Las palabras nombran al mundo. Por medio de ellas, el hombre nomina todo lo que lo rodea; la naturaleza, sus relaciones, sus emociones, sus ideas, etc. Gracias a ellas, también, se puede comunicar con los otros como él y, al comunicarse, no solo se reconoce como tal sino que se relaciona con los otros y vive, así, en un mundo social. Las palabras, como el insumo principal de la comunicación, posibilitan que los hombres se reconozcan entre sí y, además, no solo hablen de los que les pasa como hombres sino que, también, hablen de las cosas que los rodean, no importa si son reales o no, lo que importa es que se comunican, hablan, es decir, se relacionan.
El habla se desarrolló no solo como consecuencia de poseer un aparato foniátrico apto para ello sino también como una necesidad existencial. De los primeros gruñidos indiferenciados, pasamos a los gruñidos diferenciados, de estos a la producción de sonidos cada vez más complejos. Nos vamos ayudando con las manos, los brazos y las miradas, los gestos y así, en un lento pero progresivo proceso, desarrollamos un lenguaje y el mundo se hace mucho más grande y nuestra inteligencia se desarrolla aún más.
El hombre comienza a indagarse y a saber cómo indagar, como responderse, como transmitir lo que aprende y como recibir lo que le enseñan. El hombre, gracias a las palabras, se enseñorea sobre la naturaleza. La nombra.
Las palabras embellecen al mundo pero a veces el hombre las usa para envilecerlo y, al hacerlo, se envilece él.
El mundo de la posmodernidad es un mundo en donde abundan las imágenes –que son una de las formas de suplantar a las palabras pero no de anularlas- y también de palabras. Esta abundancia radica en que tiene muchas cosas para decir y ha desarrollado los medios para ello. Los medios masivos de comunicación gráficos y electrónicos y la proliferación de la Internet posibilitan la expansión de las palabras y, obviamente, de la comunicación. Los hombres hablamos cada vez más entre nosotros y así, nos conocemos mucho más. Es un avance impresionante desde aquellos primitivos tiempos en que solo gruñíamos, comíamos carne cruda y apenas nos comunicábamos. Hoy no. La expresión máxima de las palabras está exteriorizada en la poesía. Podría decir que la oratoria también. Estas son las “artes” de la palabra; poesía, literatura, oratoria.
Como dije, con la proliferación de la Internet, la palabra cobra una importancia fundamental. Los canales de chat, las redes sociales, han posibilitado que el hombre encuentre mejores y mayores medios para expresarse superando condiciones de clase, de religión, etc. Todos nosotros que nos comunicamos casi diariamente, usamos miles de palabras para narrar lo que nos sucede, para decirle al otro lo que queremos decirle, para aprender, para exponernos tal como somos y, para algunos de nosotros, esta es una característica maravillosa y una herramienta poderosa para cambiar el mundo, bah, eso suponemos.
A veces, las palabras en vez de embellecer el mundo y contentarnos, nos muestran la mediocridad de lo que somos capaces. La envidia, la ira, el desprecio, etc., se hacen presente en las palabras y el chat o las redes sociales no son la excepción. Todos nosotros hemos asistido a debates y a encuentros entre personas, incluso nosotros mismos hemos participado de ello, en donde nuestras palabras mostraban que no estaban muy lejos de aquellos primitivos gruñidos por más que usáramos rimas y buenas y educadas palabras. El sentido de ellas es ofensivo e injurioso y, lamentablemente, no son pocas las veces que hemos asistido a este tipo de conversaciones.
Justamente, el que utiliza este medio para decir lo que no puede decir personalmente no solo es un cobarde sino que es un idiota. Aquellos que pretendiendo hacer un alarde de inteligencia o ironía, ofenden y califican al otro tan solo porque no coinciden en determinadas posturas ya sean políticas, religiosas, deportivas, artísticas, etc., se aprovechan de la palabra para exhibir su idiotez, su mediocridad intelectual y su escasa densidad existencial.
