plata y un Rolex de oro y diamante y no se cuantos coches. Lo que no sabe Ricardo es que es un idiota, dicho con todo respeto. Sus guardaespaldas y sus “amigos” lo sospechan y algunos lo confirman.
Moscarda, al enterarse que su nariz está torcida, percibe que él no es quien piensa y éste descubrimiento, esta revelación, le modifica su vida. En cambio Ricardo, quien modifica su cuerpo en base a cirugías y a gimnasia, aunque se dude también de esto, quiere ser algo que no es. Por eso se opera. Ricardo es quien no quiere ser. Sabe que es ese que le ha mostrado el espejo pero quiere ser otro, quiere ser éste de grandes bíceps, mentón torneado, abdominales de siliconas y tatuajes en su piel, pelo engominado y ojos delineados. Hace un camino inverso a Moscarda quien, al reconocerse como ese que ven los demás, deja de ser uno, para ser ninguno, para ser cien mil, que son los que lo ven. Ricardo no. Ricardo quiere ser ese que ven, no ese que es en realidad; el idiota, dicho con todo respeto.
Él quiere ser un cantante, un actor así no sepa cantar ni actuar y compre sus espectáculos y deba pagar para exponer sus pobres dotes de actor y cantante. Ricardo cree que la imagen que le devuelve el espejo o la foto publicada en una revista leída por gente que desprecia, por ser pobre, es el verdadero Ricardo Fort. No puede creer que el Ricardo que sale en la TV sea el idiota, dicho con todo respeto, que verdaderamente es.
La tragedia de Moscarda es haberse dado cuenta de que su cuerpo es visto, es mirado por miles y, en estas miles de miradas, descubre que su identidad no es lo que él creía que era. En cambio Ricardo busca la mirada de los demás, pero busca la mirada hacia su cuerpo perfeccionado por las cirugías que no es su verdadero cuerpo sino que es el cuerpo que debe tener para ser quien quiere ser y el precio que paga es el de la idiotez, dicho nuevamente con mucho respeto. El cuerpo de Moscarda, con su nariz torcida y sus grandes orejas, es el cuerpo de Moscarda y le indica quien es, para él y para los cien mil; sin embargo, el cuerpo de Ricardo es un cuerpo comprado -y pagado con la plata heredada- pero el idiota, con todo respeto, cree que es su cuerpo, su verdadero cuerpo y cree que los miles que lo vemos por TV vemos lo que él quiere ver o quiere que veamos. Pero, la realidad es otra: yo veo un cuerpo ficticio, siliconado, aburrido, desprovisto de talento, iracundo, maleducado y absurdamente maquillado. Pero que yo vea el cuerpo de Ricardo como acabo de describir no es razón de nada. Solo es una visión particular y no amerita que lo trate de idiota, aunque lo crea. Yo también suelo comportarme como un gran idiota muchas veces, pero no me engaño, se que lo soy y cuanto más lo se, comienzo a dejar de serlo. Cuando el idiota se da cuenta que lo es, comienza su camino para dejar de serlo. Sigamos con Pirandello. Yo no soy importante en este ensayo.
Cuando Moscarda Vitángelo se da cuenta que es visto como lo que él no se considera que es, un banquero vago con una nariz torcida y que, además, es un usurero, decide cambiar de vida. Al cambiar su vida cómoda, es tildado de loco y pretenden inhabilitarlo. Este es un recurso frecuente de la sociedad que teme el discurso de aquellos que deciden encontrar su Ser. Además, es una manera de mantener los privilegios que da el poder del dinero. Solemos de tildar de locos a aquellos que usan su dinero de una forma diferente de lo que lo usaríamos nosotros, los normales, esos que creemos que somos lo que somos sin nunca mirarnos al espejo. Dejemos este tema y sigamos con Moscarda: “Ese usurero que nunca había sido a mis propios ojos, ahora creía no serlo más, incluso a ojos de los otros; y no lo sería más, así fuera al precio de arruinar todo aquello que componía mi vida” nos dice Pirandello en boca de Moscarda. Fort no se plantea nada de esto. Él no sabe lo que es la usura ni el sacrificio de sus trabajadores que posibilitan, con su trabajo, el usufructo de su riqueza. Cuando está fatigado o estresado por que discute con algunas de sus “novias alquiladas” o con Aníbal Pachano, su tarambana compañero de jurado, dicho también con todo respeto, se va a Miami pues Buenos Aires no es la ciudad que él prefiere, aunque su dinero dependa del consumo de los porteños y de los argentinos. Vitángelo piensa en los demás, Fort en sí mismo. El idiota nunca se da cuenta de su idiotez, por eso es idiota.
