lunes, 7 de febrero de 2011

Entre la opinión y el saber. Breve aporte al conocimiento de la conciencia nacional de los argentinos

El análisis y la reflexión de la realidad es una vocación irrefrenable en algunos de los argentinos. Nos ponemos a conversar sobre cualquier tema; robótica, informática, biología molecular, arqueología submarina, ikebanas, reforma Meiji en Japón, etc. Somos capaces de hablar con pasmosa seguridad de temas que hemos escuchado al pasar en una radio o de breve ojeada en algún periódico. Incluso solemos exponer nuestras opiniones basándonos en “eso” que me “dijo un amigo que la tiene posta”. Don Fidel Pintos, un entrañable actor de cine y TV, dejó pasmado esta característica en su clásico “sanateo”, cuando hacía de peluquero en el programa televisivo Operación Ja Ja
Si bien hablamos de todo, los temas que realmente nos gustan son la política, el fútbol y hablar de los demás; no necesariamente en ese orden.
Dentro de la “mentalidad” argentina, no analizada por Hernandez Arregui en “La formación de la conciencia nacional”, deberíamos destacar esta característica social dentro del “ser nacional” argentino.
A todos nosotros, entonces y permítaseme la exageración, nos gusta analizar de todo, muchas veces sin argumentos y también muchas veces orientados por esa pulsión irrefrenable de oponerse a lo que el otro dice por oponerse nomás, para “demostrar” que uno no es un “gil” y “que sabe lo que dice” o que tiene su “propia opinión sobre las cosas” como si la opinión fuera la llave que abre las puertas del saber.
Nosotros somos de opinar de lo que sea y creemos que es una virtud el poder hacerlo, que la fuerza de la palabra dicha con vehemencia y pasión transforma, por su imperio, la opinión propia en la “verdad” indiscutible. Que opinión y “verdad”, finalmente, son lo mismo.
Esta facilidad para la opinión en vez de enaltecernos, nos envilece por que en realidad, una opinión no es nada más que una inferencia superficial sobre un hecho o una cosa que desconocemos. Si conocemos, no opinamos; argumentamos, exponemos, describimos, interpretamos y, si pertenecemos al campo de las ciencias “exactas”; explicamos. De tal manera que la opinión que expresa cada sujeto tiene poco valor en relación a la producción del saber. La opinión debe transformarse en argumentación, es decir, relacionar dos o más conceptos, aseveraciones, etc., en forma coherente y pertinente al tema que se analiza.
La opinión refleja una impresión dada por el exterior al individuo y que éste lo debe significar, lo más sencillamente, para poder entender el mundo que lo rodea. Una imagen, una representación, una idea son complejidades de la opinión. Este es al rasgo más común del sentido común y sabemos que éste es la forma primera en que significamos el mundo. Cuando podemos superar ese sentido común, conocemos más profundamente.
La opinión, cuando es expresada con vehemencia y pasión, dos características de los argentinos de los últimos setenta años, puede transformarse rápidamente en debate, y como éste no se funda en argumentos sino en opiniones, rápidamente deja de ser debate y se transforma en discusión. La vehemencia y la pasión no contenidas por la inteligencia, la mesura y el saber, se transforma rápidamente en intolerancia y cuando esta se instala, la estupidez aflora con una rapidez y sencillez pasmosa.
Entonces, en virtud de esa vocación irrefrenable que tenemos como grupo social específico, de expresar nuestras opiniones sobre todos los temas que queramos, con la intención de imponer nuestra “verdad” desconsiderando –diríamos en el barrio “ninguneando”-, al otro, hemos desarrollado el hábito de oponernos a todo. Somos prácticamente incapaces de hacer realizaciones colectivas sino nos ordenan lo que hacer o no nos pagan para ello.
Desafortunadamente para la Argentina, todos nos oponemos a algo. No importa si está bien o esta mal. Hemos hecho de la oposición una virtud y en realidad no lo es. Con solo superar un poco el sentido común, es decir, suspender la creencia de que lo que pasa es realmente lo que pasa y que la realidad social no es solamente eso que muestran los medios o nos cuentan, nos daremos cuenta de lo que estoy enunciando.
El método y el núcleo de estos procedimientos están en relación a la cantidad de palabras dichas, a la gesticulación medida para enfatizar nuestra opinión, a impedir que el otro se exprese y en la creencia de que dar la razón al otro cuando la tiene es claudicar en un falso orgullo típico de los idiotas.
Tal como los sofistas en Grecia, lo importante es triunfar en el debate. No es importante desentrañar el meollo de la cuestión que nos lleva al debate sino que, de lo que se trata es que la propia posición salga triunfante y la cuestión en sí misma, que da origen al debate pase a un plano irrelevante. La opinión, nacida como la primera aproximación al conocimiento se transforma, por imperio del mecanismo descripto, en fuente del saber único desmereciendo otras formas más eficaces para dilucidar la realidad social en la que vivimos insertos.
El sanateo como forma envilecida de la opinión no puede ser el origen del saber.
Cuando la opinión, como ya he dicho, se transforma en intolerancia, se clausuran los caminos del debate y la democracia encuentra obstáculos en su camino de implementación.
De lo que se trata, finalmente, es que podamos superar la opinión y dedicarnos a estudiar la cuestión que tanto nos apasiona y argumentar en consecuencia tratando de ver al otro no como un enemigo sino como un igual que puede tener razón en la cuestión que estamos debatiendo. No se trata de perder la vehemencia, la pasión, etc. se trata de ser serios y honestos para con el pensamiento. Estudiando la cuestión estaremos en condiciones de elaborar respuestas adecuadas y consensuadas a las problemáticas que nos ahogan.
Una frase ingeniosa de un autor desconocido me parece que es útil para cerrar esta breve reflexión:

“Es preferible pasar por idiota y cerrar la boca que abrirla y confirmarlo”

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