Las palabras embellecen al mundo ¿Por qué utilizarlas para el agravio? ¿Por qué creemos que tenemos razón y que la forma de probarlo es por medio del agravio y el insulto inmerecido?
Algunos creen que la abundancia de palabras es charlatanería. Es cierto que hay diletantes, pero no es cierto que la abundancia de palabras signifique charlatanería. Al contrario, el pensamiento sintético, la apología de la síntesis no se corresponde vis a vis con la inteligencia. Que se pueda resumir con una frase un libro o el pensamiento de un prolífico pensador significa que, detrás de esa frase, hay miles de palabras y el desarrollo de profundos pensamientos. Por ello, los refranes populares, que son sintéticos, rara vez corresponden con la realidad; no son más que el reflejo del sentido común y, como ya sabemos, el sentido común reduce al mundo a su capa más delgada. Las opiniones son la capa más delgada del saber, por eso no se discuten. En cambio, los argumentos, posibilitan profundizar nuestro intelecto, nos permiten probar lo que decimos y no meramente opinar. Las palabras adecuadas, insertas en los discursos adecuados, nos muestran qué es el mundo en realidad y no meras representaciones del sentido común. La metáfora, las analogías, las hipérboles, etc., son formas de la representación. Las comparaciones simples, las verdugueadas, el ninguneo, son las formas degradadas de la representación.
Un día un periodista le pregunto a Einstein si le podía explicar la Teoría de la Relatividad. Don Albert, paciente, le explicó durante media hora, en qué consistía dicha Teoría. El periodista no entendía y le pidió que se la volviera a explicar de manera más sencilla. El premio nobel, haciendo gala de una paciencia que no tenía, volvió a explicarle su Teoría en forma sencilla. Al cabo de su corta exposición, este periodista seguía sin entender que quería decir Einstein y le volvió a pedir que se la contara de manera más sencilla, “Sin tantas palabras por favor” le dijo. Einstein, fastidiado le explicó la Teoría de la Relatividad en dos minutos. Entonces, el periodista le dijo:
- ¡Ah! Ahora entendí.
- Bueno – le dijo Albert Einstein – pero esa ya no es mi Teoría de la Relatividad.
En fin, en los tiempos que corren, yo sigo creyendo que las palabras nos ayudan a mejorarlo y que su ausencia nos empobrece. Que las síntesis solo son útiles en determinados contextos pero que no debemos exagerar de ellas sino todo lo contrario. Debemos exponer nuestras ideas como podamos, buscando las palabras adecuadas, respetando a los otros, no subestimándolos y mucho menos agraviándolos. No importa que no coincidamos en todo, basta que estemos de acuerdo en cuatro o cinco ideas básicas y que se relacionan con el respeto, el cuidado, la consideración.
Las redes sociales, el chat, etc., nos posibilitan acceder a los pensamientos de gente que no conocemos pero que, sin embargo, nos asombran con sus poesías, con sus cuentos, con sus ensayos, con sus bellas palabras. Tener esta oportunidad para desmerecernos, para agraviarnos, para insultarnos es de idiotas. Yo no quiero pertenecer a ese colectivo.
Defendamos las palabras, defendamos las ideas bien expresadas. Amemos el lenguaje y el mundo será un mejor lugar para vivir.
Febrero 2011.-
Charlatán
ResponderEliminarpero limpito!
ResponderEliminarHola quien quiera que sea , si es que vive aún, el autor de este blog. Me resultaron interesantes algunas de sus entradas. Por lo que pude apreciar tiene alguna formación en filosofía, historia y literatura, aunque su propia ficción no sea un buen reflejo de sus lecturas. Lo invito a participar, si es de su interés y su agrado el día de hoy a las 19 hs a un seminario abierto de teoría política a realizarse en Ayacucho 318, Teatro Templum.
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