Continúa Moscarda: “Yo firmaba -simple formalidad- las actas del banco; hasta ese día había vivido de sus ganancias, pero sin pensarlo; ahora que me daba cuenta, retiraría mi capital, y bien rápido, para disipar cualquier malentendido, me sacaría de encima esa plata, de cualquier manera, fundando una obra de beneficencia, o algo por el estilo”. En Moscarda Vitángelo se produce un fabuloso cambio de identidad y, a la gente a su alrededor le cuesta entender que el millonario parásito no quiera serlo más. Al fin y al cabo, la marioneta que era Moscarda le era funcional a todo un grupo que vivía de la comodidad de Moscarda ¿que hubiera pasado si Moscarda realmente se hubiera preocupado por el banco? ¿Aceptaría de buen grado las sugerencias de los socios? De la misma manera sucede con Fort pero al revés; Ricardo Fort es también una marioneta de los demás y también de sí mismo. A él solo le importa su dinero y su cuerpo siliconado, su imagen de bello aunque sea un adefesio a la vista de muchos y, obviamente, la imagen que puede transmitir la cámara de TV.
Al aceptar el papel idiota que le asignan los medios, al creer que por que tiene dinero, y mucho, está exceptuado de la idiotez, en vez de ahuyentarla, la fortalece. ¿No es idiota y hasta caricaturesco el papel que juega en los medios peleándose con casi todo el mundo? ¿No son acaso demasiado “vivos” los productores de TV que hacen sus programas con su figura? ¿No es trágico que una figura como Mirtha Legrand no lo invite a su programa siendo éste el pináculo para los artistas de la farándula televisiva nacional? Ricardo Fort pretendiendo demostrar lo que no es, un idiota, con el mayor de los respetos, no hace más que confirmarlo. Moscarda Vitángelo, sabiendo que su Ser es uno, pero no es el que él creía, se dispone a demostrar quien es verdaderamente produciendo trastornos a su alrededor. Y es lógico que así suceda.
Cuando el Ser (se) encuentra a sí mismo, se hace Uno con su curso de vida y ésta, sin dejar de ser independiente y autónoma, fluye paralela al sí mismo del Ser y este construye su identidad. La posibilidad de la armonía existencial se hace más fuerte. Yo, el Otro como yo y la vida, podemos ser armónicos. La vida fluye en su existencia y el Ser se desarrolla mientras va viviendo.
A partir de la confirmación de que Moscarda no es el de la “nariz perfecta” nace su duda “¿quien soy yo?” una pregunta que en algún momento del curso de la vida se hace el Ser en busca de sí mismo.
“Si para los otros no era aquel que hasta aquí había creído ser para mí ¿quien era entonces?” se pregunta Moscarda. “Por lo tanto, los otros veían en mí a un ser que me era desconocido...” Yo no soy el que pienso que soy ¿seré ese que piensan los Otros? ¿Cual será la diferencia, si es que existe, entre éste que soy yo y ese que ven los Otros? Ricardo Fort ¿cree realmente que es un buen cantante y un buen actor o sabe que su fama responde a su dinero y a la funcionalidad que representa para los directivos de la TV? Continúa Moscarda: “...los otros veían en mí a un ser que me era desconocido, que ellos solos podían conocer mirándome de afuera, con ojos que no eran los míos; me daban un aspecto destinado a hacerme permanecer siempre extranjero, aún siendo aquel que yo revestía para ellos (por ende un “yo” que se me escapaba por completo); me atribuían una vida que me seguía siendo impenetrable”. Los existencialistas estarían chochos con Moscarda.
Acá se presenta una de las dudas existenciales del Ser y que es un festín para los psicólogos, cualquiera sea la escuela a la que adhieren: el sí mismo como extranjero de sí, el Ser como un extraño al Ser, una atribución a mi yo que yo mismo no me atribuyo y de nuevo la pregunta ¿soy yo este mismo que me pienso o soy ese que me piensan? Y si en vez de ser ese que quieren que sea ¿soy yo mismo? ¿que ganaré y que perderé con esta decisión?
La respuesta a ésta pregunta está, como un ejemplo, en aquellos/ellas homosexuales que, como se dice vulgarmente, salen del placard. Hasta el momento en que persisten en negar su homosexualidad son unos para afuera y otros para su yo. Cuando deciden asumir su homosexualidad es por que ya respondieron la pregunta por el Ser y se hacen cargo de las consecuencias. Ya no importan los Otros, importa el Ser en sí mismo. Aplaudo, pues, desde la comodidad que me da la escritura, la valentía de todos los homosexuales que asumen públicamente su condición sexual en un mundo en donde la homosexualidad es un estigma social, sin importarles, o sí, la mirada que tendrán los Otros al conocer su condición y su identidad sexual. Su decisión de Ser lo que son, como yo, como vos, hace que el mundo sea un mejor lugar para vivir.
Fort, de quien se dice que es homosexual, no ha podido dar este paso. La importancia que le da a los demás quizás obtura la determinación de su Ser. Su extremo narcisismo, expresado por el culto artificial a su artificial cuerpo, se opone a la concreción de su Ser. Negar su homosexualidad, que yo estoy suponiendo, debo aclararlo, es no tener que hacerle frente a las representaciones que los otros hacen de él y que les son funcionales a su narcisismo. Un homosexual que tiene conductas homosexuales y que no puede asumir dicha condición está más cerca de la idiotez que de la genialidad. Y de la cobardía también. Pero, quizás Ricardo no sea homosexual, no tengo por que atribuirle esta condición por solo una sospecha. No debo ser tan idiota.
“...yo seguía creyendo que ese extraño era “uno”; uno solo a ojos de todos, así como me creía uno solo para mí. Pero de inmediato mi drama atroz se complicó con el descubrimiento de los cien mil Moscardas que era, no solo para los otros, sino también para mi...”
Lo que Pirandello va descubriendo en Moscarda es que detrás de la unidad aparente del sí, el Ser, hay ocultos un sinnúmero de otros sí y que son los diferentes sí que cada Uno, cada yo, representa para los demás pero no por que el yo mismo lo decida, sino por que el yo de los otros también es activo en la comprensión de mí. No hay un único Moscarda como no hay un único Fort, por eso uno es uno y ninguno y cien mil.
Moscarda Vitángelo no es, ahora, solamente el niño rico que no sabe hacer nada salvo firmar actas del banco que le dejo su padre y Ricardo Fort no es solo el idiota, con el mayor de los respetos, que los idiotas de la televisión, ahora sin respeto, pretenden hacernos creer que es. Uno es uno y también es ninguno y somos cien mil, y lo dicho me cabe a mí mismo como a vos como lector.
Yo tampoco soy éste que creo que soy y vos no sos ese que crees que sos. Y no lo somos por que todavía no hemos terminado de recorrer todo el curso de nuestra vida.
Somos seres lanzados hacia la muerte y mientras vamos hacia ella nos vamos haciendo, de tal manera que somos Seres incompletos, y solo lo estaremos cuando hayamos muerto. En el último segundo de nuestra vida, sabremos realmente quienes somos y entonces sí, habremos completado el trayecto que significó el curso de nuestra vida.
Mientras esto suceda, no nos queda nada más que seguir viviendo reconociéndonos como somos y como somos para los demás.
Finalmente Moscarda descubre quien es gracias a la pluma de Pirandello y, al descubrirse, permite que nos descubramos a nosotros mismos.
Nuestra vida es una indagación al Ser. Mientras vamos viviendo, fluyendo en el curso de nuestra vida, nos transformamos en Seres singulares, únicos y al mismo tiempo Seres para Otros, es decir, Seres para miles. Somos uno, ninguno y miles al mismo tiempo y en el descubrimiento y ejercicio del Ser está el secreto de la armonía de la vida.
No importa cuando nos damos cuenta de ello ni el motivo de esta conciencia del Ser, Moscarda Vitángelo lo descubrió cuando vio su nariz torcida. Lo importante es percibir qué somos, que somos un Ser y que la vida significa la construcción de éste Ser. La conciencia de ello nos aleja, por poco, de la idiotez. Tampoco creamos que somos superiores a los idiotas.
Mirémonos pues en los espejos y preguntemos a los Otros como nos ven y quienes piensan que somos. Nos sorprenderemos de sus respuestas. Seamos valientes y aceptemos el desafío.
No todos tenemos la nariz recta, percibir nuestra nariz torcida puede ser el inicio de una nueva vida.
Febrero 2011.
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